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Lunes 13 de abril de 2020: “Clara instrucción de Cristo sobre el perdón”

Lunes 13 de abril de 2020: “Clara instrucción de Cristo sobre el perdón”

  Lectura bíblica: San Marcos Cap. 11, versículos 25 y 26. Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas

   Comentario: La oración es efectiva y agradable a Dios sólo cuando brota de un corazón amante. Esto se subraya en el pasaje que concluye el párrafo: [25] . Y toda vez que estéis de pie orando …

   Nótese lo siguiente:

▬a. Este pasaje nos recuerda insistentemente a uno que se halla en la quinta petición del Padrenuestro, Mt. 6:12, “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Véase también 6:14, “Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también os perdonará vuestro Padre celestial”. No existe en absoluto razón alguna para que Jesús no pudiese haber repetido aquí mismo, de manera algo diferente, lo que había enseñado a sus discípulos y a la gente en general en una anterior ocasión. Esto, con mayor razón, puesto que por naturaleza el pecador se resiste a perdonar. Necesita que se le recuerde esto una y otra vez. Por eso, véase también Mt. 18:21–35.

▬b. “Toda vez que estéis de pie orando …”. Para la gente de los tiempos bíblicos no era extraño orar de pie. Además del presente pasaje, véase también Gn. 18:22; 2 S. 1:26; 1 R. 8:22; Neh. 9:4; Mt. 6:5.

   Había una gran diferencia entre aquellos dos hombres que oraban, según la descripción que se hace en la parábola del fariseo y el publicano (véase Lc. 18:9–14). Sin embargo, por lo menos en un aspecto se asemejaban: ambos oraban de pie. Puesto que la posición erecta indica reverencia y permite estar alerta, no se puede hacer ninguna objeción contra ella.

   Pero de ningún modo es ésta la única posición para orar que la Escritura menciona. Se indica también la posición de rodillas y hay otras posiciones. Para un resumen de las diversas maneras apropiadas, véase sobre 1 Ti. 2:8.

▬c. No es la posición del cuerpo sino la actitud del corazón y de la mente lo que importa principalmente. Por eso Jesús continúa diciendo: Perdonad si tenéis algo contra alguien, para que vuestro Padre que [está] en el cielo también os perdone a vosotros vuestras transgresiones. Como ya se señaló arriba en relación con el versículo 24 (véase en d.), la oración presupone un corazón que ama. La persona que ora debe estar deseosa y ansiosa de perdonar. Si le falta esta disposición, no tiene derecho de suponer que sus propias transgresiones hayan sido perdonadas.

    En la enseñanza de Pablo (Ro. 3:24; Ef. 2:8; Tit. 3:5) e indudablemente también en la de Cristo (Mt. 5:1–6; 18:27; Lc. 18:13; Jn. 3:3, 5), la salvación descansa no en los logros humanos sino solamente en la gracia y misericordia de Dios, pero esto en modo alguno significa que los que la reciben no tienen nada que hacer. Deben creer, e incluida en esa fe, está el anhelo de perdonar.

   Quien perdona es “vuestro Padre que está en el cielo” basándose en la expiación del Hijo (Ef. 4:32). La sola frase “vuestro Padre” nos exhorta a pensad en todas las bendiciones que constantemente recibimos de él y, por tanto, nuestro corazón debería abrirse hacia aquellos que os hayan herido.

▬d. Nótese “vuestras transgresiones”. Transgresiones son desviaciones de la senda de la verdad y la justicia. Al cometerlas, se cae fuera de la senda del deber. Una transgresión es, por tanto, un paso en falso. Ahora bien, sean estas desviaciones de carácter leve, como en Gá. 6:1 y tal vez como en Ro. 5:15, 17, 18, o mucho más serias, como en Ef. 1:7; 2:1, deben perdonarse. Nótese, además, “si tenéis algo contra alguien …”. Aunque es probablemente acertado creer que Jesús pensaba ante todo en la fraternidad cristiana (véase Mt. 18:15–17), la comparación con Mt. 6:14, 15—“si perdonáis a los hombres sus ofensas”— indica que el perdón debe extenderse también a “los de afuera”. ¿No dijo Jesús lo mismo? Véase Lc. 23:34. ¿Y Esteban? (Hch. 7:60. Cf. Ef. 5:1, 2).

Reuniendo todo lo que hemos aprendido sobre la higuera estéril (11:12–14; 20:25), ahora sabemos que:

-a. La infructuosidad provoca maldición (11:12–14).

-b. La fe genuina desemboca en la oración contestada (11:20, 23).

-c. Por eso, tal fe inspira esperanza, sólidamente arraigada en las promesas de Dios (11:24).

-d. Culmina en el amor, que presupone un espíritu perdonador (11:25).

Definición de perdón

Perdón es la acción de perdonar, un verbo que hace referencia a solicitar u otorgar a alguien la remisión de una obligación o una falta. Antes del momento del perdón, la persona que lo solicita debe estar arrepentida, mientras que el perjudicado por la falta tiene que estar dispuesto a dejar el problema atrás.

Por ejemplo: “Claudia sabe que cometió muchos errores irreparables y por eso pidió perdón a toda su familia”, “Te pido perdón, nunca pensé que mis palabras pudieran causarte tanto daño”, “De nada sirve que se disculpe ahora, luego de haberse pasado la vida entera maltratándolo y humillándolo sin piedad”.

El perdón, por lo tanto, es la remisión de una obligación pendiente, de una ofensa recibida o de una pena merecida por la falta. Al perdonar se expresa la indulgencia, tolerancia o comprensión ante el error ajeno: “No te preocupes, te perdono. Quiero que todo vuelva a ser como antes”.

Las religiones otorgan una gran importancia al perdón. Entre los mandatos religiosos suele encontrarse la necesidad de dar a los demás una segunda oportunidad, de disculparse por las propias ofensas y de solicitar el perdón divino por los pecados. El sacramento de la confesión es la forma de pedir perdón a Dios, y debe tener como intermediario a un sacerdote.

Dependiendo de diversos factores culturales, el perdón puede cobrar un peso considerable, convertirse en un regalo que solamente un grupo selecto de personas deban obtener. El odio y el resentimiento que crecen en una persona que no perdona a otra puede ser igualmente frustrante y dañino para ambas partes.

Muchas veces, el rencor y el deseo de venganza nos ciegan y magnifican los errores ajenos. Si bien es aconsejable evitar dicha carga, es cierto que no todos los fallos son merecedores de nuestro perdón, y esto vuelve el análisis más complejo.

Desde un punto de vista superficial, se pueden distinguir las acciones voluntarias y las involuntarias; dentro de ambos grupos, a su vez, según las consecuencias de cada una es posible clasificarlas de acuerdo al tipo de daño que provoquen a los demás. De esta manera, resulta entendible que la pérdida de un libro ajeno no pueda compararse con un intento de asesinato.

Claro está que, dada la complejidad de nuestro cerebro y la diversidad de las situaciones que generamos y atravesamos a lo largo de nuestra vida, un mero titular no debe tomarse como una representación completa de un hecho y, por consiguiente, no basta para emitir un juicio. Retomando el ejemplo del intento de asesinato, la moral de muchas personas no necesitaría de más información para asegurar que se trata de un pecado injustificable.

Sin embargo, para otro porcentaje de la población, existen ciertas razones que pueden justificar dicha acción; por ejemplo, si la víctima de un abusador planea quitarle la vida, gran parte de la opinión pública estará a su favor. En cualquier caso, los seres humanos podemos escoger libremente a quién perdonar, y muchas veces lo hacemos por nuestro propio bienestar.

Perdonar, incluso las heridas más profundas, nos otorga paz, nos quita un peso considerable de las espaldas, y nos permite seguir adelante, dejar atrás las experiencias nefastas y reconstruirnos, para volvernos más fuertes. Negarlo, por el contrario, extiende la repercusión de las ofensas que hayamos recibido, logrando que nos acompañen durante años, incluso mucho tiempo después de haber cortado la relación con nuestros agresores.

El término perdón, por último, tiene varios usos propios de una conversación formal; por ejemplo, se utiliza para interrumpir el discurso de otro sujeto y tomar la palabra (“Perdón, pero no estoy de acuerdo, creo que lo mejor sería…”) o para hacer notar al interlocutor que no se ha comprendido algo (“¿Perdón? ¿A qué te refieres?”).

Diccionario Bíblico: Perdón

Significado de Perdón

Traducción de varias palabras hebreas y griegas que tienen en común la idea de liberar a un ofensor de la culpa y restaurar la relación personal que existía ante de la ofensa. Los 2 verbos hebreos más comunes para “perdonar” son nâsâ (literalmente “levantar [quitar]” la culpa) y sâlaj. También se usa el verbo kâfar, “cubrir”, “ocultar”, que implica la idea de expiar. Los verbos griegos son jarízomai (literalmente “dar con gracia” como un favor), “remitir”, “perdonar”; afími (literalmente “soltar”, “enviar”), “cancelar”, “remitir”, “perdona”; aními; y afairéÇ. Los sustantivos son: heb. selîjâh y gr. áfesis.

   El perdón implica siempre una ofensa cometida contra la persona que extiende el perdón, y debería estar precedida por el arrepentimiento del ofensor.

   Todos los hombres han pecado contra Dios (Ro. 3:23) y están condenados a la muerte eterna (6:23), a menos que se arrepientan de sus pecados (Lc. 13:3, 5; Hch. 3:19) y con ello obtengan el perdón (1 Jn. 1:9), con lo que se restaura una relación correcta con él (Ro. 5:1). Dios no está obligado a perdonar al pecador culpable, pero su carácter bondadoso lo impulsa a hacerlo cada vez que se desea o se pide perdón (Ex. 34:6, 7; Lm. 3:42). El pedido 918 debe hacerse, sin embargo, con toda sinceridad y con la intención de no aprovecharse de la gracia libremente otorgada. Cuando Dios perdona lo hace completamente y sin reservas, restaura al pecador al mismo estado de favor que antes gozaba, y elimina toda alienación y separación.

   En las Escrituras se usan diversas expresiones en un esfuerzo por transmitir a las mentes humanas la plenitud del perdón divino. El arroja, por así decirlo, los pecados de los hombres a lo profundo del mar (Mi. 7:19); los aleja de sí y de ellos “cuanto está lejos el oriente del occidente” (Sal. 103:12); tras sus espaldas (ls. 38:17); y promete borrarlos y olvidarlos (ls. 43:25; Jer. 31:34).

   El perdón de Dios es perfecto, así como Dios es perfecto.

   El cristiano, dentro de lo que le permiten sus limitaciones finitas, debería imitar la forma perfecta y completa del modo como Dios perdona cuando alguien lo ofende. El espíritu de perdón debe acompañar al acto de perdón. Además, puesto que el cristiano ha recibido una medida plena del perdón divino, está bajo la obligación más estricta de perdonar a sus semejantes, cuando se presenta la ocasión de hacerlo, con la misma medida conque él fue perdonado.

   En realidad, el cristiano que rehúsa perdonar a otros está renunciando al perdón de Dios para sí mismo (Mt. 6:12-15), y un espíritu no perdonador es un pecado horrible ante Dios. El aborrecimiento total con que Dios considera un espíritu no perdonador fue ilustrado por Jesús en la parábola del siervo que no perdonó (18:23-35).    Quien rehúsa perdonar no puede, por la misma naturaleza de las cosas, ser perdonado mientras conserve ese espíritu no perdonador. Como le explicó Cristo a Pedro, para los cristianos no hay un límite en la extensión del perdón ni número de veces que se haya de perdonar cuando alguien venga a pedirlo (vs 21, 22). El cristiano siempre debe mantener el espíritu de perdón, aun antes de tener la oportunidad de perdonar. No sólo será así, sino que también tomará la iniciativa en hacer todo esfuerzo razonable para ganar a quien lo ofendió y facilitarle la posibilidad de pedir perdón (vs 15-17).

  1. Remisión

1er Título:

Perdonar es mandato de nuestro Señor. Efesios 4:32. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

   Comentario: [32]. Ahora bien, en su análisis final el abandonar las malignas disposiciones, palabras, y acciones ya mencionadas se puede realizar solamente por medio de la adquisición y el desarrollo de las virtudes opuestas. Consecuentemente, volviéndose una vez más a las exhortaciones positivas, el apóstol prosigue: Y sed bondadosos los unos para con los otros, compasivos. Esto se puede comparar con Col. 3:12, 13 “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. Así como el Señor os lo ha perdonado, así hacedlo también vosotros”. La bondad es aquella gracia de benevolencia impartida por el Espíritu, lo enteramente opuesto a la malicia o maldad mencionada en el v. 31. La bondad de los primeros cristianos era su propia recomendación frente a otros (2 Co. 6:6). Dios, también, es bondadoso (Ro. 2:4; cf. 11:22), y se nos exhorta ser como él con respecto a esto (Lc. 6:35). Cuando una persona bondadosa escucha un chisme, no corre al teléfono a compartir con otros tan “delicioso bocado”. Si le hacen ver las fallas del prójimo, él trata, si puede hacerlo honestamente, de poner en relieve hasta donde sea posible sus buenas cualidades haciendo una justa compensación. La bondad identifica al hombre que ha tomado seriamente 1 Co. 13:4. La compasión (cf. 1 P. 3:8 y el “corazón de compasin” de Col. 3:12) dan a entender un profundísimo sentimiento, “un vivo anhelo con el intenso afecto de Cristo Jesús”.132 Pablo añade: perdonándoos unos a otros, así como Dios en Cristo os perdonó. Colosenses dice, “así como el Señor”; Efesios, “así como Dios en Cristo”. No hay diferencia esencial. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno. Cooperan en todas estas actividades que conciernen a nuestra salvación. Perdonar “así como Dios en Cristo” perdonó significa: así tan libre, generosa, profunda, espontánea, y entusiastamente. Como apoyo a esta interpretación véanse pasajes tales como Mt. 18:21–27, 35 y Lc. 23:34. Además, todas las injurias que nosotros hayamos sufrido a causa de la mala disposición de nuestro prójimo jamás podrán ser comparadas con las ofensas que él, que nunca cometió pecado, tuvo que soportar: al ser escupido, vilipendiado, coronado con espinas, crucificando. Con todo esto, ¡extendió su perdón! Y al hacerlo nos legó un ejemplo (1 P. 2:21–25).

2° Titulo:

Necesaria confesión para recibir el perdón. Proverbios 28:13. El que encubre sus pecados no prosperará; 
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. 

  Comentario: El v. 13 nos recuerda el pecado de David al adulterar con Betsabé (ver 2 Sam. 11:4 ss.) y su lucha para encubrir al pecado (ver 2 Sam. 11:6 ss.; 12:1 ss.). Tal actitud no tiene futuro, no prosperará. Solamente la oración de confesión resultará (ver 1 Jn. 1:8–10). Junto a la confesión se agrega el abandono del pecado, que requiere el poder del Espíritu Santo. Así se logra la misericordia divina (ver Sal. 32). La forma pual pone énfasis en la acción de “alcanzar”.

Semillero homolítico

Las respuestas justas de Dios

28:9, 10, 13

   Introducción: El creyente tiene a su disposición el recurso del poder de Dios para socorrerlo en cada circunstancia. Es una reserva espiritual más repleta que la que pueda tener cualquier rey o presidente con los recursos financieros y militares a su disposición. Pero tenemos que apropiarnos de este recurso.

▬Dios oye al que ora con fe, v. 9.

▬Debemos orar con el oído sincronizado para escuchar de Dios.

▬Debemos orar con una actitud de sumisión y obediencia.

▬Dios guía al que busca dirección divina, v. 10.

▬Debemos buscar dirección para evitar la equivocación.

▬Debemos buscar para no ser desviados del camino recto.

▬Dios perdona al que se arrepiente, v. 13.

▬El que encubre sus pecados sufrirá las consecuencias.

▬El que confiesa y abandona experimentará el gozo de ser perdonado.

   Conclusión: Tres verdades fundamentales relacionadas con nuestra relación con Dios nos muestran el camino a la tranquilidad tanto como la felicidad en nuestra vida.

3er Titulo:

Debemos perdonar a nuestro prójimo. San Mateo 6:14 y 15. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

   Comentario: Aunque ha terminado el Padre Nuestro, Jesús considera necesario agregarle una aclaración de la quinta petición, “y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Puesto que en la explicación de la petición ya he tocado los vv. 14 y 15, hay poco que se pueda añadir aquí. 14, 15. Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también os perdonará vuestro Padre celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras transgresiones. Aunque no sólo en la enseñanza de Pablo (Ro. 3:24; Ef. 2:8; Tit. 3:5) sino también en la de Cristo (Mt. 5:1–6; 18:27; Lc. 18:13) la salvación no descansa en logros humanos sino solamente en la gracia y la misericordia de Dios, esto no significa que no tienen que hacer nada los que la reciben. Tienen que creer. Incluida en esta fe está el anhelo de perdonar. A menos que los oyentes perdonen a los hombres sus transgresiones, ellos mismos quedarán sin perdón.

   En el v. 12 los pecados son llamados deudas, esto es, lo que debemos, y por lo cual debemos sufrir el castigo, a menos que se haga el pago, que se dé satisfacción, directamente por nosotros mismos o por medio de otra persona. Aquí, en los vv. 14, 15, estos pecados se llaman transgresiones, desviaciones del camino de la verdad y la justicia. Ahora bien, sea que estas desviaciones son de un carácter más suave como en Gá. 6:1 y quizás también en Ro. 5:15, 17, 18 o de un carácter más grave como en Ef. 1:7; 2:1, deben ser perdonadas. Además, en cuanto está en su poder hacerlo, el seguidor de Jesús debiera hacer objetos de su amor perdonador no solamente a sus hermanos en el Señor sino también a los hombres en general, como se desprende claramente del hecho de que la palabra “hombres” se presenta deletreada plenamente tanto en el v. 14 como en el 15.

   Se puede preguntar: “Pero en el proceso de producir el perdón y la reconciliación, ¿queda toda la obligación sobre la persona que ha sido ofendida? ¿No tiene una obligación también el ofensor?” La respuesta es: “Por supuesto que sí”. Debe arrepentirse y con el mensaje de este arrepentimiento debe alegrar el corazón de la persona que ha sido dañada (Lc. 17:3, 4). Pero esto no quita la obligación del ofendido de hacer todo lo que esté en su poder para abrir ampliamente las puertas hacia la reconciliación. Si en ese caso no hay cooperación de la otra parte, la culpa no estará en la persona ofendida sino en el ofensor, el que originalmente infligió la injuria.

4° Titulo:

Ejemplo de perdón digno de imitar. Los Hechos 7: 59 y 60. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió. 

   Comentario: [59]. Y mientras apedreaban a Esteban, él oraba: Señor Jesús, recibe mi espíritu. [60]. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.

   1a. Y Saulo consentía en la muerte de Esteban.

▬a. “Y mientras apedreaban a Esteban”. Una tras otra, las piedras golpean al indefenso Esteban. A medida que el ángel de la muerte lo llama, él pronuncia una oración muy similar a aquella que hizo Jesús en la cruz: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Jesús dijo a su Padre: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Pero Esteban ora a Jesús y se identifica enteramente con Aquel a quien ya ha visto como el Hijo del hombre de pie junto a Dios (v. 56). Mientras Esteban ora, Jesús se extiende al primer mártir de la fe cristiana y recibe su espíritu. Esteban, por decirlo así, mira a Jesús y se encomienda a él.

   En los momentos de su muerte, mientras se arrodillaba para orar, Esteban pronunció prácticamente las mismas palabras que dijo Jesús cuando fue crucificado: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (véase Lc. 23:24). Pero la secuencia de estas dos frases ha sido invertida. Esteban primero ora que Jesús acepte su espíritu y luego que no se tome en cuenta el pecado de sus enemigos de asesinar a un inocente. Se dirige al Señor. Este título, en el contexto del pasaje, hace referencia no a Dios sino a Jesús. En su oración, Esteban también pone a Jesús en el nivel de Dios y así ora a él directamente. Un asunto más relacionado con estas oraciones: Aun cuando la redacción entre las oraciones de Jesús y de Esteban sea diferente, el sentimiento que ambos expresan es el mismo. ¡Qué significativa es la identificación de Esteban con Jesús!

   La descripción que Lucas hace de la muerte de Esteban es concisa, aunque pese a ello da al lector suficiente información acerca de Esteban. Lucas presenta un cuadro de serenidad en medio de la violencia cuando escribe que Esteban durmió. A lo largo de su relato, mantiene a Esteban en el centro del cuadro.

▬b. “Y Saulo consentía en la muerte de Esteban”. La primera frase del siguiente capítulo y versículo (8: 1a) sirve de puente entre el relato anterior y lo que viene luego. Por segunda vez (véase v. 58), Lucas presenta a Saulo (Pablo), a quien ahora describe como a una persona que está de acuerdo con la muerte de Esteban. El escritor sugiere que esta muerte viene a ser un punto decisivo para Saulo (22:20). Pablo es el sucesor de Esteban en llevar el evangelio a los judíos de habla griega y a los gentiles. En su vida como misionero, Pablo habría de sufrir por Cristo diez veces más de lo que sufrió Esteban (2 Co. 11:23–29). Al reflexionar sobre la muerte de Esteban y la aprobación de Saulo a ella, Agustín hace este agudo comentario:

Si Esteban no hubiera orado

La iglesia no habría tenido a un Pablo.

Pregunta: “¿Qué dice la biblia acerca de la falta de perdón?”

    Respuesta:
La biblia tiene bastante que decir sobre el perdón y la falta de perdón. Quizá la más conocida de las enseñanzas sobre la falta de perdón es la parábola de Jesús acerca del siervo despiadado, registrada en Mateo 18:21-35. En la parábola, un rey perdona una deuda sumamente grande (básicamente una que nunca podría ser reembolsada) de uno de sus siervos. Sin embargo, más tarde ese mismo siervo se niega a perdonar una pequeña deuda de otro hombre. El rey escucha acerca de esto y revoca el perdón que había otorgado. Jesús concluye diciendo: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:35). Otros pasajes nos dicen que seremos perdonados cuando perdonemos (ver por ejemplo Mateo 6:14; 7:2; Lucas 6:37).
   No debemos confundirnos aquí; el perdón de Dios no se basa en nuestras obras. El perdón y la salvación se basan totalmente en la persona de Dios y por la obra redentora de Jesús en la cruz. Sin embargo, nuestras acciones demuestran nuestra fe y la medida en la que entendemos la gracia de Dios (Ver Santiago 2:14-26 y Lucas 7:47). Somos completamente indignos, aun así Jesús escogió pagar el precio por nuestros pecados y darnos el perdón (Romanos 5:8). Cuando verdaderamente entendamos la grandeza del don de Dios para nosotros, vamos a transmitirlo a otros. Hemos recibido la gracia, y a cambio deberíamos extender la gracia a otros. En la parábola, estamos indignados por el siervo que no perdonaría una deuda menor después de haber sido perdonado por una deuda impagable. Sin embargo, cuando no perdonamos, estamos actuando como el siervo de la parábola.
   La falta de perdón también nos priva de la vida plena que Dios quiere para nosotros. En lugar de promover la justicia, nuestra falta de perdón empeora y termina en amargura. Hebreos 12:14-15 advierte, “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. Asimismo, 2 Corintios 2:5-11 advierte que la falta de perdón puede ser una apertura para que Satanás nos haga desviar.
   También sabemos que aquellos que han pecado contra nosotros, a quienes talvez no queramos perdonar, son responsables ante Dios (ver Romanos 12:19 y Hebreos 10:30). Es importante reconocer que perdonar no es restar importancia a algo malo que nos hayan hecho o necesariamente reconciliar. Cuando elegimos perdonar, liberamos a una persona de su deuda para con nosotros. Renunciamos al derecho de buscar venganza personal. Decidimos que no vamos a mantener su transgresión contra él. No obstante, no podemos permitir que esa persona necesariamente vuelva a ganar nuestra confianza o incluso liberar totalmente a esa persona de las consecuencias de su pecado. Se nos dice que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Mientras que el perdón de Dios nos libera de la muerte eterna, no siempre puede librarnos de las consecuencias del pecado parecidas a las de la muerte (como una relación rota o el castigo dado por el sistema de justicia). El perdón no significa que actuamos como si no se hubiera hecho ningún mal; significa que reconocemos que la abundancia de la gracia nos has sido dada y que no tenemos derecho a mantener la maldad de alguien sobre su cabeza.
   Una y otra vez, la escritura nos llama a perdonar a los demás. Efesios 4:32, por ejemplo, dice, “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Mucho hemos recibido en cuanto al perdón, y de la misma manera se espera que respondamos con los demás (ver Lucas 12:48). Aunque el perdón por lo general es difícil, el no perdonar es desobedecer a Dios y menospreciar la grandeza de su don.

Lo que NO es el perdón.

  1. Olvidar: Las ofensas no se olvidan por completo, aunque uno perdone. Muchas veces habremos oído la frase “perdonar y olvidar.” Algunos quizá concluirán por esto que el perdonar significa que la ofensa se borrará de la memoria.  ¡Muchos creen que la frase “perdonar y olvidar” salió de la Biblia, pero no es así!  De hecho, el tratar de negar que algún mal trato o alguna traición te lastimara, puede hacer más intensa la memoria que estás tratando de olvidar.  El perdón al que Cristo nos llama significa que no guardaremos rencor, amargura o resentimiento en contra de la otra persona.  Por lo tanto, en vez de intentar olvidar la memoria de una ofensa, la meta debería ser cortar con el resentimiento que nos ata a ella.
  2. Indultar: Indultar es un término legal que significa –quitar el castigo merecido por algún crimen u ofensa. Aunque perdonemos a alguien, es posible que tengan que atenerse a las consecuencias de sus actos. 
  3. Pedir disculpas: El que se disculpa reconoce y lamenta su falta, el daño o el insulto que causó. El que se disculpa de una manera ligera o no sinceramente, puede hacer más daño que bien. Una disculpa sincera es cuando el ofensor (1) reconoce lo que hizo mal (2) acepta la responsabilidad por lo que hizo (3) reconoce cómo lastimó a la otra persona y (4) está dispuesto a recibir las consecuencias.
  4. Reconciliarse: La reconciliación es el proceso en el que dos personas dan pasos para restaurar una relación que se ha dañado. Aunque el perdón es importante para restaurar una relación, no es todo lo que se ocupa para lograr la reconciliación. La reconciliación depende de que ambas personas, el ofensor y el ofendido, trabajen juntos para restaurar su relación.
  5. Negar o Evadir: Hay ocasiones en que la persona se siente tan herida que dice, “Ya lo perdoné.” con el fin de no seguir sintiendo el dolor de lo que la otra persona le hizo. El perdón no es simplemente negarse a tratar con un asunto o una persona para evitar el dolor o el conflicto. Tampoco significa negar que las palabras o las acciones de la otra persona nos hirieran.
  6. Excusar la ofensa: Al perdonar, no se le está dando permiso al ofensor de que nuevamente cometa la misma ofensa. Es importante establecer normas sanas, y no simplemente permitir que la otra persona continúe con sus acciones dañinas o pecaminosas.
  7. Ni Fácil ni Sin Costo: El perdón verdadero no es simplemente responder con unas cuantas palabras amables. Por el contrario, se requiere de un gran esfuerzo para lograr un verdadero cambio de comportamiento que perdure.

Amén, para la honra y gloria de Dios

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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