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Domingo 15 de agosto de 2021“Preparación Indispensable Para Ejercer La Labor Sacerdotal”

Domingo 15 de agosto de 2021“Preparación Indispensable Para Ejercer La Labor Sacerdotal”

   Lección: Levítico Cap. 8, versículos 6 al 12. Entonces Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua. Y puso sobre él la túnica, y le ciñó con el cinto; le vistió después el manto, y puso sobre él el efod, y lo ciñó con el cinto del efod, y lo ajustó con él. Luego le puso encima el pectoral, y puso dentro del mismo los Urim y Tumim. Después puso la mitra sobre su cabeza, y sobre la mitra, en frente, puso la lámina de oro, la diadema santa, como Jehová había mandado a Moisés. Y tomó Moisés el aceite de la unción y ungió el tabernáculo y todas las cosas que estaban en él, y las santificó. Y roció de él sobre el altar siete veces, y ungió el altar y todos sus utensilios, y la fuente y su base, para santificarlos. Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo. 

   Comentario: La purificación de Aarón y sus hijos (vv. 6–13) incluyó: lavarse con agua, ponerse sus vestidos y ungir el tabernáculo y el altar con el aceite. Toda esta purificación demuestra que el pecado es universal y completo en este mundo. Aun antes de acercarse a Jehovah con su sacrificio será necesario purificarse. Es decir que el verdadero arrepentimiento debe preceder al sacrificio por el pecado.

   El orden del ritual es diferente aquí de lo que está presentado en Exodo 29:5. El relato en Exodo no tiene el propósito de explicar el orden, como en el libro de Levítico. Primero, Aarón recibió sus vestidos y luego lo recibieron sus hijos. Se vistió con el vestido (Exo. 28:42), el cinturón (Exo. 28:39), la túnica (Exo. 28:31–35), el efod (Exo. 28:6–7) y el ceñidor del efod (Exo. 28:8). Después se puso el pectoral, llamado en Exodo 28:15 el pectoral de juicio (ver Ef. 6:14), la coraza de justicia. Sobre (mejor traducido “en”) el pectoral puso el Urim y el Tumim (v.8). ¿Qué era el Urim y el Tumim? Hay muchas opiniones sobre esto. No se puede decir, por cierto. Una tradición judía dice que era la inscripción del nombre de Jehovah sobre el pectoral.

   Las palabras Urim y Tumim vienen de palabras que se traducen “luz y verdad”. La conclusión común es que eran dos piedras, posiblemente con estas dos palabras.

   El vestido se completa con un turbante y una lámina de oro (Exo. 28:36–38). Es claro que Pablo tenía este vestido en mente cuando presenta la armadura del hombre de Dios en Efesios 6:10–17.

   Texto: “Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová”. (Isaías Cap. 52, versículo 11).

  Comentario del texto: Los vv. 11–12 anuncian una nueva inmigración desde Babilonia a Jerusalén, para lo cual han de hacerse los debidos preparativos. Jehovah mismo irá delante y detrás de su pueblo, sirviéndole de protección y guía en el camino a Sion.

    Salid, salid – Esta es una dirección directa a los exiliados en su cautiverio. El mismo comando ocurre en Isaías 48:2 (vea las notas en ese lugar). Aquí se repite en aras del énfasis; y la urgencia de la orden implica que probablemente hubo algún retraso por parte de los propios exiliados. El hecho parece haber sido que, aunque el cautiverio al principio fue atendido con todas las circunstancias adecuadas para causar dolor, y aunque fueron sometidos a muchas privaciones y penas en Babilonia (ver Salmo 137:1-9), aun así, de ellos se apegaron fuertemente a una residencia allí, y estaban fuertemente indispuestos a regresar. Estuvieron allí setenta años. La mayoría de los cautivos habrían muerto antes del cierre del exilio. Sus hijos, que constituyeron la generación a la que se dirigiría el comando de regreso, habrían conocido la tierra de sus padres solo por informe.

   Era una tierra lejana; y debía ser alcanzado solo por un largo y peligroso viaje a través de un desierto sin senderos. Habían nacido en Babilonia. Era su hogar. y estaban las tumbas de sus padres y sus parientes áridos. Algunos habían avanzado a puestos de oficina y honor: muchos, es probable, tenían tierras, amigos y propiedades en Babilonia. La consecuencia sería, por lo tanto, que habría una fuerte reticencia de su parte a abandonar el país de su exilio y enfrentarse a los peligros y juicios relacionados con el regreso a su propia tierra. Tampoco es improbable que muchos de ellos hayan formado conexiones y apegos inadecuados en esa tierra distante, y que no estarían dispuestos a renunciar a ellos y regresar a la tierra de sus padres. Era necesario, por lo tanto, que se les dirigieran los comandos más urgentes y se les presentaran los motivos más fuertes para inducirlos a regresar al país de sus padres. Y después de todo, es evidente que, pero comparativamente, una pequeña porción de los judíos en el exilio alguna vez prevalecieron para abandonar Babilonia y aventurarse en el peligroso viaje de un regreso a Sión.

   No toque nada impuro – Separe completamente de una nación idólatra, y consérvense puros. El apóstol Pablo 2 Corintios 6:17-18 ha aplicado esto a los cristianos, y lo usa para expresar la obligación de salir del mundo y estar separado de todas sus influencias. El apóstol considera que Babilonia no es un emblema inepto del mundo, y la orden de salir de ella no es una expresión inadecuada de la obligación de los amigos del Redentor de separarse de todo lo que es malo. John Apocalipsis 18:4 ha aplicado este pasaje también para denotar el deber de los verdaderos cristianos de separarse de la mística Babilonia, la comunidad papal, y no ser partícipe de sus pecados. El pasaje se aplica en ambos casos, porque Babilonia, en el lenguaje de las Escrituras, se considera emblemático de lo que sea opresivo, orgulloso, arrogante, perseguidor, impuro y abominable.

   Que llevan los vasos del Señor – Que llevan de nuevo a su propia tierra los vasos sagrados del santuario. Debe recordarse que cuando los judíos fueron llevados a Babilonia, Nabucodonosor llevó allí todos los utensilios sagrados del templo, y que fueron utilizados en sus festivales como vasos comunes en Babilonia 2 Crónicas 36:18; Daniel 5:2-5. Estas naves Cyrus ordenaron que se restauraran nuevamente, cuando los exiliados regresaron a su propia tierra Esdras 1:7-11. Aquellos cuyo oficio era llevarlos, eran los sacerdotes y levitas Números 1:5; Números 4:15; y el comando aquí les pertenece particularmente a ellos. Tenían que ser santos; sentir la importancia de su cargo y estar separados de todo lo que es malo. El pasaje no tiene una referencia original a los ministros del evangelio, pero el principio implica que aquellos que están designados para servir a Dios como sus ministros de cualquier manera deben ser puros y santos.

1er Titulo: Todo cristiano debe ser lavado para tener parte con Cristo. Versículo 6. Entonces Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua. (Léase San Juan 13: 8 y 9. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.).

   Comentario: 1. Lavar: personas pecadoras que necesitan ser limpiadas (Lev. 8:6). La investidura comenzó realmente cuando Moisés hizo que Aaron y sus hijos se acercaran, y los lavo con agua. Era esencial que aquellos que iban a acercarse a un Dios de pureza debían estar físicamente sin defecto (21:16–23) y totalmente limpios. Así que en todas las ocasiones importantes los sacerdotes se lavaban en la pila que había en el patio interior (16:4, 24, 26, 28). Esta “acción exterior física”, como la ha llamado Gordon Wenham, representa “el deseo de una limpieza interior espiritual”. Una acción representaba a la otra. Recuerdo un hombre que después de conocer a Cristo experimentó un cambio tan grande en su corazón que lo primero que hizo fue ir a casa y darse un baño. Me dijo que había sido limpiado por dentro así que quería limpiarse por fuera también.

   En algunos aspectos este acto es un anticipo de la limpieza profunda del pecado que recibirán Aarón y sus hijos más tarde, cuando se presente por ellos la ofrenda por el pecado. Pero hace frente inmediatamente a los que aspiran a ocupar puestos de liderazgo y les pone el reto de no proceder mientras hay pecado no reconocido en su vida, como la suciedad en su cuerpo. Mientras que no hace falta ser perfecto, como hemos visto (sino solamente Cristo podría ser llamado), es esencial tratar nuestros pecados y defectos. Es triste cuando los líderes cristianos tropiezan en su ministerio, a menudo a un alto precio para otros, porque se saltaron este paso con las prisas de ser investido. El hecho de negar que exista un pecado que un día podría resultar fatal es una forma necia de comenzar un ministerio. Aun así, la limpieza es necesaria no sólo por los pecados grandes sino también por las pequeñas motas de suciedad. Ningún pecado es trivial en la presencia de un Dios santo. Nuestra forma de acercarnos a Él debe hacernos conscientes de que somos indignos y debemos desear ser limpios de nuestro pecado.

   Comentario 2: San Juan 13: 8. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Como ya se explicó—véase en versículo 7—Pedro ve la parte, no el todo. Piensa sólo acerca de lo que está sucediendo en ese momento, e incluso eso no lo ve en su verdadero contexto. Jesús, sin embargo, constantemente piensa en toda la obra de humillación, de la cual este lavado de los pies es sólo parte. Es necesario mantener esta distinción presente. De lo contrario, será imposible explicar el diálogo.

   Pedro, consciente de la incongruencia de la situación presente, pero completamente inconsciente de la incongruencia de que un discípulo le diga a su Señor qué debe hacer y qué no debe hacer exclama: “No me lavarás los pies jamás”. Adviértase la vigorosa doble negación ο_ μ_. ¿Había Jesús establecido un contraste entre ahora y después? Pues, por largo que fuera el tiempo que pudiera transcurrir antes de que el después llegara, nunca, jamás, ni en toda la eternidad (ο_ μ_ … ε_ς τ_ν α__ν) permitiría Pedro que Jesús lavara los pies de su discípulo. Debemos probablemente imaginar que Pedro, con los pies ya lavados en parte, de repente los retiró con una protesta decidida.

   Jesús respondió, “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. El significado es sencillo, aunque muy profundo: “Pedro, a no ser que por medio de toda mi obra de humillación—de la cual este lavamiento de los pies es sólo parte—te purifique de tus pecados, no participas conmigo en los frutos de mis méritos redentores”. Jesús, y sólo él, es el Hijo, el verdadero Heredero. A él le fueron prometidas todas las cosas. También las ganó con su obra de humillación. En principio ya las posee todas (véase sobre 13:1 y 3). Pero lo que tiene, lo comparte con los suyos, pensamiento que se pone bellamente de relieve en Ro. 8:17. Los creyentes son coherederos con Cristo. Pero si Cristo no lava a Pedro, éste no compartirá con aquél.

   [9]. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Pedro no ha entendido el significado de las palabras de su Señor. Jesús no ha querido enfatizar lo físico, como si de una manera misteriosa la limpieza física haría al individuo participante de las bendiciones provistas por Jesús y como si más grande el área lavada, más grandes o numerosas serían las bendiciones. Procediendo de esta idea errónea, Pedro dice abruptamente, “Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”.

   Nótese como este discípulo va de un extremo al otro. Eso era característico de Simón Pedro. En los Evangelios se le pinta como un hombre que muchas veces pierde el equilibrio. Ahora le vemos caminando con valor sobre las aguas (Mt. 14:28); poco después le oímos gritando, “Señor, ¡sálvame!” (Mt. 14:30). Un momento hace la gloriosa confesión, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16); apenas apagado el eco de esa maravillosa declaración, y Pedro comienza a reconvenirle al Señor a quien ha confesado (Mt. 16:22). Poco después del lavamiento de los pies—durante esta misma noche descrita aquí en Juan 13— Simón promete decididamente entregar su vida por Jesús (Jn. 13:37; y cf. Mt. 26:33, 35). Pocas horas después le oímos decir una y otra vez, “No soy su discípulo” (Jn. 18:17, 25); cf. Mt. 26:69–75. Después de la victoriosa resurrección de Jesús, Simón Pedro y Juan corren a la tumba, siendo Pedro dejado atrás por Juan. Pero llegando a la tumba Pedro entra antes que Juan (20:4–6). Y más tarde, en Antioquía, Pedro es el primero en poner de lado la segregación racial y come con los gentiles. Sin embargo, poco después se retira completamente de los conversos del mundo pagano.

   Creemos que en el caso de Pedro la gracia gradualmente ganó la victoria, como es evidente de sus epístolas. Pero lo que tenemos aquí en Juan 13 es el Simón típico, el hombre que nos recuerda del hijo del campesino quien anda de una manera inestable con su balde de leche. Al caminar, la leche salpica del balde, ahora de un lado, luego del otro. Así era Simón.

   La respuesta de Pedro aquí en 13:9 nos hace recordar la respuesta de la mujer samaritana registrada en 4:15.

2° Titulo: Honrosa vestimenta sacerdotal, símbolo que hoy nos distingue del mundo. Versículos 7 al 9. Y puso sobre él la túnica, y le ciñó con el cinto; le vistió después el manto, y puso sobre él el efod, y lo ciñó con el cinto del efod, y lo ajustó con él. Luego le puso encima el pectoral, y puso dentro del mismo los Urim y Tumim. Después puso la mitra sobre su cabeza, y sobre la mitra, en frente, puso la lámina de oro, la diadema santa, como Jehová había mandado a Moisés. (Léase Zacarias 3: 1 al 5. Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala. Después dijo: Pongan mitra limpia sobre su cabeza. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas. Y el ángel de Jehová estaba en pie.  ▬ Colosenses 3:12. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.).

   Comentario: 1. Las vestiduras: personas que no están a la altura y que necesitan estar preparadas (Levítico 8:7–9). Si los sacerdotes eran hombres pecadores que necesitaban ser limpiados, también eran hombres que no estaban a la altura de la tarea y necesitaban vestiduras. Así que, después de ser bañados, Aarón y después sus hijos, se vistieron con la ropa del oficio. El sumo sacerdote tenía ocho prendas y cuatro de ellas eran únicas para él. Sus hijos se vestían con ropa interior más simple, túnicas que se ataban con un cinturón, y llevaban también una tiara. Levítico sólo hace una lista de las prendas. Para ver una descripción detallada debemos leer Éxodo 28. Este último pasaje nos muestra sin lugar a dudas que el sumo sacerdote tenía un aspecto resplandeciente con sus vestiduras e impresionaría mucho a los israelitas, contribuyendo al esplendor y la majestad de la adoración a Dios.

   Pero, aunque se mencionan muchos detalles, no se dice nada acerca del calzado. Los sacerdotes llevarían a cabo sus trabajos descalzos, tal y como correspondía a aquellos que pisaban tierra santa en la presencia del Señor.

a. Descripción de las vestiduras

   Wenham piensa que ahora es imposible saber con certeza lo que simbolizaba cada prenda, pero esto no ha impedido que muchos hayan intentado explicarlo. Encima de la ropa interior de Aarón, que cubría su desnudez, se colocaba una túnica. Ambas prendas estaban hechas de lino fino y se ataban con un cinturón “para gloria y hermosura”. Sin embargo, merecen especial atención la túnica, el efod, el pectoral y la tiara.

   La túnica estaba hecha de una sola pieza de tela azul y una campanilla y una granada alternativamente a lo largo del borde. La granada “se asociaba con fertilidad y abundancia”. La razón por la que se usaban campanas no está tan clara. Algunos sugieren que se utilizaban en otros lugares para ahuyentar a los demonios, pero esto no parece ser consistente con la forma en la que Israel trataba lo demoníaco. Es más probable que fueran para avisar de que venía el sacerdote y llamar así a Israel para poner atención al servicio que estaba llevando a cabo el sumo sacerdote por ellos.

   El efod era un delantal de colores, atado a la cintura con un cinto tejido, que formaba una pieza con el efod mismo. La tela de oro, azul, púrpura y escarlata era idéntica a la del tabernáculo. Dos piedras de ónice, con los nombres de seis tribus de Israel grabados en cada uno, iban en las hombreras del efod para que cada vez que Aarón se pusiera la túnica ceremonial, llevara sus nombres delante del Señor sobre sus dos hombros por memorial. Las piedras llevaban cadenillas de oro puro. De esta manera las preocupaciones del pueblo de Dios se llevarían constantemente a su presencia y Él nunca olvidaría a su pueblo, aunque esto fuera imposible.

   El pectoral del juicio, obra de hábil artífice, era cuadrado y medía centímetros encada lado. Llevaba cuatro hileras de piedras preciosas, tres en cada hilera, con los nombres de las tribus de Israel grabadas en cada una de ellas. Evidentemente era una manera que tenía Dios de demostrar que nunca olvidaba las esperanzas y temores de Israel, al llevar Aarón los nombres tan cerca de su corazón. En los bolsillos del pectoral iban los curiosos Urim y Tumim. Aunque no está muy claro lo que eran y para qué servían, serían piedras planas, quizás de diferentes colores, o con cada lado de un color, “a modo de dados o para echar a suertes”. “Tumim” conlleva el significado de “finalización” o “perfección”. El significado de “Urim” se ha perdido, pero podría significar “maldición”. Sabemos que se utilizaban como medio para adivinar la voluntad de Dios, porque como dice Éxodo 28:30: “y Aarón llevará continuamente el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón delante del Señor”.

   En la tiara se colocó una lámina de oro puro. En la lámina se grabaron las palabras “SANTIDAD AL SEÑOR”, para recordar a Israel que era un pueblo especial, separado para su servicio exclusivo. Esta espléndida diadema real imprimía el toque final a las vestiduras que daba aspecto de realeza, “indicando que el sumo sacerdote ministraba en el altar para un pueblo que era el reino de Dios en la tierra”.

   El efecto total de las vestiduras mostraba a Israel la presencia de Dios entre ellos, su preocupación y amor por ellos y su autoridad sobre ellos. También recordaban a Israel que por su gracia tenían que acercarse a Dios cautelosamente y vivir como pueblo santo en obediencia diaria a su voluntad.

b. Aplicación de las vestiduras

   La belleza y la gloria de las vestiduras revelan la gracia de Dios que provee un sacerdocio para suplir nuestras necesidades y apuntan al perfecto sacerdocio de Cristo, que había de venir. La imagen del sumo sacerdote con sus vestiduras oficiales nos recuerda al Señor ascendido, a quien describe el apóstol Juan en Apocalipsis 1. Allí, “el que vive”, “el primero y el último”, el que murió, pero ahora está vivo para siempre, se sienta en el trono sobre el mundo atribulado, donde sus súbditos se enfrentan a aflicciones y persecución. La imagen de Él vestido en majestad, sosteniendo los símbolos de la autoridad, con los ojos, voz y pies de aquel que puede hacer juicio muestra que Dios continúa estando atento a las necesidades de su pueblo y tiene las preocupaciones cerca de su corazón. El final de los acontecimientos que ocurren en la Tierra será determinado por Él y no por los que hacen alarde de su falsa dignidad en las altas esferas del poder humano. La dignidad y el poder le pertenecen sólo a Él.

   La imagen de las vestiduras se utiliza frecuentemente en la Biblia como metáfora de las virtudes que debe mostrar el pueblo de Dios. La preocupación real de la Biblia no es del diseño o aspecto de la tela, sino de las cualidades del carácter de la persona. Las vestiduras de nuestra propia valía se deben desechar considerándose como “trapo de inmundicia”. En lugar de eso, los sacerdotes deben vestirse de justicia; el pueblo de Dios debe vestirse de ropas de salvación; los discípulos cristianos deben revestirse de “tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”; y los guerreros cristianos deben vestirse con “las armas de la luz”: es decir, con “la coraza de la fe y del amor, y por yelmo la esperanza de la salvación”. Sobre todo, aquellos que quieran servir al Señor deben revestirse del Señor Jesús y no pensar “en proveer para las lujurias de la carne”.

   Comentario 2: El sumo sacerdote acusado y restaurado, Zacarias 3:1-10. Esta es una visión dramática. El sumo sacerdote está delante del ángel de Jehovah, mientras Satanás está allí para acusar, para fiscalizar. Es la visión de una corte judicial. El acusado es el sumo sacerdote Josué, vestido con ropas sucias; ropas dignas de un malhechor, de alguien hallado culpable, en una situación de aflicción, de agonía, de derrota; sabiendo que es culpable de los hechos que se le imputan.

   El acusador, Satanás, ha ocupado su lugar para lanzar la acusación contra este siervo de Dios. El defensor, el ángel de Jehovah, está frente a Josué presto a defenderlo. El Juez, Jehovah, es presentado en el v. 2 reprendiendo al enemigo de Josué y de todos los siervos de Dios. La presentación que hace de sí mismo es: Jehovah, quien ha escogido a Jerusalén.

   Es aleccionador examinar este acto y observar cómo resaltan algunos atributos de Dios.

1) Su soberanía. Jehovah, quien ha escogido a Jerusalén, pudo haber escogido a otra ciudad, así como cualquier otro pueblo, pero le agradó escoger al pueblo de Israel como su pueblo, y a Jerusalén como su ciudad.

2) Su misericordia. Josué, representando a todo el pueblo, estaba con ropas sucias, símbolo de pecado y culpabilidad. A pesar de esto, Dios lo escogió.

3) Su inclinación al perdón. Mira que he quitado de ti tu iniquidad; este es un atributo personal de Dios.

    La presencia de Satanás en esta visión provoca algunos conflictos de interpretación; algunos ven aquí a un adversario que actúa bajo órdenes del Juez. En otras traducciones Satanás es traducido como “el acusador” o “el adversario”, ambas palabras vienen de la misma raíz en heb. (satan7853), lit. “el acusador estaba… para acusarle”.

   Por la reprensión que recibe de Jehovah se infiere que los designios de este adversario iban en contra de los propósitos divinos. Cabe señalar que solo Jehovah tiene el poder para reprender a este enemigo de los fieles. Si la referencia es a la persona de Satanás, se ve en el pensamiento posexílico del profeta un avance en la angelología y la demonología.

    La visión no provee todos los detalles sobre el juicio; simplemente presenta la escena. Podemos suponer que Josué no apeló a su inocencia; él debe de haber reconocido su pecado, porque el pasaje nos regresa a una escena de restauración.

   El ángel de Jehovah (vv. 4, 5), como hemos afirmado anteriormente, es identificado en el AT con la segunda persona de la Trinidad. Este pasaje nos señala la singularidad de este ángel o mejor dicho su divinidad, al ejercer su autoridad sobre los demás ángeles que estaban delante de él, ordenándoles que cambiaran la ropa de Josué, el sumo sacerdote. Un cambio simbólico, una restauración completa al ser declarado Josué limpio de su pecado. Él estaba representando a toda la nación que había sido favorecida con el perdón de su maldad.

   El ángel de Jehovah había quitado la iniquidad. Nada más sorprendente que esta declaración pues solo Dios puede perdonar pecados. Jesús, al sanar al paralítico en Marcos 2:1–12, pronunció esta declaración: “Tus pecados te son perdonados”; esto provocó la reacción de los escribas, que tildaron esta expresión como una blasfemia, porque solo Dios puede perdonar pecados.

   Oír al ángel de Jehovah declarar libre de iniquidad al sumo sacerdote, y mandar que lo vistan con ropa de gala, es ver la magnificencia de la bondad de Dios respaldando al líder espiritual, quien, a pesar de las acusaciones del adversario, es revestido del perdón y del poder para ejercer su ministerio.

Notamos que Josué fue investido con todos los elementos sacerdotales para ejercer con toda libertad su ministerio.

    Comentario 3: Colosenses 3:12, 13. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados. El “vestíos” es una repetición del v. 10. Y la palabra “pues” significa (ampliando su sentido), “dado que en principio habéis abrazado a Cristo dentro de vuestros corazones, por tanto, seáis en la práctica—sí, completamente—lo que habéis profesado ser, y lo que yo, Pablo, realmente creo que habéis empezado a ser”. Seáis así “como escogidos de Dios”. Para un resumen de doce puntos sobre la doctrina de la elección en las epístolas de Pablo, véase C.N.T. sobre 1 y 2 Tesalonicenses, pp. 60–61. Nótese especialmente las siguientes afirmaciones, tomadas de los puntos 7, 10 y 12: “La elección afecta a la vida en todas sus fases, pues no es algo abstracto. Aunque pertenece al decreto de Dios desde la eternidad, llega a ser una fuerza dinámica en los corazones y vidas de los hijos de Dios. Produce frutos. No sólo es una elección a salvación, sino también específicamente (como un eslabón en la cadena) una elección para servicio. Tiene como propósito final la gloria de Dios, y es la obra de su deleite” (Ef. 1:4–6).

   En aposición a la frase “escogidos de Dios” se encuentran las palabras “santos y amados”. Como escogidos de Dios, estas personas, tanto individual como colectivamente y hasta donde son verdaderos creyentes, son definidas como “santos”, esto es, “apartados” para el Señor y su obra. Han sido lavados con la sangre de Cristo de la culpa de sus pecados, y están siendo liberados más y más de la corrupción del pecado y renovados a la imagen de Dios (véase el v. 10 arriba). Además, son “amados”, y esto en forma especial por Dios (1 Ts. 1:4; cf. 2 Ts. 2:13).

   De este modo, los calificativos que con tanto honor se aplicaban anteriormente al antiguo pueblo del pacto, Israel (véase 1 P. 2:9; y entonces Is. 5:1; Os. 2:23; cf. Ro. 9:25), aquí son usados en conexión con los miembros de la iglesia de la nueva dispensación. La iglesia es el nuevo Israel. Pablo continúa. (Vestíos de) un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad. Es evidente que estas virtudes se traslapan. Una persona con un “corazón compasivo” también será “bondadosa”. Uno que es humilde también será manso, etc. Por tanto:

   La expresión corazón de compasión apunta a un sentimiento muy profundo, “un anhelar con el profundo afecto de Cristo Jesús” (Fil. 1:8). En cuanto a la profundidad de este sentimiento uno podría pensar en la reacción de José al ver a Benjamín (Gn. 43:30) o al revelarse a sus hermanos (Gn. 45:1–4). Otro ejemplo sería la tierna relación entre David y Jonatán (1 S. 18:1; 20:4, 17).

   La próxima cualidad es la bondad. Esta es la bondad de corazón que imparte el Espíritu, y que es justamente lo opuesto a la malicia o maldad mencionada en el v. 8. Los cristianos de antaño se recomendaban a otros por su bondad (2 Co. 6:6). Dios también es bondadoso (Ro. 2:4; cf. 11:22) y se nos exhorta a ser como él en este respecto (Lc. 6:35). Ejemplos de la bondad humana podrían ser las mismas personas que ya mencionamos en conexión con “corazón de compasión”. Para evitar repeticiones, añadamos el buen samaritano de la bien conocida parábola (Lc. 10:25–37), Bernabé (Hch. 4:36, 37; 15:37), y el apóstol Pablo mismo (1 Ts. 2:7–12).

   La humildad—una virtud despreciada por los paganos (como ya hemos notado)—es también una cualidad que los creyentes deben tratar más y más de adquirir. La persona que es bondadosa para con los demás, generalmente no tiene una opinión demasiado alta de sí misma. Cuando cada miembro de una iglesia estima a los demás como superiores a él mismo, se crea un ambiente feliz (Fil. 2:3). Por supuesto, también hay tal cosa como una “humildad fingida” (véase sobre 2:18, 23). Un buen ejemplo de verdadera humildad puede ser el centurión que dijo, “No soy digno de que entres bajo mi techo” (Lc. 7:6), y el publicano que, en la penetrante parábola, derramó su corazón, diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13). No obstante, en conformidad con el contexto, aquí Pablo tiene en mente la modestia en la estimación de uno mismo en relación al prójimo, especialmente de los hermanos creyentes. Por supuesto, estas dos—humildad frente a Dios y la misma disposición hacia los hombres—lejos de excluirse una a otra, son inseparables.

   La mansedumbre, mencionada a continuación, definitivamente no es debilidad o cobardía, característica de la persona que está lista a ceder ante cualquier problema. Es, más bien, el ser sumiso al ser provocado, la determinación de sufrir daño antes de inflingirla. Un ejemplo notable es Moisés (Nm. 12:3).

   Para la longanimidad, véase 1:11. Qué ejemplo de longanimidad vemos en Jeremías en su largo período de actividad profética. Pensemos también en Oseas, quien, en lugar de repudiar a su esposa infiel, fue al lugar de la vergüenza, redimió a Gomer con quince siclos de plata y un homer y medio de cebada, y misericordiosamente la restauró otra vez a su posición de honor.

   Continuando: soportándoos unos a otros. Se les exhorta a los colosenses a ser indulgentes unos para con los otros en amor (cf. Ef. 4:2). Pablo podía decir, “padecemos persecución y la soportamos” (1 Co. 4:12). Nos viene a la mente el ejemplo de Job (Stg. 5:11). Pablo añade: y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otra. De la manera que el Señor os ha perdonado, así también hacedlo vosotros. Para el perdón divino, véase sobre 2:13. Mientras estaba en este mundo, Cristo enseñó a sus discípulos a orar, “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6:12). Y es posible que la expresión “de la manera que el Señor os ha perdonado, así también hacedlo vosotros”, sea un eco consciente de la petición que acabamos de citar de la oración del Señor, mostrando de esta forma que Pablo conocía esta oración. En todo caso, la frase tiene el mismo espíritu y significado. Jesús también había enseñado a Pedro a perdonar “no hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18:22), y añadió una parábola conmovedora que termina con estas palabras: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mt. 18:35; cf. Mr. 11:25). Además, el Señor subrayó estos preceptos con su propio ejemplo. Mientras estaba en la cruz, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Esteban seguía el ejemplo de Cristo, cuando, al ser lapidado hasta la muerte, dijo, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch. 7:60).

   Este parece ser el momento propicio para hacer notar que Pablo está ligando sus exhortaciones a la persona y obra de Cristo, como lo hemos indicado en conexión con Col. 1:28. Véase allí las tres columnas. Las cualidades que según Pablo son la marca del cristiano, también se le atribuyen a Cristo. Sobre su “corazón compasivo” y su bondad, véase Mt. 9:36; 14:14; 15:32; 20:34. Su humildad y mansedumbre se dejan ver en Mt. 11:29; 21:5; Jn. 13:1–15; Fil. 2:8; su longanimidad y paciencia o tolerancia en Mt. 17:17; Jn. 14:9; 1 P. 2:23; su espíritu perdonador en Mt. 9:2; Lc. 7:47; 23:34. En consecuencia, cuando un creyente manifiesta estas virtudes en su relación con su prójimo, podemos decir que “se ha vestido” de Cristo (Ro. 13:14). Y es confortante saber que el que ha visto a Cristo ha visto al Padre (Jn. 14:9; cf. 1:18), y el que imita a Cristo (1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6) también imita a Dios (Ef. 5:1).

3er Titulo: La unción de Dios, poder de lo alto, para el desempeño del ministerio. Versículos 10 al 12. Y tomó Moisés el aceite de la unción y ungió el tabernáculo y todas las cosas que estaban en él, y las santificó. Y roció de él sobre el altar siete veces, y ungió el altar y todos sus utensilios, y la fuente y su base, para santificarlos. Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo.  (Léase 1ª de Pedro 2:9 y 10. Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. ▬ 1ª de Juan 2:20. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.).

   Comentario. 1. La unción: personas no cualificadas que necesitan recibir poder (Lev. 8:10–12)

   El corazón de la ceremonia era el acto de la unción. Se usaba un aceite especial con cuatro especias, era particularmente aromático y se utilizaba exclusivamente para el rito de la consagración. Primero, se rociaba el tabernáculo, junto con los muebles y utensilios, para apartarlos para Dios. Entonces Moisés derramo del aceite de la unción sobre la cabeza de Aaron y lo ungió, para consagrarlo (v. 12). Solamente se unge a Aarón porque solamente él será sumo sacerdote.

   La unción era la forma tradicional de dedicar a las personas al servicio de Dios. Cuando Saúl y David fueron ungidos como reyes, el Espíritu de Dios vino sobre ellos con poder y, en el caso de David, se quedó con él durante todo su reinado. Al mirar hacia delante a la venida del Mesías, Isaías anticipó que el que venía a traer buenas nuevas a los afligidos sería ungido por “el Espíritu del Señor Dios”. Nadie tuvo una unción más perfecta en su vida que Jesús, el que había predicho Isaías. A la edad de treinta años, el carpintero de Nazaret comenzó su ministerio público, y “por el hecho de haberse hecho hombre y de estar viviendo en este mundo como hombre, a pesar de que seguía siendo el Hijo eterno de Dios, necesitaba recibir el Espíritu Santo en su totalidad, y Dios le dio el Espíritu”. Si esto era así para Jesús, cuánto más tendrán esta necesidad aquellos que ministran en su Nombre. Nadie se debe atrever a servir al Señor sin la dotación que viene de Dios mismo.

Comentario 2: 1ª de Pedro 2:9. Pero ustedes son pueblo escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las virtudes de aquel que los llamó de la oscuridad a su luz maravillosa. El contraste es evidente; el término adversativo, pero señala la diferencia entre los incrédulos desobedientes y el pueblo escogido de Dios. Siguiendo un orden ascendiente, Pedro enumera las gloriosas riquezas de los creyentes en términos que se acercan al asombro. El griego indica que él se dirige a ellos en forma personal y enfática al usar el pronombre plural ustedes. ¿Cómo describe Pedro a los creyentes? Lo hace en los siguientes términos:

▬ a. “Un pueblo escogido”. Pedro le escribe a gente que vivía antes de que el templo de Jerusalén fuese destruido. Pedro, siendo judío, se dirige a muchos cristianos judíos y a cristianos de origen gentil. Además, habla a todos los creyentes de todo tiempo y lugar que leen esta epístola. Con un conocimiento pleno del Antiguo Testamento, Pedro aplica su lenguaje a sus lectores, porque los ve como el pueblo escogido de Dios. Él toma prestadas las palabras de la profecía de Isaías, quien registró lo dicho por el Señor: “Mi pueblo, mi escogido; este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicaré (Is. 43:20–21). Pedro, entonces, ve a los creyentes como cuerpo de Cristo, es decir, como iglesia.

   Otras traducciones tienen el término raza en vez de pueblo. Los miembros de una raza tienen un antepasado en común y por medio de ese antepasado están relacionados unos con otros. Por ejemplo, Abraham es el padre de la raza judía. Los cristianos llaman a Dios “Padre” por medio de Jesucristo, y están emparentados como hermanos y hermanas. Además, dado que Jesús ha sido escogido por Dios (vv. 4, 6), ellos también son llamados pueblo escogido de Dios (1:1; cf. Dt. 10:15; 1 Sm. 12:22).

▬ b. “Real sacerdocio”. Pedro continúa describiendo las gloriosas riquezas que poseen los creyentes. Los llama “real sacerdocio”. En el versículo él habla de un sacerdocio santo, frase que es significativa a la luz del mandamiento de ser santos (1:15–16). El adjetivo calificativo real, sin embargo, añade la dimensión del reino y del rey. En el reino de los sacerdotes (cf. Ex. 19:6), hay un rey. De hecho, el Mesías es a la vez sacerdote y rey, tal como lo profetizó Zacarías: “El llevará gloria y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado (6:13; véase también Heb. 7:14–17; Ap. 1:5–6). En tanto que Zacarías describe al Mesías proféticamente como sacerdote real, Pedro revela que los creyentes ya son sacerdotes de un sacerdocio real.

▬ c. “Nación santa”. Una vez más Pedro se apoya en la fraseología del Antiguo Testamento. Él toma prestado el lenguaje de Exodo 19:6 (véase también Dt. 7:6; Is. 62:12). Pedro recurre al uso de terminología nacional y política, pero quiere que sus lectores entiendan estos términos de un modo no político. Por tal razón califica la palabra nación con el adjetivo santa.

   Una nación está formada por ciudadanos que residen en una determinada zona, que obedecen estatutos y reglamentos, y que se esfuerzan por el bienestar de su sociedad. Los ciudadanos de una “nación santa”, sin embargo, tienen sus características comunes por medio de Jesucristo. Pedro describe al pueblo de Dios como una nación santa, lo que significa que sus ciudadanos han sido apartados para el servicio de Dios.

▬ d. “Pueblo que pertenece a Dios”. A lo largo de las edades Dios ha reclamado a su propio pueblo para sí (véase Mal. 3:17; Hch 20:28; Tit. 2:14). Este pueblo, que difiere de las naciones del mundo, es suposición especialmente apreciada. Son independientes de los vínculos nacionales, porque tienen una relación especial con Dios. Pertenecen a Dios, que los ha comprado con la sangre de Jesucristo.

▬ e. “Para que proclamen las virtudes”. Pedro señala cuál es la tarea del pueblo especial de Dios. Como hábil pastor que es, Pedro se dirige a sus lectores personalmente. Dice: “Para que proclamen las virtudes de aquel que los llamó de la oscuridad a su luz maravillosa (cf. Is. 43:21). En todas partes ellos deben proclamar vocalmente las virtudes, hechos, poder, gloria, sabiduría, gracia, misericordia, amor, y santidad maravillosos de Dios. Por medio de su conducta deben dar testimonio de que son hijos de la luz y no de las tinieblas (Hch. 26:18; 1 Ts. 5:4).

   Pedro da a entender que en tiempos antiguos sus lectores vivían en la oscuridad espiritual. Dios los llamó al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo y los redimió del poder de las tinieblas. Mediante el evangelio de Cristo, Dios los llamó al reino de su Hijo (Col. 1:13).

   [10]. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido la compasión, pero ahora sí la han recibido. Una vez más Pedro recurre a imágenes del Antiguo Testamento. Alude a la profecía de Oseas, en la que el Señor se dirige al profeta después que Gomer diera a luz su segundo hijo. “Ponle por nombre Lo-Ammi [no mi pueblo], porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (1:9; y véase 2:23). La segunda parte del versículo 10 también es una alusión a la profecía de Oseas. Gomer dio a luz una hija y el Señor le dice a Oseas: “Ponle por nombre Lo-Ruhamah [no misericordia; o, no amada], porque no me compadeceré más de la casa de Israel” (1:6).

   “Ustedes antes ni siquiera eran pueblo [útil a Dios], pero ahora son pueblo de Dios”. Aquí hay una referencia obvia al pasado de estos destinatarios. Ellos eran gentiles y judíos que mediante la predicación de la Palabra de Dios se habían convertido (1:12). Dios los salvó por medio de la obra redentora de su Hijo, y ahora estas mismas personas son parte del cuerpo de creyentes conocido como el “pueblo de Dios”. Ellos son el pueblo especial de Dios, a quien Pedro designa “pueblo que pertenece a Dios” (v. 9).

   “Antes no había recibido la compasión, pero ahora sí la han recibido”. La redacción griega indica que los destinatarios habían vivido sin Dios por largo tiempo, durante el cual habían intentado obtener para sí misericordia, pero no la habían obtenido. Pedro contrasta el pasado de esta gente con su presente: “Ahora sí la han recibido”. O sea, que han recibido remisión del pecado y se regocijan en el amor y en la gracia de Dios.

   El profeta Oseas contrasta la infidelidad de sus contemporáneos del antiguo Israel con el amor electivo de su Dios del pacto (Os. 1:1–2:23). En el Nuevo Testamento, Pablo aplica la profecía de Oseas a los gentiles (Ro. 9:25–26). Además, él consideraba como gentil al pueblo judío que había quebrantado el pacto con Dios. Sin embargo, Dios toma a los gentiles y a los judíos convertidos en una relación de pacto consigo mismo. Pedro afirma esta misma verdad cuando se dirige a cristianos tanto de origen judío como de origen gentil en su epístola: “Pero ustedes son … pueblo que pertenece a Dios”.

   Comentario 3: ¡Qué contraste! Los anticristos niegan que Jesús es el Cristo, cuyo nombre traducido significa “el Ungido”. Pero los cristianos contemplan al Cristo, porque de Él han recibido ellos su unción. Los cristianos no sólo llevan el nombre de Jesucristo; ellos también tienen parte en la unción. Esta verdad es formulada lúcidamente en un catecismo del siglo XVI. A la pregunta: “¿Por qué eres tú llamado cristiano?”, los escritores contestan:

Porque por la fe soy miembro de Cristo y, por consiguiente, participante de su unción, a fin de que dé testimonio de su nombre y me ofrezca a él como viviente sacrificio de gratitud, pugne en esta vida con libre conciencia contra el pecado y el diablo y reine con él eternamente sobre todas las criaturas.

   [1ª de Juan 2:20]. Pero vosotros tenéis una unción del Santo, y todos vosotros conocéis la verdad. 21. No os escribo porque no conocéis la verdad, sino porque la conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad. En estos dos versículos (véase también 2:27) Juan enseña a sus lectores acerca de su unción. El comenta que los lectores tienen “una unción del Santo”. ¿Quién es el que unge? Pablo afirma que Dios unge a los creyentes (2 Co. 1:21; compárese también con Hch. 10:38). Pero en el contexto más amplio de esta epístola, Juan transmite la idea de que es el Hijo el que unge a los creyentes (véase la explicación del v. 27). Quizá debiéramos decir que Dios el Padre obra por medio del Hijo.

   ¿Qué es una unción? En los tiempos del Antiguo Testamento, los sacerdotes, los reyes y aun los profetas eran ungidos con aceite para marcar el comienzo de sus respectivos deberes. El aceite simbolizaba su consagración.

   La palabra unción en este texto se refiere no sólo al aceite sino al contenido de la unción, que parece ser el Espíritu Santo. El Espíritu da testimonio del significado permanente de la acción de ungir. Los cristianos reciben el don del Espíritu Santo del Santo. ¿Quién es el Santo? En el Nuevo Testamento el Santo es Jesucristo (véase Mr. 1:24; Lc. 4:34; Jn. 6:69; Hch. 3:14).

   “Y todos vosotros conocéis la verdad”. En esta cláusula notamos en primer lugar un problema de traducción. Los mejores manuscritos tienen “y todos vosotros conocéis”, en tanto que otros manuscritos tienen “vosotros conocéis todo”. Esta última lectura da la impresión de que, a causa del don del Espíritu Santo, los cristianos pueden saberlo todo. Esta no puede ser la intención de Juan, ya que en el próximo versículo (v. 21) él escribe: “vosotros … conocéis la verdad”. Por consiguiente, en base al contexto llegamos a la conclusión de que el objeto del conocimiento no es “todo”, ni “todas las cosas”, sino “la verdad”.

   A continuación, notamos que el verbo griego oída (conocer) que aparece en este versículo y en el próximo no tiene que ver con un conocimiento adquirido sino con un conocimiento innato. Juan quiere señalar que Él no está enseñándole a los lectores nuevas verdades, sino recordándoles lo que ya saben.

   “No os escribo porque no conocéis la verdad”. Los lectores están totalmente familiarizados con la verdad en Jesucristo, de modo tal que Juan no necesita comunicarles el evangelio. Suponemos que Juan escribe estas palabras a los lectores para recordarles que a ellos no les falta la verdad. De hecho, tienen la capacidad de usar la verdad cuando se oponen a los maestros gnósticos que niegan que Jesús es el Cristo. ¿Escribe Juan esta epístola solamente para combatir el gnosticismo? No, él la escribe por las razones que se mencionan a continuación:

   “Sino [que os escribo] porque le conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad” (bastardillas añadidas). Los lectores conocen la verdad y pueden detectar la mentira exponiéndola a la luz de la verdad. La verdad y la luz son lo opuesto de la mentira y de las tinieblas.

   Bruce observa que unos veinte años después de que Juan escribiera esta epístola, el discípulo de Juan, Policarpo, que por ese entonces era obispo de la iglesia de Esmirna, envió una carta a los cristianos de Filipos y dijo:

   “Porque todo aquel que no confiesa que Jesucristo ha venido en la carne es un anticristo”; y todo aquel que no confiese el testimonio de la cruz es del demonio: y cualquiera que pervierta a los oráculos del Señor para sus propios apetitos, y diga que no hay ni resurrección ni juicio—este hombre es el primogénito de Satanás. El creyente ungido con el Espíritu Santo puede discernir la verdad del error, se opone a la herejía y rechaza los ataques de Satanás.

Consideraciones prácticas acerca de 2:20–21

   Cuando alguien se acerque a usted con enseñanzas religiosas que añaden algo a la Biblia o que ocupan el lugar de la Biblia, esté alerta. En su primera epístola, pero aún más explícitamente en la segunda, Juan le advierte que tenga cuidado con los engañadores: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza [de Cristo], no le recibáis en vuestra casa, ni le saludéis. Todo aquel que le saluda participa en sus malas obras” (vv. 10–11).

   Cuando alguien trata de enseñarle doctrinas que no se originan en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, dígale a esa persona que usted cree en Jesucristo, que sabe que Jesús murió por sus pecados, que Jesús le ha abierto a usted el camino al cielo, que está preparándole un lugar y que usted está feliz y gozoso en él. Cuando usted confiese su fe en Jesús, dé testimonio del Señor y demuestre que es capaz de discernir la verdad del error, entonces su visitante partirá.

Amén, para la honra y gloria de Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.