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Lunes 19 de noviembre de 2018 “Necesaria Conducta Para No Defraudar Al Que Nos Compró Con Su Sangre”

Lunes 19 de noviembre de 2018 “Necesaria Conducta Para No Defraudar Al Que Nos Compró Con Su Sangre”

   Lectura Bíblica: 1 de Pedro Cap. 1, versículos 14 al 21. como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios.

Comentario: 14. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían cuando vivían en la ignorancia.

   “Como hijos obedientes”. Los que reciben una herencia casi siempre son los hijos de la persona que ha muerto y dejado un testamento. Nosotros somos llamados hijos, no por nacimiento sino por adopción. Entre los griegos y romanos del siglo primero, la adopción era algo bastante común. Un hijo adoptivo disfrutaba de los mismos privilegios que un hijo carnal, aun hasta el punto de compartir la herencia.

   Los padres enseñan a sus hijos a ser obedientes, tanto así que la obediencia pasa a ser una segunda naturaleza de los hijos. Cabe esperarse la obediencia de los niños, pero no de los desconocidos. En sentido literal, Pedro llama a los destinatarios de su carta “hijos de la obediencia”. Esta es una expresión idiomática semita94 que en traducción significa “hijos obedientes”. Pero Pedro usa la redacción hijos de la obediencia para introducir el concepto de la santidad. La obediencia y la santidad son las dos caras de la misma moneda (véase vv. 2, 22).

   “No se amolden a los malos deseos que tenían cuando vivían en la ignorancia”. La semejanza entre lo que Pedro y Pablo escriben es inequívoca en este pasaje. Pablo dice a sus lectores: “No os conforméis a este siglo, sino que transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento (Ro. 12:2). No tenemos argumento para decir que un escritor dependiera del otro. Antes bien, ambos presentan la verdad con una redacción similar.

   El mundo tiene su propio estilo de vida, al cual los creyentes se sienten atraídos muchas veces, pero Pedro les advierte que no deben conformarse a los malos deseos que se destacan en el mundo. Los escritores del Nuevo Testamento exhortan continuamente en sus epístolas a los cristianos a que rechacen el modo de obrar del mundo y que vivan en obediencia a la Palabra de Dios.

   Pedro hace referencia aquí al trasfondo de algunos de los destinatarios originales de esta carta. Eran paganos que vivían en ignorancia y estaban separados de Dios (cf. Ef. 4:18). Desconocían la ley moral de Dios y por eso su conducta estaba gobernada por malos deseos. En contraposición a esto, el judío había recibido “la palabra misma de Dios” (Ro. 3:2) y sabía que su primer deber era obedecer la ley de Dios (Lv. 18:4–5; Dt. 6:4–6). Vemos aquí, entonces, que Pedro no sólo se dirige a cristianos judíos, sino también a lectores que antes habían sido paganos (véase 2:10).

   El mandamiento formulado en términos negativos, no se amolden (v. 14) es una prohibición, en tanto que el precepto positivo sed santos (v. 15) en una exhortación. Pedro sabe que para sus lectores la tentación de volver a su conducta anterior es real y que algunos de ellos quizás hayan sucumbido. Por eso, les manda que dejen de hacerle caso a sus deseos pecaminosos y que en cambio entreguen sus vidas a la obediencia y a la santidad de Dios.

A continuación, el apóstol formula una exhortación.

  1. Más bien, así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan.

   Las palabras más bien introducen el aspecto positivo de este pasaje. Pedro informa a los lectores que Dios los ha llamado “de las tinieblas a su luz maravillosa” (2:9). Ahora son ellos los que han sido sacados del mundo; ellos son los escogidos (1:1–2; 2:9). En su amor electivo, Dios llama efectivamente a su pueblo a formar una nación santa (2:9). En suma, el llamamiento y la santidad son causa y efecto. Dios llama a su pueblo a ser santo porque él mismo es santo. Entre las características de Dios, como él ha querido revelar, ninguna es más significativa que su santidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan más de su santidad que de cualquier otro atributo de Dios.96 El adjetivo descriptivo santo revela la pureza absoluta de Dios. Este adjetivo describe el estado y la acción del ser de Dios. Dios es sin pecado, no puede ser influenciado por ello, y en su santidad lo destruye.

   Pedro ahora toma el concepto de la santidad y lo aplica a sus lectores: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”. Dios llama a su pueblo a salir de un mundo de pecado para entrar en una vida de santidad; y espera que cualquier cosa que hagamos, digamos o pensemos sea santa. La confesión diaria del cristiano debe ser:

Que no haya parte del día o de la noche que de lo sagrado esté exento.

—Horacio Bonar

   Cuando Pedro dice: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”, espera que los creyentes sean imitadores de Dios en cuanto a la santidad. En su Sermón del Monte, Jesús presenta un mandamiento similar: “Sed por lo tanto perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48). Y en otra ocasión dice, al predicar: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6:36).

   ¿En qué se basa Pedro cuando exhorta los creyentes a evitar el pecado y esforzarse en la santidad? El abre las Escrituras y apela a la más alta autoridad. Ofrece confirmación de su enseñanza en las palabras dichas por Dios mismo.

Una confirmación

   Versíc. 16. “Pues está escrito: “Sean” santos porque yo soy santo”.

   Cuando Jesús fue tentado por Satanás, desarmó al maligno con la fórmula escrito está y citas apropiadas de la Escritura (véase Mt. 4:4, 7, 10). Satanás reconoció la autoridad de la Palabra de Dios, aun hasta el punto de (mal) citarla para su propio propósito. Esa autoridad volvió a Satanás incapaz de hacer caer a Jesús. Por eso la palabra escrita demanda respeto y obediencia.

   Pedro toma esta palabra escrita de Levítico 11:44–45. Apela a Levítico, porque este libro se ocupa del tema de la santidad. Levítico enseña que el pueblo de Dios debe ser santo, porque Dios es santo. En realidad, el adjetivo santo aparece con mayor frecuencia en Levítico que en cualquier otro libro de la Biblia.

   “Sean santos, porque yo soy santo”. Para el creyente, la santidad no termina con el perdón y la limpieza del pecado, sino que comienza con una vida activa de oposición al pecado. El pecador debe luchar por vivir en obediencia a Dios, demostrando así el significado de la palabra santo.

 

Consideraciones doctrinales acerca de 1:14–16

   En el mundo, la palabra santo se usa más como interjección que como término que evoca reverencia y temor. Pero en los círculos cristianos llamamos a Jerusalén “la ciudad santa”, a las Escrituras “la santa Biblia” y a los sacramentos “santo bautismo” y “santa cena”. Cuando usamos el adjetivo santo o santa para describir algo o alguien, reconocemos una relación directa entre Dios y esa persona o cosa.

   Lo que llamamos santo nosotros dedicamos a Dios, porque lo consideramos puro y, en ciertos casos, hasta perfecto. Pero vacilamos en llamar santa a una persona, porque el pecado ha destruido la perfección, y el ser humano nunca alcanzará la perfección durante su vida en la tierra. Y sin embargo, la Biblia nos llama santos; es

decir, somos hechos santos por medio de Jesucristo (p. ej., Hch. 20:32; 26:18; 1 Co. 6:11; Heb. 10:10). Como santos, recibimos el llamado de Dios a una vida santa (Ef. 4:22–24; Co. 3:9–10; 1 Ts. 5:23–24; 1 Jn. 3:3). Es por eso que, como hijos santificados de Dios, oramos haciendo la siguiente petición: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mt. 6:9).

  1. Vivan en reverente temor

1:17–21

   Pedro enseña, exhorta y aconseja a sus lectores acerca del modo en que debieran vivir. Menciona una vez más la relación que tienen como hijos de Dios para con Dios el Padre, que es santo y justo. 17. Puesto que invocan como Padre al que juzga imparcialmente las obras de cada uno, pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros en este mundo.

   Cada palabra de este texto es importante y rebosa de significado. Nótese que este versículo sirve de introducción a los cuatro versículos siguientes (vv. 18–21).

  1. “Puesto que invocan como Padre”. Los traductores de la versión presente han captado correctamente el pensamiento de este versículo con las palabras puesto que. Una traducción literal del griego sería: “Y si invocan a un Padre”. Sin embargo, la oración condicional expresa la realidad de una práctica de larga data, de modo que las palabras Y si pueden significar “puesto que”.

   En el griego, la palabra Padre está antes del verbo invocar para recibir un énfasis especial. Aunque el sustantivo Padre carece del artículo determinado, en su forma absoluta se refiere a Dios el Padre. En otras palabras, Pedro indica que no tiene en mente ningún otro padre que Dios el Padre. Ya en los tiempos del Antiguo Testamento la gente invocaba a Dios como Padre (Sal. 89:26; Jer. 3:19; Mal. 1:6). Pero el Nuevo Testamento revela que Jesús nos enseña a orar íntimamente al Padre en el Padre nuestro (Mt. 6:9; Lc. 11:2). Pablo escribe que nosotros clamamos: “Abba, Padre” (Ro. 8:15; Gá. 4:6).

   Cuando llamamos a Dios nuestro Padre por ser sus hijos, debemos esperar que él también sea nuestro juez. Pedro agrega que el Padre “juzga imparcialmente las obras de cada uno”. Dios no favorece a nadie, sea rico o pobre (Stg. 2:1–9), judío o gentil (Ro. 2:11), esclavo o amo (Ef. 6:9; véase también Co. 3:25).99 El texto dice que Dios juzga sin mirar el rostro de la persona (cf. 1 Sa. 16:7) y que Dios Padre ya está juzgando las obras de cada uno. Nadie quedará exento de juicio, porque Dios juzgará imparcialmente cada acción del hombre. Por consiguiente, cuando invocamos el nombre del Padre, nos encontramos también con un juez imparcial.

   ¿Cuál es el propósito de saber que Dios es nuestro Padre y nuestro juez? Pedro lo aclara al decir: “pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros”. El cristiano debe vivir siempre consciente de estar en la presencia de Dios. Él sabe que el ojo de Dios está constantemente sobre él. Además, también se da cuenta de que el que no es cristiano lo está observando cuidadosamente para ver qué dice y qué hace. Por lo tanto, debe ser un verdadero hijo de Dios, para que se reflejen en el hijo las virtudes del Padre.

   La NVI ha traducido correctamente la palabra temor al calificarla con el adjetivo reverente. La relación entre Dios y su hijo no es de miedo sino de respeto. Dios quiere que su hijo viva como extranjero en esta tierra. En otras palabras, el hijo de Dios tiene su ciudadanía en el cielo (Fil. 3:20; Heb. 11:9). Es un extranjero en el mundo (v. 1; 2:11) durante el tiempo que Dios haya querido concederle (cf. 2 Co. 5:1, 6). Es un peregrino que busca complacer a Dios con su conducta diaria, que tiene profunda reverencia por Dios y su Palabra, y que sabe que ha sido comprado con el precio de la sangre de Jesús (vv. 18–19).

   A continuación de esto, leemos un párrafo de cuatro versículos en que Pedro presenta un breve resumen de la fe cristiana. Estos versículos enseñan las doctrinas de la redención, revelación y resurrección de Cristo.

 

Redención

   Versíc. 18. Pues bien, saben que a ustedes se les rescató de la vana manera de vivir que les trasmitieron sus antepasados, no con cosas perecederas, como el oro o la plata, 19. sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha y sin defecto.

   Tomemos nota, entonces, del primer punto de doctrina.

  1. Redención. Este pasaje tiene un aspecto negativo y uno positivo. Para decirlo de otra manera, se comparan cosas perecederas (plata y oro) con Cristo, cuya sangre tiene un significado eterno.
  2. “Pues bien saben que a ustedes se les rescató … no con cosas perecederas como el oro o la plata”. He aquí un amable recordatorio de lo que los lectores saben acerca de su salvación: su conocimiento de la salvación los ha llenado de “un gozo indecible y glorioso” (v. 8). Ellos saben que Dios, por medio de Cristo, los ha redimido a un costo enorme.

   Pedro evalúa el costo de la redención primeramente en términos de cosas creadas; las tales, por supuesto, están sujetas a cambio y corrupción. Menciona dos metales preciosos (plata y oro) que, hablando en términos comparativos, están entre los menos perecederos. Primeramente, menciona la plata. Pero la plata, si se la expone a cualquier tipo de compuestos sulfúricos que pueda haber en el aire, se empaña, se corroe y pierde su valor. A continuación, Pedro menciona el oro, que es más durable que la plata. Pero aun este metal precioso está sujeto a deterioro. En resumen, las posesiones terrenales no sirven como pago para la redención de los creyentes (véase Is. 52:3).

   Cuando usamos hoy en día la palabra redimir, lo hacemos con un sentido reflexivo: “Hoy me redimí ante mis colegas”. Queremos decir que hemos recobrado nuestra posición anterior. También utilizamos esta expresión cuando cambiamos vales por ciertas mercaderías en algunos centros especiales. Y finalmente, podemos decir que hemos redimido algo al volver a comprarlo o al cumplir obligaciones financieras (p. ej. al pagar un préstamo).

   ¿Qué es lo que dice la Escritura al respecto? En el Antiguo Testamento, Dios redimió a su pueblo del yugo de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6). Lo hizo enviando diez plagas sobre los opresores de Israel. En la antigüedad los esclavos podían obtener su libertad con cierta suma de dinero que podía ser pagada ya sea por ellos mismos o por alguna otra persona.

   En el Nuevo Testamento, el foco gira hasta iluminar a Cristo. Leemos que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros” (Gá. 3:13). Pablo dice que Cristo Jesús “se entregó por nosotros para redimirnos de toda maldad y para purificar para sí mismo un pueblo que sea de su propiedad, deseoso de hacer lo bueno” (Tit. 2:14; compárese también Sal. 130:8). Pedro también utiliza la palabra redimir al referirse a la muerte de Cristo y a nuestro rescate del pecado (1:18–19).

  1. “De la vana manera de vivir que les trasmitieron sus antepasados”. La frase vana manera de vivir describe un estilo de vida que carece de propósito, que es infértil e inútil. El texto no da ninguna indicación acerca de si Pedro se está refiriendo a los antepasados de los judíos que vivían según la tradición en vez de la Palabra de Dios (Jesús reprochó a los judíos porque observaban las tradiciones de los ancianos y dejaban de lado los mandamientos de Dios [Mr. 7:5–13]). Otra posibilidad es que Pedro se esté refiriendo a los antepasados paganos de los lectores gentiles; en sus epístolas, Pablo habla acerca de la vida vana de los gentiles (Ro. 1:21; Ef. 4:17). Una tercera opción sería que Pedro esté hablando de los antepasados en general, tanto de los judíos como de los gentiles.
  2. “Sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha y sin defecto”. Aquí tenemos el aspecto positivo de nuestra redención. Pedro habla como judío totalmente compenetrado de la historia y rito de la Pascua. El pueblo judío había sido liberado de la esclavitud cuando cada familia tomó un cordero sin defecto, lo mató al caer la tarde del día catorce del mes de Nisán, poniendo la sangre en los dos postes laterales y en los dinteles de sus casas (Ex. 12:1–11), y comió la cena pascual.

   Los escritores del Nuevo Testamento enseñan que Cristo es ese cordero de la Pascua. Juan el Bautista señala a Jesús y dice: ¡Mirad, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Jn. 1:29). Pablo comenta que nuestra redención ha sido lograda por medio de Cristo Jesús porque “Dios lo presentó como propiciación” (Ro. 3:25). El escritor de Hebreos declara que Cristo no entró en el Lugar Santísimo por medio de la sangre de machos cabríos y becerros, sino que entró “una vez para siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención” (9:12). Y Juan ha registrado en Apocalipsis un nuevo cántico que los santos que están en el cielo cantan a Cristo: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de toda linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9).

   El Nuevo Testamento desarrolla la enseñanza que Cristo Jesús es nuestro redentor. Lamentablemente, en nuestro vocabulario cristiano habitual la palabra redentor no es tan común como la palabra salvador. Reconocemos prestamente que Jesucristo nos ha salvado del poder y de la destrucción del pecado.

Pero es de un significado aun mayor la verdad que él nos ha adquirido derramando su sangre preciosa

en la cruz del Calvario. De estos dos términos, por lo tanto, la expresión redentor merece mayor prominencia

que la palabra salvador.

   Junto con Philip P. Bliss todo creyente canta agradecida y gozosamente:

Él nos redime; nada tememos;

¡Verdad sublime!, no la dudemos.

Nuestra cadena Cristo rompió;

El, con su sangre nos redimió.

 

Revelación

   Versíc. 20. A él se le escogió antes de la creación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos

tiempos en beneficio de ustedes.

   En este versículo Pedro formula su segundo tema doctrinal:

  1. Revelación. Nótese que este texto consta de dos cláusulas que se equilibran. Por ejemplo, las frases antes de la creación del mundo y en estos últimos tiempos hacen una pareja perfecta. Notamos, en primer lugar, que Cristo Jesús fue escogido.
  2. En la eternidad. La NVI tiene: “A él se le escogió”. Muchos traductores optan por una versión literal del griego: “él fue conocido de antemano” (“reconocido”—NTdT).104 El significado del vocablo griego es mucho más comprensivo que conocer algo de antemano. En su contexto, esta palabra revela el propósito divino en la elección—cotéjese con la redacción del v. 2, donde las enseñanzas acerca de la elección y del conocimiento previo están combinadas (ver Ef. 1:4). Por tal razón, otros traductores prefieren usar el término predestinado (v. 20—BJer), significado que abarca el concepto destinado o escogido. Estos ven que Dios le ha asignado a Cristo un puesto ya predestinado desde la eternidad.

   Pedro formula la referencia al tiempo en términos que nosotros podemos entender. Escribe: “[A Cristo] se le escogió desde antes de la creación del mundo”. La creación se refiere al comienzo del mundo, pero Cristo fue escogido antes de ese tiempo. Dios no creó el mundo y luego decidió escoger a Cristo para que se hiciera cargo de su tarea de redención. Dios lo designó en la eternidad, “antes de la creación del mundo”.

  1. En estos últimos tiempos. El contraste entre la eternidad y el tiempo es patente. Cristo fue escogido en la eternidad, pero fue manifestado dentro del tiempo. El verbo manifestar o revelar está en voz pasiva e implica que Dios es el agente. Para ser más preciso, estos términos apuntan hacia el nacimiento de Jesús (véase Jn. 1:14; 1 Ti. 3:16). Mediante la concepción y el nacimiento, Jesús entró en este mundo pecador.

   Vino con el propósito de salvar a los escogidos en una época que Pedro describe como “estos últimos tiempos”. Pedro no sólo tiene en mente los días de la vida de Jesús en la tierra; más bien, todo el período desde el nacimiento de Jesús hasta su eventual regreso constituye “estos últimos tiempos” (referirse a Hch. 2:17; 1 Ti. 4:1; 2 Ti. 3:1; Heb. 1:2; 1 Jn. 2:18). El plural tiempo indica la totalidad del tiempo.

   Sin embargo, Pedro particulariza la última parte de dicha totalidad como el período en el cual la historia del mundo llegará a su fin. En este período el Señor Jesucristo ha sido manifestado (referirse especialmente a Ro. 16:25–26; 2 Ti. 1:9–10).

   La designación de Cristo en la eternidad y su aparición en el tiempo tienen un solo propósito: redimir a los creyentes. Pedro escribe a los creyentes que esto ha sucedido por amor a ellos. Los creyentes, sean judíos o gentiles, son personas altamente privilegiadas, porque Dios los ha amado tanto que ha dado a su Hijo unigénito por su redención, “para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

 

Resurrección

   Versíc. 21. Por medio de Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y lo glorificó, de modo que su fe y su esperanza estén puestas en Dios.

   Aquí tenemos la parte final de esta sección doctrinal. Estos cuatro versículos (vv. 18–21) parecen haber sido parte de algún primitivo himno cristiano o de alguna formulación doctrinal antigua. En esta última parte, la doctrina de la resurrección es prominente.

  1. Resurrección. Los lectores nunca han visto a Jesús y sin embargo creen en él (v. 8). Lo que Pedro les está diciendo es que Jesús les ha dado fe para que puedan creer en Dios. Mediante Jesucristo los creyentes llegan a conocer a Dios Padre (cf. Jn. 1:18; 14:6). Es importante saber que los creyentes tienen fe en Dios, aun cuando el cristianismo enfatiza un acercamiento Cristocéntrico a Dios. Pero lo cierto es que la fe en Cristo está siempre en el contexto de la Trinidad, de modo que los cristianos creen en el Dios Trino.

   ¿Por qué creemos en Dios? ¡Porque él ha resucitado a Jesús de los muertos! Las instrucciones del Nuevo Testamento nos han enseñado que la doctrina cardinal de la fe cristiana es la de creer en la resurrección de Jesucristo (Hch. 2:24; Ro. 4:24; 10:9). Es más, Dios resucitó a Jesús de los muertos y le glorificó. En otras palabras, Dios lo perfeccionó (Heb. 2:9) y lo exaltó al darle un nombre que es sobre todo lo que Dios ha hecho (Fil. 2:9). Dios, que predestinó a Cristo en la eternidad para ser nuestro redentor, no podía dejarlo presa de la muerte. Cristo no podía quedar retenido por el poder de la muerte, ya que Dios le resucitó al tercer día.

   “De modo que su fe y su esperanza estén puestas en Dios”. Lo que aquí se da a entender es que en la resurrección de Jesús el creyente tiene la certeza de que también él será resucitado de los muertos. El fundamento de nuestra fe es la resurrección de Jesús. Pablo dice: “Porque no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Co. 15:13–14). La fe y la esperanza están íntimamente vinculadas (vv. 3, 5, 7, 9, 13). Una virtud fortalece a la otra. La gloria que Jesús tiene ahora será nuestra gloria en el momento de nuestra resurrección. Esa es la esperanza que sostiene nuestra fe en el Trino Dios.

Consideraciones doctrinales acerca de 1:18–21

Versículos 18–19

   Cuando los terroristas toman rehenes o cuando los raptores tienen a alguien en su poder, demandan un rescate antes de estar dispuestos a soltar a sus víctimas. También en el Nuevo Testamento aparece la expresión rescate. Jesús dice: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28; Mr. 10:45). Y Pablo escribe: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Ti. 2:5–6). Por otra parte, el dicho “fuisteis comprados con precio” aparece dos veces en las epístolas de Pablo (1 Co. 6:20; 7:23; véase Hch. 20:28; Ap. 5:9; 14:4).

   El énfasis bíblico recae en el precio pagado y en sus efectos liberadores; nunca en quien demanda o recibe el rescate. Cristo derramó su preciosa sangre en la cruz. El efecto de su muerte es la liberación de su pueblo. Su pueblo es liberado de la maldición de la ley (Gá. 3:13), del pecado (Ef. 1:7), y de la muerte (Ro. 8:2).

   ¿A quién pagó Cristo ese rescate? La Escritura no da respuesta a esta pregunta, razón por la cual haremos bien en no formularla. Cristo no se lo pagó a Satanás, porque Cristo lo derrotó. Y si Dios demandase un rescate,

estaría tomando a miembros de su propio pueblo como rehenes. La Escritura nos dice que Dios presentó a Cristo como sacrificio para demostrar la justicia de Dios (Ro. 3:25). Por todo lo antedicho es obvio que la pregunta acerca de ¿quién recibe el rescate? no debe hacerse.

   Cristo Jesús ha satisfecho las demandas de la ley, ha quitado la maldición que pesaba sobre nosotros, y mediante su muerte nos ha absuelto. Hemos sido redimidos por su preciosa sangre.

Versículos 20–21

  La Escritura enseña que la designación de Cristo para redimir a pecadores tomó lugar en la eternidad y que Adán y Eva cayeron en pecado cierto tiempo después de haber sido creados. La secuencia de estos dos eventos parece rara ante nuestro modo de razonar, porque no sigue nuestro curso habitual de causa y efecto. Lo normal

es que el remedio sea dado después de que la enfermedad haya sido diagnosticada. O sea, primeramente, Adán y Eva caen en pecado, y luego Dios designa a Cristo para redimirlos.

   Juan Calvino, el Reformador del siglo dieciséis comenta que debiéramos ver el conocimiento previo, la sabiduría y la bondad de Dios en la elección de Cristo y en la redención del hombre. “Porque en ello resplandece más plenamente la inexpresable bondad de Dios, en que él anticipó nuestra enfermedad por el remedio de su gracia, y proporcionó una restauración a la vida antes de que el primer hombre cayese en la muerte”

1er Titulo:

Maravilloso Amor De Cristo Por Salvar Lo Que Se Había Perdido. Filipenses 2:5 al 8. 5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: 6El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios: 7Sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8Y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

   Comentario: El ejemplo de Cristo quien, para salvar a otros, renunció a sí mismo 2:5–8

  1. Invitación a imitar a Cristo porque ésta es la regla de vida

   Versíc. 5. Dice Pablo: Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que también tuvo Cristo Jesús80 El apóstol desea que los filipenses anhelen ardientemente la disposición que se describe en los versículos 1–4, disposición que caracteriza a Cristo Jesús. Esta admonición concuerda con otras muchas normas parecidas que nos instan a imitar el ejemplo del que es el Ungido Salvador. En verdad, hay cierto aspecto en el que Cristo no puede ser nuestro ejemplo. No podemos copiar su obra redentora, ni sufrir y morir vicariamente. Fue obra suya, fue El solo quien satisfizo a la justicia divina y trajo su pueblo a la gloria. Pero, con la ayuda de Dios, podemos y debemos imitar el espíritu que fue el móvil de estos actos. La negación de uno mismo en favor de los demás debe estar presente y crecer en la vida de cada discípulo. Esa es obviamente el asunto aquí (véase v. 1–4). La concordia (unidad), la humildad, y la solicitud se manifestaron en nuestro Salvador (Jn. 10:30; Mt. 11:29; 20:28), y ésta ha de ser también la característica de sus discípulos. En ese sentido ¡cuánta verdad se encierra en estas líneas!:

“¡Oh!, si tan tierna y dulcemente nos ha amado,

agradecidos, amor debemos retornarle;

confiar en su sangre que ha salvado,

y tratar en sus obras de emularlo”.

 

   Otros pasajes que nos presentan a Jesús como ejemplo son, entre otros, los siguientes: Mt. 11:29; Jn. 13:12–17; 13:34; 21:19; 1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6; 1 P. 2:21–23; 1 Jn. 2:6. Es precisamente porque Él es nuestro Señor que también puede ser nuestro Ejemplo; y si no lo es, nuestra fe es estéril y nuestra ortodoxia está muerta.

   Versíc. 6, 7. Por todo lo cual, el apóstol continúa: quien, aunque existiendo en la forma de Dios … Pero, ¿qué quiere decir existiendo en la forma de Dios? En el párrafo que estamos considerando, ocurren dos palabras—morfe (μορυή), o sea, forma, y schema (σχήμα), es decir, condición—en estrecha relación: “existiendo en la forma de Dios … y reconocido en su condición como un ser humano. Ahora bien, parece que en esta transición de forma a condición existe cierta diferencia de significado. De varios pasajes del Nuevo Testamento en los que ocurren una de las dos palabras o ambas, generalmente como elementos componentes de verbos, podemos deducir evidentemente que en estos contextos que se han citado morfe o forma hace referencia a algo íntimo, esencial y permanente en la naturaleza de una persona o cosa; mientras que schema o condición apunta a su aspecto externo, accidental, transitorio.

   Lo que Pablo dice, pues, aquí en Fil. 2:6, es que Cristo Jesús ha sido siempre (y siempre continúa siendo) Dios por naturaleza, la imagen expresa de la deidad. El carácter específico de la deidad, según se manifiesta en cada uno de los atributos divinos, fue y es suyo eternamente. Cf. Col. 1:15, 17 (también Jn. 1:1; 8:58; 17:24).

   Este pensamiento está en completa armonía con lo que el apóstol enseña en otros pasajes: 2 Co. 4:4; Col. 1:15; 2:9 (y cf. He. 1:3).

   Una pregunta estrechamente relacionada, a saber, “¿Habla Pablo aquí en Fil. 2:5–8 sobre el Cristo preencarnado o sobre el Cristo ya hecho carne?”, tiene fácil respuesta. Estas dos interrogantes nunca deben ser separadas. El que en su estado preencarnado es igual a Dios, es la misma Persona divina que en su encarnación obedece hasta la muerte, y muerte de cruz. Naturalmente, para mostrar la grandeza del sacrificio de nuestro Señor, el punto de partida del apóstol es el Cristo en su estado preencarnado, siguiendo a continuación y necesariamente,

el Cristo hecho carne. Esto le recuerda a uno en gran manera 2 Co. 8:9: “Que, por amor a vosotros, aunque siendo rico se hizo pobre”. Podría compararse esta transición a la que encontramos en el Evangelio de Juan, Capítulo 1: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. El mismo estaba en el principio cara a cara con Dios … Y aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros como en una tienda y vimos su gloria”.

   Así pues, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo.

   El no estimó el ser igual a Dios como una cosa a que aferrarse. Por el contrario, él … (y aquí siguen las palabras que han provocado mucha discusión y disputa) se vació a sí mismo.

   La cuestión es: ¿De qué se vació a sí mismo Cristo Jesús? Ciertamente no de su existencia “en la forma de Dios”. Jamás dejó de ser el poseedor de la naturaleza divina. “Él no podía prescindir de su deidad en su humillación … Aun en su muerte tuvo que ser el poderoso Dios, para que con su muerte venciera a la muerte”

   El texto reza como sigue:

   “Cristo Jesús … aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una manera igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo”.

   La inferencia más natural es que Cristo se vació a sí mismo de su existencia-en-una-manera-igual-a-Dios.

   Tomando como base las Escrituras, podemos particularizar de la siguiente manera:

(1) El renunció a su relación favorable con respecto a la ley divina

   Mientras estaba en el cielo ninguna carga de culpabilidad pesaba sobre sus hombros. Pero en su encarnación la tomó sobre sí para quitarla del mundo (Jn. 1:29). Y así él, el Justo inmaculado, que nunca cometió pecado, “por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Esta es la base de todo lo demás.

(2) El renunció a sus riquezas

   “… porque por amor a vosotros se hizo pobre, aunque era rico, para que vosotros por medio de su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9).

   El renunció a todo, incluso a sí mismo, a su propia vida (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 10:11). Tan pobre fue, que siempre anduvo pidiendo prestado: un sitio para nacer (¡y qué sitio!), una casa donde posar, una barca para predicar, un animal en el cual cabalgar, un aposento en el cual instituir la Cena del Señor, y finalmente una tumba donde ser enterrado. Además, cargó sobre sí mismo una deuda muy pesada, la más pesada que jamás nadie pudiera soportar (Is. 53:6). Una persona de tal manera endeudada ¡tuvo que ser pobre!

(3) El renunció a su gloria celestial

   ¡Cuán profundamente lo sintió! Y fue por ello que, precisamente en la noche anterior a su crucifixión, tuvo que clamar desde lo más hondo de su corazón: “Ahora, pues, Padre, glorifícame en tu presencia, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera: (Jn. 17:4).

   De las infinitas moradas de eterna delicia en la presencia de su Padre, bajó voluntariamente a este reino de miseria para habitar por un tiempo con el hombre pecador. El, ante quien los serafines cubrían sus rostros (Is. 6:1–3; Jn. 12:41), el objeto de la más solemne adoración, descendió voluntariamente a este mundo donde fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3).

(4) Renunció a la autonomía de su autoridad

  En efecto, se convirtió en siervo, el siervo, y “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (He. 5:8). Él dijo: “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5:30; cf. 5:19; 14:24).

   Impacientemente expresamos la siguiente objeción: “Pero si Cristo Jesús renunció realmente su favorable relación con respecto a la ley divina, si renunció a sus riquezas, gloria, y la autonomía de su autoridad, ¿cómo es posible que continuara siendo Dios?”

   La respuesta está en que él, que fue y es y siempre será el Hijo de Dios, desechó todas estas cosas, no con referencia a su naturaleza divina, sino a la humana, la cual asumió voluntariamente y en la cual padeció todas aquellas afrentas.

   En su comentario sobre este pasaje, Calvino razona de esta manera: Fue el Hijo mismo de Dios quien se vació a sí mismo, aunque solamente con referencia a su naturaleza humana. Este gran reformador usa la siguiente ilustración: “El hombre es mortal”. Aquí la palabra “hombre” se refiere al hombre como ser humano, considerándolo como un todo, bien que la mortalidad se atribuye solamente al cuerpo, nunca al alma.

   No podemos ir más allá de esto. Nos encontramos ante un adorable misterio, un misterio de poder, sabiduría, ¡y amor!

   Versíc. 7b. Queda claro, pues, que la cláusula “se vació a sí mismo” deriva su significado no sólo de las palabras antecedentes inmediatas (o sea: “no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse”), sino también de las que siguen: al tomar la forma de siervo. En efecto, esta cláusula, “se vació a sí mismo” “abarca todos los detalles que entraña la humillación y está definida por éstos” (Vincent). La semejanza con los hombres, la forma de siervo que tomó en su condición y apariencia humana, la humillación consciente y voluntaria, y la obediencia que lo llevó hasta la muerte, sí, la muerte de cruz, —todo esto queda incluido en la frase ‘se vació a sí mismo”. Cuando él hizo a un lado su existencia en una forma igual a Dios, en aquel hecho él asumió todo lo que era contrario a ella (o sea, la naturaleza humana).

   El razonamiento que encontramos en los versículos 6–8 no se parece en absoluto al que tiene lugar en la mente de un niño que hace construcciones de juguete con cubitos de madera, siendo cada uno de ellos una unidad, con independencia absoluta de los demás. Antes, al contrario, esta forma de razonar es telescópica, es decir, las distintas secciones del telescopio, ya prestes, se extraen o se extienden gradualmente de forma que podamos verlas.

   Así pues, Él se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo. “Él se vació a sí mismo desde el momento en que cargó algo sobre si” (Müller). Además, cuando adoptó la forma de siervo, no lo hizo como un actor que representa un papel, sino que, por el contrario, en su naturaleza íntima (en su naturaleza humana, claro está) se hizo realmente un siervo, pues leemos: “Él tomó la forma de siervo”. (Léase lo que ya se ha dicho sobre el significado de la palabra forma a diferencia de condición). He aquí, verdaderamente, una grande y asombrosa noticia: El Señor soberano de todo cuanto existe se convierte en siervo de todos, y que a pesar de eso continúa siendo Dueño y Señor. El texto no dice, como algunos arguyen frecuentemente, que “El cambió la forma de Dios por la forma de un siervo”.91 ¡Él tomó la forma de siervo, pero sin perder la forma de Dios! Y esto es precisamente lo que hace posible y perfecta nuestra salvación.

   Hemos de decir también que él tomó la forma de un siervo, no la de un esclavo. Desde el mismo principio de su encarnación fue el siervo consagrado, sabio y obediente que describe Isaías (42:1–9; 49:1–9a; 50:4–11; y 52:13–53:12), el siervo voluntario que resueltamente cumple su misión, acerca de quien dijo Jehová: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido en quien mi alma tiene contentamiento”.

   El pasaje que estamos considerando tiene su punto de partida en el mismo momento en que comienza la carrera de este siervo, en el mismo instante en que Cristo tomó la forma de siervo. Pero ello implica, naturalmente, que continuó teniéndola hasta el final de su misión terrenal, sobre la que puede decirse con justicia: “La única persona en este mundo que tenía razón para hacer valer sus derechos, los abandonó” (Wuest). Fue Cristo el que dijo: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc. 22:27). En el mismo hecho de ser siervo de los hombres (Mt. 20:28; Mr. 10:45), cumplía su misión como siervo de Jehová. Podemos ver a Jesús, el Señor de la gloria, ceñido con una toalla, echando agua en un lebrillo, lavando los pies a sus discípulos, y diciéndoles: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís (esto) correctamente, porque (eso es lo que) soy. Si, por tanto, yo, vuestro Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque un ejemplo os he dado, para que tal como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn. 13:12–15).

   Y es esto exactamente lo que Pablo indica. Él les dice a los filipenses y a nosotros: “Seguid el ejemplo de vuestro Señor” (versículo 5).

   Jamás hubo siervo que sirviera con más inmutable lealtad, abnegada devoción, e irreprochable obediencia que éste.

   Pablo continúa: y hacerse semejante a los hombres. Cuando Cristo tomó la forma de siervo, él, que desde la eternidad y hasta la eternidad tenía y tendrá la naturaleza divina, tomó sobre sí la naturaleza humana. En consecuencia, la persona divina de Cristo tiene ahora dos naturalezas: la divina y la humana (Jn. 1:1, 14; Gá. 4:4; 1 Ti. 3:16). Pero asumió la naturaleza humana, no en la condición de Adán antes de la caída, ni en la condición de la que el mismo Cristo goza ahora en el cielo, ni tampoco en la que se manifestará en el día de su gloriosa venida, sino en la condición caída, debilitada, cargada con los resultados del pecado (Is. 53:2).

   Ciertamente, aquella naturaleza humana era real, tan real como la de cualquier otro ser humano (He. 2:17). Pero, aunque era real, ella se distinguió en dos aspectos de la del resto de los hombres:

(1) Su naturaleza humana, y solamente la suya, desde el momento de su concepción fue puesta en una unión personal con la naturaleza divina (Jn. 1:1, 14); y

(2) Aunque fue cargada con los resultados del pecado (por tanto, sujeta a la muerte), no era pecaminosa en sí misma. Así pues, el pasaje “hacerse semejante a los hombres”, y aquel pasaje que se le parece mucho, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Ro. 8:3), deben ser leídos a la luz de He. 4:15: “Uno que fue tentado en todo como nosotros lo somos, pero sin pecado”. Había semejanza, similitud; pero no había absoluta y completa identidad.

   Versíc. 8. Pablo continúa: Así, reconocido en su condición como un ser humano.

   Cuando Jesús apareció en la carne, ¿cómo lo consideraron los hombres?, ¿cómo lo catalogaron? Simplemente como un ser humano, exactamente igual que ellos en muchos aspectos:

¿Vinieron ellos al mundo por el proceso natural del nacimiento? El también (Lc. 2:7). (El misterio del nacimiento virginal no lo comprendieron).

¿Fueron ellos envueltos en pañales (cf. Ez. 16:4)? El también (Lc. 2:7).

¿Crecían ellos? El también (Lc 1:80).

¿Tuvieron ellos hermanos y hermanas? El también (Mt. 13:56).

¿Aprendieron ellos un oficio? El también (Mr. 6:3).

¿Sufrieron ellos a veces, hambre, sed, cansancio, sueño? El también (Mt. 4:2; Jn. 4:6, 7; Mr. 4:38).

¿Se entristecieron y se enojaron ellos? El también (Mr. 3:5).

¿Lloraron ellos a veces? El también (Jn. 11:35).

¿Se regocijaban ellos con motivo, por ejemplo, de una boda? El también asistió a una boda (Jn. 2:1, 2).

¿Estaban ellos destinados a morir? El también, aunque en su caso la muerte fue física, eterna, voluntaria y vicaria (Jn. 10:11), algo que ellos no comprendieron.

   En su condición total, por tanto, fue reconocido como hombre. Su porte y aspecto eran como los de los demás. Su forma de vestir, sus costumbres y maneras, se asemejarán a las de sus contemporáneos.

   Hasta cierto punto, tenían mucha razón al considerarlo así. Por tanto, se puede dudar si las conocidísimas líneas expresan realmente la verdad:

“La vaca mugiendo despierta al Señor, Mas no llora el Niño, pues es puro amor”;

   ¿No es de suponer que un niño normal llore a veces, pero que en el caso de Jesús este llanto, como todo lo demás, fue “sin pecado”?

   Excelentes palabras son las compuestas por Susanne C. Umlauf, de las cuales solamente citaré dos estrofas:

“¿Has pasado hambre, hijo de mi vida?

También yo estuve de pan necesitado.

En cuarenta días no tuve comida,

hasta que por ángeles fui yo alimentado.

¿Has estado, hijo mío, alguna vez sediento?

Mas yo he prometido tu necesidad suplir,

porque también yo en la cruz sufrí por ti tal tormento.

¡Oh!, hijo mío, corre, vuela, acude a mí.

Cuando tú estás triste, afligido y lloroso,

como aquel día en que lloré sobre Jerusalén,

ciudad amada, mi corazón se turba en mi pecho

por tus penas anheloso.

Porque mis ojos se anegaron en llanto,

cuando vine de Lázaro a la sepultura,

sabré consolarte en tu quebranto,

hasta que acabe para siempre la amargura”.

   Pero, aunque los hombres tenían razón al reconocer su humanidad, estaban equivocados en dos aspectos: Ellos rechazaban a.—su humanidad impecable y b.—su deidad. Y aunque toda su vida, particularmente sus palabras y hechos, publicaban “la divinidad velada en carne”, sin embargo, los hombres rechazaron por completo sus demandas y lo odiaron aún más a causa de ellas (Jn. 1:11; 5:18; 12:37). Acumularon escarnio sobre él, de forma que “fue desechado y despreciado entre los hombres” (Is. 53:3).

   Lo más maravilloso es, sin embargo, que “cuando lo maldecían, no respondía con maldición” (1 P. 2:23), sino que se humilló a sí mismo. (Para el significado del concepto humildad véase lo dicho sobre el versículo 3). Desde el primer momento de su encarnación se sometió a sí mismo bajo el yugo; esto implica que se hizo obediente, a saber, a Dios Padre, como indica claramente el versículo 9 (nótese la expresión “Por lo cual Dios”, etc.). Además, su obediencia no conoció límites: aun hasta la muerte. En esa muerte, él, obrando al mismo tiempo como sacerdote y víctima, se ofreció a sí mismo en sacrificio expiatorio por el pecado (Is. 53:10). Por lo cual, no fue una muerte común y corriente, sino como dice Pablo: sí, y muerte en la cruz.

   Muerte dolorosísima.

   Bien se ha dicho que el que moría en ella “moría mil muertes”.

   Muerte también afrentosa.

   Obligar al condenado a llevar su cruz, hacerle salir de la ciudad a algún lugar “fuera de la puerta”, y allí ejecutarle por medio de una muerte que, según sabemos por Cicerón, era considerada como la de un esclavo, era ciertamente vergonzoso. Véase Jn. 19:31; 1 Co. 1:23. “Que aun el solo nombre de la cruz sea alejado, no sólo del cuerpo de un ciudadano romano, sino también de sus pensamientos, vista y oído” Por tanto, al ser Pablo un ciudadano romano, como lo era, aunque hubiese sido condenado a muerte, es casi seguro que no hubiese sido ejecutado en forma tan afrentosa. ¿Tenía en su pensamiento esto cuando, refiriéndose a la muerte de su Maestro, escribió: “sí, y muerte en la cruz”?

    Era una muerte maldita.

    “Maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:23). Y si esto era así con respecto a un cadáver, ¡cuánto más con una persona viva! Cristo Jesús se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta una muerte en la que vicariamente soportó la maldición de Dios (Gá. 3:13). Véase el C.N.T. sobre Jn. 19:17, 18. Y así, cuando pendía del madero, Satanás y todas sus huestes le asaltaban desde abajo; los hombres lo escarnecían a su alrededor; Dios lo cubrió desde arriba con el manto de las tinieblas, símbolo de maldición; y desde adentro rompía su pecho aquel amargo grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A este infierno, el infierno del Calvario, descendió

Cristo.

   El pensamiento subyacente de los versículos 5–8 es este: En verdad, si Cristo Jesús se humilló a sí mismo en forma tan profunda, vosotros, filipenses, deberíais estar siempre dispuestos a humillaros en vuestra pequeña medida. Si él obedeció hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz, vosotros deberíais ser más y más obedientes a la dirección divina, y esforzaros por perfeccionar en vuestras vidas el espíritu de vuestro Maestro, el espíritu de unidad, humildad y solicitud, que agrada a Dios.

   Nótese el paralelismo quiástico (o sea, el entrecruzado):

2° Titulo:

El Precio Del Rescate De Valor Inmensurable Es La Sangre Del Justo. 1a de Corintios 6:20. Porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

   Comentario:  a. «Fuisteis comprados por precio». Estas palabras apuntan a la muerte de Jesús en la cruz del Calvario, donde pagó el precio de nuestra redención. Cristo pagó por nuestra libertad del pecado, para que como hijos redimidos de nuestro Padre celestial participemos en sus bendiciones. El término comprados nos recuerda el mercado, donde se vendían y compraban esclavos. Si a esto alude Pablo, está diciendo que Cristo compró a los cristianos como esclavos para servirle. Cristo ahora es dueño de ellos, es su amo. En el pasaje paralelo, dice lo mismo: «Porque el que fue llamado en el Señor cuando era esclavo, es un hombre libre que pertenece al Señor; de la misma forma, cuando el hombre libre fue llamado, se convirtió en esclavo de Cristo. Fuisteis comprados por precio. No os hagáis esclavos de los hombres» (7:22, 23; véase también Gá. 4:6, 7).

  1. «Glorificad a Dios en vuestros cuerpos». Ésta es la conclusión paulina a un largo discurso sobre la inmoralidad sexual (6:12–20). Con destreza ha convertido una discusión negativa en una exhortación positiva. Les dice a los corintios que usen sus cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, para glorificar al Señor. Lo podrán hacer oyendo obedientemente a la voz de Dios que les habla en su revelación. Un catecismo del siglo XVI plantea la pregunta: «¿Cuál es el fin principal del hombre?». A lo que responde: «Glorificar a Dios y gozar de él para siempre».

3er Titulo:

Fuimos Apartados Para Dios, Desde Antes De La Fundación Del Mundo. Efesios 1:3 al 5. Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según el puro afecto de su voluntad.

   Comentario: Versíc. 3. Bendito (sea) el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. La bondad, la verdad y la belleza se combinan en esta doxología inicial, en la cual el apóstol, por medio de palabras que son hermosas tanto por los pensamientos que expresan como por su artística presentación, derrama su alma en verdadera adoración por la bondad de Dios en efectiva actividad. Atribuye a Dios el honor debido por sus bendiciones espirituales pasadas (la elección), presentes (la redención), y futuras (certificación como hijos que han de tomar posesión total de la herencia reservada para ellos). El apóstol comprende que las bendiciones divinas concedidas al pueblo de Dios deben ser reconocidas con humildad, gratitud, y entusiasmo tanto en pensamiento como en palabras y hechos. Tal respuesta es la única forma adecuada en que estas mercedes espirituales pueden ser “devueltas” a su dador. El ciclo ha de ser completado: ¡Lo que proviene de Dios debe retornar a él! Esto es lo que se quiere significar al decir, “Bendito (sea) …”.

   La oración que comenzó con “Bendito (sea)” avanza rodando como una bola de nieve por una pendiente, creciendo en volumen a medida que desciende. Sus palabras, y los abundantes calificativos que ellas forman, ordenados como tejas en un techo o como peldaños en una escala, son como encabritados corceles que al ser liberados se lanzan a impetuosa velocidad. Juan Calvino dice, “Los elevados términos con que él (Pablo) exalta la gracia de Dios hacia los efesios, tienen el propósito de excitar la gratitud en sus corazones, inflamarles, llenarles hasta que tal disposición sobrepase los bordes”. El “ardiente corazón” de Pablo tiende también a inflamar a otros corazones con la sincera, humilde, y desbordante alabanza al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Cf. Ro. 15:6; 2 Co. 1:3; 11:31. Siendo que Jesús, además de ser Dios, era y es también hombre, y siendo que se dirige a la primera Persona de la Trinidad como “mi Dios” (Mt. 27:46), es evidente que el título entero “El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” queda justificado. En cuanto al término “Padre”, es evidente que si el título “Dios de nuestro Señor Jesucristo” enfatiza su naturaleza humana, el de “Padre de nuestro Señor Jesucristo” llama la atención a la divina naturaleza del Hijo, ya que en esta epístola profundamente trinitaria se hace referencia al Hijo, no en relación a su natividad sino en su conexión con la Trinidad, en la cual, el Amado, que aparece bajo diferentes nombres, es colocado al mismo nivel y se le menciona siempre en conjunto con el Padre y el Espíritu (2:18; 3:14–17; 4:4–6; 5:18–20). Cristo es el Hijo de Dios por generación eterna. Véase también C.N.T. sobre el Evangelio de Juan, pp. 90–93. Ahora bien, el hecho de llamar a la primera persona de la Santa Trinidad “El Padre de nuestro Señor Jesucristo” tiene un propósito muy práctico según lo muestra claramente el apóstol en 2 Co. 1:3. En su calidad de Padre de nuestro Señor Jesucristo, él es “El Padre de misericordia y Dios de toda consolación”. Es por conducto de Cristo que nos viene toda bendición espiritual desde el padre. Y si Cristo es el “Hijo del amor de Dios” (Col. 1:13), entonces Dios debe ser el Padre de amor, el Padre amante. Obsérvese además aquella hermosa palabra de fe posesiva, vale decir, nuestro: “el Padre nuestro Señor Jesucristo”. Es notable cómo esto acerca a Cristo al corazón del creyente, y no solamente a Cristo sino también al Padre. ¡Indudablemente Cristo y el Padre son Uno! Con referencia al título “Señor Jesucristo” véase el versículo 2 más arriba.

   Pablo prosigue, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. El Padre bendice a sus hijos al derramar dones sobre ellos de tal modo que estas mercedes o experiencias, de cualquier naturaleza que sean, les ayudan a bien (Ro. 8:28). Junto con los dones, se da a sí mismo (Sal. 63:1; cf. Ro. 8:32). Entendemos que no es verdad que el Antiguo Testamento considere los bienes materiales como de mayor valor que los espirituales, puesto que se enseña claramente lo contrario en pasajes tales como Gn. 15:1; 17:7 Sal. 37:16; 73:25; Pr. 3:13, 14; 8:11, 17–19; 17:1; 19:1, 22; 28:6; Is. 30:15; cf. Heb. 11:9, 10, sin embargo, es verdad que entre los dos testamentos existe una diferencia de grado en cuanto a la complejidad de los detalles con que las bendiciones terrenales o físicas se describen (Ex. 20:12; Dt. 28:1–8; Neh. 9:21–25). Dios es por siempre el sabio pedagogo que toma a sus hijos de la mano y sabe que, en la antigua dispensación, “cuando Israel era niño”, se necesitaba esta descripción circunstancial de los valores terrenales a fin de que, por medio de estos, a modo de símbolos (p. ej., la Canaán terrenal es símbolo de la celestial), ellos podrían llegar a la justa apreciación de lo espiritual (cf. 1 Co. 15:46). El Nuevo Testamento, aunque de ninguna manera quita importancia a las bendiciones terrenales (Mt. 6:11; 1 Ti. 4:3, 4), pone todo su énfasis en lo espiritual (2 Co. 4:18), y bien pudo ser que, para acentuar esta diferencia entre la antigua y la nueva dispensación, se declara aquí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido con toda bendición espiritual. Es mejor permitir al contexto indicar la naturaleza y el contenido de estas bendiciones. Aunque, seguramente, la palabra toda claramente prueba que sería un error substraerle aun el más pequeño de los dones invisibles de la lista de aquellos “vastos beneficios divinos que poseemos en Cristo”, no obstante el contexto indica que el apóstol está pensando especialmente en—o resumiendo todos estos beneficios bajo—aquellos que se mencionan en el párrafo presente, a saber, elección (y su acompañamiento, predestinación a la adopción), redención (implicando el perdón y la gracia sobreabundante en forma de toda sabiduría y discernimiento), y la certificación (“sellados”) como hijos y herederos.

   La frase “en los lugares celestiales” o sencillamente “en los celestiales” (usado en el sentido local en 1:20; 2:6; 3:10, y probablemente también en forma local en 6:12) indica que estas bendiciones espirituales son celestiales en cuanto a su origen, y que desde el cielo descienden a los santos y creyentes en la tierra (cf. 4:8; y Fil. 3:20 y sobre Col. 3:1).

   Para el significado de “en Cristo” véase sobre el versículo 1. Esta frase o su equivalente aparece más de diez veces en este breve párrafo (1:3–14), que es clara evidencia del hecho que el apóstol considera a Cristo como el fundamento mismo de la iglesia, esto es, de todos sus beneficios, o su total salvación. Es en conexión con Cristo que los santos y creyentes en Éfeso (y en cualquier otro lugar) han sido bendecidos con toda bendición espiritual: la elección, la redención, y la certificación como hijos y herederos y todos los demás beneficios incluidos bajo estos encabezamientos. Fuera de él no solamente nada pueden hacer, sino que nada son, vale decir, equivalen a nada en el sentido espiritual.

    Versíc. 4. Pablo prosigue, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.

La elección

(1) Su autor

   El autor es “El Dios y Padre nuestro Señor Jesucristo”, según se ha indicado ya (véase sobre v. 3). Por supuesto que esto en ninguna manera invalida el hecho de que todas las actividades que afectan las relaciones extra-trinitarias puedan atribuirse al Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sin embargo, según se muestra aquí, es el Padre quien tiene la dirección en la obra divina de la elección.

(2) Su naturaleza

   Elegir significa tomar o escoger algo de (para sí mismo). Aunque el pasaje mismo no indica en forma definida la masa de objetos o individuos de entre los cuales el Padre elige a algunos, no obstante, este inmenso grupo queda definido claramente por medio de la cláusula de propósito “para que fuésemos santos e irreprensibles delante de él”. En consecuencia, aquella extensa masa de individuos de entre los cuales el Padre elige a algunos se considera aquí como carentes de santidad y viles. Tal interpretación se ajusta al contexto. Provee una de las

razones (véase Síntesis al final del capítulo para más argumento) que explican por qué el alma del apóstol está llena de tal arrobamiento que dice “Bendito (sea) el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que … nos escogió”. Quiere decir: nosotros ¡totalmente indignos ante su presencia! No trata de dar explicaciones de cómo es posible para Dios hacerlo. Se da cuenta perfectamente que cuando el hombre se enfrenta a tal manifestación de maravillosa gracia, la única respuesta adecuada es adoración y no el entrar en explicaciones.

(3) El sujeto

   El sujeto es “nosotros”, no todos los seres humanos. Este pronombre “nosotros” ha de ser entendido a la luz de su contexto. Pablo está escribiendo a “santos y creyentes” (v. 1). Dice que el Padre nos ha bendecido a “nosotros”, esto es, “todos los santos y creyentes” (en este caso la referencia específica es a los que están en Éfeso) incluyendo a Pablo (v. 3). Por esto entonces, cuando el apóstol prosigue, “según nos escogió”, este “nos” no puede repentinamente referirse a todos los hombres sin distinción, sino que debe referirse necesariamente a

todos aquellos que son (o que han sido destinados para que en algún tiempo de la historia del mundo sean) “santos y creyentes”; vale decir, a todos los que, habiendo sido separados por el Señor para que le glorifiquen, se rinden a él por medio de una fe viva.

   Es por esta razón contextual (y también por otras) que no puedo estar de acuerdo con la argumentación de Karl Barth de que en conexión con Cristo toda la humanidad sin distinción ha sido elegida, y que la diferencia fundamental no es entre elegidos y no elegidos sino más bien entre los que se hallan conscientes de su elección y los que no lo están.

(4) Su fundamento

   El fundamento de la iglesia, de toda su salvación desde el principio hasta el fin, y por supuesto de su elección, es Cristo. Pablo dice “El (“el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”) nos eligió en él”. El eslabón entre los versículos 3 y 4 es esta frase. Podríamos hacer resaltar esto con la siguiente traducción, “Dios el Padre nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él …” En otras palabras,

en un punto del tiempo Dios nos bendijo en Cristo de acuerdo a la elección que hizo de nosotros desde la eternidad en él (en Cristo). Aunque algunos sostienen que éste “así como, o según” está denotando solamente correspondencia, en el sentido de que existe un perfecto acuerdo entre las bendiciones y la elección, puesto que ambas son “en Cristo”, podría preguntarse si tal interpretación agota enteramente el significado de la palabra usada en el original. Además de un punto gramatical (para lo cual véase la nota 16), la enseñanza de Pablo es que la elección desde la eternidad y los pasos subsecuentes en el orden de la salvación no han de ser considerados como detalles independientes uno del otro sino como eslabones de una cadena de oro, según se ve bien claro en Ro. 8:29, 3. La elección, entonces, es la raíz de todas las bendiciones subsecuentes. Es como Jesús dijo en su oración intercesora, “… para que a todos aquellos que les has dado, les dé vida eterna” (Jn. 17:2). Véase también Jn. 6:37, 39, 44; 10:29. En consecuencia, partiendo de la base que la elección es desde la eternidad, que también es la raíz de todas las bendiciones que siguen, y que además es “en él”, Cristo no sólo es el fundamento de la iglesia sino el fundamento eterno.

   Ahora viene a la mente la pregunta, “¿Cómo se ha de entender el que los santos y creyentes han sido elegidos en Cristo?” La contestación que se da a menudo es la siguiente: fue determinado en el consejo de Dios que en algún punto del tiempo estas personas llegarían a creer en Cristo. Aunque, indudablemente, esto se halla también implicado, sin embargo, no es respuesta suficiente y no hace justicia a todo lo que Pablo y otros escritores inspirados enseñaron con respecto a este importante punto. La respuesta básica debe ser que desde antes de la fundación del mundo Cristo fue el representante y el fiador de todos los que en algún punto del tiempo serían recogidos en el redil. Esto fue necesario, puesto que la elección no es una abrogación de los atributos divinos. Ya se ha establecido que en el trasfondo del decreto divino se halla el funesto hecho de que a los elegidos se les ha considerado desde el comienzo mismo enteramente indignos, envueltos en ruina y perdición. Ahora bien, el pecado tiene que ser castigado. Las demandas de la santa ley de Dios deben ser satisfechas. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no deja de lado la justicia ni cancela las demandas de su ley. ¿Cómo puede ser entonces posible para Dios otorgar tan grande, gloriosa, y fundamental bendición como lo es la elección a “los hijos de ira”, y aun hacer esto sin que vaya en desmedro de su naturaleza misma y la inviolabilidad de su santa ley? Se responde que esto es posible debido a la promesa del Hijo (en completo acuerdo con el Padre y el Espíritu), “He aquí yo vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío; y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:7, 8. Cf. Heb. 10:5–7; Gá. 4:4, 5; Fil. 2:6–8). “En Cristo”, entonces, los santos y creyentes, aunque inicialmente y por naturaleza totalmente indignos, son justos ante la presencia misma de Dios, ya que Cristo prometió que él satisfaría todas las exigencias de la ley en lugar de ellos, promesa que tuvo su total cumplimiento (Gá. 3:13). Esta justicia forense es fundamental para todas las demás bendiciones espirituales. En consecuencia,

Solo a ti, oh Dios, se ha de dar

Toda la gloria y renombre;

No la osamos nosotros tomar,

Ni robar la corona a tu nombre.

Eras tú solo nuestro fiador

En el plan de la redención;

Nos dio en ti de su gracia el favor,

Siglos antes de la creación.

(Augustus M. Toplady, 1774; revisado por Dewey Westra 1931)

(5) Su tiempo

   Se dice que esta elección tuvo lugar “antes de la fundación del mundo”. Esto es, “desde la eternidad”. Además, habiendo ocurrido “en él”, todo se presenta ante nuestra vista enteramente razonable, puesto que él es Aquel cuya “preciosa sangre como la de un cordero sin defecto e inmaculado”, era “conocida aun antes de la fundación del mundo” (1 P. 1:19, 20).17 La inmutabilidad del plan eterno de Dios con respecto a sus elegidos no fue una invención paulina. Fue enseñanza de Jesús mismo. Fue él quien se refirió a aquellos que amó como los que le fueron dados (véase Jn. 6:39; 17:2, 9, 11, 24; cf. 6:44). El hecho de que haya hecho la promesa de su sacrificio expiatorio por ellos desde la eternidad puede ser con toda probabilidad un elemento que haya entrado en el amor del Padre por él; cf. las palabras de la oración intercesora, “¡Padre! yo quiero que aquellos también que me has dado, estén conmigo en donde yo estoy, para que vean mi gloria, que tú me has dado: porque me amaste desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). En este y similares pasajes (véase también Mr. 13:35; Heb. 4:3) se ve al universo como un edificio, y su creación como la colocación del fundamento de todo el edificio.

   El punto que debe ser enfatizado en relación a esto es el hecho de que si ya antes de la fundación del mundo los que estaban destinados para vida eterna habían sido elegidos, luego toda la gloria de su salvación pertenece a Dios, y a él solamente. Por eso que, “¡Bendito (sea) el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo!” Véase 2:5, 8 10.

(6) Su propósito

   El propósito de la elección lo hallamos en las palabras, para que fuésemos santos e irreprensibles delante de él. Es digno de especial consideración que Pablo no dice, “El Padre nos eligió porque supo de antemano que seríamos santos”, etc. Dice, “para (o: a fin de que) fuésemos santos”, etc. La elección no fue condicionada a méritos vistos de antemano ni siquiera a una fe conocida de antemano. ¡La elección es la raíz de la salvación y no su fruto! Sin embargo, queda en claro que no se disminuye ni un ápice la responsabilidad propia y la autoactividad del hombre. Cuando el decreto divino para salvación se lleva históricamente a cabo en la vida de algún individuo, no es por medio de presión externa. Motiva, capacita, actúa. Impele, pero no compele. La mejor descripción es probablemente la que se halla en Los cánones de Dort III y IV. 11, 12.

   “Además, cuando Dios lleva a cabo este su beneplácito en los predestinados y obra en ellos la conversión verdadera, lo lleva a cabo de tal manera que no sólo hace que se les predique exteriormente el evangelio, y que se les alumbre poderosamente su inteligencia por el Espíritu Santo a fin de que lleguen a comprender y distinguir rectamente las cosas que son del Espíritu de Dios; sino que él penetra también hasta las partes más íntimas del hombre con la acción poderosa de este mismo Espíritu regenerador; él abre el corazón que está cerrado; él quebranta lo que es duro; él circuncida lo que es incircunciso; él infunde en la voluntad propiedades nuevas, y hace que esa voluntad, que estaba muerta, reviva; que era mala, se haga buena; que no quería, ahora quiera realmente; que era rebelde, se haga obediente; él mueve y fortalece de tal manera esa voluntad para que pueda, cual árbol bueno, llevar fruto de buenas obras … Así la voluntad, siendo entonces renovada, no sólo es movida

y conducida por Dios, sino que, siendo movida por Dios, obra también ella misma. Por lo cual con razón se dice que el hombre cree y se convierte en virtud de la gracia que ha recibido”. Véase Fil. 2:12, 13 y 2 Ts. 2:13.

   Según el propósito que ya se ha establecido, es evidente que la elección no conduce al hombre solamente hasta medio camino; le lleva hasta el final. No solamente le guía a la conversión; además, hasta la perfección. Se propone hacerle santo—es decir, limpio de todo pecado y separado enteramente para Dios y su servicio—e irreprensible—esto es, sin mancha alguna (Fil. 2:15), como un sacrificio perfecto. Esta, y nada menos, es la meta consciente de aquellos en cuyos corazones Dios ha comenzado a operar con su plan de eterna elección. Es la meta de los creyentes en esta vida presente (Lv. 19:2), y llegará a su total realización en el más allá (Mt. 6:10; Ap. 21:27).

   La absoluta e inmutable perfección de la meta ética recibe un énfasis adicional por medio de la frase “delante de él”, es decir, delante de Dios en Cristo. Lo que más importa no es lo que somos ante la opinión de los hombres sino lo que somos en los ojos de Dios.

 

(7) Su descripción adicional

   Versíc. 5. Una descripción ampliada de la elección, indicando la forma que toma, se halla en las palabras, habiéndonos en amor18 predestinado a la adopción como hijos. Esta predestinación no ha de considerarse como una actividad divina previa a la elección. Es el sinónimo de esta última, una aclaración adicional de su propósito. Al Padre se le describe como habiendo prefijado el horizonte o circunscrito a sus elegidos. En su amor ilimitado, sin que existiese causa alguna aparte de sí mismo, les separó para que fuesen sus propios hijos. “Como las montañas están alrededor de Jerusalén, así Jehová está alrededor de su pueblo” (Sal. 125:2). Les destinó para que fuesen miembros de su propia familia (Cf. Ro. 8:15; Gá. 4:5). Es casi inútil buscar analogías humanas, ya que la adopción a la cual Pablo se refiere es superior a cualquier cosa que ocurra en la tierra. Concede a los que son objetos de ella no solamente un nuevo nombre, una nueva condición legal, y una nueva relación familiar, sino también una nueva imagen, la imagen de Cristo (Ro. 8:29). Los padres terrestres pueden adoptar niños y amarlos en gran manera; sin embargo, no les es posible impartir a ellos su espíritu como quisieran. No son dueños de los factores hereditarios. ¡Cuando Dios adopta, imparte a la vez su Espíritu! Esta adopción se lleva a cabo por medio de Jesucristo para sí mismo. Tal adopción llega a ser una realidad mediante la obra de Cristo. Es por los méritos de su expiación que los elegidos reciben su nueva condición y también son transformados al espíritu de filiación. Así, llegan a ser hijos de Dios para Su glorificación.

   El modificativo según el beneplácito de su voluntad no solamente se ajusta al contexto inmediato (“para sí mismo”), sino que también armoniza en forma excelente con las palabras “habiéndonos en amor predestinado”. Cuando el Padre eligió un pueblo para sí mismo, decidiendo adoptarles como hijos propios, fue motivado únicamente por el amor. Por eso no fue esto resultado de una simple determinación sino un acto de supremo deleite. Alguien podría estar totalmente decidido a someterse a una seria operación. También, podría haber determinado hacer un precioso jardín de rosas. Ambos son aspectos de la voluntad; sin embargo, solamente el último tiene que ver con deleite, vale decir, según el beneplácito de su voluntad. Así, Dios, que no aflige de corazón (Lm. 3:33), se deleita en la salvación de los pecadores (Is. 5:4; Ez. 18:23; 33:11; Os. 11:8; Mt. 23:37; cf. Lc. 2:14; Ro. 10:1).

4° Titulo:

Gloriosa Ofrenda El Cuerpo De Cristo Para Santificar A Los Creyentes. Hebreos 10:10 al 14. En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez. Así que, todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados: Pero éste, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios, Esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

   Comentario: Versíc. 10. Y en virtud de esta voluntad hemos sido santificados mediante el sacrificio del cuerpo del Jesucristo una vez para siempre.

   Tal como lo ha demostrado en otros lugares, el escritor es un experto en la comprensión del significado de las Escrituras del Antiguo Testamento (véanse, por ejemplo, 2:8–9; 3:16–19; 7:2–3). Ahora, después de citar el Salmo 40:6–8, nos presenta un breve comentario acerca de estos versículos. El transforma la poesía de la cita del salmo en prosa, y va a la médula del asunto. El divide la cita en dos partes.

   En primer lugar, Cristo dijo: “Sacrificios y ofrendas, holocaustos y ofrendas por el pecado no deseaste, ni estuviste complacido con ellos”. La primera parte, entonces, expresa la noción de que Dios no hallaba placer en las ofrendas que la gente le presentaba. E inmediatamente el escritor añada una concesión, “aunque la ley demandaba que fuesen hechos”.

   Pero retrocedamos a los comienzos de la historia humana que encontramos en Génesis. Dios miró con agrado la ofrenda que Abel le trajo, pero con desagrado la ofrenda de Caín. ¿Por qué fue la ofrenda da Abel — “la grosura de algunas de las primicias de su rebaño” — aceptable, y la ofrenda de Caín — “algunos de los frutos de la tierra” — inaceptable (Gn? 4:3–5)? El escritor de Hebreos responde diciendo: “Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín. Por la fe fue reconocido como justo, cuando Dios habló bien de su ofrenda” (11:4).

   El escritor de Hebreos no dice que Dios tenga aversión a los sacrificios que se le presentan, sino que los sacrificios ofrecidos sin fe y obediencia le son una abominación (Is. 1:11–14; Am. 5:21–22). Por medio de Oseas Dios le dice a Israel: “Porque misericordia quiero, no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (6:6).

   En segundo lugar, Cristo dijo: “Aquí estoy, he venido para hacer tu voluntad”. El término voluntad aparece cuatro veces en el contexto de este capítulo (10:7, 9, 10, 36). Sólo vuelvo a aparecer una vez másen Hebreos, en la bendición (13:21). La voluntad de Dios tiene prioridad en la vida de Cristo, y el escritorde Hebreos exhorta a sus lectores a perseverar en la voluntad de Dios y a cumplirla.

   Dios no se complace en sacrificios. Se complace en la inquebrantable confianza y obediencia de sus hijos. Cristo, el Hijo de Dios, vino a este mundo con el propósito de demostrar sumisión, y de aprender “la obediencia por medio de lo que sufrió para que, una vez perfeccionado, se convirtiese en fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb. 5:8–9).

   El escritor resume los dos dichos de Cristo en una concisa oración: “El anula lo primero para establecer lo segundo”. Cristo se ofreció como sacrificio por el pecado en la cruz del Calvario. Por medio de esta acción él puso fin al sistema levítico de sacrificios—lo anuló. A continuación, él mostró su fidelidad a Dios haciendo su voluntad, estableciendo de esa manera lo segundo. El hacer la voluntad de Dios hizo que Cristo orase durante el sufrimiento supremo que experimentó en el Huerto de Getsemaní: “Padre, si quieres, quita de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Cristo se sometió totalmente a la voluntad de Dios con obediencia absoluta.

   ¿Y cuál es el efecto de dicha voluntad? El escritor incluye escuetamente a todos los creyentes al decir: “Y en virtud de esta voluntad hemos sido santificados”. La salvación no se origina en el hombre sino en Dios. Por esa voluntad somos separados del mundo y llamados a la santidad. La implicación es que habíamos sido alienados de Dios y vivíamos en un mundo de pecado. En virtud de la voluntad de Dios, esto ha cambiado: “hemos sido santificados”. Este verbo indica que, en determinado momento, alguien actuó en favor nuestro para santificarnos, y ahora somos puros. El escritor de Hebreos ya se había referido a este hecho al escribir acerca de la voluntad de Dios de perfeccionar al autor de la salvación por medio del sufrimiento. “Tanto aquel que hace santo al hombre como aquellos que son santificados pertenecen a la misma familia” (2:11). El que hace santo al hombre es Jesucristo.

   De un modo bastante directo el escritor dice: “mediante el sacrificio del cuerpo de Jesús una vez para siempre”. Fuera del último capítulo de Hebreos, donde la combinación Jesucristo aparece dos veces (13:8, 21), el nombre doble aparece solamente una vez en la parte educativa de la epístola, o sea aquí mismo. El escritor desea enfatizar que tanto la naturaleza humana (Jesús) como la divina (Cristo) estaban implicadas en santificarnos. Además, Jesucristo ejecutó el acto de santificarnos sacrificando su cuerpo. Este es el único lugar en la epístola en que el escritor menciona el sacrificio corporal de Jesús. El propósito de enfatizar el “sacrificio del cuerpo de Jesucristo” es el de demostrar la realidad de su muerte física. Es también un reflejo de la formulación que la Septuaginta tiene de la cita de este salmo: “preparaste un cuerpo para mí” (Heb. 10:5).

   Finalmente, el sacrificio del cuerpo de Cristo es la contrapartida de los sacrificios del sistema levítico. La diferencia, no obstante, entre el sacrificio de Cristo y los sacrificios de animales es profunda: el sacrificio de Cristo fue una vez para siempre; los sacrificios de animales eran incontables. Por otra parte, Cristo ofreció su propio cuerpo como sacrificio; el adorador de la era del primer pacto ofrecía sustitutos. Además, Cristo presentó su cuerpo voluntariamente; los animales eran sacrificados por la fuerza, en contra de su voluntad. La obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre obtuvo nuestra liberación del poder del pecado y no adaptó para vivir una vida dedicada al servicio de Dios. De esta manera reflejamos la santidad y perfección de Dios al responder a la exhortación de Jesús: “Sed por lo tanto perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48; véanse también Lv. 11:44–45; 19:2; 20:7; 1 P. 1:16).

 

Consideraciones doctrinales en 10:1–10

   Para los lectores de origen judío que consideraban la ley de Dios su posesión más preciada, la afirmación del escritor—“la ley es solamente una sombra de las cosas buenas que están por venir”—debe haber sido pasmosa. Si la ley era su posesión atesorada, sería difícil imaginar que a ellos les esperaban cosas mucho más agradables”. El escritor de Hebreos llama a estas cosas “las realidades mismas”, y explica que estas son Cristo y su obra redentora. Al escribirles a lectores judíos que vivían en Colosas acerca de las observancias religiosas, Pablo dice esencialmente lo mismo. El escribe: “Estas [reglamentaciones] son una sombra de las cosas que han de venir; la realidad, empero, se encuentra en Cristo” (Col. 2:17).

   Al citar y aplicar los versículos del Salmo 40, el escritor de Hebreos demuestra que Cristo ha venido para hacer la voluntad de Dios. En el cumplimiento de dicha voluntad, Cristo ofreció su cuerpo como sacrificio, cumplió los requisitos del sacerdocio aarónico y terminó con los sacrificios levíticos. Si Cristo hubiese cumplido solamente las demandas del sacerdocio aarónico, entonces no hubiese habido un nuevo pacto. El escritor de Hebreos enseña que después de que Cristo se ofreciera a sí mismo sin tacha a Dios, él se convirtió en el mediador del nuevo pacto. El purificó las conciencias de los miembros de este pacto: “¡para que pudiéramos servir al Dios vivo!” (9:14). Esto es una referencia a un sumosacerdocio que es eterno; se le llama sacerdocio según el orden de Melquisedec. Cristo cumplió los requisitos de este sacerdocio al dedicarse a hacer la voluntad de Dios.

   Cuando Cristo vino al mundo, “él anuló lo primero para establecer lo segundo” (Heb. 10:9). El escritor de Hebreos usa los términos primero y otro, nuevo, o segundo cuando habla del pacto (8:7, 13; 9:1, 15, 18)). Al explicar la cita del salmo en 10:8, 9, el escritor cita primeramente las palabras acerca del sistema sacrificial del sacerdocio aarónico y luego cita las palabras que tienen que ver con la perfecta obediencia de Cristo a la voluntad de Dios. Estos dos versículos describen, en efecto, los dos pactos y las dos fases del sacerdocio de Cristo. Para pagar por los pecados de su pueblo (2:17), Cristo tuvo que sacrificar su cuerpo una vez para siempre (10:10). El cumplió las demandas del primer pacto y terminó la primera fase de su sacerdocio; es decir, la del sacerdocio aarónico. Cristo estableció el segundo pacto cuando vino a hacer la voluntad de Dios. Así él estableció la segunda fase de su sacerdocio, la de Melquisedec. El sacerdocio aarónico tipifica la obediencia pasiva de Cristo; el sacerdocio de Melquisedec, la obediencia activa de Cristo.

 

Jesús ofreció un sacrificio 10:11-14.

   Versíc. 11. Día tras día todo sacerdote está de pie y cumple sus deberes religiosos; una y otra vez ofrece

los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. 12. Pero cuando este sacerdote hubo ofrecido para siempre un solo sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios.

   La cita del Salmo 40:6–8 incluye la obra del sumo sacerdote en el Día de la Expiación y los deberes diarios de todo sacerdote. “Sacrificios y ofrendas, holocaustos y ofrendas por el pecado” resumen la totalidad del sistema sacrificial llevado a cabo por el sumo sacerdote y por los sacerdotes. El escritor de Hebreos, por lo tanto, pone de relieve la obra del sacerdote y la contrasta con los logros redentores de Cristo. El contraste es completo:

Versículo 11                                    Versículo 12

   Día tras día                                        Pero

  todo sacerdote                                  este sacerdote

   está de pie                                        se sentó

    ofrece                                     cuando hubo ofrecido

  una y otra vez                                   para siempre

 los mismos sacrificios                               un sacrificio

  que nunca pueden                                por los pecados

  quitar los pecados

   Día tras día los ritos del santuario continuaban, puesto que cuando un sacerdote ofrecía el último sacrificio al fin del día, el próximo sacerdote se ocupaba de la preparación del primer sacrifico de la mañana siguiente. Fluían literalmente ríos de sangre animal a causa de estos continuos sacrificios, y la sucesión de sacerdotes, que servían según su división y eran elegidos por suertes (Lc. 1:8–9), parecía ser interminable. En los tiempos previos a la aparición de Jesús habían servido innumerables sacerdotes y muchos sirvieron durante su ministerio. La obra del sacerdote era esencialmente inútil; tenía que hacer la misma cosa una y otra vez, y así su tarea nunca se terminaba. Nunca podía sentarse para descansar de su tarea. Tal como lo dice el escritor de Hebreos, “Todo sacerdote está de pie (bastardillas añadidas). En el santuario el mobiliario incluía la mesa, el candelabro, el altar de incienso y el arca, pero no había silla. Además, los sacrificios ofrecidos por el sacerdote levítico eran ineficaces en cuanto a liberar al hombre de pecado. La palabra quitar en realidad significa quitar los pecados que completamente cubren al hombre y de los cuales solamente Cristo puede librarlo.

   En contraste con esto, tras ofrecer su único sacrificio para siempre Cristo se sentó porque había terminado con su tarea redentora y había puesto fin al sacerdocio levítico. Su sacrificio quita eficazmente el pecado y rompe el poder del mismo. El entró en un período de descanso después de cumplir obra, así como Dios reposó de sus labores una vez terminada su obra de creación.

   Cristo entro en el cielo y tomó su lugar de honor a la diestra de Dios. Él tenía pleno derecho a dicho lugar como sacerdote que había cumplido su tarea de quitar el pecado y como rey que había conquistado el pecado y la muerte. ¡Qué diferencia entre el sacerdote que cumplía con sus deberes religiosos en el santuario y Cristo, que se sentó a la diestra de Dios!

   El sacerdote del Antiguo Testamento comparece tímido e inquieto en el lugar santo, cumpliendo afanosamente su pasmoso servicio allí, y apresurándose a partir cuando el servicio ha concluido, como de un lugar al cual él no tiene libre acceso y en el cual nunca se podrá sentir cómodo; Cristo, entretanto, se sienta en eterno reposo y bienaventuranza a la diestra de la Majestad en el Lugar Santísimo, con su obra consumada, y a la espera de su recompensa.

   Versíc. 13. Desde ese entonces él espera que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies, 14. Porque por medio de un solo sacrificio él ha hecho perfectos para siempre a los que están siendo santificados.

El Señor a su Cristo ha dicho,

Siéntate aquí, a mi diestra

Hasta que yo logre

que tus enemigos ante ti se postren.

Salterio

   El Salmo 110:1 aparece con frecuencia en la epístola a los hebreos, ya sea como cita o alusión (1:3, 13; 8:1; 10:12; 12:2). Debido a la interpretación y aplicación que Jesús hiciera de este versículo en respuesta a la pregunta de los fariseos, ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? (Mt. 22:42 y paralelos) y dadas las frecuentes alusiones a esta cita presentes en las cartas de Pablo (Ro. 8:34; 1 Co. 15:25; Ef. 1:20; Col 3:1), doy por sentado que el Salmo 110:1 era uno de los dogmas básicos de la fe en la iglesia primitiva. El escritor de Hebreos emplea este versículo casi palabra por palabra; modifica la redacción para que cuadre con el contexto de su escrito.

   Desde el tiempo de su ascensión, Cristo “espera que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”. Él espera el momento apropiado, del mismo modo en que el granjero espera que la tierra dé su cosecha en la época de la siega (Stg. 5:7; véase también Heb. 11:10). Sus enemigos son todos aquellos que se oponen al dominio, autoridad y poder de Cristo. “El último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Co. 15:26). Cristo está a la espera de la destrucción final de sus enemigos.

   Pero la conquista de los enemigos de Cristo no es tan importante como esa única ofrenda mediante la cual él perfeccionó para siempre “a aquellos que están siendo santificados”. El escritor de Hebreos enseña la misma verdad repetidamente. En 2:11 escribe: “Tanto el que santifica como los que son santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo una vez para siempre”. Y finalmente, él habla de “la sangre del pacto que santifica” al pecador (10:29).

   ¿Cuándo sucede la santificación? El uso del tiempo presente en 2:11 y 10:14 parece indicar que santificar a alguien es un proceso, no una acción que sucede de una vez por todas. “Hemos sido santificados” (10:10) pero se nos exhorta a “hacer todo esfuerzo … por ser santos” (12:14). Vemos que la santificación es algo que hemos recibido, pero que aún no hemos realizado.

   El sacrificio de Cristo, único en sí mismo, efectuó la santificación para el creyente. Es decir, cada creyente recibe estos beneficios del sacrificio de Cristo en la cruz: sus pecados son perdonados; su conciencia es purificada; tiene paz con Dios, la certeza de la salvación y el don de la vida eterna. Cristo ha perfeccionado al creyente para siempre. Pero, aunque el escritor diga que Cristo “ha hecho perfectos para siempre a aquellos que están siendo santificados”, demuestra en otros pasajes que la obra de la perfección no se ha completado aún en los destinatarios de su epístola. Se les alienta a resistir al pecado, a soportar las penalidades, y a someterse a la disciplina (12:4, 7, 9). En cierto sentido, la perfección ya está aquí, y en otro sentido, no lo está. Tenemos, empero, esta certeza, de que somos perfeccionados en Cristo, quien quitó nuestro pecado mediante su sacrificio.

Amén, para la gloria de Dios.

Bibliografía: Comentario de A. T.; C.N.T Simón Kistemaker; Bíblia de referencias Thompson; C.B.M.H.

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.