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Domingo 20 de junio de 2021“Sacrificio Por La Culpa: Símbolo De Cristo, Pagando Por Nosotros En La Cruz”

Domingo 20 de junio de 2021“Sacrificio Por La Culpa: Símbolo De Cristo, Pagando Por Nosotros En La Cruz”

 Lección: Levítico Cap. 7, versículos 1 al 6. 1Asimismo esta es la ley del sacrificio por la culpa; es cosa muy santa. 2En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la víctima por la culpa; y rociará su sangre alrededor sobre el altar. 3Y de ella ofrecerá toda su grosura, la cola, y la grosura que cubre los intestinos, 4 los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. 5Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová; es expiación de la culpa. 6Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; será comida en lugar santo; es cosa muy santa. 

   Comentario: Que los sacerdotes tengan siempre provisiones (7:1–6)

   A primera vista, las órdenes sobre la ofrenda por la culpa (7:1–6) no ofrecen ninguna información nueva. Pero el énfasis va rápidamente desde la ofrenda en sí hasta todas las ofrendas en las que los sacerdotes podían guardarse un poco de carne para sí mismos. Aquí es donde se introducen los nuevos elementos de las órdenes. Se menciona particularmente al permiso que se le concede al sacerdote que oficia el holocausto de quedarse con la piel […] que se haya presentado (7:8). Pero el aspecto clave parece estar en la afirmación de que lo que sobra de las ofrendas pertenece al sacerdote que hace expiación con ella (vv. 7–9). La ofrenda de cereal es una excepción y tenía que distribuirse entre todos los hijos de Aaron, a todos por igual (v. 10), quizás porque la ofrenda de cereal dejaba menos provisiones. El caso es el siguiente: era importante que aquellos que oficiaban en el altar supieran exactamente cuántas sobras se iban a manipular y distribuir. Si se hubiera dejado el tema a una generalización vaga hubieran surgido todo tipo de disputas, incluyendo acusaciones de injusticia o favoritismo. Aun así este tema era problemático y al final los sacerdotes se tuvieron que dividir en grupos. Se dice que Moisés estableció ocho o diez divisiones, que se iban rotando en el servicio. Dentro de cada división, cada familia servía un día a la vez, siguiendo un orden establecido.

   Detrás de esto está el principio importante de que aquellos que servían al Señor en el tabernáculo debían ser apoyados por los israelitas que usaban su servicio como mediadores con Dios. Los sacerdotes se merecían ese apoyo. El mismo principio se repite para la ofrenda de paz, en 7:28–36, donde el Señor concluye sus instrucciones a los sacerdotes.

   El elemento nuevo que aparece en estas instrucciones es que las porciones en particular con las cuales se proveía a los sacerdotes se identifican y que la forma en la que se asignan está prescrita. El pecho pertenecía siempre a Aaron y a sus hijos (vv. 31, 34), en otras palabras, al sacerdocio en general. Era su porción para siempre de parte de los hijos de Israel (v. 34), quitándoles la preocupación de que su sustento pudiera no ser regular. Los sacerdotes no podían vivir con ofrendas irregulares del pueblo de Israel y esto tampoco era la intención de Dios. En contraste, la pierna derecha del sacrificio se presentaba al sacerdote que oficiaba el rito, como su porción especial (v. 33). Lo que quedaba del animal, aparte de lo que se había quemado en el altar, se utilizaría para la comida de comunión y el pueblo también lo disfrutaría, además de cualquier sacerdote que estuviera presente.

   La forma en la que se donaba el pecho a los sacerdotes era diferente de la forma en la que se trataba la pierna. El pecho no era posesión automática de los sacerdotes. Como enfatiza el versículo 34, pertenecía a Dios, quien en su gracia escogía devolverlo a los sacerdotes. Así que para reconocer que era posesión de Dios, antes de que los sacerdotes se llevaran el pecho debían traer el sebo con el pecho, para que el pecho sea presentado como ofrenda mecida delante del Señor (v. 30). De esta forma, los sacerdotes lo mostrarían a Dios, y simultáneamente recordarían que les pertenecía a ellos solamente porque Dios lo permitía. Sin embargo, con la pierna derecha no había que proceder así. Se entregaba al sacerdote que estaba oficiando, fuera del santuario, sin ningún tipo de ceremonia. Estas instrucciones enseñaban a aquellos que dirigen a otros en adoración de la necesidad de proceder con mucho cuidado, además de enseñar que aquellos a quienes se les dirige en adoración tienen el deber de proveer apoyo económico para sus ministros. Recientemente tuve una enérgica discusión con alguien que me dijo que aquellos que querían ejercer un ministerio apostólico no debían esperar ningún tipo de apoyo económico, sino que solamente debían confiar en el Señor para recibirlo. La intención era buena, pero errónea. Es cierto que Pablo ejercía un trabajo manual para apoyar su ministerio, pero dejó claro que esto era una elección personal y, por lo tanto, no tenía que ser así para otros. En el extenso pasaje de 1 Corintios 9, en el cual se basaba en parte en el modelo de apoyo que se daba a los sacerdotes en el tabernáculo y en el templo, dijo que “Así también ordenó el Señor que los que proclaman el evangelio, vivan del evangelio”. Más tarde en otra epístola reforzó el tema, citando directamente Deuteronomio 25:4 y diciendo que “los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza”. La lección parece ser indisputable. Desde los escritos más tempranos de Moisés hasta las epístolas finales de Pablo leemos sobre la preocupación de Dios de que sus siervos reciban el apoyo necesario para suplir sus necesidades: una preocupación que no siempre ha tenido una respuesta adecuada entre su pueblo.

   Texto: Hebreos Cap. 9, versículo 24. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.

   Comentario: 24. Porque Cristo no entró en un santuario hecho por el hombre, que era sólo una copia del verdadero; él entró en el cielo mismo, para presentarse ante Dios a favor nuestro.

   Aunque Dios hizo que el velo del templo se rasgase desde arriba hasta abajo al morir Jesús (Mt. 27:51), Jesús mismo nunca entró en un “santuario hecho por hombres”. Cuando el escritor de Hebreos hablaba de “mejores sacrificios” (9:23), él establecía una comparación entre los sacrificios animales y la sangre de Cristo. Y aunque vemos que el sacrificio de Cristo es mejor, también vemos que en esencia la comparación es inadecuada.

   Los sacrificios animales eran disposiciones temporales; los sumos sacerdotes eran mortales y el santuario era una copia hecha por los hombres. En contraste con esto vemos que el sacrificio de Cristo hecho una vez para siempre es permanente; que nuestro sumo sacerdote es eterno y que el santuario celestial es el verdadero.

  El escritor de la epístola hace notar en primer lugar en qué santuario Cristo no entró, a saber, en la copia del original hecha por los hombres. El sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo de este santuario terrenal para comparecer ante la presencia de Dios a favor del pueblo. En segundo lugar, el escritor noto que Cristo “entró en el cielo mismo” y, por implicación, en el verdadero santuario.

   El entró en el cielo como sumo sacerdote para representarnos ante la presencia de Dios. El sumo sacerdote levítico pasaba sólo unos pocos momentos una vez al año en el Lugar Santísimo como representante del hombre ante Dios; Cristo, sin embargo, que está siempre ante la presencia de Dios, nos representa constantemente como abogado defensor (Ro. 8:34; Heb. 7:25; 1 Jn. 2:1).

1er Titulo:

Ofreciendo nuestras vidas en santidad, al servicio de Dios. Versíc. 1 y 2. 1Asimismo esta es la ley del sacrificio por la culpa; es cosa muy santa. 2En el lugar donde degüellan el holocausto, degollarán la víctima por la culpa; y rociará su sangre alrededor sobre el altar. (Léase Hebreos 10: 8 al 10. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.).

   Comentario: a. Asimismo esta es la ley del sacrificio por la culpa: El procedimiento para la ofrenda por la culpa fue descrito anteriormente en el capítulo 5. Aquí se añade un detalle específico que explica que la ofrenda por la culpa tenía que hacerse en el altar del holocausto, el altar central del tabernáculo y después en el templo.

   -1. La culpa es un tipo particular de pecado. La «culpa» es el cruce ilegal de un límite. Dios tiene ciertos límites para la humanidad en general y para su pueblo en particular, y cuando estos cruzan esos límites, es un pecado de culpa. En Levítico 5:5 también se explica que el sacrificio por la culpa debe comenzar con la confesión del pecado.

   -b. Rociará su sangre alrededor sobre el altar: La sangre del sacrificio por la culpa no necesitaba ser traída al tabernáculo o al templo. Simplemente podía ser rociada alrededor sobre el altar.

   -2. Degollarán la víctima por la culpa: «El verbo degollar en realidad significa “decapitar”, es decir, cortar la garganta del animal».

   Comentario: Hebreos 10: 8 al 10.   8. Primero, él dijo: “Sacrificios y ofrendas, holocaustos y ofrendas por el pecado no deseaste, ni estuviste complacido con ellos” (aunque la ley demandaba que fuesen hechos). 9. Entonces él dijo: “Aquí estoy, he venido para hacer tu voluntad”. El anula lo primero para establecer lo segundo. 10. Y en virtud de esta voluntad hemos sido santificados mediante el sacrificio del cuerpo del Jesucristo una vez para siempre.

    Tal como lo ha demostrado en otros lugares, el escritor es un experto en la comprensión del significado de las Escrituras del Antiguo Testamento (véanse, por ejemplo, 2:8–9; 3:16–19; 7:2–3). Ahora, después de citar el Salmo 40:6–8, nos presenta un breve comentario acerca de estos versículos. El transforma la poesía de la cita del salmo en prosa, y va a la médula del asunto. El divide la cita en dos partes.

   En primer lugar, Cristo dijo: “Sacrificios y ofrendas, holocaustos y ofrendas por el pecado no deseaste, ni estuviste complacido con ellos”. La primera parte, entonces, expresa la noción de que Dios no hallaba placer en las ofrendas que la gente le presentaba. E inmediatamente el escritor añada una concesión, “aunque la ley demandaba que fuesen hechos”.

   Pero retrocedamos a los comienzos de la historia humana que encontramos en Génesis. Dios miró con agrado la ofrenda que Abel le trajo, pero con desagrado la ofrenda de Caín. ¿Por qué fue la ofrenda da Abel —“la grosura de algunas de las primicias de su rebaño” — aceptable, y la ofrenda de Caín — “algunos de los frutos de la tierra” — inaceptable? (Gn. 4:3–5) El escritor de Hebreos responde diciendo: “Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín. Por la fe fue reconocido como justo, cuando Dios habló bien de su ofrenda” (11:4).

   El escritor de Hebreos no dice que Dios tenga aversión a los sacrificios que se le presentan, sino que los sacrificios ofrecidos sin fe y obediencia le son un abominación (Is. 1:11–14; Am. 5:21–22). Por medio de Oseas Dios le dice a Israel: “Porque misericordia quiero, no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (6:6).

   En segundo lugar, Cristo dijo: “Aquí estoy, he venido para hacer tu voluntad”. El término voluntad aparece cuatro veces en el contexto de este capítulo (10:7, 9, 10, 36). Sólo vuelvo a aparecer una vez más en Hebreos, en la bendición (13:21). La voluntad de Dios tiene prioridad en la vida de Cristo, y el escritor de Hebreos exhorta a sus lectores a perseverar en la voluntad de Dios y a cumplirla. Dios no se complace en sacrificios. Se complace en la inquebrantable confianza y obediencia de sus hijos. Cristo, el Hijo de Dios, vino a este mundo con el propósito de demostrar sumisión, y de aprender “la obediencia por medio de lo que sufrió para que, una vez perfeccionado, se convirtiese en fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb. 5:8–9).

   El escritor resume los dos dichos de Cristo en una concisa oración: “El anula lo primero para establecer lo segundo”. Cristo se ofreció como sacrificio por el pecado en la cruz del Calvario. Por medio de esta acción él puso fin al sistema levítico de sacrificios—lo anuló. A continuación, él mostró su fidelidad a Dios haciendo su voluntad, estableciendo de esa manera lo segundo. El hacer la voluntad de Dios hizo que Cristo orase durante el sufrimiento supremo que experimentó en el Huerto de Getsemaní: “Padre, si quieres, quita de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Cristo se sometió totalmente a la voluntad de Dios con obediencia absoluta.

   ¿Y cuál es el efecto de dicha voluntad? El escritor incluye escuetamente a todos los creyentes al decir: “Y en virtud de esta voluntad hemos sido santificados”. La salvación no se origina en el hombre -sino en Dios. Por esa voluntad somos separados del mundo y llamados a la santidad. La implicación es que habíamos sido alienados de Dios y vivíamos en un mundo de pecado. En virtud de la voluntad de Dios, esto ha cambiado: “hemos sido santificados”. Este verbo indica que, en determinado momento, alguien actuó en favor nuestro para santificarnos, y ahora somos puros. El escritor de Hebreos ya se había referido a este hecho al escribir acerca de la voluntad de Dios de perfeccionar al autor de la salvación por medio del sufrimiento. “Tanto aquel que hace santo al hombre como aquellos que son santificados pertenecen a la misma familia” (2:11). El que hace santo al hombre es Jesucristo.

   De un modo bastante directo el escritor dice: “mediante el sacrificio del cuerpo de Jesús una vez para siempre”. Fuera del último capítulo de Hebreos, donde la combinación Jesucristo aparece dos veces (13:8, 21), el nombre doble aparece solamente una vez en la parte educativa de la epístola, o sea aquí mismo. El escritor desea enfatizar que tanto la naturaleza humana (Jesús) como la divina (Cristo) estaban implicadas en santificarnos. Además, Jesucristo ejecutó el acto de santificarnos sacrificando su cuerpo. Este es el único lugar en la epístola en que el escritor menciona el sacrificio corporal de Jesús. El propósito de enfatizar el “sacrificio del cuerpo de Jesucristo” es el de demostrar la realidad de su muerte física. Es también un reflejo de la formulación que la Septuaginta tiene de la cita de este salmo: “preparaste un cuerpo para mí” (Heb. 10:5).

   Finalmente, el sacrificio del cuerpo de Cristo es la contrapartida de los sacrificios del sistema levítico. La diferencia, no obstante, entre el sacrificio de Cristo y los sacrificios de animales es profunda: el sacrificio de Cristo fue una vez para siempre; los sacrificios de animales eran incontables. Por otra parte, Cristo ofreció su propio cuerpo como sacrificio; el adorador de la era del primer pacto ofrecía sustitutos. Además, Cristo presentó su cuerpo voluntariamente; los animales eran sacrificados por la fuerza, en contra de su voluntad.303 La obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre obtuvo nuestra liberación del poder del pecado y no adaptó para vivir una vida dedicada al servicio de Dios. De esta manera reflejamos la santidad y perfección de Dios al responder a la exhortación de Jesús: “Sed por lo tanto perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48; véanse también Lv. 11:44–45; 19:2; 20:7; 1 P. 1:16).

Consideraciones doctrinales en 10:1–10

   Para los lectores de origen judío que consideraban la ley de Dios su posesión más preciada, la afirmación del escritor—“la ley es solamente una sombra de las cosas buenas que están por venir”—debe haber sido pasmosa. Si la ley era su posesión atesorada, sería difícil imaginar que a ellos les esperaban cosas mucho más agradables”. El escritor de Hebreos llama a estas cosas “las realidades mismas”, y explica que estas son Cristo y su obra redentora. Al escribirles a lectores judíos que vivían en Colosas acerca de las observancias religiosas, Pablo dice esencialmente lo mismo. El escribe: “Estas [reglamentaciones] son una sombra de las cosas que han de venir; la realidad, empero, se encuentra en Cristo” (Col. 2:17).

   Al citar y aplicar los versículos del Salmo 40, el escritor de Hebreos demuestra que Cristo ha venido para hacer la voluntad de Dios. En el cumplimiento de dicha voluntad, Cristo ofreció su cuerpo como sacrificio, cumplió los requisitos del sacerdocio aarónico y terminó con los sacrificios levíticos. Si Cristo hubiese cumplido solamente las demandas del sacerdocio aarónico, entonces no hubiese habido un nuevo pacto. El escritor de Hebreos enseña que después de que Cristo se ofreciera a sí mismo sin tacha a Dios, él se convirtió en el mediador del nuevo pacto. El purificó las conciencias de los miembros de este pacto: “¡para que pudiéramos servir al Dios vivo!” (9:14). Esto es una referencia a un sumosacerdocio que es eterno; se le llama sacerdocio según el orden de Melquisedec. Cristo cumplió los requisitos de este sacerdocio al dedicarse a hacer la voluntad de Dios.

   Cuando Cristo vino al mundo, “él anuló lo primero para establecer lo segundo” (Heb. 10:9). El escritor de Hebreos usa los términos primero y otro, nuevo, o segundo cuando habla del pacto (8:7, 13; 9:1, 15, 18)). Al explicar la cita del salmo en 10:8, 9, el escritor cita primeramente las palabras acerca del sistema sacrificial del sacerdocio aarónico y luego cita las palabras que tienen que ver con la perfecta obediencia de Cristo a la voluntad de Dios. Estos dos versículos describen, en efecto, los dos pactos y las dos fases del sacerdocio de Cristo. Para pagar por los pecados de su pueblo (2:17), Cristo tuvo que sacrificar su cuerpo una vez para siempre (10:10). El cumplió las demandas del primer pacto y terminó la primera fase de su sacerdocio; es decir, la del sacerdocio aarónico. Cristo estableció el segundo pacto cuando vino a hacer la voluntad de Dios. Así él estableció la segunda fase de su sacerdocio, la de Melquisedec. El sacerdocio aarónico tipifica la obediencia pasiva de Cristo; el sacerdocio de Melquisedec, la obediencia activa de Cristo.

2° Titulo:

Dios determinando lo que se debe ofrendar. Versíc. 3 y 4. 3Y de ella ofrecerá toda su grosura, la cola, y la grosura que cubre los intestinos, 4 los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. (Léase Hebreos 13: 15 y 16. Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.).

   Comentario. 2. (3-5) La ofrenda de la grosura del sacrificio por la culpa.

  Y de ella ofrecerá toda su grosura, la cola, y la grosura que cubre los intestinos, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová; es expiación de la culpa.

  -a. Y de ella ofrecerá toda su grosura: Cuando se describe el sacrificio por la culpa en el capítulo 5, este se centra en las razones por las que sería necesario hacer la ofrenda. No dice nada sobre qué hacer con la sangre o la grosura del animal sacrificado. Aquí el sacerdote es instruido para ofrecer las porciones de grosura del animal.

   -1 Adam Clarke aclaró el sentido de la frase «toda su grosura»: «Principalmente la grasa que se encontraba en estado de desprendimiento, no mezclada con los músculos».

   -b. El sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová: Como se hacía normalmente, las porciones grasas del sacrificio por la culpa se quemaban sobre el altar.

   Comentario:  15. Por consiguiente, por medio de Jesús ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza— el fruto de labios que confiesan su nombre.

   En la primera parte de esta oración está la frase por medio de Jesús. Eso es significativo. Debido al sacrificio hecho una vez para siempre por Jesús, ha terminado la necesidad de ofrecer sacrificios a Dios. ¿Han quedado los cristianos entonces sin sacrificios y sin sacerdote para presentar estos sacrificios a Dios? No.

   Se nos exhorta a que vayamos a Jesús fuera del campamento. Él es nuestro sumo sacerdote eterno, fiel y misericordioso. Él nos representa ante la presencia de Dios, y ora por nosotros. Para acercarnos a Dios el Padre debemos hacerlo por medio del Hijo (Jn. 14:6). Librados de la carga de la culpa y del pecado, deseamos expresar nuestra gratitud a Dios. Esto lo hacemos por medio de Jesús. Ofrecemos a Dios no aquellos sacrificios materiales que Cristo ha hecho superfluos, sino la confesión continua de alabanza y de agradecimiento. En tanto que Jesús se ofreció a sí mismo una sola vez, nosotros presentamos nuestras alabanzas continuamente. Nuestra vida entera debe ser un canto de alabanza expresado en palabras y hechos.

   Los israelitas expresaban su gratitud ofreciendo tortas de pan al Señor como sacrificio de acción de gracias (Lv. 7:12). Pero los cristianos demuestran su gratitud a Dios por medio de una vida dedicada y de obediencia. Los Diez Mandamientos no son un estatuto de cosas para hacer o evitar; para el cristiano constituyen más bien las reglas de una vida agradecida.

   ¿Cómo hemos de vivir entonces ante Dios? Pablo y Pedro tienen algo que decirnos acerca de este tema: Por consiguiente, os insto, hermanos, vista la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificios vivos, santos y agradables a Dios. [Ro. 12:1] Dad gracias en toda circunstancia, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús. [1Ts. 5:18] Vosotros también, como piedras vivas estáis siendo edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. [1 Pt. 2:5]

   El escritor de Hebreos especifica cuál debe ser el sacrificio de alabanza: “El fruto de labios que confiesan su nombre”. La expresión fruto de labios proviene de Oseas 14:2 donde el profeta insta al pueblo de Israel a regresar al Señor y a orar: “Perdona todos nuestros pecados y recíbenos misericordiosamente para que podamos ofrecer el fruto de nuestros labios”. Y la frase confesar su nombre pudo haber sido tomada de la traducción que la Septuaginta hace del Salmo 54:6, “Yo alabaré [confesaré] tu nombre, oh Señor”. Dios se revela en su nombre, y por lo tanto su nombre es revelación. El salmista da a conocer la revelación de Dios al pueblo. De modo similar el escritor de Hebreos da a entender que una vida de alabanza debe ser una confesión continua del nombre de Dios.

   [16]. Y no os olvidéis de hacer el bien y de compartir con otros, porque de tales sacrificios se agrada Dios.

   Vivir una vida santa consiste en amar al Señor con el corazón, el alma y la mente, y en amar al prójimo como a uno mismo. Los cristianos primitivos demostraron su amor a Dios dedicándose a la enseñanza del evangelio, a los cultos, a la comunión y a la oración (Hch. 2:42). Pero también mostraron su amor por el prójimo compartiendo todo lo que tenían (Hch. 4:32). De hecho, ellos cuidaban de los pobres de manera tal que “no había personas necesitadas entre ellos” (v. 34). El amor por el Señor tiene su paralelo en el amor por el prójimo. Estos dos van de la mano. Cuando decimos que amamos al Señor, debemos estar listos a ayudar a nuestro prójimo necesitado. Esto es lo que los creyentes macedonios hicieron. Pablo dice: “De voluntad propia, nos suplicaron con mucho ruego el privilegio de participar en este servicio demostrando generosidad a los santos” (2 Co. 8:3–4).

   Los lectores de la epístola a los hebreos habían descuidado su ministerio para con los necesitados (véase también 13:2). Ellos asistían a los cultos locales para alabar a Dios, aunque alguna gente se mantenía alejada (10:25). Pero la alabanza y el amor no siempre se ponían en práctica cubriendo las necesidades de los pobres (6:10; 10:33–34). El escritor les dice a los lectores que deben “hacer el bien y compartir con otros”. El considera estos hechos de amor y misericordia como sacrificios de alabanza. Y en tales sacrificios se complace Dios.

   Cuando el escritor dice que Dios se complace en las buenas obras, hace que recuerden su descripción de la vida de Enoc. Enoc fue alabado por su íntima comunión con Dios (11:5). También se nos recuerdan nuestros deberes de cuidar al necesitado, ya que si obedecemos la ley real—“Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos” (Stg. 2:8)—hacemos bien y agradamos a Dios.

Consideraciones prácticas en 13:12–16

   “Haced el bien” dice el escritor de Hebreos. ¿Necesitamos que se nos recuerde que debemos hacer el bien? Hacer el bien debe ser el modo de vivir del cristiano. Pero, triste es decirlo, a veces nos olvidamos de esto y nuestro culto se transforma en un servicio de dientes afuera y no en un compromiso de vida. Si nuestra religión cristiana no es más que palabras, está muerta. Las palabras y las obras son las dos caras de una misma moneda. Dios quiere que lo alabemos tanto con los labios como con la vida.

   Cuando iba a la escuela primaria, el maestro ponía en mis notas el comentario bien. Por supuesto, eso indicaba que yo había aprendido bien la lección, pero no lo suficiente como para que el maestro anotara excelente en mi cuaderno. La Biblia no usa esta anotación, observación. Cuando los siervos se presentaron ante su maestro con diez y cuatro talentos respectivamente, le oyeran decir: “¡Bien hecho, buen siervo y fiel!” (Mt. 25:21, 23, cursivas añadidas). Ser un buen cristiano significa buscar oportunidades para hacer las cosas que le agradan a Dios y que traen gozo a nuestro prójimo.

3er Titulo:

Labor sacerdotal, santificar la ofrenda. Versíc. 5 y 6. 5Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar, ofrenda encendida a Jehová; es expiación de la culpa. 6Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; será comida en lugar santo; es cosa muy santa. (Léase Éxodo 29:36. Cada día ofrecerás el becerro del sacrificio por el pecado, para las expiaciones; y purificarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo.).

   Comentario. a. Todo varón de entre los sacerdotes la comerá: El sacrificio por la culpa siguió un patrón similar al de los sacrificios anteriores. La sangre y la grosura pertenecían a Dios y las porciones de carne podían ser compartidas entre los sacerdotes, y su distribución era determinada por el sacerdote que realmente realizaba el sacrificio por la culpa o el sacrificio expiatorio (será del sacerdote que hiciere la expiación con ella).

  Comentario. (Éxodo 29:35-37) Tabernáculo de Moisés ▬ Sacerdote, ordenación: En este punto vemos que la ceremonia de ordenación debía repetirse por siete días. (Se Toman esto 3 versículos para su mayor comprensión: Así, pues, harás a Aarón y a sus hijos, conforme a todo lo que yo te he mandado; por siete días los consagrarás. Cada día ofrecerás el becerro del sacrificio por el pecado, para las expiaciones; y purificarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo. Por siete días harás expiación por el altar, y lo santificarás, y será un altar santísimo: cualquiera cosa que tocare el altar, será santificada.)

▬ a. Lo que aquí apreciamos es un énfasis sobre la obediencia: hacer todo lo que Dios mandaba (v. 35).

▬ b. Moisés debía sacrificar un becerro cada día como ofrenda expiatoria para Dios (v. 36).

▬ c. También debía purificar y ungir el altar por siete días para cumplir los siguientes grandes propósitos (v. 36):

1) para santificar el altar (apartarlo para Dios) (v. 37);

2) para que todo lo que tocara el altar fuera santificado (v. 37).

   Pensamiento 1. Jesucristo es santo y apartado para Dios. Él es quien hace que todo corazón pecador que lo toca se vuelva santo.

   “Que, librados [por Cristo] de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lc. 1:74-75).

   “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

   Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 6:17-7:1).

   “Si no, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16).

   “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9).

Amén, para la honra y gloria de Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.