+56 9 5417 6219
contacto@historiaycontingenciaiep.cl

Semana del 10 al 16 de junio de 2019: “Relación del creyente con el Espíritu Santo para la santificación”

Semana del 10 al 16 de junio de 2019: “Relación del creyente con el Espíritu Santo para la santificación”

Lección Bíblica: Los Hechos 19: 1 al 6. Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. 

   Comentario del contexto: 1. El bautismo de Juan 19:1–7

   En estos versículos, Lucas presenta un informe extremadamente breve sobre la reunión de Pablo en Éfeso con doce discípulos. Debido a su brevedad, Lucas pone al expositor en un aprieto. Para ilustrarlo, en su Evangelio Lucas dice que Juan el Bautista empezó su ministerio en el año quince del reinado de Tiberio César (véase Lc. 3:1–3). Una fecha probable sería los años 25–26 d.C. En un breve período de tiempo, Juan el Bautista fue arrestado y luego decapitado por Herodes Antipas (véase Mt. 14:3–12). Su ministerio e influencia habían terminado. Pero en Hechos, Lucas dice que, cerca de tres décadas después de la muerte de Juan, algunas personas que habían sido bautizadas con el bautismo de Juan vivían no en Judea sino en Éfeso. Y Lucas los llama discípulos.

Pero, ¿cuál es la importancia de la palabra discípulos en relación con la fe cristiana? Y ¿qué se entiende por “ser bautizado con el bautismo de Juan”? ¿Es el segundo bautismo sólo de los discípulos? Estas son preguntas complicadas en este pasaje en particular.

   Versíc. 1. Mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo pasó por las regiones interiores y llegó a Éfeso. Allí encontró a algunos discípulos 2. y les preguntó, “¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron?” Ellos contestaron, “No, ni aun hemos oído que haya un Espíritu Santo”. 3. Pablo les preguntó, “¿Cómo entonces fueron bautizados?” Ellos respondieron, “Con el bautismo de Juan”.

(a). Éfeso. Aun cuando Lucas presenta a Apolos en el capítulo anterior (18) y menciona su nombre en este capítulo (19), en ninguna parte dice que Pablo y Apolos se hayan encontrado. Sólo dice que mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo viajó de Antioquía de Pisidia a través de las regiones interiores (según el texto griego, las zonas más altas) de Asia Menor y llegó a Éfeso. Pablo había prometido a los judíos en Éfeso que volvería a visitarles, si Dios lo permitía, para instruirles más (refiérase a 18:19–21). Aunque en una ocasión anterior el Espíritu Santo le había impedido entrar a la provincia de Asia (16:6), Pablo consideraba a Éfeso un punto clave para la propagación del evangelio.

  Situada al sur del río Caistro y a casi 5 kms. al interior del Mar Egeo, Éfeso era una encrucijada para la carretera costanera que iba de norte a sur y la carretera que se extendía al este, a Laodicea y a la región de Frigia (Antioquía de Pisidia). En siglos anteriores, Éfeso, donde el tráfico del mar se unía con el de tierra, había sido el principal centro del comercio en la provincia de Asia. Pero en los días de Pablo, el puerto de Éfeso estaba tan lleno de sedimento que las embarcaciones tenían dificultad para atracar allí por lo que buscaban otro lugar.

  Aunque el deterioro del puerto había provocado la inevitable decadencia de Éfeso como punto de influencia comercial, no obstante, había sobrepasado a Pérgamo en importancia cuando los romanos la hicieron la capital provincial de Asia (Turquía occidental) hacia el final del siglo I a.C. A mediados de aquel siglo, es posible que la ciudad haya tenido más de doscientos mil habitantes; las excavaciones arqueológicas han encontrado el antiguo teatro, el cual se estima que tenía capacidad para veinticuatro mil personas. De más significado era el templo de la diosa Artemisa. El templo, que era el edificio más grande de que se tenga conocimiento en aquel tiempo y que era una de las siete maravillas del mundo antiguo, atraía multitudes de adoradores a Éfeso. Y aquí los plateros habían desarrollado un pujante negocio, fabricando altares e imágenes de plata de Artemisa.

(b). Los discípulos. Cuando Pablo llegó a Éfeso, sin duda que se reunió con Priscila y Aquila, quienes seguramente le informaron acerca del trabajo de Apolos en la sinagoga local. Poco después, Pablo reunió a un grupo de doce hombres a quienes Lucas describe como discípulos. La palabra discípulos, la cual Lucas en Hechos usa para describir a los creyentes cristianos, es usualmente un sinónimo para “seguidores de Cristo”. Pablo parece dar a estas personas el beneficio de la duda, porque usa el verbo creer, con la implicación de que ellos creían en Cristo. Les pregunta, “¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron?” Pero estos discípulos le respondieron: “Ni aun hemos oído que haya un Espíritu Santo”. Esta afirmación en sí misma parece inconcebible, porque el Antiguo Testamento enseña la doctrina del Espíritu. Y la evidencia de la presencia del Espíritu fue obvia en la vida de Juan (c.f. Lc. 1:15). El escriba del Texto occidental enfrentó este problema e hizo a los discípulos decir: “Ni siquiera hemos oído si las gentes están recibiendo el Espíritu Santo”. Pero los traductores dudan sobre si usar esta forma, debido a la insinuación usual de los escribas de revisar el texto y hacerlo más fácil de entender a los lectores. Prevalece, sin embargo, la forma más difícil: “que si haya un Espíritu Santo”.

   El hecho que los discípulos en Éfeso muestren ignorancia acerca de la presencia del Espíritu provoca preguntas, porque un cristiano sin el Espíritu es una contradicción. Fe (o creencia) sin el Espíritu es nada más que un consentimiento sin compromiso. Además, ¿eran estos hombres seguidores de Cristo? ¿Habían sido bautizados en el nombre de Jesús? El Nuevo Testamento enseña que “nadie que no haya recibido el bautismo cristiano puede ser parte de la comunidad de fe”.

   Pablo quería saber más en cuanto a la base espiritual de estos discípulos y les preguntó, “¿Cómo entonces fueron bautizados?” Los discípulos simplemente respondieron, “Con el bautismo de Juan”. Su respuesta puede indicar que ellos eran en realidad discípulos de Juan el Bautista, que habían sido bautizados por su maestro o por

uno de sus seguidores, y que se habían trasladado de Judea a Éfeso. C. K. Barrett escribe, “Hay una buena, aunque poco contundente razón para pensar que grupos de discípulos de Juan sí existían después de la muerte de su maestro, y aun después de la muerte y resurrección de Jesús”.

  Nótese la diferencia entre Apolos y estos discípulos. Apolos conocía sólo el bautismo de Juan, pero enseñaba correctamente acerca de Jesús con un amplio conocimiento de las Escrituras (18:24–25); los discípulos tenían el bautismo de Juan, pero carecían de conocimiento sobre el Espíritu Santo. Aunque estaban aprendiendo acerca de Jesús, se mantuvieron estrechamente asociados con Juan el Bautista. Ellos perdieron la gozosa seguridad del Espíritu en sus vidas, no tenían una relación viva con Jesús, y se les dijo que el bautismo de Juan era inadecuado. Estaban en una fase que era introductoria a la fe cristiana. Y debido a que se encontraban en estafase, Lucas y Pablo usan con cautela los términos discípulos (aprendices) y creer (consentir).

  De la forma en que Priscila y Aquila enseñaron a Apolos acerca del evangelio de Cristo y lo animaron, así Pablo guió a estos seguidores de Juan a un conocimiento salvífico de Jesús. De esta manera Pablo confirmó las palabras que el Bautista pronunció al comparar a Cristo con sí mismo, “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue” (Jn. 3:30).

Versíc. 4. Pablo dijo, “Juan bautizaba al pueblo con un bautismo de arrepentimiento, y les decía que creyeran en aquel que venía después de él, a saber, Jesús”.

   Los discípulos revelan que ellos no son leales a las enseñanzas de Juan el Bautista, quien dijo que él era el precursor del Mesías. Ellos seguramente deben haber escuchado a las palabras de Juan y aceptado a Jesús como su Mesías. Por esa razón, Pablo los refiere al ministerio y a las enseñanzas del Bautista. (Mt. 3:11; Hch. 1:5; 10:37; 13:24–25).

(a). “Un bautismo de arrepentimiento”. Con el fin de ofrecer una suave traducción al español, he agregado el objeto directo al pueblo. En este punto, el griego es conciso: “Juan bautizaba un bautismo de arrepentimiento”. Realmente, la palabra bautizaba tiene la connotación predicaba (véase Mr. 1:4). Juan llamó al pueblo al arrepentimiento, y cuando se arrepintieron, los bautizó como una señal de limpieza espiritual. Pero la predicación de Juan fue preparatoria a la venida del Mesías, porque no Juan sino Jesús podía limpiar al pueblo de su pecado. En su predicación, Juan señaló a aquel que venía después de él y que bautizaría al pueblo con el Espíritu Santo(Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16).

(b). “Creyeran en aquel que venía después de él”. Pablo instruye a los hombres que tenían el bautismo de Juan no habiéndoles acerca del Espíritu Santo sino presentándoles a Jesús, aquel que vino después de Juan. Su objetivo es que ellos vengan a la fe en Jesús. Al alcanzar su propósito, Pablo hace que el ministerio del Bautista ceda efectivamente a Cristo. Y este fue exactamente el propósito del ministerio del Bautista. Después de esta referencia, el nombre de Juan no vuelve a aparecer en Hechos.

   Versíc. 5. Cuando ellos oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.

   Pablo guía a estos discípulos a Jesucristo, en quien ponen su confianza. Les señala la diferencia entre la obra preparatoria de Juan y la obra mediadora de Jesús. La predicación y el bautismo de Juan demandan el arrepentimiento de los pecados. Obediencia al mensaje del evangelio y un deseo de bautizarse en el nombre de Jesús descansan sobre la verdadera fe en Cristo. Al escuchar la instrucción de Pablo, estos hombres oyen y entienden el mensaje del evangelio. Por fe aceptan la palabra de salvación y piden ser bautizados en el nombre de Jesús.

  ¿Era necesario bautizar de nuevo a estos discípulos? El Nuevo Testamento no es explícito en este punto; por ejemplo, Lucas no dice si Apolos, que conocía el bautismo de Juan, fue rebautizado (18:25). Juan Calvino, por lo tanto, interpreta el bautismo de los discípulos en Éfeso como la venida del Espíritu Santo sobre ellos (v. 6). Dice él, “No niego que el bautismo de agua fue hecho otra vez”. Pero la secuencia en la narración es que estos hombres son bautizados y luego reciben la imposición de manos, la cual es seguida por el derramamiento del Espíritu Santo. Otros intérpretes ven el bautismo de Juan como una introducción al bautismo en el nombre de Jesús. Por ejemplo, muchos de los tres mil judíos que se arrepintieron y fueron bautizados en Pentecostés (2:41) presumiblemente habían recibido ya el bautismo de Juan en el Jordán. El bautismo de Juan apunta hacia Cristo, pero el bautismo en el nombre de Jesús mira hacia atrás, hacia la obra realizada por Cristo.

 Versíc. 6. Como Pablo puso sus manos sobre ellos, el Espíritu Santo cayó sobre ellos. Empezaron a hablar en lenguas y a profetizar. 7. Por todos, eran doce en número.

   Juan predicaba el arrepentimiento y el perdón, pero no pudo limpiar al pueblo de sus pecados. Por el contrario, Jesús perdona a los pecadores y los restaura completamente. Juan habló a su audiencia del bautismo del Espíritu Santo, pero no pudo dar a nadie el don del Espíritu. Jesús, sin embargo, prometió el derramamiento del Espíritu Santo, quien en el tiempo preciso vino sobre los judíos en Jerusalén, los samaritanos en Samaria, y los gentiles en Cesarea.

   Por cuarta vez el Espíritu es derramado sobre un grupo de personas. Primero había sido sobre los judíos en Jerusalén, los samaritanos y los gentiles en Cesarea; ahora lo reciben los discípulos en Éfeso. El texto dice, además, que Pablo impuso las manos sobre los discípulos. En sólo tres lugares en Hechos leemos que la imposición de manos va acompañada por el derramamiento del Espíritu: en 8:17, sobre los samaritanos; en 9:17,sobre Pablo; y aquí, sobre los discípulos de Juan. En otros ejemplos, el acto simbólico de imponer las manos ocurre en ceremonias de ordenación.

   La venida del Espíritu Santo sobre los discípulos en Éfeso es comparable con las experiencias de los apóstoles en Jerusalén (2:11) y los gentiles en Cesarea (10:44–46). Los discípulos en Éfeso empiezan a hablar en lenguas y a profetizar. En Jerusalén, los apóstoles hablaron en otros (es decir, conocidos) idiomas y declararon las maravillas que Dios había hecho; en Cesarea, los gentiles se expresaron en lenguas y alabaron a Dios; y en Éfeso, los discípulos hablaron en lenguas y profetizaron. La palabra profetizar en estos contextos comunica la idea de glorificar el nombre de Dios y dar testimonio de Jesús.

  Nótese que Lucas no ofrece explicación sobre si los convertidos en Cesarea y en Éfeso hablaron lenguas conocidas o extáticas. En ambos casos (10:46; 19:6) no hay indicación de que se haya necesitado de intérpretes para explicar las palabras de quienes hablaban. Debido a que la evidencia en Hechos no es concluyente, es sabio cuidarse de no ser dogmático en este punto.

   Lucas agrega la información de que doce hombres en este grupo fueron bautizados y recibieron el Espíritu Santo. La recepción del Espíritu Santo fue la prueba final de que eran cristianos.1185 El número doce en este pasaje no debería ser tomado simbólicamente o ser comparado con los doce discípulos de Jesús. Eso sería sacar algo del texto que no tiene intención de enseñar. ¿Por qué fue derramado el Espíritu Santo sobre estos doce hombres en Éfeso? En cumplimiento de la promesa de Jesús (1:8), el Espíritu descendió sobre los judíos, los samaritanos, y los gentiles. Después que el Espíritu fue derramado sobre los miembros de la casa de Cornelio (p.ej. sobre los gentiles [“a los confines de la tierra”, 1:8]), la promesa parece haber quedado cumplida. ¿Cómo, entonces, debemos tomar el hecho de Éfeso?

   Una posible respuesta es considerar la extensión de la iglesia en Jerusalén, Samaria, y Cesarea como una primera fase de la obra misionera entre los judíos, los samaritanos y los gentiles. Una segunda fase tiene que ver con el trabajo de evangelizar a personas que tienen un conocimiento inadecuado de Cristo pero que más tarde reciben instrucción en la verdad del evangelio. Si consideramos la primera fase extensiva, entonces la segunda es intensiva.

Consideraciones doctrinales en 19:1–7  

Las cuatro ocasiones en que el Espíritu Santo es derramado según lo registra el libro de los Hechos son confirmadas por los apóstoles: en Jerusalén por los Doce, en Samaria por Pedro y Juan, en Cesarea por Pedro, y en Éfeso por Pablo.

   ¿Enseña Hechos que el bautismo en el Espíritu da como resultado la glosolalia? La respuesta es no. Primero, el derramamiento del Espíritu en Éfeso no es un bautismo en el Espíritu sino un bautismo en el nombre de Jesús. Después que esta ceremonia está terminada, Pablo pone sus manos sobre los discípulos de Juan, quienes reciben el Espíritu Santo. Esto es para confirmar que ahora ellos son cristianos que han tenido una verdadera experiencia de conversión. Segundo, numerosas personas fueron bautizadas, pero no hablaron en lenguas: los tres mil creyentes en Jerusalén el día de Pentecostés (2:41); el oficial etíope (8:38–39); Pablo en Damasco (9:18); Lidia y su familia (16:15); y el carcelero de Filipos y su familia (16:33). Tercero, mucha gente que cree se llena con el Espíritu Santo, pero no habla en lenguas extáticas: Pedro ante el Sanedrín (4:8); Esteban en su sermón ante el Sanedrín (7:55); y Pablo en su enfrentando a Elimas (13:9).

   En resumen, el Nuevo Testamento no respalda la creencia que dice que la recepción del Espíritu Santo da como resultado el hablar en lenguas. Por otro lado, la evidencia histórica en Hechos muestra que todos aquellos cristianos que fueron llenos con el Espíritu testificaron inteligiblemente de Cristo Jesús.

1er Titulo:

El Espíritu Santo Recibido Al Momento De La Conversión (Los Hechos 2:38 al 42. Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.).

   Comentario del contexto: Una reacción genuina: 2:37–42

   Versíc. 37. Cuando oyeron esto se afligieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos?”

(a). “Cuando oyeron esto”. Las palabras de Pedro tocan el corazón de la gente. El sermón les hace recordar su rebeldía para escuchar a Jesús y aceptarle como el Mesías. La acusación de que fueron ellos quienes mataron a Jesús es justificada y traspasa sus conciencias.

(b). “Se afligieron de corazón”. La expresión afligirse de hecho sugiere que sus corazones fueron tocados por el sentido de culpa de manera que se sienten terriblemente perturbados. Los que han recibido la revelación de Dios se dieron cuenta de su culpabilidad. Por tal razón claman: “Varones y hermanos, ¿qué haremos?” El día de Pentecostés ellos ven la evidencia del derramamiento del Espíritu Santo, escuchan la exposición de Pedro, y se dan cuenta de que han pecado contra Dios al haber rechazado a su Hijo. Ahora se acercan a los convertidos en seguidores de Jesús y piden ayuda a los apóstoles.

(c). “Dijeron a Pedro y los otros apóstoles”. Se dirigen a Pedro y a los que estaban con él usando la misma expresión que Pedro había usado para dirigirse a ellos: “Hermanos” (v. 29). Se había establecido un sentimiento mutuo de parentesco espiritual. Con la pregunta: “¿Qué haremos?” están yendo a la fuente misma que provee la necesaria información. Es la misma pregunta que la multitud hizo a Juan el Bautista en el Jordán (Lc. 3:10; véase también Hch. 16:30; 22:10). Esta pregunta implica que ellos no pueden librarse de la culpa y por eso necesitaban ayuda.180 En respuesta a las palabras de Dios, ellos expresan fe en Jesús e indirectamente suplican a los apóstoles que les guíen a Dios.

   Versíc. 38. Pedro les dijo: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados. Y recibirán el don del Espíritu Santo. 39. Para ustedes es la promesa, y para sus hijos, y para todos los que están lejos; para todos los que el Señor nuestro Dios llame”.

Observemos los siguientes puntos:

(a). El arrepentimiento. La gente pregunta a Pedro y a los demás apóstoles cómo pueden recibir la remisión de sus pecados y encontrar la salvación. ¿Qué les contesta Pedro? No les hace ningún reproche. En lugar de eso, usa la misma palabra dicha por Juan el Bautista en el Jordán y por Jesús durante su ministerio: “Arrepiéntanse” (véase Mt. 3:2; 4:17). El imperativo arrepiéntanse implica que deben dar las espaldas al mal que han venido perpetrando, desarrollar un profundo aborrecimiento por los pecados pasados, experimentar un giro radical en sus vidas, y seguir las enseñanzas de Jesús.

   El arrepentimiento significa que la mente del hombre cambia completamente, de tal manera que él en forma consciente se aleja del pecado (3:19).182 El arrepentimiento hace que la persona piense y actúe en armonía con las enseñanzas de Jesús. El resultado de todo esto es que él rompe con la incredulidad y por fe acepta la Palabra de Dios.

(b). El bautismo. Pedro continúa y dice: “Bautícese cada uno”. En griego, el imperativo del verbo arrepentirse está en plural; Pedro se dirige a todos aquellos cuyas conciencias les obligan a arrepentirse. Pero el verbo bautizarse está en el singular para enfatizar la naturaleza individual del bautismo. Un cristiano debe serbautizado para ser un seguidor de Jesucristo, pero el bautismo es la señal que indica que una persona pertenece alpueblo de Dios.

   Arrepentimiento, bautismo y fe están vinculados teológicamente. Cuando el creyente que se arrepiente es bautizado, está haciendo un pacto de fe. Acepta a Jesucristo como su Señor y Salvador y sabe que a través de la sangre de Cristo sus pecados le son perdonados. De hecho, Pedro instruye a la gente que el bautismo debe ser hecho “en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados”. El perdón de pecados ocurre sólo a través de Cristo como resultado de su muerte y resurrección (véase Ro. 6:1–4). Como el precursor de Jesús, Juan el Bautista predicó el arrepentimiento de los pecados y luego bautizó a la gente que se arrepentía (Mr. 1:4).

(c). El nombre. Pedro afirma que el creyente debe ser bautizado “en el nombre de Cristo Jesús para perdón de sus pecados”. La instrucción pareciera ser contraria a las palabras de la Gran Comisión, en la cual Jesús dice a los apóstoles que bauticen a los creyentes en el nombre del Trino Dios (Mt. 28:19–20). Nótese, primero, que el término nombre incluye la total revelación respecto a Jesucristo (véase también 8:12; 10:48; 19:5). Es decir, este término apunta a su persona y obra y al pueblo que él redime. En otras palabras, Pedro no está contradiciendo la fórmula bautismal de Jesús; en lugar de ello, está enfatizando la única función y lugar que Jesús tiene en relación con el bautismo y la remisión de los pecados. Luego, usa el nombre doble de Cristo Jesús para indicar que Jesús de Nazaret ciertamente es el Mesías. Así como Jesús cumple las profecías en cuanto a la venida del Mesías, así el bautismo en su nombre es el cumplimiento del bautismo de Juan (véase 19:1–7). El bautismo de Juan fue con agua únicamente, pero el de Jesús es con agua y en el Espíritu Santo (c.f. Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16; Jn. 1:33; Hch. 1:5).

(d). El don. “Y recibirán el don del Espíritu Santo”. En el contexto de la iglesia primitiva, este versículo resultó ser ninguna contradicción con las palabras de Juan el Bautista, quien dijo: “Yo os bautizo a ustedes con agua; pero él [Jesús] los bautizará con el Espíritu Santo” (Mr. 1:8 NVI). En el siglo I, los cristianos vieron el bautismo de Juan como la sombra y el de Jesús como la realidad. Por consiguiente, la persona que había sido bautizada en el nombre de Jesús comprometía su fidelidad a Cristo, particularmente con la confesión Jesús es el Señor (Ro. 10:9; 1 Co. 12:3).183

   ¿Qué es este don del Espíritu? Pedro usa el sustantivo don en singular, no en plural. Por contraste, Pablo escribe a la iglesia de Corinto acerca de los dones del Espíritu Santo, entre los cuales están sabiduría, conocimiento, fe, sanidad, profecía, lenguas, e interpretación (1 Co. 12:8–11, 28–31; 14:1–2). Pero a la gente que estaba presente en Pentecostés Pedro le dice que el creyente bautizado recibirá el don del Espíritu Santo. La expresión don aparece en el pasaje acerca del derramamiento del Espíritu a los samaritanos; Simón el mago trató de comprar este don con dinero (8:20). El término también se encuentra en el relato sobre la visita de Pedro a Cornelio, quien con su casa recibió el don del Espíritu Santo (10:45; véase también 11:17). De estos pasajes, podemos aprender que este don se refiere al poder del Espíritu Santo al morar en la persona. Nótese, sin embargo, que en 2:38–41 Lucas no dice que los convertidos hayan hablado en lenguas (2:4) o que los apóstoles hayan impuesto las manos sobre los convertidos para que recibieran el Espíritu Santo (8:17). Se deduce, en consecuencia, que “hablar en lenguas e imponer las manos no fueron reconocidos como prerrequisitos para recibir el Espíritu”.

   El contexto del relato de Pentecostés indica que el don del Espíritu no depende del bautismo. Las dos cláusulas “bautícese” y “recibirán el don del Espíritu Santo” son afirmaciones separadas. En un estudio detallado de este punto, Ned B. Stonehouse dice: “Se puede llegar confiadamente a la conclusión de que Hechos 2:38 no debe entenderse como una enseñanza acerca de que el don del Espíritu estaba condicionado al bautismo”. Un estudio del bautismo y el don del Espíritu Santo en Hechos revela que ambos están relacionados, pero no necesariamente sigue el uno al otro. Por tanto, en el versículo 38 Pedro instruye a la gente a arrepentirse y ser bautizado; luego agrega la promesa (en el tiempo futuro) que “recibirán el don del Espíritu Santo”.

(e). La promesa. En el siguiente versículo (v. 39) Pedro dice a sus oyentes que “la promesa es para ustedes y para sus hijos, para todos los que están lejos, y para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”.

   ¿Cuál es el significado de la palabra promesa? Lucas, quien recoge las palabras de Pedro, no da detalles. El artículo definido que precede al sustantivo promesa pareciera indicar que Pedro tiene en mente la promesa específica de la venida del Espíritu Santo. La promesa se refiere a la profecía de Joel 2:28–32, la cual tuvo su cumplimiento el día de Pentecostés. Antes de su ascensión, Jesús les dice a los apóstoles: “No salgan de Jerusalén, sino que esperen la promesa que mi Padre ha hecho, acerca de la cual ustedes me oyeron hablar” (1:4; véase también Lc. 24:49). Y el Cristo exaltado derrama el prometido Espíritu Santo que él recibió de Dios el Padre (Hch. 2:33).

   La frase para ustedes y para sus hijos es un eco de la promesa de Dios a Abraham de ser un Dios para él y para sus descendientes por generaciones (Gn. 17:7). Del mismo modo, la promesa del Espíritu Santo va más allá de los judíos y sus hijos que estaban presentes en Jerusalén en Pentecostés. Desde el momento de su llegada, el Espíritu Santo se queda en medio delpueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. El Espíritu guía a los creyentes a Cristo Jesús y vive en sus corazones, porque sus cuerpos físicos son su templo (1 Co. 6:19).

  “Y para todos los que están lejos, para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”. Pedro y sus hermanos judíos se consideraban pueblo del pacto con Dios y por ello, los primeros en recibir la bendición de la salvación. Pero a través de la obra de Cristo los gentiles también son incluidos en el pacto de Dios. Pedro mismo llega a darse cuenta del significado de las palabras que él usa en Pentecostés cuando informa a los judíos de Jerusalén acerca de su visita a Cornelio en Cesarea. Concluye allí diciendo: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (11:17). Años más tarde, Pablo escribe a los miembros gentiles de la iglesia acerca de su exclusión del pacto y dice: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13, y véase también v. 17).

   Dos comentarios a modo de conclusión. Primero, el término lejos se refiere tanto a tiempo como a lugar. La promesa de Dios se extiende a través de generaciones hasta el fin del mundo. Alcanza también a las gentes de toda nación, tribu, raza y lengua, dondequiera que estén sobre la faz de la tierra. Las palabras de Pedro están en completa armonía con las que dijo Jesús: “Haced discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). Y segundo, Dios es soberano al llamar a su pueblo a sí. La salvación se origina en él y él la concede a todos aquellos que él, en su soberana gracia, llamará. Estas palabras de Pedro tienen su contraparte en la profecía de Joel: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (v. 21; Jl. 2:32).

   Versíc. 40. Y con muchas otras palabras testificaba y les exhortaba: “Sálvense de esta perversa generación”. 41. Así que, los que aceptaron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil personas.

   Hemos llegado a la conclusión del acontecimiento de Pentecostés. Aun cuando Lucas presenta una breve afirmación, nos imaginamos que Pedro continuó hablando después de haber concluido su sermón.

(a). “Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba”, escribe Lucas. Pareciera que los judíos hicieron muchas preguntas relacionadas con el mensaje de Pedro. Aquí se usa la palabra otras que en el idioma griego se pone primero en la frase para enfatizar el sentido. Lucas deja la impresión que Pedro advirtió a los que preguntaban a examinar cuidadosamente las evidencias que les ha presentado. De hecho, el tiempo del verbo exhortaba en griego indica que Pedro una y otra vez instaba a sus oyentes con este ruego: “Sálvense de esta perversa generación”. La solicitud es un eco de una línea en el himno de Moisés, conocido al auditorio debido a que se usaba mucho en los servicios de adoración en la sinagoga:

   Ellos actuaron con corrupción hacia [Dios];

   por su vergüenza ya no son más sus hijos,

   sino una generación torcida y perversa.

[Dt. 32:5, traducción libre. Letra bastardilla agregada].

   ¿Cuál es el pueblo de esta generación torcida y perversa? Obviamente, se trata de los líderes religiosos quienes durante el juicio de Jesús incitaron a la multitud a gritar: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Lc. 23:21). Los sacerdotes y los escribas deseaban tener el completo control del pueblo judío. Pero cuando Jesús enseñó las Escrituras con autoridad, ellos se le opusieron abiertamente y al fin llegaron a matarle.

   En una cultura cristianizada no resulta fácil entender la agonía mental de los judíos en Pentecostés cuando decidieron romper con el poder y la autoridad de sus dirigentes espirituales. Por fe, ellos aceptaron a Cristo y adhirieron a sus enseñanzas. Y dieron este paso porque Pedro claramente les dijo que el liderazgo de los sacerdotes y escribas era corrupto (c.f. Fil. 2:15). Insistía en que debían librarse de aquella gente perversa para ser salvos. Al bautizarse, los creyentes judíos externaron su rechazo a la autoridad de la jerarquía religiosa; siguieron entonces a Jesucristo, y de esta manera se prepararon para enfrentar el odio y el desdén de sus antiguos dirigentes y maestros.

(b). “Así que, los que aceptaron su palabra [de Pedro] fueron bautizados”. El texto indica claramente que no todos los que escucharon las palabras de Pedro creyeron. Pero los que aceptaron su mensaje solicitaron el bautismo. Debido a que este versículo falla en proveer información acerca del modo del bautismo, la edad de las personas que fueron bautizadas, y el lugar donde ocurrieron los bautismos, es preferible no ser dogmáticos al respecto.

(c). “Y se añadieron aquel día como tres mil personas”. Antes de Pentecostés, el número de creyentes alcanzaba a unas 120 personas (1:15), pero a partir del derramamiento del Espíritu Santo el Señor agregó unas tres mil personas, suponemos que hombres y mujeres. Este aumento es asombroso e indudablemente causó una serie de problemas de tipo administrativo, como se hace evidente con el descuido de las viudas que hablaban griego (6:1). El crecimiento de la iglesia continúa imperturbable188 de manera que se calcule conservadoramente que en Jerusalén antes de la persecución que siguió a la muerte de Esteban (8:1b) había unos 20 mil cristianos.

Consideraciones prácticas en 2:40–41

   En numerosas iglesias se exige de los candidatos a miembros tener un adecuado conocimiento de las Escrituras y una habilidad para articular las doctrinas de la iglesia antes de ser bautizados y aceptados como parte de la iglesia. Concediendo que conocer las Escrituras y la doctrina es deseable para los miembros de las iglesias (de tal modo que sean capaces de responder a preguntas sobre su fe cristiana), debemos hacernos la pregunta si las Escrituras dicen algo acerca de aceptar a los candidatos a miembros. La respuesta tendría que ser afirmativa.

   Comencemos con la así llamada Gran Comisión (Mt. 28:19–20). Literalmente, Jesús dice: “Por tanto, habiendo ido, haced discípulos a todas las naciones al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y al enseñarlas a guardar todas las cosas que les he mandado”. El proceso de hacer discípulos, entonces, es cumplido en dos etapas: primero, bautizando al candidato; y segundo, adoctrinándole.

   Ahora, nótese que Pedro sigue las directivas de Jesús. El sale en el día de Pentecostés, hace discípulos al predicar la Palabra, e inmediatamente bautiza a estos creyentes. Luego, él mismo y los demás apóstoles continúan enseñándoles el evangelio de Cristo (2:42) en forma muy regular. Los judíos que escuchaban a Pedro el día de Pentecostés conocían el Antiguo Testamento, pero no podía esperarse un conocimiento parecido de los gentiles. Richard B. Rackham dice: “Nos sorprende la rapidez con que los gentiles fueron bautizados, como en el caso del carcelero de Filipos, o aun un prosélito como el eunuco etíope”.

   El Nuevo Testamento pareciera indicar que cuando un creyente acepta a Cristo Jesús como su Señor y Salvador después de oír el evangelio, debe recibir la oportunidad para bautizarse. Pero el bautismo debe ser seguido de un diligente y sostenido estudio de las Escrituras por el resto de la vida terrenal.

   Lucas describe la belleza de la iglesia creciendo y desarrollándose. Pinta la espontaneidad, dedicación y devoción de los primeros cristianos en relación con Dios en los servicios de adoración. En la última sección de este capítulo, describe la iglesia en su adoración formal e informal y su influencia en la comunidad.

   Versíc. 42. Y continuamente se dedicaban a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión unos con otros, al partimiento del pan y a las oraciones.

Pongamos atención a los siguientes componentes:

(a). Enseñando. La frase “y continuamente se dedicaban a la enseñanza de los apóstoles” apunta al fervor y dedicación de estos primeros convertidos al cristianismo. Con toda decisión y firmeza buscaron a los apóstoles para que les instruyeran en el evangelio de Cristo, porque Jesús había ordenado a su grupo de seguidores a ser maestros de estos aprendices (Mt. 28:20).

   Durante su ministerio terrenal, Jesús enseñó con autoridad y “no como los maestros de la ley” (Mr. 1:22). Antes de su ascensión, él delegó esta autoridad a sus apóstoles, que hablaron en su nombre. Nótese el doble significado del término enseñanza. En un sentido amplio, la palabra se refiere a las buenas nuevas de todo lo que Jesús dijo e hizo. Y en un sentido restringido, los apóstoles fueron ocupados en el trabajo de enseñar un evangelio oral a los convertidos, a quienes Lucas llama en Hechos discípulos (o aprendices). Suponemos que esta enseñanza fue dada especialmente en servicios de adoración públicos, donde los apóstoles enseñaron este evangelio en sus predicaciones.

(b). Comunión. Tres palabras siguen al término enseñanza. La primera, comunión, describe el entusiasmo que los creyentes demostraron en una adoración unida, en las comidas, y en el compartir de sus bienes materiales (v. 44). Los cristianos demostraron en forma visible su unidad en Jesucristo, en los servicios de adoración, donde se llamaban unos a otros hermanos y hermanas.

(c). El partimiento del pan. ¿Es esta una referencia a una comida en un lugar privado (véase Lc. 24:30, 35), o a un servicio de comunión? No es fácil encontrar la respuesta correcta.195 El contexto, sin embargo, parece sugerir que se refiere a la celebración de la Cena del Señor. En el griego, el artículo definido precede al sustantivo pan lo que indicaría que los cristianos participaban de el pan apartado para el sacramento de la comunión (c.f. 20:11; 1 Co. 10:16). Además, el acto de partir el pan tiene su secuela en el acto de las oraciones (presumiblemente durante los cultos de adoración públicos). Las palabras partimiento del pan aparecen en la secuencia de enseñanza, comunión y oraciones en los cultos de adoración. Por lo tanto, podemos entender el término como una temprana descripción para la celebración de la Santa Cena. En la liturgia de la iglesia cristiana, esta celebración fue y sigue siendo acompañada por la enseñanza del evangelio y por las oraciones.

(d). Las oraciones. Literalmente el texto habla de “las oraciones”. Nótese que Lucas también usa aquí el artículo definido para describir oraciones específicas hechas en la adoración; quizás incluyen las oraciones formales que los judíos acostumbraban ofrecer en el templo (3:1). En resumen, los cuatro elementos que Lucas menciona en este versículo (v. 42) aparecen relacionados a la adoración pública: la enseñanza apostólica y la predicación, la comunión de los creyentes los unos con los otros, la celebración de la Cena del Señor, y las oraciones en comunidad.

2° Titulo:

El Espíritu Santo Recibido Después De La Conversión (Los Hechos 8:14 al 17. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.)

   Comentario del contexto: Con Pedro y Juan: 8:14–17

   ¿Fueron los apóstoles a Samaria para aprobar el trabajo que ha hecho Felipe? ¿Había perdido Felipe el don del Espíritu Santo? ¿Había problemas para establecer la iglesia cristiana en Samaria? Es posible hacerse estas preguntas en el contexto del desarrollo de la iglesia tal como Lucas lo presenta.

   Antes de su ascensión, Jesús dijo a sus apóstoles que permanecieran en Jerusalén y que allí esperaran la venida del Espíritu Santo. Cuando recibieron ese poder, empezaron a testificar de Jesús en Jerusalén, Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra (1:8).

   El tema que Lucas desarrolla es uno de aquellos círculos concéntricos comparables a las ondas que produce una piedra al ser lanzada a las quietas aguas de una laguna. El Espíritu es derramado sobre el pueblo judío en Jerusalén y la iglesia allí empieza a desarrollarse. Cuando Felipe predica en Samaria y los samaritanos creen y son bautizados, los apóstoles van de Jerusalén para dar la bienvenida a la iglesia cristiana a estos nuevos creyentes. Dios une a los cristianos judíos con los cristianos samaritanos en una iglesia. Derriba la muralla de separación que ha existido entre judíos y samaritanos. Termina toda la animosidad que existía entre estos dos grupos (c.f. 11:17). Dios también hace que el Espíritu Santo descienda, de tal manera que los samaritanos tienen su propio pentecostés, por así decirlo, y así también reconocen que con los judíos ellos son uno en Cristo.

   Versíc. 14. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan.

   Los apóstoles en Jerusalén son informados de la obra que está llevando a cabo Felipe en Samaria y ahora hablan entre sí lo que van a hacer. En armonía con la orden de Jesús de ser testigos en Samaria, comisionan a Pedro y a Juan para que viajen a la ciudad donde Felipe se halla predicando el evangelio de Cristo. Los instruyen que sean los representantes oficiales para dar la bienvenida a los hermanos samaritanos en la iglesia cristiana. A propósito, esta es la última vez que Lucas menciona en Hechos el nombre de Juan. Recuérdese que, en cierta ocasión, Juan y su hermano Jacobo pidieron permiso a Jesús de invocar fuego del cielo para destruir a los samaritanos (Lc. 9:54).

   Lucas escribe que a los apóstoles les llegó la noticia de que los samaritanos habían recibido la palabra de Dios. La palabra Samaria es un término genérico que se refiere no al país sino a sus habitantes como tales. Y la expresión la palabra de Dios, que en Hechos como en el resto del Nuevo Testamento es similar a las frases la palabra del Señor o simplemente la palabra, es equivalente al mensaje y testimonio de Jesús comprendido en el evangelio de Cristo.

   Versíc. 15. Ellos fueron allí y oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, 16. porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos. Solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús.

   Pedro y Juan salen de Jerusalén (véase v. 5) y viajan a la ciudad donde Felipe se encuentra predicando y bautizando a los samaritanos. Cuando llegan a destino, oran por aquellos creyentes y piden a Dios que derrame el Espíritu Santo a estos recién convertidos (c.f. 2:38; 10:44). Lucas dice que los samaritanos no han tenido la experiencia del Espíritu Santo descendiendo sobre ellos y que son bautizados no en el nombre del Trino Dios, sino sólo en el nombre de Jesús.

   ¿No puede Felipe, por ser un evangelista y no un apóstol, orar pidiendo el don del Espíritu Santo? ¿No está

obrando el Espíritu Santo cuando los samaritanos vuelvan con su fe a Cristo? ¿Y por qué Felipe bautiza sólo en el nombre de Jesús? Trataremos de responder a estas preguntas una por una.

   Primero, ¿tenía Felipe la habilidad de orar pidiendo el don del Espíritu Santo? Por cierto, que tenía esta capacidad, porque él mismo estaba llenado del Espíritu (6:3). Sin embargo, Dios envió a los apóstoles Pedro y Juan a Samaria para dejar claro que a través de los apóstoles él estaba aprobando oficialmente un nuevo nivel de desarrollo en la iglesia: añadiendo a los creyentes samaritanos. Dios confirmó esta nueva fase a través del envío del Espíritu Santo como una señal visible de su presencia divina. Así como él hizo sentir su presencia entre los judíos cristianos en Jerusalén, así él afirmó su proximidad con los creyentes samaritanos.

   Nótese también que cuando Pedro predicó en la casa de Cornelio y bautizó a los gentiles que creyeron, Dios de nuevo dio su aprobación a un nuevo período en el crecimiento de la iglesia, enviando su Espíritu (10:44). Concluimos, entonces, que a medida que los apóstoles cumplieron el mandato de ser testigos en Jerusalén, Samaria y el mundo gentil (1:8) Dios dio su aprobación a cada etapa iniciada derramando de su Espíritu Santo. Su aprobación a este trabajo en Samaria lo dio a través de los apóstoles y no a través de Felipe.

  Segundo, ¿no estaba el Espíritu Santo trabajando entre los samaritanos cuando ellos aceptaron a Cristo por fe? Por supuesto que sí. Fueron bautizados externamente con agua, pero su experiencia interna del nuevo nacimiento y renovación fue a través del Espíritu Santo (Ro. 8:9; 1 Co. 12:3; 2 Ts. 2:13; Tit. 3:5; 1 P. 1:2). La importancia del derramamiento del Espíritu en medio de ellos, en consecuencia, descansa en las señales visibles resultando de la llegada del Espíritu (c.f. 10:45–46; 19:6; 1 Co. 14:27). El poder del Espíritu Santo, evidente en las vidas de los judíos convertidos después de Pentecostés, llega ahora a ser una realidad en los corazones y vidas de los creyentes en Samaria. En otras palabras, el derramamiento del Espíritu en los samaritanos es una prueba de su grado de igualdad con los creyentes de Jerusalén.

   Tercero, ¿por qué Felipe bautizó a los samaritanos sólo en el nombre de Jesús? Vemos una inconsistencia con la fórmula de la Gran Comisión que prescribe el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19). Pero nótese que el énfasis en esta fórmula está puesto en la palabra nombre, que se refiere a toda la revelación de Dios hecha en palabra y obra. Felipe bautizaba en esta revelación plena y específica, el nombre de Jesús (véase v. 12). Seguía así la fórmula común de aquellos tiempos para el bautismo (véase 2:38; 10:48; 19:5). Esta fórmula debe ser entendida en el contexto histórico de la predicación apostólica en la cual la expresión el nombre de Jesús aparece numerosas veces.

   No debemos poner más énfasis en la fórmula del bautismo que las circunstancias históricas recomiendan. Donald Guthrie concluye que “no tiene respaldo la opinión de que el uso del nombre trino sería más o menos efectivo que el simple nombre de Jesús”. El contexto muestra que Felipe proclamó a Jesús a los samaritanos (v. 12); por lo tanto, su bautismo en ese nombre significa que dicho bautismo es el mismo de los judíos cristianos.

   Versíc. 17. Entonces Pedro y Juan les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

   Pedro y Juan, representando a los doce apóstoles, imponen sus manos sobre los creyentes samaritanos, quienes entonces reciben el Espíritu Santo. Este acontecimiento marca la participación plena de los samaritanos en la iglesia (véase también 19:6). El hecho en sí es lucido y simple. Interpretar su significado, sin embargo, ha sido siempre problemático por los diferentes puntos de vista teológicos. Por cuestión de espacio no podemos analizar aquí con amplitud estos puntos de vista, por lo cual nos limitaremos a hacer unos pocos comentarios.

   En ciertos sectores de la iglesia, los teólogos sacan de este pasaje el sacramento o rito de la confirmación. Por ejemplo, en armonía con una carta papal, los teólogos católico romanos enseñan que “la imposición de las manos es hecha por el ungimiento de la frente lo que es llamado también confirmación, porque a través de ella el Espíritu Santo es dado para un aumento [de gracia] y de fuerzas”. Ellos dicen que, así como los apóstoles en la iglesia primitiva confirmaron a los samaritanos a través de imponerles las manos, así la iglesia hoy día, como sucesora de los apóstoles, confirma a los fieles.

   Sin embargo, en los días apostólicos Felipe bautizó al eunuco etíope, quien no recibió confirmación apostólica (8:36–39). Por el contrario, Ananías impuso sus manos sobre Saulo, quien entonces recibió el Espíritu Santo (9:17). Y Ananías no era apóstol. Pedro no impuso sus manos sobre aquellos que fueron bautizados en la casa de Cornelio (10:44–48). Y Pablo tampoco lo hizo con el carcelero de Filipos y los miembros de su familia, aunque todos ellos fueron bautizados (16:30–34).

  Salvo por 19:6, el contexto histórico de Hechos falla en cuanto a dar respaldo a la enseñanza de que la iglesia debe tener un sacramento de confirmación que sea administrado a través de imponer las manos sobre cada creyente, para que él o ella reciba el Espíritu Santo. En realidad, el Nuevo Testamento no ordena a la iglesia seguir la práctica de Pedro y Juan en Samaria. “Por otra parte, no hay razón para no continuar con la práctica bíblica de imponer las manos en oración, a menos que no haya intención de lograr el otorgamiento de dones espirituales a través de esta práctica”.

   ¿Cuál es la enseñanza que el Nuevo Testamento nos da en cuanto a recibir el Espíritu Santo? El derramamiento del Espíritu ocurrió en Jerusalén (2:1–4) y se repitió cuando la iglesia agregó a nuevos grupos: los samaritanos (8:11–17), los gentiles (10:44–47), y los discípulos de Juan el Bautista (19:1–7). Pero aparte de estas manifestaciones especiales, el Nuevo Testamento está desprovisto de referencias a la recepción del Espíritu Santo por judíos o gentiles a través de la imposición de las manos de los apóstoles. Debido a Pentecostés, el Espíritu Santo permanece con la iglesia y vive en los corazones de los verdaderos creyentes (véase Ro. 5:5; 8:9–11; Ef. 1:13; 4:30). Pablo dice que los cuerpos de los creyentes son el templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19). Por lo tanto, por estos pasajes del Nuevo Testamento sabemos “que todos aquellos que creen y son bautizados también tienen el Espíritu de Dios”. (hasta el día hoy los creyentes siguen siendo bautizado por Espíritu Santo y haciendo maravillas, solo hay que creer y pedir a Dios con perseverancia hasta que venga.).

3er Titulo:

Viviendo En El Espíritu Santo (Romanos 8:5 al 9. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.).

   Comentario del contexto: Versíc. 5–8. Porque los que viven conforme a la carne tienen sus mentes puestas en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu tienen sus mentes puestas en las cosas del Espíritu. Ahora bien, la mente de la carne es muerte, pero la mente del Espíritu es vida y paz; porque la mente de la carne es hostilidad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

  Como lo indica la palabra “porque”, el versículo 5 (en un sentido los vv. 5–8 considerados como unidad) da una descripción adicional de las dos clases de gente a las cuales se hace referencia en el v. 4b: (a) los que andan conforme a la carne (su existencia implícita en el v. 4b), y (b) los que andan conforme al Espíritu (su existenciamencionada en el v. 4b).

  Los que viven conforme a la carne permiten que sus vidas sean básicamente determinadas por su pecaminosa naturaleza humana. Ponen sus mentes—están muy profundamente interesados, hablan constantemente, se ocupan y se glorían—en las cosas que son de la carne, es decir, de la pecaminosa naturaleza humana.

   Los que viven conforme al Espíritu y que se someten por ello a la dirección del Espíritu concentran su atención y se especializan en cualquier cosa que es del agrado del Espíritu. En el conflicto entre Dios y la pecaminosa naturaleza humana el primer grupo se ponen del lado de la naturaleza humana; el segundo toma el lado de Dios.

  Pablo les recuerda a los miembros de la iglesia de Roma que es imposible estar en ambos lados al mismo tiempo; es decir, la disposición básica—¡debe enfatizarse este adjetivo! —o dirección básica de nuestras vidas está o del lado de Dios o del lado de la pecaminosa naturaleza humana. Si una persona persiste en ser mundana, está del lado del mundo y debe esperar la perdición del mundo. Por otra parte, si las cosas de Dios y de su reino son su mayor preocupación, él puede esperar la vida: la dulce comunión con Dios, el amor de Dios derramado en su corazón, un gozo inexpresable y llena de gloria, todo esto y mucho más por los siglos de los siglos. Véase sobre 2:7.

   Puede también esperar la paz: la certeza en el ser interior de que los pecados pasados están perdonados, que los sucesos del presente, no importa cuán dolorosos sean, son contrarrestados para bien, y que nada que pueda ocurrir en el futuro podrá separarle del amor de Dios en Cristo. Este tipo de paz implica una liberación básica del temor y de la inquietud. Implica el contentamiento, un sentido de seguridad, una tranquilidad interior.

   Entre los muchos pasajes de la Escritura en los que se menciona la paz se hallan Sal. 4:8; 37:37; 119:165; Is.26:3; 48:22 (cf. 57:21); Lc. 1:79; 2:14; Jn. 14:27; Ro. 5:1; 14:17; 15:13, 33; Fil. 4:7; 12. Véanse también las salutaciones iniciales paulinas y petrinas. Con mucha frecuencia, especialmente en el Antiguo Testamento, la línea demarcatoria entre la paz y la prosperidad o el bienestar es casi imperceptible; cf. Sal. 122:7.

   Cuando Pablo dice: “… pero la mente del Espíritu es vida y paz”, ¿quiere decir él que el creyente nunca está turbado? ¿Quiere decir que el corazón y la mente del cristiano están siempre colmados de perfecta paz y que por ello la exclamación: “¡Miserable de mí!” no podría haber sido proferida por el hijo de Dios?

   La respuesta debe ser: “¡De ningún modo!” Aunque la disposición básica de la persona cuya vida es controlada por el Espíritu Santo es efectivamente de vida y paz, esto no significa que tal persona ya no sienta pesar profundo por su pecado ni desee ardientemente ser librado del mismo. ¡En realidad, cuanto más completamente esté bajo el control del Espíritu, el conocimiento del cual le da vida y paz, tanto más se lamentará de la pecaminosidad que aún permanece en él, y luchará contra ella!

  La idea de que el creyente es una persona que siempre está bien equilibrada debería ser abandonada. La vida del creyente no es tan fácil. Es tremendamente compleja. ¿Estamos dispuestos a decir que Simón Pedro, el hombre que hizo la gran confesión (Mt. 16:16), no era creyente? Léase lo que Jesús dijo acerca de él (16:17). Sin embargo, fue Pedro quien más tarde negó a su Señor, ¡y no una sola vez sino tres veces?

   Y del escritor del Salmo 42, ¿diremos que no era creyente? Y sin embargo, ¡qué luchas que tuvo!

  ¿Quiere esto decir, entonces, que el creyente es una persona de “doble personalidad”? Cuando esta expresión se usa para indicar una estructura de la personalidad compuesta por dos o más patrones de conducta, cada una operando al parecer independientemente de la(s) otra(s) sería por supuesto erróneo usarla en relación con el tema presente. Y visto que no siempre podemos saber en qué sentido se usa tal expresión, ¿no sería lo mejor evitarla totalmente en el presente contexto?

  Con todo, según el lenguaje claro de la Escritura y el testimonio de muchos cristianos, aun el creyente puede experimentar una tremenda lucha entre “el viejo hombre” y “el nuevo hombre”, entre la duda y la confianza, entre la turbación y la paz. A más del Salmo 42, véanse también Sal. 77 y 73; Gá. 5:17; Ef. 4:22s; 6:10s; Heb. 12:4. Sin duda el cristiano es reconfortado por Is. 26:3, “Tú guardarás en perfecta paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera”, pero lo cierto es que durante su vida terrenal la mente del creyente no siempre persevera en Dios. No es siempre estable y fiel.

   En tanto que la fe de Pedro estuvo fijada en Jesús, él pudo caminar sobre el agua, “Pero al ver el fuerte viento tuvo miedo … y dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!’” (Mt. 14:29, 30)

  Es claro entonces que la interpretación de Ro. 7:14–25 que este intérprete formula, junto con muchos otros y con las confesiones evangélicas, debe permanecer incólume.

   No obstante, cuando se compara la mente de los incrédulos con la de los creyentes, como lo hace Pablo en 8:5–8, el contraste es notable, ya que en lo básico la mente de los creyentes, es decir, la mente del Espíritu, es vida y paz. Precisamente lo opuesto es lo cierto de la mente de los incrédulos, una mente que es hostil a Dios. Y puesto que esto es cierto, es comprensible que el fruto de esta mente o disposición sea la muerte (v. 6).

  Una mente así está centrada en sí misma, es egoísta, cosa que explica el hecho que no se somete a la ley de Dios. Lo cierto es que mientras continúe centrando su atención en sí misma, no será, por supuesto, siquiera capaz de someterse a Dios. Esa gente que está “en la carne”, es decir, que en sus afectos, propósitos, pensamientos, palabras y hechos está básicamente controlada por su naturaleza pecaminosa, es incapaz de complacer a Dios.

   Es interesante e instructivo notar con cuanta frecuencia la Escritura, especialmente Pablo, describe el propósito de la vida humana en términos de agradar a Dios (Ro. 12:1, 2; 14:18; 1 Co. 7:32; 2 Co. 5:9; Ef. 5:10; Fil. 4:18; Col. 3:20; 1 Ts. 4:1). Pablo aun exhorta a los hijos a obedecer a sus padres en todo “porque esto agrada al Señor” (Col. 3:20); como si dijese: “Esto llena el corazón de Dios de deleite”. ¡El corazón de Dios no es un pedazo de hielo! En relación con esto véase lo dicho anteriormente (vv. 3, 4) con referencia al envió por parte de Dios de “su único Hijo”.

  Pablo, en forma explícita o implícita, expresa su desaprobación por quienes no agradan a Dios sino a sí mismo. Cf. Ro. 15:3; 1 Ts. 2:15.

  Como Pablo, también el apóstol Juan considera que el hacer lo que agrada a Dios es la verdadera meta de la vida del creyente. El señala de qué modo Dios considera este tipo de vida (1 Jn. 3:22). Y el escritor de Hebreos dirige la atención de sus lectores al hecho que sin fe es imposible agradar a Dios (11:6).

  La atención de Pablo pasa ahora de aquellos que están “en la carne” y que por lo tanto “no pueden agradar a Dios”, para dirigirse a los miembros de la iglesia a quienes escribe. Con la calidez de corazón que distingue al verdadero pastor él se dirige a ellos de la siguiente manera:

   Versíc. 9–11. Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el Espíritu, dado que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Cualquiera que no posee el Espíritu de Cristo no pertenece a Cristo). Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el Espíritu es vida debido a (vuestra) justificación. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también impartirá vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

  El significado de todo el pasaje, visto a la luz del contexto que lo antecede, puede ser resumido así: Vosotros, por el contrario, no estáis básicamente bajo el control de la pecaminosa naturaleza humana sino del Espíritu. Vosotros por lo tanto no sois incapaces de agradar a Dios, ya que el Espíritu de Dios mora en vosotros. (Ahora bien, si hubiere alguno que por su vida y acciones demostrara no poseer el Espíritu de Cristo, tal persona no pertenece a Cristo. No es de ningún modo un cristiano). Pero si Cristo vive en vosotros, entonces, aunque por causa del pecado el cuerpo deba morir, aun así, por haber sido vosotros justificados, el Espíritu, que es en sí mismo vida, vive en vosotros. Y si ese Espíritu, a saber, el que resucitó a Jesús de entre los muertos, mora en vosotros, entonces aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos también impartirá vida, en el día de la resurrección, a vuestros cuerpos mortales. Él lo hará por medio del Espíritu que mora en vosotros.

   Breve comentario sobre palabras y frases:

(a). “Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el Espíritu …”

   Con amor Pablo asegura a sus lectores que en lo que respecta a la dirección básica de su vida, ellos no están bajo el control de la pecaminosa naturaleza humana sino bajo él del Espíritu. Esto implica que, hablando en términos colectivos, ellos no pertenecen a la categoría de aquellos sobre los cuales el apóstol acaba de afirmar (v. 8) que no pueden agradar a Dios.

(b). “dado que el Espíritu de Dios mora en vosotros”.

  La traducción “si el Espíritu de Dios mora en vosotros”, que indicaría que Pablo no estaba seguro de que el Espíritu Santo morara colectivamente en los corazones de esta gente, es incorrecta. Visto lo que el apóstol dice sobre ellos en 1:6, 8; 15:14, una evaluación tan pobre de su parte debe ser rechazada.

(c). “(Cualquiera que no posee el Espíritu de Cristo no pertenece a Cristo)”.

   Aunque al hablar colectivamente en apóstol ha asegurado a la congregación de Roma que él considera que ellos están bajo el control del Espíritu, que mora en ellos, esto no quiere decir que cualquier miembro de la iglesia pueda dar por sentada su salvación, en el sentido que ya no sería necesario un autoexamen. Además, no todo era perfecto en la iglesia de Roma. Véanse 11:17–25; 14:10–15, 19; 15:1s.

   Pablo afirma que si la vida de alguien lo señala como persona que carece del Espíritu de Cristo, tal persona no tiene derecho a considerarse cristiana.

   Nótese en este versículo el intercambio de designación entre “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo”.

Ello ciertamente indica que en el pensamiento de Pablo Cristo era plenamente divino.

(d). “Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el Espíritu es vida debido a (vuestra) justificación”.

   Significado: no solamente es cierto que debido al pecado el cuerpo de cada uno de vosotros seguramente va a morir, sino que también es cierto que debido a vuestra justificación podéis estar seguros del hecho que el Espíritu, que es vida y autor de la vida, mora en vosotros.

   La palabra Espíritu, que aparece en el v. 10, no debería ser escrita con minúscula, como si la referencia fuera a la entidad invisible de cualquier persona, sino con “mayúscula, ya que el apóstol ciertamente está pensando en el Espíritu Santo. Comprobación:

(1) En las ocho instancias en que se la usa (v. 1–9), la palabra pneuma (palabra griega usada tanto para el Espíritu divino como para el espíritu humano) se refiere al Espíritu Santo. En el v. 11 el apóstol se refiere dos veces a este Espíritu (el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos”, “su Espíritu que mora en vosotros”). Sería muy extraño, entonces, que el pneuma intermedio (aquí en el v. 10) tuviera un significado diferente.

(2) El pneuma del v. 10 es nuevamente mencionado en el v. 11. Nótese el parecido: el v. 11 se refiere al Espíritu dador de la vida, naturalmente, el Espíritu Santo. Esto corresponde al “pneuma de vida” del v. 10.

(3) También en el v. 2 del presente capítulo se llama al Espíritu Santo “el Espíritu de vida”. Del mismo modo

(e). “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también impartirá vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu, que mora en vosotros”.

   Los vv. 9–11 dejan en claro que las designaciones “Espíritu”, “Espíritu de Dios”, “espíritu de Cristo”, “el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos” y “su Espíritu que mora en vosotros”, se refieren todas al mismo Espíritu Santo. La variedad de títulos dista de ser de escaso significado. Indica la gloriosa unidad que existe entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad que no es sólo de esencia (unidad ontológica) sino también de operación en beneficio de nuestra salvación.

   Del mismo modo, Jn. 14:26 nos informa que el Padre iba a enviar al Espíritu Santo; y Jn. 16:7 que el Hijo lo enviaría. No hay aquí contradicción sino una gloriosa armonía. Tómese nota de Jn. 14:16, “Yo rogaré al Padre, y él os dará … el Espíritu de verdad”. También 14:26, “El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre”.

   En el v. 11 el sujeto: “Aquel que resucitó a Jesús—o Cristo—de entre los muertos”, se refiere, por supuesto, al Padre. ¿No es una consecuencia lógica de pasajes tales como Ro. 6:4; Gá. 1:1 y Ef. 1:20 que en la actividad de resucitar al Salvador de entre los muertos fuera el Padre quien, se puede decir, tomara la iniciativa?

   Pero nótese cuán estrechamente relacionadas están las otras dos personas de la Santísima Trinidad con el Padre y por ende la una con la otra. Que el Padre actúa por medio del Espíritu es algo que se afirma claramente en el v. 11. Que aún el mismo Jesús no permaneció totalmente pasivo en su resurrección lo está implícito en Jn. 10:17, 18. Es él quien reclama para sí el poder no sólo de poner su vida sino de volverla a tomar. Además, el mismo que en Ro. 8:11 es descrito como el Espíritu del Padre, es él que en el v. 9 es llamado Espíritu de Cristo. De hecho, como si fuera en un mismo aliento, el Espíritu del Padre es llamado en el v. 9 Espíritu de Cristo. La relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo es tan estrecha, la unión tan intima e indisoluble, que es imposible deshonrar al Hijo sin deshonrar también al Padre y al Espíritu Santo. Cf. Jn. 5:23.

   Esta verdad está cargada de significado práctico. Vivimos en un tiempo en que en algunos círculos evangelísticos se muestra un desproporcionado interés por Jesús, como si el honor y la gloria sólo le pudieran ser adjudicados a él. Otros, por su parte, llenos de una errónea suerte de fervor ecuménico, que trata de unificar a todos los cuerpos religiosos en una gran iglesia mundial, minimizan la obra del Salvador y enfatizan que todos los hombres son hermanos, ya que Dios es Padre de todos ellos. Y un tercer grupo, que últimamente se muestra muy vocal, magnifica los dones carismáticos y no pueden dejar de hablar del Espíritu.

Amén, para la gloria de Dios.

[pdf_attachment file=”1″ name=”DESCARGUE AQUÍ ESTUDIO COMPLETO”]

Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Ryrie Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Sumario De Doctrina Cristiana Por Luís Berkhof. Comentario Al Nuevo Testamento Por William Hendriksen.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

Deja una respuesta