+56 9 5417 6219
contacto@historiaycontingenciaiep.cl

Lunes 10 de febrero de 2020: “Necesario esfuerzo en la consagración de la mujer cristiana”.

Lunes 10 de febrero de 2020: “Necesario esfuerzo en la consagración de la mujer cristiana”.

Lectura bíblica: Tito cap. 2:11–15. Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.

   Comentario: [11–14]. La gracia de Dios, considerada como la razón por la que todo miembro de la familia cristiana puede y debe vivir una vida cristiana, es el tema de uno de los pasajes más ricos de la Sagrada Escritura. Nótense los cuatro pensamientos principales:

   [1. v. 11] La gracia de Dios en Cristo es la gran acción penetrante, que disipa las tinieblas trayendo salvación a todos.

   Pablo dice: porque la gracia de Dios ha aparecido, trayendo salvación a todos los hombres.

   La gracia de Dios es su favor activo que otorga el más grande de los dones a quienes merecen el mayor de los castigos (en cuanto al concepto gracia véase un estudio de vocabulario en C.N.T. sobre 1 Ts. 1:1). Esta gracia ha penetrado nuestra tiniebla moral y espiritual. “Ha aparecido”. El verbo usado en el original está relacionado con el sustantivo epifanía, esto es, manifestación o aparición (por ejemplo, del sol al amanecer). La gracia de Dios repentinamente había surgido sobre los que estaban en tinieblas y en sombra de muerte (véase también Mal. 4:2; Lc. 1:79; Hch. 27:20; y Tit. 3:4). Habíase levantado cuando nació Jesús, cuando de sus labios salían palabras de vida y de belleza, cuando sanaba los enfermos, limpiaba leprosos, echaba fuera demonios, resucitaba muertos, sufría por los pecados de los hombres y cuando puso su vida por las ovejas para volverla a tomar la mañana de la resurrección. Así la gracia derramó sobre el mundo la santa luz de Cristo y alejó la noche oscura del pecado. El sol de justicia había salido “con sanidad en sus alas”. La gracia de Dios había aparecido con “salvación (σωτήριος) para todos los hombres”. En todas partes, en el Nuevo Testamento en que esta palabra aparece, precedida por el artículo, y usada como sustantivo, significa salvación (Lc. 2:30; 3:6; Hch. 28:28; Ef. 6:17), en el sentido espiritual de la palabra. Por eso, también aquí en Tit. 2:11, el sentido es: La gracia de Dios hizo su aparición “trayendo salvación”. La gracia vino a rescatar al hombre del mayor mal posible, a saber, la maldición de Dios sobre el pecado; y para otorgarle el don más grande posible, esto es, la bendición de Dios para el alma y cuerpo por toda la eternidad (en cuanto a un estudio de vocabulario del concepto salvación, véase comentario sobre 1 Ti. 1:15).

   Trajo salvación a “todos los hombres”. Para una explicación detallada de esta expresión, véase comentario sobre 1 Ti. 2:1. Aquí en Tit. 2:11 el contexto deja muy claro el significado. Hombre o mujer, viejo o joven, rico o pobre: todos son culpables delante de Dios, y de entre todos ellos Dios reúne su pueblo. Hombres ancianos, mujeres ancianas, jóvenes y señoritas, y aun esclavos (véase vv. 1–10) deben vivir vidas consagradas porque la gracia se ha manifestado trayendo salvación a todos estos diversos grupos y clases. “Todos” aquí en el v. 11 = “nosotros” en el v. 12. La gracia no pasó por alto a los de edad avanzada por su vejez, ni a las mujeres por ser mujeres, ni a los esclavos por ser esclavos, etc. Se manifestó para todos, sin consideración de edad, sexo o posición social. Por eso, ninguno puede derivar, de su grupo en particular o casta a que pertenece, una razón para no vivir una vida cristiana. 

   [2. v. 12] La gracia de Dios en Cristo es la sabia maestra.

   Las palabras que conducen a este pensamiento son: enseñándonos a fin de que, habiendo renunciado a la impiedad y a las pasiones mundanas, aquí y ahora llevemos vidas de sobriedad y justicia y piedad.

   La gracia enseña. Véase comentario sobre 1 Ti. 1:20. El verbo usado en el original viene de la misma raíz del sustantivo pedagogo. Un pedagogo conduce a los niños paso a paso. Así también la gracia conduce y guía suavemente. No lanza todo a la confusión. No alborota repentina y violentamente el orden social. Por ejemplo, no ordena abruptamente a los amos que den libertad a sus esclavos; tampoco ordena sin sabiduría a los esclavos que se rebelen contra sus amos. Por el contrario, gradualmente hace que los amos vean que el abuso de la libertad de sus semejantes es un gran mal, y convence a los esclavos que apelar a la fuerza y a la venganza no es solución a ningún problema. La gracia prepara enseñando (Hch. 7:22; 22:3), castigando (1. Ti. 1:20; 2 Ti. 2:25; luego Lc. 23:16, 22; 1 Co. 11:32; 2 Co. 6:9; Heb. 12:6–11; Ap. 3:19), aconsejando, consolando, animando, exhortando, dirigiendo, convenciendo de pecado, recompensando, refrenando, etc.

   Primero el propósito de todo esto se declara negativamente, y luego, positivamente (lo cual es una característica del estilo de Pablo). Negativamente, nos induce a renunciar o rechazar (aquí el verbo tiene el mismo sentido que en Hch. 3:13; 7:35) la impiedad, la perversidad (véase comentario sobre 2 Ti. 2:16). Estúdiese la vívida descripción de “impiedad” en Ro. 1:18, 32 (nótese la misma palabra en Ro. 1:18; cf. 11:26). Tal impiedad es idolatría más inmoralidad, ambos términos tomados en su sentido más completo. Cuando entra la gracia, el pecador repudia la impiedad. Este repudio es un acto definido, una decisión a acabar con lo que es desagradable a Dios. Nadie duerme su camino al cielo. El rechazo de la impiedad implica renuncia a “las pasiones mundanas”—deseos pecaminosos fuertes—también. (Véase estudio de la palabra pasión o deseo en conexión con la exégesis de 2 Ti. 2:22.) Según el uso bíblico de la palabra, los deseos mundanos o pecaminosos incluyen lo siguiente: el deseo sexual desordenado, el alcoholismo, el deseo excesivo de posesiones materiales, la agresividad (por lo tanto, de carácter rencilloso, vanidoso, el deseo de dominar) etc. En suma, se refiere a los anhelos desordenados de placeres, poder y posesiones. Véase también 1 Jn. 2:16, y sobre Tit. 3:3.

   Positivamente, la gracia nos enseña a fin de que “aquí y ahora” (en esta era presente; véase 1 Ti. 6:17; 2 Ti. 4:10; luego, Ro. 12:2; 1 Co. 1:20; 2 Co. 4:4; se contrasta con la era venidera en Ef. 1:21; cf. Mr. 10:30) podamos llevar vidas que muestran una relación cambiada:

(a). para consigo mismo: “sobriedad”, hacer uso adecuado de los deseos e impulsos que no son pecaminosos en sí mismos, y vencer los que son pecaminosos;

(b). para con el prójimo: “justicia”, honradez, integridad en los tratos con los demás;

(c). para con Dios: “piedad”, verdadero fervor y reverencia para con el único que es objeto de adoración. 

   [3. v. 13] La gracia de Dios en Cristo es la preparadora efectiva.

   Nosotros—ancianos, ancianas, hombres y mujeres jóvenes, esclavos, etc.—debemos vivir una vida cristiana porque por el poder de la gracia de Dios estamos aguardando la esperanza bienaventurada, la aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús.

   La gracia de Dios nos enseña para que podamos vivir vidas consagradas, mientras estamos aguardando la esperanza bienaventurada. La expresión aguardar o mirar pacientemente adelante modifica al vivir, del cual es una circunstancia presente o explicación adicional. Es “la esperanza bienaventurada” que los creyentes están aguardando. Esta es una metonimia para expresar la realización de aquella esperanza (esto es, la realización de nuestro anhelo más ardiente, expectación confiada y espera paciente).

   Encontramos una metonimia similar en Gá. 5:5; Col. 1:5 (a los que algunos intérpretes sumarían Heb.6:18).

   Esta esperanza se llama bienaventurada. Imparte bendición, felicidad, placer, gloria. El adjetivo bienaventurada se usa en conexión con Dios en 1 Ti. 1:11; 6:15.

   Ahora bien, aun la posesión de un espíritu de esperanza y el ejercicio de la esperanza es bienaventurada, por causa de:

(1) el fundamento inmutable de la esperanza (1 Ti. 1:1, 2; luego, Ro. 5:5; 15:4; Fil. 1:20; Heb. 6:19; 1 P. 1:3, 21);

(2) el glorioso autor de la esperanza (Ro. 15:13; cf. 2 Ts. 2:16);

(3) el objeto maravilloso de la esperanza (vida eterna, salvación, gloria: Tit. 1:2; 3:7; luego, 1 Ts. 5:8; luego, Ro. 5:2; Col. 1:27);

(4) los preciosos efectos de la esperanza (paciencia, 1 Ts. 1:3; “franqueza al hablar”, 2 Co. 3:12; y purificación de vida, 1 Jn. 3:3);

(5) y el carácter eterno de la esperanza (1 Co. 13:13).

   ¡Entonces ciertamente la realización de esta esperanza será bendita! Véase Dn. 12:3; Mt. 25:34–40; Ro. 8:20b; 1 Co. 15:51, 52; 1 Ts. 4:13–18; 2 Ts. 1:10; Ap. 14:14–16; 19:6–9. En efecto, la certeza de su realización imparte fuerza a la esperanza, y da como resultado las gracias mencionadas anteriormente en (4).

   Ahora, la realización de la esperanza bienaventurada es “la aparición de la gloria”. Nótese las dos apariciones. Había ocurrido una (véase cf. 2 Ti. 1:10). Habrá otra (véase 2 Ts. 2:8; cf. 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1, 8). Será la aparición de … bueno, ¿quién? A través de la historia de la interpretación esa pregunta ha dividido a gramáticos y comentaristas. ¿Esperamos la aparición en gloria de una persona o de dos personas?

   Los que favorecen el punto de vista de una persona, apoyan la traducción:

   “de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús” (otro texto tiene “Jesucristo”, pero eso no tiene importancia en relación con el punto en discusión). Ahora bien, si ese punto de vista es el correcto, quienes aceptan la infalibilidad de las Escrituras tienen en este pasaje un texto de prueba adicional para la deidad de Cristo; y aun los que no aceptan la infalibilidad de la Escritura, pero aceptan la traducción en cuanto a una persona, deben admitir que el autor de las pastorales por lo menos (aunque ellos crean que erróneamente) sostenía que Jesús era uno en esencia con Dios el Padre. La traducción unipersonal la favorecen RV60, V.M. y la generalidad de las versiones castellanas, protestantes o católicas, y varios comentaristas: Van Oosterzee, Bouma, Lenski, Gealy, Simpson, etc. El gran gramático del Nuevo Testamento A. T. Robertson hace una poderosa defensa de este punto de vista desde el lado gramatical, basando sus argumentos en la regla de Granville Sharp.

   Entre otros, Juan Calvino no quería elegir entre la traducción unipersonal y la bipersonal. Sin embargo, enfatizaba que, en cualquiera de los dos casos, el propósito del pasaje es afirmar que cuando Cristo se manifieste, se revelará en él la grandeza de la gloria divina (cf. Lc. 9:26); y que, en consecuencia, el pasaje de ninguna manera apoya a los arrianos en su intención de demostrar que el Hijo es menos divino que el Padre.

    La traducción, entonces, sería:

   “del gran Dios y el (o “y del”) Salvador Jesucristo”.

   Winer reconoce que su respaldo a este punto de vista no está basado tanto en la gramática—la cual, como llegó a admitir, permite la traducción unipersonal—como sobre “la convicción dogmática derivada de los escritos del apóstol Pablo, en el sentido que este apóstol no puede haber llamado a Cristo el gran Dios” (esta argumentación se ve en dificultades para interpretar Ro. 9:5; Fil. 2:6; Col. 1:15–20; Col. 2:9; etc.). Pero él debiera haber notado que aun el contexto mismo atribuye a Jesús (v. 14) funciones que en el Antiguo Testamento se atribuyen a Jehová, tales como los actos de redimir y purificar (2 S. 7:23; Sal. 130:8; Os. 13:14; luego Ez. 37:23); y que la palabra Salvador en cada uno de los tres capítulos de Tito primero se aplica a Dios, y luego a Jesús (Tit. 1:3, 4; 2:10, 13; 3:4, 6). Por lo tanto, es evidentemente el propósito del autor de esta epístola (esto es, Pablo) demostrar que Jesús es completamente divino, tan plenamente como Jehová o como el Padre.

    Debemos considerar correcta la traducción unipersonal. Recibe el apoyo de las siguientes consideraciones:

(1) A menos que haya alguna razón específica en sentido contrario, la regla sostiene que cuando el primero de dos sustantivos del mismo caso y unidos por la conjunción y va precedido por el artículo, el cual no se repite delante del segundo sustantivo, ambos se refieren a la misma persona. Cuando el artículo se repite delante del segundo sustantivo, se está hablando de dos personas. Ejemplos:

  1. a. El artículo precede al primero de dos sustantivos y no se repite delante del segundo: “el hermano vuestro y partícipe”. Los dos sustantivos se refieren a la misma persona, a Juan, y la expresión se traduce correctamente “vuestro hermano y copartícipe” (Ap. 1:9).
  2. Dos artículos, uno precede a cada sustantivo: “Sea para ti como un gentil y un publicano” (Mt. 18:17, V.M.). Los dos sustantivos se refieren a dos personas (en este caso, cada una representa una clase).

   Ahora, según esta regla, las discutidas palabras de Tito 2:13 se refieren claramente a una persona, esto es, Cristo Jesús, porque traducida palabra por palabra la frase dice:

    “de el gran Dios y Salvador nuestro Cristo Jesús”. El artículo que está delante del primer sustantivo no se repite delante del segundo, y por lo tanto, la expresión debe ser traducida:

   “de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús”.

   No se ha podido encontrar razón válida que pueda mostrar que la regla (Granville Sharp) no se puede aplicar en el caso presente. De hecho, se reconoce generalmente que las palabras que aparecen al final de 2 Pedro 1:11 en el original se refieren a una persona y deben traducirse: “nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Pero, si eso es verdad, ¿por qué no puede ser así en la expresión esencialmente idéntica en 1 P. 1:1 y aquí en Tit. 2:13, y entonces traducir: “nuestro Dios y Salvador Jesucristo” (o “Cristo Jesús”)?

(2) En ninguna parte del Nuevo Testamento se usa la palabra epifanía (aparición o manifestación) con respecto a más de una persona. Además, la persona a quien se refiere es siempre Cristo (véase 2 Ts. 2:8; 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1; 2 Ti. 4:8; y 1:10, donde la referencia es a la primera venida).

(3) La fraseología aquí en Tit. 2:13 podría bien haberse trazado como reacción al tipo de lenguaje que con frecuencia usaban los paganos con respecto a sus propios ídolos, a quienes consideraban como “salvadores”, y particularmente a la fraseología usada en conexión con el culto a los reyes terrenales. ¿No se llamaba “Salvador y Dios” a Ptolomeo I? ¿No se referían a Antíoco y a Julio César como “Dios manifiesto”? Pablo indica que los creyentes esperan la aparición de Uno que es realmente Dios y Salvador, sí, “nuestro gran (exaltado, glorioso) Dios y Salvador, a saber, Cristo Jesús”.

   El verdadero “punto” del pasaje, en conexión con todo lo precedente, es que nuestra alegre expectación de la aparición en gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús nos prepara efectivamente para la vida con él. ¿Cómo obra esto? Primero, porque la segunda venida será tan completamente gloriosa que los creyentes no querrán “perdérsela”, sino querrán ser “manifestados con él en gloria” (Col. 3:4). En segundo lugar, porque la bienaventurada expectación llena a los creyentes con gratitud, y la gratitud produce preparación, por la gracia de Dios.

   [4. v. 14] La gracia de Dios en Cristo es: la purificadora que nos limpia completamente.

   Nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús cuya aparición en gloria los creyentes esperan con tanta esperanza y gozo es quien se dio a sí mismo por nosotros a fin de redimirnos de toda injusticia y purificar para sí un pueblo propio, gustoso de hacer buenas obras.

   En cuanto al sentido de “quien se dio a sí mismo a fin de redimirnos”, véase comentario sobre 1 Ti. 2:6, “quien se dio en rescate por todos”. Quienquiera que dude del carácter necesario, objetivo, voluntario, expiatorio, propiciatorio, substitutivo, y eficaz del acto de Cristo, por el cual se dio a sí por nosotros, debiera hacer un estudio diligente y contextual de los siguientes pasajes:

Antiguo Testamento ▬ Nuevo Testamento

Gn. 2:16, 17 ▬ Mt. 20:28

Ex. 12:13 ▬ Mt. 26:27, 28

Lv. 1:4 ▬Mr. 10:45

Lv. 16:20–22 ▬ Lc. 22:14–23

Lv. 17:11 ▬ Jn. 1:29

2 S. 7:23 ▬ Jn. 6:55

Sal. 40:6, 7 ▬ Hch. 20:28

Sal. 130:8 ▬ Ro. 3:25

Is. 53 ▬ Ro. 5

Zac. 13:1 ▬ 1 Co. 6:20; 1 Co. 7:23; 2 Co. 5:18–21; Gá. 1:4; Gá. 2:20; Gá. 3:13; Ef. 1:7; Ef. 2:16; Ef. 5:6; Col. 1:19–23; Heb. 9:22; Heb. 9:28; 1 P. 1:18, 19; 1 P. 2:24; 1 P. 3:18; 1 Jn. 2:2; 1 Jn. 4:10; Ap. 5:12; Ap. 7:14.

   Él se dio nada menos que a sí mismo, y eso por nosotros, esto es, en favor nuestro y en nuestro lugar. La contemplación de este pensamiento sublime debiera dar como resultado una vida dedicada a su honor. Además, por su muerte expiatoria obtuvo los méritos para que el Espíritu Santo obre en nuestros corazones. Sin este Espíritu nos resultaría imposible llevar una vida de santificación.

   Cristo se dio a sí mismo por nosotros con un propósito doble: el primero negativo (véase Sal. 130:8), y el segundo positivo (véase 2 S. 7:23). Negativamente, se dio a sí mismo por nosotros “para redimirnos”, esto es, para rescatarnos de un poder maligno. El precio del rescate fue su sangre preciosa (1 P. 1:18, 19). Y el poder del cual nos libra es el del “pecado” (véase C.N.T. sobre 2 Ts. 2:3), esto es, la desobediencia a la santa ley de Dios, sea cual fuere la forma en que la desobediencia se manifiesta (“toda injusticia”).

    Positivamente, se dio a sí mismo por nosotros “a fin de purificar para sí un pueblo”, esto es, para purificarnos por medio de su sangre y su Espíritu (Ef. 5:26; Heb. 9:14; 1 Jn. 1:7, 9), para que, así purificados, estemos en condiciones de ser un pueblo, suyo. Anteriormente, Israel era el pueblo peculiar de Jehová; ahora es la iglesia. Y como Israel se caracterizaba por ser celoso en cuanto a la ley (Hch. 21:20; cf. Gá. 1:14), así ahora Cristo purifica a su pueblo con este mismo propósito en mente, esto es, que sea un pueblo propio con “celo por las buenas obras”, obras que proceden de la fe, son hechas según la ley de Dios y para su gloria (cf. 1 P. 3:13).

    En resumen, los vv. 11–14 nos enseñan que la razón por la que todo miembro de la familia debiera tener una vida de dominio propio, justicia y piedad es que la gracia de Dios en Cristo ha penetrado nuestras tinieblas morales y espirituales y ha traído salvación a todos los hombres; que esta gracia es también nuestro gran pedagogo que nos aleja de la impiedad y de las pasiones mundanas y nos guía por el sendero de la santificación; que es el preparador efectivo que nos hace mirar con ansias hacia la aparición en gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús; y finalmente, que es el purificador total, de modo que, redimidos de toda desobediencia a la ley de Dios, pasamos a ser el particular tesoro de Cristo, llenos de celo por las obras que son excelentes.

    [15]. Como una adecuada conclusión a todo el capítulo (en cierto sentido a ambos capítulos) Pablo añade: Sigue hablando(les) estas cosas, exhortando(les) y reprendiendo con toda autoridad.

   Tito no debe ponerse flojo en su deber. Debe seguir haciendo lo que ha estado haciendo. Debe hablar constantemente (véase comentario sobre el v. 1) sobre esta gloriosa vida de santificación como una ofrenda de acción de gracias presentada a Dios por su maravillosa gracia en Cristo. Debe exigir esto a la gente, haciendo esto cuando quiera que se presente la ocasión, amonestando (véase comentario sobre el v. 6) a quienes están necesitados de amonestación especial, y aun reprendiendo (véase comentario sobre Tit. 1:9, 13) a quienes merecen una reprensión. Todo esto debe hacerlo “con toda autoridad”, la autoridad de Cristo a quien representa.

   Que nadie te menosprecie. Cf. 1 Ti. 4:12. Tito debe conducirse de tal manera que nadie lo pase por alto en sus pensamientos; esto es, que nadie en su corazón y mente lo olvide o ignore, pensando: “No importa lo que él ha dicho sobre esto o sobre aquello”. Aunque este mandamiento fue dirigido directamente a Tito quien debe tomarlo con el corazón, también indirectamente lo ayudará en el cumplimiento de sus deberes, esto es, cuando es leída a los diversos presbíteros y congregaciones.

1er Titulo:

La consagración, una responsabilidad personal del creyente. 1ª de Juan 3:2 y 3. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. 

   Comentario: 2. Los Hijos de Dios 3:2

   [v. 2]. Queridos amigos, ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado aún. Pero sabemos que cuando él aparezca seremos como él, porque le veremos como él es.

   En el original griego, Juan escribe: “Amados”. Este término, que expresa una idea pasiva, podría implicar que es Dios el que nos ama: “Amados de Dios”. De ser así, Juan seguiría enfatizando la relación especial que tenemos con Dios. El Padre nos ama y, por consiguiente, somos sus hijos ahora. Ya en esta vida terrenal podemos reclamar para nosotros mismos el derecho de ser hijos de Dios y podemos lograr esta certeza.

   En principio somos hijos de Dios (v. 1) que carecen de perfección a causa del pecado. Pero lo que existe ahora en principio llegará a ser una realidad plena en el futuro. Por consiguiente, Juan hace notar que: “Lo que seremos no se ha manifestado aún”. Vale decir que Dios sólo ha comenzado su obra maravillosa en nosotros, obra que a su debido tiempo él llevará a su consumación.

   ¿Que seremos en el futuro? Aunque la Biblia es principalmente un libro que describe la obra de la creación y de la redención, también nos da una visión del futuro. Vemos, por ejemplo, que Juan informa a sus lectores acerca de su identidad con Jesús.

   “Pero sabemos que cuando él aparezca seremos como él porque le veremos como él es”. En sus epístolas Pablo revela estas mismas verdades. He aquí tres pasajes relevantes:

   Y nosotros, que con rostros descubiertos reflejamos todos la gloria del Señor, vamos siendo transformados a su semejanza con una gloria creciente. [2 Co. 3:18]

[Jesucristo] transformará nuestros humildes cuerpos de modo tal que serán como su cuerpo glorioso.  [Fil. 3:21]

Cuando Cristo, que es vuestra vida, aparezca, entonces vosotros también apareceréis con él en gloria.  [Col. 3:4]

   Las Escrituras revelan que cuando venga Cristo seremos glorificados en cuerpo y alma. “Seremos como él es”. La Biblia no dice en ninguna parte que seremos iguales a Cristo. Pero sí nos dice que seremos conformados a la semejanza del Hijo de Dios. Compartimos su inmortalidad. Sin embargo, Cristo tiene la preeminencia, porque el Hijo de Dios es “el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29). Los creyentes rodearán el trono de Dios y del Cordero. “Verán su rostro, y su nombre estará sobre su frente” (Ap. 22:4).

[v. 3]. Y todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, así como él es puro.

   ¿Como enfrenta el creyente el futuro? Ha recibido de Dios la promesa de una completa restauración, y vive ahora en la esperanza de que Dios cumplirá su promesa.

   Juan declara un hecho: “Todo el que tiene esta esperanza … se purifica a sí mismo”. El evita expresar un deseo (“puede purificarse”), o una posibilidad (“podría purificarse”) o un mandato (“debería purificarse”). Juan formula el hecho en términos positivos. El creyente vive en la esperanza de verse transformado en semejanza a Jesucristo, y cuanto más contempla esta verdad tanto más se purifica del pecado. Busca limpiarse a sí mismo del pecado que contamina el cuerpo y el alma; se esfuerza constantemente en la santidad por reverencia a Dios (2 Co. 7:1).

    “Así como él es puro”. En los capítulos precedentes, Juan ha escrito que, si tenemos comunión con Jesús, él nos limpia del pecado por medio de su sangre (1:7); y que, si declaramos que tenemos comunión con él, “debemos andar como Jesús anduvo” (2:6). Por eso Juan enfatiza ahora la pureza moral que todo creyente debe demostrar por medio de una vida de santidad. Juan indica cuál ha de ser la medida: así como Cristo es puro, así se esfuerzan los creyentes por ser puros. 

Consideraciones doctrinales acerca de 3:1–3

   Juan enseña en su primera epístola la doctrina fundamental de que una de las características de Dios es el amor. Por eso Juan escribe esa concisa declaración que dice Dios es amor (4:16). Juan transmite la noción de que Dios inicia el amor y lo prodiga a su pueblo (3:1). El amor no se origina entonces con el hombre sino con Dios (4:7). Cuando el hombre es el receptor del amor de Dios, debe a su vez reflejar este amor hacia Dios y su prójimo.

   Pero la persona que no muestra amor por su prójimo no posee el amor de Dios (3:17). El amor no es privado, ni pasivo, ni abstracto. El amor es explícito, activo e íntimo. Este es el vínculo que une al dador y al receptor. Como hijos de Dios que recibimos su amor divino, confesamos que somos incapaces de comprender cuan largo, ancho y profundo es el amor de Dios, Horacio Bonar lo resumió en las siguientes palabras:

Oh amor de Dios, su inmensidad,

El mundo no podría contar,

Ni comprender la gran verdad,

Que Dios al hombre pudo amar.

2° Titulo:

Llamado divino a apartarse de toda mundanalidad. 2ª a los Corintios 6:17 y 18. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

   Comentario: [17]. «Por lo tanto, salid de en medio de ellos,

y apartaos», dice el Señor.

«No toquéis nada impuro,

y yo os recibiré».

   Dios exige lealtad total al pueblo de su pacto y, por tanto, les exige que se esfuercen en ser puros. Así como él es santo, espera que su pueblo también lo sea (Lv. 11:44–45; 20:7; 1 P. 1:15–16). Con variaciones, este tema aparece en toda la Escritura. Dios no se ha separado de su pueblo; sin embargo, sus hijos e hijas se han alejado en repetidas ocasiones y seguido los caminos del mundo. Dios es fiel a su pacto y cumple las promesas hechas a su pueblo.

   Además, espera que la otra parte del pacto guarde también las promesas que le ha hecho, y cumpla las obligaciones de su Palabra.

   Pablo cita un pasaje del texto griego de Isaías: «¡Apartaos, apartaos, salid de ahí! ¡No toquéis cosa inmunda! Salid de en medio de ella y purificaos» (52:11; cf. Jer. 51:45). La última parte de esta cita, «y yo os recibiré», está tomada del texto griego de Ezequiel 20:34, 41, y de Sofonías 3:20.

   El contexto del Antiguo Testamento se sitúa en el tiempo en que, gracias al decreto de Ciro, se les permitió a los judíos exiliados abandonar Babilonia. Pudieron llevarse con ellos los vasos que pertenecían al templo de Jerusalén. Dios los exhortó a salir de Babilonia, pero no a tomar con ellos nada impuro que perteneciera al culto a los ídolos. Su pueblo, castigado por el exilio, pero libre ahora, tenía que ser puro y sin mancha. Así mismo sucede con los corintios, que habían salido del mundo de la idolatría pagana, pero que ahora tienen que ser un pueblo dedicado a su Señor y Salvador Jesucristo.

   «Y yo os recibiré». La promesa se expresa en términos futuros, para indicar que el recibimiento que Dios otorgue a sus hijos dependerá de su obediencia. Los profetas del Antiguo Testamento esperaban la venida del Mesías; pero los lectores de la epístola de Pablo ya vivían en comunión con Cristo (1 Co. 1:9; 2 Co. 5:17). Esta cláusula va precedida por el mandamiento de no tocar nada espiritualmente inmundo. Por eso, si los seguidores de Jesús se guardan sin mancha de las influencias mundanas, Dios los aprueba y los recibe. Dios exige una clase de obediencia que se manifiesta en una total sumisión a él.

[18]. Y seré para vosotros como un padre,

y vosotros seréis como mis hijos e hijas»,

dice el Señor Todopoderoso.

   Esta cita proviene de un pasaje del Antiguo Testamento (2 S. 7:14), que Pablo adapta. (La adaptación es evidente en el cambio de «su padre» a «padre», e «hijo» por el plural «hijos e hijas». Consecuentemente, el verbo ser ha tenido que ser alterado.) En ese pasaje Dios habla a David por medio del profeta Natán. En cuanto al sucesor de David al trono, dice Dios: «Yo seré su padre y él será mi hijo». Salomón es el rey de Israel que Natán había profetizado; pero Cristo es el Rey de reyes que cumplió definitivamente la profecía de Natán.

   Los apóstoles inauguraron una nueva era, al incluir a la mujer como espiritualmente igual a los hombres y tomar el lugar que les corresponde en el reino de Dios (Jl. 2:28– 29; Hch. 2:17–18). Así como Dios es padre de todos sus hijos, Jesús es hermano de todos sus hermanos y hermanas espirituales. Dios quiere que sus hijos se consagren a vivir una vida de santidad y dedicación, «porque es una afrenta a Dios llamarlo Padre y después ensuciarnos nosotros mismos con la abominación de la idolatría».

   Estas promesas han sido dadas por nadie menos que el Señor Todopoderoso. El título de Todopoderoso es impresionante, porque nos revela a Dios como el Omnipotente a quien nadie, ni en los cielos ni en la tierra, se puede comparar. El texto hebreo del Antiguo Testamento usa la palabra Sabaoth, que significa Señor de los ejércitos; y esta palabra aparece en el texto griego de Santiago 5:4. Martín Lutero usó esa palabra en su muy conocido himno «Castillo fuerte», en la línea que dice «Señor de Sabaoth». Tan grandes como su título, son sus promesas.

3er Titulo:

La consagración nos lleva a ser participante de los padecimientos de Cristo. 1ª de Pedro 4:12 y 13. Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. 

    Comentario: 4:12–13. A lo largo de los siglos, los miembros de la nación judía se habían acostumbrado a la persecución. Durante el curso del siglo primero, los judíos que habían puesto su fe en Jesucristo tuvieron que enfrentar inclusive el áspero filo del hostigamiento de parte de sus connacionales (1 Ts. 2:14). Pero los cristianos de origen gentil no habían sufrido persecución, y para ellos la persecución por su amor a Jesucristo era una experiencia penosa. Por lo tanto, Pedro les dirige una palabra de aliento.

   [12]. Queridos hermanos, no se extrañen del fuego de la prueba que están soportando, como si fuera algo extraordinario.

   Como pastor, Pedro, en una manera figurada, se pone junto a los cristianos que están sufriendo persecución.

Tiernamente se dirige a ellos con las palabras queridos hermanos, que en el original es “amados”.

   Pedro manifiesta su amor e interés personal en los lectores de su epístola.

[a]. “No se extrañen”. En el original griego, Pedro utiliza el mismo verbo que en el versículo 4. Allí él escribe que el mundo pagano piensa que es extraño que los cristianos no participen en su vida desenfrenada; como reacción a esta negativa, el mundo incrédulo descarga abuso sobre los creyentes. Ahora Pedro dice que los cristianos no deben sorprenderse si les llega el tiempo de sufrir persecución.

   Jesús les ha advertido que el mundo incrédulo odia a sus seguidores (ver Jn. 15:18–19; 17:14, y compárese con 1 Jn. 3:13). Por lo tanto, habida cuenta de esta advertencia, los cristianos no deben extrañarse cuando les toque ser perseguidos.

[b]. “Del fuego de la prueba que están soportando”. Muchas traducciones tienen la lectura prueba de fuego (ordalía o examen). Esta lectura proviene de la palabra griega que se refiere al proceso de quemar. Si bien el término quemar puede ser tomado en un sentido literal (Ap. 18:9, 18) o en sentido figurado (Didaqué 16:5), Pedro indica por medio de la expresión prueba que desea dar a entender el significado figurado a sus lectores. Él no se ocupa tanto de describir el tiempo, circunstancias u ocasiones de la dolorosa prueba como en enfatizar el propósito de dicha prueba. Haciendo alusión al fuego del fundidor, Pedro da a entender que, así como el oro es refinado por el fuego, del mismo modo es la fe del creyente probado mediante el sufrimiento (1:6–7). Dios quiere probar lo genuino de la fe del cristiano, porque la fe en Dios es “de mayor valor que el oro” (1:7). Por eso el creyente debe estar bien advertido del propósito de Dios en cuanto a su vida y no debe extrañarse.

[c]. “Como si fuera algo extraordinario”. El cristiano no tiene que cuestionar la providencia de Dios cuando algún sufrimiento inesperado le llega. Tampoco debe culpar a Dios por no intervenir a favor suyo. No cabe duda de que Dios tiene el control de toda situación y tiene el poder de proteger al cristiano del sufrimiento inminente. Sin embargo, Dios elabora su propio propósito para fortalecer la fe del creyente por medio del sufrimiento.

   El cristiano debe entender que Dios desea separar la verdadera fe del fingimiento y usa el instrumento del sufrimiento para lograr su propósito. Los cristianos deben aplicarse a sí mismo las palabras de Jesús:

“Dichosos ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y diga toda clase de calumnias contra ustedes. Alégrense y estén contentos”. [Mt. 5:11–12a NVI] 

   [13]. Al contrario alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también sea inmensa su alegría cuando se manifieste la gloria de Cristo.

   Nótense los siguientes puntos:

[a]. Celebrad. “Al contrario, alégrense”. Mediante la expresión al contrario Pedro introduce un contraste. Pone énfasis en el mandamiento alégrense. En vez de considerar su sufrimiento desde un punto de vista negativo, los cristianos han de mirar positivamente a Jesús y regocijarse ante lo que les toca experimentar. Pedro dice: “Alégrense y sigan alegrándose”. Él está bien consciente de la aparente contradicción. (Pablo afirma que, aunque les tocó experimentar muchas dificultades en su ministerio, él y sus compañeros de servicio en la obra de Dios están “afligidos, más siempre gozosos” [2 Co. 6:10].) Pedro dice a sus lectores que cuando les toque sufrir por amor a Cristo, deben colocar su aflicción en el contexto del gozo. ¡Alégrense! Y la razón de ello es esta:

[b]. Participad. “De tener parte en los sufrimientos de Cristo”. ¡Qué gran privilegio, qué honor para el cristiano poder participar en los sufrimientos de Cristo! Es especialmente en las epístolas de Pablo donde el sufrir por Cristo se destaca. Los apóstoles no dicen que los sufrimientos de Cristo quedan incompletos hasta que los cristianos hayan sufrido también. El sacrificio expiatorio de Cristo es completo y nuestra participación en su sufrimiento nada tiene que ver con dicho sacrificio. Sin embargo, Cristo se identifica con su pueblo y cuando ellos sufren por causa suya, él sufre. Cuando ellos enseñan y predican el evangelio, cuando dan testimonio de Jesús, y cuando enfrentan aflicción por él, ellos participan en los sufrimientos de Cristo. Entonces, por su relación con Cristo, se alegran y se sienten llenos de júbilo (comparar con Hch. 5:41).

[c]. Sentid júbilo. “Para que también sea inmensa su alegría cuando se manifieste la gloria de Cristo”.

   En el original, Pedro escribe una combinación de dos verbos, y ambos expresan el concepto del gozo. La traducción resultante es “alégrense” o “sea inmensa su alegría”.

   ¿Por qué rebosan de alegría los cristianos? Una vez más Pedro dirige nuestra atención a la inminente venida de Jesucristo (véase 1 Co. 1:7). Cuando Cristo vuelva, el creyente verá la gloria y el esplendor de la era que está por venir en toda su plenitud (Mt. 25:31). Cristo es el triunfador, y todos sus seguidores comparten su victoria. Juntos participan en la gloria de Cristo (Ro. 8:17). Por consiguiente, cuando contemplamos la gloria que heredaremos con Cristo, no podemos evitar “exaltarnos, jubilarnos, saltar y desbordar con gritos de deleite”.

    Charles Wesley nos ha dado un bien conocido himno que capta el gozo, la adoración y la victoria que experimentamos cuando pensamos en el regreso de Jesús. Por eso cantamos:

Ved del cielo descendiendo al triunfante Redentor,

En su majestad tremendo aparece el Salvador.

¡Aleluya, Aleluya! Dios por siempre reinará.

Jesucristo, te adoramos en tu augusto tribunal;

Gloria, honor te tributamos, Dios de siglos, inmortal;

Como Rey de los humanos todo ser te adorará.

4° Titulo:

Gloriosa honra que le aguarda al creyente consagrado. 2ª de Pedro 3:13 y14. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz. 

   Comentario: [13]. Pero esperamos según su promesa, un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habita la justicia.

[a]. Promesa. Los cristianos no necesitan tener miedo cuando se enteran de que el fuego destruirá la creación de Dios. Como viven en comunión con él, le pertenecen a él y saben que él los guardará. Además, tienen su promesa que les da una doble confianza. ¿Cuál es esta promesa? En los tres casos en que la palabra promesa aparece (vv. 4, 9, 13), Pedro pone el término en el contexto del día del Señor. La promesa es que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1); y que, al fin de los tiempos, él creará un nuevo cielo y una nueva tierra. Este mensaje del Antiguo Testamento tiene su paralelo en el penúltimo capítulo de la Biblia. Juan escribe, “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Ap. 21:1).

[b]. Renovación. Pedro escribe que “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”. Esta terminología está tomada de la profecía de Isaías:

Por tanto, así dijo Jehová el Señor:

He aquí que yo crearé

nuevos cielos y nueva tierra,

y de lo primero no habrá memoria,

ni más vendrá al pensamiento. [65:13, 17]

   Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. [66:22]

   Pedro enfatiza los adjetivos nuevos y nueva en su redacción. Literalmente él dice, “nuevos cielos y tierra nueva”. Mediante el uso de este adjetivo Pedro enseña que la nueva creación proviene de la antigua. En otras palabras: la antigua ha dado nacimiento a la nueva. “El diluvio no aniquiló la tierra, sino que la cambió; y así como la nueva tierra fue consecuencia del diluvio, del mismo modo los nuevos cielos y la nueva tierra serán consecuencia del fuego”.

   Obsérvese también que los sustantivos cielo y tierra carecen de los artículos determinantes de manera que constituyen un par (véase v. 10). El término cielo se refiere a los cielos atmosféricos y no al ámbito de los santos glorificados. Ese ámbito no necesita renovación ya que no ha sido afectado por el pecado.

[c]. Morada. Debido al pecado, toda la creación de Dios ha estado gimiendo en su dolor, escribe Pablo (Ro. 8:22). Espera ansiosamente el día en que la creación quedará libre de las cadenas del pecado para compartir la gloria de los hijos de Dios. Dios desecha al pecado de los nuevos cielos y de la nueva tierra, liberando así a su creación de su esclavitud. Pedro llama a esta nueva creación “morada de la justicia”.

   Personifica al término justicia y dice que la misma ha hecho su habitación permanente en los cielos y en la tierra. Este término reúne a ambas esferas y hace de ellas una sola cosa.

Consideraciones doctrinales en 3:13

   La Biblia es un libro que nos enseña acerca de la creación del hombre, de su caída en pecado, de su redención

mediante la obra expiatoria de Jesucristo y de la promesa de una restauración completa. Cuando un seguidor de

Cristo deja este escenario terrenal, es llevado a la gloria. Se une a una multitud innumerable, vestida de blanco,

que rodea el trono de Dios (Ap. 7:9).

   En el día postrero, cuando se abran las tumbas y todos los santos reciban cuerpos glorificados, vivirán en una tierra nueva llena de santidad y justicia (Is. 60:21; Ap. 21:27). Los habitantes de esta tierra nueva estarán para siempre con Jesús, que como Hijo del Hombre habitará con los santos. Para los santos, este vivir eternamente con Jesús será el verdadero significado del cielo. Estarán siempre en la luz, ya que Jesús es su fuente de luz (cf. Ap.

21:22–24 y Is. 11:4–5; 61:10–11; Jer. 23:6).

¿Quiénes son los que, ceñidos Con ropajes de esplendor, Himnos cantan día y noche, ¿Del altar en derredor?

Al Cordero allí proclaman

Sólo digno de obtener

Reino, honor, sabiduría,

Gloria, bendición, poder.

Hambre y sed, afán y angustias

Y dolor no sufren ya;

De sus ojos para siempre

Cristo el llanto enjugará;

Que al gemir sucede el gozo,

Huyen sombras y temor,

Y en el reino donde moran

Sólo impera eterno amor.

—Teobaldo H. Schenck 

   Si los creyentes esperan vivir eternamente en una “morada de justicia” en la nueva tierra, entonces ya deberían practicar la justicia en esta tierra. Por tal razón, Pedro dedica el resto de su epístola a una serie de exhortaciones en que repite y resume sus intereses pastorales.

   [14]. Por eso, queridos hermanos, ya que esperan estos acontecimientos, esfuércense por ser hallados sin mancha ni reproche, y en paz con él.

[a]. Anhelo. La transición entre este versículo y el que lo antecede (v. 13) queda expresada por las palabras por eso. Es decir, la justicia que caracteriza el ambiente libre de pecado de los santos en el día del Señor debe obrar ya en los corazones y vidas de los redimidos. Pedro es un afectuoso pastor, y por eso se dirige a sus lectores llamándolos queridos hermanos, que en el idioma original es “amados” (vv. 1, 8, 17).

   Pedro utiliza el verbo esperar tres veces en tres versículos (v. 12, 13, 14). Sabe que los cristianos viven en esperanza, especialmente en cuanto al regreso del Señor. “Porque la esperanza es algo vital y eficaz; por eso no puede dejar de atraernos hacia sí”.

[b]. Acción. Pedro dirige la atención de los lectores hacia Jesús y los exhorta a “esfuércense por ser hallados sin mancha ni reproche, y en paz con él”. Nótese que a Pedro le gusta la expresión griega esfuércense, que aparece en 1:5, 10 y 15. Esta expresión enfatiza la responsabilidad de cada cristiano en esforzarse por desarrollar una conducta cristiana (véase Fil. 2:12).

   ¿Cómo hace el cristiano para vivir rectamente? Pedro dice que el creyente debe ser hallado sin mancha ni reproche. Esto significa que el creyente debe seguir el ejemplo de Jesús, que vivió “sin mancha ni defecto” (1 P. 1:19). La elección de términos por parte de Pedro no es arbitraria, ya que da a entender que los lectores son precisamente lo opuesto de los falsos maestros. El describe a dichos maestros como “manchas y suciedad” (2:13). Frente a esta realidad, los cristianos deben unirse a la oración de Pablo: que sean hallados “sin mancha ni reproche” ante la presencia de Dios cuando Jesús vuelva (1 Ts. 3:13; véase también Jud. 24).

[c]. Paz. Aquí viene la conclusión de este versículo: “Haced todo esfuerzo para [estar] en paz con [Jesús]”. El cristiano sabe que por medio de Jesús ha sido justificado por la fe, y que como consecuencia de ello tiene paz con Dios (Ro. 5:1). Cuando el cristiano vive a la luz de la Palabra de Dios y tiene comunión con el Padre y el Hijo, está en paz con su Creador y Redentor. Confiesa su pecado, recibe perdón y es purificado de toda iniquidad (1 Jn. 1:9).

AMÉN, PARA LA HONRA Y GLORIA DE DIOS

DESCARGUE AQUÍ ESTUDIO COMPLETO

Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

Deja una respuesta