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Domingo 15 de marzo de 2020: “Fuente de bronce: símbolo de pureza y perdón”.

Domingo 15 de marzo de 2020: “Fuente de bronce: símbolo de pureza y perdón”.

  Lección: Éxodo Cap. 30, versículos 17 al 21. 17Habló más Jehová a Moisés, diciendo: 18Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. 19Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. 20Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, 21se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones. 

   Comentario general de la lección: [2]. (Éxodo 30: 17-21) tabernáculo de Moisés ▬ fuente de bronce ▬_ santificación ▬ santidad: El segundo elemento del mobiliario que estaba puesto en el atrio del tabernáculo era la fuente de bronce. El material con el que se construyó provino de las ofrendas voluntarias de las mujeres (vea Ex. 38:8), quienes entregaron sus espejos para que se tomara de ellos el bronce. De ese bronce pulido y extraído de los espejos se hizo la fuente, que jugó un papel muy importante en el servicio de los sacerdotes a Dios. Las instrucciones que Dios dio al respecto son las siguientes:

-a. La fuente debía estar hecha de bronce y debía tener una base de bronce (v. 18).

-b. Debía estar puesta entre el tabernáculo y el altar del holocausto (v. 18), un lugar lógico para ubicarla. Antes de que el sacerdote pudiera entrar en el lugar santo y el lugar santísimo, tenía que pasar por altar del holocausto. Era necesario derramar la sangre de un sacrificio, ofrecido para apaciguar la justicia de Dios. Parte de esa sangre se rociaba sobre la fuente de bronce, lo cual simbolizaba que allí era donde el sacerdote se lavaba. Nadie podía acercarse a Dios a menos que antes:

▬ se hubiera ofrecido un sacrificio;

▬ se hubiera derramado sangre;

▬ esa persona hubiera sido santificada y apartada por medio de la sangre del sacrificio.

   La fuente de bronce era el siguiente paso en el camino de la santidad, previo a entrar en la presencia de Dios.

-c. El único propósito de la fuente de bronce era que los sacerdotes se lavaran en ella manos y pies (v. 19). Debian lavarse cuando entraban al tabernáculo y cuando se acercaban al altar para ofrecer un sacrificio. El hombre de Dios no puede ministrar con manos que no han sido lavadas y purificadas, ni puede caminar en el ministerio del Señor sin que sus pies estén limpios (v. 20).

   Pensamiento 1. Son muchos los pecados que rodean y enredan al creyente. Debemos estar constantemente en guardia y lavarnos con regularidad y fidelidad acudiendo a Cristo, el Sacrificio Perfecto, el único que puede lavarnos y limpiarnos de nuestro pecado.

   “Lavaré en inocencia mis manos, y así andaré alrededor de tu altar, oh Jehová” (Sal. 26:6).

   “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo” (Is. 1:16).

   “Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová” (Is. 52:11).

   “[..] lava tus pecados, invocando su nombre” (Hch. 22:16).

   “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7).

   “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1).

   “Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Ti. 2:21).

   “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8).

   “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).

   -d. La advertencia era categórica y severa: los sacerdotes debían lavarse o morirían (V. 21). Dios es santo y no permitirá que ninguna persona lleve el pecado a su presencia. Su propia vida dependía de la obediencia a este mandato. Los sacerdotes no podían darse el lujo de omitir este paso y entrar sin más en el tabernáculo. No podrían permitirse olvidarlo y lavarse después. Dios era riguroso y muy severo: el ser humano debía lavarse y limpiarse antes de acercarse a él y servirlo.

   Pensamiento 2. Dios siempre se toma en serio la santidad. No hay excepciones.

   “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1).

   “Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir!” (2 P. 3:11).

   “¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Ap. 15:4).

   “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éx. 15:11).

   “Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo” (Lv. 11:45).

   “Exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque Jehová nuestro Dios es santo” (Sal. 99:9).

   “Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:3).  

   -e. Es imposible exagerar la importancia del lavamiento y la purificación: Dios lo estableció como un estatuto perpetuo para todas las generaciones (v. 21). La necesidad de lavarse de toda corrupción no incumbía únicamente a Aarón y sus hijos. Todo creyente de todas las generaciones y de todas las culturas- debe lavarse y limpiarse de la contaminación del pecado.

   Pensamiento 3. Dios nos lavará: esa es su promesa si tan solo clamamos a él y le pedimos que nos limpie.

   “Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn. 13:9).

   “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef. 5:25-26).

   “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:14).

   “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

   “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Sal. 19:12).

   “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado” (Sal. 51:2).

   “Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve” (Sal. 51:7).

   “Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre” (Sal. 79:9).

   “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:18).

Término histórico: La fuente de bronce

   La fuente de bronce (Ex. 30:17-2,1; 38:8) Vea también Ex. 35: 16 39:39; 40:7, 30-32

Tipo o ilustración (fundamento bíblico de cada uno)

   La fuente de bronce estaba justo afuera del santuario para lavarse en ella. Los sacerdotes la usaban para limpiar sangre, hollín y suciedad de sus manos y pies antes de entrar al santuario y para acercarse al altar a ofrecer un sacrificio.

-a. La fuente de bronce simbolizaba que el hombre debe limpiarse antes de poder entrar en la presencia de Dios y antes de poder ser salvo.

-b. La fuente de bronce simbolizaba la necesidad del ser humano de ser limpio antes de poder servir a Dios.

-c. La fuente de bronce simbolizaba la necesidad del ser humano de limpiarse continuamente en tanto sirve a Dios.

   “Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua” (Ex. 30:17-18).

   “También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (Ex. 38:3).

Aplicación para la vida del creyente hoy en día

   Þ Lo que nos enseña la fuente de bronce:

-a. La fuente de bronce es una ilustración de nuestra gran necesidad de ser limpios. El hombre no puede entrar en la presencia de Dios sin antes limpiarse y purificarse. Dios nos limpia y perdona nuestros pecados por medio de la sangre de su Hijo, el Señor Jesucristo, solo a través de su muerte.

-b. La sangre derramada de Cristo permite al creyente servir efectivamente a Dios. E1 ser humano no puede servir a Dios sin antes ser lavado y purificado, hecho un vaso limpio.

-c. La sangre de Jesús sigue lavando al creyente de la contaminación de los pecados de cada día. Necesitamos ser lavados y purificados con su sangre, capaz de limpiarnos para que podamos servir a Dios de forma continua.

Aplicación bíblica para el creyente hoy en día

   “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:23-25).

   “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada ano de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38).

   “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5; vea Tit. 2:14).

   “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Co. 6:18).

   “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios,

limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:14).

   “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8).

   “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y Limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9; vea 1 Jn 3:2-3).

Texto: 2° a los Corintios Cap. 7, versículo 1. Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

1er Título

Jesucristo, fuente de vida que nos lava y limpia de todo pecado. Versíc. 17 y 18. 17Habló más Jehová a Moisés, diciendo: 18Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. (Léase 1ª de Juan 1:7. pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.).

   Comentario texto adicional: Los próximos cinco versículos de este capítulo son oraciones condicionales que describen probabilidad o aun posibilidad. Los versículos primero, tercero y quinto son negativos. Los versículos segundo y cuarto son positivos.

-a. Negativos. Juan repite la palabra comunión que usara primeramente cerca del fin de su introducción (v. 3). La comunión, tal como él dijo, es con el Padre y el Hijo, Jesucristo. Pero comunión significa compartir íntimamente la plena luz de la presencia de Dios. No hay nada que queda oculto ante el brillo de la revelación divina. En Dios no hay en absoluto tiniebla alguna ni necesidad de ocultar nada.

   El pecador que se niega a armonizar su vida con la voluntad de Dios no puede afirmar que tiene comunión con Dios. Quizá alguna de la gente que se oponía a la fe cristiana cerca del fin del primer siglo, y que eran conocidos como gnósticos, decía: “Tenemos comunión con Dios”. Sin embargo, esa gente continuaba caminando en las tinieblas, es decir, encontraban intensa satisfacción en una vida de placer y pecado. Separaban la palabra del hecho. Profesaban vivir para Dios, pero sus obras demostraban ser incompatibles con su confesión. Vivían una mentira.

   ¿Cuáles son las obras que son contradictorias con la afirmación de vivir para Dios? Son aquellas obras que no pueden mantenerse ante la luz de la Palabra de Dios (Jn. 3:19–21). Las tinieblas pueden cegar a una persona de tal manera que su corazón está lleno de odio hacia su hermano (1 Jn. 2:11). Y esta ceguera resulta en una negativa a vivir según los preceptos de Dios.

   Juan globaliza su descripción de la gente que vive en las tinieblas. Él no dice “ellos” sino “nosotros”. Si decimos que somos el pueblo de Dios, pero continuamos viviendo en el pecado: “Mentimos y no vivimos conforme a la verdad”. Si mentimos, no sólo mentimos con nuestra boca sino con todo nuestro ser. Nuestras vidas están en contra de Dios debido a un corazón lleno de odio a causa de una voluntad inclinada hacia la desobediencia.

   El pecado aleja al hombre de Dios y de su prójimo. Desbarata la vida y aumenta la confusión. En vez de paz, hay discordia; en vez de armonía, desorden; y en lugar de comunión, enemistad.

   Sin embargo, cuando tenemos comunión con Dios, experimentamos la gracia de Cristo que dispersa las tinieblas y nos llena de la luz de Dios. Tener comunión con Dios es vivir una vida de santidad ante su sagrada presencia. El dicho latino Coram Deo (siempre ante la presencia de Dios) era la contraseña del reformador del siglo XVI Juan Calvino. La santidad demanda verdad en la palabra y en el hecho.

-b. Positivo. ¿Cuál es entonces la característica de una vida a la luz de la verdad de Dios? “Si andamos en la luz, como [Dios] está en la luz, tenemos comunión unos con otros.” Andar en la luz es algo continuo.

   Significa que vivimos en el resplandor de la luz de Dios, de modo tal que reflejamos las virtudes y la gloria de Dios. Dios mismo vive en “luz inaccesible”, tal como lo revela Pablo (1 Ti. 6:16).

   Vivir para Dios implica tener una sana relación con nuestro prójimo. Esta verdad queda reflejada en el resumen del Decálogo: “Amarás al Señor tu Dios … y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37–38). El anhelo de la gloria celestial ante la presencia de Dios debe ir acompañado por un deseo ferviente de tener comunión con la iglesia en la tierra. Timothy Dwight dio expresión a su deseo de servir al Señor en la comunión de la iglesia cuando escribió:

Tu reino amo ¡Oh Dios!

Tu casa de oración;

Y al pueblo que en Jesús halló

Completa redención.

Tu iglesia, mi Señor,

Su templo, su ritual;

La grey que guiando siempre vas

Con mano paternal.

Por ella mi oración,

Mis lágrimas de amor;

Y mis cuidados y mi afán

Por ella son, Señor.

    Además, si andamos en la luz y tenemos comunión con Dios y unos con otros, nos damos cuenta que nuestros pecados han desaparecido. Juan dice “y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado”. Jesús nos limpia y nos presenta a sí mismo como “una iglesia radiante, sin mancha ni arruga, ni otra cosa semejante; sino santa e inmaculada” (Ef. 5:27; véase también Heb. 9:14).

   Estamos ante Dios como si nunca hubiésemos pecado. El Hijo de Dios nos purifica cuando, después de haber caído en pecado, vamos a él y buscamos remisión. Nótese que Juan escribe el nombre Jesús para llamar la atención a la vida terrenal del Hijo de Dios, que derramó su sangre por la remisión de los pecados. El pecado pertenece al mundo de las tinieblas y no puede entrar en la esfera de la santidad.

   Por consiguiente, Dios entregó a su Hijo para morir en la tierra. Por medio de la muerte de su Hijo, Dios quitó el pecado y la culpa del hombre para que el hombre pueda tener comunión con Dios.

2° Título

Indispensable preparación para ministrar en el altar. Versíc. 19. 19Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies.  (Léase Hebreos 4:16. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.).

   Comentario texto adicional: 16. Acerquémonos entonces al trono de gracia con confianza, para poder recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en nuestro tiempo de necesidad.

   ¡Que palabras tan alentadoras! Son muchas las veces a lo largo de su epístola en que el escritor exhorta a sus lectores, pero en este versículo en particular él tiene una palabra especial para nosotros. En esta ocasión él no exhorta a los creyentes a rectificar su modo de vivir; nos alaba por ir en oración a Dios y nos insta a hacerlo con confianza.

-a. “Acerquémonos entonces al trono de gracia con confianza”. La invitación a acercarnos al trono de gracia implica que los lectores ya están haciendo esto. El escritor usa también este mismo verbo en Hebreos 10:22 (“acerquémonos a Dios con un corazón sincero en plena seguridad de fe”). Más tarde repite la misma invitación con palabras algo diferentes (véanse Heb. 7:25; 10:1; 11:6; 12:12, 22).

   El verbo acercarse puede tener una connotación religiosa, ya que con frecuencia se refería a los sacerdotes, que en su servicio religioso se acercaban a Dios con sacrificios (Lv. 9:7; 21:17, 21; 22:3; Nm. 18:3). En Hebreos 4:16 el escritor nos exhorta a que nos acerquemos al trono de gracia en oración, puesto que el único sacrificio que el creyente puede traer es un corazón quebrantado y contrito (Sal. 51:17). El gran sumo sacerdote ya ha traído el sacrificio supremo al ofrecerse a sí mismo sobre la cruz a favor de su pueblo. El sumo sacerdote misericordioso y fiel invita al pecador débil y tentado a acercarse al trono de gracia.

   ¿Qué quiere decir la frase trono de gracia! Esta es una referencia explícita a la realeza del Hijo de Dios (Heb. 1:2–4). Jesús está sentado a la diestra de Dios y ha recibido autoridad plena en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18). Pero la palabra gracia implica que la referencia apunta también al sacerdocio de Cristo. El pecador que viene al trono con de gracia en arrepentimiento y fe encuentra la gracia perdonadora de Jesús.

  Además, se exhorta a venir al trono con confianza; es decir, podemos venir osadamente (Heb. 3:6; 10:19, 35), no impetuosamente o en temor de juicio, pero sí “en plena confianza y con sinceridad y en la esperanza de la plenitud de la gloria de Dios”. Jesús invita a su pueblo a acercarse libremente, sin dudas. Es como si tuviera en su mano el cetro orado, y dijese: “¡Venid!”

b. “Para poder recibir misericordia y hallar la gracia”. Aunque los términos misericordia y gracia son entendidos por muchos como sinónimos, debe notarse la diferencia que hay entre ellos. Westcott señala la distinción sucintamente:

   El hombre necesita misericordia por el fracaso pasado, y gracia para la obra presente y futura. También hay una diferencia en cuanto al modo de lograr cada una de ellas. La misericordia debe ser “tomada” al ser extendida al hombre en su debilidad; la gracia debe ser “buscada por el hombre según su necesidad”.

   La misericordia de Dios le es enviada a pecadores que están en miseria o en dificultad; ellos reciben la compasión de Dios cuando se le acercan. Y en tanto que la misericordia de Dios se extiende a todas sus criaturas (Sal. 145:9), su gracia, tal como la señala el escritor de Hebreos en Hebreos 4:16, se extiende a todos aquellos que se acercan al trono de Dios. La misericordia es caracterizada como la tierna compasión de Dios; la gracia, como su bondad y amor.

-c. “Que nos ayude en nuestro tiempo de necesidad”. El socorro es recibido en el momento justo, en la hora de necesidad. El escritor no dice que el socorro o la ayuda sea constante, sino más bien que alivia la necesidad del momento: dicha necesidad puede ser material, física, o espiritual. Cuando invocamos el nombre del Señor con fe y nos acercamos al trono de Dios, él nos escucha y nos contesta. El permanece presto a ayudar (véase Heb. 2:18).

   Esta ayuda, en forma de gracia, viene cuando la tentación parece hacernos vacilar. Dios nos da los medios para encontrar una salida de nuestras tentaciones. Dios es fiel (1 Co. 10:13).

3er Título

La limpieza nos libra de la muerte espiritual. Versíc. 20 y 21. 20Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, 21se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones. (Léase 2° a Timoteo 2:21. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.).

    Comentario de adicional 2ª Ti 2.21: La comunión íntima y estrecha con los hipócritas puede conducir fácilmente a la contaminación moral y espiritual (1 Co. 15:33; y véase C.N.T. sobre 2 Ts. 3:14). Se debe evitar la tentación de caer en esta trampa. El pecado de aceptar las doctrinas de tales hombres malvados o de copiar el ejemplo de ellos (sea que se piense que estos hombres ya no están en la iglesia o que todavía están en ella) debe ser evitado (cf. v. 19b); y si se ha cometido ese pecado, debe ser confesado y se debe vencer el mal con el bien.

   Así una persona debe limpiarse “efectivamente” o “completamente” de estas cosas, esto es, de los hombres malos (“utensilios para deshonra”) y sus doctrinas y prácticas contaminantes; de hombres tales como Himeneo y Fileto y sus discípulos, y de sus enseñanzas falsas y sus malos hábitos.

   Ahora, si alguno se limpia efectivamente, será utensilio para honra. La realidad surge de la figura: una vasija de mala calidad siempre será una vasija de mala calidad, pero la gracia de Dios capacita al pecador para ser santo, un utensilio para honra. Tal persona, habiéndose limpiado, está santificada. Por la operación purificadora del Espíritu Santo ahora ha llegado a ser “santo en experiencia y en posición”, habiendo sido completamente apartado para el Señor y para su obra, y esto en forma permanente. En consecuencia, ahora es muy útil a su Maestro, aquel que ejerce plena autoridad sobre él (cf. 1 Ti. 6:1, 2; Jud. 4; Ap. 6:10), a saber, Jesucristo. Una vez por todas está preparado para toda obra buena (cf. 2 Ti. 3:17; Tit. 1:16; 3:8, 14; luego, 2 Co. 9:8)

   Comentario del texto áureo: 2ª a los Corintios 7:1: Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando La santidad en el temor de Dios.

-a. «… por lo tanto, … mis amados amigos». El contenido de este versículo encaja con el contenido de todo el pasaje anterior (vv. 14–18) y es una conclusión oportuna, como evidencia la expresión, por lo tanto. Este versículo se relaciona bien con el pasaje del 11–13, en el que Pablo habla de su amor por los corintios y, a su vez, pregunta si es correspondido. Por esta razón se dirige a sus lectores con su cariñoso mis queridos hijos, que en traducciones más antiguas se vierte como «amados», dando a entender que los amaba (véase 12:19).

-b. «Teniendo … estas promesas». Pablo afirma que tanto él como sus lectores son los beneficiarios de las promesas de Dios (cf. 2 P. 1:4). Enfatiza estas promesas, en el texto griego, al colocar la palabra estas al principio de la frase. Es decir, las garantías que ha mencionado en los versículos anteriores, son de Dios. Y la palabra de Dios es absolutamente cierta y veraz. Él cumplirá lo que ha prometido.

– c. «Limpiémonos». Si las promesas son reales—y de hecho son—entonces es razonable que sus beneficiarios hagan el mayor esfuerzo posible por agradar al Dador de estas promesas. Por consiguiente, Pablo pronuncia una exhortación en la que se incluye a sí mismo y a sus colaboradores, para mostrar que ellos no están por encima de sus lectores: «Limpiémonos».

   Estas palabras son el claro reconocimiento, por parte de Pablo, de que él ha sido contaminado por el ambiente circundante del pecado.

   La exhortación no significa que una sola limpieza nos mantiene limpios para siempre; sino que debemos purificarnos constantemente. Los Reformadores hablaban del arrepentimiento diario como una forma de progreso en nuestra santificación. En otro lugar Pablo escribe que los corintios estaban lavados, santificados y justificados (1 Co. 6:11); pero el proceso de santificación es continuo, dado que la naturaleza humana es proclive al pecado.

   Cuando los judíos se encontraban en una condición ceremonialmente impura, tenían que lavarse cada vez que tocaban algo impuro, y ningún sacerdote o levita podía entrar en el tabernáculo o en el templo sin haberse lavado antes (Éx. 30:20–21). El mismo principio se aplica al pueblo de Dios, que cuando entran en su sagrada presencia, deben purificarse confesando sus pecados. Pablo admite que él no es mejor que los corintios; también necesita limpiarse y purificarse (cf. 1 Ts. 4:7; 1 Jn. 3:3).

-d. «De toda contaminación de carne y de espíritu». Queriendo incluir a toda clase de impurezas, Pablo decide usar el adjetivo toda. Aunque el sustantivo contaminación sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento, el verbo contaminar aparece tres veces (1 Co. 8:7; Ap. 3:4; 14:4). Pablo recalca que la contaminación afecta tanto al cuerpo como al espíritu, es decir, a la persona en su totalidad. Si la contaminación se refiere al culto a los ídolos,69 entonces los que asistían a este tipo de cultos en los templos paganos, corrían el riesgo de contaminarse física y espiritualmente, ya que algunos de los ritos incluían a prostitutas. «El que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella» (1 Co. 6:16).

   ¿Qué tiene esto que ver con la iglesia de Corinto? Mucho, porque Pablo ya había preguntado antes en este mismo pasaje: «¿Qué acuerdo puede tener el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios viviente» (6:16). Los creyentes de Corinto son el templo de Dios; Él mora con ellos y hace real su presencia andando entre ellos. Por eso, las palabras que se usan en el versículo 1 (limpiémonos, contaminación, santidad), «provienen directamente de las imágenes literarias del templo». Dios es un Dios celoso que no tolera a otros dioses antes que él (Éx. 20:3–5; Dt. 5:7–9). La referencia de Pablo a la carne y al espíritu debe interpretarse como la referencia a una persona completa al servicio de Dios (véase el paralelo en 1 Co. 7:34).71 Las palabras sugieren el significado de que una persona que es limpia en lo exterior, con respecto a la carne, y en lo interior, con respecto al espíritu, camina con Dios.

-e. «Y perfeccionemos la santidad [nuestra] en el temor de Dios». Esta cláusula resuena la exhortación de Pablo: «Limpiémonos de toda contaminación». Usa el participio griego, en tiempo presente, epitelountes (perfeccionar) como exhortación a sus lectores: «Esforcémonos por lograr una perfecta santidad». Pablo describía a los creyentes corintios como «santificados en Cristo Jesús» (1 Co. 1:2; cf. 1 Ts. 3:13), e indica que Dios los hizo santos por la obra de su Hijo. Pero la santificación sigue siendo un proceso continuado, en el que los creyentes deben esforzarse asiduamente por una completa santidad. Incluso dice cómo debe hacerse: «en el temor de Dios». El temor y la reverencia a Dios promueven la motivación para perfeccionar la santidad del creyente. En presencia de Dios Padre, sus hijos deben vivir en este mundo como si fueran extranjeros, «en reverente temor» (1 P. 1:17).

   Nuestra relación con Dios debe poseer un genuino respeto y una profunda reverencia. Así como el Padre es santo, nosotros también, como hijos suyos, debemos reflejar su santidad en nuestras vidas.

Amén, para la hora y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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