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Lunes 12 de noviembre de 2018 “También La Misericordia De Dios Se Revela Sanando A Los Enfermos”

Lunes 12 de noviembre de 2018 “También La Misericordia De Dios Se Revela Sanando A Los Enfermos”

   Lectura Bíblica: San Mateo Cap. 8, versículos 5 al 13. Entrando Jesús en Capernaúm, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

   Comentario: Este párrafo empieza de la siguiente manera: 5, 6. Cuando él entró en Capernaúm, vino a él un centurión pidiéndole ayuda, diciendo: Señor, mi muchacho está en casa, postrado en cama con parálisis, sufriendo terriblemente. El centurión era un oficial al servicio de Herodes Antipas, a quien hemos encontrado anteriormente (véase sobre 2:22 y 4:12). Este oficial se enteró de lo que Jesús había hecho por otros (Lc. 7:3). Así que ahora ruega que se le muestre la misma misericordia a su siervo (Lc. 7:2), llamándolo afectuosamente “mi muchacho”.376 La condición de éste era por cierto deplorable. Estando postrado con parálisis, estaba “sufriendo terriblemente”, “gravemente atormentado”. ¿Era éste un caso de parálisis progresiva con espasmos musculares que afectaban peligrosamente su sistema respiratorio, y lo ponían a las puertas mismas de la muerte, como sugiere Lucas?

   El alma del centurión estaba en su ruego, porque el muchacho “le era muy querido”. Las palabras del oficial equivalían a una declaración más que a una petición. Era una declaración que describía la condición del muchacho y que confiadamente dejaba la disposición en las manos de Jesús. Sin embargo, incluían una petición de ayuda: “vino a él pidiéndole ayuda”.

   Según Mateo, fue el centurión mismo quien informó a Jesús sobre su necesidad. Por otra parte, Lucas dice que el oficial envió algunos ancianos de los judíos con esta petición. Esto no resulta en una contradicción, porque fue a través de estos ancianos que se le dio a conocer el ruego del centurión a Jesús. Cuando Mt. 27:26 nos informa que Pilato azotó a Jesús, esto no significa que el gobernador tomó el azote en sus propias manos. Aun hoy día hacemos uso frecuente de la dicción abreviada.

   Sin embargo, según el relato de Lucas (7:4, 5) los ancianos no eran meros transmisores de un mensaje. Así como a través de ellos el centurión estaba intercediendo por su “muchacho”, así los ancianos, por su parte, estaban intercediendo por el centurión. Dijeron: “Es digno de recibir este favor; porque ama a nuestra nación, y nos edificó la sinagoga”.

   La respuesta del Señor fue todo lo que uno pudiera haber deseado y mucho más de lo que el centurión se había atrevido a esperar. No fue, “¿por qué esperaste tanto para venir?”, ni, “puesto que representes al opresor, nada puedo hacer por ti”. Ni siquiera, “veré qué puedo hacer”. Fue afirmación emocionante, sin ambigüedad, concisa y positiva que se halla en el versículo siguiente: 7. Y él le dijo: yo iré y le sanaré. Según el original ese pronombre “yo” es muy enfático, como si dijera “Yo mismo”, “Yo sin duda alguna”.

   Continúa: 8, 9. Pero el centurión respondió: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero solamente di la palabra y mi muchacho será curado. Porque yo mismo soy hombre bajo autoridad, con soldados debajo de mí; y digo a uno: “Ve” y va; a otro “Ven” y viene; y a mi esclavo, “Haz esto” y lo hace. “Es digno”, dijeron los ancianos. Pero el centurión, al oír la respuesta de Cristo, se siente abrumado por el sentido de indignidad. Después de todo, ¿quién es él en comparación con el Excelso, esta encarnación personal de la majestuosa autoridad, del poder que todo lo abarca, y de amor condescendiente, un amor que cubre todo abismo y salta todo obstáculo de raza, nacionalidad, clase y cultura? ¿Quién es él para hacer que este misericordioso Maestro realice un acto que lo pondría en conflicto con la venerable costumbre de su pueblo, según la cual un judío no entra en casa de un gentil para no ser contaminado (Jn. 18:28; Hch. 10:28; 11:2, 3)? Así que, Jesús no debe entrar en la casa, ni siquiera aproximarse demasiado; que solamente diga la palabra de curación. Eso es todo lo que se necesita para producir una completa curación.

   El centurión razona: Si yo, aunque soy sólo un oficial con una autoridad y poder muy limitados, un oficial que debe obedecer a sus superiores, doy órdenes y mis órdenes son obedecidas inmediatamente, tanto por soldados como por esclavos, entonces por cierto él, este gran Señor, ejerciendo una autoridad independiente y teniendo el universo en su mano todopoderosa, puede mandar y cualquiera que sea su deseo será hecho. Cuando dice “Vete”, la enfermedad se irá, y cuando dice “Ven”, la salud llegará.

   Aquí de nuevo, el hecho de que según Lucas este mensaje no se lo dio directamente el centurión a Jesús, sino que lo fue llevado por amigos del centurión al acercarse el Señor, se puede explicar como en el caso anterior; con esto concuerdan Agustín y muchos otros después de él; véase arriba, sobre los vv. 5 y 6; compárese Mt. 8:5 con Lc. 7:3, y luego Mt. 8:8 con Lc. 7:6. Creemos estar en lo justo al suponer que el centurión, habiendo salido de la casa y al ver que Jesús se acercaba, se dio prisa en enviar sus amigos a Jesús. En todo caso, el mensaje era la respuesta del centurión mismo a Jesús, que es lo que tanto Mateo como Lucas están diciendo.

   Versíc. 10. Cuando Jesús oyó esto, se maravilló y dijo a los que le acompañaban: Os declaro solemnemente, en nadie en Israel he hallado tanta fe. Jesús estaba maravillado, y por una razón contraria a la mencionada en Mr. 6:6. Las palabras “os declaro solemnemente” (véase sobre 5:18) son una adecuada introducción a la expresión de este asombro. Reveló a las grandes multitudes que lo acompañaban (véase v. 1), incluyendo indudablemente los amigos del centurión que recién habían llegado (Lc. 7:6), que la fe de este hombre de origen gentil sobrepasaba en excelencia a todo lo que había encontrado aun entre los judíos, a pesar de los privilegios especiales de éstos. Es cierto que Jesús también había hallado fe en Israel (Mt. 4:18–22; 5:1–16; 7:24, 25), pero no en una sola persona una combinación de un amor tan afectuoso, una consideración tan solícita, una visión tan penetrante, una humildad tan sobresaliente y una confianza tan ilimitada. En muchos casos, lo que había hallado Jesús, ¿no era “poca fe” (6:30)? A un funcionario de la corte le había llevado un buen rato (en la historia relatada en Jn. 4:46–54) para comprender el hecho de que Jesús podía sanar aun desde larga distancia. ¡El centurión de Mt. 8:5–13 comprendió este hecho inmediatamente!

   Como Jesús lo ve, esta fe del centurión da un vistazo anticipado de los hechos que habrán de ocurrir en el mundo de los gentiles en contraste con Israel. Dice: 11, 12. Muchos, os digo, vendrán del este y del oeste y se reclinarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, pero los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas más distantes. Como se señaló anteriormente, el Evangelio de Mateo tiene un amplio propósito misionero. La evangelización de todas las naciones es uno de sus objetivos sobresalientes. El pasaje que ahora estamos considerando cabe perfectamente en este esquema. El hecho de que muchos vendrán del este y del oeste, esto es, de todas partes, para participar en las bendiciones de la salvación con los patriarcas, en otras palabras, que la iglesia se extenderá entre los gentiles, fue predicho por los profetas. Repetidas veces tratan este tema (Is. 2:2, 3; 11:10; 45:6; 49:6, 12; 54:1–3; 59:19; Jer. 3:18; 31:34; Os. 1:9, 10; 2:23; Am. 9:11ss; Mi. 4:1, 2; y Mal 1:11).

   Las bendiciones de la salvación en la cual todos los salvados participarán aquí se describen bajo el simbolismo de reclinarse (según la costumbre generalizada de la época) en divanes alrededor de una mesa cargada de manjares, disfrutando la dulce comunión unos con otros y con el anfitrión, en una espaciosa sala de banquete inundada de luz. Véase También Sal. 23:5; Pr. 9:1–5; Is. 25:6; Mt. 22:1ss; 26:29; Mr. 14:25; Lc. 14:15; Ap. 3:20; 19:9, 17. No es sorprendente que aquí, como ocurre frecuentemente en las Escrituras, se mencionen juntos Abraham, Isaac y Jacob, porque a ellos habían sido hechas las promesas. Cf. Gn. 28:13; 32:9; 48:16; 50:24; Ex. 3:16; 6:3; 32:13; Dt. 1:8; 9:5, 27; 29:13; 30:20; 1 Cr. 29:18; Mt. 22:32; Mr. 12:26; Hch. 3:13; 7:32.

   Esta participación de los gentiles en las bendiciones de los judíos comenzó a suceder ya durante la antigua dispensación (1 R. 8:41–43; 10:9; Jer. 38:7–12; 39:16–18), ha estado ocurriendo en una escala mucho mayor a través de toda la nueva dispensación, y se hará especialmente evidente cuando la multitud incontable reunida de toda nación esté de pie delante del trono (Ap. 7:9).

   Por otra parte, los “hijos del reino”, esto es, los judíos, llamados así debido a los muchos privilegios del reino que habían disfrutado (Sal. 147:20; Is. 63:8, 9; Am. 3:2; Ro. 9:4; Ef. 2:12) serán echados en las tinieblas más distantes, esto es, hablando simbólicamente, lejos del salón del banquete inundado de luz. Razón: véase Lc. 12:47–48. Oportunidad más capacidad = responsabilidad. En las Escrituras se ve claramente el rechazo en gran escala que los judíos hicieron de Cristo (Mt. 27:25; Jn. 1:11; 1 Ts. 2:14–16 y Ap. 2:9). Esto no significa que Dios ha terminado con los judíos.

   ¿No fue esta misma predicción un intento de ganarlos también a ellos (Mt. 8:11, 12)? El Señor tiene su remanente elegido entre ellos, así como entre otras naciones y pueblos (Ro. 11:1–5). La salvación es para todos los que reciben al Señor Jesucristo por medio de una fe personal y viva. Nada tiene que ver con nacionalidad o raza. En línea con Mt. 8:11, 12 están los siguientes pasajes: Jn. 3:16; Ro. 10:12, 13; 1 Co. 7:19; Gá. 3:9, 29; Ef. 2:14, 18; Col. 3:11 y 1 P. 2:9. Abraham es el padre de “todos los creyentes”. El origen nacional no hace diferencia alguna (Ro. 4:11, 12).

   El castigo de los altamente privilegiados negadores del Rey que tenía un derecho especial sobre ellos recibe un mayor énfasis con las palabras: Allí será el llanto y el crujir de dientes. En cuanto a este llanto: no se trata aquí de un derramamiento de lágrimas debido a un verdadero pesar por los pecados que uno ha cometido (Mt. 26:75; Mr. 14:72; Lc. 7:38; cf. 2 Cr. 34:27), o por transgresiones por medio de las cuales otros han deshonrado a Dios (Sal. 119:136; 2 Co. 2:4; Fil. 3:18). Tampoco se debe a la inminente separación de seres queridos (Hch. 20:37, 38), no por haber sido objeto de un tratamiento injusto por otras personas (1 S. 1:7, 8). No es el resultado del orgullo herido por no haber logrado algún capricho (1 R. 21:5– 7). Este llanto no es producido por una calamidad temporal (Gn. 27:38; Lm. 1:16), por duelo (Dt. 34:8; 2 S. 1:17ss; Mt. 2:18), o por un anhelo profundo o compasión (Gn. 21:16, 17; 43:30). En lo que respecta al pueblo de Dios, vendrá el día cuando toda lágrima se habrá enjugado (Is. 65:19; Ap. 7:17; 18:15, 19). Las lágrimas de las que Jesús habla aquí en Mt. 8:12 son de infelicidad inconsolable e interminable y de una desesperanza completa y eterna. El crujir de dientes que lo acompaña (cf. 13:42, 50; 22:13; 24:51; 25:30; véase especialmente el muy similar Lc. 13:28, que sin embargo, ocurre en un contexto diferente) denota un dolor agudísimo y una ira frenética. Este crujir de dientes, además, jamás tendrá fin ni cesará (Dn. 12:2; Mt. 3:12; 18:8; 25:46; Mr. 9:43, 48; Lc. 3:17; Jud. 6, 7; y Ap. 14:9– 11).380

   Las palabras de los vv. 10–12 eran no solamente para el centurión sino para todos—el centurión, sus amigos, toda la multitud que los acompañaba—para que todos pudieran fijar la atención en un asunto mucho más importante que la sanidad física, a saber, el ser salvos y vivir vidas para la gloria de Dios. Lo que ahora sigue está dirigido específicamente al centurión: 13. Y Jesús dijo al centurión: Vuelve a casa; como creíste así te sea hecho. El oficial había dicho que no sería necesario que Jesús entrase a su casa. Como él creyó, así fue hecho, esto es, Jesús no entró en su casa. Al centurión mismo quien, supongamos, había visto desde fuera de la casa que Jesús se acercaba, se le dice que vuelva a la casa, y los amigos también deben regresar. Y su criado fue sanado en ese mismo momento. Literalmente, “desde aquella hora”, pero, como es claramente evidente en Lc. 7:6, 10, los amigos no necesitaban una hora para llegar al hogar que estaba cercano, y a su llegada, ¡encontraron al amado muchacho ya completamente recuperado! Ese contexto justifica la traducción “en ese mismo momento”.

1er Titulo:

Autoridad De Cristo Dada A La Iglesia Para Sanar Enfermos. San Mateo 10:7-8. Y al ir predicad diciendo: “El reino de los cielos está cerca. Sanad (los) enfermos, resucitad (los) muertos, limpiad (los) leprosos, echad fuera (los) demonios; gratuitamente recibisteis, gratuitamente dad.

   Comentario: Jesús continúa: 7. Y al ir predicad diciendo: “El reino de los cielos está cerca”. Este tema del reino, proclamado primero por Juan el Bautista, luego por Jesús, y ahora también por sus discípulos, ya ha sido explicado (véase sobre 3:2; 4:17, 23). Dicho en breve, quiere decir que los apóstoles tienen que seguir proclamando que en un sentido ha comenzado ya la dispensación cuando a través del cumplimiento de la profecía mesiánica el reino de los cielos (es decir, de Dios) en los corazones y vidas de los hombres se iba a hacer valer más poderosamente que nunca antes. La comisión continúa: 8. Sanad (los) enfermos, resucitad (los) muertos, limpiad (los) leprosos, echad fuera (los) demonios; gratuitamente recibisteis, gratuitamente dad. Una comparación de 10:8 con 4:23; 9:35 muestra que lo que Jesús quiere decir es: “Haced y seguid haciendo lo que yo estoy haciendo y he estado haciendo”. La “autoridad” de hacer esto ya les ha sido impartida (10:1). Por la gracia de Dios ahora ellos mismos deben aplicar ese poder.

   Hay abundante evidencia para demostrar que lo que aquí se ordena y predice realmente sucedió, una parte de ello inmediatamente, en este viaje o poco después, y una parte algún tiempo más adelante, después de la resurrección de Cristo; una parte de ello por medio de los Doce, a través de su líder Pedro, o Pedro y Juan, y otra parte por medio de Pablo, quien ciertamente debe ser contado entre los apóstoles (por eso hablamos de “Los Doce y Pablo”). Véanse los siguientes pasajes: Mr. 6:13, 30; Lc. 9:6–10; Hch. 3:1–10; 5:12–16; 9:32–43; 14:8– 10; 19:11, 12; 20:7–12; 28:7–10. Además, Jesús instruye a los Doce para que den sus servicios en forma gratuita. Lo que han recibido de balde ellos deben darlo de balde y con alegría. No debe haber simonía de ningún tipo (Hch. 8:18–24).

2° Titulo.

Sanidad Divina Al Invocar El Nombre Del Señor Jesucristo. Los hechos 3: 1 al 8. Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Éste, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.

   Comentario: En el capítulo anterior, Lucas afirma en forma escueta que los apóstoles realizaron muchas maravillas y señales milagrosas (2:43). ¿Cuáles son estos milagros que hicieron que todos tuvieran gran temor? Lucas describe uno de ellos, a saber, la sanidad del mendigo paralítico. Este milagro fue hecho en respuesta a la fe del pordiosero (v. 16) y fue seguido de un sermón de Pedro dirigido a la multitud. Resultó en un incremento en el número de miembros de la iglesia a cinco mil hombres, sin contar a las mujeres (4:4). 

  1. El escenario

3:1–5

   VERSÍCULO. 1. Ahora Pedro y Juan subían al templo a las tres de la tarde, para orar.

  1. “Pedro y Juan”. Lucas continúa enfocando su atención en Pedro, quien es el vocero de los doce apóstoles.

Pero ahora agrega el nombre de Juan, el hijo de Zebedeo. Durante el ministerio de Jesús, Pedro y Juan pertenecían al llamado círculo íntimo de los discípulos. Estuvieron con Jesús en la transfiguración (Mt. 17:1); Jesús instruyó a estos dos discípulos a preparar el lugar donde se habría de celebrar la Pascua (Lc. 22:8); y también los llevó con él al huerto de Getsemaní (Mr. 14:33).

   Lucas cuenta que los apóstoles en Jerusalén comisionaron a Pedro y a Juan para dar instrucciones a la iglesia creciente en Samaría (8:14). Además de eso, Pablo considera a Pedro y a Juan columnas de la comunidad cristiana (Gá. 2:9). Estos dos apóstoles indudablemente fueron líderes de la iglesia, aun si, como lo dice Lucas, Pedro era el que hablaba y Juan sólo escuchaba. Además, los apóstoles continuaron con la práctica de salir de dos en dos (véase Mr. 6:7).

  1. “Subían al templo”. La NVI agrega un día, que no aparece en el texto griego. Nótese que la expresión verbal subía está en pasado progresivo, lo que indica que ellos acostumbraban subir al templo a orar. Los apóstoles permanecieron en Jerusalén, obviamente con el propósito de enseñar a la multitud de creyentes (véase–2:41–44, 47). Mantuvieron la tradición de orar en el templo en horarios fijos.204 Los primeros cristianos se consideraban a sí mismos judíos que no pudieron romper con el tiempo tradicional de oración en el templo.
  1. “A las tres de la tarde, para orar”. Según el Talmud, la gente ofrecía sus oraciones en el templo tres veces al día: temprano en la mañana, en la tarde y al ponerse el sol.205 Mientras los sacerdotes ofrecían sacrificios, los judíos oraban. De hecho, el tiempo para el sacrificio era el tiempo para la oración. Pedro y Juan iban a la reunión de las tres de la tarde, y entraron al complejo del templo, pero no al santuario. Ya en los tiempos de David, el pueblo judío acostumbraba orar tres veces al día. David escribe,

En cuanto a mí, a Dios clamaré;

Y Jehová me salvará.

Tarde y mañana y a mediodía

oraré y clamaré,

y él oirá mi voz. [Salmos 55:16–17]

  

   Versíc. 2. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.

   Lucas dice que el paralítico tenía que ser transportado al templo, donde pedía limosna. En aquellos días no era corriente que los impedidos recibieran preparación para trabajar y ganarse la vida, así es que lo más lógico era que se hicieran limosneros (véase Jn. 9:1, 8). Así, pues, familiares y amigos lo llevaban diariamente hasta una de las puertas del templo que la gente usaba para entrar a orar. Los fieles seguramente sentirían cargo de conciencia al ver al paralítico pidiendo dinero por lo que le darían algo. Sin duda que el lugar para dejar al paralítico había sido escogido con mucha astucia.

   Los eruditos no han podido establecer con plena certeza en qué lugar del templo se encontraba la puerta conocida como la Hermosa. Los registros del área del templo después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. se perdieron. Kirsopp Lake dice: “Hubo no sólo una completa destrucción de los edificios, sino que hubo un completo caos en la tradición en Jerusalén”. De todos modos, se ofrecen tres teorías acerca del asunto. Ellas son:

  1. La llamada puerta de Shushan en la muralla este del templo, y cercana al Pórtico de Salomón (3:11) al lado afuera del Atrio de los Gentiles.
  1. La puerta de Nicanor ubicada al este del Atrio de las mujeres servía de acceso al Atrio de las mujeres desde el Atrio de los gentiles. Debido a que las puertas del atrio fueron hechas de cobre de Corinto y “excedieron mucho en valor a las laminadas de plata y engastadas en oro”,207 la declaración de Pedro de que no tenía ni plata ni oro (3:6) resulta bastante apropiada.
  1. La puerta de Nicanor, situada entre el Atrio de las mujeres y el Atrio de los hombres. (Esta información procede de literatura rabínica.) Sin embargo, difícilmente podría ser ésta la puerta llamada la Hermosa. Lucas dice que después que el inválido fue sanado, acompañó a los apóstoles dentro del templo (v. 8).

   La mayoría de los eruditos acepta la segunda teoría y considera que la puerta llamada la Hermosa fue la puerta de Nicanor hecha de bronce de Corinto.208 El nombre tiene su origen en el hecho que un judío alejandrino llamado Nicanor regaló para el templo aquella hermosa puerta recubierta de bronce.

   Día a día el mendigo se sentaba a la puerta del templo a esperar las limosnas monetarias de los que acudían a adorar. Este hombre no era un miembro de la comunidad cristiana; si lo hubiese sido, de seguro habría recibido ayuda de los creyentes. Recuérdese que Dios había dicho a los israelitas que no habría pobres entre ellos (Dt. 15:4, y véase vv. 7–8). Pero los judíos pasaron por alto el mandamiento de Dios y llegaron a considerar una virtud dar limosnas a los pordioseros (p. ej. véase Mt. 6:1–2).

   Versíc. 3. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les pedía algo. 4. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: “Míranos”. 5. Entonces él fijó la atención en ellos, esperando recibir de ellos algo.

   Justo en el momento en que los dos apóstoles se aprestan a entrar en el área del templo, el mendigo les pide una limosna. Para él, se trata de adoradores anónimos. Espera que si se les pide misericordia, ellos se detengan y le den algo. Pero en lugar de darle unas monedas, Pedro fija su atención en él y le habla. Lucas dice que Juan también fija sus ojos en él.

   Notamos dos cosas en el v. 4. Primero, Pedro no demuestra interés en la condición del hombre, es decir, no le interesa que sea un mendigo. Le mira con el fin de lograr su restauración física. Luego, Pedro y Juan no quieren realizar un milagro de sanidad sin la participación del afectado. Los apóstoles tienen al Espíritu Santo que les guía a determinar si el hombre tiene fe o no. Y aunque Lucas no lo dice en este versículo, en su siguiente sermón Pedro afirma sin lugar a dudas que el hombre fue sanado por fe (v. 16). El mendigo tenía más de 40 años de edad (véase 4:22) y presumiblemente había oído de Jesús, y posiblemente también a Pedro predicando en el área del templo. Obedece a lo que Pedro le dice y mira a los apóstoles “esperando recibir algo de ellos”. 

  1. El milagro

3:6–10

   Versíc. 6. Mas Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”.

   Pedro continúa siendo el vocero mientras Juan se mantiene en silencio. Y mientras el mendigo sigue expectante por lo que espera recibir, Pedro le dice: “No tengo plata ni oro”; es decir, entre mis posesiones, no hay dinero. El dinero, producto de la venta de propiedades y otros bienes, no pertenecía a él (véase 2:44–45; 4:34–35; 5:1–2). En el servicio de Cristo, Pedro no era un hombre acomodado (véase Mt. 10:9–10). Vivía según el mandamiento del Señor, que dijo: “… los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Co. 9:14).

   Lo que Pedro da al paralítico es tremendamente más valioso que cualquier cantidad de plata y oro. Lo sana en el nombre de Jesús de Nazaret y le ordena que camine. Después de cuarenta años de estar tullido, este pobre hombre se apresta a usar sus piernas. Pedro clama en el nombre del Señor para mostrar que el poder sanador de Jesús, conocido a todos en Israel, fluye al paralítico a través suyo. Por eso, no es Pedro quien concede la restauración, sino Jesús.

   El uso del término nombre es significativo porque comprende la total revelación de la persona mencionada. Así, el nombre Jesús se refiere a su nacimiento, ministerio, sufrimiento, muerte, resurrección, y ascensión. Luego, el nombre Cristo apunta al Mesías, el exaltado Hijo de Dios. Además, para mejor identificación se añade la mención de Nazaret. Este fue el nombre que Pilato ordenó escribir en el letrero que pusieron en la cruz de Jesús (Jn. 19:19). Por último, la frase nombre de Jesús (Cristo) aparece repetidamente en Hechos.

Ser sanado en el nombre de Jesús de Nazaret demanda fe por parte del inválido. Pedro le manda caminar, pero no podrá hacerlo a menos que ponga su fe en Jesús. El Nuevo Testamento nos enseña que los milagros ocurren en conexión con la fe.

   Versíc. 7. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos. Y saltando, se puso en pie y empezó a caminar; entró con ellos en el templo, caminando, y saltando, y alabando a Dios.

   Cuando Pedro toma al paralítico de la mano derecha para ayudarle a ponerse en pie, estaba siguiendo el mismo procedimiento que Jesús practicó cuando sanó de fiebre a la suegra de Pedro: “Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía” (Mr. 1:31). En ambos casos, el milagro ocurre después que los pacientes reciben ayuda al extenderse la mano hacia ellos. Nótese que Lucas, siendo médico, dice con toda exactitud que Pedro tomó la mano derecha del hombre. El hombre instantáneamente siente la fuerza en sus pies y tobillos y sabe que ha ocurrido el milagro. El adverbio inmediatamente no deja dudas de que el milagro había ocurrido.

   El hombre saltó y, por primera vez en su vida, pudo enderezarse. ¡Qué sensación de gozo y felicidad! Aunque nunca había podido caminar, lo intentó y lo logró sin dificultad. Su caminar se transformó en brincos y saltos porque se da cuenta que Dios había hecho un milagro en su vida. Empieza a pronunciar palabras de alabanzas y gracias a Dios y quiso acompañar a los apóstoles al interior del templo para orar con ellos también. (El lugar donde sus familiares y amigos lo ponían día a día para pedir limosnas no era considerado un patio del templo.) Ahora él entra a los patios del templo para expresar su gratitud a Dios (c.f. Lc. 17:15).

   Es notable el parecido entre este milagro y la sanidad del paralítico de Listra, realizada por Pablo. Lucas nos dice que Pablo miró directamente al hombre y al ver que tenía fe para ser sanado, le dijo que se parara sobre sus pies, con el resultado de que el hombre saltó y empezó a caminar (14:9–10).

   Significativa es la referencia indirecta a la inauguración de la era mesiánica. Profetizando el tiempo de la venida del Mesías, Isaías dijo:

Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos

y los oídos de los sordos se abrirán.

Entonces el cojo saltará como un ciervo,

y cantará la lengua del mudo.

[35:5–6a. Letra bastardilla agregada]

   Jesús inauguró la era mesiánica cuando hizo al ciego ver, al cojo andar, cuando limpió a los leprosos, e hizo oír a los sordos; cuando resucitó a los muertos y predicó el evangelio a los pobres (Mt. 11:5; Lc. 7:22). Después de Pentecostés, esta era mesiánica continúa, como Pedro lo indica al sanar milagrosamente al paralítico en el nombre de Jesús de Nazaret.

3er Titulo:

Jesús Premia La Fe, Dando Perdón De Pecados Y Sanando El Enfermo. San Marcos 2:1 al 5 y 11-12. Entró Jesús otra vez en Capernaúm después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.

A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

   Comentario: 1. Unos días después,64 cuando había entrado otra vez en Capernaúm, se corrió la voz de que estaba en casa.

   Jesús ha regresado de su gira por Galilea (1:38, 39). Se halla de regreso en “su propia ciudad” (Mt. 9:1). Está “en casa”, o según interpretan la frase algunos, “en una casa”. Con relación a esto, algunos suponen que se trata de la casa donde Jesús, su madre María, y otros miembros de la familia, viven ahora. No obstante, se debe tener cuidado de no entrar en conflicto con Mateo 13:54–56 (cf. Lc. 4:16). ¿Se refiere la frase a una casa que él mismo poseía en Capernaúm? Esta posibilidad no puede descartarse, y Mateo 8:20 (“… el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza”; véase CNT sobre este pasaje) no se opone necesariamente a este punto de vista. ¿Se refiere a la casa de Pedro, una interpretación bastante popular? Pero si Marcos hubiese estado pensando en la casa de Pedro, ¿no hubiera entregado una referencia más definida? (véase 1:29). Podría pensarse en la posibilidad de que algunos amigos le hubiesen provisto una casa mientras realizaba su obra en los alrededores de Capernaúm.

Sea como fuera, en un sentido bastante real, Jesús la consideraba como “su casa”. Y “todos” se enteraron de que estaba en casa, porque la noticia se esparció velozmente.

   Versíc. 2. Y se conglomeró tanta gente que no quedaba más lugar, ni aun junto a la puerta.

   En vista del asombro que habían causado las palabras y obras de Cristo (1:21–34; 38–45), bien podemos entender por qué la casa se llenó de gente. Sin duda que un buen número de los amigos y discípulos de Jesús se hallaban presentes, con genuino interés en la verdad. También debe haber habido muchos “mirones” que ardían de curiosidad tratando de oír lo que Jesús diría y especialmente de ver lo que haría. Por último, estaban los mojigatos rabíes (los fariseos y doctores de la ley, según Lc. 5:17) llenos de envidia, intensamente perturbados por la forma en que Jesús atraía a las grandes multitudes. Estas personas “importantes” habían venido no sólo de las aldeas de Galilea, ¡sino aun de Judea y de Jerusalén! Resultado: no quedaba más lugar, ni aun junto a la puerta. Cuando uno entraba en una casa, lo corriente era que la puerta le diera acceso directo a la casa. Solamente los más acomodados tenían un “portón” extra y un pasillo de entrada. En las casas más modestas, la “puerta” daba

acceso directo la calle. Pero en esta ocasión la entrada estaba obstruida. Tampoco había policía que abriese camino.

   Y les hablaba la palabra. En forma tan propia y única (véase 1:22), Jesús traía el evangelio a sus oyentes (cf. 4:14ss., 33; 16:20). Después de todo, para esto había venido desde el cielo a la tierra (Mr. 1:38), es decir, para traer el mensaje de gozo, libertad, salvación plena y gratuita (cf. Lc. 4:17–22). De sus labios brotaban palabras de gracia, claras y sencillas.

   Pero se produce una interrupción, un ruido que viene desde arriba: 3. Y vinieron trayéndole un paralítico que era cargado entre cuatro. Este hombre era, por cierto, un desventurado. La enfermedad que sufría se caracteriza por una extremada falta de energía y movimiento, la que es causada generalmente por la incapacidad que poseen los músculos para funcionar, debido a lesiones en las áreas motoras del cerebro y/o en la médula espinal. Además de los pasajes paralelos en Mateo y Lucas, véase también Mt. 4:24; 8:5–13; Hch. 8:7; 9:33. En el presente caso, cualquiera que hayan sido las partes lesionadas por la parálisis y el grado de avance de la enfermedad, un hecho resulta claro: la persona afectada se hallaba imposibilitada de moverse por sí sola y debía ser cargada por otros. Cuatro hombres (¿parientes o amigos?) le ofrecieron este servicio, según lo indica Marcos.

   Versíc. 4. Como no pudieron acercársele [a Jesús] a causa del gentío, hicieron una abertura en el techo [encima del lugar] donde él estaba; y habiendo hecho la abertura, bajaron la camilla en la que yacía el paralítico.

   Estas cinco personas mostraban una valentía e ingenio digno de admiración. Pero la fe que tenían en Jesús era aun más admirable, ya que de ella emanaba la confianza que tenían en el éxito de su iniciativa. Si la casa donde la multitud se había reunido tenía una escalera exterior, debió ser por ahí que los cuatro subieron al techo con su preciosa carga. Si era la casa adyacente la que tenía la escalera, primero debieron haber subido al techo de aquella casa, para luego cruzar de un terrado al otro. De una forma u otra, lograron colocarse directamente sobre el lugar donde Jesús estaba hablándole a la gente.

   ¡Y ahora cómo traspasar el techo! La cubierta exterior de una casa era generalmente plana. Tenía vigas con travesaños recubiertos con broza, ramas, etc., sobre los cuales se extendía una gruesa capa de barro o arcilla mezclada con paja cortada y amasada a golpes. Este tipo de techo no era difícil de “destechar” (esta es la palabra usada en el original: “ellos destecharon el techo”).

   Después de hacer una abertura en el techo, los cuatro bajaron la camilla sobre la que estaba acostado el paralítico (cf. la forma en que Pablo fue bajado del muro en Damasco, Hch. 9:25; 2 Co. 11:33). La “camilla” era cierto tipo de lecho usado por los pobres, tal vez un colchón delgado relleno con paja. Siendo que eran cuatro los hombres que bajaron la camilla, suponemos que lo hicieron amarrando cordeles en las cuatro esquinas de la cama. Fue así que el enfermo fue puesto justo al frente de Jesús. Bajando su vista, Jesús ve al paciente; y mirando hacia arriba, observó a los cuatro “amigos” que demostraron ser “amigos de verdad”.

   No se dice que desde el techo los cuatro le gritaran alguna cosa a Jesús. Ninguno de los evangelistas nos cuenta tampoco que el hombre enfermo mismo haya dicho algo. En lo que al paralítico concierne, es aún posible que la enfermedad le impidiese hablar. Pero, aunque ninguno de los cinco habló, ¡confiaron! Y esto era lo importante. Su confianza conmovió el corazón mismo del Señor, así que leemos: Versíc. 5. Ahora bien, cuando Jesús vio la fe de ellos, dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. El inferir de esto que Jesús pensó que la causa de su enfermedad eran sus pecados, como se acostumbra a hacer, no tiene asidero alguno, aunque es cierto que entre los judíos era común la creencia de que “si un individuo sufría una gran aflicción, se debía a que era un gran pecador” (Job 4:7; 22:5–10; Lc. 13:4; Jn. 9:2). Con relación a creencias similares entre los no judíos, véase Hch. 28:3, 4. Según lo prueban los evangelios, Jesús combatió este error. Pero en cuanto a este paralítico, lo único que efectivamente sabemos es que el Señor tuvo una gran preocupación por su pecado. Tampoco se informe si el hombre mismo creía que su pecado era la causa de esta enfermedad. Sin embargo, Jesús sabía que los pecados de este hombre le afligían intensamente. El hombre estaba afligido por las muchas formas en que sus actitudes, pensamientos, palabras y hechos habían transgredido la voluntad de Dios. Según Mateo, Jesús se dirige tiernamente a este hombre llamándole hijo. Según los tres evangelistas, Jesús literalmente le dice: “Perdonados son tus pecados”, pues el orden de las palabras en el original hace que todo el énfasis recaiga en el amor perdonador.

   Esta declaración de perdón no sólo fue de inestimable bendición para el paralítico, sino que también fue motivo de felicidad para sus benefactores. Sin duda que ellos se regocijaron en el gozo que él sentía. Aún más, fue una lección para todos los presentes. A todos les quedó claro el hecho de que este Médico estimaba más las bendiciones espirituales que los materiales, y que reclamaba poseer “autoridad”, es decir, el derecho y el poder para sanar no sólo el cuerpo sino también el alma.

   Jesús jamás consideró el pecado con liviandad. Nunca le dijo a alguien, “¿Tienes algún complejo de culpa? Olvídalo”. Al contrario, consideró el pecado como una desviación inexcusable de la santa ley de Dios (Mr. 12:29, 30), como algo que tiene el poder de ahogar el alma (4:19; cf. Jn. 8:34) y como un asunto que tiene que ver con el corazón y no sólo con los hechos externos (Mr. 7:6, 7, 15–23). Pero también ofreció la única solución verdadera. Comprendía muy bien que el consejo “Líbrate de tu complejo de culpa, pues una pequeña crueldad, promiscuidad o infidelidad, no es nada malo”, no soluciona nada, sino que crea más problemas. También sabía que al ser humano le es totalmente imposible librarse del sentido de culpabilidad, pretendiendo compensar sus pecados con buenas obras. Sabía que esta filosofía conduciría únicamente a un trágico fracaso y a una espantosa desesperación. En lugar de esto, Jesús había venido a proclamar y, ante todo, a proveer la sola y única solución para el pecado, es decir, el perdón. Y él mismo puso la base para este por medio de la expiación que hizo por el pecado (10:45; 14:22–24, cf. Jn. 1:29). Por tanto, al decirle al paralítico, “Tus pecados te son perdonados”, no sólo le comunica a este hombre las nuevas del perdón de Dios (como lo hizo Natán al penitente David, cf. 2 Sm. 12:13), sino que con autoridad cancela la deuda del paralítico. El Señor borró sus pecados completamente y para siempre (cf. Sal. 103:12; Is. 1:18; 55:6, 7; Jer. 31:34; Mi. 7:19; Jn. 1:9). Además, tal perdón nunca viene solo. Es siempre “perdón y algo más”. En Cristo, Dios disipa la tenebrosidad del inválido y le abraza con los brazos de su amor protector y adoptivo (cf. Ro. 5:1).

   Versíc. 11. “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Jesús percibió lo que estos escribas pensaban. Sus deliberaciones secretas no fueron desconocidas para Jesús (cf. Mt. 17:25; Jn. 1:47, 48; 2:25; 21:17). Si no hubiese sido Dios, no le hubiera sido posible penetrar tan profundamente en sus corazones y pensamientos secretos (Sal. 139; Heb. 4:13). Jesús los reprende con su pregunta: “¿Por qué razonáis así?”. El “diálogo” de ellos era perverso (cf. Mt. 9:4), porque le acusaban falsamente. Ellos eran los perversos. ¿No habían venido acaso con el propósito de buscar la forma de destruirle (cf. Mr. 3:6)? ¡Deberían examinar sus propios corazones!

   En cuanto a qué es más fácil, si decirle al paralítico, “Tus pecados te son perdonados” o “Levántate, toma tu camilla y anda”, ¿no requieren ambas cosas la misma medida de poder omnipotente? Según el razonamiento de los escribas, para que Jesús pudiera probarles su “autoridad” (su derecho y poder) en la esfera de lo espiritual, tenía que obrar un milagro en la esfera de lo físico. ¡Que vean entonces este milagro!

   De modo que, le dice al paralítico: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. La obediencia a esta orden probaría que el humilde pero glorioso “Hijo del hombre” tiene autoridad divina aquí en la tierra. Por tanto, antes que la puerta de la gracia sea cerrada, tiene autoridad para perdonar pecados.

   Marcos usa por primera vez el término “Hijo del hombre”. En total, ocurre catorce veces en este Evangelio: dos veces al comienzo (2:10, 28), siete veces en el medio (8:31, 38; 9:9, 12, 31; 10:33, 45) y cinco veces hacia el final (13:26; 14:21; 14:41 bis; 14:61). Es la forma en que Cristo se designa a sí mismo, encubriendo más que revelando algo de sí mismo. Encubriendo especialmente para aquellos que no se hallan enteramente familiarizados con el Antiguo Testamento. El uso de esta expresión condujo a la pregunta, “¿Quién, entonces, es este Hijo del hombre?” (Jn. 12:34). La frase caracteriza a Jesús como el que sufre, como aquel que sería traicionado y sacrificado (9:12; 14:21, 41); todo esto en conformidad con el decreto divino, voluntaria y vicariamente (10:45). Su sacrificio voluntario en lugar de su pueblo sería recompensado (8:31; 9:31; 10:33, 34). Después de su muerte se levanta otra vez. Habiendo partido de esta tierra, un día retornará en gloria, sentado a la diestra del Todopoderoso (14:62), cumpliendo la profecía de Dn. 7:13, 14. Tan intrínsecamente glorioso es él, que su gloria se remonta hacia atrás, a través de toda su vida terrenal. En realidad, siempre fue—aun en sus sufrimientos—el glorioso Hijo del hombre. Estando aún en la tierra, tiene el derecho de perdonar pecados (2:10) y es Señor de todo, incluyendo aun el día de reposo (2:28). Para más acerca de este tema.

   El presente relato muestra con claridad la gloria del Hijo del hombre. Jesús le había ordenado al paralítico que se levantase, etc. Resultado: 12. Él se levantó, e inmediatamente tomó su camilla y salió a la vista de todos. El hombre creyó que Aquel que le ordenaba levantarse, tomar su camilla e irse a casa también le capacitaría para obedecer la orden. Así que “ante”—con el significado de “a la vista de”—todos los que miraban, obedeció al instante la triple orden y se fue a casa (¿la que, tal vez, estaba ahí mismo en Capernaúm?). Marcos narra el efecto que la gloriosa transformación que experimentó este hombre produjo en aquellos que oyeron lo que Jesús dijo y que vieron lo que pasó: Todos estaban asombrados y glorificaban a Dios, diciendo, “Jamás habíamos visto cosa semejante”. Marcos nos habla acerca del asombro de la gente. Jamás en su vida habían presenciado algo semejante. De acuerdo a Mateo, la multitud “se maravilló”. Lucas en su relato dice que todos “estaban sobrecogidos de asombro … y llenos de temor”, haciéndoles exclamar, “Hoy hemos visto maravillas”. Los tres Evangelios observan que la gente glorificaba a Dios: “todos” (así Marcos y Lucas) le atribuyen a Dios el honor y esplendor que se le debe. Como ocurre a menudo, este “todos” es muy general y no significa que los escribas burlones y criticones hubiesen de repente experimentado un cambio genuino de corazón y mente. Marcos 2:16, 24; 3:2, 6, 22 deja en claro que hombres de este tipo siguieron hostiles y se endurecieron más y más. No obstante, la respuesta de glorificar a Dios fue lo suficientemente general como para justificar el uso de la palabra “todos”. Y no hay duda de que entre los muchos que le exaltaron estaban algunos en quienes las palabras y obras de Cristo habían producido una impresión permanente y salvadora. Probablemente había otros que en su entusiasmo pronunciaban también palabras de alabanza al Altísimo (cf. Dn. 4:34; 6:26, 27), pero cuyos corazones continuaban sin el nuevo nacimiento (cf. Mr. 7:6).

4° Titulo:

Bendita Sanidad Del Alma Solo Dada Por Dios. San Lucas 4:18 y 19. El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

   Comentario: a. Jesús lee las Escrituras

  1. El material leído

Versíc. 18–19. Él se levantó a leer. Y se le dio el rollo del profeta Isaías. Habiendo abierto el rollo, halló el lugar donde estaba escrito …

   Si fuentes posteriores a los tiempos del Nuevo Testamento son aplicables al período en que Cristo estuvo en la tierra, la secuencia de los elementos litúrgicos en el culto de la sinagoga era probablemente la siguiente:

  1. Acciones de gracias o “bendiciones” pronunciadas en relación con (antes y después) el Shemaʿ: “Oye, Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es, y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”.
  2. Oración, la congregación responde “Amén” al unísono.
  3. Lectura de un pasaje del Pentateuco (en hebreo, seguida de su traducción al arameo).
  4. Lectura de un pasaje de los Profetas (traducido del mismo modo).
  5. Sermón o palabra de exhortación.
  6. Bendición pronunciada por un sacerdote, la congregación respondía con “Amén”. Cuando no había ningún sacerdote presente, la Bendición era sustituida por una Oración Final.

   “La libertad de la sinagoga” suponía que cualquier persona considerada idónea por el gobernante (o los gobernantes) de la sinagoga tenía el privilegio y era instada a pronunciar el sermón. Cf. Hch. 13:15. Se entiende fácilmente que esta disposición hizo posible a Jesús y más tarde también a Pablo y otros líderes cristianos, llevar el evangelio a la congregación reunida. No es claro si aquí en Nazaret Jesús fue invitado a tomar este lugar o si simplemente sabía que la gente esperaba que leyera y predicara. Cualquiera de estas posibilidades es aceptable.

   Se levantó a leer. Se le pasó el rollo del profeta Isaías a través del ministro. Parece haber sido un rollo separado.

   ¿Constituyeron las primeras líneas de Is. 61 la haphtara (lección de los Profetas) de ese día reposo en particular, o seleccionó Jesús mismo estas líneas? Las palabras “habiendo abierto el rollo, halló el lugar”, etc., parece indicar en dirección de la segunda alternativa. Tal vez podemos también suponer que fue Jesús mismo quien tradujo del hebreo al arameo.

   La cita (Lc. 4:18, 19) viene de Is. 61:1, 2a. Las grandes semejanzas como también las diferencias se pueden apreciar en el cuadro que se presenta.

  

Una comparación de Isaías 61:1, 2a con Lucas 4:18, 19.

  1. La explicación

   El número al principio de cada uno de los siguientes párrafos hace alusión al pasaje numerado idénticamente en las tres columnas:

  1. Quien habla de principio a fin es evidentemente el Mesías mismo. Lc. 4:21 aclara que este Mesías es Jesús. Esto muestra que el cumplimiento de la profecía de Isaías, cuando volvió el remanente de Israel de la cautividad babilónica, tuvo una naturaleza preliminar; y que el cumplimiento final empezaba con la encarnación, humillación y exaltación de Jesucristo. Fue sobre él que, por obra de Dios el Padre, vino a posarse la unción del Espíritu Santo. Véase Lc. 3:21, 22.
  1. Esta unción daba a entender que el Salvador había sido apartado y capacitado para esta tarea. Parte de esta tarea era “proclamar buenas nuevas a los pobres”. La palabra griega traducida “pobres” ocurre también en las Bienaventuranzas (Mt. 5:3; Lc. 6:20). Quien habla en Isaías estaba pensando en el desamparado, en aquellos que se sabían en esa condición. Is. 66:2 proporciona un buen comentario, “Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla ante mi palabra”.
  2. Las palabras del Mesías halladas en el pasaje de Isaías, a saber, “Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón”, reflejadas también en la LXX, “(Me ha enviado) a sanar a los quebrantados de corazón”, se omiten en Lucas, ¿Por qué? Sólo podemos tratar de adivinarlo. Posibilidades: (a) la intención de Lucas no fue reproducir la haftara completa (selección de los Profetas) sino solamente las palabras que Jesús usó como texto para su sermón; (b) correctamente interpretada, la referencia a “los pobres” a quienes hay que proclamar las buenas nuevas, hace que una declaración posterior en cuanto a “los quebrantados de corazón” no sea absolutamente necesaria. Puede haber una mejor explicación.
  3. La figura subyacente—“cautivos”—es la de exiliados, sacados de su propia tierra y transportados a un país extraño donde deben soportar duros tratos. Esta cautividad simboliza la esclavitud al pecado y a Satanás. Pero el Mesías estaba divinamente comisionado a proclamar y lograr libertad de esta cautividad. Véase Jn. 8:36.
  4. Según el relato de Lucas—compárese con la LXX—Jesús leyó también estas palabras, “Y (me ha enviado a proclamar) a los ciegos recuperación de la vista”. El pasaje paralelo de Isaías a menudo se traduce, “y la apertura de la cárcel para los que están atados. Luego se hace difícil entender por qué la línea correspondiente en la LXX y en Lucas habla de “la recuperación de la vista”. La transición de una idea—apertura de la cárcel—a otra— recuperación de la vista—se explica entonces señalando que cuando los hombres atados en oscuras mazmorras son puestos en libertad, ven nuevamente la luz del día y en este sentido sus ojos son abiertos. Esta explicación suena razonable. Una forma más fácil de llegar al mismo resultado consiste en adoptar para el pasaje de Isaías la traducción alterna de las palabras en cuestión, a saber, “y apertura de ojos a aquellos que están atados”.184 Uno de los propósitos por lo cual el Mesías fue enviado al mundo era, por cierto, abrir los ojos de los hombres, un derecho que Jesús demandó (Jn. 9: 39a).
  5. “(Me ha enviado) a poner en libertad a los oprimidos”. Ni Is. 61:1, 2a ni la LXX tiene algo que corresponda al punto 6. Tal vez podría tomarse como una midrash o comentario sobre el pasaje inmediatamente anterior. Luego el significado sería de esta manera: “Cuando dijo que el ciego recibe la recuperación de la vista, quise decir que esto se lleva a cabo cuando se le libera de la opresión que había estado sufriendo en las oscuras mazmorras de Satanás”. Este comentario parece muy natural en este punto, en vista del hecho de que Is. 58:6—un pasaje no muy desconectado de los primeros versículos de Is. 6:1—se refiere a la liberación de los explotados u oprimidos.
  6. “(Me ha enviado) a proclamar el año del favor del Señor”, o “el año agradable del Señor” VRV 1960. La figura subyacente es la del año del Jubileo, el quincuagésimo año cuando, según Lv. 25:8s, debía hacerse sonar la trompeta y proclamarse “libertad a través de todo el país”. Este es un símbolo de la era mesiánica, ya que sólo por la fe en Jesucristo se obtiene la libertad verdadera: libertad de una vida de constante temor, de la obligación a innumerables mandamientos de hombres, de la culpa, de la contaminación, de Satanás, del pecado y sus resultados. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36). Esta es la libertad por excelencia.

   Cuando se declara no culpable a un hombre acusado, él está libre. Del mismo modo cuando un esclavo ha sido emancipado está libre. Pero el juez o el emancipador por regla general no adopta al individuo libertado como su propio hijo. Pero cuando el Hijo hace libre a alguien, éste será verdaderamente libre, regocijándose en la gloriosa libertad de su condición de hijo. ¿Y cómo libera el Hijo? Respuesta: véase Jn. 18:12; cf. Is. 53:5; 2 Co. 3:17; Gá. 4:6,7.

   Si tenemos presente que al leerse este pasaje de las Escrituras Jesús ya había llevado a cabo un extenso ministerio tanto en Judea como en Galilea, se ve claramente que gran parte de la misión aquí descrita había sido realizada. Se estaba cumpliendo todavía e iba a continuar hasta ser completada. El pobre recibió, está recibiendo e iba a recibir buenas nuevas (Lc. 6:20; 12:32); los cautivos (al pecado y Satanás) la liberación (Lc. 13:16; Jn. 8:31s); el ciego recuperación de la vista (Lc. 7:21, 22); el oprimido la libertad (Mt. 11:28s.; Jn. 7:37); y “el año del favor del Señor” llega para todo verdadero creyente (Lc. 7:22; 10:24). En realidad, incluso los incrédulos se benefician en algún grado con esta llegada (Lc. 17:17).

   Por otra parte, Jesús había venido para salvar al hombre entero: cuerpo y alma. Las bendiciones prometidas eran tanto físicas como espirituales. Por lo tanto, en cualquier caso, el pasaje leído aquel día en la sinagoga de Nazaret no era sólo informativo, sino que también exhortativo. Se insinuaba claramente la invitación a aceptar esta gran salvación.

Amén, para la gloria de Dios.

Bibliografía: Bíblia de Referencias Thompson; C.N.T de William Hendriksen; Expositor Clase de Dorcas.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.