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Lunes 10 de junio de 2019: “El verdadero hijo de Dios se abraza a las promesas del Señor”

Lunes 10 de junio de 2019: “El verdadero hijo de Dios se abraza a las promesas del Señor”

Lectura bíblica: San Lucas Cap. 2, versículos 25 al 32. Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación, La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles. Y gloria de tu pueblo Israel.

   Comentario: Versíc. 25, 26. En Jerusalén había un hombre llamado Simeón. Este hombre era justo y devoto, esperando la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes que hubiera visto al Cristo del Señor.

   Poco se sabe de Simeón. Este pasaje no establece que haya estado investido de algún oficio específico; por ejemplo, el de sacerdote. Parece que era lo que hoy llamaríamos un “laico”.

   La iglesia necesita tanto a los laicos como a los ministros ordenados. No solamente Moisés y Josué ocuparon un lugar de importancia en los negocios del reino de Dios, sino también Eldad y Medad (Nm. 11:26–29).

   ¡Especialmente laicos como ellos! Simeón se describe como justo. También lo era José, el esposo de María (Mt. 1:29); y lo era María misma, al igual que Zacarías y Elisabet (Lc. 1:6). Y no olvidemos a José de Arimatea (23:50).

   Simeón era “justo y devoto”. Véanse otros ejemplos de hombres devotos en Hch. 2:5; 8:2; 22:12. Con la máxima prudencia tales hombres se hacen cargo de los deberes que Dios les ha asignado. Son concienzudos en sus planes, teniendo siempre como objetivo mejorar el bienestar de ellos mismos y de su prójimo, para la gloria de Dios. La combinación “justo y devoto” podría bien indicar que Simeón se conducía de tal modo que su conducta con respecto a los hombres (era justo) y hacia Dios (era piadoso) era objeto de la aprobación divina.

   Este hombre “estaba esperando la consolación de Israel”. Realmente, las condiciones en Israel eran muy malas, malísimas en el tiempo en que Jesús nació en Belén. Piénsese en la pérdida de la independencia política, el cruel rey Herodes, la degeneración de la religión que había pasado a ser algo completamente externo, el legalismo de escribas y fariseos y de sus muchos seguidores, la mundanalidad de los saduceos, el silencio de la voz profética, etc. Pero en medio de toda esta oscuridad, degradación y desesperación había hombres que miraban con esperanza, con sinceridad, “la consolación de Israel”. Había hombres … y ¡también mujeres! Ya fueron mencionadas María y Elisabet. Un poco más adelante Lucas va a poner a Ana en la lista. La frase “todos los que estaban esperando la redención de Jerusalén” (2:38) indica que este grupo de hombres y mujeres piadosos era considerable.

   Que estos hombres y mujeres estaban verdaderamente en lo correcto al mantener esta esperanza es claro al considerar la profecía. Por ejemplo, estudie las muchas profecías de Isaías en que se prometen bendiciones tales como el consuelo, la paz y el gozo, asociándolas con la era mesiánica (Is. 7:14; 9:1–7; 11:1–10; 40:1–11; 49:8–13; 51:1–6, 12–16; 52:13–55:13; 60:1–3; cap. 61; 66:13).

   Simeón había sido dotado de una bendición muy rara y especial. En alguna forma, aun antes de Pentecostés, ya estaba morando en él el Espíritu Santo. Estaba constantemente bajo la influencia del Espíritu.

   Ese mismo Consolador le había revelado que no moriría antes de ver al Cristo de Dios. Para tener más luz sobre la expresión el Cristo de Dios o del Señor, véanse Sal. 2:2; 45:7; 110:1; Is. 61:1; Lc. 4:18.

   Algunos intérpretes hacen un especial énfasis en que esta revelación no significa necesariamente que Simeón era un hombre de edad avanzada cuando Jesús fue llevado al templo. Lo admito. ¿Sin embargo están completamente equivocados los expositores que lo presentan como un anciano? ¿No es más natural pensar en un hombre de edad avanzada cuando leemos afirmaciones tales como: “Se le había revelado que no vería la muerte hasta”? y “Ahora, soberano Señor, ¿estás despidiendo a tu siervo en paz” etc.? ¿No era Jacob también un “hombre viejo” cuando, hablando en forma similar, dijo: “Basta; mi hijo José todavía vive; iré y le veré antes de morir” (Gn? 45:28)? Cuando dijo esto, Jacob tenía 130 años. Murió a los 147 (Gn. 47:9, 28). No vacilo en describir a Simeón como un anciano, aun cuando reconozco que se carece de pruebas absolutas para esta posición.

   Versíc. 27–32. Guiado por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres entraron con el niño Jesús para hacer por él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos, bendijo a Dios y dijo: Ahora, soberano Señor, estás despidiendo a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz, porque mis ojos han visto la salvación

la cual has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para revelación a los gentiles y gloria para tu pueblo Israel.

Nótese lo siguiente:

(a). Literalmente el texto dice: “En el Espíritu vino al templo”. “En el Espíritu” es la misma frase que aparece en Apocalipsis (1:10; 4:2; 17:3; 21:10). En ese libro ello indica que el alma del vidente parece haber sido liberada por un momento de las trabas de tiempo y espacio. En un elevado estado de éxtasis, es como si estuviera a solas con Dios. Sin embargo, aquí en Lucas el sentido es ligeramente diferente. Simeón está completamente consciente de lo que lo rodea. Sin embargo, su alma está inundada con pensamientos de acción de gracias y alabanza. Además, está—está consciente de ello—guiado por el Espíritu. El Espíritu se había preocupado que en el momento preciso en que José y María entraban en el templo, llevando al niño Jesús, para hacer lo que era costumbre confirme a la ley (como ya se ha explicado), también entrara Simeón.

(b). “Los padres entraron con el niño” Esto no es una negación del nacimiento virginal (1:34, 35). En el sentido legal, José y María eran los padres de Jesús. Véase, además, 2:48: “Tu padre y yo”.

©. “Simeón lo tomó en brazos”. Simeón hizo lo mismo que Jesús iba a hacer más adelante en su vida (Mr. 9:36; 10:16).

(d). “Bendijo a Dios”. Cuando el Espíritu Santo le dejó en claro que este mismo niño era el Mesías, el corazón de Simeón rebozó de gratitud a tal punto que derramó delante del trono de su Padre su ardiente acción de gracias. Como es claro en el Nunc Dimittis, dio gracias a Dios por lo que el niño significaba para él personalmente y por lo que significaba tanto para el mundo gentil como para el judío.

(e). El “Cántico” de Simeón es el último de los cinco ya mencionados. Es un himno de alegre resignación.

(f). La palabra ahora (“Ahora … estás despidiendo”) no es un débil “ahora” transicional. Es definidamente un adverbio de tiempo. Lo que Simeón quiere decir es que ahora está listo para morir, puesto que Dios lo está despidiendo en paz como había prometido hacerlo. Simeón está teniendo en brazos y viendo con sus ojos no solamente un bebé, sino la “salvación’, esto es, Aquel por medio de quien Dios iba a dar salvación a su pueblo. Puesto que Simeón es un “siervo” dispuesto, que reconoce con gozo el derecho absoluto que Dios tiene sobre su

persona, se dirige a Dios como “Soberano Señor”. Véanse más explicaciones en la nota.

(g). Con referencia a “tu salvación”, Simeón continúa:

La cual has preparado a la vista de todos los pueblos,

luz para revelación a los gentiles

y gloria para tu pueblo Israel.

   Nada hay de mente estrecha en Simeón. Proclama sonoramente la significación de Jesús no solamente para Israel sino también para los gentiles, el mundo ajeno a Israel. Esto está en armonía con pasajes tales como Is. 42:6, 7; Mi. 1:15; Mt. 28:19; Jn. 3:16; 4:42; 10:11, 14, 16; Hch. 13:47; Ef. 2:13, 14; Col. 1:27; Ap. 7:9–17.

   El concepto tu salvación aquí es definida como “luz” y “gloria”. Para los gentiles la salvación es luz: el verdadero conocimiento de Dios, santidad y amor, gozo como nunca antes experimentada. Por cierto, es también luz para Israel, pero la expresión es particularmente adecuada cuando se aplica a los gentiles debido a que sus tinieblas eran más profundas.

   Para Israel la salvación es gloria. También es gloria para los gentiles, pero nadie que conozca la Biblia dejará de entender por qué esta descripción es apropiada específicamente para Israel. Es con Israel que nosotros asociamos la Shekinah, esto es, la “nube” de luz, una de las manifestaciones de la presencia de Jehová (Ex. 40:34, 35; cf. 1 S. 4:21, 22). Dios había bendecido a Israel por sobre todas las naciones (Sal. 147:19, 20; Am. 3: 2a; Ro. 3:1, 2). Sin embargo, cuando nosotros asociamos “gloria” con Israel nos acordamos especialmente de este honor sin precedentes que se le otorgó, a saber, que Dios la escogió con el propósito de divulgar la verdadera religión entre las naciones del mundo (Is. 49:6; 60:1–3; Zac. 8:20–23). Más específicamente aún, que la había seleccionado para que de ella viniera el Cristo en su naturaleza humana (Ro. 9:5). Y Cristo es la “Luz del mundo” (Jn. 8:12). Eso, más que cualquier otra cosa, era la gloria de Israel. Debido a esto se podía hablar a Sion de la siguiente manera: “Serás corona de gloria en la mano de Jehová y diadema de reino en la mano del Dios tuyo” (Is. 62:3; véase el contexto, vv. 2, 12 y 60:3).

   Ahora hemos terminado la consideración de los cinco “cánticos” que giran en torno al nacimiento de Cristo. Nada podría superar la doxología de los ángeles. La gloria de Dios es el fin principal de los hombres y [p 174] también de los ejércitos celestiales. Omitiendo cualquier otra referencia a ese himno de adoración, nos queda la serie: el Canto de amor de Elisabet, el Canto de fe de María, el Canto de esperanza de Zacarías, y el Canto de resignación de Simeón, esto es, de alegre rendición.

   Estos cuatro forman una especia de clímax en la forma siguiente:

   El himno de Elisabet tiene su centro en María. Le haríamos una injusticia si no añadimos de inmediato que llama a María “la madre de mi Señor” y que el fruto de su matriz sería “bendito”. Pero comienza con María (1:42) y termina con María (1:45). Ella alienta amor.

   María va más lejos. Ella confiesa su fe magnificando a Jehová por su poder, santidad y misericordia. Ella lo considera como el Ayudador de Israel en tiempo de necesidad.

   Zacarías es aún más específico, se acerca aún más al tema de la Navidad. Habla no solamente acerca de “el Señor, el Dios de Israel”, sino que con esperanza firmemente arraigada mira el futuro y ve “el Cuerno de David”, el “Sol naciente”, esto es, el Mesías.

   Simeón es el más amplio de todos. En líneas repletas de un humilde reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios, con resignación llena de confianza, y con la ternura de corazón con que está sosteniendo al niño Jesús en sus brazos, se rinde al Dios que, en cumplimiento de su promesa, ha permitido que viva el tiempo necesario para ver al Mesías, y en él la realización del plan de redención para el mundo:

   Luz para revelación a los gentiles y gloria para tu pueblo Israel.

   Ahora Simeón ha encontrado paz. Ahora está listo para partir de esta vida.

   Pensamiento: La hija de Dios se abraza a las promesas de Dios. Bien sabemos que hay verdaderos creyentes y falsos creyentes, pero el verdadero hijo de Dios se aferra a lo que Dios le ha prometido, y guarda silencio delante de Dios. Porque tiene una esperanza viva en sus promesas a través de las Escrituras que es la palabra de Dios, y también hay promesas que Dios le dado a cada creyente en forma personal por el Espíritu Santo, tanto en el llamamiento o como en caminar del hijo de Dios.

   Referencias: 2ª de Corintios 1:20-22. porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios. Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.

Hebreos 6.11-14. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente.

Hebreos 11:12. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. 

1er Titulo:

Ejemplo De Perseverancia Y Abnegación. San Lucas 2:36 al 38. Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

   Comentario: Si Simeón fue notable, también lo fue Ana por la gracia de Dios: 36–38. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana. Después de su matrimonio ella había vivido con su marido siete años, y había sido viuda hasta que tenía ahora ochenta y cuatro años. Ella nunca se apartaba del templo, pero continuaba en adoración noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a esa misma hora, ella daba gracias a Dios y hablaba de él [Jesús] a todos los que estaban esperando la redención de Jerusalén.

Ana

1. ¿Quién era?

   Su nombre significa Gracia. Era viuda, hija de Fanuel. Es la transliteración griega del nombre hebreo más conocido Penuel, que también se escribe Peniel. Se recordará que Jacob, al volver a su tierra, fue dejado solo junto al río Jacob. Allí luchó con el Ángel y su nombre fue cambiado a Israel. En relación con ello leemos: “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo, ‘Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma’” (Gn. 32:30).

   Ana pertenecía a la tribu de Aser. Aser era el segundo hijo de Zilpa, la esclava de Lea. Fue llamado Aser (= Feliz) porque su nacimiento hizo feliz a Lea. Era el octavo hijo de Jacob. Véanse Gn. 29:31–30:24; 35:16–20, 22–26 para la lista de los hijos de Jacob.

   Más importantes en relación con esto son estos dos hechos: (a) La presencia misma de un miembro de la tribu de Aser, que vive en Jerusalén, muestra que las así llamadas “tribus perdidas” no se perdieron completamente, (b) El hecho de que Lucas sepa a qué tribu pertenece Ana indica que los judíos estaban conservando los registros de familia, o genealogías, al día. Las razones para ello se han indicado en el C.N.T. sobre Mateo, pp. 116, 117.

   Ana era una profetisa. Durante muchos años la voz de la profecía había estado callada. ¡Ahora, aquí aparece repentinamente una profetisa! Ella hace que nos acordemos de las cuatro hijas solteras del evangelista Felipe, sobre las cuales se iba a otorgar similarmente el don de la profecía (Hch. 21:9). Un verdadero profeta o profetisa es quien, habiendo recibido revelaciones del propósito y voluntad de Dios, declara a los demás lo que ha recibido de esa manera. Véase Dt. 18:18. El apóstol Pablo consideraba como muy importante el don de la profecía (1 Co. 14:1).

2. ¿Qué edad tenía ella?

   Era ciertamente “muy anciana”; literalmente, “avanzada en muchos días”, o como diríamos, “de edad muy avanzada”. Ella se había casado y había vivido con su marido siete años. Hasta este punto no hay desacuerdo entre los expositores. Lo que sigue inmediatamente, en el v. 37 a, es obscuro, con dos interpretaciones posibles. Literalmente la oración dice: “y ella viuda hasta ochenta y cuatro años”. Esto puede significar una de dos:

a. “Hasta ahora ella había sido viuda durante ochenta y cuatro años”, o

b. “Ella ahora había llegado a la edad de ochenta y cuatro años”.

¿Cuál de estas dos teorías es correcta? La teoría (a) está cargada con la consideración de que, si es correcta, esta profetisa debe de haber sido muy, muy vieja. Aun cuando hubiera tenido 14 años solamente al casarse—lo que es posible porque las muchachas judías con frecuencia se casaban muy jóvenes—ella ahora tendría (14 + 7 + 84 =) ¡105 años de edad! La teoría (b) la representa como que ahora era una mujer de 84 años. Según algunos, eso no es “muy anciana”; sin embargo, Lucas declara que en este tiempo ella era “muy anciana”.

   Los argumentos que se han presentado en favor de (a) son:

   En primer lugar, 84 años no es una edad muy avanzada; 105 años sí lo es.

   En segundo lugar, Lucas presenta una suma: un número indefinido de años antes del casamiento de Ana, más 7 años de casada, más 84 años de viudez. Pone gran énfasis en la edad muy avanzada de Ana.

   En tercer lugar (el argumento de Danker): Lucas podría estar pensando en el caso paralelo de Judit;

   Breve resumen de los argumentos que se pueden presentar en favor de (b): Primero, a la luz de Sal. 90:10, ochenta y cuatro años puede considerarse una edad “muy avanzada”.

Segundo, La descripción de la edad que Lucas hace no es necesariamente una suma.

Tercero, en el uso de las fuentes, así como en la composición, Lucas era guiado por el Espíritu Santo. No hay evidencia alguna de que ha a sido influenciado por un libro (Judit) lleno de disparates ridículos y no históricos.

   Conclusión: cualquiera de los puntos de vista es posible, aunque yo, si he de decidir por alguno, prefiero la teoría (b). A los argumentos ya resumidos, yo agregaría este: no sólo se presenta a Ana como muy anciana, sino como muy activa todavía (vv. 37, 38), lo cual es más probable a los 84 años que a los 105.

3. ¿Qué clase de mujer era ella?

   “Ella nunca se apartaba del templo”, etc. Esta expresión hay que considerarla una hipérbole, a menos que Ana viviera actualmente en el templo en alguna de sus dependencias, lo cual no es imposible. El sentido entonces sería sencillamente: ella acudía al templo regularmente, estando presente tanto en cultos públicos como en los más privados. Aun en el día de hoy, cuando una persona no solamente asiste a los cultos dominicales, sino también participa en diversas actividades de la iglesia durante los días de la semana, esa persona dice a veces, “vivo allí”. Tal persona no tiene miedo de que alguien tome esto en forma literal. “Continuaba en adoración … con ayunos y oraciones”. Esto lo señala como una mujer que no tenía un concepto demasiado alto de sí misma, sino que estaba preocupada de los demás, del reino de Dios, de la esperanza de Israel, etc., y recordaba todas estas cosas en oración.

4. ¿Cuál era su actitud hacia Jesús?

   Ella iba “llegando a esa misma hora” (o “momento”). Nosotros podemos imaginarla como que está en uno de los atrios del templo, quizás en el “atrio de las mujeres”, cuando ve a José y María con el niño Jesús. Observa cuidadosamente cómo Simeón toma al niño en sus brazos. Escucha las palabras de su Nunc Dimittis. Ella oye claramente cada palabra, porque ahora se ha acercado a la pequeña familia. Está convencida que este niño es verdaderamente el Mesías.

   Llena de gratitud, ella inmediatamente expresa su agradecimiento a Dios. Terminada su oración, ella empieza a hablar a todas las personas que piensan en forma similar a ella. Después esto llegó a ser una costumbre para ella. Hablaría a todo aquel que, siendo de un mismo espíritu con ella, esperaba igualmente y con ansias la redención de Jerusalén, esto es, la “consolación de Israel” (véase sobre el v. 25), su liberación del pecado por medio del Salvador, a saber, Jesús. Véase arriba sobre 1:68.

   Considerando el hecho de que los Evangelios en tantas páginas describen la maldad y dureza de corazón de los fariseos, los escribas y muchos de sus seguidores, es ciertamente refrescante saber que, como en los días de Elías (1 R. 19:18) y como en los días de Pablo (Ro. 11:5), así también ahora, en los días del niño Jesús, había “un remanente escogido por gracia”. Así será siempre.

   Pensamiento: Ejemplos de perseverancia ¿Qué es la perseverancia?: en sentido literal quiere decir: continuar, seguir. En sentido bíblico quiere decir que el Don de la Salvación es eterno y por este motivo los creyentes deben de persistir en su compromiso de fe, existan las circunstancias que existan.

   El término perseverar aparece en algunos pasajes bíblicos en donde se hace referencia a la perseverancia como valor. La perseverancia como valor significa que aquellos que posean esta cualidad, poseerán una virtud en su persona.

   Se dice que quien tenga perseverancia, tendrá a Dios a su lado. Este término, no solo hace referencia a la fe en Dios, sino que también se refiere a la perseverancia en múltiples ámbitos de la vida. Por ejemplo, perseverar en el trabajo, en un objetivo, etc… Este tipo de virtudes son las que nos acercan a Dios, es por ello que la perseverancia debe de ser una cualidad relacionada con nuestros actos. Se hace referencia de esta palabra cuando la comparamos con objetivos de fe, y de buena moral hacia los demás.

   Esta palabra, en su sentido más estricto, no difiere en exceso a su sentido bíblico.

   El término abnegación proviene del latín abnegatĭo. Según la definición que presenta el diccionario de la Real Academia Española (RAE), se trata del sacrificio que alguien hace de su voluntad, de sus afectos o de sus intereses. Por lo general, dicho sacrificio se realiza por motivos religiosos o por altruismo.

   Ahora tenemos la definición de estas dos palabras perseverancia y abnegación, que nos pide según este tema que debemos hacer una abnegada perseverancia en Jesucristo: de pide fidelidad en todo. ¿Hasta cuándo? Hasta el fin de nuestra vida. No quiere decir que seamos perseverante en alguna petición que tengamos antes Dios.

   Referencia: Romanos 5:3-5. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 

Santiago 1:12. Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.

2ª de Pedro 1:5-6. vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad;

2° Titulo:

El Remanente Fiel Se Goza En Su Salvador. San Lucas 1:67 al 69. Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo: Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo, Y nos levantó un poderoso Salvador. En la casa de David su siervo, 

   Comentario: La Profecía de Zacarías: El cántico de Zacarías es una profecía que fue pronunciada bajo la dirección iluminadora del Espíritu Santo. Nótense las palabras de introducción: 67. Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo y profetizó, diciendo. Por lo tanto, debemos aceptar estos dos hechos:

[1]. Zacarías fue lleno del Espíritu Santo. Igual que Elisabet (v. 41) como se recordará. Cuando María llegó, Elisabet estaba tan definidamente guiada, influenciada e iluminada por el Espíritu Santo que, en relación con el salto del niño en su matriz, ella repentinamente supo (a) quién era realmente María, a saber, no solamente una pariente, sino la más bienaventurada de todas las mujeres, la madre de su Señor, y (b) quién era el niño que

estaba en las entrañas de María, esto es, el Señor de Elisabet (1:41–43).

   Así ahora también esta misma iluminación hizo posible que Zacarías viera y dijera cosas que de otro modo no habría podido ver ni decir.

[2]. El canto de Zacarías merece este título: Profecía de Zacarías; nótese: “y profetizó”. ¿En qué sentido es este cántico una profecía? Muy claramente, en un doble sentido: (a) Es una proclamación de la verdad, un mensaje de Dios al pueblo. Tomado en este sentido, profetizar significa transmitir, entregar (un mensaje). Así entendido el vocablo, su contenido puede tener referencia al pasado, al presente y/o al futuro. Cuando quiera que un siervo de Dios proclama fielmente el mensaje de Dios, sea una palabra de condenación, reprensión, precepto amonestación, consolación, predicción o cualquier combinación de estas, él está profetizando. Véase también sobre v. 76. (b) También es una predicción. Así interpretada, la palabra profetizar significa predecir. Aunque el elemento de predicción ya está implícito en la primera parte de este cántico (vv. 68–75, nótense especialmente vv. 74, 75), predomina en la segunda parte (vv. 76–79): “Y tú, hijo (mío), serás llamado … Porque irás …” y probablemente, aun “visitará el Sol naciente”.

   Otro nombre que se da a la Profecía de Zacarías es El Benedictus, en conformidad con la primera palabra del himno en la versión latina: Benedictus esto Dominus Deus Israelis, que significa: “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel”.

   La forma más sencilla de dividir la Profecía de Zacarías es hacerlo en dos partes, cada una formada por una oración (vv. 68–75 y 76–79). En la [p 129] primera parte Zacarías alaba a Dios por haber provisto salvación para su pueblo, en cumplimiento de la profecía y de su “santo pacto”, “el juramento que hizo a Abraham”. En la segunda parte, en armonía con Is. 40:3; Mal. 3:1, resume la misión del niño como precursor del Mesías, a quien describe como “la aurora”, y respecto del cual afirma que alumbrará a los que están en tinieblas, etc.

   El lenguaje del Benedictus es también lenguaje del Antiguo Testamento. En el cuadro siguiente se notan los paralelos o, por lo menos, las semejanzas:

   Versíc. 68. Bendito (sea) el Señor, el Dios de Israel, Porque ha cuidado a su pueblo y efectuada redención para ellos

   Zacarías comienza con una doxología. Alaba a Jehová el Dios de Israel, el Dios del pacto, por su preocupación por su pueblo y por su intervención salvadora en su favor. Dice que Dios los “ha cuidado”. Usa el mismo verbo aquí que se usa en Mt. 25:36, “Estuve enfermo y me cuidasteis”. Véase nota sobre este versículo al final de la sección.

   Agrega: “y ha efectuado redención para ellos”, es decir, su pueblo. ¿Es una redención política? ¿Es, por ejemplo, la liberación de la esclavitud de un opresor extranjero? La decisión hay que hacerla a la luz del contexto. El v. 71, tomado solo, presta poca ayuda, porque la pregunta queda: “Esos enemigos que los odian, ¿son políticos o espirituales?” Sin embargo, v. 77 afirma: “Para impartir a su pueblo el conocimiento de la salvación por medio del perdón de sus pecados”. Véanse también vv. 74, 75: “que … le serviríamos sin temor, en santidad y justicia”, y el v. 79: “para guiar nuestros pies en el camino de paz”. En tal contexto, la “redención” a que se refiere el v. 68 parece ser de naturaleza espiritual; por lo menos, básica y predominantemente espiritual; probablemente redención de Satanás, el pecado y de todas sus consecuencias.

   Otra manera de enfocar a la respuesta sería preguntar: “¿Qué significa la misma palabra redención (griego lutrōsis) en los únicos otros pasajes del Nuevo Testamento en que aparece?” En Lc. 2:38 leemos: “Llegando a esa misma hora, ella (Ana) … hablaba … a todos los que estaban esperando la redención de Jerusalén”. ¿Hemos de creer que el énfasis de esta anciana y devota hija de Dios y de aquellos a quienes se dirigía estaba puesto en la liberación del yugo romano? ¿O quizás de las crueldades de Herodes? ¿No estaba más bien en la restauración a una posición de favor de parte de Dios? Y cuando el inspirado escritor de la epístola a los hebreos afirma que Jesús “entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (9:12), ¿no añade “por su propia sangre”?

   No podemos llegar a otra conclusión: Zacarías estaba pensando en la redención por medio de Cristo, esto es la salvación. Si algunos piensan que esta explicación atribuye a Zacarías una cristología demasiado elevada, la respuesta es que este sacerdote estaba “lleno del Espíritu Santo” cuando pronunció estas palabras.

   El versículo siguiente está en línea con esta explicación:

   Versíc. 69. Y nos levantado un cuerno de salvación en la casa de David su siervo

   Como lo señalan vv. 71 y 74, este “cuerno” simboliza poder; en realidad, un poder destructivo. No se refiere al cuerno de la abundancia. La figura subyacente es el cuerno de un carnero, de un toro salvaje o de un buey. Véanse pasajes tales como 1 R. 22:11; Sal. 22:21; 75:5; Dn. 8:5–7. No obstante, por medio del ataque y la destrucción del enemigo, el cuerno se convierte “en cuerno de salvación” para el verdadero Israel.

   Nótese: “en la casa de David su siervo”. No en “la casa de Leví”, aunque Zacarías mismo pertenecía a esa tribu. En consecuencia, Zacarías estaba pensando en Jesús, el hijo de María en cuanto a su naturaleza humana. ¿No fue exactamente Jesús quien por medio de su sufrimiento vicario destruiría el poder de Satanás y salvaría a su pueblo? No se debe silenciar el hecho de que aquí nuevamente se confirma la descendencia de Jesús de David a través de María.

    Pensamiento: El creyente fiel se goza en su Salvador. Advierta siempre habrá un remanente fiel que alabe a su Dios. Como creyentes debemos gozarnos en las tribulaciones pase lo que pase, porque en la vida eterna no habrá más llanto ni dolor, sino que será de gozo y alabanza por una vida eterna. Dios a través de este mensaje hermana querida quiere que te levante y alaba tu Dios, con gozo y alegría no importa la situación qué esta viviendo, pero alábame, cántame, levanta tus manos al cielo de gozo y alegría, porque eres una mujer creyente, por lo tanto, eres salvada perdonado por tu Señor Jesucristo.

   Referencia: Romanos 15:13. Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo. 

1ª de Pedro 1:8-9. a quien amáis sin haberle visto, en quien, creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas. 

Hechos 2.28. Me hiciste conocer los caminos de la vida; Me llenarás de gozo con tu presencia.

Proverbios 17.22. El corazón alegre constituye buen remedio; Mas el espíritu triste seca los huesos. 

3er Titulo:

Jesús El Gran Profeta Y Todopoderoso Salvador. San Lucas 7:14 al 17. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

   Comentario: Nótese el título Señor. También de pasajes anteriores se hace evidente que Lucas reconocía a Jesús como Señor (5:8, 12; 7:6). Pero allí el evangelista presenta a otras personas que se dirigen a Jesús como Señor. En 6:46 Lucas cita a Jesús quien a su vez cita a otros que le dicen, “Señor, Señor”. Y en 6:5 “Señor del día de reposo” es una autodesignación de Cristo. El presente pasaje (7:13) es el primero en el cual el evangelista mismo usa el término Señor para describir a Jesús. Lo hace también en 7:19; 10:1, 39, 41, etc. En cuanto al uso

que Marcos da a este término, véase Mr. 11:3.

    Muy probablemente hubo una razón especial por qué Lucas, en este contexto en particular, llamó a Jesús “Señor”, a saber, ¡que en la situación presente el Salvador se reveló a sí mismo como Señor y Maestro aun sobre la muerta!

   En primer lugar, Jesús se dirige a la viuda, quien seguramente encabezaba el cortejo fúnebre. Su corazón se dolió por ella. Esta puede bien ser una de las mejores traducciones del original. Otra traducción igualmente buena es, “Su corazón fue movido a compasión por ella”.

   Jesús estaba profundamente conmovido por el dolor de esta mujer. Con todo, debe haber parecido extraño a los oídos de quienes allí estaban que, en una ocasión que generalmente suponía llanto, de tal modo que incluso se contrataba gente que llorara (endechadores), Jesús dijera a la persona que tenía más razón que nadie para llorar, “No llores más” o, como puede también traducirse el original, “Deja de llorar”. Este mandato sería ilógico al menos que Aquel que pronunciaba estas palabras pudiera quitar la causa de las lágrimas de la viuda. ¿Pero quién puede quitar la muerte?

   Lo que era muy claro, sin embargo, era este hecho confortante, a saber, que el corazón de Jesús se dolió por esta viuda en su profundo pesar ¿Sería la condolencia de Jesús parecida a la condolencia humana en general? ¿Era su compasión semejante a la nuestra? Que realmente hubo y hay un parecido puede observarse claramente de pasajes tales como Jn. 11:33, 35; Heb. 4:15. ¿Pero no se destaca más bien la diferencia o contraste? Nótense los siguientes puntos:

[a]. A menudo la compasión entre hombres pecadores es fingida, no genuina. Piense en aquellas personas que se complacen en hacer largas visitas a los enfermos diciendo para sí: “Ahora está en mis manos, va a tener que escuchar todos los detalles de mi última operación”. Por su parte, cuando Jesús se compadecía, lo hacía de veras. Su compasión era genuina y profunda. Él se preocupaba por los enfermos, por los tristes, por los afligidos.

Preocupado al grado que se escribió de él:

Llevó nuestras enfermedades

y sufrió nuestros dolores. (Is. 53:4; Mt. 8:17)

[b]. La compasión puramente humana es a menudo impotente. La compasión que mostró nuestro Señor realmente ayudó. Fue efectiva. En este caso lo vemos muy claramente: Luego se acercó y tocó el féretro y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo, ¡Joven, a ti te digo, levántate! —Entonces el muerto se incorporó y comenzó a hablar y Jesús lo devolvió a su madre.

   Nadie pidió al Señor que hiciera algo. El actuó por iniciativa propia. ¿Qué se podía pedir? Aquel hombre estaba muerto, ¿verdad? En relación con la fiebre (4:38), la lepra (5:12) y la parálisis (7:3; cf. Mt. 8:6) hubo siempre un rayo de esperanza, alguna razón para pedir ayuda, pero, sin duda, no la había cuando la muerte había ya ocurrido. Por lo tanto, no sorprende que nadie haya pedido a Jesús que devolviera a la viuda aquello que había perdido. Hacerlo se consideraba algo totalmente inútil. Nos hace pensar en Lc. 8:49.

   Sin embargo, para el Señor de la vida y la muerte, Aquel que tiene las llaves de la muerte y del Hades (Ap. 1:18), el caso aun ahora no estaba sin esperanza. Cf. Lc. 8:50. Así que Jesús tocó el féretro en que hacía el cadáver. ¿Pero no podía argumentarse sobre la base de Nm. 19:11–22 (véase especialmente v. 16) que tocar un cuerpo muerto a aun el féretro lo hacía inmundo?

   Sin embargo, “todas las cosas son puras para los puros” (Tit. 1:15). Aquel que podía comer y beber con publicanos y pecadores sin llegar a contaminarse, tampoco experimentaría contaminación al tocar este féretro. ¡Por el contrario, en lugar de hacerse inmundo estaba ahora en el proceso de vencer la muerte y la inmundicia!

   Los que llevaban el féretro captaron la señal y se pararon. Entonces Jesús dijo: “Joven, a ti te digo, levántate”. Los Evangelios registran otros dos casos en las cuales también el Señor habló a un muerto (Lc. 8:54; Jn. 11:43). Cf. Sal. 33:6. ¿Por qué no suponer que en el momento mismo en que el Señor comenzó a hablar a los muertos éstos revivieron? De un modo demasiado misterioso para que nosotros lo comprendamos, su palabra de poder

significaba la victoria sobre la muerte. En este caso el joven que había estado muerto se incorporó y comenzó a hablar, mostrando que estaba real y completamente vivo.

   Las tres resurrecciones atribuidas a Jesús—la del hijo de la viuda, la hija del principal de la sinagoga y la de Lázaro—son únicas. Nada exactamente igual había ocurrido jamás antes iba a ocurrir durante el período del ministerio terrenal de Cristo. (La situación descrita en Mt. 27:52, 53 fue diferente. Véase C.N.T. sobre estos versículos). Por cierto, hay otras historias de resurrecciones, por Apolonio, por José Smith, etc.—pero las circunstancias que rodearon estos “milagros” (¿?) hacen que la discusión posterior sea superflua.

   Si bien no completamente, también son diferentes los relatos de las resurrecciones que encontramos en el Antiguo Testamento. (Puesto que la historia registrada en 2 R. 13:20, 21 se ocupa de un profeta no vivo, no nos interesa aquí).

   En varios sentidos, las cinco resurrecciones—dos en la antigua dispensación, tres en la nueva son similares:

(a). Dios fue el autor de todas. Véanse 1 R. 17:22; 2 R. 4:33; implícito también en Lc. 8:50; Jn. 11:40, 41; y se reconoce aquí en Lc. 7:16.

(b). En cada caso, el retorno del individuo a la vida se asocia con la restauración de lazos familiares. En la antigua dispensación los niños que fueron resucitados de la muerte son devueltos a sus madres. En la nueva, el mandato a dar algo que comer a la hija del principal de la sinagoga muy probablemente fue dirigido a sus padres; Lázaro es restaurado a la comunión de amor con sus hermanas (cf. Jn. 11:1 con 12:1, 2); y en el relato presente leemos las hermosas palabras, “y Jesús lo devolvió a su madre” (Lc. 7:15). Compárese con éstas las palabras casi exactamente iguales de 1 R. 17:23; y véase también 2 R. 4:36.

   En otras palabras, Dios ama la familia. Él es—téngase siempre presente—el Dios del pacto, es decir, “de Abraham y su simiente”, no únicamente de Abraham. Él quiere que la familia sea una unidad absoluta. Los niños le pertenecen, ellos son sus hijos, ya que tiene sobre ellos una demanda especial. En su gran amor les dice, “¿Dame, hijo (hija) mío tu corazón”? (Pr. 23:26).  

   Para más sobre la doctrina bíblica del pacto de gracia véanse Gn. 17:7; 18:19; Dt. 6:7; Jos. 24:15; Sal. 78:4; 103:17; 105:8; Ez. 16:21; Hch. 2:38, 39; 1 Co. 7:14.

   Pero en un aspecto importante lo que sucedió aquí en Naín y también lo que sucedió en relación con las otras dos personas que Jesús levantó de la muerte está en agudo contraste con las resurrecciones registradas en el Antiguo Testamento. Nótese la lucha angustiosa de Elías antes de que el alma del niño retornara a su cuerpo: “Y clamó a Jehová … y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová” (1 R. 17:20–22). Aún más agotadora y tal vez incluso más larga es la lucha de Eliseo (2 R. 4:32–35). Compárese todo esto con Lc. 7:14b, 15a, “Y Jesús dijo: Joven a ti te digo, levántate. Y el muerto se incorporó”, etc. No hay un prolongado conflicto preliminar, ni una ardua lucha. ¡Escuchamos simplemente la palabra de majestad, y el joven está vivo y hablando! Razón: Jesús es Dios. ¡Nada menos que Dios! Su victoria sobre la muerte es inmediata y completa.

D. La multitud

   Versíc. 16, 17. El temor se apoderó de todos ellos y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo. —Y este hecho acerca de Jesús se difundió por todo el país de los judíos y por la región vecina.

   Aquellos que fueron testigos de este milagro estaban aturdidos. Se daban cuenta de que sólo Dios puede levantar las muertes. Así que no se equivocaban al dar la gloria a Dios.

   Todo esto es comprensible. Imaginemos que viéramos un cadáver que repentinamente vuelve a la vida, se levanta y comienza a hablar. ¿Cómo reaccionaríamos? En un primer momento el asombro nos impediría decir algo. Enseguida, al darnos cuenta que en aquel momento habíamos presenciado uno de los hechos poderosos de Dios, ¿no exclamaríamos ¡Cuán grande es él!?

   Los espectadores de este hecho vieron algo más que el poder de Dios. Testificaban también de su cuidado amoroso. Entendieron también que, al volver a la vida a este joven y permitirle así reunirse con su madre, Dios estaba revelando su profunda preocupación y gracia hacia su pueblo en general. Nótese lo que dicen, “Dios ha visitado a su pueblo”. Cf. Rut. 1:6; 1 S. 2:21; Lc. 1:68, 78; cf. Stg. 1:27.

   En cuanto a su actitud hacia Jesús, aquí debemos tener cuidado. La gente estaba segura que era por medio de Jesús que Dios había efectuado este hecho inolvidable. Al decir, “un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, mostraron que, a su modo de ver, Jesús había actuado como un agente y representante de Dios. ¿Y no es acaso cierto que Jesús fue, es y será por siempre, el Gran Profeta de Dios? Véanse Dt. 18:15; Lc. 24:19; Hch. 3:22, 23; 7:37.

   Sin embargo, a la luz de otros pasajes—Mt. 16:13, 14; Mr. 8:28; Lc. 9:18, 19—se aprecia claramente que estas multitudes no fueron capaces de ver la verdadera grandeza de este Profeta. La magnitud y forma misma en que este hecho grandioso superaba en esplendor todo lo que jamás había sucedido, como hemos visto, debería haber abierto sus ojos al hecho de que entre ellos estaba no sólo “uno de los profetas de antes resucitado de los muertos”, ni siquiera únicamente “un gran profeta”, sino el hijo único de Dios mismo, el largamente prometido Mesías. Pero ellos no entendieron o reconocieron esto. Subestimaron la majestad de Jesús. Cf. Is. 53:4, 8; Lc. 9:45; 18:34; Jn. 1:11.

   Pero Jesús llevó a cabo sus maravillosas obras de poder y compasión no a causa del reconocimiento que recibía, sino a pesar del hecho de que no recibió lo que merecía. Esto realza su grandeza. Hace que su gloria resplandezca aún más.

   Sin embargo, aún a los ojos de aquellos que no le otorgaron la medida completa de honor que debió recibir de ellos, el milagro había sido tan espectacular que comenzaron a divulgar la noticia. Resultado: sin contar con periódico, radio, o televisión, el relata acerca del milagro y acerca de Jesús se divulgó por todas partes en el país de los judíos y por las regiones adyacentes.

   Este informe está todavía circulando. Está llevando a cabo su misión en los corazones y vidas de todos los que toman en serio estos relatos inspirados. Esta historia fortalece su fe y los trae más cerca de su Salvador: un Profeta infinitamente más grande que cualquiera antes de él, un Sumo Sacerdote del que emana una compasión genuina y efectiva y un Rey que triunfa sobre la muerte. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos!

   Pensamiento: Jesús el gran profeta: advierta que los creyentes estamos iguales que los hermanos israelitas, no creyendo a este gran profeta que Dios ha levantado para entregarlos su Palabra por la Santa Escritura, por su Santo Espíritu. Nuestros corazones están llenos de incredulidad tenemos que ver para creer, pero la fe por la gracias es creer y después ver los milagros. Debemos creer en el Señor Jesucristo como el profeta mayor que Dios nos ha entregado para sanarnos, pero del alma y entregarnos salvación y vida eterna.

   Este mensaje su propósito es fortalecer nuestra fe, confianza en él. Creer que por medios de Jesucristo vas ha recibir sanidad, estas enfermo cree en el Señor, está perdida búscalo con todo tu corazón, solo el te puede cambiar tu vida, sacarte de los vicios, de los problemas que ahogan tu vida espiritual. El hará el milagro de tu vida.

   Referencias: Deuteronomio 18:18. Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. 

Marcos 1:15. diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio; Marcos 13:30-33. De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. 

San Lucas 4:18-19. El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

4° Titulo:

Maravillosa Y Sincera Expresión De Amor Hacia El Hijo De Dios. San Juan 12:3 al 7. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidará de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. 

   Comentario: Versíc. 3. Por consiguiente, María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.

   Muchos intérpretes afirman que, al escribir la hermosa acción de María, el evangelista copió a Lc. 7:36–50, y que la María mencionada en Jn. 12:3 es la misma que la mujer pecadora de Lc. 7; o que, si bien los dos sucesos son distintos, el escritor del cuarto Evangelio confundió las fuentes y simplemente agregó al relato que había encontrado en Mt. 26:6–13 y Mr. 14:3–9 el detalle relacionado con el enjuague de los pies de Jesús, que había encontrado en Lc. 7. Rechazamos completamente esta teoría.

   “Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María…” Es posible que a la conjunción ο­ν se le debe dar aquí todo su significado de, por consiguiente; es decir, como Lázaro había sido resucitado de entre los muertos y ahora estaba sentado, vivo y sano, con Jesús, por consiguiente María realizó su noble acción.

   María tomó una libra de ungüento (doce onzas). Ungüento en el original es μύρον; cf. nuestra mirra. El nombre de mujer Muriel procede de la misma raíz, y significa perfume. En cuanto a la distinción entre aceite (­λαιον) y ungüento (μύρον) véase Lc. 7:46.251 El ungüento que María compró era muy precioso (πολύτιμος-ον, cf. βαρύτιμος-ον, en Mt. 26:7). Mr. 14:3 dice de mucho precio, πολυτελής-ές; pero esta palabra se usa a veces en forma metafórica con más o menos la misma connotación que πολύτιμος-ον; cf. 1 Pedro 3:4. Sin embargo, en vista de Marcos (cf. Jn. 12:5) es probable que en Mr. 14:3 πολυτελής-ές signifique de hecho de mucho precio.

   La esencia de este perfume se sacaba del nardo puro, que es una hierba aromática que crece en los pastos del Himalaya entre el Tíbet y la India. En vista del hecho de que tenía que conseguirse en una región tan remota, y transportarse a lomo de camello por kilómetros y kilómetros de desfiladeros, costaba mucho. Nótese, además, que este nardo no era imitación. Por el contrario, era el nardo genuino. El perfume se había extraído de nardo puro. Además, los sinópticos destacan que este perfume estaba en un frasco de alabastro; o sea, una jarra de una especie de yeso de delicado color blanco (o quizá suavemente coloreado).

   Se puede imaginar la escena. Con el corazón lleno de amor y gratitud por su Señor, María se había situado detrás de Jesús, en tanto que los invitados, según la costumbre oriental, estaban reclinados en divanes distribuidos en forma de U invertida alrededor de una mesa baja (véase sobre 2:9, 10; 13:23, 24). De repente rompe el frasco que tiene en la mano y derrama el contenido aromático sobre Jesús. Según Mateo y Marcos lo derrama sobre su cabeza (cf. Sal. 23:5); según Juan unge sus pies. No hay contradicción, porque Mateo y Marcos indican claramente que el perfume se derramó sobre el cuerpo de Cristo (Mt. 26:12; Mr. 14:18): cabeza, cuello, espaldas, e incluso pies. (Cf. Sal 133:2, pero aquí en Juan el perfume no se desliza simplemente hacia abajo, sino que de hecho se derrama sobre los pies.) Sin tener para nada en cuenta las normas orientales de decoro, que consideraban inapropiada la acción de la mujer que se soltara el pelo en presencia de los hombres, María, dejando que su corazón hablara libremente, no solamente se suelta el pelo, sino que (peor aún, desde el punto de vista oriental) enjuaga los pies con su cabello. Evidentemente, incluso los pies (¡es significativa la comparación con Lc. 10:39!) están cubiertos con una cantidad de perfume tan abundante que hubo que secarlos. ¡Una libra de perfume es una gran cantidad! Y María, después de romper el frasco, lo derrama todo sobre Jesús. Vacía el contenido del frasco de alabastro. Por ello la casa de Simón se llena, literalmente, de la fragancia. Se esparce por todas partes, y, durante un tiempo, sigue esparciéndose. Apenas sabe uno qué admirar más—el carácter incontenible de la devoción de María o de la naturaleza generosa de su sacrificio. Aquélla desde luego produjo ésta.

   Resulta erróneo desvirtuar, de cualquier forma, que sea, la generosidad de María. Sin embargo, a veces se hace. En ese caso la reconstrucción del relato es ésta: las hermanas habían comprado algo de perfume para sepultar a Lázaro, pero no lo habían utilizado todo. Lo que quedaba lo derramó María en la cabeza y los pies de Jesús. Pero esto es erróneo. Lo que María tenía en la mano era un frasco nuevo de alabastro. Para derramar el contenido sobre Jesús, lo rompió en ese momento (Mr. 14:3).

   Versíc. 4, 5. Pero uno de sus discípulos, Judas Iscariote, el que le había de entregar dijo: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?

   El contraste entre la generosidad de María y el egoísmo de Judas es sorprendente. El evangelista, que escribe tanto tiempo después del suceso y lo recuerda, describe al traidor como sigue: “Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le había de entregar”. En cuanto al significado de la expresión, véase sobre 6:71.

   Judas dice para sí “¡Qué desperdicio!” El que el lenguaje genuino del amor se exprese en vehemente generosidad es algo que Judas no podía comprender. La persona egoísta no puede entender a la no egoísta. Por ello Judas dijo: “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?” Judas es la clase de hombre que siempre tiene en la mente el dinero. Lo ve todo desde el aspecto del valor monetario. Ya ha valorado el precio de este frasco de alabastro lleno del ungüento más precioso. Calcula que debe valer trescientos denarios. Véase sobre 6:7. Esta cantidad representa el salario que un trabajador ordinario recibiría por trescientos días de trabajo.

   ¡El salario de trescientos días por un simple frasco de ungüento! Para Judas esto resulta una extravagancia injustificable bajo cualquier circunstancia, aunque María misma fuera rica (lo cual era probablemente cierto) y no tuviera que trabajar para vivir. Cuánto mejor, según Judas, hubiera sido que María hubiera vendido este ungüento y hubiera dado lo conseguido … ¿a quién? Bueno, a Jesús y los doce, al cuidado de Judas, el tesorero; pero a Judas no le conviene decir esto; por ello, lo que de hecho dice es: “a los pobres”. ¡Qué noble es este Judas! ¡Cuán honda preocupación tiene por los pobres!

   Como Judas era un maestro en el arte del disimulo y de defender persuasivamente sus puntos de vista, otros (Mr. 14:4) inmediatamente concordaron. Los discípulos “se enojaron” (Mt. 26:8). Dondequiera que María dirigía sus ojos encontraba miradas airadas, expresiones de manifiesto desacuerdo. ¡Sólo uno sale en su defensa, pero era justamente el mayor de todos! Véase sobre 12:8, 9.

   Aquí, en el versículo 5, sigue una observación explicativa, según la costumbre de Juan. Arroja luz sobre el carácter de Judas. Ya sea por el curso de los acontecimientos que siguieron (por ejemplo, la traición de Jesús por parte de Judas por treinta monedas de plata), o por directa revelación, o por ambas, el evangelista penetró en el alma del traidor. Escribe mucho después, y al hacerlo revela a los lectores la información que ha obtenido.

   Versíc. 6. Pero dijo esto, no porque se preocupará por los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

   Judas era, en realidad, un ladrón. Era la clase de ladrón que todavía no ha sido desenmascarado. Todavía disfrutaba de la confianza de todos. Había sido constituido en tesorero del fondo común. En consecuencia, tenía la bolsa (γλωσσόκομον, originalmente una caja que contenía las “lengüetas” de las flautas; luego ampliado para indicar cualquier recipiente en forma de caja). De esta bolsa hurtaba de vez en cuando una pequeña cantidad. Resulta claro que el verbo βαστάζω tiene aquí el significado de tomarse (o sea, robar) por el hecho de que va inmediatamente precedido por la información de que Judas era ladrón. En cuanto al significado de este verbo en varios pasajes del evangelio de Juan, véase sobre 10:31.

   Versíc. 7, 8. Entonces Jesús dijo: Dejadla; (fue) para que pudiera guardarlo para el día de mi sepultura. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis.

   Cuando a María la criticaron todos, Jesús acude en su ayuda. Las palabras que pronuncia en defensa de ella han sido reproducidas e interpretadas de distintas maneras. Las que más predominan son las siguientes:

(1) “Déjenla para que lo guarde para el día de mi sepultura”. O: “Déjenla, a fin de que pueda guardar esto para el día de mi sepultura”. O: “Déjenla; que lo guarde para el día de mi sepultura”.

   Al traducirse así, la explicación usual (si es que se da alguna) es ésta: María no había utilizado todo el ungüento. Algo quedaba en el frasco. Jesús quiere decir esencialmente, “déjenla guardar lo que queda, no se lo quiten. Ni la obliguen a venderlo para que dé lo obtenido a los pobres. Llegará el momento en que necesitará lo que queda. Lo necesitará para mi sepultura”.

   La objeción mayor contra esta interpretación es que el Evangelio de Marcos afirma concretamente (14:3) que María rompió el frasco. Lo rompió para vaciar su contenido sobre la cabeza (Mateo y Marcos) y los pies (Juan) de Jesús. No quedó nada. Los que, a pesar de ello, desean aferrarse a la teoría de que quedaba algo de ungüento en el frasco, y que según Jn. 12:7 defendió el derecho de María de guardar el remanente para un tiempo futuro, sólo tienen una salida lógica. a saber, afirmar específicamente que la versión del relato del cuarto Evangelio es contraria a los sinópticos. Según W. F. Howard, Juan contradice a Marcos. Esto es razonar con lógica. Pero esta conclusión no la puede aceptar nadie que crea en la infalibilidad de la Escritura. Además, en ningún lugar—ni en Mateo, ni en Marcos, ni en Juan—hay indicación alguna de que María había utilizado sólo un poco del ungüento. Por el contrario, incluso Juan, que no menciona la rotura del frasco, sin embargo, pone de relieve el carácter generoso del don: “la casa se llenó del olor del perfume”. Es pues, totalmente imposible que aceptemos esta interpretación.

(2) “Déjenla: para el día de mi sepultura ha guardado esto”. Esto es mejor. Lo que dice es verdad y armoniza por completo con el relato que se encuentra en Mateo y Marcos. Sin embargo, aunque verdadera en sí misma, esta repetición de la afirmación del Señor no se apoya en los mejores manuscritos. Los manuscritos mejores y más antiguos insertan la palabra para que (_να) y llevan el aoristo subjuntivo activo (τηρήο_) del verbo en lugar del indicativo perfecto activo (τετήρηκε). Por consiguiente, literalmente lo que el mejor texto dice no es “Déjenla … lo ha guardado”, sino “Déjenla … para que pueda (o: pudiera) guardarlo”.

(3) “Déjenla, (fue) para que pudiera guardarlo para el día de mi sepultura”. Esta es la traducción que, con ligeras variaciones, muchos siguen. Creemos que es la mejor. Resulta de inmediato evidente que estamos frente a un ejemplo de estilo abreviado, como en muchos otros casos. Véase lo que se dijo acerca de esto en relación con 5:31. Se omiten palabras que han de agregarse mentalmente. En el caso presente tenemos que agregar “fue”. Para mostrar que estas palabras no están de hecho en el texto las hemos colocado entre paréntesis. Hablando estrictamente, también el versículo 5 de este capítulo es una expresión condensada. Judas no quiso decir literalmente, “¿Por qué no se vendió este ungüento por trescientos denarios y se dio a los pobres?” No quiso decir que el ungüento se diera a los pobres, sino que lo obtenido de la venta del ungüento se les diera. En consecuencia, también en relación con ese versículo, se agregan (quizá incluso inconscientemente) unas pocas palabras que son necesarias para completar el pensamiento. Nada hay de extraño en ello. Nuestra conversación diaria también está llena de expresiones abreviadas.

   A fin de llegar a lo que es probablemente el significado de las palabras de Jesús en 12:7, debe tenerse presente el contexto precedente. Judas (como portavoz del resto) ha criticado a María. Si María poseía este costoso frasco lleno del ungüento muy precioso (ya fuera por compra, herencia, o regalo, Judas no lo averigua), ¿por qué no lo vendió para dar lo obtenido a los pobres? Jesús revela ahora la razón de por qué María (quien, desde luego, había comprado el ungüento) no había seguido la línea indicada por sus críticos: “fue para que pudiera guardarlo para el día de mi sepultura”.

   María sabía lo que hacía. De hecho, creía que al poco tiempo Jesús sería entregado a la muerte por sus enemigos. ¿Tendrían sus amigos la oportunidad de ungir su cuerpo? Pero este honor no ha de dejar de dársele. ¡María le debe tanto, tantísimo a Jesús! Le debe la salvación, y … el retorno de su hermano Lázaro del reino mismo de la muerte. Por ello había decidido guardar el ungüento para el día de la sepultura del Señor. Pero no en el sentido de que deseara literalmente guardar el frasco hasta que ese día llegara de verdad, porque podría resultar demasiado tarde; sino así que lo guardaría hasta que se presentara una buena oportunidad, y entonces lo ungiría en anticipo de su sepultura. ¡Ese momento era ahora o nunca! Contraste 19:39, 40.

   Creemos que esta interpretación es la más acertada por lo siguiente:

(1) Armoniza con la clara afirmación que se encuentra en Mt. 26:12: “Lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura”, en Mr. 14:8, “Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura”.

(2) También armoniza con el hecho de que María, quizá más que ningún otro discípulo de Jesús, debe haber estado convencida de que el día de la muerte y sepultura de Cristo se acercaba rápidamente. Nótese en relación con esto:

(a). Jesús había predicho a menudo su próxima muerte; a veces en público, a veces en privado. Véase Mt. 9:22; 16:21; Mr. 8:31, 32; 9:12; 10:32–34; Jn. 6:52–56; 7:33; 8:21–23; 10:11, 15. Algunas de estas predicciones deben haber llegado a oídos de María.

(b). Los sucesos de los últimos meses apuntaban claramente en dirección al cumplimiento de sus predicciones. Véase 8:58; 9:22; 10:31; 11:45–57; cf. 12:10. Poco a poco la ira de los enemigos se transformaba en acción.

(c). María era quizá la mejor oyente que Jesús tuvo jamás. La que ahora ungió los pies del Señor era la misma que previamente se había sentado a los pies del Señor (Lc. 10:39). Hay una íntima conexión entre estos dos hechos.

   María había aprovechado su oportunidad, y esa oportunidad pronto sería algo perteneciente al pasado. De ahí que, en forma muy significativa, Jesús, al defender su acción, agrega: “… los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis”. Nótese el hecho de que vosotros es plural. Las traducciones que han sustituido el “vosotros” por el “tú” indican que Jesús le dijo a Judas que éste siempre tendría a los pobres consigo. Pero Jesús, de hecho, habla no sólo a Judas sino a todos los discípulos; a todos los que lo escuchan ese día. Les dice que ahora el ungirlo en anticipo de su sepultura es más importante que el cuidado de los pobres. Implícitamente, sin embargo, le dice a la iglesia de todos los tiempos que el cuidado de los pobres es su responsabilidad y privilegio. Jesús ama a los pobres que confían en él. Cf. Mr. 10:23; Lc. 16:19–31. Desea que sean objeto de cuidado constante de la iglesia (Mr. 14:7). ¡Que Judas, quien parece ser el defensor de la causa de los pobres pero que a escondidas les está robando, entienda esto!

   Como recompensa de la acción generosa de María, Jesús agrega una hermosa promesa. Véase Mr. 14:9; Mt. 26:13.

   Pensamiento: Maravilloso pensar en este relato de amor y de pura gratitud para Jesús, después de la resurrección de Lázaro hermano de María, queda muy marcada la gratitud de maría hacia Jesús. Un afecto de amor, y nos lega a nosotros los creyentes este mismo sentir debiera haber en nosotros hacia Jesús de habernos resucitados de entre los muertos. Porque estábamos muertos en pecados y delitos y pasamos de muerte a vida por Jesucristo. Pero: ¿Expresamos nuestra gratitud a nuestro Salvador como María? ¿Tenemos el mismo afecto de expresión hacia nuestro Señor?

   Un corazón agradecido está lleno de alabanza a Dios, sobre todo ante la realidad de su amor eterno. Dios no es como los seres humanos que hoy amamos y mañana olvidamos. El amor de Dios es incondicional y dura para siempre. No importa cuántas veces le fallemos él continúa fiel, amándonos y dispuesto a perdonar. ¿Cómo no vamos a estar agradecidos ante un amor así? Mantengámonos alertas, no dejemos escapar la oportunidad de agradecerle por esos detalles de amor que él nos da cada día.

   Referencia: Salmo 100:4. Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre.; 1ª Crónica 16:34. Aclamad a Jehová, porque él es bueno; Porque su misericordia es eterna.

Filipenses 4:6-7. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Amén, para gloria de Dios.

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(Bibliografía a usar como aporte: Comentario Bíblico Mundo Hispano. Bíblia de referencia Thompson. Libro de Comentario de toda la Biblia, de Matthew Henry. Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker. Expositor de IEP Temas Bíblicos clase de Dorcas 2019;)


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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