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Domingo 16 de mayo de 2021 “Leyes Divinas Para La Adecuada Convivencia De Su Pueblo”

Domingo 16 de mayo de 2021 “Leyes Divinas Para La Adecuada Convivencia De Su Pueblo”

Lección: Levítico Cap. 6, versículos 1 al 7. 1Habló Jehová a Moisés, diciendo:  2Cuando una persona pecare e hiciere prevaricación contra Jehová, y negare a su prójimo lo encomendado o dejado en su mano, o bien robare o calumniare a su prójimo, 3o habiendo hallado lo perdido después lo negare, y jurare en falso; en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre, 4entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló, 5o todo aquello sobre que hubiere jurado falsamente; lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación. 6Y para expiación de su culpa traerá a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación, y lo dará al sacerdote para la expiación. 7Y el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender. 

   Comentario: El pecado de la deslealtad (6:17)

   Lo increíble de la tercera categoría del pecado es la forma en la que se presenta. Abarca cualquier persona que peque y cometa una falta contra el Señor, engañando a su prójimo (6:2). Cuando los israelitas hicieron el pacto con Dios, hicieron simultáneamente un pacto unos con otros también. Tenían un vínculo como pueblo especial de Dios y tenían responsabilidades unos para con otros que requerían que sus relaciones se caracterizaran por el amor y la integridad. Por lo tanto, ser desleal al prójimo significaba también ser desleal a Dios; pecar contra el prójimo significaba también pecar contra Dios.

   El hilo conductor de las faltas que se mencionan aquí es la deslealtad, del tipo que ocurre en el día a día, especialmente con relación al dinero y la propiedad. Por desgracia, dos de los ejemplos que se dan son muy familiares para nosotros hoy en día. La primera ofensa se refiere a la falta de cuidado con la propiedad que otra persona te confía, y la negación de asumir responsabilidad por la pérdida o daño que haya sufrido (v. 2). La segunda ofensa se refiere al robo (v. 2) o a adquirir algo por medios equivocados, quizás por extorsión (vv. 2, 4). El tercer ejemplo es el engaño (v. 3). No ser honesto es una falta. La cuarta ofensa ocurría cuando alguien funcionaba siguiendo el principio de que quien se encuentra algo, se lo queda (v. 3). La ley era muy clara cuando establecía que cuando las personas se encontraban algo que no les pertenecía era su deber buscar el dueño y devolver lo que habían encontrado. La quinta ofensa se refería a jurar falsamente (vv. 3, 5), ya fuera de forma deliberada al hacer la promesa o conscientemente en un juicio. Se requería integridad total en todo momento en la relación con el prójimo. Si no se cumplía esto se debía compensar la falta y ofrecer un sacrificio a Dios.

   Las tres categorías de pecado muestran una preocupación impresionante por parte del pueblo de Israel de proteger lo que era sagrado e impedir que el pecado lo estropeara o destruyera. Era tan grande su preocupación que a veces ofrecían sacrificios “por si acaso” habían cometido un pecado. Como en la historia de Job, los israelitas no se arriesgaban y se negaban a considerar trivial cualquier pecado que convirtiera lo sagrado en algo secular.

  1. Las disposiciones únicas de la ofrenda por la culpa

   “El libro olvidado de Levítico es un estudio muy largo”, escribe Walter Brueggemann, “sobre las buenas nuevas de que Dios ha ofrecido maneras a través de la parálisis de la culpa”. Ya fuera la culpa merecida o simplemente temida, había un remedio disponible. Venía en dos mitades, lo cual hacía que la ofrenda por la culpa fuera única entre los sacrificios que llevaba a cabo el pueblo de Israel. Primero venía el pago de un castigo que consistía en un carnero sin defecto de los rebaños (5:15, 18; 6:6). Después venía el pago de otro tipo: una multa a modo de reparación.

   a. El sacrificio

   No hay muchos detalles en estos versículos sobre el carnero y lo que ocurría con él, excepto que era mejor que fuera doméstico y no salvaje, sin defecto (5:15, 18; 6:6). Sólo después, en 7:1–10, cuando se les da las instrucciones a los sacerdotes, vemos que los procedimientos que siguen a la presentación del carnero eran similares a los de la ofrenda por el pecado. El carnero era sacrificado y su sangre rociada sobre el altar por todos los lados (7:2). Entonces el sebo y los riñones se quemaban en el altar como ofrenda a Dios.

   Las estipulaciones para esta ofrenda se complican entonces por el requisito adicional de que el carnero debe ser conforme a tu valuación en siclos de plata, según el siclo del santuario (5:15, 18; 6:6). ¿Qué podría significar esto? El significado aparente es que el carnero debía tener cierto valor, el cual se dejaría a juicio de los sacerdotes puesto que no se especifica cuánto valor. Quizás dependiera de la seriedad de la ofensa. El valor no se debía calcular en moneda normal sino en la moneda del tabernáculo, que era de más valor que el normal. Esta moneda se seguía utilizando en tiempos de Jesús y su uso (o abuso) estricto era lo que en parte le llevó a echar del templo a los cambistas y a los que compraban y vendían.

   Sin embargo, hay otras formas de entender estas palabras. No hay ninguna referencia al sacrificio del carnero en los requisitos iniciales, así que algunos piensan que, aunque se presentara un carnero, no se mataba, sino que se convertía en algo de valor monetario que se entregaba a los sacerdotes como ofrenda por la culpa. Habían robado a Dios, así que debían pagar a Dios. A pesar de ello es muy improbable que esto fuera así, puesto que los requisitos que vienen después dejan claro que el carnero se sacrificaba, exactamente igual que lo que se esperaría de un sacrificio de expiación. Otros creen que el requisito significa que se debe traer una suma suficiente de dinero al sacerdote, que compararía el carnero para el culpable. Aun así, otros dicen que esto ofrecía una elección para la persona culpable: o bien podían traer un carnero, o bien su valor equivalente en dinero. De una forma u otra, se requería un carnero de cierto valor, que luego era sacrificado.

   b. La restitución

   No se dice mucho más de lo que le ocurre al carnero, porque la atención se vuelve al segundo y singular aspecto de la ofrenda por la culpa: la reparación. Cuando la persona hubiera privado a Dios o a su prójimo de lo que era suyo, por cualquier razón, la ley decía que el culpable debía hacer completa restitución de ello y le añadirá una quinta parte más. Se la dará al que le pertenece en el día en que presente su ofrenda por la culpa (6:5). En otras palabras, no sólo debía restituir la propiedad en su totalidad, sino también añadir un 20% del valor como multa para compensar al propietario por los daños causados. Esto serviría para disuadir y sería una forma adecuada de hacer justicia en una comunidad que aún era lo suficientemente pequeña para llevar a cabo una relación cara a cara. Esta “multa” no iba a ser tragada por el coste de administrar la justicia por parte del Estado, tal y como ocurriría hoy en día.

   Es importante resaltar que la restitución tenía que llevarse a cabo antes de ofrecer el sacrificio (6:5). Era tan importante arreglar las cosas con el prójimo como arreglar las cosas con Dios. La deuda que acarreaba el pecado ante Dios no desaparecería hasta que la deuda con el prójimo se hubiera pagado del todo. Pero los culpables no quedaban libres de culpa simplemente por arreglar las cosas con el prójimo. No era suficiente esto solamente, porque pecar contra ellos era también pecar contra Dios, así que las cosas también se tenían que arreglar con Él. Además, solamente con la expiación de Dios a través del sacrificio podía desaparecer el “pesado residuo del dolor” que causaba el pecado. Las dimensiones divinas y humana de la espiritualidad son inseparables.

   El acto de reparación tendría el valor de probar la veracidad de la confesión y el remordimiento del culpable, además de compensar a la víctima de la ofensa. Las palabras podían ser vacías y la sangre del sacrificio podía fluir muy fácilmente. Ninguna de estas cosas revelaba el verdadero estado del corazón de la persona culpable. Pero el hecho de restituir la propiedad dañada o robada revelaba hasta qué punto el culpable quería arreglar las cosas. Según Milgrom era un augurio temprano de la doctrina del arrepentimiento, que “florecería del todo con los profetas de Israel”.

  1. La relevancia continuada del pecado por la culpa

   La ofrenda por la culpa sólo recibe una atención ocasional en el resto del Antiguo Testamento y no figura entre los grandes sacrificios de Israel. La referencia más significativa, como veremos, está en Isaías 53. Además, tampoco hay referencias directas en el Nuevo Testamento, aunque sí hay algunas alusiones. Pero a pesar de todas las incógnitas que rodean a esta ofrenda, podemos ver importantes verdades espirituales.

   a. Las afirmaciones de Dios

   La sociedad hace tiempo que perdió prácticamente toda conciencia de lo sagrado. Casi nada parece sacrosanto y nada es inviolable. Prácticamente todo puede ser investigado cínicamente y abusado secularmente. Parece que poco se mantiene como sagrado excepto el derecho del individuo de vivir como quiere, el derecho de los niños de ser protegidos, el derecho de la libertad de expresión, al menos en la prensa. El principio de los “derechos humanos” es el valor que mueve a la política y a las leyes contemporáneas. Pero Israel se preocupaba por los “derechos de Dios”. Dios reclamaba ciertos derechos, incluidos los derechos sobre la propiedad sagrada y no valía la excusa de la ignorancia, la negligencia o la inadvertencia. Estas cosas no eximían a su pueblo de la obligación de respetar sus posesiones y su voluntad.

   Malaquías tomó esto como lema cuando acusó a Israel de infidelidad por robar los diezmos y las ofrendas de Dios. Pero también mostraban desprecio por su nombre sagrado de otras formas también, él decía, como presentándole sacrificios dañados y siendo desleales en su matrimonio. Al igual que con la ofrenda por el pacto, no había ninguna jerarquía de pecados; un acto de infidelidad no es peor que otro. Traicionar la fidelidad de Dios y traicionar la fidelidad de la pareja era lo mismo: era pecado.

   En los escritos de Pablo también encontramos el mismo énfasis en los derechos de Dios en nuestra vida. En Gálatas, por ejemplo, se hace eco de la amonestación después de hablar de la integridad en ambas relaciones y en los asuntos económicos, cuando Pablo concluye: “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Sus instrucciones a los corintios habían seguido la misma línea. Aunque ya estaban bajo el nuevo pacto y no estaban sujetos al diezmo legalista, debían ofrendar regularmente a Dios, consideradamente, gozosamente y generosamente. Esa sería la única forma de obtener un galardón en la eternidad y era la única forma de expresar una gratitud tangible por “su don inefable”.

   Dios aún nos reclama cosas en nuestra vida. Nos reclama tiempo y dinero. Si no le pagamos a Dios, o inconscientemente le dejamos fuera porque estamos ocupados o le damos menos porque tenemos presiones económicas, nos encontraremos en una mala situación con Él y debemos buscar reconciliación y restitución.

   b. La deuda del pecado

   La ofrenda por el pecado trata el pecado como si fuera suciedad que necesita ser limpiada; la ofrenda por el pecado lo trata como una deuda que necesita ser pagada. Es una deuda que acumulamos ya sea por no honrar a Dios o por traicionar a nuestro prójimo. Es una cosa natural ver el pecado como una deuda. De hecho, Jesús lo veía así. Utilizó esta analogía dos veces en sus parábolas. En Lucas 7, después de ser ungido por una mujer pecadora en casa de un fariseo muy santo, Jesús explicó que aquellos a quienes se les habían perdonado muchas deudas lo aman más que aquellos a quienes se les habían perdonado pocos pecados. En Mateo 18 se utiliza la misma analogía con un énfasis diferente. Jesús cuenta la historia de un siervo sin piedad y advierte que aquellos que no perdonen las deudas de otros no recibirán perdón de Dios por las suyas. En esta misma línea, cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, les enseñó a pedir a Dios que nos perdone “nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”.

   Esta visión del pecado la utiliza Pablo para explicar tanto las consecuencias de nuestra desobediencia de la ley de Dios como Su maravillosa forma de remediar esto. Los israelitas habían hecho un pacto con Dios de cumplir su ley y, cuando no lo hacían, se imponían las cláusulas de castigo, por lo tanto, estaban en deuda con Dios. Los gentiles no tenían el beneficio del pacto, pero su posición no era más ventajosa que la de los judíos, puesto que en su caso su conciencia les llevaba a cumplir la ley de Dios y así estarían en deuda con Él si no lo hacían. Ni los judíos ni los gentiles podían llegar a pagar el coste de la multa. Pero Jesús tomó la “carta de adeudo” y nos liberó, clavándola en una cruz. A través de su crucifixión se pagó completamente la deuda de nuestro pecado.

   Debemos tener cuidado de no quitarle valor a esta maravillosa solución, como si fuera una transacción financiera impersonal, como si nuestros pecados se pusieran en un lado de la balanza y la sangre que Cristo derramó en la cruz se pusiera en el otro lado. Esto lo devalúa hasta lo que Edgard Irving llama la “divinidad del mercado de valores”. La deuda del pecado no se encuentra en una hoja de cálculo impersonal, sino en el efecto profundamente personal que tiene a la hora de destrozar nuestra relación con el Dios viviente y también con nuestro prójimo. Dios se entrega a sí mismo, a través de su Hijo, y así la relación se restaura y la barrera de la deuda desaparece.

   c. La bendición de la sustitución

   Isaías 53 habla del sufrimiento del siervo como una ofrenda por la culpa. El siervo, que fue odiado por sus compañeros y aplastado por Dios, en realidad estaba soportando las consecuencias de los pecados de los demás, incluidos los nuestros. Tomando nuestro sufrimiento y llevando nuestras penas, “herido por nuestras transgresiones”, para que, a través de la ofrenda de su vida en sustitución de la nuestra, podamos ser “rescatados, sanados, restaurados, perdonados”. No importa a quién hiciera referencia el siervo que sufre, los cristianos primitivos veían a Jesús como el cumplimiento de la profecía de Isaías. Hacían referencia una y otra vez a Isaías 53 para explicar la misión de Cristo en la cruz. Por lo tanto, Jesús es la ofrenda suprema por la culpa, quien ofrece compensación total a Dios por nuestro pecado y nos libera de las deudas que tenemos con Él.

   Algunos han intentado ir más allá y explicar cómo los dos elementos de la ofrenda por la culpa (el sacrificio y la restitución) se encuentran en Cristo. El acto de la restitución puede que ocurra a través de su obediencia consistente y activa, y el acto de la expiación a través de la entrega voluntaria de su vida en la cruz. Al participar “en Cristo” recibimos los beneficios de ambos elementos. Kellogg fue más allá para entender, de manera aún más exacta, el hecho de cómo Cristo cumplió los requisitos de la ofrenda de pecado y explicó que no sólo su vida perfecta ofreció restitución total sino también el 20% que se añadió “vino de la profundidad inefable de humillarse Él mismo y su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz”. Pero esta visión es demasiado precisa e incluso podría alimentar nuestra imaginación por su creatividad en lugar de llenar nuestro corazón de adoración.

   d. La necesidad de restitución

   De seguro que Jesús estaba pensando en el sacrificio de la ofrenda por el pecado cuando les dijo a sus discípulos: “Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Zaqueo, quien restauró mucho más de lo que exigía la ley cuando conoció a Jesús, se presenta como una ilustración de cómo deben vivir las personas que están bajo el nuevo pacto. Deben hacer más, no menos, que lo que exigía la ley. La ofrenda de adoración sola no puede arreglar el pecado. Se requieren los dos sacrificios.

   Es inevitable preguntarse cuántas veces parece que la presencia de Dios está ausente de nuestros cultos de adoración. No porque el líder de alabanza no esté bien preparado, o la liturgia tenga defectos, o las canciones no hayan sido escogidas adecuadamente, sino porque algunas de las personas que asisten se están engañando al pensar que por mucho cantar y orar pueden invocar la presencia de Dios, cuando lo que realmente hace falta que hagan es que vayan a pagar las facturas, pedir perdón a sus amigos, arreglar las cosas con sus vecinos, cumplir las obligaciones con sus familias y arreglar cualquier situación en la que hayan engañado a alguien. Igual importancia tiene su engaño hacia Dios, con sus míseras ofrendas o escasez de tiempo que han apartado para Él en su devoción diaria o adoración pública. Si se hiciera reparación en estas áreas, ¿no veríamos a Dios derramar “bendición hasta que sobreabunde”?

   La ofrenda por la culpa muestra una vez más un Dios de gracia que provee los medios por los cuales los pecadores culpables pueden liberarse de la deuda del pecado. Pero la gracia no es barata. La gracia que fluye de Dios fluye de un altar donde se sacrificó la vida de su Hijo. Y fluye en las vidas de aquellos que son conscientes de la compasión santa de Dios, que tratan el pecado como una cosa seria e intentan vivir en integridad y llevar a cabo una reparación costosa cuando fallan.

   Texto: Proverbios Cap. 6, versículo 3. Haz esto ahora, hijo mío, y líbrate, Ya que has caído en la mano de tu prójimo; Ve, humíllate, y asegúrate de tu amigo 

   Comentario: Los vv. 3–5 exponen la manera de salir del compromiso imprudente. Se nota el vocativo repetido para la segunda vez en esta discusión hijo mío (vv. 1 y 3), llamando así de nuevo la atención del hijo y poniendo énfasis en la enseñanza que está por venir. Seguramente, todos los jóvenes van a tener que enfrentar una situación semejante en sus vidas. La descripción del v. 3 es parecida a una esclavitud. El garante no está libre ya que tiene un compromiso económico. Y está en el poder de su prójimo; así se entiende la metáfora de estar en las manos de su prójimo.

   Los tres verbos siguen en el texto en el v. 3. Se unen a un verbo muy conocido como es el vocablo anda, de la palabra halak 6213, “ir”, que aparece más que 1.500 veces en el AT, con dos verbos poco frecuentes. Las palabras hebreas son rapas 7511, que significa “estampar” o “patear”, y rahab 7292, que significa “atormentar” o “alarmar”. Parece ser que la primera palabra habla de humillarse con fuerza hacia abajo mientras la segunda palabra habla de molestarse cualquier sea la situación del prójimo. Por lo tanto, el texto que dice anda, humíllate, importuna a tu prójimo no capta toda la determinación y la energía que han de expresarse en el reencuentro con el prójimo. El prójimo va a ver que el aval está actuando en una forma nerviosa e insistente. Especialmente, la palabra importuna (rahab 7292) tiene tal sentido de intranquilidad (ver Sal. 138:3, que traduce infundiste mucho valor; Cant. 6:5 traduce doblegan; Isa. 3:5 traduce insolente). Sin duda, el prójimo va a darse cuenta de una situación anormal y, por supuesto, va a sospechar que está involucrado el compromiso financiero. El elemento de molestar al prójimo y de implorarle se encuentra en estos dos versos: molestar, del verbo rahab 7292 e implorar, del verbo rapas 7511.

1er Titulo:

Tipificando claramente el pecado contra el prójimo. Versíc. 1 al 3. 1Habló Jehová a Moisés, diciendo:  2Cuando una persona pecare e hiciere prevaricación contra Jehová, y negare a su prójimo lo encomendado o dejado en su mano, o bien robare o calumniare a su prójimo, 3o habiendo hallado lo perdido después lo negare, y jurare en falso; en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre. (Léase: Éxodo 20:15 al 17. No hurtarás. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo; ▬ Colosenses 3.8 y 9. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos.

  Comentario 1: El octavo mandamiento, v. 15. No robarás. Dios da al hombre el derecho a poseer propiedad como un mayordomo suyo. Así que, el Señor dice: La tierra no se venderá a perpetuidad, pues la tierra es mía… (Lev. 25:23; ver Sal. 24:1). Este derecho concedido al hombre por Dios es la base teológica más grande contra el comunismo y el socialismo absoluto. La palabra “robar” quiere decir tomar algo a escondidas, o furtivamente, como si estuviera bien hacerlo mientras que nadie lo sepa. El objeto del verbo robar, o hurtar, puede ser tanto una cosa (22:1, 2) como una persona (21:16; Deut. 24:7). Dios dijo: No robarás, o no tomarás nada de nadie a escondidas. Isaías dijo: ¡Ay de los que juntan casa con casa y acercan campo con campo, hasta que ya no queda más espacio…! (5:8; ver Amós 3:10). El hurtar incluía el robo, el rapto, el fraude y la usura. Pablo dijo que el trabajo honesto era el remedio mejor para aquellos que roban (Efe. 4:28).

   El noveno mandamiento (v. 16). Este mandamiento da el derecho a los miembros de la comunidad del pacto de tener un buen nombre: No darás falso testimonio contra tu prójimo (v. 16). El nombre simboliza la persona, y es todo lo que un individuo posee en realidad. El mandamiento va junto con el octavo: No hurtarás el buen nombre de una persona dando testimonio mentiroso bajo juramento, ni chismeando. El principio es: Hablarás la verdad. Como castigo, se aplicaba la ley del talión para el testigo falso en litigio: Le haréis a él lo que él pensó hacer a su hermano. Así quitarás el mal de en medio de ti (Deut. 19:19). Sin embargo, seguía el problema como una preocupación de los profetas de Israel (ver Jer. 7:8–10; Ose. 4:2), y lo será para cualquier sociedad que quiere sobrevivir. No hay nada que destruya una nación más rápidamente que el falso testimonio, o la mentira, en la sociedad y en el sistema judicial.

   El aspecto positivo del mandamiento implica que el miembro de la comunidad debe asumir la responsabilidad de ser un testigo veraz. De esta verdad se desprenden dos implicaciones fundamentales: (1) Uno no debe callar cuando hay necesidad de testificar: Cuando una persona peque porque, habiendo oído la advertencia del juramento y siendo ella testigo que lo vio o lo supo, no lo denuncie, será considerada culpable (Lev. 5:1; ver Prov. 14:5). (2) Todos los redimidos son llamados a testificar de la gloria y la salvación de Jehovah (ver Isa. 43:10, 12; 55:4).

   Sin embargo, el problema seguía como una preocupación para los profetas de Israel (ver Jer. 7:8–10; Ose. 4:2), y lo será para cualquier sociedad que quiere sobrevivir. No hay nada que destruya más rápido una nación que el falso testimonio o la mentira, en la sociedad o en el sistema judicial. De la misma manera, no hay nada más desastroso para el reino de Dios que el falso testimonio, de vida o de palabra, de los que profesan ser miembros de la familia de fe.

   El décimo mandamiento (v. 17). No codiciarás. . . El verbo traducido codiciar, en el hebreo significa un “deseo desordenado, egoísta e indomado”, y “tomar placer en”. Entonces, tiene un significado doble; es un deseo secreto por algo que pertenece a otro, y es una acción que brota del deseo de tomar lo deseado (ver 34:24; Deut. 7:25). Este mandamiento y el octavo garantizan el derecho fundamental de poseer propiedad privada.

   El mandamiento es una prohibición contra la envidia. El miembro de la comunidad no debe codiciar la familia del prójimo, ni su propiedad, ni cosa alguna de él. Todo lo que tiene el otro es don de Dios, y el codiciar lo de su prójimo es despreciar lo que él tiene. Así que el codiciar es rechazar la providencia de Dios. El primer mandamiento había establecido la relación correcta para con Dios. El último trata de la relación correcta para con su prójimo; sin embargo, éste depende de la relación principal con Jehovah.

Comentario 2: 8, 9a. Pero, ahora, ponedlas todas de lado vosotros también: ira, enojo, malicia, calumnia, lenguaje vergonzoso de vuestra boca. No mintáis más los unos a los otros. Los vicios anteriores habían traído destrucción, no sólo a la vida de los hombres considerados como individuos o separadamente (véase sobre el v. 5, arriba), sino también habían roto la relación entre prójimos. Esto no debe continuar. Por consiguiente, ira (latín: ira), esto es, una indignación arraigada, cuando el corazón es como un horno ardiente; enojo o furia (latín: furor), esto es, una explosión turbulenta, como un fuego en la paja; malicia, no sólo “diablura”, sino la malvada inclinación de la mente, la perversidad de disposición que desea el mal para su prójimo; calumnia o difamación; y lenguaje vergonzoso de vuestra boca, esto es, lenguaje abusivo. Todas esas cosas deben abandonarse. Nótese aquí el progreso del vicio, desde la ira que se anida en el corazón, a través de varias etapas, hasta la amarga manifestación de ella: calumnia, y lenguaje abusivo. La mentira también debe ser abandonada (cf. 1 Ti. 2:7). Ya no debe estar presente en la vida de los creyentes. Toda clase de hipocresía y engaño ha sido siempre la marca de los pueblos paganos. Esto es la verdad hoy en día también. Un misionero nos contó que en respuesta a una pregunta sobre por qué cierta persona nueva no había asistido a una reunión de entre semana como lo había prometido, la mujer contestó, “Siento mucho no haber podido asistir, pero verá, tuve que ir al funeral de mi suegra en una ciudad lejos de aquí”. Más tarde el misionero descubrió que la suegra en cuestión había muerto ya hace varios años y que la mujer que había inventado esa excusa ni siquiera había estado fuera de la ciudad en el día de reunión. El misionero añadió, “Le dirán cualquier cosa que se les ocurra, con tal de salir del paso”.

   Pablo les exhorta a poner a un lado todos esos pecados, así como uno descarta o pone a un lado una prenda de vestir gastada o que ya no la sirve a la persona que la usaba. Para el uso literal de la expresión “poner a un lado” en conexión con mantos, véase Hch. 7:58. El apóstol, bien versado en el Antiguo Testamento, sabía que la figura de un vestido era usada frecuentemente en las Sagradas Escrituras para señalar al carácter. A veces se refiere al carácter que da gloria a Dios, consistiendo de los frutos de gracia, tales como, justicia, rectitud, gozo, fidelidad (Job 29:14; Sal. 132:9; Is. 11:5; 61:10); a veces al carácter perverso: orgullo, violencia (Sal. 73:6); o al resultado de ese carácter: vergüenza y deshonra (Sal. 35:26; 109:29). El vestido de justicia y salvación se atribuye a Jehová mismo (Is. 59:17). Por tanto, es muy comprensible que Pablo usara esta manera figurada de hablar (así como también otros escritores del Nuevo Testamento; véase He. 12:1; Stg. 1:21; 1 P. 2:1). La figura está implícita en Ro. 13: 12a, 14; Gá. 3:27, “os habéis vestido con Cristo”; Ef. 4:22, 25. Con una pequeña modificación de la figura, algunas veces el apóstol habla del deber que el cristiano tiene de colocarse la armadura espiritual (Ro. 13:12b; 2 Co. 6:7; Ef. 6:13–18; y 1 Ts. 5:8).

2° Titulo:

Ordenando una completa reparación del daño causado. Versíc. 4 y 5. 4entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló, 5o todo aquello sobre que hubiere jurado falsamente; lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación. (Léase Números 5.7. aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó. ▬ San Lucas 19:8. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.).

   Comentario 1: La restitución, 5:5–10. Este es el primero de tres pasajes que tratan de la contaminación moral que resulta de la infidelidad o el incumplimiento de los votos. El contexto demuestra que “los pecados” en el v. 6 se refiere al hurto o el acto de defraudar a otro. Levítico 6:1–5 trata de tales casos. Pero al traicionar la confianza del prójimo, uno también traiciona (mejor que “ofender” en v. 6) a Jehovah. Tal persona es culpable no sólo de un pecado contra su prójimo, sino también de un pecado contra Dios. Tal pecado contamina la comunidad y tiene que ser tratado.

   Para restaurar la solidaridad de la comunidad, el pecador tiene que devolverle al defraudado todo el valor hurtado, más el 20% (ver Lev. 6:1–5). Si el defraudado ya no vive ni tiene un pariente cercano (pariente redentor) para recibir la restitución, entonces el pecador tiene que pagarla a Dios a través del sacerdote. (Este es el elemento nuevo que este pasaje agrega a Lev. 6.) También, hay que presentar un cordero, en sacrificio a Dios para la expiación de su pecado (ver Lev. 6:6, 7). Los vv. 9, 10 aclaran que cuando la restitución se paga al sacerdote, todo el valor pertenece al mismo sacerdote. La regla general es que toda cosa presentada a cierto sacerdote queda con él. (En cuanto a la ofrenda alzada, ver el comentario sobre 6:20.) El pasaje subraya la necesidad de la honestidad en las relaciones con el prójimo y con Dios.

   Comentario 2: Debemos suponer que Jesús ahora ha entrado en la casa del jefe de los publicanos. ¿No es natural creer también que a todos los que se reunieron allí él les dirigió las palabras de vida? La preocupación amorosa que Jesús había demostrado hacia Zaqueo hizo de éste un hombre cambiado. Tan profundamente impresionado está, que en respuesta se levanta y afirma que aquí y ahora está dando la mitad de sus posesiones a los pobres. Esa es su ofrenda de acción de gracias. ¿Ha sido a veces culpable de (directa o indirectamente) cobrar demasiado dinero de alguien? Sí, lo ha sido. De modo que en presencia de todos ahora declara que va a devolver todo lo que ha tomado ilícitamente. No solamente eso, va a añadir algo más. La ley (Lv. 6:1–5; Nm. 5:7) exigía que en ciertos casos al hacer restitución se añadiese un quinto del dinero recibido injustamente—en este caso un quinto de lo que había cobrado demás. En otros casos había que hacer restitución doble (Ex. 22:4, 7, 9). Sin embargo, Zaqueo ha decidido ahora restituir no el doble sino cuatro veces la cantidad cobrada de más. De paso, ¿no tiende a probar esta restitución cuádruple además de “la mitad de mis posesiones” (esto para los pobres) que Zaqueo no puede haber sido groseramente deshonesto? ¿De otro modo, podría haber hecho una restitución tan generosa?

3er Titulo:

Necesaria expiación para recibir el perdón Divino. Versíc. 6 y 7. 6Y para expiación de su culpa traerá a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación, y lo dará al sacerdote para la expiación. 7Y el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender. (Léase San Juan 1:29. El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.).

   Comentario: 1:29. El siguiente día vio a Jesús que venía a él. Jesús regresa del desierto donde ha sido tentado. Juan, al verlo acercarse, dice a los que lo escuchan, a la vez que señala o mira hacia Jesús ¡He aquí, el Cordero de Dios que está quitando el pecado del mundo! ¿Acaso no es cierto que con su sumisión voluntaria al rito del bautismo y con su victoria sobre Satanás en el desierto frente a la tentación, Jesús ya había comenzado su obra de tomar vicariamente sobre sí mismo la maldición de la ley, y de prestar obediencia perfecta? ¿Y acaso no estaba, con estos mismos actos y con los que habían de seguir, quitando (participio presente) el pecado del mundo? ¡Cuán oportunas eran las palabras del Bautista en aquel momento! El vocablo ἴδε no se puede tomar por un verbo transitivo que tiene el cordero por complemento directo. Aquí tiene función de interjección. Por ello la traducción no debiera ser: “Mirad al Cordero de Dios”, o “Ved al Cordero de Dios”. Si se quiere conservar cualquiera de estas dos palabras se debe poner una coma después de la primera. Aunque esta coma se encuentra en algunas traducciones, no siempre se tiene en cuenta al leer o cantar. Para evitar ambigüedades lo traducimos así: “He aquí, el Cordero de Dios, que está quitando el pecado del mundo”.

   Con frecuencia se ha hecho la siguiente pregunta: “¿Se refería Juan al cordero pascual (Ex. 12–13; cf. Jn. 19:36; 1 Co. 5:7; 1 P. 1:19); al cordero de la ofrenda diaria (Nm. 28:4); o al cordero de Isaías 53:6, 7, 10? Se han dado buenas razones en favor de cada uno de estos criterios: del primero, que la Pascua estaba próxima; del segundo, que el sacrificio de aquellos corderos era un acontecimiento diario, y por lo tanto bien conocido por la gente a quien Juan se dirigía; y del tercero, que el Bautista tan sólo un día antes se había descrito a sí mismo y a su obra con lenguaje tomado de Isaías (capítulo 40). También Mateo estaba familiarizado con Isaías 53 (véase Mt. 8:17); e igualmente Pedro (1 P. 2:22); y también el evangelista Felipe (Hch. 8:32); y el escritor de la epístola a los hebreos (He. 9:28). Pero ¿por qué hay que elegir? ¿No eran todos ellos tipos que se cumplieron en Cristo, y no era él el Anti tipo al cual todos ellos señalaban (cf. 1 P. 1:9; 2:22)?

   Aunque es cierto que el significado primario del verbo αἴρω es levantar, elevar (8:59), en los tipos, sin embargo, lo que se simbolizaba con el cordero sacrificado era la erradicación del pecado y/o sus consecuencias (Ex. 12:13; Is. 53:5, 8, 11, 12). Por ello, lo natural es que aquí en 1:29 atribuyamos a αἴρω el significado que siempre le ha dado el lector de la Biblia; a saber, quitar (igual que en 19:31). Según [p 105] el Bautista, lo que el Cordero está quitando es el pecado del mundo (hombres de toda tribu y pueblo, perdidos, por naturaleza, en el pecado, cf. 11:51, 52), y no simplemente el pecado de una nación en particular (p. ej., los judíos). Todos los pecados (plural en 1 Jn. 3:5) que el Cordero quita reciben el nombre colectivo del pecado. Este pasaje no enseña una expiación universal. Ni el Bautista, ni el evangelista, ni el mismo Jesús enseñaron eso (1:12, 13; 10:11, 27, 28; 17:9; 11:50–52; obsérvese la expresión “hijos de Dios” en la última referencia).

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.