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Domingo 13 de junio de 2021“Celo De Dios Y Cuidado Que Se Debía Observar En Los Sacrificios Expiatorios”

Domingo 13 de junio de 2021“Celo De Dios Y Cuidado Que Se Debía Observar En Los Sacrificios Expiatorios”

Lección: Levítico Cap. 6, versículos 24 al 30. 24Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 25Habla a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del sacrificio expiatorio: en el lugar donde se degüella el holocausto, será degollada la ofrenda por el pecado delante de Jehová; es cosa santísima. 26El sacerdote que la ofreciere por el pecado, la comerá; en lugar santo será comida, en el atrio del tabernáculo de reunión. 27Todo lo que tocare su carne, será santificado; y si salpicare su sangre sobre el vestido, lavarás aquello sobre que cayere, en lugar santo. 28Y la vasija de barro en que fuere cocida, será quebrada; y si fuere cocida en vasija de bronce, será fregada y lavada con agua.29Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; es cosa santísima. 30Mas no se comerá ninguna ofrenda de cuya sangre se metiere en el tabernáculo de reunión para hacer expiación en el santuario; al fuego será quemada.

   Comentario general: Se enseña la misma lección en las instrucciones para la ofrenda por el pecado. Todas estas instrucciones enfatizan la importancia de tratar las cosas santas con cuidado. Así como en las dos primeras ofrendas, la ofrenda por el pecado es cosa santísima (v. 25). Así que después de que se hubiera presentado el animal en la entrada de la tienda, el resto del ritual ocurría de puertas para dentro. Se sacrificaba delante del Señor en el mismo lugar donde el holocausto es ofrecido (v. 25) y también se consumía dentro del recinto del patio de la tienda de reunión. Se hace la misma puntualización sobre la necesidad de los que entran en contacto con la carne de la ofrenda (v. 27), al igual que se hizo con respecto a la ofrenda de cereal, asumiendo que la interpretación dada anteriormente es aceptada. Pero después se añade una nueva puntualización. ¿Qué ocurre si la vestidura del sacerdote queda salpicada con la sangre de la víctima, como era muy probable que ocurriera dada la violencia de la matanza? ¿Podía el sacerdote llevarse a casa la ropa sucia para lavarla allí? La respuesta es clara: “No”. La sangre es la vida de la carne (17:11) y, por lo tanto, es un objeto santísimo, aún más si había sido ofrecido a Dios. Así que incluso la sangre de la vestidura debe permanecer dentro del recinto del tabernáculo y se debe lavar allí. Lo que es santo no se puede profanar sacándolo fuera del santuario y exponiéndolo a cualquier cosa que pudiera profanarlo. La misma lógica se encuentra detrás de las instrucciones vagas sobre las vasijas en el versículo 28. Si se utilizaba una vasija de barro para cocinar la carne, era posible que parte de la carne penetrara en las paredes porosas de la vasija, así que debía ser destruida. Sin embargo, si la vasija era de bronce, aunque se debía fregar muy bien antes de utilizarla de nuevo, no hacía falta ser destruida porque no estaba hecha de un material poroso. Los residuos de una ofrenda sagrada contaminarían cualquier cosa que entrara en contacto con ellos, más que volverla santa. Así que los sacerdotes tenían que evitar a toda costa usar vasijas que podrían contener aún partes de una ofrenda sagrada que ya se hubiera hecho. Dios llama la atención de los sacerdotes acerca de todos estos detalles por una simple razón: la sangre ritual es sagrada y es utilizada para expiar. “Por lo tanto no se podía tratar de manera descuidada, como si fuera algo común”.

Texto: Tito Cap. 2, versículo 14. quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

   Comentario: La gracia de Dios en Cristo es la purificadora que nos limpia completamente

   Nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús cuya aparición en gloria los creyentes esperan con tanta esperanza y gozo es quien se dio a sí mismo por nosotros a fin de redimirnos de toda injusticia y purificar para sí un pueblo propio, gustoso de hacer buenas obras.

   En cuanto al sentido de “quien se dio a sí mismo a fin de redimirnos”, véase comentario sobre 1 Ti. 2:6, “quien se dio en rescate por todos”. Quienquiera que dude del carácter necesario, objetivo, voluntario, expiatorio, propiciatorio, substitutivo, y eficaz del acto de Cristo, por el cual se dio a sí por nosotros, debiera hacer un estudio diligente y contextual de los siguientes pasajes.

   Él se dio nada menos que a sí mismo, y eso por nosotros, esto es, en favor nuestro y en nuestro lugar. La contemplación de este pensamiento sublime debiera dar como resultado una vida dedicada a su honor. Además, por su muerte expiatoria obtuvo los méritos para que el Espíritu Santo obre en nuestros corazones. Sin este Espíritu nos resultaría imposible llevar una vida de santificación.

   Cristo se dio a sí mismo por nosotros con un propósito doble: el primero negativo (véase Sal. 130:8), y el segundo positivo (véase 2 S. 7:23). Negativamente, se dio a sí mismo por nosotros “para redimirnos”, esto es, para rescatarnos de un poder maligno. El precio del rescate fue su sangre preciosa (1 P. 1:18, 19). Y el poder del cual nos libra es el del “pecado” (véase sobre 2 Ts. 2:3), esto es, la desobediencia a la santa ley de Dios, sea cual fuere la forma en que la desobediencia se manifiesta (“toda injusticia”).

   Positivamente, se dio a sí mismo por nosotros “a fin de purificar para sí un pueblo”, esto es, para purificarnos por medio de su sangre y su Espíritu (Ef. 5:26; Heb. 9:14; 1 Jn. 1:7, 9), para que, así purificados, estemos en condiciones de ser un pueblo, suyo propio (véase Ez. 37:23). Anteriormente, Israel era el pueblo peculiar de Jehová; ahora es la iglesia. Y como Israel se caracterizaba por ser celoso en cuanto a la ley (Hch. 21:20; cf. Gá. 1:14), así ahora Cristo purifica a su pueblo con este mismo propósito en mente, esto es, que sea un pueblo propio con “celo por las buenas obras”, obras que proceden de la fe, son hechas según la ley de Dios y para su gloria (cf. 1 P. 3:13).

   En resumen, los vv. 11–14 nos enseñan que la razón por la que todo miembro de la familia debiera tener una vida de dominio propio, justicia y piedad es que la gracia de Dios en Cristo ha penetrado nuestras tinieblas morales y espirituales y ha traído salvación a todos los hombres; que esta gracia es también nuestro gran pedagogo que nos aleja de la impiedad y de las pasiones mundanas y nos guía por el sendero de la santificación; que es el preparador efectivo que nos hace mirar con ansias hacia la aparición en gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús; y finalmente, que es el purificador total, de modo que, redimidos de toda desobediencia a la ley de Dios, pasamos a ser el particular tesoro de Cristo, llenos de celo por las obras que son excelentes.

1er Titulo:

Moisés entregando lo ordenado por Dios, para su fiel cumplimiento. Versíc. 24 y 25. 24Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 25Habla a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del sacrificio expiatorio: en el lugar donde se degüella el holocausto, será degollada la ofrenda por el pecado delante de Jehová; es cosa santísima. (Léase Deuteronomio 26:16. Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma. ▬2ª a Timoteo 2.15. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.).

   Comentario: Deuteronomio 26:16. El título de esta sección en la RVA declara que aquí termina el segundo discurso de Moisés. Según esta organización de los discursos de Moisés en Deuteronomio, el tercer discurso empieza en 27:1. Pero, en la tradición de los tratados políticos y de los pactos de soberanía del antiguo Oriente, la ratificación del pacto terminaba con la proclamación de las bendiciones y maldiciones, las cuales sirven para enfatizar obediencia y consentimiento a las demandas del pacto.

   Este comentario sigue la tradición de los pactos de soberanía. Esta sección es considerada la ratificación final del pacto con la nueva generación de israelitas donde Jehovah declaraba que Israel era su pueblo especial (v.18; vea Exo. 19:5, 6). La proclamación de las maldiciones y bendiciones en los caps. 27–28, sirven como la conclusión del segundo discurso de Moisés y el cap. 29 es el inicio de su tercer discurso.

   Los vv. 17–19 contienen la ratificación del pacto entre Jehovah y la nueva generación de israelitas que se preparaban para entrar en la tierra de Canaán y recibir la herencia que Jehovah había prometido dar a los descendientes de Abraham. La ratificación del pacto contiene dos partes. En la primera parte Israel se compromete a obedecer las demandas del pacto y Jehovah promete ser el Dios de Israel y hacer de la nación un pueblo especial, un pueblo separado de las otras naciones para el servicio exclusivo de Dios.

   Moisés actúa como el mediador entre Dios y el pueblo. Como mediador del pacto, Moisés exhorta a Israel a obedecer las leyes y los decretos que forman las demandas del pacto (v. 16). Israel se compromete a ser el pueblo de Dios, aceptando las demandas del pacto. Moisés habla al pueblo declarando que hoy Israel aceptaba las demandas de Jehovah. El hoy del v. 17 fue el momento cuando el pueblo oyó las palabras de Moisés y la exposición de la ley. La declaración de Israel incluye cuatro compromisos: (a) que Jehovah sería su Dios; (b) que Israel andaría por sus caminos; (c) que Israel guardaría sus leyes, mandamientos y decretos; (d) que Israel escucharía su voz. La declaración de Israel implica que la nación se dedicaría al servicio exclusivo de Dios y esto requería completa obediencia a los mandamientos de Jehovah.

   Moisés, hablando por Dios, declaró lo que Jehovah se comprometía a hacer por Israel (v. 18). Por cuanto Israel se comprometía a guardar los mandamientos y obedecer la voz de Jehovah, Jehovah se comprometía a ser el Dios de Israel y hacer de Israel una nación especial y un pueblo exaltado, más que todas las naciones del mundo (v. 19). Por ser un pueblo especial, fama y honor serían conferidos a Israel. El contexto parece indicar que por su obediencia a Jehovah y por su relación especial con Dios, el honor que Israel iba a recibir sería consecuencia de su obediencia y de su relación privilegiada con Dios.

   Comentario 2: 2ª Timoteo 2:15. El ejemplo personal de Timoteo debe servir como un arma poderosa contra el error: Haz todo lo posible por presentarte a Dios aprobado. Timoteo debe esforzarse en todas las formas posibles a fin de conducirse él mismo de tal modo que aun ahora, ante el tribunal del juicio de Dios, él sea aprobado, esto es, como uno que, después de un examen completo de parte de nada menos que el Juez Supremo, tenga la satisfacción de saber que éste se ha agradado de él y lo elogia (nótese los sinónimos en Ro. 14:18 y 2 Co. 10:18). Ahora bien, este feliz resultado se alcanzará si Timoteo es hallado:

─ a. obrero que no tiene de qué avergonzarse, y, en consecuencia:

─ b. que usa correctamente la palabra de verdad.

   Entonces, Timoteo debe ser un obrero, no un parlanchín. Además, su obra debe ser de tal naturaleza que no le produzca vergüenza ni le cause temor de verse avergonzado cuando oiga el veredicto divino al respecto.

   Por cierto, esto significa que él es el tipo de líder que está preocupado de “usar correctamente la palabra de verdad”. Esta palabra de verdad es “el testimonio acerca de nuestro Señor” (2 Ti. 1:8), el “evangelio” (la misma referencia y véase Ef. 1:13), “la palabra de Dios” (2 Ti. 2:9). Es la verdad redentora de Dios. El modificativo “de verdad” enfatiza el contraste entre la inconmovible revelación especial de Dios, por una parte, y las charlas sin valor de los seguidores del error, por la otra.

   La expresión “usar correctamente” ha causado mucha controversia. Es cierto que el significado del elemento básico principal del verbo compuesto del que se toma este participio presente masculino (ὀρθοτομοῦντα) es primariamente “cortar”. Sin embargo, el punto de vista que el verbo compuesto retiene el sentido literal o casi literal de “dividir” es discutible. En un verbo compuesto el sentido enfático puede desplazarse hacia el prefijo, al punto que en el proceso semántico se pierde el sentido literal de la base. Así cortar derecho empieza a significar usar derecho, usar recto. No es extraño que, por una transición sencilla de la esfera física a la moral, una noción tal como “cortar un camino o un sendero derecho” haya llegado en el curso del tiempo al uso exclusivamente moral de la expresión. Así Pr. 11:5 nos enseña que “la justicia del perfecto corta derecho su camino”, lo que significa “conserva derecho su camino”, lo hace hacer lo que es recto (cf. Pr. 3:6). Así es comprensible que aquí en 2 Ti. 2:15 el sentido sea “usar correctamente”.

   No es extraño que la base (“cortar”) pierda su sentido original literal cuando se le añade un prefijo (“recto”). Aun sin ningún afijo la palabra “cortar” se usa frecuentemente en un sentido no literal. Así el griego habla de “cortar (hacer) un juramento”, “cortar (diluir) un líquido”, “cortar (trabajar) una mina”, etc. También usa la expresión “cortar corto” (conducir a una crisis), y “cortar las ondas”, tal como lo usamos en el lenguaje moderno. Compárese con nuestras expresiones “cortar camino”, “cortar cartas”, etc.

   Volviendo al verbo compuesto, yo enfatizaría que el contexto confirma el sentido que casi todas las autoridades le atribuyen. A la luz de los vv. 14 y 16, la idea que Pablo desea dar es claramente ésta: “usa rectamente la palabra de verdad en vez de librar batallas verbales completamente inútiles que confunden a los oyentes, en vez de prestar atención a charlas profanas y vanas”.

   El hombre que usa correctamente la palabra de verdad, no la cambia, no la pervierte, no la mutila ni la distorsiona, ni hace uso de ella con un propósito malo en el pensamiento. Por el contrario, interpreta las Escrituras en oración y a la luz de las Escrituras. Aplica su sentido glorioso, en forma valiente y con amor, a situaciones y circunstancias concretas, haciéndolo para la gloria de Dios, la conversión de los pecadores y la edificación de los creyentes.

2° Titulo:

Santidad y solemnidad de la ofrenda y sus utensilios. Versíc. 26 al 29. 26El sacerdote que la ofreciere por el pecado, la comerá; en lugar santo será comida, en el atrio del tabernáculo de reunión. 27Todo lo que tocare su carne, será santificado; y si salpicare su sangre sobre el vestido, lavarás aquello sobre que cayere, en lugar santo. 28Y la vasija de barro en que fuere cocida, será quebrada; y si fuere cocida en vasija de bronce, será fregada y lavada con agua.29Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; es cosa santísima. (Léase Éxodo 40:10.   Ungirás también el altar del holocausto y todos sus utensilios; y santificarás el altar, y será un altar santísimo. ▬ 2ª a Timoteo 2:20 y 21. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.).  

   Comentario: Luego, Dios dio a Moisés instrucciones sobre la dedicación del tabernáculo y el mobiliario. Moisés recibió la instrucción de ungir el tabernáculo y todo lo que estaba en él para santificarlo, es decir, para apartarlo para Dios. También debía ungir el altar del holocausto y sus utensilios para santificarlos y después ungir la fuente y su base para consagrarlas.

Comentario 2: 2ª Timoteo 2.20 y 21. 20. Pero, aunque el elegido de Dios nunca perece, en una casa grande hay no solamente utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y algunos (son) para honra, u otros para deshonra.

   Timoteo no debe sorprenderse del hecho de que haya algo como una defección. Debe recordar que la iglesia visible es como una “casa grande”. Una casa grande contiene toda clase de utensilios, esto es, muebles, vasos, ollas y sartenes, etc., en suma, todos los objetos materiales que uno espera hallar en una mansión, todo el contenido de una casa. Por eso hay no solamente oro y plata, sino también artículos de madera y de barro; no solamente artículos preciosos que son guardados y exhibidos, sino también los que son puestos en la basura o en donde se guarda lo inservible cuando ya no sirven para su propósito. De paso, nótese que Pablo debe decir casa grande, porque una casa pequeña podría no contener utensilios de oro y plata. En forma similar, la iglesia visible, según se manifiesta en la tierra, contiene verdaderos creyentes (algunos muy fieles, comparables con el oro; otros menos fieles, comparables con la plata) y contiene hipócritas. Cf. Mt. 13:24–30: el trigo y la cizaña. Los miembros genuinos tienen el fin de ser para honra (véase Mt. 25:34–40); los demás, para deshonra (véase Mt. 25:41–45). Cf. 1 S. 2:30b; Ro. 9:21.

   [21]. ¿Cómo puede uno estar seguro de ser un utensilio para honra? La respuesta es: Así que, si alguno se limpia efectivamente de estas cosas, será utensilio de honra, santificado, muy útil al Amo, preparado para toda buena obra.

   La comunión íntima y estrecha con los hipócritas puede conducir fácilmente a la contaminación moral y espiritual (1 Co. 15:33; y véase sobre 2 Ts. 3:14). Se debe evitar la tentación de caer en esta trampa. El pecado de aceptar las doctrinas de tales hombres malvados o de copiar el ejemplo de ellos (sea que se piense que estos hombres ya no están en la iglesia o que todavía están en ella) debe ser evitado (cf. v. 19b); y si se ha cometido ese pecado, debe ser confesado y se debe vencer el mal con el bien. Así una persona debe limpiarse “efectivamente” o “completamente” de estas cosas, esto es, de los hombres malos (“utensilios para deshonra”) y sus doctrinas y prácticas contaminantes; de hombres tales como Himeneo y Fileto y sus discípulos, y de sus enseñanzas falsas y sus malos hábitos.

   Ahora, si alguno se limpia efectivamente, será utensilio para honra. La realidad surge de la figura: una vasija de mala calidad siempre será una vasija de mala calidad, pero la gracia de Dios capacita al pecador para ser santo, un utensilio para honra. Tal persona, habiéndose limpiado, está santificada. Por la operación purificadora del Espíritu Santo ahora ha llegado a ser “santo en experiencia y en posición” habiendo sido completamente apartado para el Señor y para su obra, y esto en forma permanente. En consecuencia, ahora es muy útil a su Maestro, aquel que ejerce plena autoridad sobre él (cf. 1 Ti. 6:1, 2; Jud. 4; Ap. 6:10), a saber, Jesucristo. Una vez por todas está preparado para toda obra buena (cf. 2 Ti. 3:17; Tit. 1:16; 3:8, 14; luego, 2 Co. 9:8).

3er Titulo:

Prohibición de comer la ofrenda cuya sangre se ofrece en el tabernáculo de reunión. Versíc. 30. 30Mas no se comerá ninguna ofrenda de cuya sangre se metiere en el tabernáculo de reunión para hacer expiación en el santuario; al fuego será quemada. (Léase Hebreos 13:10 al 12. Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo. Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. 

   Comentario: 10. Tenemos un altar del cual los que ofician al tabernáculo no tienen derecho a comer.

   Si en el versículo 9 el énfasis recae en lo que es espiritual, esto es aún más cierto en el caso del versículo 10. El escritor de Hebreos habla en términos figurados cuando usa la palabra altar. La misma da a entender que se trata de algo diferente al significado habitual de una estructura hecha de piedras. En cierto sentido hacemos exactamente lo mismo cuando decimos que en una reunión efectuada en un estadio el evangelista hizo su “llamado al altar”. Ahora bien, el término llamado al altar en dicho marco no tiene nada que ver con el altar. Describe más bien a gente que por la invitación del evangelista pasan al frente y toman la decisión de entregar sus vidas a Cristo. Para el escritor, el altar es la cruz en la cual Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio a Dios. Y para el cristiano la cruz es un símbolo que representa la obra completa de la redención. Tal como el escritor de Hebreos lo confirma repetidamente, Cristo ofreció su sacrificio una vez para siempre (9:25, 26, 28; 10:9, 12, 14). La cláusula tenemos un altar representa entonces a la cruz, que simboliza la redención que Cristo ofrece a su pueblo.

   La segunda parte del versículo—“del cual los que ofician en el tabernáculo no tienen derecho a comer” necesita interpretación. En primer lugar, la referencia apunta a los sacerdotes levíticos a quienes se les decía que debían sacar “la piel, la carne y el estiércol” de un becerro y macho cabrío y quemarlo fuera del campamento (Lv. 16:27). Pero esta referencia es demasiado restrictiva, ya que la frase “los que ofician al tabernáculo” parece incluir a todos los adoradores judíos que se acercaban al tabernáculo. Nótese que el escritor dice al, no en, el tabernáculo. En segundo lugar, a los cristianos se les podía acusar de no tener altar y por consiguiente de no tener una verdadera religión. Pero después de la destrucción del templo de Jerusalén los judíos tampoco tenían un altar. No obstante, el escritor de Hebreos puede decir: “Hablando en sentido espiritual tenemos un altar, a saber, la cruz de Jesucristo”. Entonces, ¿da a entender el escritor que solamente los cristianos pueden participar de los santos elementos de la celebración de la comunión, de la cual los judíos están excluidos? Si este es cierto, nosotros de hecho hacemos que la mesa de la comunión cristiana equivalga al altar. Es cierto que el creyente participa espiritualmente del cuerpo y la sangre del Señor cuando come y bebe los santos elementos. Y la identificación de la celebración de la Santa Cena con el altar es muy atrayente. Al hacerlo, sin embargo, afirmamos que tenemos un altar visible y tangible. Y esto no es lo que quiere decir el escritor de Hebreos. El compara la obra sacrificial de Cristo con los sacrificios de animales en los tiempos del Antiguo Testamento. Si lo consideramos a la luz de toda la epístola, la intención del escritor en 13:10 es la de demostrar la superioridad de la obra de Cristo sobre el sacerdocio aarónico.

   [11]. El sumo sacerdote lleva la sangre de animales al Lugar Santísimo como ofrenda por el pecado, pero los cuerpos son quemados fuera del campamento.

   La repetición es una de las características de Hebreos. En capítulos anteriores el escritor habló acerca del Día de la Expiación, en el cual el sumo sacerdote sacrifica un becerro y un macho cabrío y lleva su sangre al santuario interior del tabernáculo (5:3; 7:27; 9:7). En su descripción de las tareas que se llevaban a cabo en el Día de la Expiación, el escritor explica el propósito de estos sacrificios. A estos animales se les mataba como ofrenda de pecado por el pueblo. La remoción del pecado es el rasgo dominante de los deberes religiosos que llevaban a cabo el sumo sacerdote y sus ayudantes en ese día tan especial.

   El sumo sacerdote ofrecía un “becerro como ofrenda por su propio pecado para hacer expiación por sí mismo y su casa” (Lv. 16:6). Después sacrificaba un macho cabrío como ofrenda por el pecado del pueblo, y el otro macho cabrío era enviado “al desierto como chivo expiatorio” (vv. 10, 22). Luego rociaba la sangre del becerro sobre el arca dentro del Lugar Santísimo por su propio pecado y la sangre del macho cabrío por el pecado del pueblo.

   Enviado al desierto, el macho cabrío vivo llevaba todos los pecados del pueblo (v. 22). El hombre que soltaba al macho cabrío tenía que lavar sus ropas y bañarse antes de volver a entrar al campamento (v. 26). Los cuerpos del becerro y del macho cabrío tenían que sacarse del campamento y quemarse (v. 27). La persona que quemaba las pieles, la carne, y el estiércol de estos animales tenía que lavar sus ropas y bañarse antes de poder regresar al campamento (v. 28). Todo esto se hacía para indicar que el pecado contamina. Los sacrificios mismos se consideraban contaminados, aunque la sangre de estos animales fuese rociada sobre el arca en el Lugar Santísimo. De allí que a los sacerdotes no se les permitiera comer la carne de estos sacrificios, ya que estos animales representaban al pecado.

   El contraste que se da a entender es que el sacrificio de Cristo sobre la cruz ha quitado el pecado de una vez para siempre, y para todo el pueblo. Por medio de su muerte él puso fin a los ritos ceremoniales del Día de la Expiación, puesto que entró en el santuario celestial para representar al creyente ante la presencia de Dios.

Consideraciones prácticas en 13:10–11

   Cualquier jardinero sabe que después de haber preparado su jardín y sembrado las semillas de verduras o de flores, las semillas de la maleza germinan, crecen, y se desarrollan mucho más rápido que la otra. La maleza prospera, en tanto que las plantas del jardín deben enfrentarse con reveses de tiempo y enfermedad.

   Esta simple ilustración describe la escena religiosa de hoy en día. Las iglesias evangélicas están creciendo, pero su crecimiento parece insignificante si se lo compara con el de las sectas y el de los cultos esotéricos. A las sectas se las ha llamado con frecuencia “las deudas pendientes de la iglesia cristiana”. Ellas prosperan y se desarrollan; nada parece molestarlas: tienen su origen en el cristianismo, pero rehúsan tener algo que ver con la iglesia. Su mensaje no es ya la enseñanza directa del Antiguo y del Nuevo Testamento. No sólo es la enseñanza y “revelación” adicional lo dominante; sino también sirve para reinterpretar la Biblia y en algunos casos hasta llega a llamársela Escritura. Los cultos esotéricos, por supuesto, tienen sus raíces en movimientos ajenos a la fe cristiana. Sus adherentes enseñan filosofías y modos de vida no relacionados y ajenos al modo de vida cristiano. Por consiguiente, la amonestación del escritor de Hebreos es tan relevante hoy como lo fuera cuando escribió: “No os dejéis llevar por todo tipo de enseñanzas extrañas”.

   ¿Qué es entonces lo primordial? La Palabra revelada de Dios permanece para siempre. Como dice Pedro, ella es “la palabra de Dios viva y permanente” (1 P. 1:23) que se predica. Además, a lo largo de los siglos el Espíritu Santo ha guiado a la iglesia en la comprensión de la verdad de Dios revelada en la Escritura. Las diferencias existen, y los énfasis doctrinales difieren, pero aquellos que se adhieren a la histórica fe cristiana confiesan que su fe está enraizada en la Palabra permanente e inmutable de Dios. Los cristianos forman el cuerpo del Señor Jesucristo y encuentran su unidad común en él. Al anticipar diferencias de opinión dentro de la iglesia, Pablo escribe a los filipenses y para nosotros estas palabras: “Todos nosotros, los que somos maduros, debemos tomar dicho punto de vista acerca de estas cosas. Y si en algún punto vosotros pensáis diferente, también eso Dios os lo aclarará” (3:15).

   [12]. Y así también Jesús sufrió fuera de la puerta de la ciudad para santificar al pueblo mediante su propia sangre.

   En base al versículo precedente, el escritor de Hebreos establece una comparación. El compara el propósito implícito en los sacrificios que se hacían en el Día de la Expiación con el sufrimiento que Cristo experimentó en la cruz. Tal como él lo explica en porciones anteriores de esta epístola, el sacrificio de Jesús es de una vez para siempre he incomparablemente superior. Hablar entonces de un paralelo entre estos versículos es correcto sólo en parte; solamente la frase fuera de la puerta de la ciudad es equivalente a “fuera del campamento”. La comparación en general busca destacar la obra de Jesús para santificar a su pueblo.

   El escritor supone que los lectores están plenamente familiarizados con el evangelio. En su epístola rara vez alude a la vida de Jesús en la tierra (5:7–8; 10:12; 12:2). Aquí describe el lugar donde Jesús sufrió— fuera de la ciudad de Jerusalén. Escribe que Jesús sufrió; quiere dar a entender la agonía que Jesús padeció en la cruz del Calvario.

   El sumo sacerdote entraba anualmente en el Lugar Santísimo, rociaba sangre animal y expiaba el pecado del pueblo. Jesús se hizo pecado por nosotros (2 Co. 5:21), cargó con la maldición que pesaba sobre nosotros (Gá. 3:13) y fue condenado según la ley a morir fuera de la puerta de la ciudad (Jn. 19:17–18). Por ejemplo, el hijo de la mujer israelita que blasfemó el nombre del Señor tenía que ser sacado del campamento, y la gente debía apedrearlo hasta la muerte (Lv. 24:11–16, 23; véase también Nm. 15:35). Acán fue sacado fuera del campamento y llevado al valle de Acor donde los israelitas lo apedrearon (Jos. 7:24–26; véase Hch. 7:58). A causa del pecado del hombre, Jesús tuvo que sufrir fuera de las puertas de la ciudad donde soportó la ira de Dios.

   Fuera de la puerta de la ciudad de Jerusalén, Jesús pagó por nuestros pecados sufriendo la agonía del infierno en la cruz cuando gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46; Mr. 15:34). Por medio del derramamiento de su sangre, Jesús quitó el pecado de su pueblo y lo santificó. Es decir, al cumplir las estipulaciones concernientes a la eliminación del pecado en el Día de la Expiación (Lv. 16:26–28), Jesús limpió a su pueblo y lo santificó. El escritor de Hebreos brevemente resume el propósito del sufrimiento de Jesús” “Para santificar al pueblo por medio de su propia sangre” En muchos lugares él ha explicado este punto y por consiguiente no necesita elaborarlo ahora (véanse 2:11; 10:10, 14; 12:14).

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.