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Lunes 11 de mayo de 2020: “La mujer cristiana y los peligros en su peregrinar”

Lunes 11 de mayo de 2020: “La mujer cristiana y los peligros en su peregrinar”

  Lectura bíblica: Hebreos Cap. 11, versículos 13 al 16. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad.

   Referencias Bíblica: 1ª Cor. 15:30. 30 ¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora? ▬Lucas 8:23. Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban. ▬2ª Cor. 15:26. en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; ▬Romanos 8:35. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? ▬Hechos 27:9. Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba. ▬2ª Ti. 3: 1 al 5. También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. 

   ¿Qué peligros corre en su peregrinar? Respuesta:  conforme a las referencias bíblicas tiene muchos peligros, pero los peligros más graves en el creyente son cuando deja de orar, leer las Santas Escrituras ahí se expone al peligro. Porque el corazón del hombre se engrosa y se endurece, pierde el temor de Dios, se vuelve un corazón incrédulo. Pero cuando esta la gracia de Dios enfrenta los peligros con muchas gallardías, con oración con ayuno, con fidelidad creyendo. Téngalo presente tendremos que enfrentar muchos peligros, no podremos esquivarlos porque vemos los ejemplos de esto hombres que sirvieron al Señor tuvieron que pasar con la ayuda de Dios.

   COMENTARIO: La promesa: HEBREOS 11:13–16

   En los tiempos del Antiguo Testamento los creyentes anhelaban la venida de Cristo. Estos creyentes vivían por la fe, no por la vista, ya que ellos eran los receptores de la promesa. [13]. Toda esta gente estaba viviendo por la fe hasta la muerte. Ellos no recibieron las cosas prometidas; sólo las vieron y las dieron la bienvenida desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.

   Cuando el escritor dice: “Toda esta gente”, se está refiriendo a los receptores de la promesa, a saber, Abraham, Sara, Isaac y Jacob. Dios le dio a Abraham la promesa acerca de la tierra y se la repitió a Isaac y a Jacob. Sin embargo, los patriarcas siguieron siendo nómadas que vivieron en la tierra como “extranjeros y peregrinos”. Ellos recibieron la promesa de innumerables descendientes; no obstante, al morir, los patriarcas sólo tenían hijos y nietos. En suma, “no recibieron las cosas prometidas”. Su fe, sin embargo, les sostuvo, ya que ellos creían que Dios sería fiel a su palabra y al final cumpliría también las promesas que había hecho.

   Los patriarcas discernieron en el futuro el cumplimiento de las promesas de Dios. Por la fe ellos dieron la bienvenida a este cumplimiento, aunque desde lejos. Es decir que con los ojos de la fe ellos vieron la bondad de Dios en el cumplimiento de las promesas a su debido tiempo. Pero con los ojos físicos ellos vieron “que eran extranjeros y peregrinos en la tierra”. La lista de aquellos creyentes que se consideraban “extranjeros y peregrinos en la tierra” es extensa. Por ejemplo, Moisés recibió la promesa de que la nación de Israel poseería Canaán, pero él mismo nunca entró en dicha tierra; sólo se le permitió verla desde una de las montañas de Moab (Nm. 27:12; Dt. 3:27; 32:49; 34:1–4). A lo largo de su vida Moisés fue un peregrino que se mudó desde Egipto hasta Madián, y posteriormente hasta la frontera de Canaán. Moisés “perseveraba porque veía al que es invisible” (Heb. 11:27). Hasta el día de su muerte, él siguió siendo un extranjero y peregrino.

   [14]. Los que dicen cosas tales demuestran que están buscando una patria propia.

   Los creyentes saben que este escenario terrenal es transitorio pero que su hogar celestial es permanente. Por lo tanto, reconocen plenamente el carácter temporal de su permanencia sobre la tierra y anhelan su morada eterna en el cielo. Los creyentes no huyen de este mundo (Jn. 17:11, 14), Este mundo, redimido por Cristo, es el taller de trabajo del cristiano. Y cualquiera que sea la ocupación honesta y honorable que el creyente tenga, Dios la bendecirá. No obstante, esta tierra presente pasará y, según la promesa de Dios, “nosotros esperamos un nuevo cielo y una nueva tierra, el hogar de la justicia” (2 P. 3:13).

   [15]. Si ellos hubiesen estado pensando en el país que habían dejado, habrían tenido oportunidad de regresar. 16. En cambio, ellos anhelaban una patria mejor—la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios, ya que ha preparado una ciudad para ellos.

   El escritor de Hebreos da a entender que los patriarcas hubieran tenido muchas oportunidades de regresar a su país de origen; de hecho, Abraham había partido desde Ur de los Caldeos, “la tierra de su nacimiento” (Gn. 11:28). Ellos podrían haber vuelto sobre sus pasos y viajar desde Canaán vía Harán hacia la Mesopotamia.

   Si los patriarcas hubieran realmente considerado volver a su país natal, le hubieran fallado a Dios y hubieran perdido la promesa que Dios les había hecho. Abraham había sido sacado de la tierra de sus padres y antepasados, que “adoraban u otros dioses” (Jos. 24:2). Él no podía volver porque había respondido en fe a Dios. Por eso, para Abraham, su hijo y su nieto, regresar a la tierra de origen de Abraham era algo inconcebible. En obediencia al llamado de Dios, el patriarca había entrado en Canaán, y con plena confianza en su Dios, permaneció en la tierra prometida. Isaac y Jacob demostraron la misma obediencia, ya que Jacob, después de pasar cierta cantidad de años en Padan-aram, regresó a la parte sur de Canaán. Además, Abraham, Sara, Isaac, Jacob y José fueron enterrados en la tierra de la promesa.

   La otra cara de la moneda proverbial es que los patriarcas no buscaban una herencia terrenal sino una celestial. El escritor de Hebreos dice: “Ellos anhelaban una patria mejor”. Por la fe ellos tenían sus ojos puestos en una patria celestial. Buscaban la vida eterna con el Dios que les había dado las promesas. Y su fe fue recompensada, ya que Cristo mismo, al contestar la pregunta de los saduceos acerca de la resurrección, dijo: “Pero en cuanto a la resurrección de los muertos—¿no habéis leído lo que Dios os dijo, ‘Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, ¿y el Dios de Jacob’? Él no es Dios de los muertos sino de los vivos” (Mt. 22:31–32; y véanse también Mr. 12:26–27; y Lc. 20:37–38; Ex. 3:6; 4:5).

   Dios es el Dios de los vivos. Cualquiera que pone su fe en Dios entra en esa patria celestial mencionada por el escritor de la epístola. Y Dios no se avergüenza de ser su Dios. ¡Qué honor ser llamados hijos de Dios! Dios no permite llevar su nombre porque él ya ha preparado un lugar para nosotros. Somos privilegiados por encima de todos porque “nuestra ciudadanía” como dice Pablo, “está en el cielo” (Fil. 3:20). Todos aquellos que por la fe anhelan la ciudad celestial que Dios ha preparado reciben la ciudadanía celestial (Jn. 14:2; Ap. 21:2). “En consecuencia llegamos a la conclusión de que no habrá lugar para nosotros entre los hijos de Dios, a menos que renunciemos al mundo, y que no habrá para nosotros herencia en el cielo, a menos que seamos peregrinos sobre la tierra”.

Definiciones:

nom, PEREGRINO vet, En el NT se hace alusión a la condición de extranjeros y peregrinos que los cristianos tienen en su paso por esta tierra (1 P. 2:11). La ciudadanía del cristiano está en los cielos (Fil. 3:20), donde está Cristo resucitado, y donde debe tener puestos sus afectos, por cuanto el cristiano ha muerto con Cristo y su vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:1-4). De esta manera participa del noble carácter de aquellos testigos de Dios que, en el pasado, iban en pos de la ciudad celestial, habiendo salido de la ciudad terrena, morando como extranjeros y peregrinos en la tierra que les había sido prometida (He. 11:8-10, 13-16). Durante este peregrinaje el Señor enseña a los Suyos a conocerle a Él y Su actividad en gracia y en gobierno, y también para que se conozcan profundamente a sí mismos (cfr. Dt. 8:2- 5). Durante la peregrinación del cristiano, éste tiene asimismo el privilegio de actuar como «embajador» de Cristo ante un mundo que lo ha rechazado (cfr. 2 Co. 5:17-21). La conducta del peregrino y su meta última quedan recapituladas en Tit. 2:11-15.

PEREGRINACIÓN

  1. paroikia (παροικία, 3940), estancia (relacionado con paroikeo y paroikos, véase EXTRANJERO, A, N.º 6 y B). Se usa en Hch 13.17, traducido «siendo ellos extranjeros» (LBA: «durante su estadía»), lit., «en la estancia»; en 1 P 1.17: «peregrinación». Véase EXTRANJERO, A, Nota.
  2. sunekdemos (συνέκδημος, 4898), compañero de viaje. Se traduce «compañero de nuestra peregrinación» en 2 Co 8.19; véase COMPAÑERO bajo COMPAÑERISMO, B, N.º 5.

PEREGRINAR: ekdemeo (ἐκδημέω, 1553), véase AUSENTE, B, no 2. Se traduce «peregrinamos» (2 Co 5.6, RV; RVR: «estamos ausentes»).

PELIGRAR, PELIGRO, PELIGROSO

  1. Verbo

kinduneuo (κινδυνεύω, 2793), significa propiamente correr un riesgo, afrontar el peligro, pero se utiliza en el NT en el sentido de estar en peligro, de peligrar (Lc 8.23; 1 Co 15.30); en Hch 19.27, 40, «hay peligro» y «peligro hay», respectivamente.

  1. Nombre

kindunos (κίνδυνος, 2794), relacionado con A, peligro. Se traduce siempre así (Ro 8.35; 2 Co 11.26, ocho veces).

  1. Adjetivos
  2. episfales (ἐπισφαλής, 2000), lit., propenso a caer (epi, sobre, esto es, cerca sobre, sfalo, caer), de ahí, inseguro, peligroso. Se utiliza en Hch 27.9.
  3. calepos (χαλεπός, 5467), duro. Significa: (a) duro de tratar (Mt 8.28; véase FEROZ); (b) duro de llevar, penoso, atroz (2 Ti 3.1), traducido «peligrosos» (RV, RVR; Besson, RVR77: «difíciles»; VM, margen: «trabajosos»), dicho de una característica de los últimos días de esta edad. Véase FEROZ.

1er Titulo:

El mundo: atractivo y seductor a la carne y a los ojos. 1ª de Juan 2:15-17. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

   Comentario: E. El mundo y la voluntad de Dios 2:15–17 1. No améis al mundo 2:15:

   Luego de efectuar un llamado a los creyentes, el escritor hace sonar la advertencia de que no hay que amar al mundo. El amor por el mundo impide el amor por el Padre. Vemos aquí un paralelo entre las cartas de Juan y la de Santiago: “Todo aquel que escoge ser amigo del mundo se transforma en un enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Juan escribe:

[15]. No améis al mundo ni nada de lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor de Padre no está en él.

▬a. Juan formula una advertencia seria de no amar al mundo. Él dice “no améis”; no dice “no gustéis” del mundo. La palabra amar que utiliza Juan es la misma que él usa en el versículo 10 donde habla de la persona que ama a su hermano. El amor que él tiene en mente es un amor que vincula, que causa una comunión íntima y una devoción leal. Es el amor que Dios demanda en el resumen de la ley: “Amarás al Señor tu Dios … y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

   Juan dirige su advertencia a aquella gente que ya ha cambiado su lealtad y que ahora les otorga su atención total a los asuntos del mundo. Les dice que dejen de amar al mundo, que desistan de seguir con sus intereses mundanos. No está hablando acerca de un único incidente sino de un estilo de vida.

▬b. Juan utiliza la expresión mundo—una palabra que es típicamente juanina. Esta palabra tiene varios significados, tal como lo ilustra Juan en su primera epístola: el mundo de los creyentes, el mundo del pecado, el mundo del demonio.

   Por eso Juan escribe que Jesús es el Salvador del mundo (4:15) y también que por medio de la fe el cristiano puede vencer al mundo (5:4–5). Según Juan, las características del mundo son los apetitos, la lujuria y los alardes (2:16). El mundo pasa (2:17) y no conoce a Dios (3:1). Odia a los creyentes (3:13) y es morada de los falsos profetas (4:1), del anticristo (4:3) y de los incrédulos (4:5). Y, para terminar, todo el mundo está controlado por el maligno (5:19). La conclusión de Donald Guthrie es la siguiente: “Por consiguiente, en 1ª  Juan hay un fuerte paralelo entre el ‘mundo’ y el ‘diablo’”.

▬c. Juan advierte al lector en contra de amar al mundo y lo que es del mundo. El no aconseja que el cristiano abandone este mundo o que viva recluido. Juan no enfatiza que el cristiano se separe del mundo. En vez de ello, dice que el creyente debe evitar amar al mundo. Nótese que en este versículo relativamente breve el concepto amar precede al concepto mundo. Entonces, ¿qué está diciendo Juan? En una oración: “El amor por el mundo y el amor por el Padre no pueden existir uno al lado del otro”. El cristiano amará a uno y odiará al otro, pero no puede amar a ambos al mismo tiempo (compárese Mt. 6:24; Lc. 16:13). El mundo de pecado está diametralmente opuesto al Padre. Juan describe este mundo en el versículo 16.

-2. Haced la voluntad de Dios 2:16–17

[16]. Porque todo lo que hay en el mundo—los apetitos del hombre pecador, la lujuria de sus ojos y el alarde de lo que tiene y hace—no procede del Padre sino del mundo.

   El pensamiento principal del versículo 16 es éste: “Todo lo que hay en el mundo … no procede del Padre sino del mundo”. En su epístola, Santiago dice algo muy parecido. Acerca del origen de la sabiduría, Santiago escribe: “Dicha ‘sabiduría’ no viene del cielo, sino que es terrenal, no es espiritual, es del demonio” (Stg. 3:15). Aquello que tiene origen en el mundo no viene de Dios sino del diablo.

   ¿Cuáles son estas cosas llamadas “del mundo”? Juan las describe ubicándolas en tres categorías: los apetitos del hombre pecador, la lujuria de los ojos del hombre y el alarde de lo que la persona tiene o hace. Por supuesto, esta lista de tendencias, aunque es globalizadora en su alcance, no agota necesariamente todo lo que hay que decir.

   Antes de considerar estas categorías, hacemos las siguientes observaciones. Las primeras dos categorías (apetitos y lujuria) son deseos pecaminosos; la última (alarde) es conducta pecaminosa. Las primeras dos son pecados internos y ocultos; la última es un pecado externo y manifiesto. Las primeras dos tienen que ver con el individuo, la última con la persona que está rodeada por otra gente.

▬a. Apetitos. Si lo traducimos literalmente, el texto griego dice “el deseo de la carne”. La versión que utilizamos, sin embargo, traduce el texto como “los apetitos del hombre pecador”. La palabra deseo es utilizada en forma colectiva y representa apetitos que incluyen el deseo sexual y la codicia. Estos apetitos son malos porque hacen que el hombre desobedezca el mandamiento explícito de Dios: “No codiciarás” (Ex. 20:17; Dt. 5:21). Además, estos apetitos originan en la naturaleza del hombre y dan nacimiento al pecado (St. 1:15). Pablo redacta una descripción similar de esta naturaleza pecaminosa (Gá. 5:16–17), de la cual dice que “es contraria al Espíritu”.

▬b. Lujuria. Juan describe este deseo como “la lujuria de [los] ojos”. Los ojos son los conductos al alma del hombre. Cuando el hombre es tentado por la lujuria, sus ojos sirven como instrumento que le hacen transgredir y pecar. Juan refleja el sentir de Jesús (registrado en el Sermón del Monte), quien coloca a la mirada codiciosa en la categoría de pecado: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer codiciándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5:28).

▬c. Alarde. Juan expresa esta tercera tendencia en palabras que no pueden traducirse fácilmente. Los traductores brindan una cantidad de versiones igualmente válidas. Aquí tenemos algunas que son representativas:

“La soberbia de la vida” (BdA)

“El alarde de la opulencia” (NTdT)

“La arrogancia del dinero” (NBE)

“La jactancia de las riquezas” (BJ)

“El alarde de lo que tiene y hace” (NIV)

La razón de estas diversas variantes estriba en dos palabras griegas: “alardear” y “vida”. La primera palabra significa la jactancia de alguien presuntuoso, o de un impostor (compárese con Stg. 4:16). Esta jactancia o alarde hasta puede llegar al nivel de una violencia arrogante. La segunda palabra denota vida en cuanto a acciones y posesiones. La persona que hace alarde de sus obras y de sus bienes manifiesta “un apetito pecaminoso por el progreso y el status social”.

   Los tres vicios (apetitos, lujuria y alardes) no se originan en el Padre sino en el mundo, es decir, en el demonio. Juan escribe “el Padre” para indicar, en primer lugar, el vínculo que esto tiene con el contexto anterior (1:2, 3; 2:1, 13, 15) y, en segundo lugar, para hacer les acordar a los lectores que con los hijos adoptivos de Dios. Ellos son hijos e hijas de su Padre Celestial y no pertenecen al mundo. Aunque en un marco diferente, Jesús formula el mismo pensamiento. Les dice a sus adversarios: “el que pertenece a Dios oye lo que Dios dice. La razón por la que vosotros no oís es que no pertenecéis a Dios” (Jn. 8:47).

[17]. El mundo y sus deseos pasan, pero el hombre que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

   El hombre necesita notar lo pasajero de la existencia de la gente mundana y de sus placeres y deseos. Si enfoca su interés en aquello que hoy está aquí y mañana no, recoge una cosecha de inestabilidad, tropieza en las tinieblas del pecado y, por haber echado su suerte con el mundo, encuentra un fin similar. “Porque este mundo en su forma presente, pasa” (1 Co. 7:31).

   Sin embargo, el hijo de Dios está seguro porque posee vida eterna. ¡Qué contraste! La persona que ama al mundo pronto pasa, “pero el hombre que hace la voluntad de Dios vive para siempre”. Juan hace resonar aquí un eco de las palabras de Jesús: “No todo aquel que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino sólo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21; véase también 1 p. 4:2). Cuando la voluntad del hombre está en armonía con la voluntad de Dios, el cristiano tiene una comunión con el Padre y el Hijo que dura para siempre (comparar con 2:5).

Consideraciones prácticas acerca de 2:15–17

   En su oración Sumosacerdotal, Jesús le pide a su Padre que no quite a los creyentes del mundo, sino que los proteja. El ora: “Así como me enviaste al mundo, yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:18). ¿Contradice Juan estas palabras de Jesús? ¿Aboga él por una separación total del mundo en que vivía? No, de ninguna manera.

   Cuando Juan escribió su epístola, hacia fines del primer siglo, la sociedad pagana estaba totalmente corrompida. Estaba caracterizada por la inmoralidad, la codicia, el cohecho y el desprecio por la vida y la dignidad humana. Dentro de esa sociedad la iglesia buscó ser una influencia moderadora, ejemplificando las virtudes de la honestidad, de la moralidad, y de un respeto especial por la vida y la propiedad. Pero dentro de la iglesia alguna gente se había puesto del lado del mundo, ya que no pertenecía realmente a la iglesia. (1 Jn. 2:19).  Se trataba de falsos profetas que salieron al mundo (4:1). Juan advierte al creyente que nunca se debe entrar en compromisos con el espíritu de la época, ni adoptar nunca un tipo de vida mundana.

   En cierto sentido, nuestro mundo difiere muy poco del de Juan. El nuestro está lleno de violencia e inmoralidad. En muchos sectores de la sociedad el cohecho, el hurto y el engaño están entretejidos en la tela misma de la vida diaria. Sin embargo, nosotros los que hemos sido comprados con precio, los que tenemos la señal bautismal del trino Dios colocada sobre nuestra frente, los que somos llamados santos, debemos mantenernos incontaminados por el mundo. Estamos en el mundo, pero no somos de él. Porque si fuéramos del mundo, entonces no seríamos del Padre.

2° Titulo:

El diablo ofreciendo lo que no es de él para ser adorado. San Mateo 4:8 y 9. Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.

   Comentario: Tercera tentación:  Y ahora el diablo arroja su máscara y, habiendo fracasado en los primeros dos intentos de vencer a su enemigo, pone todo en juego en un intento final, brutal, desesperado de lograr su propósito: 8, 9. Otra vez el diablo lo llevó a una montaña muy alta, le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le dijo: Todo esto te daré si te postras delante de mí y me adoras.

    ¿Cómo ha de entenderse que, en la segunda tentación, el diablo lleva a Jesús a la santa ciudad y lo pone en el pináculo del templo, y que ahora, en la tercera tentación, Satanás lo lleva a una montaña muy alta? Algunos insisten en que todo esto debe tomarse en forma literal: “El traslado de Jesús al templo fue físico … “lo llevó consigo” y “lo puso” hace que el diablo proporcione el poder motriz”. No se nos explica cómo podemos concebir esto. ¿Tomó el diablo un cuerpo físico (Gn. 3:1; cf. Jn. 8:44), y ambos, Jesús y el diablo, juntos caminaron por el desierto, entraron en Jerusalén y subieron hasta el pináculo del templo? ¿Cómo llegaron a la montaña desde la que el diablo le podía mostrar a Jesús “todos los reinos del mundo en su esplendor”? ¿Qué montaña de los alrededores del desierto de Judea o de Jerusalén pudo haber sido? ¿Se deslizaron suavemente por el cielo, ejerciendo el diablo las funciones de una especie de máquina? ¿Viajaron juntos todo el camino hasta el Everest? Pero aun entonces, ¿no se requería de una especie de milagro que permitiera al diablo mostrar desde allí a Jesús todos los reinos del mundo, y esto no en una silueta oscura, sino muy claramente, de modo que fuera visible todo su esplendor (o gloria), y esto, no poco a poco durante un largo período, sino como Lucas añade, “en un momento”?

   De ningún modo ésta es una cuestión de creer o no creer las Escrituras. Es sencillamente una cuestión cómo interpretar mejor lo que aceptamos plenamente. El autor de este comentario no ha podido hallar una solución en ninguna parte que lo satisfaga más que la de Calvino. En su comentario, al reflexionar primero sobre la segunda tentación y luego sobre la tercera, observa:

   “Se pregunta, ¿fue (Jesús) llevado realmente a este punto elevado, o fue hecho en una visión?… Lo que se agrega, que todos los reinos del mundo fueron expuestos ante la vista de Cristo en un momento … concuerda con la idea de una visión mejor que con cualquier otra teoría. En un asunto que es dudoso, y en que la ignorancia no produce riesgo, prefiero más bien suspender mi juicio que proporcionar una excusa para debatir a los que son contenciosos”.

   Calvino tiene mucho cuidado. Es claro que favorece la idea de la visión. Por otra parte, no quiere imponerla, dejando lugar para cualquier otra interpretación razonable que alguien pueda ofrecer. Sólo deseo agregar que la Escritura contiene dos pasajes comparables en que se nos dice que alguien es “puesto” o “llevado” a un monte alto. Estos dos son Ez. 40:2 y Ap. 21:10. Ezequiel afirma claramente que esto ocurrió en visiones de Dios. Al vidente de Patmos se le mostraron visiones mientras estaba “en el Espíritu” (Ap. 1:10). Fue “en el Espíritu” que lo llevaron a una montaña grande y alta. Así que, el punto de vista de Calvino es digno de ser considerado con seriedad. La objeción de que si las tentaciones (sean sólo la segunda y la tercera, o quizás mejor, las tres) le ocurrieron a Jesús durante visiones no fueron reales, no tiene base. ¿No fue real la experiencia de Ezequiel, aun cuando ocurrió en una visión? ¿Está desprovista de valor la descripción que Juan hace de la Jerusalén dorada debido a que le vino a través de una visión? Además, si aun un sueño puede ser tan vívido que se han registrado casos de personas que han muerto como resultado, ¿diremos entonces que la realidad de las experiencias de tentación de Cristo se ve menguada en alguna forma porque fue en visiones que el tentador vino y se dirigió a él?

   Este punto de vista no debe ser confundido con aquel según el cual las tentaciones eran de una naturaleza puramente subjetiva. No, aun cuando hubiera sido en una visión que el diablo vino a Jesús, el gran adversario era muy real, y era él, no el Señor quien decía: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”, “arrójate abajo” y “póstrate delante de mí”. Si fue en una visión que se pidió al Señor que hiciera estas cosas, podemos estar seguros que lo que ocurrió en la visión era tan real a su mente como si no hubiera habido visión y todo hubiera ocurrido literalmente.

   Desde la cumbre de un monte muy alto (sea en visión o no, no hay diferencia) el diablo muestra a Jesús todos los reinos del mundo y (o en) su esplendor. Todo esto se le muestra en forma vívida a Jesús; según Lucas (como ya hemos visto), ¡en sólo un momento muy significante! Para tener un concepto de lo que podía haber estado incluido en el panorama que se desplegó ante el Señor sería bueno leer cuidadosamente los tres pasajes siguientes: 2 Cr. 9:9–28; Ec. 2:1–11 y Ap. 18:12, 13. Toda esta riqueza ofrece Satanás a Cristo, todo por el precio de una genuflexión. Si Jesús sólo se postrara en tierra y adorara (véase sobre 2:11; cf. 2:2, 8) al diablo, podría tenerlo todo. Podría ser posesión suya y estar bajo su autoridad (cf. Lc. 4:6).

   Se ha planteado la pregunta si Satanás era realmente el poseedor de todas estas cosas, y si realmente estaba en control de todas ellas, al punto de poderlas ofrecer a quienquiera que él quisiera darlas. Con frecuencia esta pregunta se contesta en forma afirmativa, con apoyo de Ef. 2:2, donde se llama a Satanás “el príncipe de la potestad del aire”; Ef. 6:12, que habla de “huestes espirituales de maldad en los aires”; 1 Jn. 5:19, que afirma que “el mundo entero está bajo el maligno”; y aun Lc. 4:6, donde el gran adversario se presenta como el propietario legal y gobernador de todo. Estos intérpretes encuentran un apoyo más en que, en su respuesta, Jesús no discutió la pretensión de Satanás (4:10).

   ¿Prueban realmente estos pasajes lo que quieren probar los que apelan a ellos? Creo que no. Los primeros tres prueban simplemente que Satanás ejerce una influencia muy poderosa para mal en la vida de personas y espíritus malvados que le reconocen como su amo. Pero tales referencias no demuestran que el diablo es el poseedor y gobernador de las naciones, con el derecho y poder de disponer de ellas como quiere, de tal modo que Cristo mismo, por lo menos en la presente dispensación, tendría que conformarse con una posición inferior a Satanás. La verdad es lo contrario, como lo demuestran abundantemente pasajes tales como Gn. 3:15; Sal. 2; Mt. 11:27; 28:18; Ro. 16:20; Ef. 1:20–23; Col. 2:15 y Ap. 12; 20:3, 4, 10. Si se alega que algunos de estos pasajes se refieren al poder dado a Cristo en su exaltación, la respuesta es que aun durante la humillación de éste, Satanás no podía hacer más de lo que Cristo le permitía, como testifican Mt. 4:11 y los Evangelios en general (expulsión de demonios; Mt. 12:29; Lc. 10:18; Jn. 12:31). Y en cuanto a la jactancia de Satanás (Lc. 4:6), es demasiado absurda como para que mereciera una respuesta. Pero si se exige una respuesta de algún tipo, que sea Jn. 8:44.

   Por lo tanto, podría parecer superficialmente que la tercera tentación de ningún modo era una tentación para Cristo. Jesús sabía que el diablo estaba mintiendo; esto es, que el príncipe del mal no tiene reinos encantadores que dar. Sin duda, el Señor también sabía que aun cuando Satanás los poseyera, no habría cumplido su promesa. Entonces, ¿en qué sentido podemos decir que también la tercera tentativa de Satanás fue una verdadera tentación para Cristo? Como yo lo veo, aunque la forma particular en que fue hecho la proposición nada contenía que la hiciera recomendable a la mente y el corazón del Salvador, sin embargo, la sugerencia implícita de tratar de obtener la corona sin sufrir la cruz pudo haber fomentado en él una amarga lucha. Por cierto, no fue una lucha que lo envolvió en el pecado o que podía llevarlo al punto de cometer pecado, sino que era un estado de agonía. ¿De qué otro modo podemos explicar las palabras pronunciadas en el Getsemaní, “Padre mío, si es posible, que esta copa pase de mí; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26:39)? O ¿cómo podemos explicar Lc. 12:50? Por lo tanto, es claro que para Cristo esta tentación era muy real.

3er Titulo:

La carne en constante batalla contra el Espíritu. Gálatas 5:17. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.

   Definición: GUERRA, BATALLA A. Nombre

miljamah (4421, מ לִ חְ מָ הָ), «guerra; batalla; escaramuza; combate». Este vocablo tiene un cognado en ugarítico. Aparece 315 veces en el hebreo bíblico durante todos los períodos.

     El vocablo significa «guerra» o una confrontación total entre dos fuerzas (Gn 14.2). Puede referirse a hostilidades en forma más concreta; una «batalla»: «Y ordenaron contra ellos batalla en el valle de Sidim» (Gn 14.8). El término no solo implica el objetivo general, sino también el ardor de una lucha mano a mano: «¡Estruendo de batalla hay en el campamento!» (Éx 32.17 RVA). Miljamah se refiere además al arte marcial, o sea, al «combate»: «Jehovah es un guerrero» (Éx 15.3 RVA).

   En el Antiguo Testamento hay varios principios que al parecer regían en una «guerra». No se permitía la violencia injusta. Sin embargo, la «guerra» como parte de la vida de aquellos tiempos, Dios la encabezó m (Jue 4.16) y usó (Nm 21.14). Se promete protección divina a Israel (Dt 20.1–4) siempre y cuando se precedieran las batallas con sacrificios en reconocimiento del liderazgo y soberanía de Dios (1 S 7.9), y se le consultara y obedeciera (Jue 20.23). Ni una vida se perdería (Jos 10.11). El símbolo de la presencia de Dios en «batalla» era el arca del pacto (1 S 4.3–11). Pero su presencia en un combate demandaba pureza espiritual y ritual (Dt 23.9–14). Antes y durante la batalla sonaban las trompetas delante de Dios, a la espera de victoria y gratitud (Nm 10.9–10); y también para comunicarse los comandantes con sus tropas.

   Un grito de guerra anunciaba el comienzo de una «batalla» (Jos 6.5). Al principio, el ejército israelita consistía de todo varón entre los veinte y cincuenta años de edad (Nm 1.2–3). A veces solo se convocaban ciertos segmentos de este ejército potencial (Nm 31.3–6). Había varias circunstancias que permitían eximir a alguien de una «guerra» (Nm 1.48–49; Dt 20.5–8). Durante los reinados de David y Salomón se fue formando un ejército profesional. Llegó a su apogeo particularmente bajo Salomón cuyo ejército tuvo renombre por sus carruajes de guerra. A las ciudades que rodeaban a Palestina se les ofrecía términos de rendición antes de atacarlas. Aceptarlos implicaba que los subyugaran y esclavizaran (Dt 20.10–11). Las ciudades y los pueblos en la tierra prometida debían aniquilarse totalmente. Estaban bajo prohibición (Dt 2.34; 3.6; 20.16–18). Por consiguiente, las batallas se consideraban extraordinariamente sagradas (guerra santa); todo se consagraba y sacrificaba a Dios. Se amonesta a los reyes de Israel a no confiar en el poderío de muchos caballos y carruajes, sino en Dios (Dt 17.16). A los ejércitos de Israel se les prohibía talar árboles frutales para construir sus equipos de asedio (Dt 20.19–20). El pago de los soldados era el botín de «guerra» (Nm 31.21–31) que se repartía entre todo el ejército, aun los que quedaban en la retaguardia (Nm 31.26–47; Jue 5.30). Se asignaba también una parte para Dios (Nm 31.28–30).

  1. Verbo

lajam (3898, ל חָ םַ), «librar batalla, batallar, pelear, luchar, guerrear». El verbo aparece 171 veces en el hebreo bíblico. La primera mención es en Éx 1.10: «Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que, viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos, y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra».

nom, CARNE tip, TIPO DOCT ver, HOMBRE, SANGRE, VIDA vet,

   La palabra hebrea «basar», en su sentido físico, designa el cuerpo, sea humano (Gn. 40:19) o animal (Lv. 6:27). Significa lo exterior del hombre (Gn. 2:21; Éx. 4:7; Lc. 24:39; 1 Co. 15:39); su naturaleza humana, que puede, a veces, dominarle con gran perjuicio del amor, y por ello responde por cuerpo, vitalidad (1 Co. 5:5, 7:28; 2 Co. 12:7; también en relación con la redención; Col. 1:22; Ro. 2:28 s; Gá. 6:12 s; Jn. 6:51-56); designa la persona humana (Jn. 1:14; 1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2). «Carne» significa: la comunidad de los individuos: Gn. 2:23 s; Mr. 10:8; 1 Co. 6:16; de los parientes: Gn. 29:14; Jue. 9:2; del pueblo: 2 S. 5:1 y la unidad de los hombres (Is. 40:5; Jer. 25:31; Jn. 17:2; Gá. 2:16).

   Con frecuencia aparece la expresión «carne» al hablar de la vida del hombre y de su posición frente a Dios: la carne tiene corta vida (Is. 40:6), es débil (Is. 31:3), no se puede confiar en ella (Jer. 17:5), está condenada a muerte (Ro. 8:13), por sí misma no puede conocer los misterios de Dios (Mt. 16:17), cae en la tentación (Mt. 26:41); es el ámbito por lo que respecta a la manera de pensar (1 Co. 2:1-16; 2 Co. 5:16) y de vivir (Fil. 1:22, 24), propio del hombre «terreno» meramente «humano».

   La expresión «carne», en sentido moral, significa la oposición a Dios. «Carne» designa a aquel que quiere obrar su salvación solo, por sí mismo, sin Dios, aunque hable mucho de Él; que pone su esperanza en ventajas terrenas (2 Co. 11:18), en su propia ascesis (Col. 2:18, 23); que cae en pecado en el momento menos pensado (Ro. 7:14), en enemistad con Dios (Ro. 8:7), en toda forma posible de fracaso (Gá. 5:19 ss).

   Reducir la significación de «carne» solamente a lujuria es falso y peligroso, pues «carne» significa más bien toda actuación del hombre con la cual éste cree poder salvarse definitivamente a sí mismo sin Dios. Carne y espíritu están enfrentados (Jn. 3:6; 1 P. 3:18); Pablo describe la «carne» como un poder personal con sentimiento

y actividad propios (Ro. 8:5 ss; Col. 2:18), contrarios al Espíritu de Dios (Gá. 5:17, 24); actúa arbitrariamente según sus propios instintos. Los cristianos son aquellos que andan, no según la carne, sino según el Espíritu. Andar según la carne es opuesto a vivir según el espíritu (Gá. 4:3; Col. 2:8-20), según el Señor (2 Co. 11:2), según el amor de Dios (Ro. 14:15). Los elementos de este mundo son contrarios, es decir, claramente designan actitud contraria a Dios.

   Cuando Pablo apostrofa a los cristianos de Galacia: «Habiendo comenzado en Espíritu, ¿habéis venido a parar en la carne?» (Gá. 3:3) no se refiere a una caída en la sensualidad, sino a un retorno a las observancias legalistas del judaísmo.

   La carne, («sarxs» en griego), está excluida de la participación en el reino de Dios, mientras que el cuerpo, («soma» en griego), transformado, es decir, arrancado del dominio de la carne («sarxs»), será portador de vida resucitada. Esta distinción importante estriba en que «soma» es, precisamente, el hombre mismo, mientras que la

«sarxs» es un poder que le somete y esclaviza. Por ello, San Pablo puede hablar de una vida «según la sarxs», pero no de una «según el soma». El cuerpo será transformado en incorruptible e inmortal, pero la carne no tendrá participación alguna en la futura vida con Dios. (Véase HOMBRE, SANGRE, VIDA).

   Comentario: El versículo 16 da a entender claramente que hay un conflicto entre el Espíritu y la carne, así que también entre la naturaleza nueva y santificada del creyente y su antigua y pecaminosa naturaleza. Por tanto, Pablo continúa: 17. Porque la carne pone su deseo contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; pues éstos se oponen el uno al otro … Por cierto, mientras uno se deje guiar por el Espíritu, seguramente no dará satisfacción a los deseos de la carne, pero, ¿cuán a menudo pasa que la persona no deja que el Espíritu le guie? Y en esas condiciones, dado que el Espíritu persiste, surge un fiero conflicto dentro del corazón del creyente. Los adversarios son: El Espíritu—por eso también la nueva naturaleza habitada por El—por un lado; y en el otro lado: la carne, esto es, “el hombre viejo” de pecado y corrupción (el mismo significado que en los vv. 13 y 19 de este capítulo, y como en 6:8; cf. Ro. 7:25; 8:4– 9, 12, 13).

   En relación con esta contienda, nótese lo siguiente:

   (1) El libertino no experimenta este tipo de lucha debido a que sigue sus inclinaciones naturales.

   (2) El legalista, destinado a la gracia y la gloria, recordando su pecaminosidad por la ley, pero no queriendo por un tiempo aceptar la gracia, lucha y lucha, más sin conseguir la victoria o sin experimentar el sentido de un triunfo cierto y final. Esta condición persiste hasta que finalmente la gracia echa abajo todas las barreras de la oposición (Fil. 3:7 ss.).

   (3). El creyente, mientras está en la tierra, experimenta un conflicto agonizante en su propio corazón, pero en principio ya ha ganado la victoria, como lo testifica la presencia misma del Espíritu Santo en su corazón. Esta victoria será suya en una medida plena en la vida venidera; por lo tanto,

   (4) Para el creyente redimido que está en la gloria esta batalla ha terminado. Lleva la corona de la victoria.

   Así que, en cuanto al punto (3), el mismo orden de las palabras en el texto—nótese: “pone su deseo contra” y “se oponen el uno al otro”—indican la intensidad de la lucha que dura toda la vida. Esto muestra que la vida cristiana significa mucho más que el simple hecho de pasar adelante para registrar la decisión de consagración en una reunión de avivamiento después de haber oído un mensaje poderoso, evangélico, y que apela al corazón, y mientras uno está bajo la influencia del canto de viejos himnos familiares entonados por un gran coro. Cuando, bajo estas circunstancias, el cambio es genuino, ello es algo maravilloso, pero uno debe de tener siempre presente que como regla general un pecador no es salvo totalmente de una sola vez (“¡presto!”). No llega al cielo por un salto prodigioso. Por el contrario, tiene que continuar ocupándose de su salvación (Fil. 2:12). Esto requiere tiempo, lucha, esfuerzo intenso y empeño. El mismo es su más fuerte enemigo, tal como Pablo lo afirma al decir, de manera que estas mismas cosas que quisierais estar haciendo, éstas no las estáis haciendo. ¡Qué batalla entre el querer y el obrar! Pablo, escribiendo como hombre convertido (Ro. 7:14–25) y narrando sus experiencias presentes en el “estado de gracia” (para la prueba véase Ro. 7:22, 25), se queja amargamente del hecho de que él practica aquello en lo que su alma ya no se deleita; de hecho, practica lo que su ser regenerado odia (Ro. 7:15). Y clama, “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Ro. 7:24). No obstante, también está totalmente consciente del hecho de que, en la lucha entre su propia carne y el Espíritu de Dios, es del todo cierto que el Espíritu—y por tanto también Pablo—tendrá la victoria; por cierto, en principio ya es un hecho ahora mismo. ¿Podría haber habido esta pena tan genuina y teocéntrica por el pecado si Pablo no se hubiera convertido verdaderamente? ¡Por supuesto que no! En consecuencia, este mismo conflicto es la cédula de la salvación del apóstol. De manera que no nos sorprende que la exclamación “Miserable de mí … ¿quién me librará?” sea seguida por, “Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro … Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 7:25; 8:1; cf. 1 Co. 15:57). En forma similar, aquí en Gálatas la idea de victoria por medio del Espíritu también es básica para entender correctamente el v. 18. Pero si sois dirigidos por el Espíritu no estáis bajo la ley. El estar “bajo la ley” significa derrota, esclavitud, maldición e impotencia espiritual, porque la ley no puede salvar (Gá. 3:11–13, 21–23, 25; 4:3, 24, 25; 5:1). Es el espíritu que nos pone en libertad (4:29; 5:1, 5; 2 Co. 3:17).

4° Titulo:

Peregrinando de acuerdo al consejo divino. 1ª de Pedro 1:17. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;

   Pensamiento: ¿Cuál sería el consejo divino? Respuesta es conducirse con temor a Dios, temor reverente, no se refiere al miedo, sino que sirvamos al Señor con temor y reverencia, en santidad, en justicia, en pureza, eso es lo que nos pide Dios que peregrinemos por este camino en Santidad. Porque él es Santo tres veces Santo. Santiago 1:25. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera (peregrinar) en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. 

   Definición conducta: Indica, generalmente, un estilo de vida, y en muchas versiones se ha traducido al castellano con la palabra «conversación», que en el castellano clásico significa «conducta» o «manera de vivir» (Ef. 4:22; 1 P. 1:15; 2:12; 2 P. 3:11). La palabra «conducta», se deriva del verbo latino que significa «conducir», o también «ir a un punto y regresar». La conducta del cristiano debe estar inspirada y moldeada por su caminar con Cristo, imitándole.

   Comentario: B. Vivan en reverente temor 1:17–21: Pedro enseña, exhorta y aconseja a sus lectores acerca del modo en que debieran vivir. Menciona una vez más la relación que tienen como hijos de Dios para con Dios el Padre, que es santo y justo. [17]. Puesto que invocan como Padre al que juzga imparcialmente las obras de cada uno, pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros en este mundo.

   Cada palabra de este texto es importante y rebosa de significado. Nótese que este versículo sirve de introducción a los cuatro versículos siguientes (vv. 18–21).

▬a. “Puesto que invocan como Padre”. Los traductores de la versión presente han captado correctamente el pensamiento de este versículo con las palabras puesto que. Una traducción literal del griego sería: “Y si invocan a un Padre”. Sin embargo, la oración condicional expresa la realidad de una práctica de larga data, de modo que las palabras Y si pueden significar “puesto que”.

   En el griego, la palabra Padre está antes del verbo invocar para recibir un énfasis especial. Aunque el sustantivo Padre carece del artículo determinado, en su forma absoluta se refiere a Dios el Padre. En otras palabras, Pedro indica que no tiene en mente ningún otro padre que Dios el Padre. Ya en los tiempos del Antiguo Testamento la gente invocaba a Dios como Padre (Sal. 89:26; Jer. 3:19; Mal. 1:6). Pero el Nuevo Testamento revela que Jesús nos enseña a orar íntimamente al Padre en el Padre nuestro (Mt. 6:9; Lc. 11:2). Pablo escribe que nosotros clamamos: “Abba, Padre” (Ro. 8:15; Gá. 4:6).

   Cuando llamamos a Dios nuestro Padre por ser sus hijos, debemos esperar que él también sea nuestro juez. Pedro agrega que el Padre “juzga imparcialmente las obras de cada uno”. Dios no favorece a nadie, sea rico o pobre (Stg. 2:1–9), judío o gentil (Ro. 2:11), esclavo o amo (Ef. 6:9; véase también Co. 3:25).99 El texto dice que Dios juzga sin mirar el rostro de la persona (cf. 1 Sa. 16:7) y que Dios Padre ya está juzgando las obras de cada uno. Nadie quedará exento de juicio, porque Dios juzgará imparcialmente cada acción del hombre. Por consiguiente, cuando invocamos el nombre del Padre, nos encontramos también con un juez imparcial.

   ¿Cuál es el propósito de saber que Dios es nuestro Padre y nuestro juez? Pedro lo aclara al decir: “pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros”. El cristiano debe vivir siempre consciente de estar en la presencia de Dios. Él sabe que el ojo de Dios está constantemente sobre él. Además, también se da cuenta de que el que no es cristiano lo está observando cuidadosamente para ver qué dice y qué hace. Por lo tanto, debe ser un verdadero hijo de Dios, para que se reflejen en el hijo las virtudes del Padre.

   La NVI ha traducido correctamente la palabra temor al calificarla con el adjetivo reverente. La relación entre Dios y su hijo no es de miedo sino de respeto. Dios quiere que su hijo viva como extranjero en esta tierra. En otras palabras, el hijo de Dios tiene su ciudadanía en el cielo (Fil. 3:20; Heb. 11:9). Es un extranjero en el mundo (v. 1; 2:11) durante el tiempo que Dios haya querido concederle (cf. 2 Co. 5:1, 6). Es un peregrino que busca complacer a Dios con su conducta diaria, que tiene profunda reverencia por Dios y su Palabra, y que sabe que ha sido comprado con el precio de la sangre de Jesús (vv. 18–19).

   A continuación de esto, leemos un párrafo de cuatro versículos en que Pedro presenta un breve resumen de la fe cristiana. Estos versículos enseñan las doctrinas de la redención, revelación y resurrección de Cristo.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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