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Lunes 18 de junio de 2018: “Humildad: virtud necesaria para entrar en los cielos”.

Lunes 18 de junio de 2018: “Humildad: virtud necesaria para entrar en los cielos”.

Lectura Bíblicas: San Mateo Cap. 18, versículos 1 al 5. En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? 2 Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, 3 y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. 4 Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. 5 Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.

 

Comentario:

Versículo 1:En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién, pues, es el mayor en el reino de los cielos? A la luz de Mr. 9:33, 34 es evidente que Mateo abrevia. Con toda probabilidad los discípulos no tenían la intención de revelar a Jesús lo que habían estado discutiendo en el camino a casa. Pero el Señor sabía y quería que le confesaran todo. Véanse otros casos del conocimiento penetrante de Cristo en 17:25; Jn.1:47, 48; 2:25; 21:17; pero véase también Mr. 13:32 (cf. Mt. 24:36). Así que Jesús preguntó: “¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?” Siguió un silencio embarazoso. Entonces lo dijeron: habían estado disputando (“discutiendo”, Lc. 9:46) sobre el rango o posición y la pregunta de ellos era como siempre, “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”

Parece extraño que casi el primer resultado del segundo anuncio de Cristo (17:22, 23a) de su partida que rápidamente se le acercaba y que se realizaría en Jerusalén haya sido que los discípulos “disputasen por el liderazgo”639 en el reino. ¡Con qué rapidez el pesar causado por la predicción de Cristo (17:23b) acerca de su profunda humillación había dado lugar a la codicia de la exaltación! Sin embargo, ¡hombres como éstos había escogido Jesús para que fueran sus discípulos! ¡Por hombres como éstos—véase también sobre 4:18–20—iba a poner su vida! Cuando consideramos esto vemos más claramente la grandeza y el carácter soberano (completamente inmerecido por los hombres) del amor elector de Dios. Cf. Sal. 103:14; 115:1; Ez. 16:1–14; Dn. 9:7, 8; 1 Jn. 4:19; y C.N.T. sobre Ef. 1:4.

Versiculos 2–4. El llamó a un niño pequeño, lo hizo pararse en medio de ellos … Lo que Jesús hizo en esta ocasión revelaba no solamente su completo entendimiento de la naturaleza del reino y del modo de entrar en él, sino también su ternura hacia los pequeños. Lo que dijo merecía todo el elogio que siempre se le ha atribuido y mucho más que eso. Pero ¿no se reveló también la maravillosa gloria del alma del Mediador en su reserva, esto es, en lo que no hizo y no dijo? Ni siquiera reprendió a sus discípulos por la dureza, la insensibilidad que mostraban en relación con sus sufrimientos que se aproximaban, el carácter tan pasajero del dolor que sintieron, la prontitud con que cambiaron sus pensamientos de él hacia sí mismos, el egocentrismo de ellos. Todo esto él lo pasó por alto y respondió directamente a la pregunta de ellos.

Es grato notar la frecuencia con que la presencia de niños alrededor de Jesús y su amor hacia ellos se menciona en los Evangelios. Véanse Mt. 14:21; 15:38; 18:3; 19:13, 14 (cf. Mr.10:13, 14; Lc. 18:15, 16); 21:15, 16; 23:37 (cf. Lc. 13:34). Indudablemente los niños se sentían atraídos a Jesús, querían estar con él. Cada vez que necesitaba un niño, siempre había uno presente, dispuesto a hacer lo que él le ordenaba, a acudir cuando él lo llamaba. Así también ocurre aquí. Es inútil especular quién era este niño. Lo importante es que éste era ciertamente un niño, dotado con todas las cualidades favorables y amables que generalmente se asocian con la niñez en todo clima y en todo tiempo.

El Señor llama a este pequeño a su lado y lo pone “en medio de” todos estos hombres “grandes”, quizás en una posición tal que el niño estaba frente a todos ellos mientras ellos formaban algo parecido a una media luna. El niño no tenía miedo, porque estaba al lado mismo del Señor (Lc. 9:47), y luego el Señor lo tomó en brazos (Mr. 9:36), donde podría sentirse perfectamente cómodo y podía mirar cara a cara a Jesús.

El Maestro miró a sus discípulos y dijo: Os digo solemnemente, si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis jamás en el reino de los cielos. Lo que quiso decir era esto: “Vosotros habéis estado discutiendo acerca de quién será el mayor en el reino de los cielos, como si estuvierais seguros de estar ya en él y de estar destinados para su futura manifestación en gloria. Pero si continuáis en el actual estado de mente y de corazón, en que cada uno de vosotros está ansioso de ser más grande que sus compañeros y de señorear sobre ellos, seréis excluidos; entonces muy ciertamente640 ni siquiera entraréis en él”.

Jesús exige a sus discípulos que se vuelvan, es decir, que se conviertan de su ambición mundanal, de su vulgar egoísmo. Por supuesto, ellos no pueden hacer esto con su propio poder. Deben hacer la oración que se encuentra en Jer. 31:18: “Conviérteme y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios”. La conversión, como un acto en que el hombre mismo participa, solamente es posible cuando ha ocurrido el acto divino de hacer renacer a una persona (nacido “de arriba”). Cf. Jn. 3:3, 5

Que este convertirse—del yo a Dios; del pecado a la gracia—implica “hacerse como niños” es claro por la yuxtaposición de las palabras, porque Jesús dijo: si no os volvéis y os hacéis como niños, etc.” Esto plantea la pregunta: “¿Exactamente qué quiso decir cuando declaró solemnemente (véase sobre 5:18) que con miras a entrar en el reino de los cielos (véase sobre 4:23; 13:43) los discípulos debían hacerse como niños?”

Entre las cualidades favorables que generalmente asociamos con los niños, las siguientes quizás sean las más sobresalientes: sencillez, franqueza, obediencia, carencia de pretensiones, humildad, confianza. El hecho de que sean débiles, muy limitados en fuerzas y conocimientos, y que ellos no lo niegan, hace que los queramos mucho. Todos estos rasgos bien podrían haber estado en la mente del Salvador cuando dijo a los discípulos que si querían entrar en el reino de los cielos debían hacerse como niños. Sin embargo, es especialmente la humildad o, si uno prefiere, la humilde confianza plena (véase v. 6: “que creen en mí”) que el Salvador enfatiza en el pasaje presente. Esto es evidente, en primer lugar, por todo el contexto precedente, que exige que el afán de los discípulos por ser el más grande ceda su lugar a la disposición de ser el menor; entonces también del pasaje que sigue inmediatamente (v. 4); nótense las palabras: “cualquiera que se humille como este pequeñito”; y, finalmente, de pasajes paralelos como 20:20–28; 23:11, 12; Mr. 9:35, 42; Lc.18:14; 22:24–30. Véanse también Jn. 13:1–20 y 1 P. 5:5, 6. La salvación, sea en su etapa inicial, en su continuación o en su etapa final, siempre debe ser aceptada como un don no merecido, puesto que aun la fe por medio de la cual se acepta es también un don. Véase C.N.T. sobre Ef. 2:8. Así queda excluida toda jactancia humana (Ro. 3:27). Sólo Dios recibe la gloria.

La declaración negativa de Cristo (v. 3) implica lo positivo: Por lo tanto, cualquiera que se humille como este pequeñito, ése es el mayor en el reino de los cielos. Fue una confirmación de una lección que Jesús había estado enseñando sin cesar. La había enseñado por medio de las primeras cuatro bienaventuranzas (véase sobre 5:3–6). La había enfatizado en relación con el elogio que había dado al centurión (8:5–13) y sobre la mujer cananea (15:27, 28). Estaba enseñándola continuamente por medio de su propio ejemplo (Mt. 12:15–21; 20:28; 21:5; Lc. 22:27; Jn. 13:1–20; cf. 2 Co. 8:9; Fil. 2:5–8). Y ahora allí estaba este humilde niño, mirando aún confiadamente a los ojos del Maestro. Los discípulos—sí, todos (nótese “cualquiera”)—entonces, deben hacerse como este niño. Deben aprender que el único camino para subir es descender. ¿Quieren ser grandes? ¡Háganse pequeños! ¿Quieren subir? ¡Rebájense! ¿Quieren reinar? ¡Sirvan! O, como dice el poema:

 

Hazme, oh Señor, ser niño otra vez

tan tierno, frágil y pequeño,

que nada poseo en mí,

y todo lo poseo en ti.

Oh Salvador, hazme pequeño una vez más,

que hacia abajo pueda crecer,

y restaura en mi corazón

la fe que antaño supe tener.

Que contigo sea crucificado—

no sea ya yo quien vive—

Oh Salvador, aplasta mi orgullo, mi pecado,

por la gracia que perdón concede.

Hazme, oh Señor, ser niño otra vez,

obediente a tu llamado,

que nada poseo en mí,

y todo lo poseo en ti.

 

Versículo 5. Y la persona que en mi nombre recibe a un niño como éste, a mí me recibe. Que la verdad aquí expresada se aplica no solamente a los corderos del rebaño sino también a todos los que por gracia han llegado a ser como ellos se aclaró en 10:40 (véase sobre ese pasaje). Al recibir a cualquiera de los que pertenecen a Jesucristo, no importa cuán insignificante pueda parecer al mundo que lo rodea, estamos dando la bienvenida a Jesucristo mismo, porque es imposible separar al Señor de aquellos a quienes considera suyos (Hch. 9:4, 5; 22:7; 26:15; Ro. 8:35–39).

 

1er Titulo:

Atribuir a Dios Toda Cualidad Virtuosa Que Poseamos. Génesis 41: 15 y 16. 15Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos. 16Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón. 

 

Comentario:

Advierta que Faraón fue directo a José que había tenido un sueño, pero José declara de inmediato que el no tiene capacidad ni poder para ayudar e interpretar, sino es Dios quien da la interpretación. Además declaró que Dios ayudaría a Faraón y le proporcionaría el significado del sueño.

Advierta con qué claridad José reconoció a Dios. Él estaba dándole un testimonio fuerte a Faraón y a sus oficiales declarando que solo Dios podía ayudar en esta situación. ¡Qué virtud: de humildad!

Pensamiento: Que maravilloso ejemplo de humildad de José reconociendo en todo momento que depende de Dios. ¿Yo reconozco que lo que tengo se lo debo a Dios? Que esas virtudes pertenecen a Dios, que son frutos del Espíritu Santo y no mio personal. 

 

2° Titulo:

Carácter que distingue al hijo de Dios. Salmo 131: 1 y 2. Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; Ni anduve en grandezas, Ni en cosas demasiado sublimes para mí. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma. Como un niño destetado de su madre; Como un niño destetado está mi alma.

 

Comentario:

Los 15 cantos de ascenso gradual (120–134) presentan una variedad de temas; esto indica qué importante es el culto de adoración para la enseñanza al pueblo. En este breve, pero bello Salmo, el salmista exhibe una actitud que loaba Jesús (Mat.18:1–4), el espíritu humilde como de un niño. Normalmente, si uno proclama su

propia humildad, la pierde en el proceso. Pero el salmista aquí lo hace de manera dócil y humilde en conversación con Dios. Algunos piensan que David lo escribió; otros que es tardío, escrito en honor a David. Ciertamente exhibe la humildad de corazón que fue típica de David (cf. 2 Sam. 6:21).

Lo que expresa el salmista es lo opuesto al orgullo y la arrogancia. El corazón orgulloso produce ojos que se han enaltecido y la arrogancia también viene del orgullo. El cristiano que quiere glorificar a Dios no busca su propia grandeza.

El v. 2 presenta una linda figura del niño; al ser destetado puede sentir angustia; pero siente paz de nuevo cuando descansa en los brazos de su madre. Algo semejante sucede al nuevo creyente en Cristo; cuando pasan los primeros éxtasis de su nueva vida en Cristo y tiene que aprender a vivir por fe, puede experimentar dudas y angustias. Entonces encuentra su seguridad en descansar en Dios y aceptar por fe lo que Dios dice de su posición en Cristo.

Después de este mensaje de humildad y descanso en el Señor, el salmista exhorta al pueblo a que espere en Jehová continuamente. Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes (1 Ped. 5:5). Este es el secreto de conocer a Dios y ser instrumento de su bendición a otros.

 

3er Titulo:

Sabia Consideración, Estimarse Inferior a Sus Hermanos. Filipenses 2:2-4. 2completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. 3Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.

 

Comentario: Su triple orientación (debo tomar Versic 2 al 4 para su mayor comprensión).

Versic. 2–4. La conclusión de lo dicho anteriormente es muy natural: “Si, pues, de algún modo tenéis estas experiencias y participáis de estos beneficios, entonces …” y sigue a continuación la triple orientación. No es que sean en realidad tres orientaciones, sino una triple orientación: en esencia el mandamiento es uno, aunque tres gracias estrechamente relacionadas pueden distinguirse. Estas son:

Versículo 2: unidad

Versículo 3: humildad (de mente o disposición)

Versículo 4: solicitud

Pablo dice: llenad (la medida de) mi gozo. Es conmovedora la forma en que inicia la triple orientación. El corazón del apóstol estaba gozoso por las muchas virtudes que adornaban a los filipenses (Fil. 1:4; 4:10). Pero la medida de este gozo no estaba completa. Un grado mayor de unidad, humildad y solicitud “en casa” supliría lo que aún faltaba para que se llenara la copa de gozo del apóstol. Es cierto que a ninguno se le podía exigir la perfección en estas virtudes, pero es que en algunos de ellos su ausencia era tal que se hacía claramente manifiesta (véase 4:2). Esta era la gran preocupación de Pablo. Su principal anhelo no era su pronta liberación de la cárcel, sino el progreso espiritual de los filipenses, de todos ellos. Esto muestra cuán amoroso era Pablo.

(1) Unidad

Pablo continúa … teniendo todos el mismo sentir, teniendo el mismo amor, con unanimidad dedicándoos a la unidad. Léase lo que se ha dicho ya con respecto al tema general de la unidad o armonía (comentario sobre Fil. 1:27, 28). La mente (actitud) o disposición interna es básica. Esta actitud fundamental se manifestará por sí sola teniendo el mismo amor (por Dios en Cristo, y en consecuencia por los hermanos, con énfasis sobre este

último aspecto), y dedicándose también a la misma cosa, o sea, a la concordia o unidad. Nótese que la unidad por la cual Pablo aboga, según el contexto, es claramente de naturaleza espiritual. Es una unidad en disposición, amor, y propósito (véase también el C.N.T. sobre Jn. 17:21). Es la unidad que se manifiesta en todo su esplendor en el Sal. 133.

(2) Humildad

No puede conseguirse la unidad si no hay humildad. Por lo tanto, Pablo continúa diciendo: No (haciendo) nada por ambición personal o por vanagloria. Si cada uno piensa nada más que en sí mismo, ¿cómo podrá lograrse la unidad? Los filipenses no deben ser movidos por vil rivalidad, por motivos egoístas, buscando su propio honor y prestigio, como ciertos predicadores de Roma (véase lo dicho en Fil. 1:17, donde se emplea la misma palabra—ambición personal). La ambición personal y la vanagloria (cf. Gá. 5:26) van juntas, pues es muy normal eso de que “el que menos sabe más presume”. Como otras muchas veces, Pablo equilibra aquí también, dentro de una misma idea, una declaración negativa con otra positiva. Así, el pensamiento progresa: sino, con una actitud humilde, cada uno considerando al otro como mejor que él mismo. La palabra que aparece en el original y que aquí se traduce por humildad (de disposición), era empleada por los no cristianos en un sentido negativo (cobardía, ordinariez, bajeza. Cuando la gracia cambia el corazón, la sumisión por temor se convierte en sumisión por amor, y nace la verdadera humildad. Para Pablo esta virtud está asociada con la ternura de corazón, bondad, mansedumbre, longanimidad (Hch. 20:19; Ef. 4:2; Col. 3:12). Es la feliz condición que resulta cuando cada miembro de la iglesia se estima inferior a los demás, cuando se aman los unos a los otros con amor fraternal, y cuando, en cuanto a honra, se prefieren los unos a los otros (Ro. 12:10).

Pero, ¿es posible seguir esta regla? Cuando un hermano es diligente, y él lo sabe, ¿cómo podrá considerarse inferior al que vive entregado a la ociosidad? La respuesta será probablemente algo como sigue:

  1. La regla no significa que todos los hermanos han de ser considerados en todos los aspectos como más sabios, capaces y nobles que uno mismo.
  2. Como principio general, la regla debiera controlar verdaderamente nuestras vidas, porque aunque el cristiano, hasta cierto punto (nunca totalmente; véase el Sal. 139:23, 24; Jer. 17:9), puede escudriñar sus propios motivos (1 Co. 11:28, 31) y saber que no siempre son buenos y puros, ante cuyo conocimiento tiene que clamar muchas veces: “¡Oh, Señor, perdona mis buenas acciones!”, eso no le da derecho, en modo alguno, a juzgar como malos los motivos de sus hermanos y hermanas en el Señor. No se debe obrar así a menos que los que han confesado con su boca al Señor demuestren palpablemente con el testimonio de sus vidas que su confesión ha sido falsa. Teniendo esto como base, se infiere lógicamente que el verdadero y humilde hijo de Dios, que ha llegado a conocerse a sí mismo lo suficiente, de forma que a menudo tiene que clamar como el publicano (Lc. 18:13), o como Pablo (Ro. 7:24), considerará a los demás como mejores que él mismo. Y no sólo mejores, sino, en determinados aspectos, más capaces, pues el Señor ha distribuido los dones (1 Co. 12). Hay generalmente algo de importancia para el reino que el hermano o la hermana puede hacer mejor que tú o que yo.

Es fácil ver que cuando este espíritu de genuina y mutua consideración y aprecio es fomentado, la unidad viene por sí sola. El verdadero cristianismo es la mejor respuesta a la pregunta, “¿cómo podré hacer amigos e influir en las personas?” Y la clase de ecumenismo que éste proclama, es la única que en realidad vale la pena.

Probablemente no sería demasiado atrevido decir que el mismo Pablo había crecido en esta gracia de la humildad. Durante su tercer viaje misionero se otorgó la categoría de “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co. 15:9). Durante su primer encarcelamiento en Roma se llamó a sí mismo “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8), y, poco más tarde, en el intervalo que medió entre su primero y segundo encarcelamiento en Roma, culminó estas humildes descripciones de su persona calificándose como “el primero de los pecadores” (1 Ti.1:15).

Requirió un humilde portador de la cruz para exhortar encarecidamente a la humildad. ¿No fue también esta humildad de Pablo una de las razones por la que, aun en el encarcelamiento, esperando la sentencia, el gozo rebosaba en su corazón? Quien sabe considerarse a sí mismo como un gran pecador ante los ojos de Dios, sabe también apreciar la gracia salvadora de Dios, y le da gracias a Dios aun en medio de sus lágrimas.

(3) Solicitud

El apóstol concluye este párrafo añadiendo, no (sólo) buscando cada uno sus propios intereses, sino también los intereses de los demás.

Esto es, lógicamente, una consecuencia de lo dicho anteriormente. Si alguien tiene a su hermano en alta estima, prestará atención a sus intereses para ayudarlo en todo lo posible. El apóstol implica, ciertamente, que el creyente debe velar también por sus propios intereses; pero antes que nada ha de obedecer el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 19:19), mandamiento que resalta en toda su fuerza cuando ese prójimo es un hermano en Cristo (Jn. 13:34; Gá. 6:10). Cuanto más se dé cuenta del ferviente amor de Cristo por el hermano, ya que se entregó a sí mismo para salvarlo, tanto más deseará que prosperen los intereses de éste. Así, también, la unidad será promovida, y la gloriosa comunión se mostrará ante el mundo en toda su hermosura, como un poderoso testimonio.

Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que también tuvo Cristo Jesús, quien, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse, 7 sino que se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo y hacerse semejante a los hombres. Así, reconocido en su condición como un ser humano, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente aun hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz.

Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y de los que están en la tierra y de los que están debajo de la tierra, 11 y que toda lengua confiese para la gloria de Dios el Padre que Jesucristo es Señor.

Por medio de un incentivo cuádruple Pablo ha exhortado encarecidamente a los filipenses a obedecer una triple orientación, es decir, a comportarse unos con otros con unidad, humildad y solicitud (Fil. 2:1–4). Para subrayar esta exhortación e indicar la fuente de donde mana el vigor necesario para conformar la vida a estos principios, el apóstol señala al ejemplo de Cristo, el cual, para salvar a otros, renunció a sí mismo, y así alcanzó la gloria.

 

4° Titulo:

Cristo Sublime Modelo De Humildad. San Lucas 22: 26-27. 26mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.

Comentario:

Versiculos 26, 27. Pero no (será) así (entre) vosotros. Por el contrario, que el mayor entre vosotros sea como el menor, y el líder como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que se reclina a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que se reclina a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como uno que sirve.

Jesús quiere que sus discípulos sean de un espíritu muy contrario a esta manera de pensar, y por lo tanto que muestren una disposición muy opuesta. Por lo tanto les dice que el mayor entre ellos—el que piensa ser mayor o sea considerado así por sus compañeros—debía llegar a ser como el menor; esto es, como el de menos honra.

La mención de “el menor” (literalmente: el más joven), donde hubiéramos esperado “el que es menos”, está en armonía con el hecho de que [p 902] bajo condiciones normales, la Biblia, la parte conocida por estos hombres (nuestro Antiguo Testamento), consideraba a los ancianos como dignos de honra y de ser respetados. Véanse Lv. 19:32; Job. 32:6, 7; Pr. 16:31; 20:29. Lo que le pasó a Roboam cuando desechó el consejo de los ancianos y siguió el de los jóvenes (2 R. 12) no se había borrado todavía de la memoria de ellos.

Entonces Jesús quiere que el mayor sea como el menor, el menor en cuanto a honra. Quiere que el líder sea un servidor.

Apelando a algo que estos hombres conocían muy bien, de modo que pudiera pasar de lo conocido a lo menos conocido, pregunta a los discípulos: “¿Quién es mayor, el que está comiendo o el que le está sirviendo?” Por cierto que generalmente el primero es considerado el mayor. Sin embargo, ¿consiste la verdadera grandeza en tener a alguien que te esté sirviendo? Jesús responde esta pregunta afirmando: “Sin embargo, yo estoy entre vosotros como uno que sirve”.

¿No estaba literalmente sirviéndoles, quizás aun en este mismo momento o muy cerca de ese momento, de un modo que jamás habría de olvidarse? Léase la historia en Jn. 13:1–11 (Jesús lavando los pies de sus discípulos). ¿En realidad no había sido toda su peregrinación terrenal una vida de dar servicio a los demás en muchísimas formas? ¿No era esa la esencia de su propósito en venir a la tierra? En relación con esto, ¿quién puede olvidar Mt. 20:28; Mr. 10:45?

Definición del diccionario ilustrado de la Bíblia: VIRTUD: Término que esencialmente denota el conjunto de cualidades tales como la moralidad, la bondad, el valor, que caracterizan a una persona o cosa y por lo cual adquiere renombre, excelencia o alabanza (Éx 18.21, 25; Flp 4.8; 1 P 2.9; 2 P 1.5). En Flp y 2 P la virtud parece ser una energía esencial en el ejercicio de la fe. Nótese que en la RV-1909 hay muchos pasajes donde se usa la palabra virtud (en griego, dynamis) que se han traducido de otra manera en la RV-1960.

El adjetivo «virtuosa» que aparece en Rt 3.11; Pr 12.4; 31.10 significa hacendosa, capaz, digna.

El cristiano tiene el llamado a anunciar las virtudes de Cristo, no las propias (1 P 2.9). Esto es posible, pues Cristo vive en el creyente y le ha dado el Espíritu Santo para que le imparta la capacidad de mostrarlas. En 1 Co 13.13 se enumeran las tres virtudes teologales: fe, esperanza y amor. En Ap 2.19 se mencionan cuatro virtudes y en 2 Co 6.4ss, seis. En 1 Ti 6.11, 2 P 1.5ss y Gl 5.22s hay otras listas.

Diccionario Vine: VIRTUD arete (ajrethv, 703), denota propiamente todo aquello que procura una estimación preeminente para una persona o cosa; de ahí, eminencia intrínseca, bondad moral, virtud: (a) de Dios (1 P 2.9: «virtudes»; vm: «excelencias»); aquí el sentido original y general parece ir unido a la impresión hecha sobre otros, esto es, renombre, excelencia o alabanza (Hort). En 2 P 1.3: «por su gloria y excelencia» (rv, vha: «virtud»; vm: «poder»), esto es, la manifestación de su poder divino (la construcción es dativa instrumental). Este significado se ilustra frecuentemente en los papiros y era evidentemente común en el griego corriente; (b) de cualquier excelencia moral determinada (Flp 4.8; 2 P 1.5, dos veces), donde se ordena la virtud como una cualidad esencial en el ejercicio de la fe: «añadid a vuestra fe virtud»

 

Amén para la gloria de Dios

 

 

Bibliografías:

  • Comentario del Antiguo y Nuevo Testamento.
  • Diccionario Vine.
  • Diccionario Ilustrado.
  • Biblia Thompson.

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.