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Lunes 15 de julio de 2019: “Peligroso descuido del creyente que puede dejarlo sin herencia”

Lunes 15 de julio de 2019: “Peligroso descuido del creyente que puede dejarlo sin herencia”

Lectura Bíblica: Hebreos capítulo 2, versículos 1 al 3. Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron.

   Comentario: Uno de los eslabones que hay entre el primer capítulo y el segundo son las referencias directas e indirectas que el escritor hace a la triple investidura de Cristo: profeta, sacerdote y rey. En el primer capítulo, el escritor describe al Hijo como la persona mediante la cual Dios habló proféticamente (1:2), como sumo sacerdote que “proveyó purificación por los pecados” (1:3), y como aquel que, rodeado de esplendor real, “se sentó a la diestra de la Majestad en el cielo” (1:3). El escritor continúa este énfasis en el capítulo dos describiendo a Cristo como el Señor, aquel que como profeta anuncia la salvación (2:3), que como rey está “coronado de gloria y honor” (2:9), y que es “un misericordioso y fiel sumo sacerdote al servicio de Dios” (2:17).

   En el capítulo 1, el escritor presenta a Jesús como “Hijo” (vv. 2, 5) o como “el Hijo” (v. 8), en el capítulo que sigue se refiere a Cristo como “el Señor” (2:3) y como “Jesús” (2:9). En los capítulos subsiguientes el escritor utiliza este y otros nombres con mayor frecuencia.

   A lo largo de su epístola el escritor entreteje enseñanza y exhortación, doctrina y consejos sobre asuntos prácticos. Después de proporcionar un capítulo de introducción que se ocupa de la superioridad del Hijo, el escritor explica el significado de dicho capítulo de modo peculiar y práctico.

   En la exhortación él demuestra ser un pastor amoroso y cuidadoso que busca el bienestar espiritual de todos los que leen y oyen las palabras de la epístola. 1. Debemos prestar atención más diligente, por tanto, a lo que hemos oído, para que no nos deslicemos.

   En este versículo el escritor nos recuerda que hemos recibido un retrato de la eminencia y grandeza de Cristo, y que debiéramos, por lo tanto, escuchar lo que él dice. Es que cuanto más exaltada es la persona, tanto mayor es la autoridad que ejerce, y tanta más demanda que el oyente le preste atención.

   El original, enfático y expresivo, está muy bien transmitido en la versión al inglés New English Bible que dice algo así: “Es así, entonces, que estamos obligados a escuchar con mucha mayor atención lo que se nos ha dicho, por temor a desviarnos del rumbo”. Como es obvio, el negarse a prestar atención a la palabra dicha tiene consecuencias perjudiciales que nos pueden llevar a la ruina. La diferencia entre oír y escuchar puede ser muy notable. Oír puede significar nada más que percibir sonidos que no demandan ni crean acción. Escuchar significa prestar cuidadosa atención a los sonidos que penetran al oído y luego motivan resultados positivos. A un niño sus padres pueden decirle que ejecute alguna tarea hogareña, pero si la tarea es en alguna medida desagradable, éste puede demorarla o postergarla. Ha oído claramente a sus padres, pero en ese momento se niega a escuchar. No hay respuesta.

   El escritor de Hebreos dice que nosotros—y se incluye a sí mismo en este pronombre—debemos disponer nuestras mentes para escuchar atentamente el mensaje divino. Puede ser que las palabras no se escapen inmediatamente de la mente de uno por abulia o falta de atención; sin embargo, siempre existe el peligro de que las palabras caigan en desuso. Moisés enseño al pueblo de Israel su credo (“Oye, oh Israel: EL SENOR nuestro Dios, el SENOR uno es”, Dt. 6:4) y el resumen de los Diez Mandamientos (“Ama al SENOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, Dt. 6:5). El aleccionó al pueblo para que inculcase las palabras del credo y la ley a sus hijos, hablase de ellas constantemente, las atase a sus manos y frentes, y las escribiese en sus casas y portales (véase Dt. 6:7–9).

  1. Porque si el mensaje hablado por medio de ángeles imponía una obligación, y toda violación y desobediencia recibió su justo castigo …

   La expresión palabra hablada por medio de ángeles apunta a la ley que Dios les diera a los israelitas desde el Monte Sinaí. Si bien ni el Antiguo Testamento en general ni Éxodo en particular dan alguna indicación de que Dios usara ángeles para transmitir la ley al pueblo de Israel (Ex. 20:1, Dt. 5:22), tanto Esteban en su discurso ante el Sanedrín (Hch. 7:35–53) como Pablo en su epístola a los gálatas (3:19) mencionan la instrumentalidad de los ángeles. Hay, por supuesto, una referencia a la presencia de ángeles en el Monte Sinaí en la bendición que Moisés pronunció sobre los israelitas antes de morir (Dt. 33:2). Es concebible que la tradición oral preservase esta información para uso de Esteban, de Pablo y el escritor de Hebreos.

    El texto indica que Dios fue quien en realidad habló, aun cuando recurriese a sus mensajeros, los ángeles. La Palabra—es decir, la ley del Antiguo Testamento—era obligatoria porque tras esta Palabra se encontraba Dios, que formalizó un pacto con su pueblo en el Monte Sinaí. Es Dios quien le da validez normativa a su Palabra, puesto que él es fiel a su palabra. Él es el Dios que mantiene su pacto con su pueblo. La Palabra de Dios (Heb. 1:1–2) perdura sin cambios y constituye una revelación que le fuera confiada al pueblo de Dios en diversas y sucesivas ocasiones. En otras palabras, la ley de Dios les llegó a los israelitas por medio de los ángeles desde el Monte Sinaí; el evangelio fue proclamado por el Señor.

   El Antiguo Testamento aporta numerosos ejemplos que demuestran que “todo violación y desobediencia recibió su justo castigo”. En vez de mencionar ejemplos específicos de la historia del Antiguo Testamento, el escritor de Hebreos enfatiza el principio que enseña que transgredir la ley divina resulta en una justa retribución. Toda violación es mala; todo acto de desobediencia, una afrenta a Dios.

3a. ¿Como escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?

   La palabra clave de esta parte de la oración, que comenzara en el versículo precedente, es “salvación”. El término ya ha sido utilizado en 1:14, donde se les dice a los lectores que todos los ángeles son espíritus ministradores que sirven a los creyentes (los herederos de la salvación). El valor de la salvación nunca debe ser subestimado, ya que su precio fue el sufrimiento y la muerte de Jesús. A él se le llama autor de la salvación que lleva muchos hijos a la gloria (2:10). Por consiguiente, la salvación del creyente es inconmensurablemente grande.

   Tal como lo declara el versículo 2, el mensaje del Antiguo Testamento no pudo ni puede ser violado sin sufrir las consecuencias. Cuánto más, entonces (dice este versículo), debiéramos nosotros atesorar nuestra salvación. Si llegamos a desatender el mensaje respecto a nuestra redención, es imposible que escapemos a la ira de Dios y al castigo subsiguiente. Cuanto más precioso es el don, tanto mayor es el castigo si no se lo tiene en cuenta.

3b. Esta salvación, anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que le oyeron.

   El eje del capítulo 2, tal como lo fue el del capítulo 1, es Jesús, el Hijo de Dios, que es Señor aun de los ángeles. Y los vv. 2–3 son un ejemplo del tipo de argumento que va de lo menor a lo mayor, método que el escritor emplea repetidamente en esta epístola. Estos versículos recuerdan a los lectores la enseñanza respecto a la superioridad del Hijo (1:4–14); el método de argumentación que usa el escritor enfatiza el contraste que hay entre los ángeles, que transmitieron la ley, y Jesús, que proclamó el evangelio. Los ángeles solamente sirvieron de mensajeros cuando estuvieron presentes en el Monte Sinaí, pero el Señor ha venido con el mensaje de salvación, que él mismo proclamó y que sus seguidores confirmaron por medio de la Palabra hablada y escrita.

   En este versículo (3b) el énfasis recae en Jesús, cuya palabra es cierta. Es verdad que los ángeles trajeron

“el mensaje”, mientras que Jesús trajo “salvación”. El escritor empero, emplea un recurso literario denominado metonimia (por medio del cual se trae a la memoria un concepto a través de una palabra que describe una idea relacionada con el mismo. Tenemos un ejemplo en las palabras de Abraham al hombre rico que quiere mantener a sus cinco hermanos fuera del infierno: “Ellos tienen a Moisés y a los Profetas” [Lc. 16:29]. La intención es de decir que tienen el Antiguo Testamento.). Del mismo modo la palabra salvación se refiere al evangelio de salvación proclamado por Jesús. Esta sola palabra abarca la doctrina de la redención en Cristo y se refiere, en cierto sentido, al Nuevo Testamento. Jesús no vino a anular la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos (Mt.5:17). El Antiguo y Nuevo Testamentos son la revelación escrita de Dios para el hombre, aunque la plenitud de la redención se manifieste en el Nuevo. Jesús, cuyo nombre se deriva del nombre Josué (salvación), fue el primero en proclamar las riquezas de la salvación. Desde el momento de su aparición en público hasta el día de la ascensión, Jesús dio a conocer la plena revelación redentora de Dios. El, que descendió del cielo y que por consiguiente está sobre todos, fue enviado por Dios a dar testimonio de “aquello que ha visto y oído” (Jn. 3:32). Su mensaje de salvación plena y gratuita “fue el verdadero origen del evangelio”.

   No obstante, quizá los lectores podrían argumentar que ellos no habían oído a Jesús proclamar su mensaje, ya que el ministerio terrenal de Jesús duró solamente tres años, los cuales pasó principalmente en Israel. Es incontable el número de personas que jamás tuvo la oportunidad de escucharle. El escritor de Hebreos responde a esta objeción diciendo que el mensaje “nos fue confirmado por aquellos que le oyeron”. Ni él mismo había tenido el privilegio de haber estado entre el auditorio de Jesús; también él había tenido que escuchar a aquellos seguidores que habían oído la palabra dicha por Jesús.

   Esta declaración nos dice que estos seguidores eran fieles testigos de las palabras y obras de Jesús. Ellos, como testigos presenciales, dieron testimonio de la veracidad de los eventos ocurridos y del mensaje que había sido predicado (Lc. 1:1–2). Y el escritor indica que él y los lectores de la epístola pertenecían a la segunda generación de seguidores; no habían escuchado el evangelio de labios de Jesús mismo.

   Este hecho descarta la posibilidad de una paternidad literaria apostólica para la carta a los hebreos. Si tenemos en cuenta que el escritor declara que él y sus lectores tuvieron que fiarse de los informes de los seguidores originales de Jesús, es razonable suponer que habían transcurrido algunas décadas desde la ascensión de Jesús.

1er Titulo:

Penosa Degradación Por Descuidar Su Lealtad A Dios. 2ª de Pedro 2:20-22. Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.

   Comentario: En los últimos tres versículos de este capítulo, Pedro resume el destino final de los falsos maestros, enfatizando que ellos han regresado a su modo anterior de vivir. En efecto, ellos afirman una verdad proverbial: así como el perro regresa a su vómito y la puerca a su lodo, del mismo modo los apóstatas regresan a su estilo de vida pecaminoso.

   Condición: 20. Si han escapado de la corrupción del mundo por haber conocido a nuestro Señor y Salvador Jesucristo y vuelven a enredarse en ella y son vencidos, terminan en peores condiciones que al principio.

   ¿Quiénes son los sujetos de este versículo? Algunos escritores dicen: “los falsos maestros”. Otros comentaristas afirman: “los nuevos cristianos que son descarriados”. Los argumentos propuestos para defender cualquiera de estas dos posiciones son coherentes. Por ejemplo, el uso de la conjunción pues (omitida en la NVI) como primera palabra en el texto griego del versículo 20 forma un puente con el versículo que lo antecede (v. 19). Dado que los dos textos conforman una unidad, tienen el mismo sujeto: los falsos maestros. Por otro lado, el verbo escapar aparece en los versículos 18 y 20. El sujeto de este verbo parece ser el mismo en ambos versículos. Pero el argumento acerca del uso de un verbo en particular debe ser equilibrado por la observación que el verbo vencer, derrotar, en los versículos 19b y 20 se refiere a los falsos maestros. Y finalmente, a la luz de los versículos precedentes que tienen como personajes principales a los apóstatas, muchos comentaristas aplican estos tres versículos a tales maestros. Y aunque se haya presentado evidencia convincente de parte de ambos lados, yo estoy persuadido de que, si se tiene en cuenta el corriente de todo el capítulo, el sujeto es los falsos maestros.

(a). “Se han escapado de la corrupción del mundo”. Esta es una afirmación directa, aunque aparezca en una oración condicional. El elemento de probabilidad está ausente y la experiencia de lo que ha sucedido en el pasado se hace evidente. En el griego, la forma verbal indica que los falsos maestros en algún momento se apartaron de la corrupción del mundo. “Ellos habían escapado una vez de la contaminación” (NEB; véase también BJer). La diferencia en forma verbal (en el v. 18) es evidente: “[Ellos] han apenas comenzado a escapar” (NEB). Esta variante en el uso de la forma verbal demuestra que Pedro estaba pensando en los nuevos conversos que estaban en proceso de romper con su pasado. Sin embargo, aquí, en el versículo 20, está describiendo a los herejes que alguna vez dejaron de lado al mundo y su corrupción. “Hay poco margen de duda de que los falsos maestros hayan sido alguna vez cristianos ortodoxos”. En el pasado, éstos habían sido miembros de la iglesia y habían conocido las enseñanzas de la fe cristiana.

(b). “Por haber conocido a nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. ¿Conocieron alguna vez los falsos maestros a Jesucristo como Señor y Salvador? La respuesta es afirmativa. Por ejemplo, cuando Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, él envió a Judas al igual que a otros discípulos. “Salieron y predicaron que la gente tenía que arrepentirse. Echaban demonios y ungían a muchos enfermos con aceite y los curaban” (Mr. 6:12–13). Es obvio que Judas conocía a Jesús; en el nombre de Jesús predicó e hizo milagros. Sin embargo, Judas traicionó a su Maestro.

   Los apóstatas tenían cierto tipo de conocimiento de Jesucristo, pero su conocimiento carecía de la intimidad que caracteriza la relación del verdadero creyente con Cristo. Obsérvese el toque personal de Pedro en las frases nuestro conocimiento del (1:3) y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (1:8). Estas personas habían profesado el nombre de Cristo como Señor y Salvador, pero eventualmente habían demostrado que dicho conocimiento era meramente intelectual (comparar Mt. 13:20–21). Nótese también que Pedro evita usar los términos fe y creyente en este contexto. Los maestros nunca pusieron su fe y confianza en Jesucristo. Y porque no tenían una relación personal con Cristo, se apartaron y cayeron.

(c). “Y vuelven a enredarse en ella y son vencidos”. El texto griego en realidad indica que estos maestros fueron entretejidos una vez más en la trama de la corrupción del mundo. Este asunto es un hecho ya cumplido: aunque dejaron al mundo momentáneamente, regresaron y se contaminaron nuevamente con su sórdido pecado. El resultado es que ya no son libres; son esclavos del pecado (v. 19). Toda resistencia a la corrupción del mundo está fuera de cuestión, ya que han sido vencidos por el pecado y sirven como esclavos.

(d). “Terminan en peores condiciones que al principio”. Aquí tenemos la declaración concluyente de Pedro, cuyo original griego muestra hasta qué punto dependía de su Señor, en que toma casi palabra por palabra la enseñanza de Jesús. Al hablar del desalojo de un demonio que luego regresa a la persona antes poseída por dicho demonio junto con otros siete espíritus impuros, Jesús dice: “Y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Mt. 12:45; Lc. 11:26; y comparar Mt. 27:64).

   Pedro describe muy gráficamente el destino de los apóstatas. Con todo, su palabra contiene también una advertencia urgente para que los creyentes no sigan el camino de los herejes, camino que lleva a una destrucción irrevocable y perenne.

Consideraciones doctrinales en 2:20

   Dentro de la iglesia de Jesucristo hay verdaderos creyentes y falsos creyentes. La Escritura dice que los miembros de la iglesia deben establecer una clara distinción entre estos dos grupos. Viven juntos casi de la misma manera en que el trigo y la cizaña conviven en el mismo campo. Cuando los falsos creyentes se apartan por decisión propia, demuestran que nunca pertenecieron al cuerpo de Cristo. Los escritores de la Escritura, por consiguiente, distinguen entre los dos grupos usando las expresiones nosotros y a nosotros en oposición a ellos y a ellos.

   Pedro distingue entre los miembros de la iglesia y los falsos maestros al recurrir a las formas verbales adecuadas. En el versículo 20, por ejemplo, se refiere a los maestros utilizando la tercera persona plural. En los últimos tres versículos de este capítulo (vv. 20–22), él habla solamente de los maestros y no de los creyentes. La única excepción a esto es que Pedro utiliza el pronombre posesivo nuestro en la frase “nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

   Vemos así, entonces, que en estos versículos Pedro nunca llama a estos maestros creyentes o hijos de Dios. A lo largo de estos versículos los describe como gente que peca deliberadamente contra Dios y su Palabra. Declara repetidamente que esta gente tendrá que enfrentar el juicio de Dios y la destrucción (vv. 3, 9, 12, 17).

   ¿Conocieron alguna vez estos falsos maestros a Jesucristo como Señor y Salvador? Si escuchamos bien las palabras de Jesús, recibimos una respuesta. Jesús dice que solamente la persona que obedece a su Padre que está en los cielos entrará en el reino. “Muchos me dirán en aquel día, ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios e hicimos muchos milagros?’ Entonces les declararé: Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de maldad.’ ” (Mt. 7:22–23).

   Mandamiento: 21. Más le hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que después de haberlo conocido, abandonar el santo mandamiento que se les transmitió.

[a]. Deber no cumplido. Lo que Pedro manifiesta acerca de los falsos maestros es lo opuesto de lo que se esperaba de ellos. Si su fe hubiese sido genuina y su conocimiento verdadero, ellos se hubieran desarrollado espiritualmente hasta el punto de poder enseñar a otros el camino de salvación. Si hubieran sido maestros cristianos, hubieran enseñado a otros el evangelio de Cristo. Sin embargo, se negaron a seguir “el camino de la justicia” y negaron a Jesucristo como Señor soberano (v. 2; Jud. 4). Sus vidas eran contrarias a la verdad.

[b]. Apostasía. “Más le hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia”, dice Pedro. Pero lo cierto es que, aunque habían sido instruidos en la fe cristiana, se apartaron de Dios y de su palabra. Por haberse vuelto deliberadamente contra Dios, ellos encaran el juicio eterno. La Escritura amonesta clara y repetidamente en contra del peligro de la apostasía. Aquí hay dos pasajes: “Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes.… Porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará”. [Lc. 12:47–48; VRV]

“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más

sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los

adversarios”. [Heb. 10:26, VRV; véase también Heb. 6:4–6; Pr. 2:16]

   En este punto conviene distinguir entre pecados intencionales y no intencionales. La persona que peca deliberadamente contra Dios manifiesta la rebeldía abierta que en los tiempos del Antiguo Testamento resultaba en pena de muerte (Nm. 15:30). El escritor de Hebreos, al comentar acerca del destino que le espera al apóstata, dice: “Cosa horrenda es caer en las manos del Dios vivo” (10:31).

[c]. Comparación. Si no hubiesen conocido el camino de la justicia, los maestros habrían podido alegar ignorancia. Pero no ahora. Han conocido “el camino de la justicia” que ya Juan el Bautista reveló al pueblo de Israel para prepararlos para la venida de Jesús (Mt. 21:32). Por otra parte, la expresión el Camino hacía las veces de sinónimo de la fe cristiana en la primera parte del siglo uno.

    Los falsos maestros no solamente han conocido el Camino, sino que también “abandonar (on) el santo mandamiento que se les transmitió”. ¿Cuál era este “santo mandamiento”? Es equivalente al mensaje del evangelio de Cristo. En el pasaje paralelo, Judas llama a este mandamiento “la fe que se les entregó a los santos una vez por todas” (v. 3, bastardillas añadidas). En otras palabras, el mandamiento a que se refiere Pedro y la fe (doctrina cristiana) a que se refiere Judas son la misma cosa.

   Pedro escribe que este mandamiento, a saber, el evangelio, se les trasmitió. La expresión transmitió es un término técnico que se refiere a la recepción del evangelio con fines de enseñarlo, transmitiéndolo así a los oyentes (véase especialmente 1 Co. 11:2, 23; 15:3; Jud. 3). Pedro llama santa a esta tradición del evangelio, lo que quiere decir que se la debe mantener intacta, debe ser obedecida y enseñada.

   Los falsos maestros, empero, quebrantaron la cadena de recibir y transmitir el evangelio de Cristo. Alteraron su contenido, rechazaron sus enseñanzas y pervirtieron su verdad (comparar vv. 1–3). Al hacerlo cometieron el pecado imperdonable, a saber, el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo (Mt. 12:32; 1 Jn. 5:16).

   Conclusión: 22. En ellos se cumplen los acertados proverbios: “El perro vuelve a su vómito” y “la cerda lavada vuelve a revolcarse en el lodo”.

   Pedro concluye su análisis descriptivo de los falsos maestros con la cita de dos proverbios. El primero está tomado palabra por palabra del Antiguo Testamento. Proverbios 26:11 lee así: Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio repite su necedad.

   Los judíos trataban a los perros con desprecio y no como al mejor amigo del hombre. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, los judíos trataban a los perros como animales inmundos. El perro “vivía de los desechos de todo tipo y era por ello un potencial portador de muchas enfermedades”. Como animal de carroña, el perro volvería a su propio vómito, cumpliendo así el proverbio. Pedro usa este proverbio para comparar la costumbre natural de un perro con la práctica de los falsos maestros que regresaban a su vida de pecado.

   El segundo proverbio parece haberse constituido un dicho común en el mundo antiguo, ya que aparece en diversos manuscritos. La verdad de este proverbio es evidente. El cerdo busca alivio de los insectos molestos y del calor del sol revolcándose en el lodo. Y aunque se la lave, la cerda vuelve por naturaleza al lodo del que ha salido. Se revuelca en el fango y gruñe satisfecha. Una vez más, la aplicación de este proverbio a los apóstatas es gráfica y descriptiva. Como la puerca disfruta al revolcarse en el fango, así los herejes encuentran placer en las fiestas desenfrenadas y en la inmoralidad.

   Jesús menciona a los perros y a los cerdos en una misma oración al decir: “No deis lo santo a los perros, y no echéis vuestras perlas delante de los puercos” (Mt. 7:6, BdA). Les enseña a sus discípulos a distinguir entre la gente dispuesta a recibir el mensaje del evangelio y aquellas personas que pisotean lo sagrado. Ese tipo de gente se asemeja a los perros y a los cerdos.

   Y concluimos con esta observación: al vomitar, el perro se libra de sus impurezas internas; la cerda, cuando es lavada, queda limpia del barro externo que le adhiere. No obstante, ambos animales regresan a la misma inmundicia.

2° Titulo:

Clara Advertencia Al Creyente Que Confía En Sí Mismo. 1ª a los Corintios 10:9 al 12. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.  

   Comentario: 9. Ni tentemos a Cristo como algunos de ellos lo hicieron, y fueron destruidos por serpientes.

   La cuarta referencia a la historia de Israel trata con el asunto de las serpientes (Nm. 21:4–9). Habiendo derrotado al rey de Arad, el pueblo de Israel se puso arrogante, rehusando rodear el reino de Edom. Se pusieron impacientes, blasfemaron contra Dios, acusaron a Moisés, rechazaron el maná y clamaron por agua. En respuesta, Dios le envió serpientes venenosas al campamento. Cuando el pueblo se arrepintió de su pecado, Moisés oró por ellos, hizo una serpiente de bronce y la colocó en un poste. La gente que había sido herida miró a la serpiente y sobrevivió (cf. Jn. 3:14, 15).

   Pablo dice «Ni tentemos a Cristo». La mayoría de los traductores adoptan la lectura Señor en lugar de «Cristo». El manuscrito griego más antiguo (P46), el texto occidental, numerosos testigos, versiones y padres de la iglesia leen Cristo. Esta es la lectura primaria que data del siglo segundo, y que era aceptada en todo el Mediterráneo y que tiene excelente apoyo. Por tanto, la lectura que debe preferirse es Cristo, pues armoniza con el contexto (véase el v. 4). Pablo enseña que el Cristo preexistente acompañó a los israelitas durante su viaje por el desierto.

   Dos observaciones más. Primero, Pablo vuelve a usar la primera persona plural (véase el v. 8) para mostrar que ni él ni los corintios están exentos del juicio de Dios. Son como los israelitas en el desierto. Los victoriosos guerreros de Israel se mostraron impacientes y no quisieron ser guiados por Dios. Recibieron su merecido. Por consiguiente, los creyentes del Nuevo Testamento (incluidos Pablo y los corintios) no deben dejarse llevar por sus propias inclinaciones. Deben de esperar que el Señor conteste la oración y que los guíe en su providencia. Segundo, en tres versículos sucesivos (véase vv. 8, 9, 10), Pablo especifica que sólo «algunos de ellos» cayeron en pecado y murieron. Sólo murieron algunos de los que fueron mordidos por serpientes. El resto miró a la serpiente de bronce y vivió.

  1. Y no murmuréis como algunos de ellos lo hicieron, y fueron destruidos por el ángel que destruye.

Una mirada a la historia de Israel mostrará que tenían el vicio de murmurar contra Dios, Moisés y Aarón. Como era tan frecuente su murmuración, no es fácil determinar el pasaje exacto al que Pablo alude en esta quinta referencia. A la luz de todo el presente versículo, hay dos incidentes que podrían ser buenos candidatos. Primero, después de haber oído el informe de los espías que volvieron de la tierra prometida, la comunidad entera murmuró contra Moisés y Aarón (Nm. 14:2). Pero Pablo dice que «algunos de ellos» murmuraron, y esta afirmación concuerda con el relato de Números 14:37–38. La plaga sólo mató a los diez que difundieron el informe negativo acerca de la tierra prometida. Sólo ellos murieron en forma instantánea, mientras que Caleb y Josué vivieron. Segundo, otra posibilidad es el relato que describe el motín de Coré, Datán, Abiram y On, quienes junto a 250 líderes se rebelaron contra Moisés (Nm. 16:1–35). No sólo murió toda esta gente, sino que, debido a la murmuración de toda la comunidad, 14,700 personas murieron por la plaga que Dios les envió (véase los vv. 41, 49).

   Con todo, ni estos dos pasajes concuerdan plenamente con lo que dice Pablo, ya que él menciona a un ángel destructor. El libro de Números no menciona a un ángel de destrucción, aunque encontramos referencias al destructor en algunos otros lugares (Éx. 12:23 y Heb. 11:28; 2 S. 24:16 y 1 Cr. 21:15). Es interesante que Sabiduría de Salomón 18:20–25 relata el episodio de Números 16:41–50. El autor describe al sumo sacerdote Aarón deteniendo al destructor, para que no destruya a Israel. Este lenguaje encaja con el uso paulino, porque el apóstol suple el artículo definido y llama al ángel «el destructor». De esta forma, sigue la práctica de los rabinos, que decían que había un ángel dedicado especialmente a la destrucción. Podemos suponer que Pablo está reflejando la enseñanza judía de su tiempo y que se refiere a la destrucción de Coré y su séquito y a la plaga que mató a miles de israelitas (Nm. 16).

   Aunque algunos manuscritos leen no murmuremos, se prefiere el texto que registra la segunda persona plural, «no murmuréis». Las palabras se dirigen a los corintios, porque algunos líderes arrogantes podían inducirlos a murmurar contra Pablo. El apóstol ha tomado un ejemplo de las crónicas de Israel, para dejar en claro los peligros de murmurar contra Dios y sus siervos. Sin amenazar a los corintios, Pablo le enseña una lección que saca de la historia sagrada, a fin de inculcar en ellos el respeto por sus líderes espirituales (cf. Heb. 13:7, 17, 24).

3er Titulo:

Gran Necesidad De Resistir Al Adversario De Nuestras Almas. Efesios 4:27 al 30. ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. 

   Comentario: [27]. La próxima amonestación específica está relacionada con asuntos tales como ira y resentimiento: Airaos, pero no pequéis. Estas palabras nos traen a la memoria Sal. 4:4 (LXX: Sal. 4:5), el cual el apóstol aplica aquí a su propio propósito. Las palabras no se han de interpretar separadamente, como si el sentido fuese, a. “debéis airaros de vez en cuando”, y b. “no pequéis”. Tampoco es verdad que aquí se prohíba toda ira. Aquellos que, mediante extraño razonamiento, apoyan esta “interpretación” (?) lo hacen conectándolo con el versículo 31, pero véase más adelante el comentario correspondiente. El sentido es sencillamente, “Que vuestra ira no esté mezclada con pecado”. La ira en sí misma no es necesariamente pecaminosa. Se la atribuye aun a Dios (1 R. 11:9; 2 R. 17:18; Sal. 7:11; 79:5; 80:4, 5; Heb. 12:29), y a Cristo (Sal. 2:12; Mr. 3:5; Jn. 2:15–17). En realidad, en los tiempos en que vivimos bien se podría usar un poco más de “santa indignación” contra todo tipo de pecado. Por otro lado, cuanta más ira use un creyente contra sus propios pecados, tanto mejor será. Sin embargo, la ira, especialmente con relación al prójimo, degenera fácilmente en odio y resentimiento. Amar al pecador al mismo tiempo que se odia su pecado requiere una buena porción de gracia. Una exclamación como, “no puedo soportar a este individuo”, es algo que sale a veces aun de labios de miembros de la iglesia con referencia a otros. Es por esta razón que el apóstol añade de inmediato: no se ponga el sol sobre vuestro airado estado de ánimo. Habiendo hablado sobre la ira, el apóstol apunta ahora a aquello en que fácilmente puede degenerar la ira, vale decir, el espíritu de resentimiento, de airado estado de ánimo, el semblante huraño que es señal de odio y de actitud que no perdona. El día no debe terminar así. Antes que amanezca un nuevo día, no, sino antes que el sol se ponga—lo que para el judío significaba el final de un día y el comienzo del próximo—el perdón genuino no sólo debe haber llenado el corazón, sino que debe, en todo lo posible, haberse manifestado abiertamente de modo que el prójimo haya sido beneficiado mediante esta bendición. Phillips, aunque no está realmente traduciendo, da el verdadero sentido del pasaje al parafrasear como sigue: “nunca te acuestes enojado”. Prosigue … y no deis al diablo punto de apoyo. Literalmente, “Y no deis lugar al diablo”. El diablo rápidamente aprovechará la oportunidad para cambiar nuestra indignación, sea justa o injusta, en agravio, rencor, fuente de ira, resistencia al perdón. Pablo se hallaba muy consciente de la realidad, poder, y engaño del diablo, según lo muestra en 6:10. Lo que da a entender, por tanto, es que desde el comienzo mismo el diablo debe ser resistido (Stg. 4:7). No debe concedérsele lugar alguno, ninguna entrada, ningún punto de apoyo donde colocar un pie. No se le debe ceder en ningún punto ni transigir con él en aspecto alguno. No debe dejársele ninguna oportunidad para aprovechar nuestra ira y lograr sus siniestros propósitos.

    [28]. De la advertencia en contra de la falsedad y el airado estado de ánimo el apóstol pasa a la amonestación en contra del robo. Escribe: El que hurta, no hurte más. No está diciendo, “El que hurtaba” (VRV 1960) sino “El que hurta”. Se refiere probablemente a personas que antes de su conversión acostumbraban a enriquecerse en base al hurto, etc., y que ahora se hallaban en peligro de reincidir usando distintos medios deshonestos. ¿Pero hemos de suponer que en la congregación a la cual Pablo escribe había ladrones? Mi respuesta es que exista al menos el peligro muy real de que alguien pudiera caer de nuevo en este pecado. No se debe olvidar que algunos, tal vez muchos, de aquellos primeros convertidos eran esclavos. Bien, la falta de fidelidad en asuntos materiales era característica en los esclavos, tal como hoy día los “siervos” en regiones paganas no siempre son honestos, sino que hurtan frecuentemente cosas pertenecientes a sus patrones cuando éstos no los ven. De acuerdo a Flm. 18—epístola escrita durante este mismo período de prisión y enviada más o menos al mismo tiempo—Pablo sospechaba de Onésimo, el esclavo que huyó, de haber procedido mal con su amo con respecto a esto. Y después de ser liberado de su prisión actual (la primera en Roma) Pablo escribiría a Tito: “Exhorta a los esclavos que sean sumisos en todo a sus propios amos … no rateando, sino dando evidencia de suprema fidelidad” (Tit. 2:9, 10). ¿No es acaso probable que aún el esclavo “convertido”, en un momento de debilidad se dijese, “mi amo ha salido? Ahora es mi oportunidad para sacarle algo. Después de todo él me debe mucho más, ¿y con qué derecho extrae todo este trabajo de mí? Entonces, si yo le quito alguna riqueza, ¿no estoy acaso privándole de algo a lo cual no tiene derecho?” Sin embargo, no debemos pensar únicamente en los esclavos. El pecado contra el cual Pablo pronuncia advertencias era y aún es característico del paganismo.

   ¿Cuál es la solución que Pablo propone? Desea que los efesios acaben con el robo y practiquen la honradez. Pero aún desea más. Comprende que al fondo del pecado del hurto yace una falta más básica, vale decir, el egoísmo. De ahí que ataca la raíz misma del mal, puesto que, al desviar la atención del ladrón, sea real o en potencia, de sí mismo y hacia las necesidades del prójimo, se esfuerza en darle un nuevo interés en la vida, un nuevo gozo. Por eso escribe: sino más bien que trabaje, haciendo con sus propias manos lo que es bueno, para que tenga algo que compartir con el necesitado. El ladrón debe dejar de robar y comenzar a realizar un trabajo duro y honesto. Pablo usa la palabra trabajo o labor en relación con la obra manual (1 Co. 4:12; 2 Ti. 2:6; cf. el nombre en 1 Ts. 1:3; 2:9; 2 Ts. 3:8); y también en conexión con obra religiosa (Ro. 16:12 dos veces; 1 Co. 15:10; Gá. 4:11; Fil. 2:16; 1 Ts. 5:12; 1 Ti. 4:10; 5:17). Aquí en 4:28 tiene referencia a labor manual, según lo indica la frase “con sus propias manos”. Al usar sus manos en labor honesta, el obrero estará realizando algo bueno en lugar de lo que es malo y contrario a la ley de Dios. En cuanto a ganarse la vida, Pablo mismo había dado un excelente ejemplo. No solamente cumplió una buena cantidad de trabajo religioso, de la mejor calidad, casi increíble, sino además en ocasiones trabajó aun con sus propias manos para proveer a sus necesidades y las de otros. Se hallaba en condición de decir a los tesalonicenses, “Porque recordáis, hermanos, nuestra fatiga y arduo trabajo: de noche y de día (estuvimos) trabajando en un oficio (o: “trabajando para sostenernos”), a fin de no ser una carga a ninguno de vosotros en tanto que os proclamábamos el evangelio de Dios” (1 Ts. 2:9; cf. Hch. 20:33, 34). Tocante a una exposición detallada de la enseñanza de Pablo con respecto a trabajo y remuneración por él.

   Pablo enfatiza el hecho de que el obrero no debe pensar solamente en sí mismo sino también en su hermano, especialmente en aquel que sufre necesidad. El apóstol mismo era hombre tierno y extremamente comprensivo (Gá. 6:10), siempre “deseoso de ayudar al pobre” (Gá. 2:10). ¡Y por supuesto que les ayudó! De hecho, la misma gira misionera que fue la causa de su presente prisión había sido un viaje en favor de los pobres de Jerusalén. Había reuniendo fondos para los necesitados de aquella ciudad. Estos hermanos en aflicción le eran muy queridos, y al alentar a aquellas iglesias, aun aquellas cuya membresía provenía mayormente del mundo gentil, para abrir su mano al necesitado, estaba al mismo tiempo logrando su propósito de unir a las varias iglesias en una comunión de amor y mutua ayuda. (Hch. 24:17; Ro. 15:26; 1 Co. 16:1–9; 2 Co. 8:9). En todo esto no hacía otra cosa que seguir el ejemplo de su Señor y Salvador, quien estando aún en la tierra, habló vez tras vez de la obra de misericordia y cuyo compasivo corazón se conmovió profundamente ante la miseria del pobre (Mt. 5:7; 19:21; 25:35, 36; Lc. 4:18; 6:20; 14:13, 14; 16:19–31; Jn. 13:29).

   [29]. Véase también sobre 5:4. De la advertencia en contra de la actitud impropia hacia las cosas materiales Pablo prosigue con una amonestación en contra del uso indebido de la lengua, también contraponiendo en este caso lo positivo a lo negativo, en el espíritu de Ro. 12:21, “vence con el bien el mal”. Escribe: Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca. Palabra corrupta es aquella que está podrida, putrefacta; por tanto, corruptora, perversiva, injuriosa (Mt. 15:18). Bien podemos suponer que estos muy nuevos convertidos a la fe cristiana habían vivido en un medio ambiente impuro, donde la conversación soez, en banquetes, reuniones sociales y fiestas era el pan de cada día de los presentes. El cambio experimentado al salir de este ambiente tóxico y entrar en la atmósfera pura y sana de la comunión cristiana debe haber significado para ellos nada menos que una revolución. Aun cristianos bastante crecidos en santificación han confesado a veces el hecho de lo difícil que en ciertas ocasiones resulta limpiar sus mentes totalmente de las palabras y la melodía de esta o aquella grosera música de taberna. La odiaron, lucharon contra ella, estuvieron seguros de haberla expulsado para siempre de sus pensamientos, cuando repentinamente, hela allí otra vez, pronta para invadir y torturar con su presencia nuevamente. Sucede así también con ciertas frases o palabras viles, y aun blasfemias, tan comunes en el período de preconversión de la vida, que suelen irrumpir en momentos de descuido contaminando la atmósfera. Recordemos a Pedro quien, siendo apóstol del Señor, “comenzó a maldecir y a jurar” cuando suponía que su vida se hallaba en peligro (Mt. 26:74). También aquí, el único remedio, además de la oración, es llenar la mente y corazón con lo que es puro y santo, en el espíritu de Gá. 5:22 y Fil. 4:8, 9. Consecuentemente, Pablo prosigue: … sino (solamente) la (palabra) que sea buena para edificación, esto es, para “edificar el cuerpo de Cristo” (4:12), según la necesidad (literalmente, “edificación de la necesidad”, significando: la edificación requerida por la necesidad concreta o específica), a fin de impartir gracia a los que escuchan, es decir, para que reciban de ella beneficio espiritual. Esto nos recuerda Col. 4:6, “Que vuestra palabra siempre sea con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo responder a cada individuo”. Véase también Col. 3:16.

   Notamos un paralelo interesante entre los vv. 25, 28 y 29. En cada caso el apóstol insta a los lectores a ser bendición para todos aquellos con quienes se relacionen diariamente. Si solamente hay abstención de la falsedad, del hurto, y del lenguaje corrupto, el resultado nunca será positivo. El cristianismo no es una religión de un mero “no hacer”, y los cristianos no deben conformarse con ser meros ceros. En lugar de esto, deben imitar el ejemplo de su Maestro, cuyas palabras eran tan llenas de gracia que la multitud se maravillaba (Lc. 4:22). “Y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Pr. 15:23).

   [30]. Cuando el apóstol amonesta en contra del mal comportamiento e insta a todos lectores a observar una conducta cristiana, nunca deja de considerar a todos los lectores “interesados”. Ya ha mencionado al prójimo, al diablo, a los necesitados, y a los que escuchan (vv. 25, 27, 28, 29). No nos sorprende, entonces, que ahora se refiere a la parte más interesada, por cierto, más interesada, vale decir, el Espíritu Santo. Escribe: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios en quien fuisteis sellados para el día de la redención. Se dice a veces que la iglesia no ha hecho plena justicia a la doctrina del Espíritu Santo; que ha sido descuidada al no conceder a él la misma atención que se otorga al Padre y al Hijo. Puede ser que esto sea verdad. En lo que respecta a Pablo, no obstante, tal acusación no le concierne. El término “el Espíritu Santo” ocurre unas treinta veces en sus epístolas, si incluimos tales sinónimos apelativos como “Espíritu de Dios”, “Espíritu de Cristo”, etc. Además de esto he contado por lo menos setenta casos en los cuales yo por lo menos interpretaría la palabra pneúma (que aparece sin el adjetivo “santo”) como referencia a la tercera persona de la Santa Trinidad. Sobre este tema existe, no obstante, cierta diferencia de opinión entre los expositores. Sea como fuere, la epístola a los efesios menciona al Espíritu Santo vez tras vez, usando el término mismo (1:13; 4:30) o sencillamente la designación: “el Espíritu” (1:17; 2:18, 22; 3:5, 16; 4:3,4; 5:18; 6:17, 18). Existe el consenso general que en la mayoría de estos casos la referencia es al Paracleto.

   La razón por la ocurrencia tan seguida es obvia: Pablo desea imprimir en nosotros que fuera de Dios no podemos ser salvos; es decir, que todo lo que hay de bueno en nosotros tiene su origen en el Espíritu Santo. El imparte vida y también la sostiene. El hace que se desarrolle y llegue a su destino final. Es él, por tanto, el autor de toda virtud cristiana, de todo buen fruto. De ahí que, cuandoquiera que el creyente contamina su alma dando lugar a pensamientos o sugerencias engañosas, de venganza, de codicia, o de inmundicia, está entristeciendo al Espíritu Santo. Esto se hace aún más real puesto que es el Espíritu quien mora en los corazones de los creyentes, haciendo de ellos su santuario, su templo (2:22; 1 Co. 3:16, 17; 6:19). Mediante imaginaciones, reflexiones, o motivaciones de maldad de todo tipo este Espíritu que mora en y santifica al Hijo de Dios sufre, por decirlo así, el quebranto de su corazón. Además, el Espíritu no solamente nos salva sino que nos llena también del gozo y de la seguridad de la salvación; puesto que, tal como ya lo hemos dejado en claro, y se repite en esencia aquí en 4:30, fue “en” él (“en conexión con”, y por esto también “por medio de”, él) que fuimos “sellados para el día de la redención”, aquel gran día de la consumación de todas las cosas, cuando nuestra liberación de los efectos del pecado sea completada. Es el día del regreso de Cristo, cuando nuestro cuerpo, actualmente en bajeza, renovado a la semejanza del cuerpo glorioso de Cristo, se reunirá a su alma redimida a fin de que en cuerpo y alma la entera multitud victoriosa habite el nuevo cielo y la nueva tierra para glorificar a Dios para siempre jamás. La meditación misma sobre el cumplimiento de esta esperanza debería tener en nosotros un efecto purificador (1 Jn. 3:2, 3). En cuanto a explicación más amplia véase en 1:13, 14; cf. Lc. 21:28; Ro. 8:23. Es por esto que el recaer en actitudes y prácticas paganas es señal de ruin ingratitud. ¡En qué forma tan intensa debe esto entristecer al Espíritu que mora en nosotros! Podríamos considerar esta expresión altamente antropomórfica, y realmente lo es, tanto aquí como en Is. 63:10 de donde se toma. Es, no obstante, en cierto sentido, el antropomorfismo más alentador, puesto que no puede dejar de recordarnos “el amor del Espíritu” (Ro. 15:30), que “nos anhela celosamente” (Stg. 4:5). Así es el contexto también en Isaías. Léase Is. 63:10 en conexión con el versículo que le precede. De seguro que “entristecer al Espíritu” no es término tan fuerte como “resistir” al Espíritu (Hch. 7:51); el que a su vez no es tan tajante como “apagar el Espíritu” (1 Ts. 5:19). Sin embargo, un primer paso en mala dirección fácilmente conduce al próximo. ¡Ojalá que los efesios y todos aquellos a lo largo de los siglos para cuyo beneficio fue escrita la epístola tomen seriamente esta advertencia! Obsérvese también el énfasis con que el nombre completo del Consolador se expresa: “el Espíritu Santo de Dios”, o, aun en forma más literal, “el Espíritu, el Santo, de Dios”, con énfasis especial en su santidad. Se acentúa tanto su majestad como su poder santificador. Es “santo” y esto no sólo con referencia a su inmaculada santidad propia, ¡sino además como la fuente misma de santidad para todos aquellos en cuyos corazones se digna morar!    

4° Titulo:

Bendita Condición Para Participar De La Herencia En Los Cielos. Colosenses 1:12 al 14. con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

   Comentario: con gozo dando gracias al Padre.

   Gracias a la fuerza que Dios les imparte, los creyentes pueden, aun en medio de tribulaciones, dar gracias con gozo y regocijarse con acción de gracias (cf. Mt. 5:10–12; Lc. 6:22, 23; Hch. 5:41; 2 Co. 4:7–17; Fil. 1:12–21). Esta acción de gracias se dirige al Padre, ya que él es quien nos da libremente todas las cosas (Ro. 8:32) a través del “Hijo de su amor” (v. 13). Pablo enfatiza la necesidad de dar gracias una y otra vez (2 Co. 1:11; Ef. 5:20; Fil. 4:6; Col. 3:17; 1 Ts. 5:18). Por lo que respecta a este contexto, las razones por las que los colosenses deben dar gracias al Padre se expresan en los versículos 12b, 13. Aquí, pues, se hace notar que el Padre es quien os41 hizo aptos para participar de la herencia de los santos en la luz. Así como el Señor en la antigua dispensación proveyó para Israel una heredad terrena, la cual fue distribuida por suerte entre las varias tribus y unidades más pequeñas de la vida nacional (Gn. 31:14; Nm. 18:20; Jos. 13:16; 14:2; 16:1, etc.), de la misma forma ha provisto para los colosenses una porción o parte en la heredad que es mejor. Esta gente provenía principalmente del mundo gentil (véase Introducción III B), y en un tiempo estuvieron “separados de Cristo, alienados de la república de Israel y extraños a los pactos de la promesa, no teniendo esperanza y sin Dios en el mundo”. Pero “ahora, en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo” (Ef. 2:12, 13).

    El hecho de que esta participación es un asunto de gracia soberana y que nada tiene que ver con el mérito humano, está bien claro, ante todo, por la palabra misma que se usa, a saber, herencia: uno recibe una herencia como una dádiva; uno no la gana. Además, este hecho también se enfatiza por las palabras, “quien os hizo aptos”. El mejor comentario de este versículo es la declaración que Pablo hace en 2 Co. 3:5: “nuestra suficiencia viene de Dios”. Es Dios quien hace dignos a aquellos que en sí mismos no son dignos, y quien los capacita en esta forma para participar de la herencia.

    La herencia de los santos quiere decir la herencia de los creyentes redimidos, esto es, de aquellos individuos humanos que, habiendo sido sacados fuera de las tinieblas y colocados en la luz, están consagrados a Dios. Aunque algunos comentaristas son de la opinión de que aquí, en Col. 1:12, la palabra santos se refiere a ángeles, sin embargo, no existe ninguna base que sostenga este punto de vista. Pablo ama la palabra santos, y vez tras vez la usa en sus epístolas. Ni una sola vez la usa para referirse a ángeles, sino siempre para los redimidos (véase Ro. 1:7; 8:27; 12:13; 15:25, 26, 31; 16:2, 15; 1 Co. 1:2; 6:1, 2; 14:33, etc.). Ni 1 Ts. 3:13 es una excepción a la regla; véase C.N.T. sobre este pasaje.

   Esta herencia “de los santos” es al mismo tiempo la herencia “en la luz”. Esta es “la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). Es “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Ro. 5:5); “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7); el “gozo inefable y lleno de gloria” (1 P. 1:8).

   El hecho de que en la Escritura la palabra luz efectivamente se usa para expresar en una forma metafórica todas esas ideas y muchas más, está claro por los siguientes pasajes, en cada uno de los cuales la palabra luz es usada en un contexto que la interpreta:

   La palabra luz se usa en conexión con:

(1) Santidad, ser santificado (Hch. 20:32; 26:18, 23). Estos pasajes son de especial importancia, ya que aparecen en declaraciones pertenecientes a Pablo.

(2) La revelación divina: verdad, y penetración en esa revelación: conocimiento (Sal. 36:9; 2 Co. 4:4, 6).

(3) Amor (1 Jn. 2:9, 10).

(4) Gloria (Is. 60:1–3).

(5) Paz, prosperidad, libertad, gozo (Sal. 97:11; Is. 9:1–7).

    Dado que Dios mismo en su mismísimo ser es santidad, omnisciencia, amor, gloria, etc., y dado que él es para su pueblo la fuente de todas las gracias que hemos mencionado arriba en los puntos (1) al (5), él es luz en sí mismo. “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (1 Jn. 1:5). Jesús dijo, “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8:12). Como tal Dios es en Cristo la salvación de su pueblo. La luz y la salvación son, por tanto, sinónimos (Sal. 27:1; Is. 49:6). Lo mismo sucede con la luz y la gracia o el favor divino (Sal. 44:3).

   Lo contrario a la luz son las tinieblas, las que, por consiguiente, son el símbolo de Satanás y sus ángeles; por lo tanto, son también el símbolo del pecado, la desobediencia, rebelión, ignorancia, ceguera, falsedad, odio, ira, vergüenza, lucha, carencia, esclavitud y tristeza, como lo muestran varios de los pasajes que hemos citado arriba, bajo (1) al (5), y muchos otros también.

   Por lo tanto, lo que el apóstol está afirmando aquí en Col. 1:12 es que el Padre de su amado Hijo Jesucristo—y por consiguiente, nuestro Padre también—en virtud de su gracia soberana, ha hecho a los colosenses dignos de y competentes para participar de la herencia de los santos en el reino de la salvación plena y libre. No es difícil contestar la siguiente pregunta: “¿este reino es presente o futuro?” En principio los colosenses ya están en él. Ya han sido “transferidos al reino del Hijo de su amor” (Col. 1:13; cf. Ef. 2:13). La posesión plena, sin embargo, pertenece al futuro. Es “la esperanza que está reservada en los cielos para vosotros” (Col. 1:5). Del Señor recibirán la recompensa, a saber, la herencia (Col. 3:24). Véase también Ef. 1:18; Fil. 3:20, 21; y cf. He. 3:7–4:11.43 Pablo ora—porque debe recordarse que esto todavía es parte de su oración—que los colosenses puedan constante y gozosamente dar gracias a Dios por todo esto.

   [13, 14]. Los versículos 13 y 14 resumen la obra divina de la redención. Los detalles de la misma siguen en los versículos 15–23. Esto nos recuerda el libro de Romanos, donde 1:16, 17 resume lo que se describe con grandes detalles en Ro. 1:18–8:39.

   El corazón de Pablo estaba en su escrito. Nunca escribió en el abstracto cuando hablaba de las grandes bendiciones que los creyentes tienen en Cristo. Siempre estuvo profundamente consciente del hecho de que sobre él también, a pesar de ser completamente indigno, el Padre había derramado estos favores. Por tanto, no nos debe extrañar que, al ser afectado profundamente por lo que estaba escribiendo, haya cambiado la expresión de “vosotros” a “nosotros”: “quien os hizo …” (v. 12); “y quien nos rescató …” (v. 13). Nótese, además, cómo todas

las ideas principales de los versículos 12–14—tinieblas, luz, herencia, perdón de pecados—aparecen también en Hch. 26:18, 23, pasaje que narra la experiencia propia de Pablo y que predice también la experiencia de los gentiles a quienes era ahora enviado. De modo que, al describir la gracia otorgada a los colosenses, a él mismo y a sus asociados (sí, y a todos los pecadores redimidos), el apóstol hace eco de las palabras mismas que el Salvador usara para dirigirse a él, que era “Saulo”, el gran y terrible perseguidor: “Yo soy Jesús, a quien tú estás persiguiendo; pero levántate y ponte sobre tus pies, ya que con este propósito me he aparecido a ti … librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío para que abras sus ojos, a fin de que se vuelvan de las tinieblas a la luz, y del poder (o, jurisdicción) de Satanás a Dios; para que reciban perdón de pecados y una herencia entre los santificados por la fe en mí” (Hch. 26:15b–18, citado en parte).

   Por esto, pues, Pablo escribe: y quien nos rescató. El Padre nos atrajo hasta él, liberándonos de nuestra miserable condición. El verbo rescató del presente contexto, implica tanto la oscuridad y miseria del todo irreparable, en la cual, al estar apartados de la misericordia de Dios, “nosotros” (los colosenses, Pablo, etc.) estuvimos andando a tientas, como también la gloriosa pero ardua labor redentora que era necesaria para libertarnos del estado desdichado en que nos encontrábamos. El Padre nos rescató mediante el envío de su Hijo, quien se hizo hombre (Col. 1:22; 2:9; cf. Gá. 1:15, 16; 4:4, 5), con el propósito de:

  1. morir por nuestros pecados en la cruz (Col. 1:22; 2:14; cf. Gá. 2:20; 6:14), y
  2. resucitar y subir al cielo, desde donde derrama su Espíritu dentro de nuestros corazones (Col. 3:1; cf. 2 Ts. 2:13; Jn. 16:7), para que nosotros, habiendo sido llamados (Co. 1:6, 7; cf. Gá. 1:15, 16; Fil. 3:14), fuésemos “vivificados” (Col. 2:13; cf. Ef. 2:1–5; Jn. 3:3; Hch. 16:14), y aceptásemos a Cristo Jesús como nuestro Señor mediante un acto de conversión genuino, y fuésemos entonces bautizados (Col. 2:6, 12; cf. Hch. 9:1–19).

   Todo este proceso se incluye en las palabras, “nos rescató”, y esto del dominio de las tinieblas, la esfera en la que Satanás ejerce la jurisdicción que usurpara (Mt. 4:8–11; Lc.22:52, 53; cf. Hch. 26:18), dominando sobre los corazones, las vidas y las actividades de los hombres, como también sobre todos “los poderes del aire” y “las huestes espirituales de maldad en los lugares celestiales” (Ef. 2:2; 6:12). (Para el significado de luz y tinieblas véase arriba sobre el v. 12) Éramos esclavos impotentes sin esperanza, encadenados en la prisión de Satanás por nuestros pecados … hasta que vino el Conquistador para rescatarnos (cf. 2 Co. 2:14). Dios nos rescató en Cristo y nos trasladó al reino del Hijo de su amor. Nos sacó del oscuro y lúgubre reino de los ideales falsos e imaginarios para introducirnos en la tierra bañada por el sol del conocimiento claro y la expectación realista; nos sacó de la aturdidora esfera de los deseos pervertidos y los apetitos egoístas al bienaventurado reino de los anhelos santos y las gloriosas abnegaciones; nos sacó de la miserable mazmorra de cadenas intolerables y agudos lamentos al palacio de una libertad gloriosa y de hermosas canciones.

“De servidumbre, noche y dolor

Vengo, Jesús, vengo, Jesús;

A libertad, solaz, luz y amor

Vengo, Jesús, a ti.

De mi pobreza y enfermedad

A tu salud y prosperidad,

A ti con toda mi gran maldad.

Vengo, Jesús, a ti.

Ya de la tumba y de su terror

Vengo, Jesús, vengo, Jesús;

Al hogar tuyo de luz y amor

Vengo, Jesús, a ti.

De mi inquietud y falta de paz,

A tu redil y dulce solaz;

Al cielo do podré ver tu faz

Vengo, Jesús, a ti”.

(W.T. Sleeper)

   Es probable que esta sobresaliente expresión figurada fuera una que los destinatarios—tanto gentiles como judíos—entendiesen fácilmente. Ellos sabían que los gobernantes terrenales a veces trasladaban al pueblo conquistado de una tierra a otra (2 R. 15:29; 17:3–6; 18:13; 24:14–16; 25:11; 2 Cr. 36:20; Jer. 52:30; Dn. 1:1–4; Ez. 1:1; véase también Introducción, II. La ciudad de Colosas, C). De la misma forma, también “nosotros” hemos sido trasladados, y esto no de la libertad a la esclavitud, sino de la esclavitud a la libertad. Por tanto, permanezcamos firmes en esta libertad. No vayamos a pensar que nuestra liberación es tan sólo de un carácter parcial, o que, por medio de ritos místicos, penosas ceremonias, culto a ángeles o cualquier otro medio (tanto en ese entonces como ahora) debemos lograr lentamente nuestra salida del pecado a la santidad. Hemos sido libertados de una vez por todas.

   No hemos sido trasladados de las tinieblas a una especie de semitinieblas, sino de la oscuridad lúgubre a la “luz maravillosa” (1 P. 2:9). Ya estamos en este momento dentro “del reino del Hijo de su (del Padre) amor”.47 Aquí tenemos lo que podría verdaderamente llamarse “escatología realizada”. En esta vida presente ya estamos en principio participando de la gloria prometida. Dios ya comenzó una buena obra en nosotros, y por lo que respecta al futuro cada uno de nosotros puede testificar:

“Tu obra en mi corazón

Tendrá de ti la perfección”

(Sal. 138:8; Fil. 1:6).

“Nosotros” hemos recibido el Espíritu Santo. Y las “arras” (primera cuota y prenda) de nuestra herencia (Ef. 1:14; cf. 2 Co. 1:22; 5:5) consisten en su presencia morando en nosotros. Es la garantía de una gloria venidera que es aún mucho más grande. Esto se desprende también del hecho de que Cristo, quien mereciera esta gloria para nosotros, es “el Hijo del amor del Padre”. Él es tanto el objeto de su amor (Is. 42:1; Sal. 2:7; Pr. 8:30; Mt. 3:17; 17:5; Lc. 3:22) como la manifestación personal de éste (Jn. 1:18; 14:9; 17:26). ¿Cómo, pues, el Padre no nos dará “juntamente con él” todas las cosas libremente? (Ro. 8:32). Hemos sido trasladados al reino del Hijo del amor de Dios, en quien tenemos nuestra redención, esto es, nuestra liberación como resultado del pago de un rescate. Así como en conformidad a la antigua ley de Israel, la vida que estaba condenada y destinada a la muerte podía ser liberada por un precio (Ex. 21:30), de la misma forma también nuestra vida, perdida a causa del pecado, fue rescatada por el derramamiento de la sangre de Cristo (Ef. 1:7). También podemos añadir la observación de A. Deissmann, “Cuando alguien escuchaba la palabra griega λύτρον, precio del rescate (en la cual está basada la palabra _πολύτρωσις, redención, rescate o liberación por el pago de un precio) … era cosa natural que pensara en el dinero que compraba la emancipación de los esclavos”. Por lo tanto, “en él”, esto es, mediante nuestra unión espiritual con él (Col. 3:1–3), tenemos redención plena y libre. Por consiguiente, esta redención es emancipación de la maldición (Gá. 3:13), y particularmente de la esclavitud al pecado (Jn. 8:34; Ro. 7:14; 1 Co. 7:23), una liberación que resulta en una verdadera libertad (Jn. 8:36; Gá. 5:1).

    Por el pago que Cristo hizo del rescate y mediante nuestra fe en él, hemos obtenido del Padre el perdón o remisión (cf. Sal. 103:12) de nuestros pecados. Las cadenas que nos tenían atrapados han sido rotas. Aunque sólo aquí y en Ef. 1:7 (perdón de … transgresiones) el apóstol usa esta expresión “perdón de pecados” (la cual aparece con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento), y aunque Pablo generalmente nos transmite una idea similar por palabras y frases que pertenecen a la familia de la “justificación por la fe”, con todo él conocía bien la idea del perdón de los pecados, como se puede ver por Ro. 4:7; 2 Co. 5:19; y en Colosenses por 2:13 y 3:13. De hecho, en Colosenses la idea del perdón hasta es enfatizada.

   La justificación y la remisión son inseparables. Así también lo son la redención y la remisión, aunque a veces esto fue negado. Así, Ireneo en su obra Contra herejías I.xxi.2, escrita cerca de 182–188 d.C., nos habla acerca de ciertos herejes de sus días, que enseñaban que en esta vida la salvación se llevaba a cabo en dos etapas, que son las siguiente:

(a). La remisión de pecados en el bautismo, que fue instituido por el Jesús visible y humano;

  1. La redención en una etapa subsecuente, mediante el Cristo divino, el que descendió sobre Jesús. En esta segunda etapa, la persona a la cual ya se le habían perdonado sus pecados, alcanzaba la perfección y la plenitud.

   Es posible, considerando pasajes como Col. 2:9, 10; 4:12, que los maestros del error ya estuviesen diseminando en Colosas este concepto o bien uno similar. Sea como fuere, el apóstol escribió estas palabras en virtud del Espíritu Santo, quien conoce todas las cosas aun antes que acontezcan, y que, por lo tanto, puede dar advertencias que sean aplicables tanto en el futuro como en el presente. Sus palabras indican claramente que cuando un pecador es sacado fuera de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de luz, él debe ser considerado como habiendo sido redimido, y que esta redención implica el perdón de los pecados.      

Amén, para la gloria de Dios

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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