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Lunes 17 de febrero de 2020: “Admirable enseñanza de nuestro Salvador Jesucristo”.

Lunes 17 de febrero de 2020: “Admirable enseñanza de nuestro Salvador Jesucristo”.

  Lectura Bíblica: San Mateo Cap. 5, versículos 38 al 48. 38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. 43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Referencias Bíblicas:   Jueces 13:18; Isaías 9.6; 1 Pedro 2.9.

Definiciones: Admirable: Digno de admiración. ▬ A. VERBOS 1. ekplesso (ejkplhvssw, 1605), (de ek, fuera de; plesso, golpear, lit. golpear afuera), significa haber recibido un choque mental sumamente fuerte, estar atónito (ek, intensivo). Se deberí­a utilizar el término castellano “quedarse atónito” en lugar de “admirar”, y este último se debiera usar para traducir existemi, al revés de lo que hace la RV y la RVR. ▬ Admirable Consejero: Significado: Jesús es nuestro abogado defensor.

Explicación: Cristo es nuestro consejero admirable ante Dios. Él es nuestro mediador e intercesor que nos calma, nos consuela y nos aconseja. Como nuestro abogado ante Dios, Él nos defiende ante el tribunal de la justicia de Dios y se ofrece a sí mismo como pago de nuestras transgresiones. Cristo mismo es por lo tanto identificado como aquella “maravilla” (admirable) porque podríamos decir que Cristo es “la maravilla de Dios en persona” – “el hombre maravilla”. No solamente es Cristo la más grande “maravilla de Dios” sino que es Él mismo quien ha hecho y haría “maravillas” en el pueblo. Consejero es alguien que guía a otros por medio de la palabra ya sea de amonestación, o de exhortación. Cristo dijo de sí mismo: “mis palabras son Espíritu y son Vida”. Y también dijo “el que oye mis palabras y las guarda le compararé a un hombre sabio que fundó su casa sobre la roca” (Mateo 7). Así que porque no pensar en Cristo como ese “Maravilloso Consejero” que tal cual lo declaró el Apóstol Pedro dijo “solamente tú tienes palabras de vida eterna”.

Nombres Asociados: Abogado (1 Juan 2:1), Consolador (Juan 14:16), consolación de Israel (Lucas 2:25), intercesor; mediador (1 Timoteo 2:5).

   Comentario: El mandamiento acerca de las represalias

[38–42]. Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, al que te golpea la mejilla derecha, ponle también la otra. Y si alguien quiere ponerte a pleito para quitarte la camisa, déjale también el saco. Y a quienquiera que te obliga a ir una milla, ve con él dos. Al que te pide (algo) dale, y al que quiere pedirte prestado, no se lo niegues. En Ex. 21:24, 25 leemos: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”. Lv. 24:20 agrega “rotura por rotura”; Dt. 19:21, “vida por vida”. Esta era una ley para los tribunales civiles, puesta con el fin de terminar con la práctica de la venganza privada. Los pasajes del Antiguo Testamento no dicen: “Véngate personalmente cuando te hacen daño”. Quieren decir exactamente lo opuesto: “No te vengues por ti mismo, sino deja que la justicia sea administrada públicamente”. Esto es claro de Lv. 24:14: “Saca al blasfemo fuera del campamento, y todos los que lo oyeron pongan sus manos sobre la cabeza de él, y apedréelo toda la congregación”. Cf. Dt. 19:15–21.

   Sin embargo, los fariseos apelaban a esta ley para justificar la retribución y la venganza personal. Citaban este mandamiento con el fin de destruir su propósito mismo. Cf. Mt. 15:3, 6. El Antiguo Testamento repetidas veces prohíbe la venganza personal: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Lv. 19:18). “No digas: Yo me vengaré; espera a Jehová, y él te salvará” (Pr. 20:22). “No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra” (Pr. 24:29).

   Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando dijo: “No resistáis al malo; antes, al que te golpea”, ¿etc.? Cuando las palabras de Cristo se leen a la luz de lo que sigue inmediatamente en los vv. 43–48, y cuando se explica el paralelo de Lc. 6:29, 30 sobre la base de lo que precede inmediatamente en los vv. 27, 28, se ve claramente que el pasaje clave, idéntico en ambos Evangelios, es “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44; Lc. 6:27). En otras palabras, Jesús está condenando el espíritu de falta de amor, el odio y el deseo de venganza. Está diciendo: “No resistáis al malo con medidas que surgen de una disposición de falta de amor, implacable, despiadada y vengativa”.

   Una vez que se ha entendido esto, se hace evidente que “volver la otra mejilla” significa mostrar en palabra, actitud y hecho que uno está lleno no del espíritu de rencor sino de amor. Ro. 12:19–21 ofrece un excelente comentario.

   Algo semejante vale con respecto a la persona que amenaza por medio de un pleito quitarle a uno la camisa, la túnica usada más al interior, pegada al cuerpo, como pago de una pretendida deuda. Nótese que no es la persona a quien Jesús habla la que está presentando el pleito, sino su oponente (cf. 1 Co. 6:1). Más bien que responder con resentimiento a este pleito, dice Jesús, déjale que se quede también con la túnica exterior. Esta túnica era considerada tan indispensable que cuando se tomaba en prenda debía ser devuelta antes de la puesta del sol, puesto que también servía como ropa de cama—con frecuencia la única del pobre—durante el sueño (Ex. 22:26, 27; Dt. 24:12, 13; Ez. 18:7; Am. 2:8). En resumen: No tenemos derecho de odiar a la persona que trata de quitarnos las posesiones. Nuestro corazón debiera llenarse de amor hacia tal persona y este amor debiera revelarse en nuestras acciones.

   El primer verbo en “Cualquiera que te obliga a ir una milla …” se refiere a la autoridad de requisición, de obligar al servicio. Es una palabra tomada del idioma persa, que con toda probabilidad la tomó del babilonio. El famoso correo real persa autorizó a sus portadores que cuando quiera que lo estimaran necesario obligasen a hacer servicio a quienquiera que estuviera disponible y al animal de éste, o sólo al animal. No debía haber demora en el despacho y la entrega de los decretos reales, etc. Cf. Ester. 3:13, 15; 8:10. Como ocurre frecuentemente, aquí también, el verbo adquirió un sentido más general de obligar a alguien a prestar cualquier tipo de servicio. Se usa en conexión con Simón de Cirene que fue obligado a llevar la cruz de Cristo (Mt. 27:32; Mr. 15:21). Ahora, lo que Cristo está diciendo es que en vez de revelar un espíritu de amargura o de enojo hacia aquel que obliga a una persona a llevar una carga, ésta debiera tomar la carga con una sonrisa. ¿Alguien te pidió que le acompañaras llevando su carga una milla? ¡Entonces ve con él dos millas!

   Igualmente, cuando alguien que está en angustia pide ayuda, uno no debe hacerse el sordo. Por el contrario, dice Jesús, dele, no de mala gana ni con amargura, sino generosamente; preste, no egoístamente, con mente usurera (Ex. 22:25; Lv. 25:36, 37), sino liberalmente, magnánimamente. No sólo muestre bondad, sino ame la bondad (Mi. 6:8; cf. Dt. 15:7, 8; Sal. 37:26; 112:5; Pr. 19:17; Hch. 4:36; 2 Co. 8:8, 9).

   Ilustraciones bíblicas del espíritu que Jesús aquí recomienda:

  1. Abraham que se apresura a rescatar a su “pariente” Lot (Gn. 14:14ss), aunque éste se había revelado anteriormente como un sobrino muy codicioso (Gn. 13:1–13).
  2. José, que perdona generosamente a sus hermanos (Gn. 50:19–21) que no lo habían tratado muy amablemente (37:18–28).
  3. David, que perdona dos veces la vida de su perseguidor el rey Saúl (1 S. 24 y 26).
  4. Eliseo, que sirvió pan y agua a los sirios invasores (2 R. 6).
  5. Esteban, que intercede por los que lo apedrearon hasta darle muerte (Hch. 7:60).
  6. Pablo, que después de su conversión escribe Ro. 12:21; 1 Co. 4:12; y 1 Co. 13 ¡y lo pone por obra!
  7. Por, sobre todo, Jesús mismo, que ora: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34; cf. Is. 53:12, última frase; Mt. 11:29; 12:19 y 1 P. 2:23).

Esto nos conduce al: el resumen de la segunda tabla de la ley

   [43–47]. Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si, con saludos cordiales os acercáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis que sea excepcional? ¿No hacen lo mismo los gentiles? “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” debe haber sido la forma popular en que el promedio de los israelitas del tiempo de Cristo resumía la segunda tabla de la ley y regulaba su vida con respecto a amigos y enemigos. Deben haberlo aprendido de escribas y fariseos, aunque no necesariamente de todos ellos sin excepción. Por lo menos sabemos que el escriba cuyo resumen se relata en Mr. 12:32, 33 y el doctor de la ley (experto en la ley judaica) que habla en Lc. 10:25–27 fueron cuidadosos en no omitir “como a ti mismo” al citar Lv. 19:18. Lo que era aún peor que esta omisión era la adición “aborrecerás a tu enemigo”. En ninguna parte del Antiguo Testamento encontramos algo similar. En realidad, por medio de la adición, el énfasis fue desplazado de la intención original de la ley, como ocurrió también en conexión con el mandamiento acerca del juramento (véase p. 321). Lv. 19:18 dice: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová”. Este mensaje enfatizaba el amor en oposición a la venganza. Su perversión en el resumen popular establecía un agudo contraste entre prójimo y enemigo, como si el propósito del mandamiento hubiera sido el que se tuviera amor por aquéllos y odio por éstos. El resultado era la pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc. 10:29). ¿Era sólo el israelita? ¿O era el israelita y el prosélito? Véase Lv. 19:34. Pero si era así, ¿qué clase de prosélito, solamente el genuino, esto es, el no israelita que por el bautismo y la circuncisión se había hecho judío en todo aspecto salvo que no era literalmente hijo de Abraham? ¿O había que incluir además a los otros prosélitos? Algunas de estas preguntas ya se hacían en el tiempo de la peregrinación de Cristo en la tierra. Otras iban a pedir atención un poco más adelante.

   Es claro que como resultado de esta lamentable mala interpretación de la ley se levantara un muro de separación entre judíos y gentiles; aquéllos para ser amados y éstos odiados. Pero era difícil detenerse aquí. Hubo de levantarse otra barrera entre buenos israelitas, como los escribas y fariseos, y malos israelitas, como los renegados, los publicanos (véase v. 46) y, en general, toda la chusma que no conocía la ley (Jn. 7:49). En una atmósfera tal, era imposible que el odio pasara hambre; había bastante con qué alimentarlo.

   Fue en medio de este ambiente de mente estrecha, exclusivista e intolerante que Jesús llevó a cabo su ministerio. Alrededor de él estaban esas murallas y barreras. El vino con el propósito mismo de romper aquellas barreras, de modo que el amor—puro, cálido, divino, infinito—pudiera fluir desde el corazón de Dios, por eso, desde su propio corazón maravilloso, a los corazones de los hombres. Su amor sobrepasó todos los límites de raza, nacionalidad, partido, edad, sexo, etc.

   Cuando dijo: “Os digo: Amad a vuestros enemigos”, debe haber dejado atónitos a sus oyentes, porque estaba diciendo algo que probablemente nunca antes había sido dicho tan sucinta, positiva y autoritariamente. Una investigación acabada de todas las fuentes importantes dio como resultado la declaración siguiente: “La conclusión resultante es que el primero que enseñó a la humanidad a ver al prójimo en cada ser humano, y por lo tanto, a tratar a todo ser humano con amor, fue Jesús; véase la parábola del Buen samaritano (literalmente, El samaritano compasivo)”.303 Sin pretender negar de ningún modo la declaración anterior, Jesús enseñó a la gente que uno no debiera preguntar: “¿Quién es mi prójimo?”, sino debiera cada uno mostrar que es prójimo del hombre necesitado, quienquiera que sea (Lc. 10:36).

   Aunque en la forma expresada aquí (“Amad a vuestros enemigos”) la enseñanza de Cristo era nueva, no contradecía la ley. Más bien, era el resultado de la semilla antes sembrada. Como se ha mostrado, el Antiguo Testamento prohibía la venganza. Pero iba más allá de eso, enseñando que cuando quiera que fuese necesario uno debía ayudar a su enemigo:

   “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo” (Ex. 23:4, 5).

   De “ayuda a tu enemigo” a “ámalo” había apenas un paso. Jesús dio ese paso. Agregó: “Y orad por los que os persiguen”. En cuanto a la persecución de los creyentes véase 5:10–12. Jesús no exige a sus discípulos que hagan lo imposible. No les pide que se enamoren de sus perseguidores. Pero definidamente pide que aquellos por quienes iba a morir, a pesar de que por naturaleza aún eran enemigos de Dios (Ro. 5:8, 10), oren por la salvación de los enemigos de ellos mismos, queriendo decir “por la salvación de aquellos que los odian”.

   Por medio del amor por sus enemigos y la oración por ellos, los seguidores de Cristo demostrarán, ante sí mismos y ante los demás, que son verdaderos hijos del Padre celestial. Es lógico que al decir “para que podáis ser hijos”, etc. Jesús no podía haber querido decir: “para que haciendo esto podáis llegar a ser hijos u obtener la posición de hijos”. Por gracia ellos ya eran hijos, pero su comportamiento o conducta como hijos confirmaría este hecho, porque los hijos imitan a sus padres (Ef. 5:1, 2). Esto es verdad en la familia celestial en forma aún más definida que en la terrenal, porque, aunque en el último caso de ningún modo todo hijo está dotado del espíritu de su padre, en el primer caso todo verdadero “hijo” (uno salvado por gracia por medio de la fe, Ef. 2:8) recibe el Espíritu del Padre. Es a ese Espíritu que él debe su nuevo nacimiento (Jn. 3:5), así como su crecimiento en las virtudes cristianas y su perfección final.

   Cuando exhorta a sus oyentes que demuestren su parentesco con “el Padre que está en los cielos” (sobre esta expresión véase sobre 6:9b) amando a sus enemigos y orando por ellos, Jesús ilustra en forma implícita el amor primordial y activo del Padre al llamar la atención al hecho de que “él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos”. Esta afirmación es notable en más de un aspecto:

  1. Es mucho más significativo decir “él hace salir su sol” y “él envía lluvia” que “el sol sale” y “llueve”. La forma en que Jesús lo dice hace que nosotros miremos más allá del hecho a Aquél que lo causa, y también más allá del hecho a la razón que lo produce, a saber, el amor del Padre por la humanidad.
  2. El artículo definido se omite. Por eso, probablemente sea incorrecto, como la BAm, traducir: “sobre el malo y el bueno … sobre el justo y sobre el injusto”, sino más bien como la generalidad de las versiones castellanas, “sobre malos y buenos … sobre justos e injustos”. Así se pone un énfasis especial en el carácter de estas personas, como si dijera: “Aunque el Padre es el santísimo e inmaculado, no se retrae de derramar sus bendiciones sobre malos y buenos”.
  3. Para hacer que la naturaleza maravillosa del amor del Padre se destaque prominentemente, los dos pares se presentan en un arreglo quiásmico (en forma de X), sin que el énfasis caiga sobre malos ni sobre buenos.

   En el primer par se mencionan primero los individuos calificados de “malos” y en el segundo par los “justos”.

El sol y la lluvia caen sobre todos por igual, y al hacerlo así revelan el amor del Padre del cual todos son objeto.

   Ciertamente es verdad que los hombres responden en forma diferente a las bendiciones por medio de las cuales el Padre revela su amor. No hay una gratitud común. Así que también es cierto que todos los que rechazan el evangelio usan las bendiciones de Dios para su propio perjuicio. Sin embargo, todo esto no puede anular el hecho de que el amor de Dios para con los habitantes de la tierra, buenos y malos, se revela imparcialmente en las bendiciones del sol y la lluvia con todos sus resultados benéficos. Este amor de Dios por aquellos que él creó es también claro de Gn. 17:20; 39:5; Sal. 36:6; 145:9, 15, 16; Jon. 4:10, 11; Mr. 8:2; Lc. 6:35, 36; Hch. 14:16, 17; Ro. 2:4; y 1 Ti. 4:10. Para señalar sólo uno de estos pasajes, Jon. 4:10, 11—la misericordia de Dios hacia los ninivitas, sus hijos y aun su ganado—¿puede uno leer esto sin verse vencido por la emoción?

   Nada de esto debiera considerarse como una negación del hecho de que ciertamente hay un amor de Dios que no es compartido por todos. Pasajes tales como Gn. 17:21; Sal. 103:17, 18; 147:20; Mt. 20:16; Lc. 12:32; Ro. 8:1, 28–39; y muchos otros demuestran esto más allá de toda duda. Pero, así como un padre humano, además de amar en forma única a sus hijos e hijas, tiene lugar en su corazón para los hijos de sus vecinos, y aun para todos los niños del mundo, así también el Padre celestial, además de tener una relación completamente peculiar de tierna preocupación e íntima amistad hacia quienes por su gracia son suyos, ama a la humanidad en general. Véase C.N.T. sobre Jn. 3:16.

   Por otra parte, los que no quieren incluir a sus enemigos y perseguidores en su amor se ponen a sí mismos en un nivel moral y espiritual similar al de la gente que desprecian tan completamente, a saber, los cobradores de impuesto (“publicanos”) y los gentiles en el tiempo de Cristo, Mateo, el hombre que escribe todo esto, habiendo sido él mismo un publicano, no era ajeno al odio intenso con que especialmente los escribas y fariseos consideraban a las personas que pertenecían a esta clase. Los recaudadores principales de impuestos habían pagado una suma fija de dinero al gobierno romano por el privilegio de fijar tasas de impuestos sobre exportaciones e importaciones, así como por cualquier tráfico de mercaderías que pasara por la región. Las principales oficinas recolectoras de impuestos estaban en Cesarea, Capernaúm y Jericó. Estos recaudadores subarrendaban sus derechos a “principales publicanos” (Lc. 19:2) que empleaban “publicanos para hacer la recolección”. Estos recargaban los impuestos lo más posible, hasta grandes sumas sobre lo normal. Así el “publicano” tenía la reputación de ser un extorsionista. Si era judío, era considerado también como un renegado o traidor, porque estaba al servicio de un opresor extranjero. La baja estima en que se tenía a los publicanos se refleja en pasajes como Mt. 9:10, 11; 11:19; 21:31, 32; Mr. 2:15, 16; Lc. 5:30; 7:34; 15:1; 19:7. Los publicanos y pecadores eran mencionados de un solo aliento, considerándose sinónimas las dos designaciones.

   Si desdeñaban a los publicanos, también se desdeñaban a los gentiles. No siempre había sido así. En el tiempo del Antiguo Testamento se había dado mandamiento a los israelitas de amar a los “extranjeros” (Dt. 10:19) y de recordar que ellos mismos habían sido extranjeros en la tierra de Egipto (Ex. 23:9). Sin embargo, cuando durante el tiempo del exilio los israelitas sufrieron males indescriptibles a manos de sus captores, y cuando aun después, durante el período intertestamentario, Antíoco Epífanes amenazó con borrar de raíz la religión y sus ramificaciones, la actitud de los judíos hacia los gentiles cambió. Además, ¿no eran idólatras los gentiles? ¿Y no era la idolatría el mal que había llevado a los israelitas al cautiverio? ¿No eran gentiles también los romanos, y no eran ellos opresores extranjeros? ¿No estaban tratando de desviar religiosamente a los de Israel? Así que, durante el tiempo del Nuevo Testamento los gentiles, como los publicanos, eran tratados con extrema antipatía y desprecio. Eran considerados inmundos por los judíos “piadosos” (Jn. 18:28), en realidad, como “perros” (reflejado en Mt. 15:26, 27). A un judío no le cabía en la cabeza la posibilidad de tener una cena con un gentil incircunciso (Hch. 11:2).

   Es comprensible que este odio fuera mutuo. Si los israelitas trataban con desprecio a los gentiles inmundos, ellos también recibían un tratamiento similar (Jn. 18:35; Hch. 16:20; 18:2). Así que, salvo unas pocas excepciones notables, con respecto a por ejemplo un no israelita que mostraba profundo interés en la religión de Israel (Lc. 7:1–5), los publicanos, gentiles y judíos formaban grupos separados. Lo mismo ocurría con los samaritanos. La mujer samaritana estaba atónita que Jesús, siendo judío, le pidiera un poco de agua (Jn. 4:9; cf. Lc. 9:52, 53; Jn. 8:48). Divisiones por todas partes. Odio en todo lugar. ¿Y en cuanto al amor? Bueno, los publicanos amaban a los publicanos. Los gentiles saludaban cordialmente a los gentiles.

   Ahora entendemos el trasfondo del dicho de Cristo (en resumen) “Si amáis a los que os aman, ¿cuál es vuestra recompensa? ¿No están haciendo lo mismo los publícanos … y los gentiles no saludan cordialmente a los gentiles?” El señor está diciendo a sus oyentes, por lo tanto, que, al imitar a los publicanos y a los gentiles en su exclusivismo, simplemente están demostrando que ellos mismos no son mejores en nada a aquellos que ellos consideraban inferiores en valor moral y espiritual. Ellos no están haciendo nada excepcional, que sobresalga o sea extraordinario. Sin embargo, para recibir una recompensa la justicia de quienes deseaban ser discípulos de Cristo debe “superar” la de escribas y fariseos (véase v. 20).

   Nada hay de malo en esperar una recompensa, siempre que se entienda que a. el trabajo que se hace para el Maestro debe ser hecho espontáneamente, en el espíritu de Mt. 25:37, 38; y b. la recompensa sea por gracia y no por méritos. Véanse especialmente Mt. 6:1, 4, 5, 6; Lc. 17:10; 1 Co. 3:8; 4:7; 9:17; Fil. 3:14 y Heb. 12:2.

   Jesús resume todo este párrafo (vv. 43–47) diciendo: [48]. Por lo tanto, debéis ser perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Esto también estaba en armonía con la ley: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lv. 19:2). “Perfecto serás delante de Jehová tu Dios” (Dt. 18:13). Véanse también Lv. 11:44; 20:7, 26; Ef. 5:1 y 1 P. 1:15, 16. ¿Significa esto que Jesús era un perfeccionista en el sentido que enseñaba a los hombres que debían alcanzar la impecabilidad antes de la muerte? De ningún modo, como lo demuestran claramente las bienaventuranzas y lo confirma la petición que enseñó a sus discípulos, a saber, “Perdónanos nuestras deudas” (Mt. 6:12). Nunca dio a entender que habría un tiempo antes de la muerte cuando ya se podría omitir esta petición. Contra el perfeccionismo en el sentido indicado véanse también 1 R. 8:46; Job 9:1; Sal. 130:3, 4; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 3:10; 7:7–25; Gá. 5:16–24; Stg. 3:2 y 1 Jn. 1:8.

   Si se hace la pregunta: “Entonces, ¿por qué tratar siquiera de llegar a ser perfecto?”, la respuesta sería: “Porque es lo que Dios manda”, como se ha mostrado. Además, el seguidor de Jesús no puede hacer otra cosa. El, con Pablo, anhela la perfección (Fil. 3:7–16). Aun aquí y ahora ha recibido una justicia imputada. También ha recibido la justicia impartida (véase sobre 5:6), pero ésta no se completa en la vida presente. La lucha por la perfección en este sentido no irá sin recompensa. La victoria se garantiza exactamente a los que se esfuerzan por alcanzar la meta. Cuando lleguen a las gloriosas playas de la eternidad, su ideal se verá realizado. Será el don de Dios para ellos (Sal. 17:15; Fil. 1:6; 3:12b; 2 Ti. 4:7, 8; Ap. 21:27, cf. 7:14).

   Sin embargo, en la presente conexión “perfecto” significa “acabado, completamente desarrollado, que nada le falta”. Jesús está diciendo a la gente de su tiempo, y a nosotros también, que ellos y nosotros no debiéramos contentarnos con una obediencia a medias a la ley del amor, como lo estaban los escribas y fariseos, que jamás penetraron hasta el corazón de la ley. Aunque en un sentido Jesús está repitiendo la amonestación implícita en el v. 45 (“para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos”), ahora (aquí en el v. 48) indica aún más definidamente que es la perfección del Padre la que tenemos que tratar de imitar; esto es, la perfección específicamente aquí (como indica el contexto precedente) en el amor que él muestra a todos. ¿No es él quien hace que su sol salga sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos? ¿No es también él quien amonestó cariñosamente a Caín? (Gn. 4:6, 7)? ¿Aquél que todo el día extiende sus brazos a un pueblo rebelde y contradictor (Is. 65:2; Ro. 10:21)? Así que, en forma similar, el amor de todos aquellos a quienes fueron dirigidas estas palabras no debe dejar de alcanzar a todos, incluyendo aun a los que odian y persiguen. No solamente eso, sino que en calidad y carácter también debe ser un amor que sigue el patrón del amor del Padre; por ejemplo, en paciencia, compasión, sinceridad, etc.

    Reconozcamos inmediatamente que aun en el creyente más maduro el amor es y será siempre finito, mientras el amor del Padre es infinito. Añádase que, por lo tanto, ese amor finito no puede ser otra cosa que una sombra de Su amor maravilloso. Sin embargo, este tipo de amor finito es alcanzable. ¿Cómo lo sabemos? Debido al hecho mismo que Él es nuestro Padre celestial, quien, por esa misma razón, no rehusará este don a sus hijos.

  1er Titulo:

Actitud apacible del creyente para con los de afuera. 1ª de Pedro 3:13 al 15. 13 ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? 14Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, 15sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; 

   Referencias Bíblicas: 1ª pedro 3:4; He. 12:11; 1ª Ti. 3.3; Pr. 14:30;15:30; Salmo 69:16; 1ª Reyes 19:12.

   Definición: apacible – Diccionario Español :1. Manso, dulce y agradable en la condición y el trato. 2. De buen temple, tranquilo, agradable. ▬ Lo primero que vamos a hacer es determinar el origen etimológico de la palabra apacible que ahora nos ocupa. En este caso podemos exponer que deriva del latín y que es fruto de la suma de las siguientes partes claramente delimitadas:

-El prefijo “ad-”, que es equivalente a “hacia”.

-El verbo “placere”, que puede traducirse como “agradar”.

-El sufijo “-ible”, que se emplea para indicar “que puede”.

Apacible es un adjetivo que puede emplearse para calificar a la persona dócil, afable, pacífica y de trato agradable. Por ejemplo: “En el medio del caos, un doctor apacible tranquilizó y atendió a decenas de heridos”, “Me considero un hombre apacible; pero si alguien les hace daño a mis hijos, soy capaz de reaccionar de la peor manera”, “Los vecinos definieron a la sospechosa como una mujer apacible y simpática”.

Un individuo apacible es aquel que no suele discutir con otros sujetos y que, por lo general, se muestra tranquilo y de buen humor. Puede decirse que alguien apacible no se enoja con frecuencia ni se manifiesta de manera violenta. La apacibilidad, por lo tanto, es una cualidad positiva.

   Comentario: La liberación: 3:13–14: Pedro vuelve al pensamiento de una exhortación anterior. En 2:12, él exhortó a los creyentes a vivir vidas ejemplares en la sociedad para que los adversarios observen las buenas obras de los creyentes y glorifiquen a Dios. Ahora Pedro coloca el objetivo de hacer el bien en el contexto del sufrimiento. Él sabe que Dios no resguarda al creyente de las causas externas que ocasionan sufrimiento, sino que siempre permanece junto al cristiano para apoyarlo en hacer lo que es bueno.

   [13]. ¿Quién les va a hacer daño si ustedes tienen muchos deseos de hacer el bien? [14]. Con todo, si sufren por causa de la justicia, dichosos ustedes. “No teman lo que temen ellos, ni se asusten”.

  1. “¿Quién les va a hacer daño?”. La pregunta es retórica y nos hace recordar una pregunta similar formulada por Pablo: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Ro. 8:31). Nadie, por supuesto.

   Como decía el Reformador escocés del siglo dieciséis, Juan Knox: “Con Dios a su lado el hombre siempre está en mayoría”.

   Pedro se dirige a todos los cristianos cuando hace la pregunta: “¿Quién les va a hacer daño?”. Él quiere que sus lectores den cuenta de que la persona que está decidido a dañarlos es un hacedor de iniquidad. El apóstol no cierra sus ojos ante la posibilidad de que pueda haber ataques físicos o materiales contra los cristianos que son fervorosos en hacer el bien. Sabe también que Dios no olvida a sus hijos cuando éstos hacen su voluntad.

   “¿Quién les va a hacer daño?”. ¿Se está contradiciendo Pedro cuando hace una pregunta retórica que demanda una respuesta negativa? De ningún modo. En el versículo 14 él indica que la posibilidad de sufrimiento es real. Está enseñándoles a los lectores que, si ellos sufren física o mentalmente por amor a Cristo, no perderán, puesto que Dios no los olvida. “Si soportan el sufrimiento por hacer el bien, eso merece aprobación delante de Dios. Para esto se les llamó” (2:20–21).

  1. “Si ustedes tienen muchos deseos de hacer el bien”. La segunda parte de esta pregunta retórica es en realidad una cláusula condicional. Pedro escribe: “¿Quién les dañará si están dispuestos a hacer el bien?”. La implicación es que si uno hace el mal y alguien lo daña, lo único que a uno le queda por hacer es culparse a sí mismo. Pero si uno hace el bien y recibe daño, Dios está al lado para fortalecerle.

   La palabra griega que Pedro usa para expresar el anhelo del cristiano de hacer el bien puede ser traducida “zelotes o fanáticos”. Este término en particular tenía resonancias políticas en el Israel del primer siglo. Por ejemplo, uno de los discípulos de Cristo, Simón, era un zelote. (Lc. 6:15; Hch. 1:13). Sin embargo, Pedro exhorta a los lectores no a transformarse en extremistas políticos sino a utilizar sus energías para hacer el bien.

  1. “Con todo si sufren por causa de la justicia, dichosos ustedes”. La primera palabra de esta oración es adversativa. La posibilidad del sufrimiento es real, pero al mismo tiempo es poco probable. De hecho, la construcción griega que Pedro utiliza afirma que esta posibilidad es remota.

   La semejanza entre las palabras de Pedro y una de las bienaventuranzas de Jesús es notable. Jesús dijo: “Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:10). ¿Qué quiere decir Pedro al utilizar el término por hacer el bien, o por causa de la justicia?

   El término describe una de las características de Dios; Dios es justo (1:17; Heb. 6:10). Lo mismo es cierto de Cristo, ya que Pedro escribe: “Cristo murió por los pecados una vez por todos, el justo por los injustos” (3:18). Si a los cristianos les toca una y otra vez sufrir por hacer lo que es bueno, sufren a causa del justo Dios. Y Dios promete bendecirlos.

  1. “No teman lo que temen ellos, ni se asusten”. Una vez más Pedro recurre a las palabras de las Escrituras del Antiguo Testamento y cita lo que dice Isaías en 8:12–13 para probar su punto. ¿Pero cómo hemos de entender este versículo? Pedro podría estar refiriéndose a un temor subjetivo o un temor objetivo.

   Cuando entendemos la palabra temor de modo subjetivo, oímos la advertencia de Pedro a sus lectores; “No compartan el mismo temor que otros tienen”. Si tomamos el término temor objetivamente, le oímos aconsejar a los cristianos: “no los temáis ni os sintáis amenazados por ellos”. Aunque los traductores de la NVI han escogido la interpretación subjetiva, yo opino que el contexto general favorece el significado objetivo. Por eso, lo que Pedro le está diciendo a sus lectores es: “Si llegan a sufrir persecución, no tengan temor de sus adversarios, ni permitan que les turben” (cf. Jn. 14:1–27). Los adversarios podrán herir a los creyentes, pero no serán capaces de dañarlos cuando Jesucristo esté en su corazón. Cuando Cristo está presente en el corazón del cristiano, no queda lugar para el temor. En suma, Cristo es su defensa.

  1. “Reconozcan”. Carolyn M. Noel captó en forma poética el pensamiento de la primera parte del versículo 15. Ella exhorta a sus compañeros en la fe a reconocer a Jesús como Señor y Rey:

En vuestro corazón entronizadle,

Que allí someta él

Todo lo que no es santo

Todo lo que no es fiel.

   Los cristianos deben consagrar a Cristo Jesús en sus corazones. El corazón es el eje central de la existencia del hombre, “porque es el manantial de la vida” (Pr. 4:23). Cuando el corazón está controlado por Jesucristo, el creyente le dedica toda su vida. Entonces el cristiano queda libre del temor y está en condiciones de defenderse de sus enemigos.

   Pedro adaptó esta cita de Isaías 8:13, que en el original dice: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad”. En su época, Isaías decía a su pueblo que no temiese a los ejércitos invasores de Asiria, sino que reverenciase a Dios. En su epístola, Pedro tiene el mismo mensaje alentador. Sin embargo, él cambia la redacción honrando a Cristo como Señor Todopoderoso, de modo que se le reconozca como Cristo, el Señor. La posición del término Señor en la oración hace que sean posibles dos traducciones diferentes: “santificar al Señor Cristo” o “santificar a Cristo como Señor”. Aunque ambas versiones tienen buen sentido, prefiero la segunda, porque le da mayor énfasis a la palabra Señor.

  1. “Estén preparados”. Cuando Pedro exhorta a los lectores a estar listos para dar testimonio del Señor en todo tiempo, ¿quiere decir que los cristianos deben hablar indiscriminadamente sobre su fe? No, de ninguna manera. Jesús dice: “No deis a los perros lo que es sagrado. No arrojéis vuestras perlas a los cerdos”. [Mt. 7:6] Los cristianos deben, entonces, ser discretos; “prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt. 10:16 VRV). Deben saber “cuándo, hasta qué punto, y a quién es oportuno hablar”. Los cristianos deben responder valientemente a las oportunidades que tengan de hablar a favor del Señor Jesucristo.

   Cuando Pedro dice a los lectores que estén listos, no sólo quiere decir que deben estar bien dispuestos, sino que también deben tener la capacidad de hablar a favor de Cristo. Por lo tanto, deben conocer la enseñanza de la Biblia y de la doctrina cristiana para poder estar siempre listos para dar una respuesta.

  1. “Responder”. La exhortación a “responder a todo el que les pida” no está limitada a los tiempos en que el cristiano deba comparecer ante alguna corte. En algunas ocasiones el cristiano debe defenderse contra los ataques verbales de los incrédulos hostiles. En otras ocasiones se espera de él que le enseñe el evangelio a algún vecino que demuestra genuino interés en entender la religión cristiana. El término todo él es inclusivo y abarca todas las circunstancias. Cuando reverenciamos a Cristo como Señor, experimentamos que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34 VRV). Por consiguiente, nuestras expresiones verbales deben ser ejemplares, amables y sanas. Debemos exhibir la habilidad de dar una respuesta a todo el que nos pregunta acerca de nuestra fe en Cristo (cf. Col. 4:6).
  2. “Razón”. ¿Qué es lo que el cristiano tiene? Tiene esperanza, dice Pedro. Aunque la esperanza es una de las tres virtudes cristianas (1 Co. 13:13), parecería que la fe y el amor echasen un cono de sombra sobre ella. En las predicaciones y en los estudios bíblicos muchas veces no hablamos de la esperanza. Sin embargo, Pedro en su epístola menciona la esperanza con frecuencia. En griego, el verbo aparece en 1:13 y 3:5, y el sustantivo en 1:3, 21 y 3:15. ¿Cuál es la esperanza que el cristiano posee en su corazón? “Esperanza es una paciente, disciplinada y confiada espera y expectación en el Señor como nuestro Salvador”. El escritor de Hebreos nos exhorta: “Mantengamos firme la esperanza que profesamos” (10:23).

   [15b]. Pero háganlo con dulzura y respeto, 16. manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablen mal de su buena conducta en Cristo se avergüencen de sus calumnias.

  1. “Pero háganlo con dulzura y respeto”. Pedro instruye a los lectores a que se conduzcan con amabilidad; de esta manera se hace eco de las palabras de Jesús (“Porque yo soy tierno y humilde de corazón” [Mt. 11:29] NVI), cuyo ejemplo el creyente debe adoptar.

   Cuando santificamos a Cristo en nuestros corazones, debemos poner en práctica la ternura y respeto hacia todas las personas. En nuestro modo de actuar debemos esforzarnos por demostrar dulzura hacia aquellas personas que son espiritualmente débiles (ver Ro. 15:1–2). Con nuestra conducta hemos de hacer todo esfuerzo por demostrar honra y respeto por Dios y por quienes Dios ha puesto sobre nosotros (2:13–17; Ro. 13:1–7).231 Nos esforzamos por ser modelos vivientes del ejemplo que Cristo ha dejado.

  1. “Manteniendo la conciencia limpia”. Los cristianos que tienen la conciencia limpia están motivados a demostrar y obedecer a Dios. Cuando estaba como prisionero en Jerusalén, Pablo se defendió ante el Sanedrín judío, y exclamó: “Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy” (Hch. 23:1). Es decir, ante Dios él había cumplido su obra misionera con toda sinceridad y verdad; su conciencia estaba limpia.
  2. “Los que hablan mal de su buena conducta”. Para los oponentes de la fe cristiana, el creyente que profesa su fe en Cristo ya ha aportado suficiente evidencia de su maldad. Es más, son muchas las acusaciones que se pueden presentar contra un cristiano inocente.

   Nótese la semejanza entre estas palabras y un versículo precedente de esta misma epístola. Allí Pedro escribe: ‘Mantengan entre los paganos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios el día en que nos visite” (2:12). Los traductores de no menos de dos versiones han adoptado aquella lectura de los manuscritos griegos que incluye la frase como malechores en 3:16. Sin embargo, hay indicaciones de que escribas bien intencionados de siglos pasados insertaron esta frase en particular tomándola de 2:12. El texto mismo es suficientemente claro cuando usa las palabras hablen mal.

  1. “Se avergüencen de sus calumnias”. Cuando los incrédulos maliciosamente desparraman falsedades en contra de los cristianos que tratan de vivir según el ejemplo que Cristo ha establecido, la verdad triunfa eventualmente. Cuando la evidencia demuestra que la conducta de los cristianos es inocente, los incrédulos mismos son avergonzados por su propia calumnia (cf. 2:15).

Consideraciones prácticas en 3:15

   El escritor de Hebreos dice a los lectores que dejen atrás las doctrinas elementales acerca de Cristo y progresen hacia la madurez (6:1). El cristiano debe estar en condiciones de formular su fe en propuestas elementales para que cuando se le pregunte acerca de su fe, sea capaz de hablar acerca de su religión cristiana. Debe estar en condiciones de llevar a otros a Cristo y de rechazar las acusaciones de los incrédulos. En la evangelización de sus vecinos, el cristiano debe tener la capacidad elemental de enseñar a otros el camino de salvación. Al enfrentarse con los ataques del humanista y del ateo, el cristiano debe tener un conocimiento práctico de la Escritura para poderle dar contenido a la frase la Biblia dice. Y cuando los miembros de las sectas toquen a la puerta de su casa, el cristiano bien informado debe transformarse en maestro para poder llevar a esta visita al Señor Jesucristo.

2° Titulo:

Manteniendo una conducta ejemplar. Tito 3: 1 y 2. 1Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. 2Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. 

    Referencias Bíblicas: 1ª Pe. 3:1-2, 11, 16; 2.12; — 2:12; 2ª Pe. 2:7; He. 13.7; Stgo. 3.13.

    Comentario: [1-2]. Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que sean obedientes, preparados para toda obra buena, que no difamen a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda mansedumbre hacia toda persona.

   Aunque los creyentes, por tener una mente dirigida hacia lo celestial, esperan con gozo el día de la gloriosa aparición de aquel que los compró con su propia sangre preciosa, no deben olvidar jamás su deber en la tierra. Tito debe recordarles esto (cf. 2 Ti. 2:14), a fin de que en todo tiempo ellos puedan ser buenos ciudadanos y buenos vecinos.

   En cuanto a la relación del cristiano y el estado, véase también comentario sobre 1 Ti. 2:1–7; cf. Mt. 17:24–27; 22:15–22; Ro. 13:1–7; 1 P. 2:13–17. La expresión “Recuérdales que se sujeten”, probablemente implica que Pablo había hablado a los cretenses de este importante asunto cuando estuvo con Tito en la isla (cf. 2 Ts. 2:5). Además, por los escritos de Polibio y de Plutarco, parece que los cretenses estaban irritados y en efervescencia bajo el yugo romano. Por lo tanto, es posible que esta circunstancia tuviera algo que ver con la naturaleza de este recordatorio. Diversos comentaristas han señalado que mientras se ordenó a Timoteo en Éfeso que se preocupara de ver que los creyentes no dejaran de orar por los gobernantes, a Tito se le dice que haga recordar a los cretenses que se sometan a los gobernantes. Pero véase también Ro. 13:1–7. De todos modos, el mensaje cristiano será falto de efectividad a menos que, en obediencia al quinto mandamiento en su sentido más amplio, los creyentes “den a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.

   Entonces, a quienes no solamente gobiernan en realidad, sino que como tales han sido investidos de autoridad divina (Ro. 13:1)—por eso, “a gobernadores y autoridades”—es que los creyentes deben, no solamente en forma exterior y en general someterse, sino que deben obedecerles interiormente, cumpliendo con un corazón dispuesto todos los mandamientos en particular; por ejemplo, los que tienen que ver con pagos de impuestos, el observar una conducta ordenada, el mostrar honradez en los negocios, etc. (La excepción a que se refiere Hch. 5:29 es válida cuando quiera que las regulaciones humanas atropellan la ley de Dios).

   No solamente eso, pero cuando quiera que se presenta la necesidad—piénsese en epidemias, guerras, conflagraciones, etc.—los creyentes deben estar dispuestos a mostrar su buen espíritu, en completa cooperación con el gobierno que los protege. Nótese la misma conexión en Ro. 13:3. No solamente deben estar “enteramente equipados”, sino también “dispuestos” y deseosos para toda obra buena (cf. Tit. 3:1 y 2 Ti. 3:17).

   La expresión “preparados para toda buena obra” forma un puente natural entre los deberes que los creyentes tienen hacia el gobierno y los que tienen hacia sus prójimos.

   En los cinco requisitos que siguen, se observa claramente un clímax. Es lógico que los creyentes no deben difamar a nadie (véase comentario sobre 1 Ti. 6:4). Muchos creyentes ni siquiera necesitarán este recordatorio. El insultar y usar de un lenguaje abusivo ciertamente está fuera de lugar para cualquier persona, y ciertamente para los creyentes.

   Una exigencia más estricta es la que requiere que el creyente no sea contencioso o rencilloso (cf. 1 Ti. 3:3). Pero de ellos se espera más que la ausencia de un vicio. Debe mostrarse una virtud positiva en todos los contactos con los de fuera de la iglesia: los cristianos deben ser amables (véase también 1 Ti. 3:3), esto es, dispuestos a ceder el provecho personal, deseosos de ayudar al necesitado, bondadosos para con el débil, considerados hacia los caídos, siempre llenos con el espíritu de dulce cordura. Ciertamente el clímax se alcanza con las palabras: “mostrando toda mansedumbre hacia toda persona” (cf. 2 Ti. 2:25). Nótese el juego de palabras, reflejado también en RV60 y VM. Parece que no es difícil mostrar algo de mansedumbre con algunas personas. Tampoco lo es mostrar toda (esto es completa, total) mansedumbre a algunas personas, o algo de mansedumbre a toda persona. ¡Pero mostrar toda mansedumbre a toda persona, aun para todos los cretenses “mentirosos, bestias brutas, vientres ociosos”, era una tarea imposible sin la gracia especial de Dios!

3er Titulo:

Evitando sentimientos de venganza. Romanos 12:17 al 20. 17No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. 18Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 

19No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 20Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.

   Referencias Bíblicas: Pr. 3:3-4; 6:34; 25:21-22; Gé. 4:15; Éx. 21:21; Salmo 99:8;

   Definición: Venganza – Diccionario Perspicacia: Acción de causar mal a alguien como reparación de injuria, agravio o daño recibidos. La palabra griega ek·di·ké·o, que se traduce “vengar”, se refiere literalmente a actuar “de justicia”, lo que comunica la idea de hacer justicia. Tal como se usa en la Biblia, suele aplicar a la retribución divina en favor de la justicia, pero también puede referirse a la ejecución de lo que una persona cree que es justo o equitativo para satisfacción propia.

   Pertenece a Jehová. Sería impropio que una persona se vengase o vengase a otros a menos que Jehová le hubiera nombrado para ejecutar venganza, o designado para ese fin por su Palabra. “Mía es la venganza, y la retribución”, dice Jehová. (Dt 32:35.) El salmista se dirige a Dios con las palabras: “Oh Dios de actos de venganza, Jehová”. (Sal 94:1.) Por consiguiente, Dios condena a la persona que guarda rencor o busca venganza personal por males reales o imaginarios cometidos contra él o contra otros. (Le 19:18; Ro 12:19; Heb 10:30.)

   Comentario: [17]. No devolváis mal por mal a nadie.

   Aquí se combaten dos males relacionados:

  1. Un espíritu vengativo, el desea de desquitarse de alguien por algún daño sufrido. Esto nos trae a la mente anteriores pasajes paulinos tales como:

Mirad que ninguno pague a otro mal por mal. 1 Ts. 5:15

Cuando nos maldicen, bendecimos; cuando nos persiguen, soportamos; cuando nos difaman, contestamos amablemente. 1 Co. 4:12, 13

¿Por qué no sufrir más bien el agravio? ¿Por qué no tolerar más bien ser defraudados? 1 Co. 6:7

Compárese esto con las palabras de otro apóstol:

“No devolváis mal por mal o insulto por insulto, sino bendición con bendición” (1 P.3:9).

La condena de un espíritu vengativo es básica.

  1. La presunción de que individuos particulares tengan el derecho de tomar en sus propias manos la función del magistrado civil de castigar el crimen.

   Aun en el Antiguo Testamento el mandamiento “ojo por ojo … herida por herida” (Ex. 21:24, 25; cf. Lv. 24:20; Dt. 19:21) se refiere a la administración pública del código criminal (véase Lv. 24:14), y fue promulgado para desalentar la búsqueda de la venganza personal.

   Lo que Pablo prohíbe (aquí en Ro. 12:17)—el deseo de tomar represalias—es el mismo pecado en contra del cual advirtiera Jesús (Mt. 5:38–42; cf. Lc. 6:29, 35). Y a su vez esta enseñanza de nuestra Señor puede considerarse como una elucidación adicional de instrucciones del Antiguo Testamento tales como las que se encuentran en Lv. 19:18; Dt. 32:35; Pr. 20:22.

   La manifestación de un espíritu vengativo destruye lo distintivo del carácter cristiano, lo que es a su vez el requisito absoluto para tener éxito en ganar a gente para Cristo. Es esta carencia la que hace que los extraños digan:

“Esos cristianos no son diferentes de nosotros”. Pablo, el gran misionero, desea que los creyentes se conduzcan de manera tal que los incrédulos tomen nota. Es por tal razón que continúa diciendo:

[17]. Siempre procurad que (vuestros asuntos) estén bien ante los ojos de todos.

Esto nos hace acordar de Pr. 3:3, 4: Nunca se aparten de ti el amor y la fidelidad; átalas a tu cuello, escríbeles en la tabla de tu corazón. Y hallarás gracia y buen renombre ante los ojos de Dios y de los hombres.

   Pablo desea que aquellos a quienes se dirige vivan vidas de consagración total a Dios y de amor genuino por todos, aun por los perseguidores, de modo tal que los extraños de tengan ninguna oportunidad legítima de quejarse o acusar (cf. 1 Ti. 5:14), y que los calumniadores sean avergonzados (1 P. 3:16). Él no quiere que ellos sean un estorbo o una piedra de tropiezo, impidiendo que el inconverso llegue a aceptar el evangelio (1 Co. 10:32). En vez de ellos, él desea que conduzcan sus asuntos de tal manera que la conciencia pública (cf. Ro. 2:15) las apruebe. Su noble propósito, como persona que ama a Dios, es que la vida devota de los creyentes sea un instrumento en las manos de Dios para la conversión de los pecadores, para la gloria de Dios (Mt. 5:16; 1 P. 2:12).

   Calvino ha resumido el significado del v. 17 como sigue: “Lo que significa es que debemos trabajar diligentemente para que todos puedan verse edificados por nuestro trato honesto … para que puedan, en una palabra, percibir el dulce y buen olor de nuestra vida, por medio del cual puedan ser atraídos al amor de Dios”.

Avanzando sobre el mismo tema, Pablo dice:

[18]. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos.

   Esta exhortación a vivir en paz con todos concuerda con otros pasajes tales como: “No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos” (Gn. 13:8); “Haced todo esfuerzo por vivir en paz con todos” (Heb. 12:14); y “La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después amante de la paz” (Stg. 3:17). Jesús dijo: “Bienaventurados (son) los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9).

   En un mundo de paz fracturada esta bienaventuranza nos muestra qué fuerza relevante, vital y dinámica es el cristianismo. Verdaderos pacificadores son todos aquellos cuyo líder es el Dios de Paz (1 Co. 14:33; Ef. 6:15; 1 Ts. 5:23), que buscan la paz con todos (como aquí en Ro. 12:18), que proclaman el evangelio de la paz (Et. 6:15), y modelan sus vidas según el patrón del Príncipe de Paz (Lc. 19:10; Jn. 3:12–15; cf. Mt. 10:8).

   No obstante, el encargo de vivir en paz con todos no es presentado sin reservas. Hay dos:

a. “Si es posible”. Hay circunstancias en las cuales el establecimiento o mantenimiento de la paz es imposible. Heb. 12:14 no sólo propugna la paz sino también la santificación. Esta última no debe ser sacrificada para mantener la anterior, ya que la paz sin la santificación (o santidad) no es digna de su nombre. Si el mantenimiento de la paz implica el sacrificio de la verdad y/o del honor, entonces la paz debe ser abandonada. Cf. Mt. 10:34–36; Lc. 12:51–53.

b. “… en cuanto dependa de vosotros”. Hay situaciones que demandan el sacrificio de la paz. Pero debemos estar seguros de no ser nosotros quienes tengamos la culpa de tales exigencias. Supongamos que hemos hecho todo lo que estaba en nuestro poder para establecer y mantener la paz. La otra persona (o personas) no estaba(n) dispuesta(s) a aceptar la paz a menos que fuera en condiciones que nosotros, como cristianos, no podíamos aceptar.

   En tales casos, Dios no nos considera responsables de la falta de paz.

[19]. No os venguéis, amados, sino dad lugar a la ira (de Dios); porque está escrito: “La venganza es mía:

yo pagaré”, dice el Señor.

   El tierno llamamiento—nótese la palabra “amados” aquí en el v. 19—nos recuerda el igualmente afectuoso apelativo “hermanos” del v. 1. En relación con esto véanse también 1:7; 16:5, 9, 12; 1 Co. 4:14, 17; 10:14; 15:58; 2 Co. 7:1; 12:19; Ef. 5:1; Fil. 2:12; 4:1; Col. 1:7; 4:7, 9, 14; 1 Ts. 2:8; 2 Ti. 1:2; y Flm. 1 y 16.

   Se destaca la repetición de la que es, en lo esencial, la misma exhortación escrita en formas ligeramente diferentes, a saber, “No os venguéis”. Véase vv. 14, 17, 19 y 21. Debe haber existido alguna razón para esto, aunque no se ha revelado cual haya sido. Una posible sugerencia es que la causa estuviese en: (a) el hecho que los miembros de la iglesia de Roma, o al menos algunos de ellos, necesitaban mucho tal admonición; y otra: (b) que el que componía esta carta había sido bendecido, especialmente desde su conversión, con un carácter excepcionalmente sensitivo y amoroso. Se trataba de un hombre quien con toda su alma había ingresado en la tarea de solidarizarse y perdonar, visto el perdón que el mismo había recibido de Dios.

   Tras decir: “No os venguéis, amados”, Pablo prosigue: “sino dad lugar a la ira” … Las palabras “de Dios” no están en el original. Es por tal razón que algunos expositores han sugerido que lo que el apóstol quiso decir era:

“Dad lugar a la ira del adversario”. Otros llenarían este vacío con la frase “vuestra ira”, y aun otros con “la ira del magistrado civil”.

   No es necesario, sin embargo, tratar separadamente cada una de estas suposiciones, y demostrar por qué razón  no pueden ser correctas. Una razón sólida servirá para las tres, a saber, que en los otros casos en que en el Nuevo Testamento la palabra “ira” aparece sin modificador que demuestre quien es el sujeto de dicha ira, estamos frente a la ira “de Dios”. Además, no importa si se usa el artículo (“la”, de allí “la ira”) o si se lo omite (resultando simplemente en “ira”). Por lo tanto, es perfectamente razonable creer, junto con la mayoría de los expositores, que también aquí, en Ro. 12:19, es a la ira de Dios a la que Pablo se refiere.

   Cuando Pablo dice que aquellos a quienes se dirige—y últimamente todos nosotros—deben “dar lugar” a la ira de Dios, él enfatiza una vez más, en armonía con todo el contexto, que nosotros no debemos jugar a “ser Dios”, que debemos abstenemos de intentar usurpar la prerrogativa divina de derramar su ira, de ejecutar venganza.

   Para dar fuerza a este mandato, el apóstol apela, tal cual lo ha hecho anteriormente, al Antiguo Testamento, en este caso a Dt. 32:35; en realidad a ese pasaje a la luz de su contexto; véanse en especial los vv. 20, 34, 36–43.

   ¿No fue acaso Jesús mismo quien, a pesar de ser objeto de un sufrimiento mucho más profundo y penoso, injustamente puesto sobre él por pecadores—¡de parte de ellos ciertamente era injusto! —en vez de vengarse, se entregó a Aquel que juzga con justicia? Véase 1 P. 2:23. Cf. las palabras igualmente bellas del Sal. 37:1–17.

   A la luz del hecho que nuestro Señor Jesucristo, por medio de su sufrimiento vicario, quitó la ira de Dios de nosotros, ¿no debiéramos nosotros estar felices en no tomar venganza? ¿Cuál es, pues, nuestro deber cuando somos tratados injustamente? ¿Es quizá pedirle a Dios que derrame su ira sobre esa terrible gente que ha sido tan cruel para con nosotros? ¿Es eso lo que Pablo quiere decir cuando dice: “Dad lugar a la ira (de Dios)”? ¿No es más bien que pidamos a Dios que les conceda a los perseguidores la gracia del verdadero arrepentimiento y de la fe verdadera?

   ¿No debiéramos dejar toda noción de justicia retributiva enteramente en las manos del Dios omnisciente y soberano? ¿Y no responderá de esta manera todo verdadero hijo de Dios que haya experimentado el amor de Dios en su propia vida?

   En vez de tomarse venganza, el deber y gozo del cristiano es devolver bien por mal. El día de la retribución divina no ha llegado aún. Por otra parte, tal como se ha indicado anteriormente, la persona dañada no tiene derecho a tomar para sí la función del magistrado civil.

   Los que han sufrido algún mal deben tratar al que les odia (no con resentimiento oculto o con un sentimiento de ira sino) con bondad.

De allí que, después de decir: “Nos os venguéis …”, Pablo prosigue:

[20]. Por el contrario “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale algo de beber; porque, al hacer esto, amontonarás ascuas sobre su cabeza”.

   La cita está tomada de Pr. 25:21, 22. Si el enemigo tiene hambre, la persona afectada debe darle algo de comer. Debería darle algo de beber si tiene sed. En otras palabras, debe tratar al enemigo como lo hizo Eliseo (2 R. 6:20–23).

   Con palabras que han dado ocasión a muchas interpretaciones diferentes, el apóstol, continuando su cita de Proverbios, escribe: “porque haciendo esto, amontonarás ascuas sobre su cabeza”.

   Hay cuatro opiniones diferentes. Amontonar ascuas sobre su cabeza podría simbolizar:

  1. una forma de tormento autoimpuesta,
  2. un acto de benevolencia (dar ascuas encendidas a los necesitados),
  3. un gesto de dolor por el pecado,
  4. un modo de hacer que el enemigo se avergüence de sí mismo.

   La explicación 1). contradice el contexto presente, según el cual uno debe tratar al enemigo con bondad. Tanto como 3). describen la pena de enemigo por el pecado más bien que lo que el ofendido debería hacerle. La interpretación más ampliamente aceptada es 4). Las ascuas simbolizan en esta opinión las ardientes punzadas de vergüenza y contrición que resultan de la inesperada bondad recibida. La conducta magnánima del ofendido al devolver bien por mal tiene este efecto.

   En lo que atañe al significado 2).—una interpretación mencionada por Ridderbos, y reseñada en un interesante artículo de E. J. Masselink (aunque sin darle un definido respaldo)—; si se interpreta la frase “los necesitados” de modo que signifique “aunque sean enemigos”, con el significado final que resulta en: “Venced a vuestros enemigos con vuestra bondad” (E. J. Masselink), ¿no sería el efecto final el mismo que el indicado por 4.?

   Por consiguiente, cuando expreso una preferencia por 4., no estoy rechazando 2. Razones me mueven a aceptar esta opinión (la de 4., y posiblemente 2.):

  1. Las palabras “vencer el mal con el bien” (v. 21) apuntan en tal dirección.
  2. Así lo hace 1 P. 2:15: “Porque es la voluntad de Dios que haciendo el bien silenciéis la charla ignorante de los necios”.

4° Titulo:

Compartiendo la gracia del evangelio de Cristo. San Mateo 10:7 y 8. 7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.

   Referencias Bíblica: Is. 61:1; Mt. 11:1; Mr. 3:14, 16:20; Lc. 4:19, 9:2; Hech. 5:42; Ro. 10:15.

   Definición: compartir – Diccionario Español: 1. Repartir, dividir, distribuir algo en partes. 2. Participar en algo.

   Gracia – Diccionario Mundo Hispano: (heb., hen; gr., charis). Término utilizado por los escritores bíblicos con una considerable variedad de significados:

(1) Propiamente dicho, aquello que da gozo, placer, deleite, encanto, dulzura, hermosura;

(2) buena voluntad, bondad, misericordia, etc.;

(3) la bondad de un amo hacia un esclavo. Por lo tanto, por analogía, gracia ha llegado a significar la bondad de Dios para con el hombre (Juan 1:14)— ha provisto la redención del hombre. Desde la eternidad ha determinado ofrecer su favor a todos los que tienen fe en Cristo como Señor y Salvador.

La relación entre la ley y la gracia es uno de los temas principales de los escritos de Pablo (1a Ti 1:1-2).

   Comentario: Jesús continúa: 7. Y al ir predicad diciendo: “El reino de los cielos está cerca”. Este tema del reino, proclamado primero por Juan el Bautista, luego por Jesús, y ahora también por sus discípulos, ya ha sido explicado (véase sobre 3:2; 4:17, 23). Dicho en breve, quiere decir que los apóstoles tienen que seguir proclamando que en un sentido ha comenzado ya la dispensación cuando a través del cumplimiento de la profecía mesiánica el reino de los cielos (es decir, de Dios) en los corazones y vidas de los hombres se iba a hacer valer más poderosamente que nunca antes. La comisión continúa: 8. Sanad (los) enfermos, resucitad (los) muertos, limpiad (los) leprosos, echad fuera (los) demonios; gratuitamente recibisteis, gratuitamente dad. Una comparación de 10:8 con 4:23; 9:35 muestra que lo que Jesús quiere decir es: “Haced y seguid haciendo lo que yo estoy haciendo y he estado haciendo”. La “autoridad” de hacer esto ya les ha sido impartida (10:1). Por la gracia de Dios ahora ellos mismos deben aplicar ese poder.

   Hay abundante evidencia para demostrar que lo que aquí se ordena y predice realmente sucedió, una parte de ello inmediatamente, en este viaje o poco después, y una parte algún tiempo más adelante, después de la resurrección de Cristo; una parte de ello por medio de los Doce, a través de su líder Pedro, o Pedro y Juan, y otra parte por medio de Pablo, quien ciertamente debe ser contado entre los apóstoles (por eso hablamos de “Los Doce y Pablo”).

   Véanse los siguientes pasajes: Mr. 6:13, 30; Lc. 9:6–10; Hch. 3:1–10; 5:12–16; 9:32–43; 14:8– 10; 19:11, 12; 20:7–12; 28:7–10. Además, Jesús instruye a los Doce para que den sus servicios en forma gratuita. Lo que han recibido de balde ellos deben darlo de balde y con alegría. No debe haber simonía de ningún tipo (Hch. 8:18–24).

Amén, para la hora y gloria de Dios.

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[C.N.T. W. Hendriksen, Comentario del Nuevo Testamento]


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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