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Domingo 25 de julio de 2021“Cristo El Señor, Nuestra Paz Con Dios, Por Su Sacrificio”

Domingo 25 de julio de 2021“Cristo El Señor, Nuestra Paz Con Dios, Por Su Sacrificio”

    Lección: Levítico Cap. 7, versículos 28 al 32. 28Habló más Jehová a Moisés, diciendo: 29 Habla a los hijos de Israel y diles: El que ofreciere sacrificio de paz a Jehová, traerá su ofrenda del sacrificio de paz ante Jehová. 30Sus manos traerán las ofrendas que se han de quemar ante Jehová; traerá la grosura con el pecho; el pecho para que sea mecido como sacrificio mecido delante de Jehová. 31Y la grosura la hará arder el sacerdote en el altar, más el pecho será de Aarón y de sus hijos. 32Y daréis al sacerdote para ser elevada en ofrenda, la espaldilla derecha de vuestros sacrificios de paz.

   Comentario: La ofrenda de paz era de alguna manera el sacrificio más alegre de todos los sacrificios de Israel puesto que daba lugar al disfrute de una fiesta de celebración. Aun así, los sacerdotes sabían que debían poner mucho cuidado. El hecho de que el pueblo tuviera más participación no significaba que se pudiera bajar el listón o relajar la actitud hacia las cosas sagradas. Si bien la participación de los demás significaba que se debía vigilar más que nunca. Al igual que con los demás sacrificios, la ofrenda de paz debía ser aceptable, se debía poner especial atención en la pureza. Era inconcebible que el Dios de Israel, santo y majestuoso, pudiera participar en algo que tuviera algún atisbo de impureza, o el nivel de calidad fuera más bajo del que debía.

    Los cristianos, siendo todos sacerdotes del nuevo pacto, tienen la misma obligación de servir a Dios con diligencia como los sacerdotes a los que iban dirigidas las instrucciones de Levítico. Aunque la mayoría de las normas estaban dirigidas a aquellos que dirigían la adoración y ocupaban puestos de responsabilidad en el pueblo de Dios, las normas sobre la ofrenda de paz implicaban a todo el mundo, no sólo a los sacerdotes. Aún nos dicen que sirvamos a Dios con un cuidado meticuloso, no simplemente en los puestos de liderazgo al frente sino en nuestro andar diario, persiguiendo la santidad con una atención especial a los detalles de nuestra vida. Siguiendo en la misma línea de estas normas, los escritores del Nuevo Testamento nos animan a ofrecer nada menos que lo que se exigía que los hijos de Israel dieran a Dios. Santiago escribió: “La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Judas nos exhortó que tengamos “misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por la carne”.

   En este capítulo he aplicado las lecciones de esta sección a la forma en la que adoramos a Dios. Pero hay más aplicaciones que requieren exploración: la aplicación a la obra de Cristo, el sumo sacerdote. Este capítulo nos recuerda que los pecadores necesitan un sacerdote que sirva de mediador con Dios. Sin un sacerdote, su acercamiento sería en vano. Es un requisito que sigue estando tan vigente hoy en día como lo estaba entonces. Sin embargo, hay una diferencia: el sacerdote a quien acudimos no es uno de los muchos humanos que han recibido poder de la iglesia para servir en un altar, sino “un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre, quien se dio a sí mismo en rescate por todos”. Desde esta premisa, los demás aspectos de la enseñanza de este capítulo apuntan a Cristo. En su vida podemos ver cómo vive una obediencia precisa, llevada hasta la perfección, que es lo que requiere la adoración efectiva. Su sangre era verdaderamente preciosa.28 Al igual que el ministerio de los sacerdotes lo sostenía el alimento que recibían, así el ministerio de Jesús lo sostenía el Espíritu Santo. Al igual que intentaban preservar la pureza de la comida de comunión, así Jesús es el que era sin mancha. Una vez más, el significado de Levítico se cumple en Cristo.

   Comentario 2: Aarón, sus hijos y los sacerdotes recibieron el pecho y el muslo como su porción de la ofrenda de paz. El pecho nos habla del amor de Cristo hacia nosotros. Este amor está expresado especialmente en 3 pasajes Bíblicos. 1) en la carta del apóstol Pablo a los Romanos 5:8, que dice: Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 2) en otra carta del apóstol Pablo, la dirigida a los Gálatas 2:20, en la que el autor dijo de Cristo: me amó y se entregó a sí mismo por mí. Y 3), en el Evangelio de Juan 13:1, donde el escritor, hablando también de Jesús expresó lo siguiente: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.

   El muslo nos habla de la fuerza y el poder de Cristo, quien es capaz de salvar completamente y hasta las últimas consecuencias. En tal sentido se expresó el evangelista Juan en 10:27-30: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

Realmente, él ama a los que le pertenecen con un amor eterno. Así como los sacerdotes tenían su porción, ese amor y esa salvación constituyen nuestra porción en Cristo.

    Todos estos sacrificios del Antiguo Testamento no eran un fin en sí mismos. Los creyentes del Antiguo Testamento se salvaban por la fe, tal como nosotros, los creyentes de esta época, nos salvamos también por la fe. El Salmo 4:5, les decía a aquellos creyentes, y a nosotros: Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor. A Dios le agradaba cuando los sacrificios eran traídos con fe y una actitud de gratitud. (Salmos 50:12-15 y 51:19). Y, por el contrario, como expresó el profeta Malaquías en 1:7-14, a Dios le desagradaba cuando los sacrificios eran presentados con una rutina monótona por personas que, en su impureza, profanaban el significado espiritual de los mismos.

   Todos los sacrificios del Antiguo Testamento requerían un modelo más perfecto, que llegaría con la persona de Cristo en su primera venida a este mundo. El autor de la carta a los Hebreos 9:28, destacó las dimensiones presentes y futuras de Cristo, y dijo literalmente que habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan.

Texto: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

   Comentario: “Por eso, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1

   Bajo el título general La justificación por la fe, una exposición (1:16–11:36), Pablo ha demostrado que esta justificación es necesaria y real (1:16–3:31), y a la vez bíblica (cap. 4). En los capítulos 5–8 él demuestra que también es efectiva y fructífera.

   Es claro que en el pensamiento de Pablo los capítulos 5, 6, 7 y 8 forman una unidad. Los frutos de la justificación son expuestos en todos ellos. Además, en su último versículo cada uno de estos cuatro capítulos contiene la frase “por medio de (o en) Jesucristo (o Cristo Jesús) nuestro Señor”.

    Las clases de frutos varían de capítulo en capítulo. Aquí, en 5:1–11, la atención del oyente y/o lector es enfocada primeramente en la paz. En relación con ella se hace mención también de la libertad de acceso, el regocijo y la esperanza, una esperanza que está firmemente anclada y es igual a certeza con respecto a la salvación.

   Por medio del paralelo Adán-Cristo (vv. 12–21) la certeza y especialmente el carácter abundante de la salvación reciben una elucidación adicional.

    El apóstol ha alcanzado una nueva fase en la exposición de justificación por la fe. El ahora simplemente da por sentado que él mismo, y los destinatarios, han recibido y disfrutan de este maravilloso don. Es desde este hecho, tomado como punto de partida, que la exposición ahora procede.

   Las diversas unidades que componen los versículos 1 y 2 pueden ser agrupadas como siguen:

▬ a. “Por eso, habiendo sido justificados por la fe …”

   Las razones implícitas en este “por eso” se encuentran en los primeros cuatro capítulos; especialmente en 3:21–4:25.

b. “… tenemos paz para con Dios …”

   Respecto al significado del término paz, véase 1:7; 2:10. Como hacen bien claro 5:10, 11, en 5:1 el significado básico de la paz es la reconciliación con Dios por medio de la muerte de su Hijo. Esto comprende la remoción de la ira divina que pesaba sobre el pecador, y la restauración de este último al favor divino.

   El hecho que la paz objetiva aparece aquí en primer plano no significa, sin embargo, que el goce subjetivo de esta gran bendición esté ausente de la mente de Pablo. ¿Cómo podría él pensar en la causa sin considerar el efecto, a saber, la condición de descanso y contentamiento presente en los corazones de los que saben que los pecados del pasado han sido perdonados, que los males del presente están siendo dirigidos para su bien, y que los acontecimientos futuros no pueden causarnos separación del amor de Dios? La mención de esta “paz que sobrepuja todo entendimiento” (Fil. 4:7) hace que la transición al próximo punto sea muy natural

▬ c. “… por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien hemos logrado acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos …”

   Fue la sangre de Cristo, representando todo su sacrificio vicario, la que trajo la reconciliación, y fue su Espíritu el que trajo a los corazones de todos los verdaderos creyentes el aprecio de lo que la redención por medio de la sangre había logrado. Así que ciertamente fue por medio de la persona y obra del Salvador, apropiada por la fe, que se efectuó el acceso a este estado de gracia—esto es, el estado de justificación. Además, el acceso a este estado de gracia implica un acceso confiado al Padre (Ef. 2:8; 3:12) y a su trono de gracia (Heb. 4:16).

   Es “nuestro Señor (Dueño, Amo) Jesús (Salvador) Cristo (Ungido)” quien, habiendo pagado la deuda de su pueblo, los presenta al Padre. Es él quien no solamente “intercede” por ellos (Ro. 8:34) sino que, cosa aún más significativa, “siempre vive para interceder” por ellos (Heb. 7:25). Y si aún su intercesión por ellos durante su estadía en la tierra estaba llena de consuelo (léase Jn. 17), ¿puede su ruego por ellos, ahora que él ha regresado al cielo, investido con los méritos de su cumplida redención, ser menos precioso y efectivo?

d. “… y nos; regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios”.

   Esta “gloria de Dios” indica la maravillosa salvación que Dios tiene reservada para los que ponen su confianza en él. Véanse pasajes tales como los siguientes: Ro. 2:7; 8:18, 30; 1 Co. 15:43; 2 Co. 4:17; Col. 1:27b; 3:4; 2 Ti. 2:10. Para al significado de la palabra griega aquí traducida “regocijemos” véase sobre 2:17. Sin duda lo que Pablo tiene en mente es: “Nosotros no nos jactamos de nuestros propios logros, como lo hace cierta gente que se considera justa, sino que colocamos toda nuestra confianza en Dios. En él nos regocijamos grandemente”.

En Jesucristo, sólida Roca, me sustento;

Lo demás es sólo arena, que se lleva el viento. (Edward Mote)

   En realidad, sin embargo, el apóstol no dice: “Nos regocijamos en la gloria de Dios”, sino: “Nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios”. A la luz de Col. 1:27 el significado probable es: “Nos regocijamos grandemente cuando consideramos la sólida base que tiene la expectativa de la bienaventuranza futura”. sobre Col. 1:27. En principio tenemos esta bienaventuranza aquí y ahora; en perfección, al regreso de Cristo.

1er Titulo: Ofrenda voluntaria que restauraba la paz con Dios. Versíc. 28 y 29. 28Habló más Jehová a Moisés, diciendo: 29 Habla a los hijos de Israel y diles: El que ofreciere sacrificio de paz a Jehová, traerá su ofrenda del sacrificio de paz ante Jehová. (Léase Levítico 22:21. Asimismo, cuando alguno ofreciere sacrificio en ofrenda de paz a Jehová para cumplir un voto, o como ofrenda voluntaria, sea de vacas o de ovejas, para que sea aceptado será sin defecto. ▬ Colosenses 1:20 al 22. y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él).

    Comentario 1: Levítico 22:21. La sección termina con una discusión larga de los animales para el sacrificio. Así como un defecto físico prohibió funcionar al sacerdote, también era necesario que no trajeran animales con defectos físicos para sacrificar. Por supuesto, este llegó a ser muy legalista en el tiempo de Cristo, pero la idea es que debe presentar a Dios lo mejor de su rebaño. Los defectos mencionados en los vv. 19–24 parecen ser los del sacerdote.

   También alista la edad mínima para un animal (v. 27). Dice que debe comer la porción designada en el mismo día (v. 30).

   El resumen vuelve al tema principal de la santidad de Dios y la necesidad de no profanar su nombre. Él les sacó de Egipto con un propósito y no pueden cumplir con el mismo si no aceptan ser diferentes: ser santos (ver 20:22, 23).

   Comentario 2: Colosenses 1:20 al 22. El amor reconciliador del Hijo hacia los colosenses y el deber que de él se desprende, continuar en la fe: [21, 22ª]. Y vosotros, que una vez fuisteis alejados y hostiles en disposición, como lo mostraban vuestras malas obras, él en su cuerpo de carne, a través de su muerte, os ha reconciliado.

   El apóstol ahora testifica con gozo que los colosenses también han sido hechos recipientes de este maravilloso don de la reconciliación, una reconciliación que para los hombres cuyos corazones han recibido a Cristo tiene un significado mucho más precioso y bello que para el mundo en general. Pablo recuerda a los colosenses el gran cambio que ha ocurrido en sus vidas, para que este recuerdo haga que la sola idea de volver a su antigua manera de vida (cf. Col. 3:7) les sea aterrorizador. El significado es: “estuvisteis separados de Cristo, alienados de la república de Israel, y extraños a los pactos de la promesa, no teniendo esperanza y sin Dios en el mundo … muy lejos … teniendo el entendimiento entenebrecido, alienados de la vida de Dios” (Ef. 2:12, 13; 4:18). Este estado de enajenación, sin embargo, no se debía simplemente a ignorancia o inocencia. ¡No existen paganos inocentes! Por el contrario, ellos eran extraños y hostiles en disposición. Era su propia culpa que habían estado y habían permanecido por mucho tiempo “muy lejos”, porque ellos efectivamente odiaban a Dios; y cuando Dios, a través de la conciencia y la revelación en la naturaleza, se les dio a conocer en cierta medida, ellos en su hostilidad “suprimieron la verdad por su injusticia” (Ro. 1:18–23). Semejante hostilidad humana inexcusable (la cual es por naturaleza la condición del pecador) merece la ira de Dios (Ro. 1:18; Col. 3:6). Por lo tanto, los pecadores son por naturaleza “hijos de ira” (Ef. 2:3). Además, la disposición interior de aversión a Dios y de antipatía a la voz de la conciencia que primeramente había caracterizado a los colosenses, también se había manifestado a sí misma en obras perversas, obras como las que se enumeran bien específicamente en Col. 3:5–9.

   Pero ahora todo esto era cosa del pasado, por lo menos básicamente. Por medio de la sangre del Hijo del amor de Dios se había hecho la paz. El, es decir, el Hijo del amor de Dios, en su cuerpo de carne (ese fue la esfera de la reconciliación), y por medio de su muerte (ese fue el instrumento), hizo que los colosenses regresaran a una correcta relación con Dios. Cuando se habla de un regreso, no se quiere decir con eso que hubo un tiempo hace muchos, muchos años, en que los colosenses fueron cristianos, sino el sentido es que para ellos la implantación de la paz entre el corazón paternal de Dios y el alma del pecador fue un volver otra vez al estado de rectitud en que Dios había creado al hombre en el principio. (Por supuesto que la gracia introduce al pecador rescatado a una condición que es muchísimo mejor que la que había antes de la caída). Por la gracia soberana de Dios, el hijo pródigo vuelve a su hogar del cual había sido desterrado o alejado (véase el v. 21; también Lc. 15:11–24). Ese es el significado de la reconciliación. Dios es reconciliado con el pecador y el pecador con Dios mediante la muerte expiatoria de Cristo. “El Dios reconciliado justifica al pecador que acepta la reconciliación, y de tal manera opera en su corazón mediante el Espíritu Santo que el pecador también ponga a un lado su perversa separación de Dios, y así participe de los frutos de la expiación perfecta de Cristo”.

   Nótese una vez más la expresión “en su cuerpo de carne”, un hebraísmo que significa el cuerpo humano de Cristo, y por extensión, el total de su existencia física aquí en la tierra, en la cual satisfizo las demandas de la ley y llevó su castigo. (Cf. Lc. 22:19; 1 Co. 11:27; He. 10:10; 1 P. 2:24) Es probable que aquí se esté haciendo un contraste entre “cuerpo de carne” y “cuerpo, la iglesia” del versículo 18. Debe añadirse, sin embargo, que el Espíritu Santo, quien inspiró Colosenses (como también el resto de la Escritura), previó el tiempo cuando los docetas enseñarían que Cristo apareció a los hombres en un cuerpo espiritual, y dado que él no tenía un cuerpo físico, sólo pareció sufrir y morir en una cruz. Col. 1:22 pronuncia el “mentís” a esa teoría.

   [22b]. Ahora se procede a declarar el propósito de la obra reconciliadora del Hijo, en la forma que ella afectó a los colosenses: para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de sí mismo. Nótese bien: santos, esto es, limpios de todo pecado y separados por completo para Dios y su servicio; sin mancha: sin ningún defecto (Fil. 2:15), como un sacrificio perfecto; e irreprensibles: sin tacha en absoluto (1 Ti. 3:10; Tit. 1:6, 7).

   La presentación de la que aquí se habla debe entenderse como definidamente escatológica, es decir, como refiriéndose a la gran consumación, cuando Cristo vuelva sobre las nubes en gloria. Esto se desprende de la cláusula condicional “si, en verdad, continuáis en la fe …” Es reconfortante saber que no sólo los apóstoles miraron hacia adelante con un gozo anticipado al tiempo en que presentarían el fruto de la gracia de Dios y de la labor de ellos (siendo colaboradores de Dios 1 Co. 3:9), como una virgen pura a Cristo, el novio (2 Co. 11:2; Fil. 1:10; 2:16; 1 Ts. 2:19, 20; 1 Jn. 2:28), sino que también Cristo mismo lo hace (Ef. 5:27). También a él son aplicables las palabras de Sof. 3:17, “se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos”. Esta gloriosa presentación es mencionada aquí como siendo el propósito de la reconciliación.

   [23]. Ahora bien, en conexión con esta gloriosa presentación (que se efectuará en la venida del Señor), hay una condición que debe cumplirse. Por lo tanto, Pablo prosigue: si, en verdad, continuáis en la fe, cimentados y firmes … El cuidado divino presupone siempre la perseverancia por parte del hombre. La perseverancia prueba el carácter genuino de la fe, y, por lo tanto, es indispensable para la salvación. Ciertamente, nadie puede continuar en la fe en virtud de su propia fuerza (Jn. 15:5). Necesitamos la gracia capacitadora de Dios desde el principio hasta el fin (Fil. 2:12, 13). Sin embargo, esto no anula la responsabilidad y actividad humanas. Sí, actividad, un esfuerzo continuo, perseverante y enérgico (He. 12:14). No obstante, debemos notar que esta es precisamente la actividad de la fe (cf. 1 Ti. 2:15), no una fe en nosotros mismos, sino en Dios. En esta forma ellos estarán “cimentados y firmes”, esto es, firmemente establecidos sobre el solo y único fundamento, el fundamento de los apóstoles (por su testimonio). Cristo es la piedra angular de este fundamento (1 Co. 3:11; Ef. 2:20; Ap. 21:14, 19, 20). La cláusula condicional continúa: y no sois movidos de la esperanza que se deriva del evangelio que habéis oído. El peligro amenazaba; y era de un carácter doble, como ya lo hemos indicado (véase Introducción, III B; IV A). Por lo tanto, estas palabras llevan consigo la idea de que el apóstol está advirtiendo a los colosenses de volver otra vez a su estado anterior con todos sus vicios que destruyen el alma (Col. 3:5–11) y de la “solución” recomendada por los que no querían reconocer a Jesucristo como el Salvador completo y todo suficiente. No dejen que les quiten o que les aparten de la esperanza—expectación ardiente, completa confianza, espera vigilante—de la que habla el evangelio y que el evangelio origina, ese evangelio que los colosenses “habían oído”, esto es, que no sólo lo habían escuchado, sino que también lo habían obedecido. Véase arriba sobre Col. 1:6–8. Además, ese evangelio no era destinado solamente para un grupo selecto—los maestros del error que estaban en Colosas bien podrían haber pensado que ellos eran un grupo exclusivo—ni estaba limitado a alguna región particular; por el contrario, era el evangelio, el cual, en obediencia al mandamiento del Señor (Mt. 28:19; especialmente Mr. 16:15), ha sido predicado entre toda criatura bajo el cielo. El evangelio no conoce fronteras, sean raciales, nacionales o regionales. Siempre será el evangelio “para todo aquel que cree”. Habiendo llegado a Roma, desde donde se estaba escribiendo esta epístola, había invadido todo centro de población grande del mundo que en ese entonces se conocía. Hay más sobre este tema en el v. 6. Con profunda emoción y gratitud humilde, el apóstol concluye esta sección uniéndola al párrafo siguiente por las palabras: y del cual yo, Pablo, fui hecho ministro. La verdadera profundidad de estas palabras sólo puede entenderse a la luz de pasajes tales como 1 Co. 15:9; Ef. 3:8 y 1 Ti.1:15–17. Un ministro del evangelio es aquel que conoce el evangelio, que ha sido salvado por el Cristo del evangelio y que con gozo proclama a otros el evangelio. De este modo, sirve la causa del evangelio.

2° Titulo: Dios educando al pueblo para traer personalmente su ofrenda. Versíc. 30. 30Sus manos traerán las ofrendas que se han de quemar ante Jehová; traerá la grosura con el pecho; el pecho para que sea mecido como sacrificio mecido delante de Jehová. (Léase 1ª de Crónicas 16: 28 y 29. Tributad a Jehová, oh familias de los pueblos, Dad a Jehová gloria y poder. Dad a Jehová la honra debida a su nombre; Traed ofrenda, y venid delante de él; Postraos delante de Jehová en la hermosura de la santidad.).

   Comentario: 1ª de Crónicas 16: 28 y 29: Deja que Dios sea glorificado en nuestras alabanzas. Que otros sean edificados y enseñaron, que los extraños a él pueden verse abocados a adorarlo. Vamos nosotros a nosotros mismos el triunfo y la confianza en Dios. Aquellos que dan gloria al nombre de Dios se le permite a la gloria en el mismo. Deje que el pacto eterno sea el gran asunto de nuestra alegría a su pueblo de la antigüedad, serán recordados por nosotros con gratitud a él. Mostrar de día en día su salvación, su salvación prometida por Cristo. Tenemos razones para celebrar ese día a día; para que todos los días recibimos el beneficio, y es un tema que no puede ser agotado. En medio de alabanzas, no hay que olvidar a orar por los siervos de Dios en la angustia.

3er Titulo: Intercesión de Aarón, figura de la intercesión perfecta de Cristo. Versíc. 31 y 32. 31Y la grosura la hará arder el sacerdote en el altar, más el pecho será de Aarón y de sus hijos. 32Y daréis al sacerdote para ser elevada en ofrenda, la espaldilla derecha de vuestros sacrificios de paz. (Léase 1ª de Juan 2:1 y 2. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.).

    Comentario: Defensor y sacrificio: 2:1–2:  Aparte de Jesús, no hay nadie que sea libre de pecado. Aun si conocemos la ley y los preceptos de Dios, tropezamos y pecamos de vez en cuando. ¿Qué remedio hay para la persona que ha caído en pecado? Juan da la respuesta señalando a Jesucristo, que es nuestro ayudador. [1]. Queridos hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a alguien que habla ante el Padre en defensa nuestra—Jesucristo, el Justo. Juan se dirige a sus lectores con términos de afecto y la mejor traducción es “queridos hijos míos”. Él es su padre espiritual, por así decirlo, y ellos son sus hijos. Esta expresión aparece con cierta frecuencia en esta epístola, razón por la cual llegamos a la conclusión que la misma refleja la autoridad de Juan como apóstol en la iglesia y revela al mismo tiempo su avanzada edad. Él es la persona que puede a la vez relacionarse con los padres y con los jóvenes, y dirigirse a ellos en términos cariñosos.

a. Consuelo. Juan escribe en primera persona singular (“Os escribo esto”) como un amoroso pastor que exhorta a sus lectores a no caer en pecado. Nótese que no está diciendo que viven en pecado; la comunión de ellos con Dios descarta esto. Pero Juan está plenamente consciente de la debilidad humana y del poder seductor de Satanás. Él se refiere a asuntos que ya subrayara en el capítulo precedente y dice: “Os escribo [estas cosas] para que no pequéis”. Se coloca a la par de sus lectores y los alienta en su lucha en contra del pecado. Sabe que desean vivir una vida santa, pero que ocasionalmente pecan. El pecado separa y aleja al pecador de Dios. Juan escucha el ruego del creyente que ha caído en pecado y que pregunta: “Pastor, ¿Qué debo hacer?”.

   Juan ofrece palabras de consuelo “pero si alguno peca, tenemos a alguien que habla ante el Padre”. Aunque un creyente cometa algún pecado, todavía sigue siendo un hijo de Dios. La comunión entre el Padre y el hijo o hija es interrumpida a causa del pecado, pero la relación Padre-hijo continúa, a menos que el hijo rehusé reconocer su pecado. ¿Cómo se restaura entonces la comunión?

b. consejero. “Tenemos a alguien que habla ante el Padre en defensa nuestra”, escribe Juan, “a Jesucristo, el Justo”. Tenemos un Abogado. La versión que utilizamos amplía el concepto de abogado y lo especifica con la frase “alguien que habla … en defensa nuestra”. Imaginemos una corte legal ante la cual el culpable es llamado a comparecer. El pecador necesita un abogado designado por la corte para representarlo. Dios, que es el demandante, designa a su Hijo como intercesor y ayudante del acusado.

   Nuestro defensor es Jesucristo, a quien Juan describe como “el Justo” (compárese con Hch. 3:14). Como pecadores, tenemos el mejor ayudador posible, porque éste es justo. Es decir, en su naturaleza humana Jesús es nuestro hermano (Heb. 2:11), conoce nuestras debilidades (Heb. 4:15), nos salva (Heb. 7:25) y es nuestro intercesor. Él es también el Mesías de Dios, el Cristo, el que ha cumplido las demandas de la ley en lugar nuestro y que ha recibido por lo tanto el título del Justo. Como Abogado sin pecado él nos representa ante la corte.

   [2]. Él es el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino también por los pecados de todo el mundo. Juan desarrolla dos ideas en este versículo: la idea del sacrificio de Jesús y la del alcance de su sacrificio.

Consideraremos en primer lugar el sacrificio de Jesús.

▬ a. “Él es el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados”. Las traducciones de esta cláusula específica varían. Aquí tenemos algunas versiones representativas:

  1. “Y él es la propiciación por nuestros pecados” (RVR, BdA).
  2. “Él es sacrificio de purificación por nuestros pecados” (BJ).
  3. “El … expía nuestros pecados” (NBE).
  4. “Él es sacrificio de purificación por nuestros pecados” (NTdT).

   ¿Cuál es el significado de este texto? Las expresiones propiciación y expiación son términos teológicos que pertenecen a épocas anteriores. Por esta razón, hoy en día los traductores han tratado de encontrar equivalentes modernos de estos términos. Algunos han aportado una paráfrasis del texto; intentan aclarar su significado con las palabras sacrificio expiatorio sustituyendo así tanto la palabra “propiciación” como “expiación”.

   Antes de analizar más de cerca la redacción, debemos considerar un pasaje paralelo. En dicho pasaje Juan utiliza la misma redacción, pero el contexto enfatiza el amor de Dios. “Esto es amor. No que nosotros amamos a Dios, sino que él nos amó y envió a su Hijo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10; consultar también Ro. 3:25; Heb. 2:17). Por consiguiente, debemos notar que en su amor Dios entregó a su Hijo como sacrificio de expiación por nuestros pecados.

   Dios inició su amor por un mundo pecador al dar a su Hijo para cubrir el pecado y quitar la culpa. Este don tuvo como resultado la muerte de Jesús en la cruz. Jesús llegó a ser el sacrificio aceptable para efectuar la reparación y redimir al hombre de la maldición que Dios había pronunciado sobre el mismo. En cuanto a la relación quebrantada entre Dios y el hombre, Jesús trajo paz (Ro. 5:1) y reconciliación (2 Co. 5:20–21). Y con referencia al pecado del hombre ante Dios, Jesús lo quitó pagando la deuda (1 Jn. 1:7, 9). Con su sacrificio propiciatorio, Cristo quita el pecado y la culpa, demanda una confesión de pecado por parte del creyente e intercede ante Dios a favor del pecador.

▬ b. “Y no sólo por los nuestros sino también por los pecados de todo el mundo”. Aquí Juan se refiere al alcance del sacrificio propiciatorio de Cristo. Los estudiosos habitualmente comentan que el alcance de la muerte de Cristo es universal, pero que su propósito abarca a los creyentes. En otras palabras, la muerte de Cristo es suficiente para todo el mundo, pero eficiente sólo para los escogidos. Juan Calvino hace la observación, sin embargo, que, aunque estos comentarios son ciertos, los mismos no corresponden a este pasaje. La frase todo el mundo no abarca a toda criatura que Dios ha hecho, porque entonces también los ángeles caídos compartirían la redención de Cristo. La palabra todo describe al mundo en su totalidad, no necesariamente en su individualidad.

   En otro contexto, Juan distingue entre “los hijos de Dios” y “los hijos del demonio” (1 Jn. 3:1, 10) y luego llega a la siguiente conclusión: “Jesucristo puso su vida por nosotros” (v. 16). Jesús murió por todos aquellos que creen en él y que vienen “de toda nación, tribu, pueblo y lenguaje” como una “gran multitud que nadie puede contar” (Ap. 7:9).

Consideraciones prácticas acerca de 2:1–2

   El domingo durante el culto tú cantas las palabras de los himnos y de los salmos, y en compañía de tus hermanos de la iglesia recitas las palabras del Credo Apostólico. Pero durante la semana caes en pecado.

   ¿Cómo sabes entonces que eres un cristiano? En tus momentos de mayor debilidad la duda y la incertidumbre entran en tu mente y te preguntas si realmente eres miembro de la familia de los creyentes. Cuando has pecado, oyes la voz de Satanás acusándote ante Dios y diciéndole a él que de ninguna manera puedes ser uno de sus hijos. Además, la comunidad cristiana se entristece por tu pecado, y el mundo se cuestiona tu sinceridad cristiana. A causa de tu pecado, aunque oigas las palabras del himno: “En Jesucristo, el Rey de paz …”, las mismas carecen de significado para ti. Te falta la certidumbre de la salvación.

   A los cristianos a quienes les falta certeza, Juan les escribe el siguiente mensaje de consuelo y confianza: “Si alguno peca, tenemos a uno que habla ante el Padre en defensa nuestra—Jesucristo, el Justo” (2:1). Jesús es su ayudador. El murió por los pecadores y los representa como abogado defensor ante el estrado judicial de Dios. Y en base a su muerte él reclama un veredicto de inocencia. Jesús ha cumplido las demandas de Dios. Ha derrotado a Satanás y silenciado sus acusaciones. Cuando los creyentes vienen a él en oración y piden perdón, Jesús les ofrece una salvación gratuita y plena. El escritor de Hebreos da el siguiente testimonio: “Porque, ciertamente, no es a ángeles a quienes él ayuda, sino a los descendientes [espirituales] de Abraham. A causa de esto, él tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, para poder llegar a ser un misericordioso y fiel sacerdote al servicio de Dios, y para poder expiar los pecados del pueblo” (2:16–17).

¿Cómo sé que soy cristiano? Cuando acepto el testimonio de Jesús de que él ha muerto por mí y me ha limpiado de todos mis pecados, entonces “conozco a aquel en quien he creído” (2 Ti. 1:12). Y entonces movido por el agradecimiento, estoy listo y dispuesto a obedecer sus mandamientos y a hacer su voluntad.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.