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Domingo 6 de diciembre de 2020“FINALIZACIÓN DE LA OBRA DEL TABERNÁCULO”

Domingo 6 de diciembre de 2020“FINALIZACIÓN DE LA OBRA DEL TABERNÁCULO”

   Lección: Éxodo 40, versículos 24 al 33. Puso el candelero en el tabernáculo de reunión, enfrente de la mesa, al lado sur de la cortina, y encendió las lámparas delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés. Puso también el altar de oro en el tabernáculo de reunión, delante del velo, y quemó sobre él incienso aromático, como Jehová había mandado a Moisés. Puso asimismo la cortina a la entrada del tabernáculo. Y colocó el altar del holocausto a la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión, y sacrificó sobre el holocausto y ofrenda, como Jehová había mandado a Moisés. Y puso la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y puso en ella agua para lavar. Y Moisés y Aarón y sus hijos lavaban en ella sus manos y sus pies. Cuando entraban en el tabernáculo de reunión, y cuando se acercaban al altar, se lavaban, como Jehová había mandado a Moisés. Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra.

Temas a tratar en esta lección:

[2]. La obediencia de Moisés: hizo todo lo que Dios le había mandado» (viene de la lección anterior)

♦e. Puso el candelero en el tabernáculo

1) lo puso enfrente de la mesa, del lado sur del velo;

2) encendió las lamparás delante del Señor;

3) hizo todo como Dios le había mandado.

♦f. Puso el altar del incienso en el tabernáculo de reunión, delante del velo:

1) quemé sabre él incienso;

2) hizo todo como Dios se lo mandé.

g. Puso el velo externo a la entrada del tabernáculo.

♦h. Colocó el altar del holocausto cerca de la entrada del tabernáculo:

1) sacrificó sobre el holocausto y ofrenda de las primicias;

2) hizo todo como Dios se lo había mandado.

♦i. Puso la fuente de bronce entre la tienda y el altar del holocausto:

1) puso agua en ella;

2) la usó para lavar de forma simbólica las manos y los pies de los sacerdotes antes de que entraran al tabernáculo de reunión o se acercaran al altar;

3) hizo todo tal como Dios se lo había ordenado.

♦j. Terminó la obra: levantó el atrio alrededor del tabernáculo y el altar y puso la cortina a la entrada del atrio.

    Comentario general: Vv. 16—33. Cuando el tabernáculo y sus utensilios estuvieron terminados, no dejaron de erigirlo hasta que llegaron a Canaán, pero obedeciendo la voluntad de Dios, lo armaban en medio del campamento. Quienes no están establecidos en el mundo no deben pensar que eso es excusa para la falta de religión; como si bastara comenzar a servir a Dios cuando empiezan a establecerse en el mundo. No; un tabernáculo para Dios es muy necesario aun en el desierto, especialmente dado que podemos estar en el otro mundo antes de llegar a establecernos en éste. Y debemos temer, no sea que nos engañemos a nosotros mismos con una apariencia de piedad. El pensamiento de que fueron tan pocos los que entraron en Canaán debe ser una advertencia especialmente para la gente joven, para no postergar el cuidado de su alma.

   Texto: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. (2ª Corintios 4:7 y 8).

   Comentario del texto áureo. (6–8 para mayor comprensión del contexto Bíblico). Entonces, Timoteo debe “predicar la palabra”, etc., no solamente porque vendrá la apostasía (vv. 1–4), sino también en vista del hecho de que Pablo está por partir hacia las riberas de la eternidad.

   Cuando el hombre mayor sea llamado a esferas superiores, el joven tendrá que llenar la brecha. Debe tomar la antorcha y llevarla adelante. Este segundo pensamiento explica el “porque” al principio del v. 6.

   En uno de los pasajes más sublimes y conmovedores, que con respecto a magnificencia de pensamiento y dignidad del ritmo probablemente sea insuperable en las epístolas de Pablo, el apóstol conduce esta carta—y su carrera apostólica—a su maravilloso final:

   Porque yo ya estoy siendo derramado como libación sobre el sacrificio, y el tiempo de mi partida ha llegado.

   La grandiosa batalla he peleado, la carrera he acabado, la fe he guardado.

   Para el futuro, hay seguramente guardada para mí la corona de justicia, que el Señor, Juez justo, me dará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos los que han amado su aparición.

   Un posible tema para este pasaje sería:

En tres tiempos, Pablo, el prisionero del Señor, expresa triunfalmente su fe

   Este se divide como sigue:

  1. V. 6: Su evaluación por fe del presente
  2. V. 7: Su resumen por fe del pasado
  3. V. 8: Su regocijo por fe respecto del futuro

[1]. Su evaluación por fe del presente

   Cuando Pablo escribe: “Porque yo ya estoy siendo derramado como libación sobre el sacrificio”, está haciendo una profesión de fe. No llama a su horrible encarcelamiento actual, con su resultado que ya no ofrece dudas, muerte, sino libación sobre el sacrificio, comparable a la libación de vino que se derramaba junto al altar. Conforme a la ley (Nm. 15:1–10), cuando se sacrificaba un cordero, la libación consistía en un cuarto de un hin de vino (1 hin = 3.7 litros); cuando la ofrenda era un carnero, la libación prescrita era un tercio de un hin; y por un becerro era medio hin. Como este vino se derramaba gradualmente, era una ofrenda y era el acto final de toda la ceremonia sacrificial, representaba en forma muy adecuada la decadencia gradual de la vida de Pablo, el hecho de que estaba presentando su vida a Dios como ofrenda, y la idea de que mientras miraba toda su carrera de fe como “un sacrificio vivo” (Ro. 12:1; cf. 15:16), consideraba la etapa actual de su vida como el acto sacrificial final.

   Igualmente, cuando el apóstol añade, “y el tiempo de mi partida ha llegado”, está otra vez haciendo una profesión de fe. La palabra tiempo (καιρός) es enteramente adecuada en esta conexión porque: a. el apóstol está pensando no solamente en el momento de la ejecución sino en todo su encarcelamiento final que estaba por terminar en su ejecución; y b. considera este período final bajo el simbolismo de la salida de un barco del muelle, el cual en sus idas y venidas está sujeto a las estaciones (cf. Hch. 27:12).

   Ahora, este tiempo o estación adecuada aquí se llama “el tiempo de mi partida”. El sentido primario de la frase usada en el original es “de mi desatadura” o “de mi relevo”. Piénsese en la desatadura de las cuerdas o cables de un barco al levar las anclas. De donde, la palabra desatadura adquiere el sentido secundario partida (cf. M.M., p. 36). En conformidad con esto, Pablo dice que el tiempo de su partida ha llegado (tiempo perfecto del verbo que se usó en el v. 2, donde se tradujo “debes estar disponible”, véase nota 171). Aun ahora el tiempo ya está aquí. El levar anclas y la desatadura de las cuerdas ha comenzado. Pronto el viento dará en las velas, y entonces, casi inmediatamente, habrá llegado al puerto de la eterna bienaventuranza.

   Es solamente por fe que se pueden apreciar así las actuales circunstancias. Igualmente, en otros pasajes el apóstol habla del fallecimiento del creyente como la partida para estar con Cristo (Fil. 1:23), y estar en el hogar con el Señor (2 Co. 5:8); ganancia (Fil. 1:21); muchísimo mejor (Fil. 1:23); dormir en Jesús (1 Ts. 4:14).

   En otros lugares de las Escrituras se la llama: preciosa ante los ojos de Jehová (Sal. 116:15); ser llevado por los ángeles al seno de Abraham (Lc. 16:22); ir al paraíso (Lc. 23:43); ir a la casa con muchas mansiones (Jn. 14:2).

[2]. Su resumen por fe del pasado

   Cuando el apóstol continúa: “la grandiosa batalla he peleado”, nuevamente está usando el lenguaje de la fe; porque es claro que un incrédulo al describir la vida de Pablo posterior a su conversión, la habría denominado como una “necedad” o aun como “insana”, o como “completa locura” (cf. Hch. 26:24), ciertamente no como “la grandiosa batalla”. Pero Pablo, por medio del mismo ordenamiento de las palabras que seleccionó (poniendo cada uno de los tres objetos delante del verbo; véase mi traducción), enfatiza que verdaderamente fue la “hermosa”, grandiosa, o noble, batalla la que ha peleado; que no fue el sendero tomado al azar, sino la carrera programada la que había corrido; que su vida, considerada ahora como acabada, había sido gobernada no por el antojo o capricho del momento, sino por aquella fe personal que por la gracia de Dios había guardado hasta el mismo fin.

   Cuando Pablo resume así su pasado, no se está jactando, sino “en el Señor”. Está relatando lo que la gracia ha logrado en el corazón del “principal de los pecadores”. Por eso no pone el énfasis en el pronombre yo, sino en “la grandiosa batalla”, “la carrera”, “la fe”.

   Cuando el apóstol resume su vida como cristiano bajo el simbolismo de “la grandiosa batalla”, la figura subyacente es probablemente una lucha, una pelea en el cuadrilátero, o una competición (véase comentario sobre 1 Ti. 4:7b, 8; 6:12). El tercio de la comparación es un prodigioso esfuerzo de energía contra un poderoso enemigo.

   Había sido una batalla contra Satanás; contra principados y potestades, gobernadores de las tinieblas de este mundo en lugares celestiales; contra el vicio y la violencia de judíos y paganos; contra el judaísmo entre los gálatas; contra el fanatismo entre los tesalonicenses; contra las contiendas, la fornicación y los litigios entre los corintios; contra el gnosticismo incipiente entre los efesios y colosenses; de fuera, conflictos de dentro, temores; y finalmente, pero no menos, contra la ley del pecado y muerte que obraba en su propio corazón.

   Pero Pablo puede decir triunfalmente: “La grandiosa batalla he peleado”. Es vano decir que esto no es la estricta verdad porque Pablo todavía no había llegado al patíbulo. Cuando la muerte está muy cerca y es muy cierta, es fácil a la mente proyectarse hacia el futuro cercano desde el cual entonces mira hacia el pasado y se regocija no solamente en ese pasado, sino en la bendición presente que el pasado ha producido. Nuestro Señor usa un lenguaje similar que debe ser explicado en forma similar (véase C.N.T. sobre Jn. 17:4).

   Cuando el apóstol añade, “la carrera he terminado”—una carrera de obstáculos, por cierto—, enfatiza el hecho de que en su vida como creyente ha cumplido plenamente ese ministerio a que el Señor lo ha llamado (el pasaje que arroja luz sobre esto es Hch. 20:24); su ojo, como el de un corredor avezado, ha estado todo el tiempo fijo en el punto final de la carrera: la gloria de Dios por medio de la salvación de pecadores (Gá. 2:2; 5:7; Fil. 2:16; cf. Heb. 12:1, 2).

   Pablo era ciertamente un hombre con esta única y santa pasión, con este único objetivo en sus pensamientos, de modo que la figura de la carrera es muy apropiada, todo lo cual se hace evidente por palabras como las siguientes:

   “A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos … Corred de tal manera que lo obtengáis … Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios … Como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Co. 9:22–24; 10:31–33). Y cf. 3:7–14.

   Al resumir el pasado, Pablo deja, finalmente, a un lado las metáforas y escribe: “La fe he guardado”. Aquí, como en 1 Ti. 6:12, el sentido probablemente no sea: “He cumplido mi promesa” (o “fidelidad”) ni “He mantenido la verdadera doctrina” (fe en el sentido objetivo), sino, en armonía con el presente contexto, “He retenido mi confianza personal en Dios, mi confianza en todas sus promesas cristocéntricas. En la arena espiritual de la vida no solamente he batallado arduamente y corrido bien, sino también he sido sostenido hasta el fin por la convicción profundamente arraigada de que recibiré el premio, el glorioso galardón” (véase el versículo siguiente).

[3]. Su regocijo por fe respecto del futuro

   Habiendo considerado el presente y el pasado, Pablo vuelve su vista hacia el futuro. Esto, como se ha hecho evidente, es completamente natural; porque la noble batalla, librada con éxito, la carrera corrida en forma satisfactoria y la fe ejercida perseverantemente, claman por una recompensa de gracia. En conformidad con esto, el apóstol escribe: “Para el futuro”173, y luego nos dice lo que espera con confianza. Dice: “Hay seguramente guardada para mí (nótese la fuerza del verbo griego compuesto ἀπόκειται), de modo que el enemigo no pueda jamás privarme de ella, la corona—la corona del vencedor (véase comentario sobre 2 Ti. 2:5)—de justicia”, esto es, la corona que me corresponde por la vida que en principio ha estado en conformidad con la ley de Dios (véase comentario sobre 1 Ti. 6:11; 2 Ti. 2:22; 3:16; Tit. 3:5). Que esta corona es de Pablo por derecho, un derecho fundado en la gracia, es evidente; porque:

   [a]. A quienes pelean la grandiosa batalla, corren la carrera y guardan la fe (en otras palabras, a Pablo y a otros como él) Dios ha prometido darles la corona (1 Ti. 6:12; Stg. 1:12; 1 P. 5:4; Ap. 2:10).

   [b]. Cristo la ganó para ellos (véase comentario sobre Tit. 3:5, 6). Ahora, este pasaje sencillamente declara que la corona o recompensa es justa, pero no indica su naturaleza. De otros pasajes sabemos que significa vida eterna (1 Ti. 6:12; cf. Stg. 1:12; 1 P. 5:4; Ap. 2:10), aquí (en 2 Ti. 4:8) como algo que se posee y experimenta en el nuevo cielo y la nueva tierra.

   El apóstol continúa: “que el Señor, Juez justo, me dará en aquel día”. Este Señor y Juez es Cristo Jesús (véase comentario sobre el v. 1). Y este Juez o Arbitro respeta las reglas del juego que él mismo ha establecido. El es el Juez justo, que, en aquel notable día, el día de su segunda venida (véase comentario sobre 2 Ti. 1:12, 18; cf. 2 Ts. 1:10) entregará lo que es debido (nótese el verbo usado en el original, sobre el cual pasajes tales como Mt. 20:8, 13 y Ro. 2:6 derraman mucha luz). Para todas las personas que, como Pablo, son condenadas injustamente, la idea de un juicio venidero cuando serán vindicados por un Juez justo está llena de consuelo.

   Este Juez justo, dice Pablo, me dará la corona de justicia, pero no solamente a mí, sino a todos los que han amado su aparición, su gloriosa segunda venida (como en el v. 1). Nótese la palabra amado, no temido, porque el perfecto amor echa fuera el temor (1 Jn. 4:18). Cuando el Espíritu y la Esposa digan “Ven”, toda persona que realmente ama al Señor también dirá “Ven”. Y cuando el Señor responde: “Vengo pronto”, la respuesta inmediata será “Amén, ven, Señor Jesús”. De todos los indicios de que uno ama al Señor, este ferviente anhelo de que vuelva es uno de los mejores, porque tal persona está pensando no solamente en sí mismo y en su propia gloria sino también en su Señor y en la vindicación pública de él. La corona espera a tales personas. Y esta corona, diferente de las terrenales, es imperecedera (1 Co. 9:25).

1er Titulo:

El candelero y sus lámparas encendidas. Versíc. 24 y 25. Puso el candelero en el tabernáculo de reunión, enfrente de la mesa, al lado sur de la cortina, y encendió las lámparas delante de Jehová, como Jehová había mandado a Moisés. (Léase San Lucas 12:35 y 36. Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas;
36 y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida.).

   Comentario. [e]. El siguiente paso fue poner el candelero en el tabernáculo enfrente de la mesa, del lado sur del velo (v. 24) (vea bosquejo y notas de Ex. 25:31-40). Moisés encendió las lámparas delante del Señor e hizo todo tal como Dios se lo había ordenado (v. 25). Recuerde que, hasta este punto, no hubo luz en el tabernáculo. La única luz provenía de la entrada al lugar santo. Todavía no podía verse con claridad lo que se había puesto en el tabernáculo hasta ese momento: ni el tabernáculo, ni sus cubiertas, ni el arca, ni el propiciatorio, ni el velo interno, ni la mesa de la proposición. Hasta ese entonces, el lugar santo estuvo envuelto en sombras; pero luego Moisés encendió las lámparas delante del Señor y el lugar santo se llenó de luz. Así es la luz; -siempre desvanece las sombras y llena el vacío con su lumbre. El candelero anticipaba la venida del Señor Jesús, la luz del mundo.

   “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

   “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Jn. 12:46).

   “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5).

   Comentario del texto adicional: A. La parábola de los siervos vigilantes

   [35, 36]. Estad siempre vestidos de modo que estéis preparados para la acción y mantened vuestras lámparas encendidas, como hombres que, cuando su señor está por regresar de la fiesta de bodas, le están esperando, de modo que cuando él venga y llame ellos puedan inmediatamente abrirle la puerta.

   El significado de la expresión usada en el original, a saber: “Estén ceñidos vuestros lomos”, es que los mantos largos y holgados de los siervos no deben colgar sueltos, dificultando o imposibilitando el trabajo (cf. Hch. 7:58). Estos mantos debían ser arremangadas en el cinto, de modo que los siervos pueden trabajar cómodamente y están

preparados para atender a su señor. Aplicada espiritualmente el sentido es estar siempre preparados para (a) recibir al Señor en su regreso de la fiesta de boda de la gloria celestial y (b) rendirle todo el servicio que él desee. “Mantened vuestras lámparas encendidas” también señala la necesidad de la preparación. Lo que tenemos aquí es esencialmente la misma lección que se encuentra en la parábola de las cinco muchachas sensatas y las cinco insensatas (las diez vírgenes). Véase C.N.T. sobre Mt. 25:1–13.

2° Titulo:

Incienso aromático en la adoración a Dios. Versíc. 26 y 27. Puso también el altar de oro en el tabernáculo de reunión, delante del velo, y quemó sobre él incienso aromático, como Jehová había mandado a Moisés. (Léase Apocalipsis 8.3. Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.). 

   Comentario. [f]. Después Moisés puso el altar del incienso dentro del tabernáculo, delante del velo (v. 26). Quemó sobre él incienso, tal como Dios le había mandado (v. 27). Este altar señalaba a Jesús, el gran Intercesor y Mediador que nos representa delante de Dios y hace que nuestras oraciones sean aceptas delante de él.

   “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 16:24).

   “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:34).

   “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25).

   “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15).

   Comentario del texto adicional: Apocalipsis 8: [2]. Y vi siete ángeles que estaban delante de Dios, y se les dieron siete trompetas. [3]. Y otro ángel vino y permaneció de pie en el altar. Tenía un incensario de oro y se le dio mucho incienso, para ofrecerlo con las oraciones de los santos en el altar de oro delante del trono. [4]. Y el humo del incienso con las oraciones de los santos se elevó desde la mano del ángel delante de Dios.

[a.] «Y vi siete ángeles que estaban delante de Dios, y se les dieron siete trompetas». Las Escrituras mencionan sólo dos nombres de arcángeles: Miguel (Dn. 10:13, 21; 12:1; Jud. 9; Ap. 12:7) y Gabriel (Lc. 1:19, 26). Otros nombres tradicionales son Uriel, Rafael, Raguel, Sariel y Remiel. Nótese que los siete nombres de estos arcángeles terminan en ‐el, que los relaciona con Dios, que es Elohim. También, el concepto de «los siete santos ángeles que presentan las oraciones de los santos y entran a la presencia de la gloria del Santo» proviene de Tobit 12:15, que menciona a Rafael como uno de ellos.9 Estos siete ángeles reciben trompetas (compárese con Mt. 24:31) y las tocan para introducir el juicio inicial de Dios sobre sus adversarios. Su juicio final se da cuando están de pie delante del gran trono blanco (20:11–15).

   La expresión «siete ángeles» reaparece en el contexto de las siete plagas. Aunque podríamos suponer que son el mismo grupo de siete, no tenemos certeza de ello debido a que innumerables ángeles rodean el trono de Dios. Esto se ve con claridad en otros pasajes (v. 3; 7:2; 10:1; 18:1; 20:1). También, el número siete transmite el significado de totalidad y no debe tomarse de manera literal.

   [b]. «Y otro ángel vino y permaneció de pie en el altar». Juan quiere mostrar al lector otro acontecimiento que se está produciendo en el altar. De ahí que la escena cambie no para indicar una demora en el sonido de las trompetas, sino para revelar en el párrafo intermedio el efecto que tienen las oraciones de los santos en el curso de la historia. El punto focal se encuentra en el ángel y en el altar.

   No se nos dice nada acerca de la identidad de este ángel. Si el texto mismo no es explícito, no deberíamos ver en él la identidad del Señor Jesucristo. El contexto no indica que Juan esté hablando del Señor, aunque algunos puedan decir que el incienso es una referencia simbólica a Jesucristo, quien sirve como intercesor de los santos en el cielo (Ro. 8:34; Heb. 7:25; 9:24).10 La multitud de ángeles es tan grande que este ángel es sólo uno de ellos.    Por ejemplo, la expresión otro ángel se encuentra en otros pasajes (10:1; 18:1); y el adjetivo otro tiene como fin alertar al lector acerca del poderoso ángel que dio la llamada para romper los sellos del rollo y abrirlo (5:2). El ángel, sin embargo, es sólo un servidor que actúa en el altar de incienso; no es un mediador y no pretende asumir el lugar de Jesús.

   El altar del incienso en el tabernáculo era una copia del que estaban en el cielo. Este altar era sumamente santo para el Señor Dios, porque en sus cuernos una vez al año el sumo sacerdote expiaba con la sangre de la ofrenda por el pecado (Éx. 30:10). Con su sacrificio en la cruz, Jesús ha satisfecho la necesidad de expiación de una vez por todas. Con ella quitó los pecados de su pueblo (Heb. 9:28), y perfeccionó a su pueblo y a sus oraciones.

   [c]. «[El ángel] tenía un incensario de oro y se le dio mucho incienso, para ofrecerlo con las oraciones de todos los santos en el altar de oro delante del trono». Un incensario es un recipiente con incienso, que a menudo se hacía con resina aromática de un árbol de olíbano. Este incienso se quemaba para que el humo penetrara toda el área con su fragante aroma. Es de suponer que Dios dio al ángel una cantidad abundante de incienso. La multitud de oraciones que pronunciaban todos los santos en la tierra tenían que ir mezcladas con esta fragancia de aroma dulce (compárese con 5:8)

   Debido a nuestra naturaleza humana pecadora, las oraciones son incompletas y defectuosas. Por esta razón deben presentarse con la fragancia de incienso, que las hace aceptables a Dios. Todas nuestras oraciones muestran deficiencias, siendo el egoísmo, los formalismos y el apresuramiento sus principales detractores. Todas nuestras súplicas y expresiones de acción de gracias deben ser santificadas y perfeccionadas para que lleguen a la presencia de Dios. En uno de sus salmos David dice, «Que suba a tu presencia mi plegaria como una ofrenda de incienso; que hacia ti se eleven mis manos, como un sacrificio vespertino» (Sal. 141:2). La presentación de todas las oraciones de los santos demuestra unidad, armonía y fuerza. «La oración del justo es poderosa y eficaz» (Stg. 5:16). Estas oraciones unidas se elevan delante del trono, referencia simbólica a Dios. Este texto menciona dos veces la expresión de oro para describir el incensario y el altar. El oro alude a la perfección del cielo (véase, p.ej., 21:18, 21). En este contexto, las oraciones de los santos son perfeccionadas y la respuesta a los santos es a veces sorprendente. Por ejemplo, la oración de Elías influyó en la atmósfera de modo que se acabó la sequía (1 R. 18:42–45).

   [d]. «Y el humo del incienso con las oraciones de los santos se elevó desde la mano del ángel delante de Dios». Las imperfecciones que penetran las oraciones de los santos se eliminaron, de manera simbólica, con el humo aromático, para que sus intercesiones, peticiones y alabanzas ascendieran al trono de Dios. Siempre que oramos, el ejercicio mismo parece ser sencillo. Pero quienes se dedican seriamente a orar saben que exige concentración y esfuerzo. Cuando nuestras oraciones se elevan, son colocadas en el altar. Luego un ángel toma nuestras súplicas, las coloca en un incensario, y las presenta a Dios. Una vez más, el ángel no es un mediador sino sólo un servidor en este proceso. Jesucristo, como intercesor, perfecciona nuestras oraciones y peticiones (Ro. 8:34).

3er Titulo:

Moisés concluye la obra encomendada por Dios. Versíc. 28 al 33. Puso asimismo la cortina a la entrada del tabernáculo. Y colocó el altar del holocausto a la entrada del tabernáculo, del tabernáculo de reunión, y sacrificó sobre el holocausto y ofrenda, como Jehová había mandado a Moisés. Y puso la fuente entre el tabernáculo de reunión y el altar, y puso en ella agua para lavar. Y Moisés y Aarón y sus hijos lavaban en ella sus manos y sus pies. Cuando entraban en el tabernáculo de reunión, y cuando se acercaban al altar, se lavaban, como Jehová había mandado a Moisés. Finalmente erigió el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina a la entrada del atrio. Así acabó Moisés la obra (Léase San Juan 19.30. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.).

    Comentario. [g]. A continuación, Moisés colgó el velo externo en la entrada de la tienda (v. 28). Esta cortina separaba el tabernáculo de reunión del atrio, cubría el lugar santo e impedía que las personas miraran y vieran el interior del santuario sagrado. El velo externo apuntaba a Jesús, quien abrió un camino nuevo y vivo hacia la presencia de Dios e hizo posible que nos acercáramos a él para adorarlo en espíritu y en verdad.

   “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne […]” (He. 10:19-20).

   “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4:24).

   “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

[h]. Luego, Moisés puso en su lugar el altar del holocausto, cerca de la entrada del tabernáculo (v. 29). Una vez ubicado en su lugar, Moisés sacrificó sobre él holocaustos y ofrendas de las primicias para el Señor (v. 29); nuevamente, Moisés cuidó de hacer todo exactamente como Dios se lo había mandado (v. 29). El altar del holocausto señalaba a Jesús, el Sacrificio Perfecto por el pecado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

   “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29).

   “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P. 1:18-19).

[i]. Después Moisés colocó la fuente de bronce entre la tienda y el altar del holocausto y puso agua en ella (v. 30).

A partir de entonces, Moisés, Aarón y sus hijos la usarían para lavarse las manos y los pies antes de entrar en el tabernáculo o acercarse al altar (vv. 30-32). Todo esto Moisés lo hizo tal como Dios se lo había mandado. Recuerde que el lavamiento simbolizaba la purificación espiritual y el perdón de los pecados (Vea bosquejo y notas de Ex. 30: 17-21) y apuntaba a Cristo, Aquel que nos limpia de nuestros pecados.

   “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7).

   “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 P. 2:24).

[j]. Finalmente, Moisés terminó la obra (v. 33). Lo último que hizo fue levantar el atrio y colgar la cortina de la entrada del atrio, entrada que simbolizaba la invitación de Dios para el hombre: entrar en su presencia.

   Tenga en cuenta que Moisés pudo haber bajado los brazos y pudo haberse ido, pero no lo hizo, sino que fue fiel a Dios y terminó la obra. Además, hizo todo tal como Dios se lo había mandado.

   Pensamiento 1. Hay dos lecciones contundentes que podemos entrever en la obediencia de Moisés.

(1) Debemos obedecer a Dios.

   “Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma” (Dt. 26:16).

   “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Jos. 1:8).

   “Mas si no oyereis la voz de Jehová, y si fuereis rebeldes a las palabras de Jehová, la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres” (1 S. 12:15).

   “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 S. 15:22).

   “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21).

   “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mt. 7:24).

   “Y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1:7-9).

   “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron” (He. 2:3).

   “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad” (Ap. 22:14).

   (2) “Debemos terminar y completar las tareas que Dios nos asigna. Jamás debemos bajar los brazos, sino que, por el contrario, debemos resistir y perseverar hasta el final para acabar la carrera y el trabajo puesto delante de nosotros”.

   “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabé mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20:24).

   “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).

   “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gá. 6:9).

   “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:6-7).

   “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (He. 12:1).

   “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1 P. 1:13).

   “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Ap. 3:11).

   “No obstante, proseguirá el justo su camino, y el limpio de manos aumentará la fuerza” (Job 17:9).

   Comentario del texto adicional: [29, 30]. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

    La vasija llena de vinagre, vino agrio como el que bebían los soldados, fue la fuente por medio de la cual se calmó la sed de Jesús. Incluso en el proceso de satisfacer, de alguna forma, esta necesidad física acuciante, se hizo burla de Jesús. Pero Juan no cuenta esa parte de la historia. Véase Mt. 27:48, 49. Sí, menciona, sin embargo, el hecho de que ellos (refiriéndose probablemente al centurión y a uno de los soldados, este último actuando por órdenes del primero), habiendo sumergido una esponja en la vasija de vinagre (esto está claramente implícito), la pusieron en un hisopo y “se la acercaron a la boca”, de forma que este líquido le llevara cierto alivio a sus labios y garganta resecos.

   Se ha escrito mucho acerca de este hisopo. Algunos encuentran un error y querrían sustituir el término traducido como hisopo por otro más corto y semejante. (En lugar de _σσώπ_ prefieren _σσ_). Señalan el hecho de que el hisopo es una hierba que no tiene tallo suficiente para servir de caña (Mt. 27:48) en la que sujetar una esponja. En consecuencia, “corrigen” el texto y utilizan el término griego más breve, que significa garrocha. Pero esto no resulta ciertamente necesario. El hisopo o palo de hisopo al que se refiere Juan pudo haber sido la mejorena (Origanum maru), cuyos tallos leñosos son lo suficientemente fuertes y largos como para satisfacer todas las exigencias. No tuvo que ser muy largo para alcanzar los labios de Jesús, porque la cruz probablemente no llegaba muy por encima del nivel del terreno.

    Una vez absorbido el vinagre Jesús dijo, “todo terminó” (o consumado es). Tal como lo veía Jesús, se había completado toda la obra de la redención (tanto la obediencia activa como la pasiva, tanto el cumplimiento de la ley como el sobrellevar su maldición). Y si alguien objetara que todavía no se había realizado la sepultura y que también esto (al igual que el descanso en el sepulcro hasta el momento de la resurrección) era parte de la humillación de Cristo, la respuesta sería muy sencilla: en la mente de Cristo la sepultura es tan cierta que puede hablar como si también se hubiera cumplido esto. Véase también, en relación con esto, sobre 17:4 y sobre 17:11.

   Dicho ya esto, Jesús inclinó la cabeza—un momento antes de hacerlo pronunció otra palabra, Lc. 23:46—y entregó el espíritu. Lo entregó. Nadie se lo arrebató. Entregó la vida. Véase sobre 10:11; también sobre 19:34–37. En cuanto al significado del término espíritu véase sobre 13:21, sobre todo nota 291.

Amen, para la honra y gloria de Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.