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Lunes 8 De abril De 2019 “Es posible escapar de la condenación”

Lunes 8 De abril De 2019 “Es posible escapar de la condenación”


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   Lectura bíblica: hebreos cap. 4, versículos 8 al 12. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. 

Comentario: Versíc. 8. Porque si Josué les hubiese dado reposo, Dios no habría hablado después de otro día

El escritor claramente apela a la historia bíblica, más específicamente, a los libros de Deuteronomio y Josué. Dios prometió reposo a los israelitas errantes cuando Moisés declaró: “Pero vosotros cruzaréis el Jordán y os asentaréis en la tierra que el SEÑOR vuestro Dios os da como herencia, y él os dará reposo de los enemigos que os rodean para que viváis seguramente” (Dt. 12:10; véase también Dt. 3:20; 5:33).

   Comentario: Versíc. 8. Porque si Josué les hubiese dado reposo, Dios no habría hablado después de otro día.

   Esta promesa se cumplió literalmente cuando Josué se dirigió a las tribus de Rubén y Gad y a la mitad de la tribu de Manasés: “Ahora que el SEÑOR vuestro Dios ha dado a vuestros hermanos reposo, tal como lo prometiera, regresad a vuestros hogares en la tierra que Moisés el siervo del SEÑOR os diera del otro lado del Jordán” (Jos. 22:4; véase también Jos. 1:13, 15; 21:44; 23:1).

   El escritor demuestra una vez más que conoce muy bien las Escrituras del Antiguo Testamento, y como teólogo experto formula la siguiente oración condicional: —“Porque si Josué les hubiese dado reposo—y sabemos que Dios cumplió esta promesa—Dios no habría hablado después de otro día, como lo hace en el Salmo 95”. En otras palabras, el reposo del cual Dios habla es un reposo espiritual y tiene un significado más amplio que el de vivir seguramente en Canaán.

   El reposo que Dios quiso para su pueblo trasciende lo temporal y llega a lo eterno. Es un reposo espiritual producido por el evangelio, ya sea que se haya predicado en los días del Antiguo Testamento o en los del Nuevo. Es un reposo del pecado y del mal. Zacarías Ursino, con ayuda de Gaspar Oleviano, expresó dicho reposo adecuadamente:

que todos los días de mi vida

descanse de mis malas obras,

deje al Señor obrar en mí mediante su Espíritu

y comience así en esta vida

el eterno día de reposo.

   Versíc. 9. Queda, entonces, un reposo sabático para el pueblo de Dios; 10. porque todo aquel que entra en el reposo de Dios descansa también de su propia obra, así como Dios lo hizo de la suya.

   Basándose en el Salmo 95, el escritor ha demostrado que el reposo del que disfrutaron los israelitas en Canaán no era el reposo que Dios tenía pensado para su pueblo. El reposo prometido es un reposo sabático; esta es, por supuesto, una referencia directa al relato de la creación (Gn. 2:2; véase también Ex. 20:11; 31:17) acerca del reposo de Dios en el séptimo día.

   Para el creyente el día de reposo no es simplemente un día de descanso en el sentido de ser una del trabajo. Es más bien un reposo espiritual—una cesación del pecar. Trae consigo la noción de estar ante la presencia sagrada de Dios junto con su pueblo en culto de adoración y alabanza. B. Richards

tuvo un vislumbre de lo que será el reposo sabático cuando escribió:

Celebremos a porfía al autor de aquel gran don,

Que nos da festivo día y se goza en el perdón.

Aceptemos hoy con gusto el descanso semanal,

Esperando el día augusto del reposo celestial.

   ¡El día de reposo es, sin duda, un emblema del reposo eterno! Durante nuestro tiempo de vida en la tierra, celebramos el día de reposo y sólo en parte nos damos cuenta de lo que hay incluido en el reposó sabático. En la vida por venir experimentaremos plenamente el reposo de Dios, ya que entonces habremos entrado en un reposo que es eterno. “Bienaventurados de ahora en adelante los muertos que mueren en el Señor’. ‘Sí’, dice el Espíritu, ‘descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen’” (Ap. 14:13).

   ¿Quiénes son, entonces, los que entran en ese reposo? ¿Sólo aquellos que mueren en el Señor? La respuesta es esta: Todos aquellos que por fe experimentan felicidad en el Señor por estar unidos a él. Jesús ora por aquellos que creen en él: “para que todos sean uno, Padre, así como tú estás en mí y yo en ti” (Jn. 17:21). En Dios tenemos perfecta paz y reposo.

Mi corazón, Señor, no reposa

Hasta reposar en Ti.

—Agustín

   No obstante, el texto indica que toda aquel que entra en el reposo de Dios lo hace solamente una vez. Entra en ese reposo solamente cuando su obra ha terminado. Disfruta entonces de un descanso celestial ininterrumpido del cual han sido quitados la muerte, el llanto, el clamor y el dolor; en ese tiempo la morada de Dios estará con los hombres; él vivirá con ellos y será su Dios, porque ellos son su pueblo (Ap. 21:4).

   Versíc. 11. Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar en ese reposo, para que nadie caiga siguiendo el ejemplo de desobediencia de ellos.

   Hebreos 4:6 sirve como introducción a 4:11. Si tomamos la cláusula introductoria, el versículo 11 se lee así: “Dado, pues, que todavía resta que algunos entren … hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar a ese reposo”. Los versículos interpuestos deben ser considerados como un pensamiento parentético.

a. “Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar en ese reposo”. De ahora en adelante, dice el escritor, esforcémonos por entrar en el reposo de Dios. No demos ya por ganado dicho reposo, sino que con esfuerzo luchemos por vivir en armonía con Dios, por hacer su voluntad y por obedecer su ley. Pablo, en su epístola a los filipenses, formula el mismo pensamiento con otras palabras:“Continuad ocupándoos en vuestra salvación con temor y temblor” (2:12). Este celo debería ser el sello distintivo de toda creyente y la consigna de la iglesia. No hemos de ser fanáticos, pero debemos demostrar certeza interior en la obediencia a la Palabra de Dios. El escritor de Hebreos no cesa de advertir y exhortar a sus lectores. Habla con definitiva seriedad cuando dice: “En vuestra lucha contra el pecado, no habéis resistido todavía hasta el punto del derramamiento de sangre” (Heb. 12:4).

b. “Para que nadie caiga”. La palabra clave de esta cláusula es el término caiga, el cual es, por supuesto, un recordatorio directo del peregrinar de los israelitas por el desierto tal cual está registrado en el Pentateuco y en el Salmo 95. Esta gente pecó, y como consecuencia de la maldición de Dios, sus cuerpos cayeron en el desierto. La palabra caer debe ser tomada en un sentido más amplio que el de una mera referencia a la muerte física; incluye caer y apartarse espiritualmente y quedar, por ende, totalmente en ruinas. Los que han caído han perdido su salvación y merecen la destrucción eterna.

   Como pastor que guarda su rebaño, el escritor de Hebreos exhorta a sus lectores a cuidarse espiritualmente unos a otros. Subraya la responsabilidad de cada creyente para con los miembros individuales de la iglesia. Nadie de la comunidad cristiana debe ser desatendido de modo tal que, librado a sus propios recursos, caiga (véase Heb. 3:12; 4:1).

c. “Siguiendo el ejemplo de desobediencia de ellos”. Los israelitas desobedientes que perecieron en el desierto se transformaron en un ejemplo para sus descendientes. Llegaron a ser una lección objetiva de cómo no vivir ante la presencia de Dios. Los padres les enseñarían a sus hijos (Sal. 78:5–8) cuales fueron las consecuencias de la desobediencia para los israelitas rebeldes en su viaje hacia la tierra de Canaán. Y les advertirían de no seguir su ejemplo.

   En forma implícita el escritor de Hebreos le está diciendo a sus lectores: Si alguno de ustedes cae siguiendo el ejemplo de los israelitas en el desierto, él mismo se transformará en un ejemplo para sus contemporáneos, y cada cual tomará su fracaso como advertencia para no cometer el mismo error. En vez de ello, el lector debe hacer todo lo que está en su mano para caminar por el sendero de la obediencia y para exhortar a su hermano y hermana en el Señor a hacer lo mismo.

   La incredulidad lleva a la desobediencia premeditada, lo que resulta en una incapacidad de llegar al arrepentimiento. ¿Y cuál es la conclusión? La respuesta es directa y al punto: condenación eterna. Por consiguiente, dice el escritor, hagamos todo esfuerzo por entrar en el reposo de Dios.

Consideraciones doctrinales en 4:6–11

   Si Josué, al guiar a los israelitas en su entrada a la tierra de Canaán, les hubiera dado reposo, el salmista no hubiese tenido que repetir la promesa del reposo (Sal. 95:11). El reposo prometido en el Salmo 95 y explicado en 4:10 es una copia del reposo de Dios; este reposo es obtenido por el creyente en el arrepentimiento personal y en una dedicación ardiente a la obediencia a Dios. Cuando el creyente reposa de sus malas obras, entra en el descanso sabático concedido al pueblo de Dios.

   Dios nos mandó que recordáramos el día de reposo santificándolo y, haciendo referencia a la semana de la creación y a su propio descanso del séptimo día, nos ordena que sigamos su ejemplo (Ex. 20:8– 11; véase también Dt. 5:12–15). El sustantivo reposo no transmite la idea de inactividad sino la de paz. “Representa la consumación de una obra concluida y el gozo y la satisfacción que se derivan de ello. Tal fue el” prototipo que Dios estableció.

   Uno de los temas de la epístola a los hebreos es el uso recurrente del escritor a afirmaciones que describen una condición contraria al hecho (véanse Heb. 4:8; 7:11; 8:7). El escritor emplea una oración condicional en cada caso y demuestra que en la era veterotestamentaria el reposo (Heb. 4:8) y el pacto (Heb. 8:7) eran incompletos. La perfección, escribe él, no se podía lograr (Heb. 7:11). Pero Cristo trajo cumplimiento a la promesa y a la profecía cuando entregó la plenitud de la revelación de Dios.

   El nombre Josué (Heb. 4:8) es, en el Nuevo Testamento griego, equivalente al nombre Jesús. Josué, hijo de Nun, dirigió a los israelitas en el cruce del río Jordán y en su entrada a la Tierra Prometida, donde ellos encontraron reposo y paz de su peregrinación y guerras. Jesús guía a su pueblo ante la presencia de Dios y les concede el eterno reposo sabático.

2. La Palabra de Dios: 4:12–13 (para mayor comprensión)

   En esta última sección de la exposición que el escritor hace del reposo que Dios tiene reservado para los creyentes, el enfoque se centra en la Palabra de Dios (v. 12), y en la imposibilidad de que el hombre se oculte de dicha Palabra (v. 13). Debido al ordenamiento y elección de las palabras en este versículo, que es muy sorprendente, se supone que el escritor pudo haber tomado uno o dos renglones de algún poema que circulaba en la iglesia primitiva y que hablaba de la Palabra de Dios. Esta no deja de ser una posibilidad. El efecto que logran estos dos versículos es, no obstante, el de dar a la consideración acerca del reposo sabático una adecuada conclusión apelando a la naturaleza y autoridad de la Palabra de Dios.

   Versíc. 12. La palabra de Dios es viva y activa.

   El escritor le recuerda al lector que la Palabra de Dios no puede ser tomada a la ligera; lo cierto es que, si el lector no desea escuchar, se enfrenta nada menos que con Dios mismo (Heb. 10:31; 12:29). La Biblia no es una colección de escritos religiosos de la antigüedad, sino un libro que habla a toda la gente en todas partes en casi todos los idiomas del mundo. La Biblia demanda una respuesta, puesto que Dios no tolera ni la indiferencia ni la desobediencia.

   En su interpretación del v. 12a, algunos eruditos aseveran que la frase Palabra de Dios se refiere a Jesús. Esta opinión es difícil de sostener, aunque exista una referencia tal en Ap. 19:13 (donde se llama Palabra de Dios al jinete del caballo blanco). La frase Palabra de Dios aparece al menos treinta y nueve veces en el Nuevo Testamento y es usada casi exclusivamente para designar a la Palabra de Dios escrita o hablada antes que al Hijo de Dios. En los versículos de introducción a la epístola a los hebreos el escritor expresa claramente que Dios habló a los antepasados en la antigüedad, y que en el presente nos habló por medio de su Hijo (Heb. 1:1–2). En Hebreos Jesús es llamado Hijo de Dios, pero nunca Palabra de Dios.

   En el original griego, el participio viva (=viviente) ocupa el primer lugar en la oración, por lo que recibe todo el énfasis. Este participio describe la primera característica de la Palabra hablada y escrita de Dios: ¡esa Palabra es viva! Por ejemplo, Esteban, al recitar la historia de Israel en el desierto, dice que Moisés recibió en el Monte Sinaí “palabras vivas” (Hch. 7:38), y Pedro dice a los destinatarios de su primera epístola que ellos “han nacido de nuevo … por medio de la Palabra viva y permanente de Dios” (1 P. 1:23).

   La segunda característica es que la Palabra de Dios es activa. Es decir, es efectiva y poderosa. (El original griego utiliza una palabra de la cual nosotros hemos derivado la palabra energía.) la Palabra de Dios es, entonces, energizante en su efecto. Nadie puede escaparse de esa Palabra viva y activa. Así como la Palabra hablada de Dios originó su hermosa creación, del mismo modo su Palabra recrea al hombre muerto en transgresiones y pecados (Ef. 2:1–5). Así como en el desierto algunos israelitas rehusaron escuchar la Palabra de Dios mientras que otros demostraron obediencia, del mismo modo vemos hoy que “el mensaje de la cruz es necedad para aquellos que perecen, pero para nosotros que estamos siendo salvados es el poder de Dios” (1 Co. 1:18).

   La Biblia no es letra muerta, como si fuese alguna ley que ya no se pone en vigor. Aquellas personas que escogen pasar por alto el mensaje de la Escritura experimentarán no solamente el poder de la Palabra de Dios sino también su aguzado filo.

   Versíc. 12b. Más cortante que cualquier espada de dos filos.

   En el mundo antiguo, la espada de dos filos era el arma más cortante que había en cualquier arsenal. Y en el v. 12b, el escritor de Hebreos compara la Palabra de Dios con dicha arma. (En un pasaje similar [Ap. 1:16] leemos acerca de la “espada aguda de dos filos” que salía de la boca de Jesús, tal como lo viera Juan en la isla de Patmos. Queda por aclarar si esto significa que la lengua se parece a una daga.) El simbolismo transmite el mensaje de que el juicio de Dios es severo, justo y tremendo. Dios tiene el poder final e inapelable sobre sus criaturas; aquellos que rehúsan escuchar su Palabra enfrentarán juicio y muerte, en tanto que aquellos que obedecen entrarán en el reposo de Dios y tendrán vida eterna. Nadie tome la Palabra de Dios hablada o escrita como cosa común; nadie la pase por alto; nadie se oponga a ella caprichosamente. Esa Palabra corta y divide, así como el bisturí del cirujano descubre los nervios más delicados del cuerpo humano.

   Sin embargo, la Palabra de Dios también da protección. Pablo, en su epístola a los efesios, identifica a la Palabra con la espada del Espíritu—es decir, con parte de la armadura espiritual del cristiano (6:17).

   Versíc. 12c. Penetra hasta dividir el alma y el espíritu, las coyunturas y la médula; juzga los pensamientos y las actitudes del corazón.

   No pienso que el escritor de Hebreos esté enseñando aquí la doctrina de que el hombre consiste de cuerpo, alma y espíritu (1 Ts. 5:23). Por supuesto, podemos establecer una distinción entre alma y espíritu si decimos que el alma tiene que ver con la existencia física del hombre; y el espíritu, con Dios. Pero el escritor no establece distinciones en este versículo. El habla en términos de lo que no se hace y, en cierto sentido, no puede hacerse.

   ¿Quién es capaz de dividir alma y espíritu o coyunturas y médula? ¿Y qué juez puede conocer los pensamientos y actitudes del corazón? El escritor recurre al simbolismo para decir que lo que el hombre habitualmente no puede dividir, la Palabra de Dios lo separa completamente. Nada queda sin ser tocado por la Escritura, ya que se dirige a cada aspecto de la vida del hombre. La Palabra sigue dividiendo la existencia espiritual del hombre y aun su ser físico. Hasta lo más recóndito del cuerpo y del alma— incluyendo pensamientos y actitudes—enfrentan el aguzado filo de la cantadora espada de Dios. Si bien los pensamientos del hombre permanecen ocultos del ojo inquisidor de su prójimo, la Palabra de Dios los descubre.

   La Palabra de Dios es llamada discernidora de los pensamientos e intenciones del hombre. En el salterio dice David:

Oh Señor, tú me has examinado

y me conoces.

Tú sabes cuando me siento y cuando me levanto;

percibes mis pensamientos desde lejos.

Disciernes mis salidas y mi recostarme;

conoces bien todos mis caminos.

[Salmo 139:1–3]

Y Jesús dice estas palabras:

En cuanto a la persona que oye mis palabras, pero no las guarda, yo no le juzgo. Porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. Hay un juez para el que me rechaza y no acepta mis palabras; la misma palabra que hablé le condenará en el día postrero. [Juan 12:47–48]

   El Señor, por medio de su Palabra revela los motivos ocultos que hay en el corazón del hombre. En su epístola el escritor enfatiza el hecho de que Dios habla al hombre. Por ejemplo, los versículos introductorios (Heb. 1:1–2) ilustran claramente este hecho. Y al citar las Escrituras del Antiguo Testamento, el escritor usa repetidamente esta fórmula: Dios, Jesús o el Espíritu Santo dice (consúltense, por ejemplo, las muchas citas que hay en los primeros cuatro capítulos). La Palabra no es un documento escrito de siglos pasados. Es viva y actual; es poderosa y efectiva; y es completa e inalterado. Escrita en tiempos y culturas de los cuales estamos muy lejos, la Palabra de Dios de todos modos toca al hombre hoy en día. Dios se dirige al hombre en la totalidad de su existencia, y el hombre es incapaz de escapar al impacto de la Palabra de Dios.

   Versíc. 13. Nada en toda la creación está oculto de la vista de Dios. Todo queda descubierto y desnudo ante los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

   En énfasis de 4:12–13 pasa ahora de la Palabra de Dios a Dios mismo. Si la Palabra de Dios todo lo descubre, entonces es evidente que Dios mismo tiene pleno conocimiento de todas las cosas. Por consiguiente, es imposible para el hombre esconder sus pecaminosos motivos en los oscuros rincones de su corazón. Dios sabe. El ve todo; hasta la oscuridad es para él como la luz (Sal. 139:12).

   Además, el pasado, el presente y el futuro son una misma cosa para Dios. En tanto que nosotros estamos sujetos al tiempo y al espacio, Dios mora en la eternidad y trasciende todo lo que ha hecho en su gran creación. El creó las magníficas constelaciones del espacio exterior y colgó a las estrellas en su sitio. También creó a la pequeña araña que laboriosamente teje su tela. Entonces, si su mirada ve a la avecilla, ¿no conocerá los motivos ocultos del hombre? Antes que abramos nuestras bocas para hablar, Dios ya lo sabe. Si permanecemos en silencio, él discierne.

   Ninguna criatura está oculta de los ojos de Dios, puesto que con Dios todo es luz—no hay oscuridad. El hombre, pináculo de la creación, es invitado a caminar en esa luz, para poder ver claramente. Considere estos versículos:

Tu palabra es lámpara a mis pies y luz en mi sendero. [Sal. 119:105]

Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. [Juan 8:12]

   El incrédulo busca huir de Dios, pero es incapaz de hacerlo (Jer. 23:24). El hombre puede ocultar de su prójimo sus pecados secretos, pero ante Dios el hombre queda “descubierto y desnudo”. Esta última expresión, en el griego original, se refiere al cuello. Pero el significado preciso de la palabra no es claro. Quizá indique que al pecador se la empujará la cabeza hacia arriba y hacia atrás de tal modo que su cara y cuello quedarán expuestos a la vista. Sea cual fuere la interpretación, la expresión misma es suficientemente clara en su contexto. Es sinónima de la expresión descubierto e indica que el ojo de Dios, que todo lo ve, observa todas las cosas.

   La cláusula “a quien hemos de rendir cuentas” es bastante interesante. Los libros serán examinados, y todas las facturas, los pagos y los recibos serán entregados para revisión. El hombre debe rendir cuentas a Dios, el revisor de cuentas. Los libros de la conciencia del hombre están abiertos ante los ojos de Dios. Nada se la escapa.

   En el día postrero los pecadores le pedirán a las montañas y a las rocas: “¡Caed sobre nosotros y ocultadnos del rostro de aquel que se sienta sobre el trono y de la ira del Cordero!” (Ap. 6:16). En el juicio final, cada cual deberá dar cuenta de sí mismo. Solamente los que están en Cristo Jesús oirán la palabra liberadora: absuelto.

Consideraciones doctrinales en 4:12–13

   En cierto sentido, 4:12 es una expresión resumida de referencias anteriores a la Palabra de Dios hablada y escrita. Sea hablada o escrita, la Palabra de Dios es una unidad. La misma voz habla con claridad y autoridad a cada generación. Se dirigió a los israelitas en el desierto, a los ciudadanos de Israel en el tiempo de David y a los destinatarios de la epístola a los hebreos en el siglo primero. Esa voz habla aún hoy.

   La Palabra de Dios es viva y poderosa en los corazones y vidas de los creyentes. Los incrédulos, no obstante, descaradamente rechazan la Palabra que se dirige a ellos. Repiten de alguna manera las palabras de William Ernest Henley:

Poco importa lo estrecho de la puerta,

Ni cuan cargado de castigo el pergamino,

Yo soy el capitán del alma mía;

Yo soy el dueño de mi si no.

   Pablo le escribe a los corintios que su predicación es para unos, olor de muerte, en tanto que para otros es fragancia de vida (2 Co. 2:16). Y Calvino hace notar que Dios “nunca nos promete salvación en Cristo sin pronunciar, por otra parte, venganza contra los incrédulos, quienes por rechazar a Cristo atraen sobre sí la muerte”.

   La expresión espada de dos filos no ha de ser tomada literalmente, como si indicara que uno de los filos está dirigido hacia los creyentes y el otro hacia los incrédulos. El escritor recurre al simbolismo para dar a entender que la Palabra de Dios verdaderamente “penetra hasta al corazón” (Hch. 2:37).

   El conocimiento de Dios todo lo abarca, inclusive el autoconocimiento y la comprensión total de todos los eventos, sean pasados, presentes o futuros.124 La Escritura repetidamente se refiere a la omnisciencia de Dios (ver Dt. 2:7; 1 S. 16:7; 1 Cr. 28:9, 12; Job 23:10; 24:23; 31:4; 37:16; Sal. 1:6; 33:13; 37:18; 119:168; 139:1–4).  

   Hebreos 4:12 enseña que la Palabra de Dios “juzga los pensamientos y las actitudes del corazón”. Tampoco aquí, como sucede en el resto de la epístola, encontramos referencia alguna a Cristo como juez. Tras citar a Deuteronomio 32:36 (“El Señor juzgará a su pueblo” [Heb. 10:30]), el escritor finaliza diciendo: “Es cosa pavorosa caer en las manos del Dios vivo” (Heb. 10:31).

1er Titulo:

Hay Un Refugio Seguro Y Firme. Hebreos 6:18-19. Para que, por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo.

   Comentario: Versíc. 18. Dios hizo esto para que, por medio de dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, fuésemos grandemente alentados nosotros que hemos acudido a asirnos de la esperanza que nos fue ofrecida.

   La evidencia disponible se acumula, tal como lo indica el escritor. Dios ha dado su promesa inmutable y ha confirmado esta promesa con un juramento inmutable. Aparte de notar estas “dos cosas inmutables”, el escritor declara que Dios no puede mentir. Estas expresiones tienen una redundancia incorporada, ya que Dios es por naturaleza la personificación de la verdad. “Dios no es un hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que cambie de parecer” (Nm. 23:19; véanse también 1 S. 15:29; Sal. 33:11; Is. 46:10–11; Mal. 3:6; Stg. 1:17).

   Entonces, si Dios se acomoda a la costumbre humana de hacer un juramento para establecer la verdad, la implicación es que cuando un cristiano rehúsa aceptar esta promesa de salvación confirmada con un juramento y se vuelve al pecado o a otra religión, se arriesga a ser un blasfemo. Esta persona da a entender que no se puede confiar en la Palabra de Dios, y que Dios es un perjuro.

   Pero en este versículo el escritor enfatiza lo positivo, ya que vuelve al uso de la primera persona plural. Dice él, “Nosotros que hemos acudido a asirnos de la esperanza que nos fue ofrecida podemos sentirnos grandemente alentados”. El escritor dirige su lección acerca de la inmutabilidad del propósito de Dios a nosotros que creemos la Palabra de Dios, y escribe para alentarnos en nuestra huida del pecado. Las palabras nosotros que hemos acudido (tras haber huida) son algo inciertas dado que el escritor no aporta nombres de lugares ni circunstancias específicas. No obstante, ello, el contexto general indica que nosotros, los que creemos, hemos escapado del poder de la incredulidad voluntaria y así nos hemos vuelto a Dios “para asirnos de la esperanza que nos fue ofrecida”. Somos el pueblo “que en busca de refugio a Jesús ha acudido”.

   Como verdaderos herederos de la promesa, nos aferramos a la esperanza que Dios nos ofrece. Hemos huido como fugitivos y nos aferramos a aquel que nos ofrece nueva vida. El autor usa una expresión lingüística por la cual una sola palabra transmite todo un concepto. Es decir, debemos entender que la palabra esperanza se refiere a aquel que da dicha esperanza. Dios mismo ha aportado la esperanza mediante las promesas de su Palabra. Y nosotros, a quienes el escritor exhorta a “asegurar [nuestra] esperanza” (6:11), somos invitados a apropiarnos de la esperanza que Dios coloca a plena vista ante nosotros.

   Asirnos a la promesa no es algo que hagamos desganadamente. Al contrario, debemos alcanzar la esperanza que nos es ofrecida con el vigoroso aliento que recibimos de la Palabra de Dios. Resumiendo, Dios nos ofrece esperanza y al mismo tiempo nos insta seriamente a que la aceptemos y nos la apropiemos.

   Versíc. 19. Tenemos esta esperanza como ancla del alma, firme y segura. La misma entra al santuario interior que está tras el velo.

   El escritor, de acuerdo a su modo de escribir, introduce un cierto tema de manera más bien breve para luego explicarlo plenamente en los versículos subsiguientes. En una breve exhortación él presenta el tema de la esperanza (6:11); después de analizar la absoluta confiabilidad de la promesa de Dios al creyente, pasa a explicar el significado de la esperanza (6:18–19). La esperanza, dice el escritor, es como un ancla; da estabilidad y seguridad al alma.

   La imagen propuesta es vívida y descriptiva. El escritor pinta el cuadro de una barca sacudida por las olas, pero mantenida en su sitio por un ancla invisible que se aferra al fondo del mar. Así el alma del hombre, sacudida por los vientos y las olas de la duda, tiene un ancla segura de esperanza firmemente arraigada en Jesús. Esta ancla le da estabilidad al alma del hombre, y ello incluye “la totalidad de la vida interior del hombre, con sus poderes de la voluntad, la razón y la emoción”. Sentimos afinidad con la imagen del ancla, y expresamos nuestros sentimientos en las palabras de Priscilla J. Owens:

Tenemos un ancla que sostiene el alma

Cuando las olas rugen, rota la calma;

Enclavada en una Roca que no puede ceder,

Fijada firme y profundamente en el amor del Señor.

   Pero los hebreos del Antiguo Testamento y los judíos del siglo primero sentían aversión por el mar. Esto se ve en el hecho que la palabra ancla no aparezca nunca en el Antiguo Testamento; y solamente cuatro veces en el Nuevo Testamento, tres de las cuales aparecen en el relato del naufragio de Pablo (Hch. 27:29, 30, 40). Es así que el escritor cambia de metáfora casi abruptamente y menciona el velo del Lugar Santísimo. Los destinatarios de la epístola a los hebreos estaban mucho más familiarizados con el culto del tabernáculo y del templo; ellos conocían cómo estaba construido el santuario; y la cláusula “entra al santuario interior que está tras el velo” tenía significado para ellos.

   El escritor de la epístola ha llegado al fin de su exhortación que se iniciara tras la introducción de Jesús como “sumo sacerdote según el orden de Melquisedec” (5:10). Vuelve ahora al tema del sumosacerdocio de Cristo con una referencia al “santuario interior que está tras el velo”. Estas palabras traen inmediatamente a la memoria de los lectores el Día de la Expiación, cuando el Sumo sacerdote entraba ante la presencia de Dios (Lv. 16:2, 12). Además, los hebreos sabían, por el evangelio que les había sido proclamado, que al morir Jesús el velo del templo se había rasgado de arriba hasta abajo, exponiendo el Lugar Santísimo a la vista de todos los que estaban en el templo. Ellos entendían la referencia al santuario interior de modo figurado, y lo asociaban con el cielo. El escritor ya había llamado la atención de ellos a este hecho al escribir: “Tenemos un gran sumo sacerdote que ha penetrado los cielos, Jesús el Hijo de Dios” (4:14).

2° Titulo:

Dios Nos Instruye A Oírle. Deuteronomio 18:18-19. Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.

   Comentario: Esta es una promesa acerca de Cristo, que vendrá un Profeta, más grande que todoslos profetas; por medio de Él Dios se dará a conocer a sí mismo, y su voluntad a los hijos de loshombres, en forma más plena y clara que nunca. Él es la luz del mundo, Juan 8:12. Él es el Verbopor el cual Dios nos habla, Juan i, 1; Hebreos 1:2. En su nacimiento Él será uno de su nación. En suresurrección Él será exaltado en Jerusalén y, desde ahí, debe salir su doctrina hacia todo el mundo.

   De este modo, habiendo resucitado a su Hijo Cristo Jesús, Dios lo envió para bendecirnos. Él debía ser como Moisés, sólo que superior a él. Este profeta ha venido, es JESUS; y es “el que debía venir” y no tenemos que esperar a otro. La visión de Dios que Él da, no aterroriza ni sobrecoge, sino que nos anima. Habla con afecto paternal y autoridad divina. Quien se niega a escuchar a Jesucristo, hallará es para su mal; Él mismo que es Profeta, será su Juez, Juan 12:48. ¡Ay, entonces, de aquellos que rehúsan escuchar su voz y aceptar su salvación o rendir obediencia a su mandato! Pero bienaventurados los que confían en Él y le obedecen. Él los llevará por las sendas de seguridad y paz hasta que los introduzca en la tierra de la perfecta luz, pureza y felicidad. —Aquí hay una advertencia contra los falsos profetas. Es parte de nuestro deber tener un criterio correcto para probar la palabra que oímos, para que sepamos que esa palabra no es la que el Señor ha hablado. Todo lo que se oponga al sentido claro de la palabra escrita o lo que dé favor o estímulo al pecado, podemos estar seguros que es algo que Dios no ha hablado.

   Pensamiento: el verdadero profeta hablaría todas las cosas que Jehová le mande (v. 18). No tenía que declarar falsos sueños o robar la palabra de otro profeta. Jehová mismo le daba la palabra para predicar y él hablaba en el poder y autoridad de Jehovah. Por esta razón el pueblo tenía que oír las palabras de este profeta. Aquellos que rechazaban su palabra y dejaban de escuchar su mensaje eran responsables al propio Dios: yo le pediré cuentas. El texto no declara cómo el pueblo “dará cuentas” a Dios, pero las palabras sugieren un severo castigo para las personas que no obedecían las palabras del profeta enviado por Dios.

   En el judaísmo del primer siglo el pueblo de Israel todavía esperaba la llegada del verdadero profeta (Juan 1:21, 45; 6:14; 7:40). Pedro, en su sermón en el día de Pentecostés, declaró que Jesucristo era el profeta enviado por Dios (Hech. 3:22. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; — 26. A vosotros, primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.). Las escrituras del NT siguen la interpretación de Pedro y adoptan la interpretación mesiánica de este pasaje (Hech. 7:37. Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis.).

   Referencias: Hechos 3:22. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable;

3er Titulo:

El Que No Escucha, No Escapará. Hebreos 2:1-3. Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron.

   Comentario: Uno de los eslabones que hay entre el primer capítulo y el segundo son las referencias directas e indirectas que el escritor hace a la triple investidura de Cristo: profeta, sacerdote y rey. En el primer capítulo, el escritor describe al Hijo como la persona mediante la cual Dios habló proféticamente (1:2), como sumo sacerdote que “proveyó purificación por los pecados” (1:3), y como aquel que, rodeado de esplendor real, “se sentó a la diestra de la Majestad en el cielo” (1:3). El escritor continúa este énfasis en el capítulo dos describiendo a Cristo como el Señor, aquel que como profeta anuncia la salvación (2:3), que como rey está “coronado de gloria y honor” (2:9), y que es “un misericordioso y fiel sumo sacerdote al servicio de Dios” (2:17).

   En el capítulo 1, el escritor presenta a Jesús como “Hijo” (vv. 2, 5) o como “el Hijo” (v. 8), en el capítulo que sigue se refiere a Cristo como “el Señor” (2:3) y como “Jesús” (2:9). En los capítulos subsiguientes el escritor utiliza este y otros nombres con mayor frecuencia.

   A lo largo de su epístola el escritor entreteje enseñanza y exhortación, doctrina y consejos sobre asuntos prácticos. Después de proporcionar un capítulo de introducción que se ocupa de la superioridad del Hijo, el escritor explica el significado de dicho capítulo de modo peculiar y práctico.

   En la exhortación él demuestra ser un pastor amoroso y cuidadoso que busca el bienestar espiritual de todos los que leen y oyen las palabras de la epístola.

   Versíc. 1. Debemos prestar atención más diligente, por tanto, a lo que hemos oído, para que no nos deslicemos.

   En este versículo el escritor nos recuerda que hemos recibido un retrato de la eminencia y grandeza de Cristo, y que debiéramos, por lo tanto, escuchar lo que él dice. Es que cuanto más exaltada es la persona, tanto mayor es la autoridad que ejerce, y tanta más demanda que el oyente le preste atención. El original, enfático y expresivo, está muy bien transmitido en la versión al inglés New English Bible que dice algo así: “Es así, entonces, que estamos obligados a escuchar con mucha mayor atención lo que se nos ha dicho, por temor a desviarnos del rumbo”. Como es obvio, el negarse a prestar atención a la palabra dicha tiene consecuencias perjudiciales que nos pueden llevar a la ruina. La diferencia entre oír y escuchar puede ser muy notable. Oír puede significar nada más que percibir sonidos que no demandan ni crean acción. Escuchar significa prestar cuidadosa atención a los sonidos que penetran al oído y luego motivan resultados positivos. A un niño sus padres pueden decirle que ejecute alguna tarea hogareña, pero si la tarea es en alguna medida desagradable, éste puede demorarla o postergarla. Ha oído claramente a sus padres, pero en ese momento se niega a escuchar. No hay respuesta.

   El escritor de Hebreos dice que nosotros—y se incluye a sí mismo en este pronombre—debemos disponer nuestras mentes para escuchar atentamente el mensaje divino.47 Puede ser que las palabras no se escapen inmediatamente de la mente de uno por abulia o falta de atención; sin embargo, siempre existe el peligro de que las palabras caigan en desuso.48 Moisés enseño al pueblo de Israel su credo (“Oye, oh Israel: EL SENOR nuestro Dios, el SENOR uno es”, Dt. 6:4) y el resumen de los Diez Mandamientos (“Ama al SENOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, Dt. 6:5). El aleccionó al pueblo para que inculcase las palabras del credo y la ley a sus hijos, hablase de ellas constantemente, las atase a sus manos y frentes, y las escribiese en sus casas y portales (véase Dt. 6:7–9).

   Versíc. 2. Porque si el mensaje hablado por medio de ángeles imponía una obligación, y toda violación y desobediencia recibió su justo castigo …

   La expresión palabra hablada por medio de ángeles apunta a la ley que Dios les diera a los israelitas desde el Monte Sinaí. Si bien ni el Antiguo Testamento en general ni Éxodo en particular dan alguna indicación de que Dios usara ángeles para transmitir la ley al pueblo de Israel (Ex. 20:1, Dt. 5:22), tanto Esteban en su discurso ante el Sanedrín (Hch. 7:35–53) como Pablo en su epístola a los gálatas (3:19) mencionan la instrumentalidad de los ángeles. Hay, por supuesto, una referencia a la presencia de ángeles en el Monte Sinaí en la bendición que Moisés pronunció sobre los israelitas antes de morir (Dt. 33:2).49 Es concebible que la tradición oral preservase esta información para uso de Esteban, de Pablo y el escritor de Hebreos.

   El texto indica que Dios fue quien en realidad habló, aun cuando recurriese a sus mensajeros, los ángeles. La Palabra—es decir, la ley del Antiguo Testamento—era obligatoria porque tras esta Palabra se encontraba Dios, que formalizó un pacto con su pueblo en el Monte Sinaí. Es Dios quien le da validez normativa a su Palabra, puesto que él es fiel a su palabra. Él es el Dios que mantiene su pacto con su pueblo. La Palabra de Dios (Heb. 1:1–2) perdura sin cambios y constituye una revelación que le fuera confiada al pueblo de Dios en diversas y sucesivas ocasiones. En otras palabras, la ley de Dios les llegó a los israelitas por medio de los ángeles desde el Monte Sinaí; el evangelio fue proclamado por el Señor.

   El Antiguo Testamento aporta numerosos ejemplos que demuestran que “todo violación y desobediencia recibió su justo castigo”. En vez de mencionar ejemplos específicos de la historia del Antiguo Testamento, el escritor de Hebreos enfatiza el principio que enseña que transgredir la ley divina resulta en una justa retribución. Toda violación es mala; todo acto de desobediencia, una afrenta a Dios.

   Versíc. 3a. ¿Como escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?

   La palabra clave de esta parte de la oración, que comenzara en el versículo precedente, es “salvación”. El término ya ha sido utilizado en 1:14, donde se les dice a los lectores que todos los ángeles son espíritus ministradores que sirven a los creyentes (los herederos de la salvación). El valor de la salvación nunca debe ser subestimado, ya que su precio fue el sufrimiento y la muerte de Jesús. A él se le llama autor de la salvación que lleva muchos hijos a la gloria (2:10). Por consiguiente, la salvación del creyente es inconmensurablemente grande.

   Tal como lo declara el versículo 2, el mensaje del Antiguo Testamento no pudo ni puede ser violado sin sufrir las consecuencias. Cuánto más, entonces (dice este versículo), debiéramos nosotros atesorar nuestra salvación. Si llegamos a desatender el mensaje respecto a nuestra redención, es imposible que escapemos a la ira de Dios y al castigo subsiguiente. Cuanto más precioso es el don, tanto mayor es el castigo si no se lo tiene en cuenta.

   Versíc. 3b. Esta salvación, anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que le oyeron.

   El eje del capítulo 2, tal como lo fue el del capítulo 1, es Jesús, el Hijo de Dios, que es Señor aun de los ángeles. Y los vv. 2–3 son un ejemplo del tipo de argumento que va de lo menor a lo mayor, método que el escritor emplea repetidamente en esta epístola.51 Estos versículos recuerdan a los lectores la enseñanza respecto a la superioridad del Hijo (1:4–14); el método de argumentación que usa el escritor enfatiza el contraste que hay entre los ángeles, que transmitieron la ley, y Jesús, que proclamó el evangelio. Los ángeles solamente sirvieron de mensajeros cuando estuvieron presentes en el Monte Sinaí, pero el Señor ha venido con el mensaje de salvación, que él mismo proclamó y que sus seguidores confirmaron por medio de la Palabra hablada y escrita.

   En este versículo (3b) el énfasis recae en Jesús, cuya palabra es cierta. Es verdad que los ángeles trajeron “el mensaje”, mientras que Jesús trajo “salvación”. El escritor empero, emplea un recurso literario denominado metonimia (por medio del cual se trae a la memoria un concepto a través de una palabra que describe una idea relacionada con el mismo. Tenemos un ejemplo en las palabras de Abraham al hombre rico que quiere mantener a sus cinco hermanos fuera del infierno: “Ellos tienen a Moisés y a los Profetas” [Lc. 16:29]. La intención es de decir que tienen el Antiguo Testamento.). Del mismo modo la palabra salvación se refiere al evangelio de salvación proclamado por Jesús. Esta sola palabra abarca la doctrina de la redención en Cristo y se refiere, en cierto sentido, al Nuevo Testamento. Jesús no vino a anular la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos (Mt.5:17). El Antiguo y Nuevo Testamentos son la revelación escrita de Dios para el hombre, aunque la plenitud de la redención se manifieste en el Nuevo. Jesús, cuyo nombre se deriva del nombre Josué (salvación), fue el primero en proclamar las riquezas de la salvación. Desde el momento de su aparición en público hasta el día de la ascensión, Jesús dio a conocer la plena revelación redentora de Dios. El, que descendió del cielo y que por consiguiente está sobre todos, fue enviado por Dios a dar testimonio de “aquello que ha visto y oído” (Jn. 3:32). Su mensaje de salvación plena y gratuita “fue el verdadero origen del evangelio”.

   No obstante, quizá los lectores podrían argumentar que ellos no habían oído a Jesús proclamar su mensaje, ya que el ministerio terrenal de Jesús duró solamente tres años, los cuales pasó principalmente en Israel. Es incontable el número de personas que jamás tuvo la oportunidad de escucharle. El escritor de Hebreos responde a esta objeción diciendo que el mensaje “nos fue confirmado por aquellos que le oyeron”. Ni él mismo había tenido el privilegio de haber estado entre el auditorio de Jesús; también él había tenido que escuchar a aquellos seguidores que habían oído la palabra dicha por Jesús.

   Esta declaración nos dice que estos seguidores eran fieles testigos de las palabras y obras de Jesús. Ellos, como testigos presenciales, dieron testimonio de la veracidad de los eventos ocurridos y del mensaje que había sido predicado (Lc. 1:1–2). Y el escritor indica que él y los lectores de la epístola pertenecían a la segunda generación de seguidores; no habían escuchado el evangelio de labios de Jesús mismo. Este hecho descarta la posibilidad de una paternidad literaria apostólica para la carta a los hebreos. Si tenemos en cuenta que el escritor declara que él y sus lectores tuvieron que fiarse de los informes de los seguidores originales de Jesús, es razonable suponer que habían transcurrido algunas décadas desde la ascensión de Jesús.

   Un aporte del para entender mejor la idea: Versíc. 4. Dios también dio testimonio de ella por medio de señales, prodigios y diversos milagros, y dones del Espíritu Santo distribuidos según su voluntad.

   El escritor de la epístola da por sentado que sus lectores están bien familiarizados con el evangelio, ya sea por vía oral o escrita, y que tienen conocimiento del comienza y desarrollo de la iglesia cristiana. Es por eso que no da mayores detalles respecto a la proclamación del evangelio por parte de Jesús (1:3) y de los apóstoles, ni especifica cuales fueron las “señales, prodigios, diversos milagros y dones del Espíritu Santo”. El supone que sus lectores conocen bien la historia de la iglesia y, más específicamente, cómo la propagación del evangelio fue acompañada de señales y prodigios sobrenaturales. Su referencia a los dones del Espíritu Santo parece implicar que sus lectores están enterados de aquellos dones que se mencionan en 1 Co. 12:4–11.

   Las señales, prodigios, milagros y dones del Espíritu suplementaron la proclamación de la Palabra de Dios en las primeras décadas del auge y desarrollo de la iglesia cristiana. El libro de Hechos está repleto de vívidos ejemplos de esos milagros. Pedro sanó al cojo que se sentaba a la puerta del templo llamada La Hermosa (3:1–10), reprendió a Ananías y Safira (5:1–11), restauró a un paralítico que no podía levantarse de su lecho (9:32–35), y resucitó a Dorcas de los muertos (9:36–43).

   Aparentemente las palabras señales y prodigios eran una frase muy usada que se refería o al fin del mundo (cuando acontecerían milagros y prodigios) o al período de crecimiento inicial de la iglesia. Las palabras señales y prodigios eran usadas como sinónimos, especialmente en Hechos, donde esta frase, señales y prodigios, figura nueve de las doce veces en que la misma aparece en el Nuevo Testamento. Además, la frase aparece en los primeros quince capítulos de Hechos, que relatan el primer crecimiento y expansión de la iglesia (2:19, 22, 43; 4:30; 5:12; 6:8; 7:36; 14:3; 15:12). Se le encuentra también en el discurso escatológico de Jesús (Mt. 24:24; Mr. 13:22) y en las palabras que Jesús le dijo al oficial real de Capernaúm (Jn. 4:48).

   Los términos milagros y milagroso describen los hechos sobrenaturales de Jesús, que aparecen registrados

especialmente en los Evangelios sinópticos (Mt. 7:22; 11:20, 21, 23; 13:54, 58; 14:2; 24:24; Mr. 6:2, 14, 13:22, Lc. 10:13; 19:37; 21:25 [“señales”]). Pedro también usa dicha expresión en su sermón de Pentecostés: “Jesús de Nazaret fue un hombre confirmado por Dios ante vosotros por milagros, prodigios y señales, que Dios hizo entre vosotros a través de él, como vosotros mismos sabéis” (Hch. 2:22). La palabra milagros (o poderes) ocurre también en Hch. 8:13; 19:11, Ro. 8:38; 15:13; 1 Co. 12:10, 28, 29; 2 Co. 12:12; Gá 3:5; Heb. 6:5; y 1 P. 3:22. Entre los dones del Espíritu catalogados por Pablo en 1 Co. 12:4–11 está el don de “poderes milagrosos” (1 Co. 12:10).

   Versíc 4b Y dones del Espíritu Santo distribuidos según su voluntad. Poco importa que interpretemos la frase según su voluntad como referencia al Espíritu Santo o a Dios Padre. El versículo paralelo, 1 Co. 12:11, dice que el Espíritu “los distribuye [a los dones] a cada quien, según él lo determina”. Al fin a al cabo es Dios quien atestigua la veracidad de su Palabra. Si interpretamos que las palabras según su voluntad abarcan a señales, prodigios y milagros entonces Dios mismo es el agente que utiliza estos poderes divinos “con el expreso propósito de sellar la verdad del Evangelio”.

Consideraciones prácticas en 2:1–4

   El escritor no es un teólogo aislado en su torre de marfil; demuestra tener un corazón de pastor que se preocupa por la iglesia. Advierte a los lectores y oyentes de su epístola que deben prestar diligente atención a la Palabra de Dios. Es más, él mismo se incluye en las advertencias y en la exhortación.

   Este pasaje es continuación de Heb. 1:1–2. En el evangelio que es proclamado por el Señor y confirmado por aquellos que le escucharon, se da ahora a conocer la revelación total de Dios. El mensaje, ya sea que haya sido comunicado por los ángeles o proclamado por el Señor, constituye la revelación de Dios al hombre.

   En Heb. 2:1–3 el escritor utiliza muchas palabras claves que aun en traducción manifiestan una determinada secuencia:

   Repetidamente el escritor advierte al lector que no debe apartarse del Dios vivo (3:12) y escribe que es horrendo “caer en las manos del Dios vivo” (10:31), “porque nuestro Dios es un fuego consumidor” (12:29). El descuidar la Palabra de Dios no parece ser un gran pecado; y, sin embargo, por medio de un contraste entre este pecado y la desobediencia del pueblo en la era veterotestamentaria, enseña que descuidar la Palabra de Dios es una ofensa muy seria. Al habernos dado Dios su revelación total en el Antiguo y Nuevo Testamento, es imposible para nosotros escapar las consecuencias de la desobediencia o de la negligencia.

   La salvación anunciada por el Señor es muy superior a la ley de Dios que le fuera enunciada a los israelitas en el Monte Sinaí. Cristo quita el velo que cubre los corazones de aquellos que leen el Antiguo Testamento (2 Co. 3:13–16).

   Señales, prodigios y diversos milagros fueron hechos por Jesús y por los apóstoles que habían recibido autoridad para actuar durante el establecimiento y crecimiento de la iglesia primitiva. Los dones del Espíritu Santo, sin embargo, acompañan aún a la iglesia de hoy en día.

4° Titulo:

Atendamos, Pues A Su Voz. Hebreos 12:25. Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos. 

   Comentario: Versíc. 25. Mirad que no rechacéis al que habla. Si ellos no escaparon cuando rechazaron al que les advirtió en la tierra, ¿cuánto menos nosotros, si nos apartamos del que nos advierte desde el cielo?

   Nótese que el escritor se dirige a tres grupos de personas: vosotros (los lectores), ellos (los israelitas), y nosotros (el escritor y sus lectores).

a. A lo largo de esta epístola la advertencia en contra de hacer oídos sordos a Dios ha sonado claramente en los oídos de los destinatarios. Piénsese, por ejemplo, en la advertencia directa: “Mirad hermanos, que ninguno de vosotros tenga un corazón pecador, incrédulo, que se aparte del Dios vivo” (3:12). Esta amonestación ha sido repetida en diversas formas en la carta y cada vez demanda que los lectores presten mucha atención.

   El escritor no acusa de rebelión a los lectores. No dice que ellos sean culpables de negarse a escuchar la voz de Dios. El más bien se dirige a ellos pastoralmente y les exhorta a prestar atención a la Palabra de Dios cuando la oyen. Les recuerda cómo murieron los israelitas en el desierto.

b. Evitando mencionar detalles, el escritor escoge algunas palabras claves para describir la situación de los israelitas. Ellos recibieron su justo castigo cuando se rebelaron contra Dios (2:2; 3:16–19; 4:2; 10:28). No pudieron escapar cuando se negaron a obedecer las advertencias de Dios. Llegó el momento en que Dios pronunció el veredicto de que toda persona de veinte o más años moriría en el desierto (Nm. 14:29). Era imposible escapar. Como representante de Dios, Moisés se los había advertido repetidamente a los israelitas, pero éstos habían repudiado la palabra expresada. No quisieron darse cuenta de que el rechazar la Palabra de Dios es equivalente a rechazar a Dios. Entonces, si la historia revela las temibles consecuencias de la rebelión de Israel en el desierto, ¿cuánto menos escaparemos nosotros?

c. El escritor se incluye en la comparación. Comunica este pensamiento en forma de condición: “Si nos apartamos del que nos advierte desde el cielo” (véase 10:26, que tiene una conclusión similar). Si no escuchamos la voz de Jesús que nos advierte desde el cielo, es todavía menos posible escapar de lo que era para los israelitas. Se establece el contraste entre la revelación fragmentaria de Dios, comunicada al pueblo por Moisés en la tierra, y la revelación plena en Jesucristo, que fue “primeramente anunciada por el Señor” (Heb. 2:3). Ciertamente, “¿cómo escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?” Jesús continúa hablándole a su pueblo por medio de sus siervos, los ministros del evangelio, ya que “en estos últimos días [Dios] nos ha hablado [y continúa haciéndolo] por medio de su Hijo” (1:2).

Amén para la gloria de Dios.

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Bibliografía a usar como aporte: Comentario Bíblico Mundo Hispano. Bíblia de referencia Thompson. Libro de Comentario de toda la Biblia, de Matthew Henry. Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker Exposición De La Epístola A Los Hebreos. Expositor de IEP Temas Bíblicos clase de Dorcas 2019.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.