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Domingo 23 de mayo de 2021.“Instrucciones Precisas Para La Correcta Labor Sacerdotal”

Domingo 23 de mayo de 2021.“Instrucciones Precisas Para La Correcta Labor Sacerdotal”

  Lección: Levítico Cap. 6, versículos 8 al 13. 8Habló aún Jehová a Moisés, diciendo: 9Manda a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del holocausto: el holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él. 10Y el sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá calzoncillos de lino sobre su cuerpo; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él las cenizas de sobre el altar, y las pondrá junto al altar. 11Después se quitará sus vestiduras y se pondrá otras ropas, y sacará las cenizas fuera del campamento a un lugar limpio. 12Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. 13El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará. 

   Comentario: El papel de los sacerdotes era crucial en la vida del pueblo de Israel. Eran los mediadores de todo lo que era santo. Se encontraban en la zona espiritual de peligro, mediando entre Dios y su pueblo, ofreciendo adoración e intercediendo por su perdón. Su trabajo, tal y como se define en Levítico 10:10, era “hacer distinción entre lo santo y lo profano, entre lo inmundo y lo limpio”, y enseñar “a los hijos de Israel todos los estatutos que el señor les ha dicho por medio de Moisés”.

   Hasta este punto, Dios, hablando a través de Moisés, se había dirigido a todos los israelitas mostrándoles sus responsabilidades como pueblo suyo (1:1–2, 4:1–2). Eran responsabilidades que tenían que llevar a cabo en persona y no las podía ejecutar nadie por ellos, así que el pueblo necesitaba ser instruido directamente y no por terceros. Pero los sacerdotes tenían un papel importante ayudando al pueblo de Israel a ofrecer sus sacrificios, así que era necesario que estos también recibieran instrucciones directas sobre temas que les atañían a ellos específicamente. Por lo tanto, en 6:8 entramos en una nueva fase, cuando el Señor le dice a Moisés: “Ordena a Aarón y a sus hijos” (6:9). La mayor parte de lo que se habla ya se ha tocado anteriormente, pero la perspectiva es diferente y nada de lo que se dice es una mera repetición. Se cubre de nuevo el terreno solamente si hay que añadir algo nuevo. Esta orden cubre los cinco sacrificios que ya se han presentado al pueblo de Israel. Cada ofrenda se presenta con las palabras Esta es la ley de(6:9, 14, 25; 7:1, 11). Estas palabras no sólo sirven para dividir las secciones sino también para indicar el alcance de lo que vamos a encontrar aquí. Esta ley es la administración ritual de los sacrificios y trata temas que eran de alta importancia para los sacerdotes, aunque no así para el pueblo. El hecho de que estos versículos estén dirigidos a los sacerdotes también explica por qué el orden en que se recuerdan los sacrificios es diferente al orden precedente. Anteriormente las ofrendas voluntarias se presentaron primero, seguidas de las ofrendas obligatorias de expiación. Aquí se tratan primero las ofrendas santísimas (2:3,10; 6:17, 25; 7:1, 6), las ofrendas en las que los sacerdotes tenían un papel más destacado (6:8–7:10). La ofrenda de paz, que podía ser consumida también por el pueblo y era sólo una ofrenda santa (a diferencia de una santísima), se considera en último lugar (7:11–21).

   La mayor impresión que nos queda de esta ley es la responsabilidad tan grande que recae sobre los hombros de los sacerdotes. La adoración que dirigían estaba marcada por “una atención escrupulosa a los detalles y una obediencia escrupulosa a las instrucciones de Dios”, sin los cuales la ofrenda no sería aceptada (ver, por ejemplo, 7:18). A nosotros estas leyes nos pueden parecer una serie de detalles puntillosos que nos hacen cuestionar a qué tipo de Dios servía Israel si estaba tan preocupado por el atuendo de los sacerdotes o las vasijas que utilizaban. Pero el problema es más bien nuestro y no suyo, puesto que cada instrucción minuciosa, aparte de tener un significado muy particular, enviaba una señal que decía que la obediencia a las palabras y a la voluntad de Dios era el acto de servicio más importante que podía hacer el pueblo de Israel, por lo tanto, la adoración debía llevarse a cabo con una excelencia y una exactitud exageradas. El Dios de Israel no podía ser adorado de cualquier manera, con una serie de rituales que se hacían de forma aleatoria y a última hora, según el capricho del sacerdote o del pueblo. La santidad de Dios exigía que los israelitas se acercaran a Él con cuidado, reverencia, humildad y adoración.

   Las responsabilidades de las personas que dirigen la adoración bajo el nuevo pacto no son menos que las que tenían los sacerdotes entonces. No se debe reducir el estándar de obediencia a la Palabra de Dios, ni el cuidado con el que se prepara la adoración, ni la calidad de excelencia con la que se practica, solamente por el hecho de que vivamos en tiempos de gracia y no de ley. Es a nosotros los cristianos, no a los israelitas del antiguo pacto, a quienes se nos exhorta que “demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”. Exigimos un alto nivel de profesionalidad y precisión de nuestros médicos, ingenieros, fontaneros y mecánicos. Un trabajo mal hecho por su parte no sólo nos causaría inconveniencias, o nos haría tener que invertir dinero para remediarlo, sino también podría costar vidas. ¿Cuánto más aquellos de nosotros que tenemos la responsabilidad de dirigir la adoración, que afecta al destino final y eterno de las personas, deberíamos tener este cuidado tan diligente?

   Hay una grave equivocación que a menudo lleva a los cristianos a confundir la adoración a Dios “en espíritu y en verdad” con alguna espontaneidad no preparada y una presentación descuidada. Muchos han comenzado a contrastar el espíritu y la forma de una manera desastrosa. Gordon Wenham, en un largo pasaje que merece la pena ser citado en su totalidad, pone al descubierto nuestra visión equivocada:

“La letra mata, pero el Espíritu da vida” es un texto que sacado de contexto (2 Co. 3:6) se puede usar para justificar los cultos y otras actividades cristianas que se dirigen de forma chapucera. La espontaneidad y la falta de preparación se equiparán con la espiritualidad. Levítico 6–7 niega este pensamiento: la atención y el cuidado de los detalles son indispensables para dirigir la adoración divina. Dios es más importante, más distinguido y merece mas respeto que cualquier hombre; por lo tanto, debemos seguir sus mandamientos al pie de la letra, si de verdad lo respetamos.

   Tenemos el ejemplo del mundo del espectáculo. Demuestra que no se puede conseguir una actuación grande y apasionada sin practica y atención a los detalles. Los grandes actores y músicos pasan horas estudiando y ensayando las obras que van a interpretar para que puedan capturar el espíritu del autor y reproducirlo en sus actuaciones. El público espera que los que van a interpretar busquen la perfección cuando actúen en la sala de conciertos. La adoración también es una actuación, una actuación en honor al Dios todopoderoso. Al igual que ninguna orquesta puede dar lo mejor sin un director competente y sin ensayar meticulosamente, así ninguna congregación puede adorar a nuestro Dios santo de manera digna si no hay una dirección cuidadosa por parte de un ministro bien preparado.

¿Dónde encontramos esta enseñanza en las instrucciones que se les da a los sacerdotes?

   -1. Que el fuego no se apague (6:8–13)

    La primera obligación del sacerdote se refería al holocausto, que se ofrecía a diario por la mañana y de nuevo por la noche. Consistía en la simple tarea de mantener vivo el fuego en el altar del holocausto. La primera instrucción (v. 9) se repite para dar énfasis en el clímax de este pequeño pasaje: “El fuego se mantendrá encendido continuamente en el altar; no se apagará” (v. 13).

   El fuego habla primordialmente de la presencia de Dios entre su pueblo. El Dios que se reveló a sí mismo a Moisés en el fuego de la zarza ardiente y a Israel como fuego en el Monte Sinaí, donde su voz “levantaba llamas de fuego” y quien guio a su pueblo con una llama de fuego en el desierto, a menudo los profetas lo compararían con una llama de fuego. El fuego era un buen símil para la santidad activa de Dios. El fuego en el altar del tabernáculo lo encendería Dios mismo (9:24), como señal de que aceptaba su ofrenda y de que moraba entre ellos. El fuego de Dios ya no se observaría de lejos en el desierto, en la cima de una montaña lejana o en una nube, sino en un altar en medio de la comunidad, y la llama se mantendría viva para simbolizar perpetuamente la cercanía de Dios con ellos. Pero la presencia de su Dios santo, así como el fuego, era a la vez reconfortante, una fuente de calor, purificadora y aterradora por su poder potencialmente destructivo. Así que a los sacerdotes se les prohibía “jugar con fuego” y se les mandaba que lo trataran con cuidado.

   El fuego, en segundo lugar, habla de la adoración de Israel. “El fuego perpetuo del altar —escribe Baruch Levine— expresa la devoción del pueblo de Israel a Dios, mostrando que estaban pendientes de Dios en todo momento en el santuario”. Era un símbolo de su adoración perpetua y el hecho de que estuviera en el altar del holocausto significa que era un recordatorio de su pecaminosidad continua, para la cual necesitaban pedir perdón cada día.

   Ya fuera con el fuego que mandaba Dios, como personificación de su presencia continua y santa con ellos, o el fuego que se ofrecía a Dios, permitiendo que su adoración ascendiera continuamente a Él, los sacerdotes tenían una tarea que desempeñar y necesitaban estar pendientes de llevarla a cabo. Nadie podía despreciarlo como si fuera una tarea demasiado nimia para que la desempeñara un sacerdote de Israel. El papel humilde de quitar las cenizas y poner madera nueva no era algo que estuviera por debajo de ellos. Ellos eran los siervos de Dios, llamados a cumplir su voluntad, fuera cual fuera.

     Los sacerdotes tenían que hacer todo esto como Dios les ordenara y no como ellos quisieran. Esto significaba que debían llevar a cabo su deber con regularidad, no periódicamente o cuando tuvieran ganas. El ritual diario, llevado a cabo cuidadosamente, hace que la rutina sea una virtud y ejemplifica una espiritualidad que busca estar en contacto con Dios constantemente. Como comenta Samuel Balentine: “Actos de adoración regulares, no ocasionales, hacen que la vida se centre en Dios. La observancia disciplinada, no descuidada o esporádica, de los ritos de fe mantiene a la persona en sintonía con las verdades que de otra forma se obviarían u olvidarían”.

   Los sacerdotes también debían cambiar su vestimenta entre una parte de la tarea y la otra (vv. 10–11). Vestimenta sacerdotal, incluyendo la ropa interior, sólo se debía llevar dentro del recinto del tabernáculo: ropaje santo para un lugar santo. Pero cuando los sacerdotes salieran de ese recinto para deshacer las cenizas fuera del campamento, en un lugar que, aunque estaba limpio, no era santo y, por lo tanto, estaba lejos de la presencia de Dios, debían cambiarse la vestimenta y llevar ropa normal. Debían evitar que sus ropas santas se profanaran. El hecho de que se cambiaran la ropa era un mensaje que hablaba sobre la necesidad de evitar que las cosas santas se devaluaran y se redujeran a algo sin importancia. Las cosas de Dios eran extraordinarias y se debían tratar como tales.

Texto: Romanos Cap. 12, versículo 1. Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 

   Comentario del texto áureo: 1. Os exhorto, pues, hermanos, vista la gran misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificios vivos, santos, y agradables a Dios, (lo que es) vuestro culto espiritual.

   Ya le primera expresión, a saber, “Os exhorto” (en el original es una sola palabra) indica el carácter no sólo del párrafo inicial, sino también el de los cinco capítulos finales de esta epístola. No es que la exhortación haya estado totalmente ausente de los capítulos anteriores, pero en términos generales es exposición lo que encontramos en Ro. 1–11, en tanto que la exhortación predomina en Ro. 12–16.

   Es como “un apóstol llamado” (1:1), “un ministro de Cristo Jesús” (15:16), revestido de autoridad, que Pablo, en un espíritu de amor y preocupación, exhorta a sus hermanos muy amados de la iglesia de Roma. Respecto a esta palabra “hermanos” véase lo que se ha dicho anteriormente sobre Ro. 1:13; 7:1. Pablo literalmente exhorte a quienes se dirige a ofrecer sus cuerpos como sacrificios a Dios. No obstante, 6:11–15 deja claro que en un contexto tal la palabra cuerpo se refiere a toda la personalidad; véase también Fil. 1:20. Calvino dice: “Al hablar de cuerpos él no se refiere solamente a nuestra piel y a nuestros huesos sino a la totalidad de lo que nos compone. El adoptó esta palabra para poder designar más completamente todo lo que somos, ya que los miembros del cuerpo son los instrumentos por medio de los cuales llevamos a cabo nuestros propósitos”.

   Pablo dice que estos sacrificios deben tener las siguientes características: deben ser “vivos”, es decir, deben proceder de la nueva vida que hay dentro del creyente; “santos”, producto de la influencia santificadora del Espíritu Santo; y, por consiguiente, “agradables” a Dios, no sólo aceptados por Dios sino muy gratos a Aquel a quien los creyentes se dedican.

   El apóstol añade: “Que es vuestro … culto”. Lo que se ha dicho anteriormente (véase sobre 9:4) sobre esta palabra culto tiene también vigencia aquí. Pablo está pensando en la acción de adorar, la consagración total del corazón, la mente, la voluntad y los hechos, en realidad todo lo que uno es, tiene y hace, a Dios. ¡Nada menos!

   El brindar tal devoción constituirá vuestro culto logiken, dice Pablo. El debate sobre logiken (acus. sing. f. de logikos) continúa. La palabra nos recuerda de la palabra lógico. Pero el significado de una palabra no es determinado en primer lugar por su etimología, sino por su uso en determinados contextos. Con todo, en caso presente lógico, en el sentido de razonable, merece consideración. Varios traductores han aceptado “razonable” o “racional”. Mientras escribo esto, estoy examinando dos volúmenes de W. a Brakel, una obra holandesa sobre teología sistemática, a la cual este autor diera por título, basándose en Ro. 12:1, Redelijke Godsdiest (Leiden, 1893), es decir, Religión razonable (o Razonable culto a Dios). Según esta interpretación, lo que Pablo está diciendo es que brindarle a Dios una devoción de todo corazón es el único culto razonable o lógico.

   Pero, aunque esta interpretación del adjetivo griego tiene sentido, no es la única posible, quizá ni siquiera la mejor. En el único otro pasaje en que el adjetivo ocurre, a saber, 1 P. 2:2, el mismo significa espiritual, como lo evidencia el contexto. ¡Pedro no puede haber estado refiriéndose a una leche lógica o razonable! Además, en el contexto él menciona “una casa espiritual” y “sacrificios espirituales”.

   No debe causar sorpresa, entonces, que varios traductores hayan aceptado para Ro. 12:1 la traducción “culto espiritual”.

   Pero, aunque “espiritual” bien puede ser lo mejor traducción del adjetivo que Pablo usa, el significado de 12:1, considerado como unidad, es ciertamente este: que es justo y correcto—y por ello lógico, razonable—que aquellos que han sido grandemente privilegiados se ofrezcan a Dios de todo corazón como sacrificios vivos, santos, y agradables a él. De hecho, el énfasis de 12:1 recae sobre la palabra “pues”.

   Lo que el apóstol está diciendo es que vista la misericordia de Dios se impone una respuesta voluntaria y entusiástica de gratitud. En consecuencia, cuando él en esta conexión menciona “la gran misericordia de Dios”, ha de estar refiriéndose a la maravillosa bondad de Dios descrita en los primeros once capítulos de esta carta: su bondad (2:4), paciencia (9:22; 11:22), amor (5:5; 8:35, 39), y gracia (1:7; 3:24; 4:16; 5:2, 15, 20, 21; 6:1, 14, 15, 17; 11:5, 6). Él debe estar pensando en particular en su gran tema, a saber, la justificación por la fe, una justificación basada solamente en el autosacrificio substitutivo de Cristo (3:24, 25). Lo que él está diciendo es, entonces, que esta soberana misericordia divina requiere una vida de dedicación total y de compromiso con todo el corazón. ¡Los sacrificios de animales no servirán! Lo que se requiere es nada menos que una entrega personal y completa nacida de la gratitud.

   Por consiguiente, lo que el apóstol enseña aquí es que la ética cristiana se basa en la doctrina cristiana. De allí que 1 Co. 15:1–57 sea seguido por 15:58s; 2 Co. 1:3, 4a por 1:4b s; 5:1–8 por 5:9s; Ef. 2 y 3 por Ef. 4; 4:32b. por 5:1; Fil. 3:20, 21 por 4:1; Col. 2 por el cap. 3; y Ro. 1–11 por 12–16.

   Al volver una vez más a los primeros capítulos de la epístola de Pablo a los romanos y al repasar desde allí a vuelo de pájaro el resto de este precioso escrito, uno no puede dejar de percatarse que en 1:1–3:20 se describen el pecado y la miseria del hombre; que en 3:21–11:36 se abre ante uno el camino de la salvación; y que en 12:1– 16:27 se le muestra al creyente rescatado cómo debe responder, a saber, por medio de una vida de gratitud a Dios y de servicio hacia los hijos de Dios y, de hecho, hacia todos.

   Esto trae a nuestra mente varios pasajes del Salterio, y en especial el Sal. 50:15; “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tu me honrarás”; y también el Sal. 116:

MISERIA

Me rodearon ligaduras de muerte,

me encontraron las angustias del Seol;

angustia y dolor había yo hallado.

SALVACION

Entonces invoqué el nombre del Señor,

diciendo: Oh Señor, libra ahora mi alma.

Estaba yo postrado y me salvó.

GRATITUD

Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor.

Ahora pagaré mis votos el Señor delante de todo su pueblo.

   Esto demuestra cuán apropiados son la Pregunta y Respuesta número 2 del Catecismo de Heidelberg:

  1. Cuántas cosas debes saber para poder vivir y morir piadosamente con ese consuelo?
  2. Tres cosas. Primera: Cuán grandes son mi pecado y mi miseria. Segunda: Cómo soy redimido de todos mis pecados y mi miseria. Tercera: Cómo he de agradecer a Dios esa redención.

   La división en estas tres partes no es, empero, rígida o mecánica. Aun en el Sal. 116:1, 2 la redención ya queda claramente indicada, tal como sucede también con Ro. 1:16, 17; y en lo concerniente al Catecismo de Heidelberg, aun su primera pregunta y respuesta famosas incluyen la totalidad de las “tres cosas” que son necesarias.

1er Titulo:

Deber de los sacerdotes, presentar la ofrenda cada día tal como Dios lo ordeno. Versíc. 8 y 9. 8Habló aún Jehová a Moisés, diciendo: 9Manda a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del holocausto: el holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él. (Léase Ezequiel 44: 15. Mas los sacerdotes levitas hijos de Sadoc, que guardaron el ordenamiento del santuario cuando los hijos de Israel se apartaron de mí, ellos se acercarán para ministrar ante mí, y delante de mí estarán para ofrecerme la grosura y la sangre, dice Jehová el Señor.).

   Comentario: Ezequiel 44: 15. Lo más significativo de este texto es que ellos estarían delante del pueblo y no de Dios, algo que un ministro de Dios debe tener como un castigo por el pecado cometido. Termina diciendo que cargarían con su afrenta (v. 13) palabra (kelimah3639) que tiene que ver con confusión, vergüenza. El ministro debe tener un compromiso con su Señor de tal manera que mantenga los desafíos morales y espirituales, aunque el pueblo al que ha sido colocado para servir los baje. Como Dios le dijo al profeta Jeremías: “¡Que ellos se vuelvan a ti; pero tú no te vuelvas a ellos!” (Jer. 15:19).

   Luego de los levitas el profeta dirige su atención a los sacerdotes levitas, los hijos de Sadoc que cumplieron con mi ordenanza relativa a mi santuario (v. 15). Ellos sí estaban en condiciones se acercarse a Dios. Entre los vv. 11–13 y 15, 16 hay un agudo contraste.

   Las consecuencias del pecado son más notables cuando se hace esta comparación. Aquí uno se da cuenta de cuánto ellos habían perdido por no cumplir con las demandas de su ministerio.

   Si el propósito del profeta es mantener la santidad del santuario pues el Dios santo estaba allí, los ministros debían estar a la altura de las demandas que ese mismo Dios les había hecho.

2° Titulo:

Vestiduras adecuadas para ministrar delante de Dios. Versíc. 10 y 11. 10Y el sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá calzoncillos de lino sobre su cuerpo; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él las cenizas de sobre el altar, y las pondrá junto al altar. 11Después se quitará sus vestiduras y se pondrá otras ropas, y sacará las cenizas fuera del campamento a un lugar limpio. (Léase Eclesiastés 9:8. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. ¾ 2ª a Timoteo 2:15. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.).

   Comentario 1: Eclesiastés 9:8. En los vv. 7 al 10 tenemos una apreciación positiva de la vida, el disfrute de los bienes elementales, pero en su justa proporción. En cuanto queremos hacer un absoluto de ellos se transforman en aflicción de espíritu. Se ha señalado el paralelo de este pasaje con el poema de Gilgames: “Tú, Gilgames, llena tu vientre, alégrate día y noche. Haz cada día una fiesta de regocijo; baila y salta día y noche. Que tus vestidos estén limpios, tu cabeza lavada; báñate en agua. Presta atención al pequeño (niño) que tienes en tus manos. Que tu esposa se deleite en tu regazo. Porque esta es la tarea de la humanidad.” No debe esto extrañarnos, dado el carácter universal de la literatura de sabiduría.

   Porque tus obras ya son aceptables (v. 7). Ibn Ezra entiende esta oscura declaración como: “Porque estas son las cosas que Dios espera que hagas” (A. Cohen). Dios quiere que el hombre sea feliz. Todo lo que venga a la mano para hacer (v. 10), lo que nos brindan las oportunidades de la vida. Hay que recordar que bíblicamente el trabajo como realización del ser humano es anterior a la caída (Gén. 2:15). Porque… a dónde vas, no hay obras, ni cuentas. Como las obras de sabiduría, el Predicador también aprueba el trabajo como realización de la vida humana.

   Comentario 2: 2ª a Timoteo 2:15. El ejemplo personal de Timoteo debe servir como un arma poderosa contra el error: Haz todo lo posible por presentarte a Dios aprobado. Timoteo debe esforzarse en todas las formas posibles a fin de conducirse él mismo de tal modo que aun ahora, ante el tribunal del juicio de Dios, él sea aprobado, esto es, como uno que, después de un examen completo de parte de nada menos que el Juez Supremo, tenga la satisfacción de saber que éste se ha agradado de él y lo elogia (nótese los sinónimos en Ro. 14:18 y 2 Co. 10:18). Ahora bien, este feliz resultado se alcanzará si Timoteo es hallado:

▬ a. obrero que no tiene de qué avergonzarse, y, en consecuencia:

▬ b. que usa correctamente la palabra de verdad.

   Entonces, Timoteo debe ser un obrero, no un parlanchín. Además, su obra debe ser de tal naturaleza que no le produzca vergüenza ni le cause temor de verse avergonzado cuando oiga el veredicto divino al respecto.

   Por cierto, esto significa que él es el tipo de líder que está preocupado de “usar correctamente la palabra de verdad”. Esta palabra de verdad es “el testimonio acerca de nuestro Señor” (2 Ti. 1:8), el “evangelio” (la misma referencia y véase Ef. 1:13), “la palabra de Dios” (2 Ti. 2:9). Es la verdad redentora de Dios. El modificativo “de verdad” enfatiza el contraste entre la inconmovible revelación especial de Dios, por una parte, y las charlas sin valor de los seguidores del error, por la otra.

   La expresión “usar correctamente” ha causado mucha controversia. Es cierto que el significado del elemento básico principal del verbo compuesto del que se toma este participio presente masculino (ὀρθοτομοῦντα) es primariamente “cortar”. Sin embargo, el punto de vista que el verbo compuesto retiene el sentido literal o casi literal de “dividir” es discutible. En un verbo compuesto el sentido enfático puede desplazarse hacia el prefijo, al punto que en el proceso semántico se pierde el sentido literal de la base. Así cortar derecho empieza a significar usar derecho, usar recto. No es extraño que, por una transición sencilla de la esfera física a la moral, una noción tal como “cortar un camino o un sendero derecho” haya llegado en el curso del tiempo al uso exclusivamente moral de la expresión. Así Pr. 11:5 (LXX) nos enseña que “la justicia del perfecto corta derecho su camino”, lo que significa “conserva derecho su camino”, lo hace hacer lo que es recto (cf. Pr. 3:6 LXX). Así es comprensible que aquí en 2 Ti. 2:15 el sentido sea “usar correctamente”.

   No es extraño que la base (“cortar”) pierda su sentido original literal cuando se le añade un prefijo (“recto”). Aun sin ningún afijo la palabra “cortar” se usa frecuentemente en un sentido no literal. Así el griego habla de “cortar (hacer) un juramento”, “cortar (diluir) un líquido”, “cortar (trabajar) una mina”, etc. También usa la expresión “cortar corto” (conducir a una crisis), y “cortar las ondas”, tal como lo usamos en el lenguaje moderno. Compárese con nuestras expresiones “cortar camino”, “cortar cartas”, etc.

   Volviendo al verbo compuesto, yo enfatizaría que el contexto confirma el sentido que casi todas las autoridades le atribuyen. A la luz de los vv. 14 y 16, la idea que Pablo desea dar es claramente ésta: “usa rectamente la palabra de verdad en vez de librar batallas verbales completamente inútiles que confunden a los oyentes, en vez de prestar atención a charlas profanas y vanas”.

   El hombre que usa correctamente la palabra de verdad, no la cambia, no la pervierte, no la mutila ni la distorsiona, ni hace uso de ella con un propósito malo en el pensamiento. Por el contrario, interpreta las Escrituras en oración y a la luz de las Escrituras. Aplica su sentido glorioso, en forma valiente y con amor, a situaciones y circunstancias concretas, haciéndolo para la gloria de Dios, la conversión de los pecadores y la edificación de los creyentes.

3er Titulo:

Gran responsabilidad del sacerdote: Mantener encendido el fuego del altar. Versíc. 12 y 13. 12Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. 13El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará. (Léase 2ª a Timoteo 1:6. Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.).

   Comentario: 2ª a Timoteo 1:6. [6, 7]. Entonces, sobre la base de esta fe que habita en el corazón de Timoteo, y que anteriormente había establecido su morada en los corazones de Loida y Eunice, Pablo está en condiciones de seguir diciendo: Por esta razón, te aconsejo que conviertas en llama viva el don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.

   Pablo sabía que el fuego del carisma de Timoteo (el don de la gracia de Dios que capacitaba al joven para ser el representante escogido del apóstol) estaba bajo. Una vez, en la carta anterior, el apóstol había escrito: “No descuides el don que está en ti, que te fue concedido por profecía con la imposición de las manos del presbiterio” (1 Ti. 4:14; véase comentario sobre este pasaje). La repetición ligeramente alterada de esta exhortación, realmente no sorprende. Debiéramos tener presente lo siguiente:

   ▬ a. Timoteo estaba limitado por frecuentes sufrimientos físicos (1 Ti. 5:23).

   ▬ b. Era naturalmente tímido (“ahora, sí Timoteo viene, mirad que esté entre vosotros sin temor”, 1 Co. 16:10).

   ▬ c. En un sentido era “joven” (1 Ti. 4:12; cf. 2 Ti. 2:22).

   ▬ d. Los efesios que seguían el error, sus opositores, eran muy decididos (1 Ti. 1:3–7, 19, 20; 4:6, 7; 6:3– 10; 2 Ti. 2:14–19, 23).

  ▬e. Los creyentes eran perseguidos por el estado. Piénsese en Pablo (1 Ti. 4:6).

    Por cierto, no sabemos si todos o solamente algunos de estos factores contribuyeron al resultado expresado, a saber, que la llama del oficio ministerial de Timoteo necesitase atención, ni sabemos hasta qué punto contribuyó cada uno de ellos. Sin embargo, la idea principal es clara. Así Pablo, habiendo seleccionado el verbo más suave, aconseja a Timoteo que “avive el fuego” del don divino de la ordenación. La llama no se había apagado, pero estaba muy baja y había que avivarla para que fuese una llama viva. Los tiempos eran graves. Pablo estaba a punto de partir del escenario de la historia. Timoteo debía tomar el cargo en el punto que Pablo lo dejaba. El don del Espíritu no debe ser apagado (cf. 1 Ts. 5:19). Timoteo ama a Pablo. Entonces, que Timoteo recuerde que al tiempo de su ordenación también las manos de Pablo se habían posado sobre él como símbolo de que se le impartía el don del Espíritu.

   Desde luego, el ministerio es don del Espíritu Santo, y éste es el Espíritu de poder (Hch. 1:8; 6:5, 8). En conformidad con esto, Pablo sigue diciendo: Porque Dios no nos dio un Espíritu de timidez, sino de poder, amor y disciplina personal.

   En este pasaje (en diversas versiones, entre ellas RV60) algunos escriben Espíritu con letra minúscula (“espíritu”), mientras otros lo escriben con mayúscula. Los primeros a veces argumentan que el genitivo descriptivo (“… de poder, amor y disciplina personal”) excluye toda referencia al Espíritu Santo. Pero el uso de ese genitivo no decide por sí mismo el asunto, porque en otro pasaje, en que indudablemente la referencia es al Espíritu Santo, se usa un modificativo similar. Así, al hablar acerca de la venida del Consolador, Jesús lo llama “el Espíritu de verdad” (Jn. 14:17; 15:26; 16:13). Hay otras frases similares en las que muchos intérpretes encuentran una referencia al Espíritu Santo (Is. 11:2; Zac. 12:10; Ro. 8:2; Ef. 1:17; Heb. 10:29). Además, Pablo usa la expresión “no el Espíritu de … sino (el Espíritu) de …” en otros pasajes que a la luz de sus contextos específicos parecen referirse al Espíritu Santo, aunque no todo intérprete está dispuesto a reconocer esto (Ro. 8:15; 1 Co. 2:12). Y, además, ¿no van de la mano las palabras carisma (v. 6) y pneuma (v. 7), en el sentido de Espíritu Santo?

   Entonces, la sustancia del argumento de Pablo sería la siguiente:

   “Querido hijo Timoteo, combate esa tendencia tuya de tener temor. El Espíritu Santo que te ha sido dado a ti, a mí y a todo creyente, no es el Espíritu de timidez, sino de poder, amor y disciplina personal. Benefíciate de ese poder (δύναμις, cf. nuestra palabra “dinamita”) sin límites, que nunca falla, y proclamarás la verdad de Dios; de ese amor (ἀγάπη, véase sobre Juan 21:15.) inteligente y con propósito, y darás consuelo a los hijos de Dios hasta el punto de visitarme en la cárcel romana; además benefíciate de la siempre necesaria disciplina personal o autocontrol (σωφρονισμός, nótese el sufijo; de donde, la disposición de una mente sana en acción, palabra usada solamente en este lugar en el N.T.), y librarás la batalla de Dios contra la cobardía, tomando tú la iniciativa”.

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.