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1936 – La Iglesia Evangélica Pentecostal llora la muerte del pastor Willis Hoover.

1936 – La Iglesia Evangélica Pentecostal llora la muerte del pastor Willis Hoover.

A los 78 años y después de cuarenta y siete años de trabajo y abnegación en la obra, la enfermedad y el cansancio acabaron con la vida del gran pastor Hoover. La revista Fuego de Pentecostés tuvo la fineza de recoger múltiples testimonios de notas de aquella memorable jornada en que el pastor Hoover fue arrebatado a las moradas eternas. En un lenguaje poético fue relatando diversos momentos.

 

“Es miércoles 27 de mayo de 1936. Hay un sentimiento trágico en los corazones. ¿Qué sucede?…Es una sola noticia la que va en veloz carrera, poniendo en los corazones pesar y lágrimas. ¡Ha partido el pastor Hoover! ¡Ha muerto el Superintendente de la Iglesia Pentecostal! ¡Se fue Grandpha! Así como su vida estremeció de felicidad y alegría a millares de corazones al darles el mensaje del cielo, hoy con su muerte les estremece de dolor, pues hiere ese verdadero amor que supo inspirar en cada ser. La noticia se ha generalizado y comienzan a llegar numerosas delegaciones de diferentes pueblos, los que no han omitido sacrificio para llegar a acompañar los restos de su padre o abuelo espiritual.  Ya han llegado varios pastores…Son tantos sus amigos o hijos diseminados en todo el país y aún fuera, que lo lloran y querrían verlo por última vez que por ellos se acuerda efectuar los funerales el domingo 31 de mayo. Así, tuvieron la oportunidad de llegar a tiempo numerosas delegaciones, representando a iglesias del norte y sur del país…La Iglesia de Retamo ya se hace estrecha para contener a la muchedumbre. A las 2.15 se dio comienzo a la fúnebre marcha hacia la ciudad de los muertos. Una carrosa totalmente cubierta de flores y coronas encabezaba el desfile. Detrás otra con la urna. Enseguida los deudos. Más atrás los pastores. Después las diferentes delegaciones de afuera. Más atrás, una columna que la formaban no menos de mil personas y por último, once góndolas con unas trescientas cincuenta personas. La marcha se hizo sin dificultades. Nunca antes Valparaíso tuvo ocasión de admirar una manifestación más evidente de gratitud y amor. La oportunidad era preciosa y los hermanos la aprovecharon muy bien, dando fuertemente el mensaje del cielo y entonando himnos. Así, llegamos al cementerio. Apenas se inició la marcha hacia el interior de la fúnebre ciudad, parece que los cielos se habían abierto. Fuerte viento y una lluvia torrencial, la más fuerte del año. Los paraguas se hicieron poco menos que inútiles. Íbamos sobre verdaderos ríos de aguas. La columna seguía avanzando, aun cuando se sentían los efectos del agua en nuestros cuerpos, la mirábamos con la misma indiferencia del camino. Muchos hombres, mujeres y niños no tenían paraguas y el agua corría por sus cuerpos, pero, era interesante verlos cantar con más deseos. Otros cantaban alegres, como lo harían en un día de sol. ¡Era la última muestra de gratitud que sus hijos rendían al venerable pastor Hoover”(Fuego de Pentecostés Nº 93, junio 1936)