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Lunes 17 de mayo de 2021“Cualidades Que Hermosean A La Mujer Que Sirve A Dios”

Lunes 17 de mayo de 2021“Cualidades Que Hermosean A La Mujer Que Sirve A Dios”

Lectura Bíblica: Filipenses Cap. 2, versículos 1 al 4. Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 

Definiciones: Qué son las Cualidades:

Cualidades, de una forma genérica, son todas aquellas características definitorias de algo o de alguien. Es la forma en plural de la palabra cualidad, que procede del latín qualitas, -atis. Pueden hacer referencia a cualidades físicas como dureza, elasticidad y conductividad o cualidades personales, que se consideran como características positivas de la forma de ser y actuar de una persona.

Cualidades de una persona

   Existe multitud de cualidades que se pueden encontrar en una persona, algunas de ellas son complementarias entre sí. Normalmente en una persona se pueden distinguir diferentes cualidades en distintos ámbitos. Está relacionadas con la personalidad, el carácter y especialmente, con las capacidades.

   Una cualidad depende de cómo sea percibida, dependiendo, por ejemplo, del entorno social. Por ejemplo, una determinada forma de ser, por ejemplo, ‘saber escuchar’ se puede considerar en determinado contexto como una cualidad positiva y en otra situación como un defecto.

Cualidades personales, virtudes, habilidades

   Estos términos están interrelacionas entre sí y forman parte del ser humano. Los términos cualidades y virtudes se suelen utilizar indistintamente. Las habilidades hacen referencia a un nivel más procedimental, centrado en las capacidades de hacer algo.

   Una cualidad se identifica con cada uno de los caracteres, que pueden ser naturales o adquiridos, que distinguen a las personas, se relaciona con la idea de ‘manera de ser’ desde un punto de vista positivo. De un modo más específico, se entiende que la virtud es la eficacia para mantener o restablecer un modo de actuar basado en una serie de principios y valores. Por último, la habilidad se considera como una destreza en el modo de proceder.

Cualidades y defectos

   Las cualidades distinguen a los seres vivos y los objetos, permiten calificar, distinguir e identificar. Puede ser natural o aprendida y se considera, aplicado al ser humano como un término positivo.

   Algunos ejemplos de cualidades son: sinceridad, responsabilidad, simpatía y tolerancia. Un defecto sería lo opuesto a una cualidad, o la ausencia de cualidad. Algunos ejemplos de defectos son: egoísmo, envidia y rabia.

Paciencia

La paciencia es la cualidad de aprender a esperar por alguien o algo. Requiere humildad, atención y mucha fortaleza interior.

Humildad

La humildad es la aceptación de nuestras fortalezas y capacidades, pero sin hacer alarde de ellas.

Como cualidad, la humildad es propia de las personas que no desean auto exaltarse, sino más bien darles impulso a los logros colectivos.

Honestidad

Es la capacidad de decir la verdad y de actuar en función de aquello que creemos correcto.

Una persona honesta no recurre al engaño y es coherente en sus acciones cotidianas, ya que solo responde a la rectitud en lo que piensa, siente, dice y hace, expresando coherencia en su obrar.

Bondad

Es la cualidad de hacer el bien, especialmente si es en función del bienestar de otras personas.

La persona bondadosa tiene una propensión natural para ejecutar actos nobles.

   Pensamiento: ¿Has conocido una de esas mujeres que parecen brillar con una luz especial? ¿Que cuando llegan a un lugar imparten paz, gozo y optimismo? No hablamos de belleza exterior, maquillaje o ropa lujosa. Tampoco hablamos de sonrisas forzadas y practicadas. Se trata de esa belleza que refleja la paz de un corazón perdonado y enamorado del Padre celestial.

    La Biblia nos anima a que, como mujeres cristianas, reflejemos el carácter de Cristo. Esto trae alegría al corazón de nuestro Padre celestial. ¿Cómo lo hacemos? ¿Qué distingue a una mujer que ama a Dios? Veamos algunas de las características esenciales y esforcémonos en ser mujeres que reflejen el corazón de Dios.

   La mujer que alegra el corazón de Dios es una que reconoce su necesidad y dependencia de él. Para ella es prioritario pasar tiempo delante de la presencia del Señor cada día. Ella le entrega sus cargas al Señor totalmente confiada en que él obrará y permanece atenta en espera de su respuesta. Es humilde ante él y recibe las fuerzas necesarias para enfrentar lo que traiga el día.

   Ella sabe que ha sido perdonada, no vive atada a su pasado. Vive con el gozo que trae el perdón y el saberse amada, escogida por su Padre. Reconoce que, aunque en términos humanos no parezca muy especial, ella es valiosa y preciosa para Dios. Tanto, que él envió a su Hijo, Jesús, a dar su vida en la cruz por amor a ella para que recibiera la salvación y el perdón de sus pecados.

   Es una mujer que ama a Dios y busca su aprobación antes que la de los hombres. Ante cada situación o decisión ella le pregunta al Señor qué debe hacer y obedece sus mandatos, aunque vayan en contra de lo que le dicte la sociedad.

   Su anhelo es reflejar el corazón de Dios y vivir una vida de obediencia que lo glorifique a él. Vive en constante servicio a Dios y a los demás.

   En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas. (Gálatas 5:22-23)

   Está llena del Espíritu Santo y busca la dirección de Dios para actuar y hablar de acuerdo con lo que él le muestra. Es una mujer que refleja el gozo y la paz del Señor. Sus palabras son bálsamo y están llenas de bondad. Su hablar trae sanidad y paz a los que la escuchan. Ella infunde ánimo y optimismo a todos los que la conocen.

   Es una mujer con una fe inquebrantable y un optimismo basado en su fe en Jesús. Ella confía en el poder de Dios y ante los problemas de la vida, sabe a quién acudir: a su Padre celestial. No deja que el estrés le robe la paz, sino que lleva sus preocupaciones a Dios en oración y le agradece su intervención de antemano. Tiene la seguridad de que él no la dejará sola. Espera en el Señor para que le muestre cuándo moverse y qué hacer en cada situación.

   Comentario del contexto Biblico: Aquí comienza una nueva sección en la que Pablo se presenta a sí mismo dispuesto a ser derramado como una libación sobre el sacrificio de la fe de los filipenses (véase v. 17). Por tanto, se presenta como el humilde portador de la cruz, humildad que es patente en el hecho de que no centra la atención sobre sí mismo, sino sobre Cristo, el Portador único de la cruz (versículos 5–11).

   Pero, aunque, en efecto, ésta es una nueva sección, sin embargo, está estrechamente relacionada con la precedente. En el párrafo final del Capítulo 1 el apóstol expresó el ardiente deseo de saber que los filipenses “están firmes en un espíritu, luchando unánimes juntos por la fe del evangelio” (v. 27). En esta nueva sección (2:1–11) él vuelve a insistir en la necesidad de la unidad entre los hermanos, cualidad que sólo es posible cuando hay verdadera humildad de pensamiento y disposición servicial.

   Los versículos 1–4 son como un llamamiento emotivo, cuya intensidad parece indicar que, entre los filipenses, o al menos entre algunos de ellos, había ciertas disputas personales motivadas, quizá, por la ambición de honores y dignidad eclesiásticos.

  1. El emotivo llamamiento del humilde portador de la cruz
  2. Su incentivo cuádruple

   [v. 1]. Si (hay), por tanto, algún estimulo en Cristo, si alguna súplica persuasiva que brote del amor, si alguna comunión del Espíritu, si alguna misericordia y compasión.…

   En verdad, la iglesia de Filipos se distinguía por sus muchas y excelentes cualidades. Pablo llama a sus miembros “hermanos míos amados y añorados, mi gozo y corona” (Fil. 4:1). Cálidamente los alaba por su comunión en el evangelio y por su generosidad (Fil. 1:5; 4:10, 14–18). Pero, como sucede con frecuencia, “los asuntos de casa” no marchaban tan bien como “los asuntos de afuera”. Había ciertos disturbios en casa. ¿Eran los miembros demasiado severos unos con otros? ¿No se soportaban? ¿Había, quizás, entre ellos quienes exageraban los defectos de los demás, al tiempo que minimizaban sus virtudes? Sea como fuera, no sólo Abraham (Gn. 13:7, 8) y Santiago (Stg. 3:13) sabían de los resultados desastrosos de la desunión, sino también Pablo (Ro. 13:13; 1 Co. 3:3; Gá. 5:20; 1 Ti. 6:4). ¡Cuán lamentables espectáculos ofrecen los creyentes al mundo cuando están atacándose unos a otros, o, tan solo, hablando mal de los demás! De esta forma su crecimiento espiritual se retrasa y su testimonio es debilitado.

   Y este mal es normalmente fruto de la inconsistencia. Muchos hablan entusiasmados de las experiencias espirituales y de las bendiciones que han recibido desde que se convirtieron; pero olvidan patentizar en una determinada área los debidos frutos de agradecimiento por estos favores: en su hogar espiritual. Por eso, la esencia de lo que Pablo dice es ésta: Si, pues, recibís algún socorro, o ánimo, o consuelo, de vuestra unión vital con Cristo, y si su amor hacia vosotros os sirve de estímulo para obrar; si, además, os gozáis en la maravillosa comunión del Espíritu, y si tenéis alguna74 experiencia de la misericordia y compasión de Cristo, probad, pues, por lo tanto, vuestra gratitud por todas estas cosas amando a vuestros hermanos y hermanas ¡de vuestro hogar espiritual! (todo lo cual equivale a la triple orientación, como se verá). Toda verdadera actividad cristiana empieza en casa, según le fue dicho al endemoniado gadareno (Mr. 5:18–20).

   Nótese que Pablo dice “si”, no como si dudase que estas condiciones no fuesen realmente ciertas, sino para enfatizar que, cuando efectivamente son una realidad, los resultados han de estar también presentes. Podríamos traducir: “Si hay, pues, en vosotros algún estímulo en Cristo, como ciertamente lo hay, si alguna súplica persuasiva que brote del amor, como en verdad así es … llenad (la medida de) mi gozo”.

  1. Su triple orientación

   [2–4]. La conclusión de lo dicho anteriormente es muy natural: “Si, pues, de algún modo tenéis estas experiencias y participáis de estos beneficios, entonces …” y sigue a continuación la triple orientación. No es que sean en realidad tres orientaciones, sino una triple orientación: en esencia el mandamiento es uno, aunque tres gracias estrechamente relacionadas pueden distinguirse. Estas son:

   Versículo 2: unidad

   Versículo 3: humildad (de mente o disposición)

   Versículo 4: solicitud

   Pablo dice: llenad (la medida de) mi gozo. Es conmovedora la forma en que inicia la triple orientación. El corazón del apóstol estaba gozoso por las muchas virtudes que adornaban a los filipenses (Fil. 1:4; 4:10). Pero la medida de este gozo no estaba completa. Un grado mayor de unidad, humildad y solicitud “en casa” supliría lo que aún faltaba para que se llenara la copa de gozo del apóstol. Es cierto que a ninguno se le podía exigir la perfección en estas virtudes, pero es que en algunos de ellos su ausencia era tal que se hacía claramente manifiesta

(véase 4:2). Esta era la gran preocupación de Pablo. Su principal anhelo no era su pronta liberación de la cárcel, sino el progreso espiritual de los filipenses, de todos ellos. Esto muestra cuán amoroso era Pablo.

(1) Unidad

   Pablo continúa … teniendo todos el mismo sentir, teniendo el mismo amor, con unanimidad dedicándoos a la unidad. Léase lo que se ha dicho ya con respecto al tema general de la unidad o armonía (comentario sobre Fil. 1:27, 28). La mente (actitud) o disposición interna es básica. Esta actitud fundamental se manifestará por sí sola teniendo el mismo amor (por Dios en Cristo, y en consecuencia por los hermanos, con énfasis sobre este último aspecto), y dedicándose también a la misma cosa, o sea, a la concordia o unidad.

   Nótese que la unidad por la cual Pablo aboga, según el contexto, es claramente de naturaleza espiritual. Es una unidad en disposición, amor, y propósito (véase también Jn. 17:21). Es la unidad que se manifiesta en todo su esplendor en el Sal. 133.

(2) Humildad

   No puede conseguirse la unidad si no hay humildad. Por lo tanto, Pablo continúa diciendo: No (haciendo) nada por ambición personal o por vanagloria. Si cada uno piensa nada más que en sí mismo, ¿cómo podrá lograrse la unidad? Los filipenses no deben ser movidos por vil rivalidad, por motivos egoístas, buscando su propio honor y prestigio, como ciertos predicadores de Roma (véase lo dicho en Fil. 1:17, donde se emplea la misma palabra— ambición personal). La ambición personal y la vanagloria (cf. Gá. 5:26) van juntas, pues es muy normal eso de que “el que menos sabe más presume”. Como otras muchas veces, Pablo equilibra aquí también, dentro de una misma idea, una declaración negativa con otra positiva. Así, el pensamiento progresa: sino, con una actitud humilde, cada uno considerando al otro como mejor que él mismo. La palabra que aparece en el original y que aquí se traduce por humildad (de disposición), era empleada por los no cristianos en un sentido negativo (cobardía, ordinariez, bajeza;). Cuando la gracia cambia el corazón, la sumisión por temor se convierte en sumisión por amor, y nace la verdadera humildad. Para Pablo esta virtud está asociada con la ternura de corazón, bondad, mansedumbre, longanimidad (Hch. 20:19; Ef. 4:2; Col. 3:12). Es la feliz condición que resulta cuando cada miembro de la iglesia se estima inferior a los demás, cuando se aman los unos a los otros con amor fraternal, y cuando, en cuanto a honra, se prefieren los unos a los otros (Ro. 12:10).

   Pero, ¿es posible seguir esta regla? Cuando un hermano es diligente, y él lo sabe, ¿cómo podrá considerarse inferior al que vive entregado a la ociosidad? La respuesta será probablemente algo como sigue:

   ─ a. La regla no significa que todos los hermanos han de ser considerados en todos los aspectos como más sabios, capaces y nobles que uno mismo.

   ─ b. Como principio general, la regla debiera controlar verdaderamente nuestras vidas, porque, aunque el cristiano, hasta cierto punto (nunca totalmente; véase el Sal. 139:23, 24; Jer. 17:9), puede escudriñar sus propios motivos (1 Co. 11:28, 31) y saber que no siempre son buenos y puros, ante cuyo conocimiento tiene que clamar muchas veces: “¡Oh Señor, perdona mis buenas acciones!”, eso no le da derecho, en modo alguno, a juzgar como malos los motivos de sus hermanos y hermanas en el Señor. No se debe obrar así a menos que los que han confesado con su boca al Señor demuestren palpablemente con el testimonio de sus vidas que su confesión ha sido falsa. Teniendo esto como base, se infiere lógicamente que el verdadero y humilde hijo de Dios, que ha llegado a conocerse a sí mismo lo suficiente, de forma que a menudo tiene que clamar como el publicano (Lc. 18:13), o como Pablo (Ro. 7:24), considerará a los demás como mejores que él mismo. Y no sólo mejores, sino, en determinados aspectos, más capaces, pues el Señor ha distribuido los dones (1 Co. 12). Hay generalmente algo de importancia para el reino que el hermano o la hermana puede hacer mejor que tú o que yo.

   Es fácil ver que cuando este espíritu de genuina y mutua consideración y aprecio es fomentado, la unidad viene por sí sola. El verdadero cristianismo es la mejor respuesta a la pregunta, “¿cómo podré hacer amigos e influir en las personas?” Y la clase de ecumenismo que éste proclama, es la única que en realidad vale la pena.

   Probablemente no sería demasiado atrevido decir que el mismo Pablo había crecido en esta gracia de la humildad. Durante su tercer viaje misionero se otorgó la categoría de “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co. 15:9). Durante su primer encarcelamiento en Roma se llamó a sí mismo “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8), y, poco más tarde, en el intervalo que medió entre su primero y segundo encarcelamiento en Roma, culminó estas humildes descripciones de su persona calificándose como “el primero de los pecadores” (1 Ti. 1:15).

   Requirió un humilde portador de la cruz para exhortar encarecidamente a la humildad. ¿No fue también esta humildad de Pablo una de las razones por la que, aun en el encarcelamiento, esperando la sentencia, el gozo rebosaba en su corazón? Quien sabe considerarse a sí mismo como un gran pecador ante los ojos de Dios, sabe también apreciar la gracia salvadora de Dios, y le da gracias a Dios aun en medio de sus lágrimas.

(3) Solicitud

   El apóstol concluye este párrafo añadiendo, no (sólo) buscando cada uno sus propios intereses, sino también los intereses de los demás.

   Esto es, lógicamente, una consecuencia de lo dicho anteriormente. Si alguien tiene a su hermano en alta estima, prestará atención a sus intereses para ayudarlo en todo lo posible. El apóstol implica, ciertamente, que el creyente debe velar también por sus propios intereses; pero antes que nada ha de obedecer el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 19:19), mandamiento que resalta en toda su fuerza cuando ese prójimo es un hermano en Cristo (Jn. 13:34; Gá. 6:10). Cuanto más se dé cuenta del ferviente amor de Cristo por el hermano, ya que se entregó así mismo para salvarlo, tanto más deseará que prosperen los intereses de éste. Así, también, la unidad será promovida, y la gloriosa comunión se mostrará ante el mundo en toda su hermosura, como un poderoso testimonio.

1er Titulo:

En la hija de Dios debe predominar la paciencia. Santiago 5:7 y 8. Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. 

   Comentario: En esta parte de la epístola el escritor asume el papel de pastor. Ha ventilado su indignación contra el rico; ahora se dirige afectuosamente a los lectores llamándolos “hermanos” (véase también vv. 7, 9, 10, 12, 19). El expresa su preocupación que ellos ejerzan la virtud de la paciencia. Recurre a la repetición: usa el término paciencia cuatro veces seguidas (vv. 7 [dos veces], 8, 10) y dos veces emplea el concepto perseverar (v. 11). Y es allí donde Santiago pone el énfasis. [7]. Sed pacientes, pues, hermanos, hasta la venida del Señor. Mirad como el labrador espera que la tierra dé su valioso fruto y cuan pacientemente aguarda las lluvias de otoño y de primavera. [8]. Sed también vosotros pacientes y permaneced firmes porque la venida del Señor se acerca.

   Nótese las siguientes observaciones:

   ─a. Mandato. Plenamente consciente de sus adversidades, Santiago les dice a sus lectores que ejerciten la paciencia. La palabra pues vincula el mandato de ser paciente con los versículos precedentes en los cuales Santiago describe las condiciones de opresión en que viven los pobres. En cierto sentido Santiago retoma el tema con que comenzó su epístola: “Consideradlo como sumo gozo, hermanos míos, cuando enfrentéis pruebas de todo tipo” (1:2).

   La paciencia es una virtud que pocos poseen y muchos buscan. Vivimos en una sociedad que enarbola la palabra instantáneo. Pero ser paciente, tal como Santiago usa la palabra, es mucho más que esperar pasivamente a que pase el tiempo. La paciencia es el arte de soportar a alguien cuya conducta es incompatible con la de los demás y a veces aun opresora. El hombre paciente calma una querella, ya que controla su ira y no busca venganza (compárese con Pr. 15:18; 16:32).

   La vieja palabra española de raíz latina longanimidad no quiere decir sufrir durante cierto tiempo sino tolerar a alguien durante largo tiempo. Para decirlo de otro modo, la paciencia es lo opuesto a ser de mal genio. Dios exhibe paciencia cuando es “lento para la ira” ante el hombre que continúa en el pecado aun después de numerosas advertencias (Ex. 34:6; Sal. 86:15; Ro. 2:4; 9:22; 1 P. 3:20; 2 P. 3:15).265 El hombre debe reflejar esa divina virtud en su vida diaria.

   Santiago sabe que los lectores de su epístola no pueden defenderse de sus opresores. Por lo tanto, les insta a ejercitar la paciencia y a dejar estos asuntos en las manos de Dios, que vendrá a librarlos. Aun si pudieran hacerlo, no deberían tomar el asunto en sus propias manos. Dios ha dicho: “La venganza es mía; yo pagaré” (Dt. 32:35; Ro. 12:12; Heb. 10:30).

   “Sed pacientes … hasta la venida del Señor”. Los lectores saben que el Señor volverá en calidad de Juez. Deben ejercer autodominio frente a sus adversarios y demostrar paciencia con respecto a la venida del Señor. El vengará a su pueblo cuando regrese (2 Ts. 1:5–6).

   ─ b. Ejemplo. A lo largo de su epístola el escritor revela su amor por la creación de Dios. En este versículo él describe las expectativas de un campesino que anticipa una cosecha abundante pero que debe esperar con paciencia la llegada de “las lluvias del otoño y de la primavera”. El campesino ha aprendido que todo crece según las estaciones del año. Sabe cuántos días son necesarios para que una planta se desarrolle desde la germinación hasta la cosecha. Sabe también que, sin la cantidad adecuada de lluvia en el momento oportuno, sus labores son en vano.

   Aunque la cantidad de lluvia fluctúa en Israel, el campesino sabe que puede esperar las lluvias del otoño, que comienzan con cierto número de tormentas en las últimas semanas de octubre. Luego él puede sembrar su semilla para que tome lugar la germinación. Y espera ansiosamente que caiga una cantidad suficiente de lluvia en abril y mayo cuando el grano madura y el rendimiento aumenta cada vez que las lluvias caen. Él depende, por consiguiente, de las lluvias del otoño y de la primavera (Dt. 11:14; Jer. 5:24; Os. 6:3; Jl. 2:23).267 Puede predecir la llegada de la lluvia, pero no puede hablar con certeza acerca de la cosecha. Él espera anhelantemente.

   ─ c. Repetición. Santiago aplica el ejemplo del campesino a los lectores. “Sed también vosotros pacientes y permaneced firmes porque la venida del Señor se acerca”. Así como el campesino espera confiadamente la llegada de la lluvia del otoño y de la lluvia de la primavera de la que depende su cosecha, del mismo modo el creyente espera pacientemente la venida del Señor. Así como Dios le prometió a Noé que “mientras dure la tierra, la sementera y la siega … nunca cesarán” (Gn. 8:22), del mismo modo Dios ha dado al creyente la promesa de que volverá.

   Santiago les dice a sus lectores que sean pacientes y permanezcan firmes (“para fortalecer sus corazones” dice el original). Ellos pueden decir con confianza que el Señor vuelve, pero no saben cuándo sucederá eso. Mientras esperan, la duda y la distracción con frecuencia entran en sus vidas. Por esta razón Santiago aconseja a sus lectores que permanezcan firmes en el conocimiento de que el Señor a su debido tiempo cumplirá la promesa que le hizo a los creyentes. El cae en la repetición, pero el recordatorio del inminente regreso del Señor es necesario para que los lectores no pierdan animo en las circunstancias difíciles.

2° Titulo:

La humildad identifica a la mujer que tiene a Cristo en su vida. Romanos 12.13. Compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. 

  Comentario: [13]. Compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. 

  La necesidad urgente de “alivio” ya ha sido explicada. Véase vv. 6–8, bajo el título Servicio práctico. Aquí en el v. 13 el apóstol clava nuestra atención de modo especial en aquellos santos que tienen necesidad de alojamiento. Encontrar un lugar bueno y seguro donde pasar la noche, o quizá aún varios días, no era cosa fácil en aquel entonces. Por otra parte, el apóstol, que era un gran viajero, entendía esta necesidad. Desea que aquellos a quienes se dirige se interesen vivamente en el asunto de proveer buenos lugares de alojamiento. Desea que practiquen hospitalidad gustosamente, no a regañadientes, algo que parece haber sucedido en ciertas ocasiones (1 P. 4:9). No solamente debe el supervisor ser una persona hospitalaria (1 Ti. 3:2; Tit. 1:8), sino que todo creyente debe serlo. Lo que siempre debe quedar bien en claro es que cualquier cosa que se haga por la persona que necesite hospitalidad se hace por aquel que en el gran Día del Juicio va a decir: “Fui forastero, y me recogisteis” (Mt. 25:35). Lo que el apóstol insta, por lo tanto, es que los creyentes no solamente demuestren hospitalidad cuando se les requiere, sino que tomen la iniciativa de ofrecerla. Deben practicar este favor … ¡con afán! Véase también Gn. 18:1–8; Heb. 6:10; 13:2.

3er Titulo:

Toda mujer que sirve a Dios vive en honestidad. 1ª a los Tesalonicenses 4: 11 y 12. y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.

   Comentario: [11]. Siguen algunas breves amonestaciones. También con respecto a los asuntos aquí mencionados es necesario que se haga evidente la obra de santificación (versículo 3):

   ─ a. y que tengáis afán de vivir tranquilos

   ─ b. y os preocupéis de vuestros propios asuntos

   ─ c. y trabajéis con vuestras manos, así como os mandamos,

   ¿Fanáticos? ¿ociosos? ¿haraganes? ¡Casi no hay iglesia que no los tenga! A menudo estas tres cosas existen en una misma persona. De ahí que, las tres amonestaciones no están dadas a tres grupos separados de personas, sino que, en cierto sentido a toda la congregación, ya que la semilla de cada pecado se halla incrustada en todo corazón.

   El intento de hallar en la segunda y tercera amonestación referencia a dos distintos grupos—negociantes y trabajadores—debe ser rechazado. Ciertos comentadores favorecen esta idea, probablemente con el fin de añadir un toque de realismo a los “hombres de negocios” que han introducido en el versículo 6 (“¿en negocios?”). La amonestación concernía a la congregación en general, aunque naturalmente se aplicaba a algunos en forma más fuerte que a otros. También es comprensible que la primera amonestación podría haberse adaptado mejor a una persona, la segunda a otra, etc.

   Aunque nada hay aquí que pruebe la existencia de alguna conexión entre la condición de la iglesia y la agitación respecto al deseado retorno de Cristo, sin embargo, tal relación es posible. Véase 2 Ts. 2:1, 2. Obsérvese también aquí en 1 Ts. 4 que las tres amonestaciones están seguidas de inmediato por instrucción respecto a la segunda venida.

   Algunos hermanos se sentían inquietos. Pablo se empeña para que esta preocupación sea vertida en el canal correcto. Con su admirable habilidad para expresarse en forma paradójica, cosa que se observa de continuo en sus epístolas, el apóstol les amonesta a ¡que se inquieten por vivir quietos (vivir calmadamente)! Que los que se sientan inquietos tengan el afán de llegar a esta meta. El original usa el verbo φιλοτιμεῖσθαι. El significado primario es amar la honra, luego ser ambicioso, aspirar, esforzarse, (tal vez sentirse orgulloso de; véase también Ro. 5:20; 2 Co. 5:9).

   Gloriarse en la doctrina del regreso de Cristo es justo. Esperar su bendita venida es lo natural en todo verdadero creyente. Pero llegar a una excitación tal en que se vuelva arrogante, como si él — ¡sólo él! — hubiera descubierto “la luz”, llegando al punto de comenzar a entrometerse en asuntos ajenos, especialmente lo concerniente a los líderes de la iglesia, es francamente un error. De ahí que, a la primera amonestación se añade una segunda: “… preocupados de vuestros propios asuntos (τὰ ἴδια)”. Parece que los ociosos no tomaron esta amonestación en serio. Su intromisión se hizo peor en lugar de mejorar (véase 2 Ts. 3:11).

   La tendencia de tales hermanos a abandonar su taller u otra forma de labor manual hizo necesaria la tercera amonestación “… trabajar con vuestras propias manos, tal como os mandamos”. Véase 2:9. El trabajo manual en aquellos días era más común que en el presente. Había esclavos, trabajadores pagados, artesanos independientes (cf. Hch. 19:24) que tenían sus propios talleres, agricultores, o trabajadores en haciendas. Desde luego, en una ciudad portuaria como lo era Tesalónica había propietarios de barcos y dirigentes de empresas comerciales, ya grandes o pequeñas. También había quienes poseían o trabajaban en ferias o mercados. Seguramente, y esto está dentro de toda posibilidad, que algunos de estos líderes de tales actividades fuesen miembros de esta iglesia. Sin duda que el trabajo manual en muchos casos se hallaba combinado con empresa en menor escala. Pero, sea como fuere, el énfasis en el presente pasaje no está puesto en negociar sino en trabajar con las manos. El grueso de la membresía estaba seguramente formado por obreros manuales, ya fuesen especializados u ordinarios. Pablo entendía muy bien lo que esto significaba. Tal vez él mismo, antes de escribir esta carta, ¡estuvo fabricando tiendas! El propósito, entonces, de la presente amonestación a los miembros de aquella congregación recientemente formada, es que en lugar de buscar ser sostenidos por la iglesia y de intervenir en los asuntos de los líderes si éstos no les daban lo que querían, debían perseverar en su trabajo diario, ganando su propio sustento. El evangelio de la salvación es profundamente práctico, dignifica el trabajo. Todas estas cosas habían sido presentadas a los tesalonicenses con toda claridad en la primera visita de los misioneros a ellos. Habían recibido órdenes definidas. De ahí que los fanáticos, ociosos, y haraganes no tenían ninguna excusa valedera para apoyar su errónea conducta. [12]. El propósito de estas amonestaciones se da a conocer en las siguientes palabras: a fin de que os conduzcáis decorosamente con respecto a los de afuera y no depender de nadie. Andar (el mismo verbo usado en 2:12; 4:1) o conducirse “de acuerdo a las buenas costumbres” o “en buena forma” (εὐσχημόνως de εὖ y σχῆμα; cf. 1 Co. 14:40; luego Ro. 13:13), correctamente, con respecto a los de afuera, es decir, los no cristianos (cf. 1 Co. 5:12; Col. 4:5), de tal manera que el evangelio no entre en desprestigio; y no estar en dependencia (literalmente tener necesidad de) de nadie, es una meta que vale la pena alcanzar. Así, uno mismo está en condiciones de ayudar a sostener a aquellas meritorias personas que realmente están en necesidad (cf. Hch. 20:34, 35).

4° Titulo:

La bondad debe manifestarse en toda hija de Dios. Efesios 4:32. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

   Comentario: Efesios 4:32. Ahora bien, en su análisis final el abandonar las malignas disposiciones, palabras, y acciones ya mencionadas se puede realizar solamente por medio de la adquisición y el desarrollo de las virtudes opuestas. Consecuentemente, volviéndose una vez más a las exhortaciones positivas, el apóstol prosigue: Y sed bondadosos los unos para con los otros, compasivos. Esto se puede comparar con Col. 3:12, 13 “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. Así como el Señor os lo ha perdonado, así hacedlo también vosotros”. La bondad es aquella gracia de benevolencia impartida por el Espíritu, lo enteramente opuesto a la malicia o maldad mencionada en el v. 31. La bondad de los primeros cristianos era su propia recomendación frente a otros (2 Co. 6:6). Dios, también, es bondadoso (Ro. 2:4; cf. 11:22), y se nos exhorta ser como él con respecto a esto (Lc. 6:35). Cuando una persona bondadosa escucha un chisme, no corre al teléfono a compartir con otros tan “delicioso bocado”. Si le hacen ver las fallas del prójimo, él trata, si puede hacerlo honestamente, de poner en relieve hasta donde sea posible sus buenas cualidades haciendo una justa compensación. La bondad identifica al hombre que ha tomado seriamente 1 Co. 13:4. La compasión (cf. 1 P. 3:8 y el “corazón de compasin” de Col. 3:12) dan a entender un profundísimo sentimiento, “un vivo anhelo con el intenso afecto de Cristo Jesús”. Pablo añade: perdonándoos unos a otros, así como Dios en Cristo os perdonó. Colosenses dice, “así como el Señor”; Efesios, “así como Dios en Cristo”. No hay diferencia esencial. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno. Cooperan en todas estas actividades que conciernen a nuestra salvación. Perdonar “así como Dios en Cristo” perdonó significa: así tan libre, generosa, profunda, espontánea, y entusiastamente. Como apoyo a esta interpretación véanse pasajes tales como Mt. 18:21–27, 35 y Lc. 23:34. Además, todas las injurias que nosotros hayamos sufrido a causa de la mala disposición de nuestro prójimo jamás podrán ser comparadas con las ofensas que él, que nunca cometió pecado, tuvo que soportar: al ser escupido, vilipendiado, coronado con espinas, crucificando. Con todo esto, ¡extendió su perdón! Y al hacerlo nos legó un ejemplo (1 P. 2:21–25).

   Pero hizo aún más que esto. Nos dejó también un motivo para ejercer el perdón. Habiéndosenos perdonado tanto, ¿no debemos también nosotros perdonar? Véase nuevamente Mt. 18:21–35. Tal ejemplo y tal motivo, sin embargo, tienen relación con algo más que el mero deber de perdonar. Tocan toda la amplia área del amor, de la cual el ejercicio del perdón es solamente una de sus manifestaciones, y, por cierto, una de las más importantes. El amor debe manifestarse en todas las áreas de nuestra vida, el amor moldeado según y motivado por el amor de Dios en Cristo. De ahí que Pablo continúa: 5:1, 2. Sed pues imitadores de Dios como hijos amados. Vez tras vez Jesús y los apóstoles enfatizaron el hecho de que los creyentes deben enfocarse en ser imitadores de Dios. Ahora bien, para la generación actual de una era que anuncia orgullosamente, “Nosotros hemos conquistado el espacio”, y que hace descender a Dios al nivel de un bonachón Santa Claus puede no parecer tan afrentoso el tratar de imitar a Dios. Pero si, por la gracia del verdadero Dios viviente, las palabras, “Estad quietos y conoced que yo soy Dios” tienen todavía algún significado para nosotros, este cortante mandamiento de imitarle bien podría frustrarnos. Ante su majestad permanecemos en temor reverente. ¿Cómo podemos imitar a quien ni siquiera podemos comprender? Juntamente con Zofar nos sentimos inclinados a decir, “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás?” (Job 11:7, 8). Con Isaías vemos al Señor sentado en un trono, supremo y ensalzado, y oímos las voces de los alados serafines, mientras cubren sus rostros y sus pies, exclamando continuamente, “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”. E igualmente respondemos, “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios … han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:1–5). Antes que imaginarnos aun levemente que nosotros, criaturas del polvo, pudiéramos alguna vez ser capaces de imitar a Dios, nos sentimos desmayar y caer de rodillas diciendo, con Pedro, “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Y podemos entender por qué Juan, sintiéndose igualmente anonadado, dijo, “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Ap. 1:17).

   Solamente en un espíritu de temor reverente podemos estudiar debidamente el glorioso tema de la “imitación de Dios”. Sólo entonces pondrá el Señor su diestra sobre nosotros y dirá, “¡No temas!” La obediencia al mandamiento de imitarle es, después de todo, posible. Esto es así por las siguientes razones: a. somos creados a imagen suya; b. el Espíritu que capacita mora en nosotros; y c. por medio de su gracia regeneradora y transformadora hemos llegado a ser sus hijos, vale decir, imitadores. Por supuesto que no podemos imitar a Dios creando un universo y sustentándolo día a día, o diseñando un método para satisfacer las demandas de la justicia y misericordia y así salvar al hombre del abismo al cual él mismo se lanzó, o resucitando a los muertos, o creando un nuevo cielo y una nueva tierra. Pero en nuestra forma finita podemos y debemos imitarle; esto es, copiar su amor.

   Es sorprendente las muchas veces que Jesús y sus apóstoles enfatizaron el hecho de que los creyentes deben esforzarse en ser imitadores de Dios (Mt. 5:43–48; Lc. 6:35; 1 Jn. 4:10, 11), y de Cristo, que equivale esencialmente a lo mismo (Jn. 13:34; 15:12; Ro. 15:2, 3, 7, 2 Co. 8:7–9; Fil. 2:3–8; Ef. 5:25; Col. 3:13; 1 P. 2:21–24; 1 Jn. 3:16; lista de pasajes que de ninguna manera es completa). Al añadir que las personas aludidas deben hacerlo como hijos, la idea recibe gran refuerzo, como si se dijese, “¿No son acaso los hijos imitadores por excelencia, y no sois acaso vosotros hijos de Dios?” Además, el modificativo “amados” le añade aún más peso a la exhortación, puesto que también existe semejanza en el hecho de que es justamente el hijo que es el objeto del amor el que estará más deseoso de imitar a los que le aman. Pablo añade: y andad en amor, o bien, dejad que el amor sea la norma de vuestra vida. Que él sea lo que caracterice todos vuestros pensamientos, palabras, y hechos. Tocante a andad véase también 2:10; 4:1, 17; 5:8, 15. Prosigue: así como Cristo os amó. No es cualquier cosa que el hombre desee dignificar con el nombre de “amor” lo que ha de regular nuestros pensamientos y conducta, sino únicamente aquel amor de Cristo, el amor abnegado y que tenía propósito, ha de ser nuestro ejemplo. Y para ser aún más específico, se añade: y se dio a sí mismo por nosotros. Aquí no debe escapar a nuestra atención que cuando Pablo insta a los lectores a imitar a Dios, al mismo tiempo ilustra este amor de Dios dirigiendo nuestra atención a lo que Cristo hizo por nosotros. Esto por cierto indica no solamente que el Padre y el Hijo son en esencia lo mismo, sino también que cuando el Padre hace algo lo hace en conexión con el Hijo (4:32) y que uno de ellos no nos ama menos que el otro.

   En su gran amor Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, sometiéndose voluntariamente a sus enemigos, y en consecuencia al Padre. Esta entrega fue genuina. No le fue impuesta (Jn. 10:11, 15). Entre aquellos por los cuales Cristo se había entregado así voluntariamente como ofrenda por el pecado se hallaba también Pablo, el gran perseguidor. Al pensar en el gran amor de Cristo, se siente tan impresionado que cambia los pronombres, de modo que vosotros (“así como Cristo os amó”) se transforma en nosotros (“y se dio a sí mismo por nosotros”). El apóstol jamás habla en forma abstracta. Compárese Gá. 2:20: “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Véase también Gá. 1:16. Es a aquel espíritu, el de darse a sí mismo sacrificial y voluntariamente, al cual se insta a los creyentes a imitar.

   Es el autosacrificio voluntario de Cristo durante todo el período de su humillación y especialmente en la cruz al que aquí se denomina ofrenda y sacrificio a Dios. Fue una ofrenda porque la puso voluntariamente (Is. 53:10). Fue un sacrificio, y como tal bien puede recordarse el humo que se elevaba del altar cuando la ofrenda quemada se consumía totalmente, simbolizando la entrega entera a Dios. Pero, aunque la palabra usada en el original no siempre se prefiere a sacrificios consumidos sobre el altar sino que puede tener también una referencia más amplia, entendemos, en base a otros pasajes de las Escrituras (p. ej., Mt. 26:36–46; 27:45, 46; 2 Co. 5:21; cf. Is.53) que en lo que respecta a su naturaleza humana Cristo fue realmente consumido por la ira de Dios en el sentido que “el peso de nuestros pecados y de la ira de Dios le angustió en Getsemaní a tal punto que fue su sudor como grandes gotas de sangre” llevándole a sufrir “el vituperio y la angustia más profunda del infierno, en cuerpo y alma, en el madero de la cruz, al exclamar a gran voz: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Así llevó a cabo su obra y cumplió las profecías, especialmente en lo que respecta al Salmo 40:6 (LXX; Sal. 39:7, 8). En aquel pasaje se usan las mismas dos palabras, ofrenda y sacrificio, pero ahora en el orden inverso, sacrificio y ofrenda, en conexión con la ofrenda que hace el Mesías de sí mismo a Dios: “Sacrificio y ofrenda no quisiste … Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”. Según el escritor de la epístola a los hebreos el pasaje está apropiadamente aplicado a Cristo y su autosacrificio (Heb. 10:5–7). Luego, en relación a esta ofrenda y sacrificio a Dios, que constituye un ejemplo y motivación para nosotros, Pablo agrega: en olor fragante; literalmente, (“un aroma de grato olor”). Cf. Ex. 29:18; Ez.20:41; Fil. 4:18. Significa que esta ofrenda y sacrificio fue—y lo es en nuestro caso si lo hacemos en el espíritu que lo hizo Cristo—agradable a Dios. Toda obra emanada del amor y gratitud hacia el Altísimo, sea de Abel, (Gn. 4:4), o de Noé (Gn. 8:21), o de los antiguos israelitas (Lv. 1:9, 13, 17) o de los creyentes de la nueva dispensación que se consagran a Él. (2 Co. 2:15, 16), es agradable a Dios. Única y ejemplar entre todas ellas es el sacrificio voluntario de Cristo. Con todo, el espíritu del Salvador debe reflejarse día a día y hora tras hora en los corazones y vidas de sus seguidores “en olor fragante”.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.