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Domingo 16 de febrero de 2020: “Reverencia que se debe guardar a la santidad de la casa y del altar de Dios”.

Domingo 16 de febrero de 2020: “Reverencia que se debe guardar a la santidad de la casa y del altar de Dios”.

   Lección: Éxodo Cap. 29, versículos 31 al 37. 31 Y tomarás el carnero de las consagraciones, y cocerás su carne en lugar santo. 32 Y Aarón y sus hijos comerán la carne del carnero, y el pan que estará en el canastillo, a la puerta del tabernáculo de reunión. 33 Y comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación, para llenar sus manos para consagrarlos; más el extraño no las comerá, porque son santas. 34 Y si sobrare hasta la mañana algo de la carne de las consagraciones y del pan, quemarás al fuego lo que hubiere sobrado; no se comerá, porque es cosa santa. 35 Así, pues, harás a Aarón y a sus hijos, conforme a todo lo que yo te he mandado; por siete días los consagrarás. 36 Cada día ofrecerás el becerro del sacrificio por el pecado, para las expiaciones; y purificarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo. 37 Por siete días harás expiación por el altar, y lo santificarás, y será un altar santísimo: cualquiera cosa que tocare el altar, será santificada.

   Referencias Bíblicas: Levítico 19:30. Mis días de reposo guardaréis, y mi santuario tendréis en reverencia. Yo Jehová. ▬ Deut. 12:13 y 14. 13 Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; 14 sino que en el lugar que Jehová escogiere, en una de tus tribu, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando. ▬ Ap. 7:11-12. 11 Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, 12 diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén  

   Comentario general: Aarón y sus hijos iban a ser apartados para el oficio de sacerdote en una ceremonia solemne. Nuestro Señor Jesús es el gran Sumo Sacerdote de nuestra profesión, llamado por Dios para serlo, ungido con el Espíritu, por lo que se le llama Mesías, el Cristo; revestido de gloria y belleza; santificado por su propia sangre; perfeccionado o consagrado por medio de sufrimientos, Hebreos 2:10. Todos los creyentes son sacerdotes espirituales para ofrecer sacrificios espirituales, 1 Pedro 2:5, lavados en la sangre de Cristo y de esa manera hechos sacerdotes para nuestro Dios, Apocalipsis 1:5, 6. Además están vestidos con la belleza de la santidad y han recibido la unción, 1 Juan 2:27. El Espíritu de Dios es llamado dedo de Dios (Lucas 11:20, compárese con Mateo 12:28) y él aplica el mérito de Cristo a nuestra alma. Esta consagración significa la admisión de un pecador en el sacerdocio espiritual, aceptable a Dios por medio de Jesucristo.

Comentario conforme al título: Dios exigía santidad a sacerdotes y levitas en su vestir para ministrar:

Esto de que todo tiene su tiempo y su hora se cumple también en lo referente al vestir. Al respecto, quisiera que viéramos el pasaje en donde Dios le muestra a Ezequiel una visión o revelación profética del templo. Independientemente de cuál sea la interpretación de dicha visión (de la cual no hay un consenso en el ámbito teológico, lo que no viene al caso en este momento), quisiera mencionar ciertos aspectos de dicho pasaje, para aplicarlos al caso específico que nos ocupa, en lo que respecta a la vestimenta para ministrar. En ese pasaje se nos deja ver claramente que Dios hace diferencia entre lo que habrían de vestir sus ministros al entrar al templo a servirle y lo que podían vestir en su diario andar:

   “Cuando los sacerdotes entren, no saldrán del lugar santo al atrio exterior, sino que allí dejarán sus vestiduras con que ministran, porque son santas; y se vestirán otros vestidos, y así se acercarán a lo que es del pueblo.”

   Cuando salgan al atrio exterior, al atrio de afuera, al pueblo, se quitarán las vestiduras con que ministraron, y las dejarán en las cámaras del santuario, y se vestirán de otros vestidos, para no santificar al pueblo con sus vestiduras.” Ezequiel 42:14; 44:19

Hay ciertas cosas importantes que quisiera rescatar de estos pasajes que acabamos de citar:

A. Dice aquí, respecto a los sacerdotes, y de manera literal, que “sus vestiduras con que ministran son santas”:

  • Ellos únicamente podían usar vestiduras santas, sagradas. Es decir, vestiduras que reflejaran decoro, reverencia y santidad; y no cualquier cosa que se les ocurriera ponerse; vestiduras que expresaran en sí mismas que ese lugar en donde ellos ministraban era especial, que no era cualquier cosa, pues era el lugar en donde estaba o descendía la presencia de Dios mismo.
  • En otras palabras, una vestidura que no fuera santa, no podía usarse para ministrar. Y hoy tampoco debería ser diferente, respecto a los que ministran en un altar. Tal como hace siglos los sacerdotes se vestían santamente para ministrar, deberíamos también hacerlo así nosotros hoy.
  1. Esas vestiduras con que ministraban los sacerdotes eran tan santas que ellos ni siquiera podían sacarlas al atrio exterior, sino que éstas debían permanecer dentro del Lugar Santo. Para entender mejor esto, cabe anotar que, tanto el tabernáculo, como posteriormente el templo original (el de Salomón), se componían de tres secciones bien diferenciadas. De adentro hacia afuera eran: 
  • El Lugar Santísimo (en donde únicamente entraba el Sumo Sacerdote; y esto, solo una vez al año).
  • El Lugar Santo (en donde los diferentes sacerdotes entraban diariamente a ejercer determinados oficios y rituales).
  • El atrio (que era el recinto más exterior del santuario). En el templo (que era muchísimo más grande que el tabernáculo) había también un atrio exterior, que era hasta donde tenía acceso el pueblo para congregarse. Ahora bien, según se nos muestra en los citados pasajes del libro de Ezequiel, los sacerdotes debían dejar sus vestiduras “en las cámaras del santuario” y se les dice a éstos que “no saldrán del lugar santo” con ellas. Y eso, debido a que eran vestiduras santas, las cuales deberían permanecer así, santas.
  1. Dichas vestiduras sacerdotales eran tan santas que incluso podían “santificar al pueblo”, si es que los sacerdotes salían afuera con ellas puestas y se mezclaban con la gente.

Hoy ocurre en las iglesias todo lo contrario: las vestiduras que usan algunos ministros del altar no tienen absolutamente nada de “santas”, sino que lo que hacen es poner tropiezo delante del pueblo y darles ocasión de caer, por la manera de vestir indecorosa, sensual o provocativa de algunos.

  1. También se nos dice aquí que “cuando los sacerdotes entren”al Lugar Santo debían ponerse esas vestiduras especiales; es decir, vestiduras dedicadas, apartadas y consagradas para ministrar en el santuario. Es decir:
  • Ellos no podían vestirse con ropa de diario ni con vestiduras para otra ocasión, aún por muy hermosas que estas fueran. Tenían que ser las vestiduras específicamente escogidas y diseñadas por Dios para ministrar.
  • Eso nos debería recordar que, al momento de vestirnos para ministrar en un altar de Dios, no deberíamos apresurarnos a ponernos cualquier cosa, sino que deberíamos escoger únicamente ropa que no estorbe ni riña con el propósito de ministrar a Dios y ante el pueblo.
  • Más aún, un cristiano y una cristiana verdaderos no han de vestir decorosamente solo cuando van a la iglesia, sino siempre y en todo lugar.
  1. Tanto las vestiduras que usaban los levitas (que eran ayudantes y servidores en el templo), como las vestiduras de los sacerdotes en general y las vestiduras del sumo sacerdote (el máximo sacerdote), habían sido diseñadas por Dios mismo
  • Dios mismo le dio a Moisés instrucciones específicas para tal fin (eso lo podemos leer en Exodo 28:1.43 y Exodo 39:1-31).
  • El Señor se tomó todo el cuidado de indicarle a Moisés, con lujo de detalles, cómo debían elaborar dichas vestiduras, las cuales eran de telas finísimas, colores específicos, bordados primorosos y accesorios de oro y piedras preciosas. Cada uno de esos detalles tenía un simbolismos y significado específico. El conjunto todo de las vestiduras era una belleza, especialmente dedicada para el servicio a Dios. (Ello no quiere decir que necesitamos vestirnos lujosa u ostentosamente para ministrar a Dios. Por supuesto que no).
  • Lo que sí nos deja en claro este pasaje es que el Señor se tomó la molestia y el cuidado de ordenar cómo quería que se vistieran los sacerdotes que ministraban en su templo. Eso quiere decir que hoy también Dios se fija y le interesa cómo nos vistamos nosotros para ministrar en su casa, en su templo, en su santuario. Y nosotros deberíamos también tomar especial cuidado a la hora de vestirnos para esa ocasión.
  1. Quisiera recalcar aquí un detalle muy explícito en las vestiduras de los sacerdotes, el cual estaba en la mitra (la especie de gorro que llevaban sobre su cabeza). En la parte frontal de la mitra, sobre sus frentes, debían llevar un letrero grabado en oro que decía: “Santidad a Jehová”.

“Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ella como grabadura de selloSANTIDAD A JEHOVÁ. Y la pondrás con un cordón de azul, y estará sobre la mitra; por la parte delantera de la mitra estará. Y estará sobre la frente de Aarón…”

(Éxodo 28:36-38).

 

  • Ese letrero estaba ubicado así a propósito, de modo que llamara la atención, quizás más que todo el atuendo del sacerdote. Ello nos hace ver que, muy por encima de toda la hermosa y santa vestimenta externa que llevaba el sacerdote, él mismo debía y tenía que ser santo. La santidad era lo más importante de su atavío. De la misma manera, hoy por hoy, si llevamos una vida santa ante Dios, entonces nuestro atavío externo será, de por sí, una expresión y producto de esa santidad interna.  
  • Ese letrero tan llamativo estaba sobre la frente del sacerdote y se podía ver a cierta distancia, por el brillo del oro. Pero sus detalles y lo que decía el grabado en sí, solo se apreciaban al estar cerca del sacerdote. Cando miramos de lejos a alguien, vemos su vestimenta, de manera general. Pero cuando miramos de cerca a una persona, lo primero en que nos fijamos es su rostro y lo que tenga en él. Aplicando eso a la vida diaria, podemos decir que los que nos vean desde lejos, sin conocernos personalmente, solo verán nuestro exterior; pero los que nos vean de cerca (es decir, los que nos conocen de manera personal, en nuestro diario vivir), ellos podrán darse cuenta si verdaderamente vivimos en santidad o no. Por eso, nuestra santidad ha de mostrarse y reflejarse en todo lo que hacemos en nuestra vida, tanto en las cosas grandes como en los detalles, en aquello que todos ven, en lo que pocos ven y en lo que solo Dios ve.
  • Dice además que el letrero era de oro, y del fino. Ello nos habla de la excelencia, de lo mejor, de lo perfecto, lo duradero, lo incorruptible, lo hermoso, lo santo. Así debe ser nuestra santidad.
  • El mensaje escrito en ese oro debía hacerse “como grabadura de sello”. Seguramente todos hemos visto cómo se estampa un sello. Se necesita un objeto con una superficie plana (sea de metal, madera, barro o plástico) en el cual, dependiendo del caso, se graba en alto relieve o bajo relieve el texto o imagen que queremos implantar sobre el papel, cuero, resina u otro material. Dependiendo del material del sello, la figura del sello es tallada o bien, fundida como parte del mismo sello cuando se fabrica. Lo que quiero resaltar en esto es que la figura o texto grabado en el sello es y se convierte en parte integral del sello, siendo inherente a él e inseparable de él, pues forma parte del cuerpo mismo del material del cual está constituido todo ese sello. De manera similar, nuestra santidad al Señor ha de estar grabada en nuestra mente y corazón, como parte integral, indivisible e inseparable de nuestra vida misma, de lo que somos, “como grabadura de sello”, como algo que no se puede quitar ni cambiar y que estará con nosotros para siempre. Además, cabe señalar que el grabado de un sello tiene la capacidad de implantar una réplica o imagen de sí mismo sobre otra superficie. Nuestra santidad también ha se dejar una huella en aquello que tocamos y en aquellos con quienes nos relacionamos y tenemos contacto, haciendo que ellos se conviertan a nosotros, y no nosotros a ellos (Jeremías 15:19).


    Para terminar este post, quisiera decir que el atuendo de los ministros en un altar es un tema algo ponzoñoso, que a algunos no les gusta tocar, por evitarse conflictos. Pero no podemos pretender tapar el sol con un dedo ni hacernos de la vista gorda. Hay un hecho que no podemos negar: lastimosamente, son cada vez más los altares en donde vemos situaciones nada reverentes ni prudentes en cuanto al vestir y a la manera de comportarse de los ministros que sirven en la casa de Dios. En algunos casos, hasta se dan situaciones que no solo rayan en la indecencia, sino que explícitamente le dan lugar a la carne.

   Algunas veces esto se da por la falta de sabiduría y prudencia de algunos a la hora de vestirse, y no porque no les importe, sino porque no aplican el sentido común al vestirse; y a veces ni siquiera se dan cuenta de lo que están causando con su vestir inapropiado. Cuando ese es el caso, aún hay remedio, pues cuando a dichos ministros se les aconseja o amonesta, abren los ojos y entran en razón, porque sinceramente quieren agradar a Dios; solo que no han sido lo suficientemente sabios al respecto.

   Pero también se da otro caso, que es el peor: cuando los “ministros del altar” (si es que podemos llamarlos así) pierden el pudor, recato y decoro, en lo que respecta a la manera en cómo suben al altar de Dios. Y esto sucede cuando endurecen su corazón, cuando pretender sobresalir o “brillar” (a su modo) sobre los demás; cuando no les importa exhibirse indecorosamente, pues no les interesa ni valoran la santidad inherente a un altar de Dios; al contrario, prefieren darle culto a su propia carne. Y se visten así, porque así también andan en su diario vivir.

   Y no es que yo sea legalista, pues detesto el “fariseísmo”. Pero tampoco acepto ni apadrino el libertinaje o la indecencia en el vestir; y muchísimo menos, cuando se trata de un altar de Dios. En lo particular, me molesta cuando veo cosas así en un altar, pues se supone que quien tiene la suficiente madurez para servir a Dios en un ministerio o en un altar, también debería tener la suficiente madurez y sabiduría para vestirse adecuadamente al desempeñar dicha función.

   Aún nos queda mucha tela que cortar en este tema. Pero, antes de proseguir con el tema de la vestimenta adecuada para un altar de Dios, quisiera que viéramos un poco acerca de lo que es y lo que representa un altar de Dios, y cuál ha de ser nuestra actitud al respecto; ya que pienso que de allí es que parte todo. Es decir, el concepto que tengamos de Dios, de su casa y de su altar determinará la forma en que nos vistamos para estar ante el Señor.

Texto: 1ª de Pedro 1:15 y 16. Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. 

    Comentario: Las palabras más bien introducen el aspecto positivo de este pasaje. Pedro informa a los lectores que Dios los ha llamado “de las tinieblas a su luz maravillosa” (2:9). Ahora son ellos los que han sido sacados del mundo; ellos son los escogidos (1:1–2; 2:9). En su amor electivo, Dios llama efectivamente a su pueblo a formar una nación santa (2:9). En suma, el llamamiento y la santidad son causa y efecto.

   Dios llama a su pueblo a ser santo porque él mismo es santo. Entre las características de Dios, como él ha querido revelar, ninguna es más significativa que su santidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan más de su santidad que de cualquier otro atributo de Dios.96 El adjetivo descriptivo santo revela la pureza absoluta de Dios. Este adjetivo describe el estado y la acción del ser de Dios. Dios es sin pecado, no puede ser influenciado por ello, y en su santidad lo destruye.

   Pedro ahora toma el concepto de la santidad y lo aplica a sus lectores: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”. Dios llama a su pueblo a salir de un mundo de pecado para entrar en una vida de santidad; y espera que cualquier cosa que hagamos, digamos o pensemos sea santa.

   La confesión diaria del cristiano debe ser: Que no haya parte del día o de la noche que de lo sagrado esté exento.

—Horacio Bonar

   Cuando Pedro dice: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”, espera que los creyentes sean imitadores de Dios en cuanto a la santidad. En su Sermón del Monte, Jesús presenta un mandamiento similar: “Sed por lo tanto perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48). Y en otra ocasión dice, al predicar: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6:36).

   ¿En qué se basa Pedro cuando exhorta los creyentes a evitar el pecado y esforzarse en la santidad? El abre las Escrituras y apela a la más alta autoridad. Ofrece confirmación de su enseñanza en las palabras dichas por Dios mismo.

   Una confirmación:  16. “Pues está escrito: “Sean” santos porque yo soy santo”.

   Cuando Jesús fue tentado por Satanás, desarmó al maligno con la fórmula escrito está y citas apropiadas de la Escritura (véase Mt. 4:4, 7, 10). Satanás reconoció la autoridad de la Palabra de Dios, aun hasta el punto de (mal) citarla para su propio propósito. Esa autoridad volvió a Satanás incapaz de hacer caer a Jesús. Por eso la palabra escrita demanda respeto y obediencia.

   Pedro toma esta palabra escrita de (Levítico 11:44–45. 44 Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo; así que no contaminéis vuestras personas con ningún animal que se arrastre sobre la tierra. 45 Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.). Apela a Levítico, porque este libro se ocupa del tema de la santidad. Levítico enseña que el pueblo de Dios debe ser santo, porque Dios es santo. En realidad, el adjetivo santo aparece con mayor frecuencia en Levítico que en cualquier otro libro de la Biblia.

   “Sean santos, porque yo soy santo”. Para el creyente, la santidad no termina con el perdón y la limpieza del pecado, sino que comienza con una vida activa de oposición al pecado. El pecador debe luchar por vivir en obediencia a Dios, demostrando así el significado de la palabra santo.

1er Titulo:

Bendiciones reservadas sólo al pueblo escogido por Dios. Versíc. 31 al 33. 31Y tomarás el carnero de las consagraciones, y cocerás su carne en lugar santo. 32Y Aarón y sus hijos comerán la carne del carnero, y el pan que estará en el canastillo, a la puerta del tabernáculo de reunión. 33Y comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación, para llenar sus manos para consagrarlos; más el extraño no las comerá, porque son santas. (Léase San Mateo 7:21. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.; ▬ San Juan 6:51. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.)

   Referencias: Proverbios 10:6. Hay bendiciones sobre la cabeza del justo; Pero violencia cubrirá la boca de los impíos. ▬ Proverbios 28:20. El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa. ▬ Advertencias de Malaquías 2:2. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón.   

   Comentario: [11]. (Éxodo 29: 31-33) Tabernáculo De Moisés —Sacerdocio —Comunión: Luego se celebraba una especie de comida de comunión entre los sacerdotes. Un elemento que estaba profundamente arraigado al sistema sacrificial era la idea de las fiestas. El calendario hebreo está lleno de distintos sacrificios y fiestas (vea Estudio a fondo I, Calendario, Hebreos, Ex. l2: l-2). Consideremos los detalles de esta comida en particular:

  1. Moisés debía cocer la carne del carnero en un lugar santo (v. 31), que muy probablemente haya sido el atrio del tabernáculo.
  2. Luego, se celebraba una especie de comida de comunión entre los sacerdotes, a la puerta del tabernáculo (v. 32).
  3. l) Los sacerdotes debían comer la carne del carnero junto con el pan del canastillo (v. 32).

2) Debían comer la carne y el pan sacrificados por su expiación. Era una comida que nadie más tenía permitido comer porque los alimentos habían sido santificados, apartados como elementos santos para el Señor (v. 33).

   Pensamiento 1. Jesucristo invita a su pueblo a acercarse, comer y tener comunión con él.

   “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura” (Is. 55:2).

    “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida: el que a ml viene, nunca tendrá hambre; el que en mi cree. no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35).

   “Yo soy el pan que descendió del cielo: si alguno comiere de este pan. vivirá para siempre; y el pan que ya daré es mi carne, la cual ya daré por la vida del mundo” (Jn. 6:51).

    “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20).

   Comentario 2: Juan 6.51. 51. Pero el conocimiento que se consigue al escuchar al Padre y aprender de él no ha de menospreciarse. Produce la mayor bendición posible: De cierto, de cierto os aseguro (acerca de esto véase 1:51): El que cree, tiene vida eterna. (En cuanto al verbo creer y a vida eterna, véase 3:16.) Adviértase: el creyente ya la tiene; la tiene aquí y ahora. Esta vida es el don de Jesús como “el pan de vida”. Por esto se repite este pensamiento: Yo soy el pan de vida (para lo cual véase 6:35). Este pan hace lo que ningún otro pan, incluyendo hasta el maná del cielo, jamás ha hecho o podrá hacer: imparte y mantiene la vida, y aleja la muerte.

   Imparte y sostiene la vida espiritual; aleja la muerte espiritual. Sin embargo, afecta, incluso, al cuerpo, resucitándolo en el último día de modo que pueda conformarse al cuerpo glorioso de aquél que es el pan de vida (cf. Fil. 3:21). Contrasta totalmente con éste el maná que los antepasados habían recogido: Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este (¿se apuntó Jesús a sí mismo cuando dijo esto?) es el pan que desciende del cielo (véase 6:32) para que uno pueda comer de él y no morir. No sólo es Jesús el pan de vida (que imparte y mantiene la vida) sino que lo es porque es el pan vivo (cf. 4:10), que contiene en sí la fuente de vida (5:26): Yo mismo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. En cuanto a _ _ξ ο_ρανο_ καταβάς, véase sobre 6:41. Se debe comer este pan, no sólo gustarlo (He. 6:4, 5). Comer a Cristo, como pan de vida, significa aceptarlo, apropiárselo, asimilarlo—en otras palabras, creer en él (6:47)—, de modo que comience a vivir en nosotros, y nosotros en él. El que lo hace, vivirá para siempre (la verdad del versículo 51 ahora formulada positivamente). Las palabras: vivirá para siempre indican claramente que no se puede disociar la idea cuantitativa del concepto de “vida eterna”. Cuando uno posee ζω_ν α_ώνιον, de hecho ζήσει ε_ς τ_ν α__να. Desde luego, el significado de “vida eterna” no se agota en este concepto cuantitativo. (Véase sobre 3:16 y cf. 1:4).

   Ahora se agrega un nuevo pensamiento. Hasta ahora Jesús ha venido subrayando el hecho de que él mismo, y no el maná, es el verdadero pan del cielo. Ahora agrega otra definición del término pan, mostrando en qué sentido es él el pan: Y el pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne. (Acerca del significado del término σάρξ, véase 1:14; también la nota al pie de la página.) Lo que Jesús quiere decir aquí es que va a darse a mismo—véase 6:57—en sacrificio vicario por el pecado; que entregará su naturaleza humana (alma y cuerpo) a la muerte eterna en la cruz. El Padre dio al Hijo; el Hijo se da a sí mismo (10:18; Gá. 2:20; Ef. 5:2). Adviértase: “el pan que yo mismo—en cuanto distinto del Padre—daré”. El tiempo futuro—“daré”—indica con claridad que el Señor piensa en un acto concreto; a saber, su sacrificio expiatorio en la cruz, el cual, a su vez, representa y culmina su humillación durante toda su permanencia en la tierra. Esto, y sólo esto, quiere decir cuando se llama a sí mismo carne. El significado no puede ser que Jesús sea para nosotros el pan de vida en un sentido doble: a. totalmente aparte de su muerte como sacrificio; y b. en su muerte como sacrificio. Por el contrario, las palabras son muy claras: “Y el pan que os daré es mi carne”. Creer en Cristo significa aceptar (apropiarse y asimilar) a Cristo como El Crucificado. Aparte de ese sacrificio voluntario, Cristo deja de ser en todo sentido pan para nosotros. Que Jesús de hecho pensó en su muerte se ve con claridad en 6:4, 53–56, 64, 70 y 71, que deberían estudiarse en relación a este tema.

   Este pan se da “por la vida del mundo”. Su propósito es, en consecuencia, que el mundo pueda recibir vida eterna. Los conceptos vida y mundo se emplean aquí como en 3:16.

2° Titulo:

Quemando, en el altar, lo consagrado a Dios. Versíc. 34 y 35… 34Y si sobrare hasta la mañana algo de la carne de las consagraciones y del pan, quemarás al fuego lo que hubiere sobrado; no se comerá, porque es cosa santa. 35Así, pues, harás a Aarón y a sus hijos, conforme a todo lo que yo te he mandado; por siete días los consagrarás. (Léase: Éxodo 12:10. Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que quedare hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego. ▬ Levítico 21:6. Santos serán a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, porque las ofrendas encendidas para Jehová y el pan de su Dios ofrecen; por tanto, serán santos.).

   Referencias: Ap. 3:16. Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. ▬ Isaías 23:18.

Pero sus negocios y ganancias serán consagrados a Jehová; no se guardarán ni se atesorarán, porque sus ganancias serán para los que estuvieren delante de Jehová, para que coman hasta saciarse, y vistan espléndidamente. ▬ Levítico 8.33. De la puerta del tabernáculo de reunión no saldréis en siete días, hasta el día que se cumplan los días de vuestras consagraciones; porque por siete días seréis consagrados. ▬ 1ª Crónicas 22.18. Poned, pues, ahora vuestros corazones y vuestros ánimos en buscar a Jehová vuestro Dios; y levantaos, y edificad el santuario de Jehová Dios, para traer el arca del pacto de Jehová, y los utensilios consagrados a Dios, a la casa edificada al nombre de Jehová. 

   Comentario: 3) Debían quemar la carne y el pan que sobraran. No se podían comer porque eran santos (apartados para Dios) (v. 34). a. Lo que aquí apreciamos es un énfasis sobre la obediencia: hacer todo lo que Dios mandaba (v. 35).

   Como los sacerdotes eran tipo de Cristo, así todos los ministros deben ser sus seguidores para que su ejemplo enseñe a otros a imitar al Salvador. Él ejecutó su oficio sacerdotal en la tierra, sin tacha y apartado de los pecadores. ¡Qué clase de persona debieran ser, entonces, sus ministros! Pero, si son cristianos, todos son sacerdotes espirituales; el ministro está especialmente llamado a dar el buen ejemplo para que la gente lo siga. —Nuestras enfermedades corporales, bendito sea Dios, no pueden ahora alejarnos de su servicio, de sus privilegios ni de su gloria celestial. Muchas almas sanas y hermosas están alojadas en un cuerpo débil y deforme. Y los que puedan no ser aptos para la obra del ministerio, pueden servir a Dios con comodidad en otros deberes de su iglesia.

   La comida pascual, Éxodo 12:10–11. Hubo tres elementos en la comida de Pascua: la carne asada al fuego, panes sin levadura y hierbas amargas. Después de inmolar y limpiar el cordero, fue asado al fuego, con su cabeza, sus piernas y sus entrañas.

   El comerlo era un acto de identificación con el animal sacrificado: llegaba a ser parte de la vida del participante. Debían comerlo todo, o quemar en el fuego lo que quedara (v. 10). Al ser dedicado al Señor, el cordero participaba de santidad, y lo santificado nunca debía ser profanado.

   El principio se aplicaba tanto al animal sacrificado al Señor como a las personas que se identificaban con él en su comunidad de fe.

   El cordero debía ser preparado lo más rápidamente posible. No debía ser comido crudo ni pasado por agua, pues los dos métodos tomarían demasiado tiempo. Debían comerlo apresuradamente, para salir inmediatamente (v. 11). El pueblo de Dios debía ser un pueblo peregrino, preparado siempre para marchar en cualquier momento.

   El creyente no debía dejar comida hasta la mañana. Debía quemar lo que quedara (v. 10).

   Pensamiento 1: Esto simboliza que Cristo debe ser comido (Asimilado, absorbido, digerido) totalmente. No debe dejarse nada de Cristo: Ni su cruz, ni su exigencia de abnegación, ni su justicia. Debemos asimilar a Cristo totalmente en nuestra vida, toda su justicia y sus enseñanzas. Debemos seguir a Cristo en todo. (Ro 6:4; Col 2:6; 1 Co. 5.7-8; Heb. 7:25; 1Jn. 1.7; 1 Jn. 2.6).

   El creyente debía comer apresuradamente y estar vestido, listo para salir y marchar hacia la Tierra Prometida (v. 11). El creyente no debía perder tiempo en apartarse de Egipto y comenzar una nueva vida de libertad.

   Pensamiento 2: Esto simboliza que debemos comer, participar de Cristo rápidamente. Debemos asir la muerte de Dios inmediatamente. La hora es urgente: Es el día de la salvación. Debemos aceptar a Cristo inmediatamente, alejarnos rápidamente del mundo y comenzar una nueva vida en camino hacia la Tierra Prometida del cielo. Debemos vivir como si cristo fuera a regresar ya. (Mt. 3:2; 24:44; 25:13; Mr. 13:35; 2 Co. 6:2; Hch. 17:30).

   Conclusión: la enseñanza que nos deja que debemos quemar todos, no se puede servir a media sino cuerpo alma espíritu. Hay que quemar todo lo que se podría decir confesar todos nuestros pecados. Aquí no son cosas materiales sino nuestro cuerpo alma y espíritu. Lo que nos invita a dejar una vida tibia delante de Dios. 

3er Titulo:

Dios exige sacrificio permanente. Versíc. 36 y 37. 36Cada día ofrecerás el becerro del sacrificio por el pecado, para las expiaciones; y purificarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo. 37Por siete días harás expiación por el altar, y lo santificarás, y será un altar santísimo: cualquiera cosa que tocare el altar, será santificada. (Léase: Efesios 5:2. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó asimismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.).

   Referencias: Romanos 12.1-2. Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 2No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. ▬ Proverbios 21.3. Hacer justicia y juicio es a Jehová Más agradable que sacrificio. ▬ Mateo 9:12-13. 12Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 13Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. (el sacrificio mas agradable a Dios es un continuo arrepentimiento). ▬ Levítico 22:3. Diles: Todo varón de toda vuestra descendencia en vuestras generaciones, que se acercare a las cosas sagradas que los hijos de Israel consagran a Jehová, teniendo inmundicia sobre sí, será cortado de mi presencia. Yo Jehová. 

   Comentario: [12]. (Éxodo 29:35-37) Tabernáculo De Moisés —Sacerdocio, Ordenación: En este punto vemos que la ceremonia de ordenación debía repetirse por siete días.

  1. Lo que aquí apreciamos es un énfasis sobre la obediencia: hacer todo lo que Dios mandaba (v. 35).
  2. Moisés debía sacrificar un becerro cada día como ofrenda expiatoria para Dios (v. 36).
  3. También debía purificar y ungir el altar por siete días para cumplir los siguientes grandes propósitos (v. 36):
  4. l) para santificar el altar (apartarlo para Dios) (v. 37);

2) para que todo lo que tocara el altar fuera santificado (v. 37).

   Pensamiento 1. Jesucristo es santo y apartado para Dios. Él es quien hace que todo corazón pecador que lo toca se vuelva santo.

   “Que, librados [por Cristo] de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lc. 1:74-75).

   “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso. Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 6:17-7:1).

   “Si no, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16).

   “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9).

   Comentario de Efesios 5:2. Es sorprendente las muchas veces que Jesús y sus apóstoles enfatizaron el hecho de que los creyentes deben esforzarse en ser imitadores de Dios (Mt. 5:43–48; Lc. 6:35; 1 Jn. 4:10, 11), y de Cristo, que equivale esencialmente a lo mismo (Jn. 13:34; 15:12; Ro. 15:2, 3, 7,; 2 Co. 8:7–9; Fil. 2:3–8; Ef. 5:25; Col. 3:13; 1 P. 2:21–24; 1 Jn. 3:16; lista de pasajes que de ninguna manera es completa). Al añadir que las personas aludidas deben hacerlo como hijos, la idea recibe gran refuerzo, como si se dijese, “¿No son acaso los hijos imitadores por excelencia, y no sois acaso vosotros hijos de Dios?” Además, el modificativo “amados” le añade aún más peso a la exhortación, puesto que también existe semejanza en el hecho de que es justamente el hijo que es el objeto del amor el que estará más deseoso de imitar a los que le aman. Pablo añade: y andad en amor, o bien, dejad que el amor sea la norma de vuestra vida.

   Que él sea lo que caracterice todos vuestros pensamientos, palabras, y hechos. Tocante a andad véase también 2:10; 4:1, 17; 5:8, 15. Prosigue: así como Cristo os amó. No es cualquier cosa que el hombre desee dignificar con el nombre de “amor” lo que ha de regular nuestros pensamientos y conducta, sino únicamente aquel amor de Cristo, el amor abnegado y que tenía propósito, ha de ser nuestro ejemplo. Y para ser aún más específico, se añade: y se dio a sí mismo por nosotros. Aquí no debe escapar a nuestra atención que cuando Pablo insta a los lectores a imitar a Dios, al mismo tiempo ilustra este amor de Dios dirigiendo nuestra atención a lo que Cristo hizo por nosotros. Esto por cierto indica no solamente que el Padre y el Hijo son en esencia lo mismo, sino también que cuando el Padre hace algo lo hace en conexión con el Hijo (4:32) y que uno de ellos no nos ama menos que el otro.

   En su gran amor Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, sometiéndose voluntariamente a sus enemigos, y en consecuencia al Padre. Esta entrega fue genuina. No le fue impuesta (Jn. 10:11, 15). Entre aquellos por los cuales Cristo se había entregado así voluntariamente como ofrenda por el pecado se hallaba también Pablo, el gran perseguidor. Al pensar en el gran amor de Cristo, se siente tan impresionado que cambia los pronombres, de modo que vosotros (“así como Cristo os amó”) se transforma en nosotros (“y se dio a sí mismo por nosotros”). El apóstol jamás habla en forma abstracta. Compárese Gá. 2:20: “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi”. Véase también Gá. 1:16. Es a aquel espíritu, el de darse a sí mismo sacrificial y voluntariamente, al cual se insta a los creyentes a imitar.

   Es el autosacrificio voluntario de Cristo durante todo el período de su humillación y especialmente en la cruz al que aquí se denomina ofrenda y sacrificio a Dios. Fue una ofrenda porque la puso voluntariamente (Is. 53:10).   Fue un sacrificio, y como tal bien puede recordarse el humo que se elevaba del altar cuando la ofrenda quemada se consumía totalmente, simbolizando la entrega entera a Dios. Pero, aunque la palabra usada en el original no siempre se prefiere a sacrificios consumidos sobre el altar sino que puede tener también una referencia más amplia, entendemos, en base a otros pasajes de las Escrituras (p. ej., Mt. 26:36–46; 27:45, 46; 2 Co. 5:21; cf. Is.53) que en lo que respecta a su naturaleza humana Cristo fue realmente consumido por la ira de Dios en el sentido que “el peso de nuestros pecados y de la ira de Dios le angustió en Getsemaní a tal punto que fue su sudor como grandes gotas de sangre” llevándole a sufrir “el vituperio y la angustia más profunda del infierno, en cuerpo y alma, en el madero de la cruz, al exclamar a gran voz: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Así llevó a cabo su obra y cumplió las profecías, especialmente en lo que respecta al Salmo 40:6 (LXX; Sal. 39:7, 8). En aquel pasaje se usan las mismas dos palabras, ofrenda y sacrificio, pero ahora en el orden inverso, sacrificio y ofrenda, en conexión con la ofrenda que hace el Mesías de sí mismo a Dios: “Sacrificio y ofrenda no quisiste … Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”. Según el escritor de la epístola a los hebreos el pasaje está apropiadamente aplicado a Cristo y su autosacrificio (Heb. 10:5–7). Luego, en relación a esta ofrenda y sacrificio a Dios, que constituye un ejemplo y motivación para nosotros, Pablo agrega: en olor fragante; literalmente, (“una aroma de grato olor”). Cf. Ex. 29:18; Ez.20:41; Fil. 4:18. Significa que esta ofrenda y sacrificio fue—y lo es en nuestro caso si lo hacemos en el espíritu que lo hizo Cristo—agradable a Dios. Toda obra emanada del amor y gratitud hacia el Altísimo, sea de Abel, (Gn. 4:4), o de Noé (Gn. 8:21), o de los antiguos israelitas (Lv. 1:9, 13, 17) o de los creyentes de la nueva dispensación que se consagran a Él. (2 Co. 2:15, 16. 15Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; 16a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?), es agradable a Dios. Única y ejemplar entre todas ellas es el sacrificio voluntario de Cristo. Con todo, el espíritu del Salvador debe reflejarse día a día y hora tras hora en los corazones y vidas de sus seguidores “en olor fragante”.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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