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Domingo 26 de enero de 2020: “Cristo, el cordero perfecto para la expiación del pecado”.

Domingo 26 de enero de 2020: “Cristo, el cordero perfecto para la expiación del pecado”.

    Lección: Éxodo Cap. 29, versículos 10 al 18.  10Después llevarás el becerro delante del tabernáculo de reunión, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro. 11Y matarás el becerro delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión.12Y de la sangre del becerro tomarás y pondrás sobre los cuernos del altar con tu dedo, y derramarás toda la demás sangre al pie del altar. 13Tomarás también toda la grosura que cubre los intestinos, la grosura de sobre el hígado, los dos riñones, y la grosura que está sobre ellos, y lo quemarás sobre el altar. 14Pero la carne del becerro, y su piel y su estiércol, los quemarás a fuego fuera del campamento; es ofrenda por el pecado. 15Asimismo tomarás uno de los carneros, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del carnero.16Y matarás el carnero, y con su sangre rociarás sobre el altar alrededor. 17Cortarás el carnero en pedazos, y lavarás sus intestinos y sus piernas, y las pondrás sobre sus trozos y sobre su cabeza. 18Y quemarás todo el carnero sobre el altar; es holocausto de olor grato para Jehová, es ofrenda quemada a Jehová.

   Comentario: El sacrificio perfecto de Cristo (Tomado de Hebreos 9:23–28).

   La frecuente repetición de cierto tema es algo que caracteriza al estilo del escritor. Por ejemplo, en el capítulo 8 él había escrito que por ser sumo sacerdote, Cristo había entrado en el santuario celestial (8:2). El repite dicho tema en el capítulo siguiente. Cristo vino como sumo sacerdote, dice, y “pasó a través del tabernáculo que es mayor y más perfecto no hecho por el hombre (9:11). El vuelva una vez más a este tema en los versículos siguientes (9:23–28).

[23]. Era necesario, entonces, que las copias de las cosas celestiales fuesen purificadas con estos sacrificios, pero que las cosas celestiales mismas lo sean con mejores sacrificios que estos.

   En este texto se destacan dos cosas: las copias de las cosas celestiales, y las cosas celestiales mismas. Las copias, por supuesto, son el santuario terrenal y todas las cosas que estaban allí; el santuario celestial está ante la presencia de Dios. Consideraremos estas dos cosas en orden.

[a]. “Copias de las cosas celestiales”. El escritor dice que la purificación del tabernáculo, del altar, de los utensilios y del rollo del libro era necesaria. La palabra necesario indica que la ley requiere que estas cosas sean purificadas. Y es precisamente eso lo que el escritor afirma en el versículo precedente (9:22).

   Él llega a la conclusión de que “sin derramamiento de sangre no hay perdón”. Dios mismo dio instrucciones al pueblo de Israel, por intermedio de Moisés, de que se purificasen del pecado mediante el derramamiento de la sangre de animales sobre el altar del santuario. Esta sangre era adecuada para permitir que el sumo sacerdote entrase en el Lugar Santísimo del tabernáculo, pero hacía falta un sacrificio mejor antes de que pudiera aparecer un mediador ante la presencia de Dios en el cielo.

[b]. “Las cosas celestiales mismas”. El tabernáculo erigido por Moisés era “una copia y una sombra de lo que hay en el cielo” (8:5). El santuario celestial es “el tabernáculo mayor y más perfecto, no hecho por el hombre” (9:11). Cristo entró en este santuario después de haber derramado su sangre en la cruz del Calvario.

   El escritor de Hebreos se refiere ahora a la sangre de Jesús como “mejores sacrificios”. El plural sacrificio representa al singular “sangre de Cristo”. El adjetivo mejores señala la diferencia entre las cosas terrenales y las celestiales; es decir, la sangre de animales purificaba el tabernáculo y todo lo que había en él, a fin de que el sumo sacerdote pudiese entrar al Lugar Santísimo. La sangre de Cristo purificaba las cosas celestiales, para que él pueda entrar en el cielo y estar ante Dios (9:24).

   ¿Era necesario purificar las cosas celestiales? El santuario celestial no está hecho por hombres y por consiguiente no está contaminado por el pecado. No necesita ser purificado. Antes de poder contestar esta pregunta, hemos de entender la expresión cosas celestiales en un sentido espiritual. El verdadero santuario, dice el escritor de Hebreos, es el cielo mismo (9:24), y el cielo es el lugar donde Dios y su pueblo moran juntos. Es el lugar donde el pueblo de Dios le sirve ofreciéndose a sí mismos como sacrificio vivo. Pero entonces, ¿por qué dice el escritor que las coas celestiales tenían que ser purificadas? El cielo llegó a ser un santuario para el pueblo de Dios sólo cuando la sangre de Cristo fue vertida por ellos. La sangre de Cristo vino a ser, entonces, el fundamento de su entrada en el cielo.

   Sin la sangre de Cristo Dios no nos abre el cielo ni acepta nuestros sacrificios vivos. Comparecemos ante Dios condenados en nuestros pecados y el cielo permanece cerrado para nosotros. Sin embargo, la sangre de Cristo ha transformado al cielo en un santuario para nosotros, para que podamos vivir allí. Al mismo tiempo, el cielo sigue siendo la morada de Dios.

   La sangre de Cristo provee la remisión de nuestros pecados y también santifica nuestra presencia en el cielo. Hace que seamos más deleitables que los ángeles, y que nuestro servicio de alabanza sea más aceptable que el de los ángeles. Nosotros somos hijas e hijos adoptivos de Dios, por lo cual somos también “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro. 8:17).

   Además, la sangre derramada de Cristo le da al cielo mismo un significado adicional. No sólo es el cielo el santuario del pueblo de Dios, sino que es también el lugar donde sus moradores dan testimonio del amor redentor de Cristo, de su gracia maravillosa y de su poder santificante. Le cantan a Cristo una nueva canción, registrada para nosotros en Apocalipsis 5:9–10:

Con tu sangre has comprado a los hombres para Dios

de toda tribu y lengua y pueblo y nación.

Los has hecho un reino y sacerdotes para servir a nuestro Dios.

[24]. Porque Cristo no entró en un santuario hecho por el hombre, que era sólo una copia del verdadero; él entró en el cielo mismo, para presentarse ante Dios a favor nuestro.

   Aunque Dios hizo que el velo del templo se rasgase desde arriba hasta abajo al morir Jesús (Mt. 27:51), Jesús mismo nunca entró en un “santuario hecho por hombres”. Cuando el escritor de Hebreos hablaba de “mejores sacrificios” (9:23), él establecía una comparación entre los sacrificios animales y la sangre de Cristo. Y aunque vemos que el sacrificio de Cristo es mejor, también vemos que en esencia la comparación es inadecuada.

   Los sacrificios animales eran disposiciones temporales; los sumos sacerdotes eran mortales y el santuario era una copia hecha por los hombres. En contraste con esto vemos que el sacrificio de Cristo hecho una vez para siempre es permanente; que nuestro sumo sacerdote es eterno y que el santuario celestial es el verdadero.

   El escritor de la epístola hace notar en primer lugar en qué santuario Cristo no entró, a saber, en la copia del original hecha por los hombres. El sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo de este santuario terrenal para comparecer ante la presencia de Dios a favor del pueblo. En segundo lugar, el escritor noto que Cristo “entró en el cielo mismo” y, por implicación, en el verdadero santuario. El entró en el cielo como sumo sacerdote para representarnos ante la presencia de Dios. El sumo sacerdote levítico pasaba sólo unos pocos momentos una vez al año en el Lugar Santísimo como representante del hombre ante Dios; Cristo, sin embargo, que está siempre ante la presencia de Dios, nos representa constantemente como abogado defensor (Ro. 8:34; Heb. 7:25; 1 Jn. 2:1).

[25]. No entró tampoco al cielo para ofrecerse a sí mismo una y otra vez, del modo en que el sumo sacerdote entra cada año al Lugar Santísimo con sangre que no es la suya propia. [26a]. De ser así, Cristo hubiera tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo.

   Al establecer un paralelo con el sumo sacerdote levita, el escritor de Hebreos subraya las profundas diferencias existentes entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio levítico. Es como si el escritor fuese interrogado, por así decirlo, por un lector judío que presenta cierto número de argumentos.

[a]. Como sumo sacerdote Cristo nunca podría haber entrado en el Lugar Santísimo de un santuario terrenal. El pertenecía a la tribu de Judá, no a la de Leví. Cierto, por eso fue que entró al cielo.

[b]. Un sumo sacerdote levítico ofrecía anualmente sangre de sacrificio ante Dios en el Lugar Santísimo. Si Cristo es sumo sacerdote, él tendrá que hacer lo mismo en el cielo.

   Correcto, pero Cristo se ofreció a sí mismo en la cruz. El derramó su sangre en el Calvario, no en el santuario celestial.

[c]. El sumo sacerdote ofrecía los sacrificios de un becerro y de un macho cabrío el Día de la Expiación, pero Cristo se ofreció a sí mismo sólo una vez.

   Sí, pero fuera de aquellas personas que fueron resucitadas de entre los muertos, el hombre no puede morir dos veces.

[d]. El Día de la Expiación el sumo sacerdote presentaba sangre animal a Dios, pero Cristo ofreció su propia sangre.

   Es cierto; si Cristo hubiese ofrecido sangre que no fuese la suya propia, él hubiese sido idéntico al sumo sacerdote levítico. Nótese que el sumo sacerdote no podía presentar su propia sangre como sacrificio, ya que él mismo era pecador. Cristo, el único sin pecado, podía ofrecer su propia sangre por los pecadores, y los hizo.

[e]. Una vez al año el sumo sacerdote entraba y salía del Lugar Santísimo, pero Cristo entró en el santuario celestial una sola vez.

   Precisamente, si Cristo hubiese tenido que dejar el cielo y volver a la tierra para morir una vez más—cosa patentemente absurda—su obra de expiación no tendría valor. El sacrificio de Cristo es único e irrepetible.

   El escritor de Hebreos resume este asunto en una afirmación significativa: Si Cristo hubiese tenido que ofrecerse una y otra vez, “él hubiera tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo”. Y eso, por supuesto, no puede ser. Antes bien, el sacrificio de Cristo en la cruz es tan eficaz que quita los pecados de todos los creyentes del Antiguo Testamento. Su sacrificio es retroactivo y se remonta hasta la creación del mundo, es decir, hasta el tiempo en que Adán cayó en pecado. En consecuencia, el sacrificio de Cristo es válido para todos los creyentes, ya sea que hayan vivido antes o después de la venida de Cristo. Su sacrificio es válido para todos los tiempos.

[26b]. Pero ahora él ha aparecido una vez para siempre al fin de los tiempos para quitar el pecado por medio del sacrifico de sí mismo.

   Después de hacer una afirmación que obviamente no podía ser cierta, el escritor describa ahora terminantemente la razón de la venida de Cristo al mundo: “para quitar el pecado”. El adverbio ahora se refiere no al tiempo sino a la realidad. De hecho, el escritor está diciendo: “Así es el asunto”.

   ¿Por qué apareció Cristo en esta tierra? En pocas palabras: para cancelar el pecado. El quitó la deuda del pecado que estaba escrita en la cuenta del creyente. La venida de Cristo puso fin a dicha deuda. Y la cuenta muestra ahora el sello que dice pagado.

   ¿Cómo quitó Cristo el pecado? El mismo fue el sacrificio que se requería para pagar por los pecados de todo el mundo (1 Jn. 2:2). Tal como lo expresó el precursor de Cristo, Juan el Bautista: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Jn. 1:29). Cristo no tenía sustituto. Él se sacrificó a sí mismo como sustituto de los pecadores. Mediante su muerte él pagó la deuda “para quitar los pecados de mucha gente” (9:28).

   ¿Cuál es el significado de la comparecencia de Cristo? El sumo sacerdote levítico entraba año tras año en el santuario interior. Su entrada ante la presencia de Dios tenía sólo un efecto temporal. Esto contrasta con el hecho de que Cristo compareció una sola vez—fue una vez para siempre. El entró en el cielo una sola vez, es decir, cuando ascendió. El efecto de su única comparecencia dura para siempre.

   ¿Cuándo vino Cristo? El escritor de Hebreos escribe: “al fin de los tiempos”. Esto no necesita ser una referencia al fin del mundo, ya que en el mismo contexto el escritor dice que Cristo aparecerá otra vez (v. 28). La expresión aparentemente indica el impacto total del advenimiento de Cristo y el efecto de su obra expiadora. Y a causa de su triunfo sobre el pecado, vivimos en los últimos tiempos.

[27]. Así como el hombre está destinado a morir una sola vez y después de eso enfrentar el juicio, [28]. del mismo modo Cristo fue sacrificado una sola vez para quitar los pecados de mucha gente; y aparecerá por segunda vez, no para cargar con el pecado, sino para traer salvación a todos los que le están esperando.

   El escritor de esta epístola tiene apego por las palabras una vez; las usa ocho veces (6:4; 9:7, 26, 27, 28; 10:2; 12:26, 27).

   En el contraste que se expresa en estos dos versículos, la expresión una vez ocupa un lugar prominente: “el hombre está destinado a morir una sola vez” y “Cristo fue sacrificado una sola vez”. A causa del pecado de Adán, Dios pronunció la sentencia de muerte sobre la raza humana (Gn. 3:19). Toda persona se enfrenta con la muerte una sola vez, a excepción de aquellos que resucitaron de entre los muertos. Nadie puede escapar de la muerte. Al hacerse hombre, Cristo fue puesto bajo la misma sentencia de muerte. También él murió una sola vez.

   El hombre recibe, por implicación, la pena de muerte a causa del pecado. El escritor de Hebreos así lo indica el añadir la cláusula “y después de eso enfrentar el juicio”. Existe una secuencia lógica entre la muerte y el juicio, ya que el hombre debe comparecer ante la corte para rendir cuentas de su pecado. “Porque Dios traerá a juicio, toda obra, aun las cosas ocultas, sea buena o mala”. (Ec. 12:14).

   El momento exacto del juicio es algo que el escritor intencionalmente evita mencionar. No es al juicio que él llama la atención sino a Cristo que “aparecerá por segunda vez. Su observación final es que Cristo trae “salvación para todos los que le están esperando”. Y eso es muy importante. El escritor no minimiza el significado del juicio. Aquí él introduce el tema; en el capítulo siguiente lo aplicará. Dice que, si “deliberadamente continuamos pecando”, entonces todo lo que resta es “una horrenda expectación de juicio y de fuego incontenible que consumirá a los enemigos de Dios” (10:26, 27).

   En la comparación que caracteriza a los versículos 27 y 28, el énfasis recae en Cristo. El Mesías fue sacrificado una sola vez; y él volverá a aparecer.

   Al concluir su enseñanza acerca de la obra expiatoria de Cristo, el escritor dice que Cristo fue sacrificado. En el contexto de este capítulo, el escritor ha aclarado que Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio por el pecado. Por los tanto, las palabras fueron sacrificado deben entenderse dentro del contexto en que son usadas; Cristo se ofreció a sí mismo con el propósito de quitar los pecados de mucha gente.

   Ya Isaías había profetizado acerca de la obra redentor de Cristo. En el bien conocido capítulo acerca del Mesías sufriente, Isaías escribe: “Mi siervo justo justificará a muchos, y llevará sus iniquidades … Ya que él cargó con el pecado de muchos, e hizo intercesión por los transgresores” (53:11–12).

    Cristo no solamente ha completado su obra expiatoria como sumo sacerdote: él también nos ha dado la promesa de que regresará. Las Escrituras son muy explícitas acerca del regreso de Cristo; es una promesa que se menciona una y otra vez. Cuando Cristo regrese, dice el escritor de Hebreos, no lo hará para quitar pecados. El concluyó esa tarea cuando vino la primera vez. Cuando vuelva, él traerá salvación a aquellos que le están esperando.

   La última parte del versículo 28 expresa una nota de alegría y felicidad: ¡Cristo viene! Aquellos que anhelantes esperan su regreso repiten constantemente la oración que se encuentra al fin del Nuevo Testamento y que se proferida en respuesta a la promesa de Jesús: “Sí, vengo pronto”. Ellos oran: “Amén. Ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20).

   Con gozo los creyentes anticipan el día del regreso de Jesús, ya que entonces el Señor morará para siempre con su pueblo, tal como lo ha prometido. A su regreso traerá completa restauración para aquellos que anhelantes le esperan. Cuando Cristo more para siempre con su pueblo, éstos experimentarán la salvación plena y libremente.

Consideraciones doctrinales en 9:23–28

   La epístola a los Hebreos es una epístola que hace uso conspicuo de los contrastes; en cada capítulo y en numerosos versículos, el escritor compara a Cristo con los ángeles, con Moisés, con Aarón o con el sacerdocio levítico. En esta sección en particular, él resalta la insuperable excelencia de la obra sumo-sacerdotal de Cristo.    El sumo sacerdote era designado para representar al pueblo ante Dios, pero el tiempo real que pasaba ante la presencia de Dios era mínimo; ello ocurría solamente una vez al año en el Día de la Expiación. Nuestro gran sumo sacerdote entró en el cielo una sola vez y permanece siempre ante la presencia de Dios como nuestro mediador, abogado, intercesor y fiador.

   Además, el sumo sacerdote tenía que presentar sangre animal ante Dios en el Lugar Santísimo. Su propia sangre hubiese sido indigna, ya que él mismo era un pecador. Pero aun la sangre de un animal tenía un efecto limitado, puesto que el sumo sacerdote tenía que presentarse ante Dios cada año nuevamente con sangre adicional. El escritor de Hebreos un poco más adelante observa: “Es imposible que la sangre de becerros y machos cabríos quite los pecados” (10:4). El sacrifico de la sangre de Cristo, sin embargo, tiene un efecto permanente. La mismo termina con el poder imperante del pecado en la mente del hombre (Ro. 8:2). La sangre de Cristo purifica a la iglesia para que él pueda presentársela a sí mismo “sin mancha ni arruga ni tacha alguna … santa y sin culpa” (Ef. 5:27). Y la sangre de Cristo limpia todo antecedente: el pecador perdonado por Dios está ante él como si nunca hubiese pecado.

   Finalmente, el sumo sacerdote levítico tras cumplir sus deberes en el santuario interior, reaparecía ante el pueblo que él había representado ante Dios. Pero cuando Jesús regrese del santuario celestial, lo hará para restaurar a su pueblo al concederle el don de la salvación. Cuando Cristo vuelva, “él aparecerá como perfeccionador de la salvación” para todos los que han puesto su confianza en él y esperan su regreso.

Texto: 1er de Pedro Cap. 2, versículo 24. Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados

1er Título

Necesaria Ceremonia De Intercesión Y Capacitación Sacerdotal. Versíc. 10 al 12. 10Después llevarás el becerro delante del tabernáculo de reunión, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro. 11Y matarás el becerro delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión.12Y de la sangre del becerro tomarás y pondrás sobre los cuernos del altar con tu dedo, y derramarás toda la demás sangre al pie del altar.  (Léase Hebreos 9:12 al 14. y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?).

   Comentario: [6]. (Éxodo 29: 10-14) Sacrificios —Sistema Sacrificial —Becerro —Holocausto: Luego se procedería a la purificación judicial: se sacrificaría un becerro como ofrenda expiatoria por Aarón y sus hijos. Nadie podía servir a Dios hasta que Dios lo limpiara y perdonara. Esa purificación estaba basada en la expiación, la reconciliación con Dios por medio de la sangre derramada del sacrificio. El sacrificio de la ofrenda expiatoria tiene ricos significados simbólicos. Observemos las instrucciones que Dios dio al respecto:

[a]. Los sacerdotes debían poner sus manos sobre la cabeza del becerro, un acto que simbolizaba la identificación, la transferencia de los pecados del ser humano, que ahora pasaban al animal (v. 10). El animal ahora era quien cargaba con el pecado: sobre él recaería el juicio de Dios por el pecado y él cargaría con el juicio que merecía el creyente. Este acto de identificación anticipaba la venida de Jesucristo, quien cargó con los pecados del mundo.

   “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).

   “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He. 9:28).

   “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 P. 2:24).

   “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (1 Jn. 3:5).

[b]. Moisés debía matar al becerro delante del Señor. Este acto simbolizaba que la ira de Dios se apaciguaba por la sustitución con el animal, que cargaba con el juicio de Dios (v. 11). La ira de Dios contra el pecado solo puede apaciguarse con un sacrificio. A lo largo de la historia del Antiguo Testamento, Dios usó el sacrificio de animales para señalar y anticipar a Cristo. Sin embargo, el único sacrificio que ha podido satisfacer la ira eterna de Dios es el Cordero de Dios, el que Dios mismo proveyó, el Señor Jesucristo, quien murió en la cruz. El y solo él es el sacrificio perfecto que pudo expiar el pecado y cumplir el castigo que exige la santa justicia de Dios.

   “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Ro. 5:6).

   “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro. 5:8-9).

   “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Ro. 5:10-11).

   “El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gá. 1:4).

   “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14).

[c]. Moisés debía poner la sangre en los cuernos y el pie del altar, lo cual simbolizaba la santificación del lugar (el centro de adoración) y del adorador (v. 12).

   Pensamiento 1. La sangre derramada de Cristo es un recordatorio constante del gran amor de Dios por su pueblo. Sin su sangre, la cruz no tiene ningún efecto, ni sentido, ni valor. Es la sangre de Cristo lo que santifica o aparta el altar de la cruz como un elemento santo. Del mismo modo, es la sangre de Cristo lo que santifica o aparta al creyente y lo vuelve santo.

   “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28).

   “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:14).

   “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

   “Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5).

   “Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9).

   Comentario: de Hebreos 9:11 al 14 para mayor comprensión: 11Cuando Cristo vino como sacerdote de las buenas cosas que ya están aquí, pasó a través del tabernáculo mayor y más perfecto no hecho por el hombre, es decir, que no es parte de esta creación. 12No entró por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino que entró el Lugar Santísimo una vez pare siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna.

   Estos dos versículos constituyen una oración hermosamente construida y equilibrada. El pensamiento básico es que Cristo pasó a través del tabernáculo (v. 11) y entró en el Lugar Santísimo (v. 12).

   Los expositores han quedado perplejos acerca de la identidad del tabernáculo: ¿a qué se refiere el escritor de Hebreos cuando escribe la frase un tabernáculo mayor y más perfecto?

   Notemos los siguientes puntos mientras buscamos una respuesta.

[a]. La venida. El escritor regresa a su tema de que Jesús es sumo sacerdote (2:17; 3:1; 4:14; 5:5, 10; 6:20; 7:26–28; 8:1–2). El introduce intencionalmente a Jesús como Cristo (no como Jesús como Hijo) para demostrar que él es el Mesías, Aquel cuya venida Israel aguardaba. Y declara que la llegada de Cristo sin duda ya ha tenido lugar, puesto que Cristo se ha hecho presente como sumo sacerdote.

   El texto puede ser traducido de dos maneras. Algunas traducciones leen: “Cristo vino como sumo sacerdote de las buenas cosas que ya están aquí”. Otras traducciones tienen la lectura “de las buenas cosas por venir”. Una traducción se relaciona con el presente, la otra con el futuro.

   ¿Cómo resolvemos la dificultad? En otras palabras, ¿cuál de las dos traducciones merece la preferencia? La lectura buenas cosas por venir es similar a la redacción de Heb. 10:1. Es posible que un escriba que estaba copiando 9:11 haya sido influido por la lectura de 10:1. La lectura más difícil es la que carece de un paralelo inmediato y es la que debe ser entonces preferida—en este caso “las buenas cosas que ya están aquí”

   ¿Cuáles son estas buenas cosas que Cristo ha provisto? El escritor de Hebreos no lo dice. Pero presumimos que él sugiere que son la estrecha comunión que Dios tiene con su pueblo, el conocimiento de Dios y de su ley en los corazones y mentes de su pueblo, y la remisión del pecado que Dios le ha otorgado a su pueblo (8:10–12). Las bendiciones que Cristo ha traído desde su venida son innumerables; por esta razón el escritor habla en términos generales y escribe “las cosas buenas que ya están aquí”.

[b]. El destino. Cristo “pasó a través del tabernáculo mayor y más perfecto no hecho por el hombre”. Debemos notar que el escritor ha elegido el título oficial de Cristo y no el nombre personal, Jesús. Él pone el énfasis, por lo tanto, en la función oficial de Cristo como sumo sacerdote.

   Notamos también que 9:11 tiene un paralelo en 8:1–2, “Tenemos tal sumo sacerdote, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en el cielo, y que sirve en el santuario, el verdadero tabernáculo establecido por el Señor, no por el hombre”. Y 9:11 tiene otro paralelo en 9:24: “Porque Cristo no entró en un santuario hecho por el hombre, que era sólo una copia del verdadero; él entró en el cielo mismo, para presentarse ante Dios a favor nuestro”. Estos pasajes revelan que “el tabernáculo mayor y más perfecto” está en el cielo, es decir, ante la presencia de Dios. No hemos de tomar literalmente las palabras pasó a través, como si Cristo hubiese pasado a través del tabernáculo hacia otro lugar. En 4:14 el escritor de Hebreos dice que “tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos”. El desea comunicarnos el pensamiento de que Jesús ha ido al cielo.

   El escritor se expresa con bastante precisión el decir que el tabernáculo mayor y más perfecto no ha sido hecho por el hombre, “es decir, que no es parte de esta creación”. En los primeros siglos de la era cristiana, los intérpretes de la Biblia pensaban que la palabra tabernáculo de 9:11 significaba el cuerpo de Cristo, pero el escritor de Hebreos elimina esta posibilidad por medio de su comentario explicativo de que el tabernáculo “no es parte de esta creación”. Toda cosa perteneciente a la creación, aun el cielo visible, queda descartada por el comentario preciso del escritor. La morada de Dios en el cielo, donde los ángeles rodean su trono y la innumerable multitud de los santos canta su alabanza, es increada; no pertenece a la creación revelada a nosotros por Dios mediante su Palabra y obra. El tabernáculo que Moisés erigió y Dios llenó con su gloria (Ex. 40:35) difiere del “tabernáculo mayor y más perfecto” que está en los cielos. El tabernáculo celestial da a los santos libre acceso a Dios porque ningún velo separa a Dios del hombre. Cristo abrió el camino a Dios en base a su obra como mediador hecha en la tierra.

[c]. El medio. ¿Cómo entró Cristo en el cielo? ¡Por medio de su muerte en la cruz! El escritor lo expresa de esta manera: “No entró por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino que entró al Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre”.

   La expresión machos cabríos y becerros es un recordatorio del Día de la expiación. En ese día, una vez el año, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo con la sangre de un becerro y de un macho cabrío. El sumo sacerdote tenía que rociar la sangre del becerro como expiación por los pecados del pueblo (Lv. 16:11–17). La implicación es que la sangre de los animales lograba el perdón y la reconciliación.

   ¡Cuán diferentes son las cosas con el gran sumo sacerdote Jesucristo! Cristo “entró al Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna”.

   Él es sumo sacerdote y sacrificio al mismo tiempo. Él es el representante del pueblo ante Dios. Él derrama su sangre a favor de su pueblo.

   Obviamente, el escritor describe la obra expiadora de Cristo de modo figurado. Es decir, cuando Jesús murió en la cruz, él no entró en el Lugar Santísimo del templo. Y cuando exclamó: “¡Consumado es!” (Jn. 19:30), no necesitó llevar su sangre al tabernáculo celestial. Cristo completó su obra expiadora en la cruz del Calvario. Al sufrir y morir en la cruz, él entro, en cierto sentido, en el Lugar Santísimo del templo. Dios confirmó esto rasgando el velo del templo en dos, desde arriba hasta abajo (Mr. 15:38).

[d]. El propósito. El propósito de la muerte sacrificial de Cristo está resumido en la cláusula habiendo obtenido una redención eterna. Tras su entrada figurativa en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén, él logró de una vez para siempre, en virtud de se propia sangre sacrificial vertida en la cruz, una redención de validez permanente para todo su pueblo. Cristo obtuvo esta redención para sí mismo, es decir, para beneficio de su pueblo. El compró a su pueblo con el precio de su sangre; los redimió con su muerte. La redención de ellos llegó a ser eternamente válida cuando Cristo entró, hablando figuradamente, en el Lugar Santísimo. “Al traer muchos hijos a la gloria”, escribe el escritor de Hebreos, “era conveniente que Dios … perfeccionara al autor de la salvación de ellos mediante el sufrimiento” (2:10).

   Versículos 13 y 14. Si la sangre de machos cabríos y de toros y las cenizas de una becerra esparcidas sobre los que están ceremonialmente contaminados los santifican de modo que quedan externamente limpios, 14. ¡cuánto más entonces la sangre de Cristo, quien mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte, para que podamos servir al Dios vivo!

   Estos dos versículos señalan contrastes—algo característico de la epístola a los hebreos. El escritor expresa un hecho que tiene que ver con los sacrificios de animales de la era de Antiguo Testamento. Dios había estipulado por ley cómo los pecadores podrían ser purificados y restaurados a la santidad.

   Él había promulgado estas leyes para santificar a los que estaban ceremonialmente contaminados. Pero el mero cumplimiento de estas leyes afectaba al pecador solamente en lo externo, no en lo interno. Aquellos que eran rociados, tal como dice el texto, eran purificados en cuanto a sus cuerpos. Sus conciencias, sin embargo, quedaban sin ser afectadas.

   En el versículo precedente (v. 12) el escritor había ya mencionado “la sangre se machos cabríos y de becerros”. La referencia apunta, por supuesto, a las estipulaciones que el sumo sacerdote debía cumplir en el Día de la Expiación (Lv. 16). Además, el escritor también describe ahora la práctica de rociar a la persona impura con el agua de la purificación (Nm. 19). Una becerra alazana en perfecta condición, que nunca hubiese estado uncida a yugo, debía ser sacrificada y quemada, el sacerdote debía arrojar madera de cedro, hisopo y lana escarlata sobre la becerra. Las cenizas eran luego reunidas y guardadas para su uso en la ceremonia del rociamiento del agua de la purificación.

   Cualquiera que hubiese tocado un cadáver era considerado inmundo por siete días. Las cenizas de la becerra incinerada eran puestas en una urna; se echaba agua fresca sobre dichas cenizas; y con el hisopo mojado en el agua, la persona inmunda era rociada los días tercero y séptimo.

   Las interpretaciones alegóricas de este pasaje (Nm. 19) son numerosas. Por ejemplo, la becerra simboliza la propagación de la vida; las cenizas son un antídoto contra la contaminación; los colores de la becerra alazana y de la lana escarlata representan vitalidad; la madera de cedro representa la durabilidad; y el hisopo es el emblema de la limpieza. Sin embargo, las dilucidaciones fantasiosas son muy subjetivas y al fin y al cabo de poco valor. Hacemos bien en considerar el propósito del escritor al introducir al asunto de “la sangre de machos cabríos y las cenizas de una becerra”.

   El escritor contrasta dos hechos: los actos ceremoniales cumplidos por el creyente para obtener purificación y el derramamiento de la sangre de Cristo. La observancia religiosa del Día da la Expiación, aunque significativa en sí misma, promovía no obstante una percepción externa de los sacrificios. Esto se hizo especialmente evidente en el hecho de rociar el agua de la purificación sobre la persona declarada inmunda a causa de una contaminación. La persona que hubiera tocado un cadáver era considerada inmunda, pero el agua de la purificación la santificaba. El concepto de que la inmundicia era algo externo y no interno prevalecía. Jesús reprochó una vez a los fariseos cuando dijo: “Ahora bien, vosotros, los fariseos, limpiáis la parte exterior de la taza y el plato, pero por dentro estáis llenos de codicia y de maldad” (Lc. 11:39).

   El argumento que el escritor desarrolla procede de la menor a lo mayor. La parte menor es el acto ceremonial de usar la sangre de machos cabríos y becerros y las cenizas de una becerra para purificar externamente a un pecador. La parte mayor es que la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador para hacer de él un siervo obediente a Dios. El pecado es, incuestionablemente, un asunto interno que procede del corazón del hombre. El escritor de Proverbios llama al corazón “el manantial de la vida: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, vienen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, el adulterio, la codicia, la malicia, el engaño, la lascivia, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la insensatez” (Mr. 7:21–22). El acto de limpiar al hombre del pecado debe comenzar con su ser interior: o, como lo dice el escritor de Hebreos, con “nuestras conciencias”. ¿Cómo son limpiadas nuestras conciencias? Llamo la atención a las siguientes frases.

[a]. “La sangre de Cristo”. Aunque la sangre de los animales servía en cierto sentido la misma función que la de la sangre de Cristo, el contraste introducido por el “cuánto más” es tan inmenso que no podemos hablar de una comparación. La sangre de Cristo es el agente que purifica la conciencia del hombre, que separa de “los actos que llevan a la muerte”, y que hace al hombre dispuesto y deseoso de servir a Dios. La sangre de Cristo limpia al hombre de pecado. Robert Lowry cantaba:

¿Qué más puede dar perdón?

Sólo de Jesús la sangre;

¿Y un nuevo corazón?

Sólo de Jesús la sangre.

[b]. “Mediante el Espíritu eterno”. Algunas traducciones escriben la palabra Espíritu con mayúscula y otras con minúscula. En el griego original todas las letras eran escritas de modo uniforme, de manera que no podemos determinar si el escritor quiso significar la una o la otra. ¿Qué podemos aprender del contexto teológico de este pasaje? ¿Qué dicen las Escrituras? Una vez más, no podemos estar seguros en cuanto a la intención del escritor al considerar el resto de la Escritura.

   Los cuatro Evangelios nada dicen acerca del papel del Espíritu Santo en el sufrimiento de Cristo. Por otra parte, cuando Jesús predicó en la sinagoga del pueblo donde se había criado, Nazaret, él leyó de la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc. 4:18; Is. 61:1; y véase Is. 42:1). Dice Donald Guthrie: “La afirmación de Hebreos es una lógica deducción del retrato que de Jesús hacen los Evangelios”.  Aunque hubiésemos estado más seguros si el escritor hubiese escrito “Espíritu Santo” en vez de “Espíritu eterno”, sabemos que Jesús era sin duda guiado por el Espíritu Santo. Por ejemplo, Lucas escribe: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto, donde por cuarenta días fue tentado por el diablo” (Lc. 4:1–2).

[c]. Cristo “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”. Como sumo sacerdote, Cristo se presentó a sí mismo como sacrificio. Se ofreció a sí mismo a Dios espontáneamente y sin mancha. Pero a diferencia del sumo sacerdote aarónico, que tenía que sacrificar un animal para quitar su propio pecado, el Cristo impecable (sin pecado) ofreció su cuerpo por los pecados de su pueblo. Él puso su vida por sus ovejas. Tal como lo testifica Juan al describir la muerte de Jesús en la cruz, éste “inclinó su cabeza y entregó el espíritu” (19:30). Jesús enfrentó la muerte voluntaria, determinada y conscientemente y se ofreció a sí mismo a Dios.

   ¿Por qué se ofreció Cristo a Dios? Para “purificar nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte”. En 6:1, el escritor había introducido la frase “de obras que llevan a la muerte”. Esta formulación implica los efectos destructores que el pecado tiene en la vida del creyente. Es decir, la sangre de Cristo limpia eficazmente la conciencia del creyente, apartándolo de una vida que lleva a la muerte espiritual y llevándolo a una vida vivida en amor y obediente servicio a Dios. El creyente obedece los mandamientos de Dios no por obligación sino por un sentido de gratitud por lo que Cristo ha hecho por El. El creyente, salvado de una vida de pecado que lleva a la muerte, vive ahora una vida de servicio para su Dios vivo

Consideraciones doctrinales en 9:11–14

La doctrina bíblica de la expiación enfrenta la oposición formulada por aquellos que describen a Dios como un Dios de amor. Ellos sostienen que Dios no podría haber exigido que Cristo derramase su sangre para aplacar a un Dios airado. Se oponen a la “teología de la sangre” porque, dicen ellos, la misma va en contra del amor de es un pecador que, a causa de su pecado, está condenado ante Dios.

Por su propia voluntad Cristo tomó el lugar del hombre pecador y pagó por él el castigo correspondiente. Al derramar su propia sangre, Cristo se esforzó para obtener redención eterna, es decir, para “traer salvación a aquellos que le están esperando” (9:28). El escritor de Hebreos sin lugar a dudas enseña la doctrina de la expiación. Él dice: “Cristo entró en el Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre” (9:12).

   En esta sección y en otras partes de su epístola, el escritor de Hebreos enseña la singular doctrina de que Cristo fue sacerdote y sacrificio. Cristo fue sujeto y objeto al mismo tiempo: sirvió al altar como sacerdote y fue puesto sobre el altar como sacrificio. Cristo derramó su sangre en la cruz del Calvario y entró figuradamente como sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del templo. La Escritura enseña que la ofrenda de su sacrificio fue completada en la tierra; en su capacidad de sumo sacerdote, Cristo entró en “el tabernáculo mayor y más perfecto” del cielo, o sea, ante la presencia de Dios.

   El escritor de Hebreos elimina detalles de las leyes que tenían que ver con el Día de la Expiación y con las purificaciones ceremoniales de personas declaradas inmundas. El omite a propósito estos detalles para poner en claro relieve el contraste entre la observancia externa de ceremonias religiosas y la transformación interior del hombre purificado por la sangre de Cristo. Esa es, para él, la diferencia que hay entre a la vida en los días del antiguo pacto y la vida en la era del nuevo pacto.

2° Título

Separando Cuidadosamente Lo Que Presentamos A Dios. Versíc. 13 y 14. 13Tomarás también toda la grosura que cubre los intestinos, la grosura de sobre el hígado, los dos riñones, y la grosura que está sobre ellos, y lo quemarás sobre el altar. 14Pero la carne del becerro, y su piel y su estiércol, los quemarás a fuego fuera del campamento; es ofrenda por el pecado.  (Léase Hebreos 13:12. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.).

   Comentario: [d]. Moisés debía quemar la grosura (o grasa) y partes selectas del animal sobre el altar, pero debía tomar lo demás, la parte mala —la carne, la piel y el estiércol—, y quemarlo fuera del campamento (w. 13-14). Este acto simbolizaba que el pecado (lo malo) tenía que llevarse fuera del campamento, lejos del adorador. También simbolizaba la ofrenda expiatoria: el acto de quitar los pecados por medio del sacrificio de uno (Jesucristo) ofrecido en favor de otro.

   Pensamiento 2. Jesucristo es quien consumó y cumplió este símbolo mediante su propia muerte en la cruz: fue crucificado fuera de los límites de Jerusalén, en el Calvario.

   “Por lo cual también Jesús, para santificar [limpiar, purificar, apartar] al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta [de la ciudad” (He. 13:12).

   “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

   “El cual se dio a si mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gá. 1:4).

   “Quien se dio a si mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14).

   Comentario: de Hebreos 13:12. Y así también Jesús sufrió fuera de la puerta de la ciudad para santificar al pueblo mediante su propia sangre.

    En base al versículo precedente, el escritor de Hebreos establece una comparación. El compara el propósito implícito en los sacrificios que se hacían en el Día de la Expiación con el sufrimiento que Cristo experimentó en la cruz. Tal como él lo explica en porciones anteriores de esta epístola, el sacrificio de Jesús es de una vez para siempre e incomparablemente superior. Hablar entonces de un paralelo entre estos versículos es correcto sólo en parte; solamente la frase fuera de la puerta de la ciudad es equivalente a “fuera del campamento”. La comparación en general busca destacar la obra de Jesús para santificar a su pueblo.

   El escritor supone que los lectores están plenamente familiarizados con el evangelio. En su epístola rara vez alude a la vida de Jesús en la tierra (5:7–8; 10:12; 12:2). Aquí describe el lugar donde Jesús sufrió— fuera de la ciudad de Jerusalén. Escribe que Jesús sufrió; quiere dar a entender la agonía que Jesús padeció en la cruz del Calvario.

    El sumo sacerdote entraba anualmente en el Lugar Santísimo, rociaba sangre animal y expiaba el pecado del pueblo. Jesús se hizo pecado por nosotros (2 Co. 5:21), cargó con la maldición que pesaba sobre nosotros (Gá. 3:13) y fue condenado según la ley a morir fuera de la puerta de la ciudad (Jn. 19:17–18).

   Por ejemplo, el hijo de la mujer israelita que blasfemó el nombre del Señor tenía que ser sacado del campamento, y la gente debía apedrearlo hasta la muerte (Lv. 24:11–16, 23; véase también Nm. 15:35).

   Acán fue sacado fuera del campamento y llevado al valle de Acor donde los israelitas lo apedrearon (Jos. 7:24–26; véase Hch. 7:58).500 A causa del pecado del hombre, Jesús tuvo que sufrir fuera de las puertas de la ciudad donde soportó la ira de Dios.

   Fuera de la puerta de la ciudad de Jerusalén, Jesús pagó por nuestros pecados sufriendo la agonía del infierno en la cruz cuando gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46; Mr. 15:34). Por medio del derramamiento de su sangre, Jesús quitó el pecado de su pueblo y lo santificó. Es decir, al cumplir las estipulaciones concernientes a la eliminación del pecado en el Día de la Expiación (Lv. 16:26–28), Jesús limpió a su pueblo y lo santificó. El escritor de Hebreos brevemente resume el propósito del sufrimiento de Jesús” “Para santificar al pueblo por medio de su propia sangre” En muchos lugares él ha explicado este punto y por consiguiente no necesita elaborarlo ahora (véanse 2:11; 10:10, 14; 12:14).

3er Título

Dedicación Exclusiva Al Servicio De Dios. Versíc. 15 al 18. 15Asimismo tomarás uno de los carneros, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del carnero.16Y matarás el carnero, y con su sangre rociarás sobre el altar alrededor. 17Cortarás el carnero en pedazos, y lavarás sus intestinos y sus piernas, y las pondrás sobre sus trozos y sobre su cabeza. 18Y quemarás todo el carnero sobre el altar; es holocausto de olor grato para Jehová, es ofrenda quemada a Jehová. (Léase Los Hechos 13: 2 y 3. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.).

   Comentario: [7]. (Éxodo 29:15-18) Sacrificios —Sistema Sacrificial —Sacerdocio —Carnero —Holocausto: La ceremonia de ordenación implicaba la dedicación de la vida entera. Observe que Aarón y sus hijos debían tomar un carnero entero y sacrificarlo al Señor. Este sacrificio simbolizaba una dedicación total: la dedicación de la vida entera del sacerdote al Señor. Consideremos las instrucciones que Dios dio a Moisés para ofrecer este carnero en holocausto:

  1. Los sacerdotes debían poner las manos sobre la cabeza del animal (v. 15).
  2. Debian matarlo y rociar su sangre por todos los lados del altar (v. 16).
  3. Debian cortar el carnero en pedazos y lavar las vísceras y las piernas (v. 17).
  4. Debian quemar todas las partes _el carnero entero sobre el altar para que el olor grato ascendiera a los cielos (v. 18). Este acto simbolizaba que Dios había aceptado el sacrificio y la dedicación de la persona. Él quiere y espera que las personas le entreguen a él todo lo que son y todo lo que tienen.

   Pensamiento 1. Los creyentes son sacerdotes delante del Señor, son sus representantes sobre la tierra (l P. 2:5, 9). Los sacerdotes de Dios, es decir, el pueblo de Dios, deben estar dispuestos a ascender por el altar y convertirse ellos mismos en sacrificio vivo para él. Dios no está interesado en quienes:

  • quieren seguir sus propios caminos y hacer las cosas a su manera;
  • tienen sus propios planes;
  • tienen sus propios objetivos y metas.

   Debemos dedicar todo nuestro ser al Señor; debemos rendirnos totalmente a Cristo. Nada menos que la entrega de todo nuestro ser y todas nuestras capacidades constituye el “carnero entero” sacrificado sobre el altar (V. 18).

   “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12;1-2).

   “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc. 9:23).

   “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).

   “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 P. 2:5).

   “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9).

   “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26).

   Comentario de los Hechos 13: Se comisiona a Bernabé y Pablo 13:1–3 (para su mayor comprensión)

   En los primeros tres versículos de este capítulo, Lucas continúa su relato acerca de la iglesia en Antioquía y la presenta como un importante centro de la fe cristiana (11:19–30). Uno de los primeros ministerios de la iglesia de Antioquía fue enviar ayuda a los creyentes de Jerusalén que estaban sufriendo por la hambruna (11:27–30).

   Luego, ganó prominencia cuando envió misioneros al mundo gentil, comenzando con Chipre y Asia Menor y siguiendo con Macedonia y Grecia. Lucas la menciona catorce veces, mientras que Pablo sólo lo hace una vez (Gá. 2:11). A medida que la iglesia va creciendo, Lucas llama la atención a Antioquía y no a Jerusalén como el centro de la actividad. Decisivamente pone a la iglesia en Antioquía al mismo nivel de la de Jerusalén cuando menciona los principales nombres de los dirigentes de esa iglesia.

   Versíc. 1. En la iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón llamado Niger, Lucio de Cirene, Manaén, el que se había criado con Herodes el tetrarca, y Saulo.

   Hagamos las siguientes observaciones:

[a.] La iglesia. En los primeros doce capítulos de Hechos, la palabra iglesia se refiere consistentemente a la

asamblea de los cristianos en Jerusalén. Pero cuando los creyentes en Antioquía reciban instrucción de Bernabé y Pablo, Lucas se refiere a ellos como una iglesia (11:26). Los cristianos en Antioquía llegaron a constituirse en iglesia cuando escucharon y predicaron el evangelio regularmente, recibieron instrucción en cuanto a la fe, nombraron a sus dirigentes e implementaron su visión para la misión al mundo. Sin embargo, sabemos que la iglesia es un cuerpo aun si sus miembros proceden de diferentes lugares y países. Los creyentes en Antioquía, por lo tanto, pertenecían a la misma iglesia a la que pertenecían los de Jerusalén.

[b]. El oficio. Había allí un grupo de profetas y maestros. Si partimos del griego, resulta difícil discernir si las palabras profetas y maestros se refieren a dos oficios separados o si una persona podía ser profeta a la vez que maestro. Pablo, por ejemplo, habla de “pastores y maestros” (Ef. 4:11); desde su perspectiva, una persona llena

un solo oficio con una función doble. Además, él pone a los profetas en una categoría por separado, la que es ubicada en la lista después de los apóstoles. Esto nos lleva a la conclusión de que el Nuevo Testamento revela una diferencia entre profetas y maestros. “Dado que los maestros exponen las Escrituras, cuidan de la tradición acerca de Jesús y explican los fundamentos del catecismo, los profetas, no estando limitados por las Escrituras o la tradición, hablan a la congregación sobre la base de revelaciones” (véase 1 Co. 14:29–32). Lucas describe a Bernabé y a Pablo como maestros en la iglesia antioqueña (11:26), pero en la lista de cinco nombres (13:1) él no dice nada específico en cuanto a quien es un maestro y quien es un profeta, y de esta forma deja el asunto sin resolver.

[c]. Los nombres. De los cinco dirigentes de la iglesia, Bernabé ocupa el primer lugar de la lista. Esto se entiende si se tiene en cuenta que la iglesia de Jerusalén lo comisionó para ministrar a las necesidades espirituales de los creyentes de Antioquía (11:22).

   La próxima persona en la lista es Simeón, llamado Niger. Es de asumir que otros también se llamaban Simeón, por lo tanto, es necesaria una identificación adicional. La palabra niger (que en latín quiere decir negro) indudablemente se refiere a la complexión y a la ascendencia étnica de Simeón. Dado que Lucas lo menciona junto con Lucio de Cirene, no es remota la posibilidad de que Simeón fuera también oriundo de África del Norte.

   No podemos averiguar si este Simeón sea el mismo Simón de Cirene, quien ayudó a Jesús a cargar con la cruz (Mt. 27:32), o si Lucio es aquel a quien Pablo menciona enviando saludos a los hermanos de Roma (Ro. 16:21). Ambos hombres probablemente estaban entre aquellos refugiados que, habiendo salido de Jerusalén a causa de la persecución que siguió a la muerte de Esteban, llegaron hasta Antioquía, habiendo sido oriundos de Chipre y de Cirene (11:19–20).

   Les sigue Manaén. Su nombre es una forma griega de la palabra hebrea Menaḥem que quiere decir “consolador”. Lucas dice “que se había criado con Herodes el tetrarca”. Esto permite suponer que lo que Lucas está tratando de decir es que Manaén era un hermano de leche de Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea y Perea (4:27; Mt. 14:1–12; Mr. 6:14–29; Lc. 3:1). Manaén, persona influyente de alcurnia real y cristiano de Antioquía, proveyó a Lucas con información acerca de Herodes Antipas y posiblemente de otros miembros de la familia de Herodes.

   La última persona es Pablo, incluido aquí por su nombre hebreo, Saulo. Por invitación de Bernabé él había ido a la iglesia antioqueña como maestro, precisamente cuando el trabajo empezaba a ser demasiado grande para Bernabé (11:25–26). “Entre los veteranos de Antioquía, con notable modestia, él se sentía contento con ocupar el último lugar”.

   Versículos 2 y 3. Adorando ellos al Señor y ayunando, el Espíritu Santo dijo, “Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado”. 3. Entonces después que hubieron ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron.

[a]. “Adorando ellos al Señor y ayunando”. El término adoración, un término religioso típicamente veterotestamentario, describía originalmente el servicio de los sacerdotes en el templo de Jerusalén (véase, p.ej. Lc. 1:23). Pero en el versículo 2, Lucas por primera vez lo aplica a la práctica cristiana. De esta manera está mostrando continuidad con el pasado, pero también está sugiriendo sutilmente un énfasis diferente, más espiritual. En la nueva forma de adoración, no vemos al sacerdote ante el altar, sino a cada creyente de la iglesia en oración.

   En estos versículos, Lucas también indica que los cristianos en Antioquía combinaban la oración con la costumbre judía del ayuno; estas dos prácticas eran celebradas juntas sólo en ocasiones especiales (véase 14:23).

   El contexto inmediato de los versículos 2 y 3 pareciera restringir la referencia a la adoración a los cinco profetas y maestros que Lucas ha mencionado (v. 1). Pero habría a lo menos tres objeciones a esta interpretación. Primero, un culto de adoración se realiza para que participen en él todos los creyentes de la iglesia. Segundo, toda la iglesia de Antioquía participó en comisionar a Bernabé y Saulo, ya que, al regresar, los misioneros informaron a la iglesia lo que Dios había hecho (14:27). Y tercero, el Espíritu Santo mueve a toda la iglesia y no sólo a cinco personas para ocuparse en el trabajo misionero.

[b]. “El Espíritu Santo dijo: “Apártenme a Bernabé y a Saulo, para la obra para la cual los he llamado”. Mientras la iglesia oraba, el Espíritu Santo habló a través de los profetas dando a conocer su voluntad. Dios, mediante su Espíritu, agranda a la iglesia y elige a sus siervos para que hagan la tarea que él les encarga. Dios, entonces, elige a Bernabé y a Saulo para la obra misionera.

   Jesús había llamado a Pablo para que fuera un apóstol a los gentiles, pero tanto él como Bernabé habían estado enseñando en la iglesia de Antioquía. Ahora, el Espíritu Santo revela a los creyentes su voluntad de que ambos se dediquen a una tarea específica: proclamar las Buenas Nuevas al mundo. Para la iglesia de Antioquía esto significa que al comisionar a Bernabé y a Pablo estarían perdiendo a dos maestros muy capacitados; que tendrían que prometer respaldarlos mediante la oración; y que Antioquía seguiría siendo un centro para las misiones.

   Tanto Pablo como Bernabé habían sido llamados para ser apóstoles a los gentiles. En realidad, cuando Lucas se refiere a ellos en su primer viaje misionero, los llama “apóstoles” (14:14; y véase 1 Co. 9:1–6). La tarea que el Espíritu Santo les asigna es dar a conocer al mundo el evangelio de Cristo y extender la iglesia hasta los confines

de la tierra (compare 1:8).

[c]. “Les impusieron las manos y los enviaron”. Después de un período de ayuno y oración, los dirigentes de la iglesia de Antioquía impusieron sus manos sobre Bernabé y Pablo. En Damasco, Ananías había hecho lo mismo con Pablo y de esta manera Pablo había recibido el don del Espíritu Santo (9:17). Aunque por varios años Bernabé y Pablo habían enseñado el evangelio de Cristo, la iglesia en Antioquía, oficialmente, les ordenó para que fueran misioneros a los gentiles. No fue sino hasta después que Dios los llamó para la tarea tan especial de proclamar el evangelio al mundo grecorromano (compare Gá. 1:16) que la iglesia antioqueña llevó a cabo la ceremonia externa de ordenarlos. El servicio de ordenación muestra claramente que misioneros e iglesia están unidos en el trabajo de las misiones.

Consideraciones doctrinales en 13:1–3

    A la luz del trabajo realizado por Bernabé y Pablo, ¿cuál es lo significativo en la ordenación que recibieron en

Antioquía? Primero, hasta ahora ni Pablo ni Bernabé han sido llamado un apóstol, pero cuando Lucas relata los sucesos de su primer viaje misionero les da el título de apóstoles (14:14). Segundo, los dos misioneros muestran milagrosos poderes de sanidad, predican el evangelio a judíos y a gentiles, y poseen autoridad igual a la que tienen los apóstoles Pedro y Juan.

   Y tercero, el paralelo entre Pedro y Pablo es evidente cuando sanan a un paralítico (3:1–10 y 14:8–10), reprenden a un mago o hechicero (8:18–24 y 13:6–12), y organizan iglesias (8:14–17 y 14:21–25). ¿Qué significa la ordenación de Bernabé y de Pablo? Los dos hombres “fueron consagrados a un trabajo que sería reconocido como el trabajo de los apóstoles y en el cual ellos actuarían con autoridad apostólica, manteniendo una posición correspondiente a la de los Doce”.

   Además, notemos el paralelo entre los doce apóstoles y Bernabé y Pablo. El Espíritu Santo llena a los doce apóstoles en Jerusalén el día de Pentecostés con lo cual quedan capacitados para dirigirse a las multitudes judías (2:1–41). Y el mismo Espíritu Santo dirige a la iglesia en Antioquía para que designen a Bernabé y a Pablo para que proclamen el evangelio a las multitudes gentiles. Los Doce están ocupados en la formación de la iglesia en Jerusalén que crece rápidamente, mientras Bernabé y Pablo son enviados por la iglesia antioqueña a organizar iglesias hasta los confines de la tierra (1:8).

   Comentario del Texto: Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1ª de Pedro 2:24).

Observamos los siguientes puntos: [a]. Manera. El primer punto que notamos es la semejanza que hay entre este versículo y la profecía de Isaías 53. Pedro sigue la redacción de la Septuaginta, pero aun en español vemos el parecido. Aquí van tres líneas del capítulo 53:

El llevó nuestras enfermedades (v. 4).

Llevará las iniquidades de ellos (v. 11).

Habiendo llevado el pecado de muchos (v. 12).

En segundo lugar, señalamos que Pedro ve esta profecía cumplida en Jesucristo. Por consiguiente, coloca este versículo dentro del marco de la vida terrenal de Jesús. Se refiere a la muerte de Jesús en la cruz.

En vez de la palabra cruz utiliza el término madero, que es una expresión idiomática tomada del Antiguo Testamento (Hch. 5:30; 10:39; 13:29). La ley declara explícitamente”:

“Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:22–23, VRV; véase también Gá. 3:13).

Pedro da a entender que Jesús soportó la maldición de Dios cuando sufrió y murió en la cruz. Enseña que Cristo dio su cuerpo en sacrificio por nuestros pecados (cf. Jn. 1:29; Heb. 9:28; 10:10). Es decir, Jesús, el que no tenía pecado, se hizo sustituto por nosotros tan cargados de pecado. Voluntariamente, tomó sobre sí la maldición que fue pronunciada sobre nosotros y por medio de su muerte la quitó.

[b]. Significado. ¿Cuál es el propósito de la muerte de sacrificio de Jesús? Pedro contesta: “Para que nosotros muramos al pecado y vivamos para la justicia”. Pedro dice literalmente: “para que quedemos totalmente alienados de nuestros pecados”. Por medio de su muerte, Jesús nos ha librado de la esclavitud del pecado, de tal modo que estamos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo (cf. Ro. 6:2–13; 2 Co. 5:15; Gá. 2:20). Apropiamos nuestra libertad de la tiranía del pecado cuando venimos a Dios en arrepentimiento y fe. Y demostramos nuestra vida en Cristo cuando obedientemente nos sometemos a Dios y hacemos su voluntad.

[c]. Consecuencia. Pedro termina este versículo con una cita de Isaías 53:5: “por sus heridas ustedes han sido sanados”. Dado que se dirige a los lectores, Pedro cambia de la primera persona plural a la segunda plural: “por sus heridas ustedes han sido sanados”. Si bien la traducción tiene el sustantivo plural heridas, el griego tiene la forma singular, que actualmente significa “una herida causada por flagelación”. Los esclavos que eran castigados injustamente por sus amos sin duda podían entender bien la descripción del sufrimiento de Jesús. La expresión sanados significa “ser perdonados”. Pedro está diciendo que los golpes que Jesús recibió antes de ser crucificado y las heridas que se le infligieron cuando estaba crucificado eran el castigo que Jesús pagó por la redención del creyente. La palabra sanado tiene un significado figurado, ya que “denota la restauración de la comunión divina por medio del perdón de los pecados, y todos los beneficios que acompañan la salvación”.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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