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Lunes 15 de octubre de 2018: “Pasos fundamentales para una verdadera conversión”,

Lunes 15 de octubre de 2018: “Pasos fundamentales para una verdadera conversión”,

Lectura Bíblica: Los Hechos Cap. 3, versículos 19 al 23: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien dé cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo”.

 

  • Comentarios:

Versículo 19 – 20: “Así que, arrepiéntanse y sean convertidos, para que sean borrados sus pecados, para que vengan de la presencia del Señor tiempos de descanso y que envíe al Cristo, que les ha sido designado, a Jesús”.

“Así que, arrepiéntanse y sean convertidos”. Aquí está la respuesta a la pregunta: “¿Qué haremos con su pecado?” Sobre la base de la evidencia bíblica que Dios ha cumplido las profecías mesiánicas, Pedro llama a sus oyentes a arrepentirse (c.f. 2:38). Ellos deben renunciar a su antigua forma de vida y cambiar su manera de pensar para que ya no sigan sus viejos caminos, sino que escuchen obedientemente la Palabra de Dios que se ha cumplido en Jesucristo. El arrepentimiento afecta la totalidad de la existencia del hombre; llega hasta lo más profundo de su ser y toca todas sus relaciones externas con Dios y con sus vecinos. El arrepentimiento es alejarse del pecado; la fe es volverse a Dios. Pedro le dice a la gente que se vuelva a Dios, lo que en lenguaje sencillo y llano es: arrepiéntanse y crean.

“Para que sean borrados sus pecados”. Pedro les presenta un cuadro de los pecados del hombre grabados en una pizarra que puede ser borrada. Concediendo que falle en decir quién limpia la pizarra, nosotros sabemos que sólo Dios, a través de Jesucristo, perdona los pecados. Quizás esta sea la típica forma hebrea de expresar un pensamiento sin usar el nombre de Dios. Pedro alude al bautismo, que es el símbolo del lavamiento para la limpieza de los pecados. Nótese que usa la palabra pecados en el plural para abarcar la totalidad de los pecados de los creyentes. Cuando Dios perdona los pecados del hombre, queda restaurada la relación entre él y el hombre. Esto significa que el hombre inicia un nuevo período en su vida. Pedro expresa este pensamiento en términos bien característicos.

“Para que vengan de la presencia del Señor tiempos de descanso”. Esta es, verdaderamente, una cláusula muy interesante, que literalmente dice, “que pudieran venir tiempos de descanso de la presencia del Señor”. ¿Qué quiere decir Pedro con esto? La palabra descanso aparece sólo una vez en el Nuevo Testamento y una en el texto de la Septuaginta correspondiente al Antiguo Testamento (Ex. 8:15; 8:11 LXX). Los estudiosos no han podido establecer con certeza el significado de la palabra. A continuación, algunas sugerencias de su significado:

  1. Los tiempos de descanso son “la era de la salvación, la cual es prometida a la nación de Israel si se arrepiente”.
  2. La frase tiempos de fortaleza espiritual “se refiere al futuro y al regreso de Jesús”. A la luz del contexto, algunos comentaristas piensan que la frase describe el inminente regreso de Cristo.
  3. Debido a que la frase tiempos de descanso está directamente relacionada con el arrepentimiento y la vuelta a Dios, se refiere a tiempos que están en el futuro inmediato, no remoto.

En vista de la incertidumbre que rodea a esta frase, evitaremos ser dogmáticos en nuestro análisis. La palabra tiempos está en el plural y significa lapsos en los cuales los creyentes perdonados y restaurados experimentan la refrescante cercanía del Señor. Además, nos debemos preguntar si el término Señor significa Jesús o es el nombre del Antiguo Testamento para Dios. El sujeto de la cláusula siguiente es Dios. Esto es evidente, por ejemplo, en la siguiente traducción: “A fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús” (BJer).

“Y que envíe al Cristo, que les ha sido designado, a Jesús”. En respuesta al arrepentimiento del hombre y su vuelta a Dios, Dios envía a su Cristo. Pero ¿cuándo viene Cristo? Por cierto, Cristo vino a su pueblo, pero éste lo rechazó y lo mató. Ahora, él viene a todo quien le escucha a través de la predicación de la Palabra de Dios. Y al final de los tiempos, Dios enviará de nuevo a Cristo Jesús a la tierra. Pero ¿cuál es el contexto en el cual habla Pedro?

El se dirige a los judíos quienes, aunque no aceptaron al Cristo anunciado por Dios cuando él vivió entre ellos, ahora reciben la oportunidad de reconocerle como su Mesías. En su gracia y amor, Dios les da una nueva oportunidad de conocer a Cristo. Si lo rechazan esta segunda vez, no podrán arrepentirse cuando Jesús regrese a la tierra. Su arrepentimiento, por lo tanto, apresurará el retorno de Cristo. Pedro corrobora este pensamiento en su epístola, cuando dice: “¡Cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!” (2 P. 3:11–12).

 

Versículo 21:“Es necesario que permanece en el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios hace tiempo por boca de sus santos profetas”.

“Es necesario que permanece en el cielo”. En su sermón sobre el fin de los tiempos, Jesús dijo a los discípulos que nadie, sino el Padre, conoce el tiempo exacto de su venida (Mt. 24:36). Por tanto, Dios el Padre determina cuándo Jesús volverá a restaurar todas las cosas. Mientras tanto el evangelio de Cristo es predicado en la tierra, Jesús permanece en el cielo, desde donde dirige el desarrollo de su iglesia y de su reino. El no volverá sino hasta que “este evangelio del reino [haya sido] predicado en todo el mundo, como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mt. 24:14).

“Hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir Pedro con estas palabras? En el contexto del pasaje, se dirige al pueblo judío que mira hacia adelante hacia el tiempo de la restauración de todas las cosas, tal como los profetas del Antiguo Testamento escribieron. Los tiempos de descanso que vienen como el resultado del arrepentimiento y la fe son presagios del tiempo de la completa restauración. Aunque los tiempos de refrigerio son periódicos y subjetivos, el tiempo de la restauración es permanente y objetivo. Según Pablo, la restauración será completada cuando todas las cosas queden sujetas a Cristo Jesús y cuando él entregue el reino a su Padre (1 Co. 15:24).

– “De que habló Dios hace tiempo por boca de sus santos profetas”. Pedro da veracidad a su declaración recurriendo nuevamente a las profecías del Antiguo Testamento (véase también 1 P. 1:10–12; 2 P. 1:19–21). Nótese que llama a los profetas santos porque ellos comunican la revelación divina. En un sentido, repite la fraseología del versículo 18, donde dice que “Dios cumplió así las cosas que antes había anunciado por boca de todos los profetas”. Dios hizo promesas a través de sus voceros los profetas. ¿Qué dijeron los profetas?

 

Versículo 22 – 23: “Porque Moisés dijo: ‘El Señor Dios les levantará un profeta de entre sus hermanos, como a mí; a él oigan todo lo que les hable. Y cualquiera que no oiga a aquel profeta, será desarraigado del pueblo”. 

“Porque Moisés dijo”. De entre los profetas del Antiguo Testamento, Pedro escoge el ejemplo de Moisés. Nadie puede contradecir el estatus profético de Moisés, porque fue Dios mismo quien se lo dio (Dt. 18:18). Desde la zarza ardiendo, Dios llamó a Moisés a ser su profeta (Ex. 3:4); otros profetas recibieron un llamado similar (véase 1 S. 3:1–14; Is. 6:1–13; Jer. 1:4–19; Ez. 1:1–3). Moisés, entonces, es el primero en la línea de los profetas y el más grande de ellos.

“El Señor Dios les levantará un profeta”. Pedro cita un pasaje muy conocido del Antiguo Testamento. Hace un resumen de las palabras dichas por Moisés y registradas en Deuteronomio 18:15–20. Los Evangelios aluden a esta misma porción en numerosas ocasiones y el mismo Esteban en su discurso ante el Sanedrín la cita parcialmente (7:37). Las traducciones tanto del hebreo como de la Septuaginta difieren en cuanto a su fraseología, aunque el significado sigue siendo casi idéntico.

“De entre sus hermanos, como a mí”. En cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, Cristo es un profeta como Moisés, habla las palabras que Dios le ha dado, y llama al pueblo judío a que escuche obedientemente todo lo que él tiene que decirles. La conclusión es que todo aquel que rehúse oír a Jesús “será cortado de su pueblo” (c.f. Lv. 23:29).

¿Es Cristo como Moisés? Moisés dice que Dios levantará un profeta como él. Los judíos consideraban a Moisés el profeta más grande sobre la tierra, porque Dios le habló cara a cara (véase Nm. 12:8). También tenían conocimiento de este elocuente testimonio relacionado con Moisés: “Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara; nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel”. [Dt. 34:10–12].

Pero Cristo sobrepasó a Moisés en todo sentido. El escritor de Hebreos lo afirma sucintamente cuando dice que Moisés fue un siervo en la casa de Dios pero Cristo es un hijo sobre la casa de Dios (3:5–6). Moisés instituyó el primer pacto para la nación de Israel (Ex. 24:3–8), pero este pacto llegó a quedar obsoleto (Heb. 8:13) cuando Cristo instituyó el nuevo pacto en su sangre para las gentes de todas las naciones (Mt. 26:28; 1 Co. 11:25). Es evidente la semejanza de Cristo y Moisés en las palabras “un profeta como yo de entre sus hermanos”. Cristo es un profeta que, como Moisés, humanamente hablando es un descendiente de Abraham y miembro por eso de la nación israelita. Los judíos que oyen a Pedro deben reconocer que Cristo indudablemente fue el cumplimiento de las palabras proféticas de Moisés.

“A él oigan todo lo que les hable”. Con esta profecía, Pedro pareciera estar diciendo a los oyentes israelitas que si ellos creen y obedecen las palabras de Moisés, también deben creer y obedecer a Jesús. Moisés profetizó acerca del Cristo, y Cristo habló acerca de Moisés (Jn. 5:45–46). El pueblo judío esperaba la venida de “el Profeta”, como lo repitieron vez tras vez durante el ministerio de Jesús (véase Jn. 1:21, 25; 7:40). Y muchas veces llamaron a Jesús profeta o el Profeta.

“Y cualquiera que no oiga a aquel profeta, será desarraigado del pueblo”. Aquí tenemos los típicos dos lados de la moneda. Por una parte, Dios da la orden de obedecer; por la otra, indica cuáles son las consecuencias de la desobediencia. Llama a los israelitas a oír las palabras de Moisés que hablan del Cristo. Les ordena escuchar el mensaje de Cristo. Pero Dios encontró mala voluntad cuando su pueblo rehusaba obedecer a Jesús durante su ministerio terrenal. Ahora de nuevo les habla por boca de uno de los apóstoles de Cristo. Si los israelitas continúan en su actitud de desobediencia, serán desarraigados del pueblo de Dios.

 

  • Consideraciones Prácticas en 3:22b:

Los verbos oír y escuchar parecieran ser sinónimos, pero cada uno tiene su propio sentido. Oír, entre otros significados, quiere decir “percibir con el oído”. Escuchar significa “prestar atención sincera”. Debido a la multiplicidad de ruidos que se generan alrededor nuestro, a menudo tenemos problemas para concentrarnos en escuchar. Es decir, nuestras mentes poseen una misteriosa habilidad para oír sin reaccionar a ello. Los niños muestran esta facilidad de oír sin escuchar cuando, llegada la hora de irse a la cama, los padres anuncian la orden de prepararse para la cama, pero los niños no les hacen caso. Y cuando los niños no atienden a los recuerdos persistentes de parte de los padres, muchas veces sus padres les dicen: “¿Me oíste?” Claro que han oído, pero no han querido escuchar.

Lo mismo ocurre diariamente en nuestras vidas de adultos. Al hablarnos de su Hijo, Dios nos dice: “A él oigan todo lo que les hable”. Prometemos hacerlo, pero cuando nos hacemos un examen de conciencia, tenemos que confesar que aunque Jesús nos habla cuando leemos las Escrituras, fallamos en obedecerle y comportarnos en consecuencia. Recordemos, por lo tanto, que Dios habló desde los cielos durante la transfiguración de Jesús y dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mt. 17:5).

 

  • 5 Señales de una verdadera conversión: 

Las 5 señales son 5 diferentes tipos de frutos que la Biblia dice que habrá en la vida de un verdadero cristiano.

(Mat 7.15-18) Cristo Jesús dijo que la evidencia convincente de la conversión de uno era el fruto que se podía ver en su vida.

(Mat 7.18) Un árbol malo es incapaz de (no “puede”) dar buen fruto exactamente como un buen árbol es incapaz de (no “puede”) dar fruto malo.

(Mat 7.19-20) Si no hay buen fruto en el árbol (en la vida del “convertido”) es porque no se ha convertido. Todavía es un inconverso que si muere, irá al infierno.

Puesto que hubo un cambio de naturaleza, porque nació de nuevo, el verdadero convertido dará su fruto siempre. O sea, nunca se apartará de los caminos de Dios. Obviamente algunos árboles dan fruto más rápido y más a menudo que otros. No obstante, el árbol no deja de ser un árbol que da fruto. O sea, una vez que alguien nace de nuevo, ya es una nueva criatura y nunca dejará de ser una nueva criatura. Es como un árbol manzano que da fruto—da manzanas. No es que un día deje de ser un manzano. Obviamente da su fruto en su tiempo, pero nunca deja de ser un árbol manzano.

El cristiano nunca deja de ser un “árbol que da fruto” porque es Dios quien lo hizo como es—una nueva criatura que da fruto en su tiempo. (Judas 24) Él es poderoso para guardar a los Suyos sin caída y así presentarlos sin mancha delante de Su gloria. El verdadero cristiano nunca se apartará de la fe. Obviamente lucha contra el pecado y a veces pierde la pelea (y cae en el pecado). Sin embargo, ¡lucha! El que no lucha (el que se aparta de la guerra), no se convirtió. Según Lucas 8.13, el que se aparta nunca fue un cristiano—nunca se convirtió a Cristo—a pesar de haber “creído” por algún tiempo.

 

a.- (Mat 3.7-8) El fruto digno de arrepentimiento

Cuando hay una verdadera conversión, hay arrepentimiento. Sin arrepentimiento, no hay salvación… sólo una horrenda expectación de la ira venidera—el día del justo juicio de Dios (y note que en Mateo 3.7-8 son “creyentes”—líderes religiosos— que estaban en peligro del infierno; “creían en vano” porque no se habían arrepentido).

Y es por esto que Dios manda a todos los hombre en todo lugar que se arrepientan (Hecho 17.30-31). (Prov 28.13) El arrepentimiento consta de confesar sus pecados y apartarse de ellos. (Prov 16.6) O sea, el verdadero convertido se apartará de la maldad. Este arrepentimiento para salvación se manifiesta en manera prácticas. (Luc 19.1-10) Cuando Zaqueo recibió la salvación, hubo fruto visible de su arrepentimiento. (Luc 19.8) Él estaba dispuesto a devolver cuadruplicado lo que él hurtó. Él se veía a sí mismo en el espejo de la Ley (el 8o mandamiento): “No hurtarás”. El fruto de su arrepentimiento se manifestó en el acto de devolver lo que hurtó cuadruplicado.

En 1975 cuando me arrepentí de mis pecados y puse mi fe en Cristo para salvación, yo sabía que tuve que hacer ciertas cosas para “estar a cuentas” con varias personas. Tuve que devolver cosas que había hurtado. Tuve que hablar con varias personas que había ofendido y pedirles perdón. Me había arrepentido y el arrepentimiento llevó su fruto inmediatamente. Si no hay fruto de arrepentimiento, es muy posible que no hay arrepentimiento. Si el estilo de vida de alguien es igual después de su “conversión” a cómo era antes, puede ser que es un falso convertido. Así que, siempre busque el fruto que es digno de arrepentimiento en la vida de un nuevo convertido. Si no lo ve, procure enterarse de por qué. Puede ser que no se arrepintió.

 

b. – (Col 1.10) El fruto de las buenas obras.

(Tito 2.7) El cristiano debería ser un ejemplo de buenas obras. (Tito 2.14) La Iglesia debería ser un pueblo celoso de buenas obras (entusiástico por hacer buenas obras). (Tito 3.8) Debemos ocuparnos siempre en buenas obras.

Juan Wesley dijo: “Haz todo el bien que puedas; por todos los medios que puedas; de todas las maneras que puedas; en todos los lugares que puedas; tantas veces como puedas; a todas las personas que puedas, por todo el tiempo que puedas”. Hoy en día, con tanto escepticismo entre los no creyentes, necesitamos ver más fruto de buenas obras. (1° Ped 2.15) Pedro dice que haciendo bien podemos callar la ignorancia de los hombres insensatos. O sea, a través de las buenas obras en nuestras comunidades podemos restablecer nuestra credibilidad y construir puentes para alcanzar a los inconversos con el evangelio de Cristo Jesús (como queremos hacer a través de Conexión).

 

c. – (Heb 13.15) El fruto de sus labios.

(Stg 1.17) Nuestros labios deben confesar el nombre de Jehová nuestro Dios porque de Él viene todo lo bueno que tenemos y experimentamos en esta vida. La boca de un verdadero creyente siempre da gracias a Dios en todo. Nuestro clamor debe ser (con Pablo): “¡Gracias a Dios por su don inefable!”. De la abundancia del corazón habla de la boca, entonces debemos fijarnos en el fruto de los labios del que profesa fe en Cristo Jesús.

 

d.-  (Gal 5.22-23) El fruto del Espíritu.

De alguna manera (aunque sea pequeño) este conjunto de cualidades debe manifestarse en la vida de un nuevo creyente. (Gal 5.19-21) Si uno sigue manifestando el fruto de la carne, puede ser una buena indicación de que no se convirtió y que todavía está sin Cristo.

 

e. – (Flp 1.9-11, esp. v11) El fruto de Justicia.

El deseo de Dios (la voluntad de Dios) para cada creyente es que sea lleno de “frutos de justicia” por medio de Jesucristo. Con “justicia” se quiere decir lo que es justo, lo que es correcto. Puesto que el cristiano es una nueva criatura, hay un deseo profundo de hacer lo justo y lo correcto, y dejar de hacer lo injusto y lo incorrecto. (2Tim 2.19) Se aparta de la iniquidad (porque se arrepintió) y……hay hambre y sed de justicia en el corazón de un verdadero creyente en Cristo.

Este asunto a veces confunde a los cristianos porque en su experiencia cotidiana, caen el pecado y a veces podría decir que todavía “les gusta” el pecado. El testimonio de Pablo en Romanos 7 nos ayudaría bastante a entender esto.

– (Rom 7.22) El cristiano se deleita en la Ley de Dios, en la Ley moral que se expresa en los diez mandamientos. O sea, se deleita en la justicia—en hacer lo justo y lo que es correcto (evitando lo injusto, lo malo y lo incorrecto).

– (Rom 7.15-20) Sin embargo, el santo sigue pecando y, en algún sentido, “le gusta”. (v17) Lo que tenemos que entender es que no es el “nuevo hombre en Cristo” que peca y que le gusta el pecado. Es el viejo hombre—es la carne. (v18) Sin embargo, lo que él quiere—el cristiano, el santo, el nuevo hombre en Cristo Jesús—es el bien de la justicia (de una vida recta). (v19) Por esto, el testimonio del cristiano es uno de una lucha entre el hombre interior que quiere andar conforme a la Ley de Dios y el hombre exterior de la carne que quiere pecar. (v20) Si este es el testimonio de su vida, entienda que no es “usted” quien lo hace sino el pecado que todavía mora en sus miembros. No tire la toalla, siga luchando contra el pecado. Pero no tiene que dudar su salvación simplemente porque cae en el pecado. La presencia de esta lucha debe animarle porque es evidencia convincente de que nació de nuevo.

Entonces, el fruto de justicia a veces se manifiesta más en la lucha entre el nuevo hombre (“me deleito en la Ley y quiero andar conforme a ella”) y el viejo hombre (“me gusta el pecado y quiero pecar”). Un cristiano “cae” en el pecado, pero el falso convertido “disfruta” el pecado. (2Ped 2.22) Es como el perro que se vuelve a su propio vómito. El perro se vuelve a su vómito para comérselo porque le sabe bien. Le gusta. Le da placer. Así es como Dios lo hizo y por lo tanto así es su naturaleza. El pecador perdido vuelve a pecar porque le gusta. Le da placer. Le “sabe” bien. Lo disfruta. Así es su naturaleza. Sin embargo, cuando el cristiano cae el pecado es diferente. Cuando se da cuenta de lo que ha hecho, se halla “comiendo su propio vómito” y es asqueroso. Este fruto de justicia también se manifiesta en hambre y sed de la Palabra de Dios.

Nadie tiene que enseñarle a un bebé a desear la leche. Nace con hambre y el conocimiento innato de cómo mamar. Si un “creyente” no tiene un deseo de alimentarse espiritualmente en la Palabra de Dios, es una buena indicación que su conversión es falsa. Yo recuerdo como era conmigo cuando Cristo me salvó a mí. Antes no quería leer la Palabra de Dios y aun era una de mis excusas por no querer ser cristiano (“no puedo entender la Biblia”).

Sin embargo, en el momento de mi salvación yo sabía que necesitaba una Biblia, que necesitaba alimentarme con la Palabra de Dios. ¡Y quería hacerlo! O sea, Dios puso un tremendo deseo en mi corazón por la Escritura. Así que fui solo a una librería cristiana (nadie tuvo que llevarme) y compré una Biblia para leer y estudiar. (Sal 119.162) Para el cristiano, la Palabra de Dios es un tesoro invaluable. El que desprecia la Escritura y no la ama es el que no conoce a Dios. El verdadero cristiano desarrollará la disciplina y el hábito de leer la Biblia todos los días. Escudriñará la Biblia para ver qué es lo que su Dios quiere, cómo quiere que viva. Y cuando la Biblia dice que debe hacer algo, lo hace, o que debe dejar de hacer algo, lo deja de hacer. Nadie tiene que estar encima de un verdadero creyente obligándole a leer la Biblia y obedecer lo que dice. Es un gozo para él ser “hacedor” de la Palabra.

 

1er Titulo: “Sin arrepentimiento no hay una conversión genuina”.

Romanos 10:9-10: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”.

 

  • Comentario:
  1. “Porque” (en vez de “Que”) es la traducción natural aquí, al ser el sentido que la afirmación que dice que la palabra está cerca de ti (v. 8) es cierta y que queda demostrada por el hecho que, en vez de requerir un esfuerzo sobrehumano, la salvación se obtiene simplemente confesando con los labios y teniendo fe en el corazón.
  2. En el v. 9 la confesión que está en los labios precede a la fe que está en el corazón; en el v. 10 la secuencia opuesta prevalece. La razón probable es esta: primero Pablo está pensando en Dt. 30:14, donde “en tus labios” precede a “en tu corazón”. Después, él sigue el orden natural, según el cual una persona confiesa con sus labios lo que ya está presente en su corazón.
  3. No el emperador romano, sino Jesús era quien debía recibir todo el honor y la gloria. Además, es claro a partir de 1 Co. 16:22 (māránāthā, ¡Señor nuestro, vén!) que la exaltación de Jesús como Señor era habitual aun en la iglesia primitiva arameoparlante. Que el título de Señor es usado aquí (en Ro. 10:9) en su sentido más exaltado, indicando la igualdad de Jesús con Dios, es claro no sólo por el hecho que el apóstol frecuentemente y sin vacilaciones atribuye a Jesús cualidades que en el Antiguo Testamento se le atribuyen a Dios, sino también por la circunstancia que ya en 9:5 él ha llamado a Jesús “sobre todo Dios bendito por siempre”.
  4. Nótense “corazón” y “labios” (literalmente “boca”). El corazón no es solamente el asiento de afecto o de la emoción. Según el uso bíblico, es el eje de la rueda de la existencia y vida humanas (la intelectual, emocional y volitiva). Véase Pr. 4:23.

 

En primer lugar, debe haber fe en el corazón. Sin dicha fe, una confesión de labios sería una burla (Mt. 7:22, 23). Pero también, aunque hay fe en el corazón, la confesión con los labios es no sólo requerida (Sal. 107:2) sino completamente natural si la fe es genuina (Hecho. 4:20). La fe y la confesión deben combinarse (Lc. 12:8; Jn. 12:42; 1 Ti. 6:12; 1 Jn. 4:15). Por medio de la resurrección de los muertos el señorío de Jesús se había hecho abundantemente claro. Véanse Ro. 6:9; 1 Co. 15:20; Ef. 1:20–23; Fil. 2:9–11; Col. 3:1–4; Heb. 2:9; Ap. 1:17, 18.

Cuando en el v. 10 se dice que la fe lleva a la justicia, y que la confesión resulta en salvación (literalmente… es para justicia—es para salvación), los dos conceptos, justicia y salvación, son vistos como sinónimos. El v. 9 también lo hace claro, ya que allí se describe a la salvación como producto tanto de la confesión como de la fe.

Nótese “serás salvo” (v. 9), y “resulta en salvación” (v. 10). Sobre el significado de salvación y salvar en las epístolas de Pablo, véase sobre 1:16. Que la fe ciertamente lleva a la justificación y por ende a la salvación queda confirmado en el versículo.

 

2° Titulo: “El Espíritu Santo, sobresaliente señal de la verdadera conversión”.

Romanos 8.9: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. 

 

  • Comentario:

Como lo indica la palabra “porque”, el versículo 5 (en un sentido los vv. 5–8 considerados como unidad) da una descripción adicional de las dos clases de gente a las cuales se hace referencia en el v. 4b: (a) los que andan conforme a la carne (su existencia implícita en el v. 4b), y (b) los que andan conforme al Espíritu (su existencia mencionada en el v. 4b). Los que viven conforme a la carne permiten que sus vidas sean básicamente determinadas por su pecaminosa naturaleza humana. Ponen sus mentes están muy profundamente interesados, hablan constantemente, se ocupan y se glorían en las cosas que son de la carne, es decir, de la pecaminosa naturaleza humana.

Los que viven conforme al Espíritu y que se someten por ello a la dirección del Espíritu concentran su atención y se especializan en cualquier cosa que es del agrado del Espíritu. En el conflicto entre Dios y la pecaminosa naturaleza humana el primer grupo se ponen del lado de la naturaleza humana; el segundo toma el lado de Dios.

Pablo les recuerda a los miembros de la iglesia de Roma que es imposible estar en ambos lados al mismo tiempo; es decir, la disposición básica—¡debe enfatizarse este adjetivo! —o dirección básica de nuestras vidas está o del lado de Dios o del lado de la pecaminosa naturaleza humana. Si una persona persiste en ser mundana, está del lado del mundo y debe esperar la perdición del mundo. Por otra parte, si las cosas de Dios y de su reino son su mayor preocupación, él puede esperar la vida: la dulce comunión con Dios, el amor de Dios derramado en su corazón, un gozo inexpresable y llena de gloria, todo esto y mucho más por los siglos de los siglos.

Puede también esperar la paz: la certeza en el ser interior de que los pecados pasados están perdonados, que los sucesos del presente, no importa cuán dolorosos sean, son contrarrestados para bien, y que nada que pueda ocurrir en el futuro podrá separarle del amor de Dios en Cristo. Este tipo de paz implica una liberación básica del temor y de la inquietud. Implica el contentamiento, un sentido de seguridad, una tranquilidad interior.

Entre los muchos pasajes de la Escritura en los que se menciona la paz se hallan Sal. 4:8; 37:37; 119:165; Is. 26:3; 48:22 (cf. 57:21); Lc. 1:79; 2:14; Jn. 14:27; Ro. 5:1; 14:17; 15:13, 33; Fil. 4:7; 12. Véanse también las salutaciones iniciales paulinas y petrinas (Cartas de Pedro). Con mucha frecuencia, especialmente en el Antiguo Testamento, la línea demarcatoria entre la paz y la prosperidad o el bienestar es casi imperceptible; cf. Sal. 122:7.

Cuando Pablo dice: “… pero la mente del Espíritu es vida y paz”, ¿quiere decir él que el creyente nunca está turbado? ¿Quiere decir que el corazón y la mente del cristiano están siempre colmados de perfecta paz y que por ello la exclamación: “¡Miserable de mí!” no podría haber sido proferida por el hijo de Dios?

La respuesta debe ser: “¡De ningún modo!” Aunque la disposición básica de la persona cuya vida es controlada por el Espíritu Santo es efectivamente de vida y paz, esto no significa que tal persona ya no sienta pesar profundo por su pecado ni desee ardientemente ser librado del mismo. ¡En realidad, cuanto más completamente esté bajo el control del Espíritu, el conocimiento del cual le da vida y paz, tanto más se lamentará de la pecaminosidad que aún permanece en él, y luchará contra ella!

La idea de que el creyente es una persona que siempre está bien equilibrada debería ser abandonada. La vida del creyente no es tan fácil. Es tremendamente compleja. ¿Estamos dispuestos a decir que Simón Pedro, el hombre que hizo la gran confesión (Mt. 16:16), no era creyente? Léase lo que Jesús dijo acerca de él (16:17). Sin embargo, fue Pedro quien más tarde negó a su Señor, ¡y no una sola vez sino tres veces?

Y del escritor del Salmo 42, ¿diremos que no era creyente? Y, sin embargo, ¡qué luchas que tuvo!:

Pan mis lágrimas de día

y de noche siempre son,

mientras muchos a porfía

dicen: ¿Dónde está tu Dios?

yo memoria siempre haré

de esto, y me acordaré;

sobre mí el alma mía

con tristeza derramaré.

Yo diré a Dios; Roca mía,

¿por qué olvidado me has?

¿por qué ando todavía

enlutado y sin paz

por la grande opresión

y la cruel persecución

de enemigos cada día,

que adversarios de mi alma son?

   El Señor responde a su necesidad, por lo cual él canta:

¿Por qué te conturbas, alma,

y por qué bramas en mí?

Fía en Dios, y ten gran calma,

porque aún le tengo aquí

de alabar y de salmear

por las saludes que obrar

decidió en bien de mi alma,

que es Dios mío para probar.

(Versificación del Salmo 42 para cantar con las melodías del Salterio de Ginebra)

 

¿Quiere esto decir, entonces, que el creyente es una persona de “doble personalidad”? Cuando esta expresión se usa para indicar una estructura de la personalidad compuesta por dos o más patrones de conducta, cada una operando al parecer independientemente de la(s) otra(s) sería por supuesto erróneo usarla en relación con el tema presente. Y visto que no siempre podemos saber en qué sentido se usa tal expresión, ¿no sería lo mejor evitarla totalmente en el presente contexto?

Con todo, según el lenguaje claro de la Escritura y el testimonio de muchos cristianos, aun el creyente puede experimentar una tremenda lucha entre “el viejo hombre” y “el nuevo hombre”, entre la duda y la confianza, entre la turbación y la paz. A más del Salmo 42, véanse también Sal. 77 y 73; Gá. 5:17; Ef. 4:22s; 6:10s; Heb. 12:4. Sin duda el cristiano es reconfortado por Is. 26:3, “Tú guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera”, pero lo cierto es que durante su vida terrenal la mente del creyente no siempre persevera en Dios. No es siempre estable y fiel.

En tanto que la fe de Pedro estuvo fijada en Jesús, él pudo caminar sobre el agua, “Pero al ver el fuerte viento tuvo miedo … y dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!’” (Mt. 14:29, 30). Es claro entonces que la interpretación de Ro. 7:14-25 que este intérprete formula, junto con muchos otros y con las confesiones evangélicas, debe permanecer incólume.

No obstante, cuando se compara la mente de los incrédulos con la de los creyentes, como lo hace Pablo en 8:5–8, el contraste es notable, ya que en lo básico la mente de los creyentes, es decir, la mente del Espíritu es vida y paz. Precisamente lo opuesto es lo cierto de la mente de los incrédulos, una mente que es hostil a Dios. Y puesto que esto es cierto, es comprensible que el fruto de esta mente o disposición sea la muerte (v. 6). Una mente así está centrada en sí misma, es egoísta, cosa que explica el hecho que no se somete a la ley de Dios. Lo cierto es que mientras continúe centrando su atención en sí misma, no será, por supuesto, siquiera capaz de someterse a Dios. Esa gente que está “en la carne”, es decir, que en sus afectos, propósitos, pensamientos, palabras y hechos está básicamente controlada por su naturaleza pecaminosa, es incapaz de complacer a Dios.

Es interesante e instructivo notar con cuanta frecuencia la Escritura, especialmente Pablo, describe el propósito de la vida humana en términos de agradar a Dios (Ro. 12:1, 2; 14:18; 1 Co. 7:32; 2 Co. 5:9; Ef. 5:10; Fil. 4:18; Col. 3:20; 1 Ts. 4:1). Pablo aun exhorta a los hijos a obedecer a sus padres en todo “porque esto agrada al Señor” (Col. 3:20); como si dijese: “Esto llena el corazón de Dios de deleite”. ¡El corazón de Dios no es un pedazo de hielo! En relación con esto véase lo dicho anteriormente (vv. 3, 4) con referencia al envió por parte de Dios de “su único Hijo”. Pablo, en forma explícita o implícita, expresa su desaprobación por quienes no agradan a Dios sino a sí mismo. Cf. Ro. 15:3; 1 Ts. 2:15. Como Pablo, también el apóstol Juan considera que el hacer lo que agrada a Dios es la verdadera meta de la vida del creyente. El señala de qué modo Dios considera este tipo de vida (1 Jn. 3:22). Y el escritor de Hebreos dirige la atención de sus lectores al hecho que sin fe es imposible agradar a Dios (11:6).

La atención de Pablo pasa ahora de aquellos que están “en la carne” y que por lo tanto “no pueden agradar a Dios”, para dirigirse a los miembros de la iglesia a quienes escribe. El Espíritu Santo en creyente produce frutos de paz, mansedumbre, humildad. La vida del espíritu no es aquella que el creyente anda todo el día aleluyando, sino en la vida de oración, de consagración, de temor de Dios en el corazón.

 

3er Titulo: “Conducta que refleja la conversión a Cristo”.

2° a los Corintios 5.17: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

 

  • Comentario:

“Así que, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron; y ahora las cosas nuevas han aparecido”.

Los versículos 16 y 17 son la conclusión lógica del pasaje anterior (vv. 14–15), pues son análogos y ambos muestran un contraste negativo y otro positivo (vv. 16 y 17, respectivamente). Dado que estos dos versículos ofrecen un mensaje paralelo, el último de los dos se ve influido por el primero y de él depende. Las cláusulas en el original griego son cortas y, al traducirlas, hay que añadirles el verbo ser/estar en la primera cláusula.

Veamos primero la frase así que, la cual introduce un resumen de lo que Pablo ha dicho anteriormente sobre la unidad que los creyentes tienen con Cristo. Él murió por ellos y fue resucitado, y ellos, a su vez, viven para él (v. 15). Cuando Pablo escribe: «Si alguno está en Cristo», expresa el hecho de que gran número de personas, en Corinto y en otros lugares, son verdaderos creyentes.

En segundo lugar, la frase en Cristo aparece como unas veinticinco veces en las epístolas de Pablo, y significa la comunión íntima que los creyentes disfrutan con su Señor y Salvador. Estar en Cristo significa ser parte de su cuerpo (1 Co. 12:27), y Cristo produce una radical transformación en la vida del creyente. En lugar de servir a su propio ego, el cristiano sigue a Cristo y responde a la ley del amor a Dios y al prójimo.

Algunos traductores desean ver un equilibro en esta frase, y por ende ligan la palabra alguno, de la primera cláusula, con el pronombre él («él es nueva creación»), de la segunda. Pero la mayoría de los expositores bíblicos perciben, acertadamente, la nueva creación no como circunscrita a una sola persona, sino como extensiva a todo el entorno de dicha persona. (cf. Gá. 6:15; Ap. 21:5). Esto es, cuando la gente, con la conversión, llega a formar parte del cuerpo de Cristo, sus vidas experimentan un giro de ciento ochenta grados. Ahora aborrecen el mundo de pecado, y quienes eran sus amigos, ahora les son hostiles. Su estilo de vida anterior a la conversión ya no es más que historia, y «las viejas cosas pasaron» (véase el paralelismo con Is. 43:18–19). Para los conversos, la vida en Cristo es una constante fuente de gozo y bendiciones diarias; todos los creyentes, como un cuerpo unitario, le prestan apoyo inmediato y ayuda; y su certeza personal y confianza certifican la autenticidad de su serenidad.

Los eruditos discuten si Pablo tomó prestada, de los rabinos de su tiempo, la frase nueva creación. Incluso si lo hubiera hecho, estos maestros judíos nunca asociaban esta frase con la renovación y regeneración moral. Según ellos, la renovación tiene que ver con la remisión de los pecados, pero no en el sentido de la transformación que Jesucristo produce en la vida de los creyentes. Para los conversos a la fe cristiana, las viejas cosas habían perdido su atractivo y han sido sustituidas por las nuevas mediante Cristo. Aunque las tentaciones siempre los asedian, los creyentes recurren, en oración, a la sexta petición de la oración que el Señor les enseñó: «No nos metas en tentación; más líbranos del mal» (Mt. 6:13), y saben que Dios les da fortaleza para resistir el mal.

La conversión debe reflejar una vida cambiada, y donde se refleja en la conducta del creyente, por sus frutos los conoceréis. El creyente se conoce en su forma de hablar, de saludar, en su responsabilidad con la sociedad y en la vida civil.

 

4° Titulo: “Glorioso resultado final de la conversión”. 

Romanos 6:22-23: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

 

  • Comentario:

    Antes servidumbre ———————————— Ahora libertad.

    Antes esclavos del pecado—————————Ahora siervos de Dios.

    Antes vicios———————————————–Ahora santidad.

    Antes vergüenza—————————————–Ahora paz de espíritu.

    Antes muerte———————————————-Ahora vida, incluso vida eterna.

 

El capítulo termina con una oración inolvidablemente gloriosa: Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor”. Compárese esta conclusión culminante con conclusiones de similar índole triunfal, tales como las que se encuentran en los capítulos 8, 9, 12, 13 y 16. Nótese también como se continúan aquí los contrastes del v. 22. Aquí, en este versículo 23, el contraste es entre:

            paga      y       dádiva

            muerte    y      vida eterna

La frase “la paga del pecado” significa la recompensa pagada por el pecado. De modo similar, “la dádiva de Dios” significa la dádiva otorgada por Dios. La muerte en todas sus formas, la física, la espiritual, la eterna, es lo que el pecador ha ganado con su pecado. Pero en lo que se refiere a la vida eterna, ella es un don totalmente gratuito. Oh sí, ha sido ganada; pero no por el pecador, sino por Cristo Jesús para el pecador.

Un tema que ha sido causa de discusión es el del significado de la palabra paga, según se la usa aquí en 6:23. ¿Se trata de un término militar? Hay que admitir con franqueza que a veces esta palabra es usada en contextos no militares. No sorprende, por lo tanto, que en vista del contexto amo-esclavo (v. 16s) se haya propuesto que aquí en el v. 23 el apóstol ve al pecado como un amo de esclavos, no como a un general que provee las raciones del soldado.

Con todo, este argumento puede no ser tan sólido como pareciera. Considérense también estos otros elementos:

  1. La palabra utilizada en el original y esto es reconocido por la mayoría—indica una ración, una paga; en especial la paga de un soldado. Este es el uso más común del término.
  2. Aun en el Nuevo Testamento, en dos de las otras tres ocasiones en que aparece esta palabra (“Unos soldados también le preguntaron”, Lc. 3:14; “¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas?” (1 Co. 9:7), su sentido militar es claro. E inclusive en el pasaje restante en que se usa esta palabra (2 Co. 11:8) puede ser que Pablo, quien a lo largo de sus epístolas frecuentemente emplea figuras tomadas de la vida del soldado, quizá esté usando una “osada metáfora militar”.

Parecería, en consecuencia, que en términos generales la opinión de que la palabra paga tiene aquí un sentido militar, viéndose entonces al Pecado como un general que abone esta paga, tiene algo más de aceptación. “Mas la dádiva de Dios es vida eterna”. ¡Qué maravillosa culminación! ¡Qué verdad consoladora! El pecador que ha ido a buscar refugio en Dios por medio de Cristo recibe lo máximo por lo mínimo: ¡vida eterna por nada! Vida eterna; esto quiere decir; comunión con Dios en y por medio de Cristo Jesús (Jn. 17:3); la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo Jesús (2 Co. 4:6); el amor de Dios vertido en el propio corazón por el Espíritu Santo; la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento (Fil. 4:7), ¡todo esto y mucho más por los siglos de los siglos! Todo esto se experimenta “en íntima unión” con Cristo Jesús. Pablo concluye bellamente el capítulo con el lenguaje de la apropiación por medio de la fe: ¡nuestro Señor!.

 

  • Ejemplos de la conversión:

Podemos formular un concepto correcto de la conversión cuando notamos los cambios en la vida de las personas que se vuelven hacia Dios. Notemos algunos ejemplos:

  1. La mujer en la casa de Simón (Lucas 7.36–50).

Esta mujer había sido una vil pecadora, pero habiéndose arrepentido de su iniquidad, aceptó a Cristo como su Salvador y Señor, y fue limpiada de sus pecados. Al comprender la maravillosa gracia de Dios de salvar a una persona tan miserable como ella, su gratitud y lealtad no conocieron límites. Jesús la alabó por su devoción abnegada.

  1. Saulo de Tarso (Hechos 9.1–18).

Este tal vez es el ejemplo más claro que aparece en la Biblia sobre la conversión de un ser humano. Al ser convertido, Saulo dejó de oponerse al cristianismo y llegó a ser un gran defensor de la fe. Un arrepentimiento genuino, la humildad, la entrega completa, la obediencia a Dios, el deseo de aprender y la voluntad de sufrir por causa de Cristo fueron algunas de las cosas que experimentó Saulo en su vida desde el momento que se convirtió.

  1. El carcelero (Hechos 16.27–34).

El carcelero era un pecador de un corazón endurecido, y estuvo a punto de suicidarse cuando reconoció el peligro en que se encontraba en aquel momento. Sin embargo, él fue guiado a la luz del evangelio por la gracia de Dios y por medio de Pablo y Silas. Él dejó de ser un perseguidor para convertirse en un amigo de los discípulos. Creyó y fue bautizado. En esta historia breve que tenemos del carcelero nosotros notamos su cambio de actitud, su deseo por abrazar la fe de Cristo y su obediencia a los mandatos del Señor.

 

  • Resultados de la conversión:

Como ya se ha declarado, la conversión significa un cambio, una transformación, una “vida nueva”. Esto es lo que la Biblia dice que pasa cuando uno se convierte verdaderamente:

  1. No anda “conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

Todo hombre que se convierte muere al pecado y vive para Dios (Romanos 6.11). Su viejo hombre es crucificado (Romanos 6.6) y se viste del nuevo hombre creado según Dios (Efesios 4.24). Ya no sirve a la carne, sino sirve a Dios. Ahora él anda como Cristo anduvo (Romanos 8.l). Antes de la conversión andaba “siguiendo la corriente de este mundo” (Efesios 2.2), “en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres” (1 Pedro 4.2); pero todo esto cambia cuando la gracia transformadora de Dios convierte al hombre y le da la visión celestial.

  1. Es adoptado en la familia feliz de Dios.

“Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, más el espíritu vive a causa de la justicia. (…) Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8.10, 14–15).

  1. Es revestido de humildad.

La verdadera norma de grandeza se declara en Mateo 18.1–4. Cuando las personas se convierten a Dios las mismas llegan a ser de un corazón manso, modesto y humilde. Cristo se refiere a sí mismo como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11.29). Sus verdaderos discípulos son como él. (Lea Filipenses 2.5–8.)

  1. Es revestido de justicia.

“Sion será rescatada con juicio, y los convertidos de ella con justicia” (Isaías 1.27). Cuando una persona se convierte trae su propia justicia a la cruz y en cambio recibe la justicia de Dios. Esta justicia ya no es como “trapo de inmundicia” sobre lo cual escribe Isaías (Isaías 64.6), sino la justicia verdadera de Dios que resplandece en su vida motivando a otros a glorificar a Dios. (Lea Mateo 5.14–16.)

  1. Es celoso en la obra del Maestro.

“Un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2.14). (Lea también 1 Pedro 2.9.) Esta es una descripción propia del pueblo de Dios en todo tiempo. Los ejemplos de la conversión verdadera han sido hombres y mujeres cuyo celo por la justicia y la verdad fue conocido por todos los que los rodeaban.

  1. Disfruta del compañerismo cristiano.

“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1.7). Las personas de este mundo tienen compañerismo con los que andan por el camino espacioso de la perdición (Mateo 7.13–14). De la misma manera, las personas convertidas tienen compañerismo con otros que andan en las huellas de Cristo. Como cristianos, nuestro compañerismo aquí es solamente una anticipación de un compañerismo eterno con Dios y con los santos en la gloria.

 

Esta es la conclusión inevitable a la que arriba el que con diligencia estudia este tema en la Biblia. Para ilustrar esto de una manera diferente lo haremos de la siguiente forma: Un bosque pantanoso puede ser convertido en un terreno fértil para el cultivo; la arena silícica se convierte en un vidrio claro con el cual se fabrican los parabrisas; el agua se convierte en vapor. En cada caso hay un cambio esencial que produce entonces la conversión.

También ocurre un cambio esencial que convierte al pecador en un hijo de Dios. Hay un cambio de mentalidad, de los deseos del corazón y de vida en esa persona. Sin tal cambio, aunque el incrédulo se afile a una congregación de creyentes, no será un hijo de Dios. Para estar en Cristo Jesús nada sirve a menos que la persona llegue a ser “una nueva creación” (Gálatas 6.15). Y cuando esa “nueva creación” existe por dentro, la persona manifestará por fuera una “vida nueva” en Cristo Jesús (Romanos 6.4). “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12.34). “La fe sin obras está muerta” (Santiago 2.26). “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6.2). Cuando uno se convierte al Señor cambia sus caminos, desecha todos los hábitos pecaminosos y manifiesta los frutos de una vida justa en su andar diario.

Hay personas que dicen que se han convertido al Señor, pero con sus hechos lo niegan. Su lengua no ha sido limpiada de inmundicia y blasfemia, su orgullo sigue siendo parte de su vida diaria, su conducta es la misma de todos los días, sus negocios son tan fraudulentos como antes, su forma de vestir es tan mundana como las modas del mundo y siguen viviendo en los placeres pecaminosos que antes vivían. Concluimos, pues, que como no hay un cambio por fuera, tampoco ha habido un cambio por dentro. Tal persona no se ha convertido al Señor. Donde hay vida adentro hay luz afuera (Mateo 5.14–16).

 

 

Amén, para la gloria de Dios.

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.