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Lunes 29 de abril de 2019: “Bienaventuranza del que ha sido perdonado”

Lunes 29 de abril de 2019: “Bienaventuranza del que ha sido perdonado”

“Bienaventuranza Del Que Ha Sido Perdonado”

   Lectura Bíblica: Salmo 32, versículos 1 y 2. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.

   Comentario: Vv. 1, 2. El pecado es la causa de nuestra desgracia; pero las transgresiones del creyente verdadero a la ley divina son todas perdonadas puesto que están cubiertas por la expiación. Cristo llevó sus pecados, en consecuencia, no se le imputan. Puesto que se nos imputa la justicia de Cristo, y por haber sido hechos justicia de Dios en Él, no se nos imputa nuestra iniquidad, porque Dios cargó sobre Él el pecado de todos nosotros, y lo hizo ofrenda por el pecado por nosotros. No imputar el pecado es un acto de Dios, porque Él es el Juez. Dios es el que justifica. —Fijaos en el carácter de aquel cuyos pecados son perdonados; es sincero y busca la santificación por el poder del Espíritu Santo. No profesa arrepentirse con la intención de darse el gusto pecando, porque el Señor esté listo para perdonar. No abusa de la doctrina de la libre gracia. Y al hombre cuya iniquidad es perdonada, se le promete toda clase de bendiciones.

1er Titulo:

Para Alcanzar La Dicha Del Perdón, Debemos Creer En Jesús. Los Hechos 10:42 y 43. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. 

   Comentario: Versíc. 42. “Él nos mandó a predicar al pueblo y a testificar que Jesús es aquel que Dios preparó como juez de los vivos y los muertos. 43. Todos los profetas dan testimonio a él que a través de su nombre todos los que creen en él reciben perdón de pecados”.

   a. El mandato. “Él nos mandó a predicar al pueblo”. He aquí el encargo que Jesús hizo a sus discípulos: predicar en su nombre el evangelio de salvación a todas las naciones (Mt. 28:19; Mr. 16:15; Lc. 24:47). Nótese que Pedro emplea para “pueblo” la palabra griega, la cual hasta ese tiempo se refería al pueblo de Israel; es una expresión usada por quienes están bajo el pacto con Dios. Pero ahora, Dios ha echado abajo las murallas de separación entre judíos y gentiles con el resultado que los gentiles también pertenecen al pueblo de Dios. Y ellos forman parte de la iglesia cristiana. Creen en Cristo Jesús, pero no tienen necesidad de someterse al rito de la circuncisión.

   De todos modos, Pedro y sus compañeros judíos de Jope quedan atónitos cuando ven que los gentiles reciben el don del Espíritu Santo (v. 45). Necesitan tiempo para aceptar que los creyentes gentiles son iguales a los cristianos judíos y samaritanos.

   Pedro informa a su audiencia que Cristo dio a sus apóstoles un segundo mandamiento: “testificar que Jesús es el que Dios ha puesto como juez de los vivos y los muertos”; es decir, los apóstoles deben advertir al pueblo que Dios ha establecido un día de juicio y ya ha designado a Jesús para que sirva como juez en aquel día. Esto es significativo porque habiendo entregado a Jesús la responsabilidad de ser juez, Dios está diciendo que él y Jesús son iguales. Ambos, Dios el Padre y Dios el Hijo juzgarán al pueblo en el día del juicio.

   En su alocución ante los filósofos atenienses, Pablo hace la misma afirmación: “Porque Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia a través de un hombre al cual ha designado. El dio pruebas a todos los hombres por haberle resucitado de la muerte” (17:31; y véase 24:25).

   Nadie podrá escapar del juicio, sino que todos deberán comparecer ante Dios. Pedro usa la expresión idiomática los vivos y los muertos para indicar que todos estarán incluidos cuando Cristo juzgue al pueblo. Aquí, entonces, Pedro advierte a los miembros de su audiencia a procurar el perdón de sus pecados a través de la fe en Jesucristo para que cuando tengan que comparecer ante el juez designado por Dios puedan ser absueltos.

   b. El compromiso. “Todo aquel que cree en él recibe el perdón de sus pecados”. Este es el corazón del evangelio: Cristo limpia a todo pecador que viene a él con fe y arrepentido. Él se compromete con esta verdad, por lo cual el creyente que ha sido perdonado no tiene nada que temer cuando llegue el día del juicio. Pedro agrega que la remisión de pecados tiene lugar sólo mediante el nombre de Cristo. La palabra nombre es más que un título, porque incluye toda la revelación de Jesucristo, especialmente en relación a su vida, obras, y palabras. ¿Para quién es la limpieza de los pecados mediante el nombre de Cristo? Pedro dice que es para todos los que creen. No pone restricciones ni limitaciones: tanto judíos como gentiles reciben remisión de pecados. Cada persona, entonces, que sigue depositando su fe y confiando en él pertenece a Jesús. Lo contrario es también verdad; es decir, todo aquel que rehúsa creer en Jesús lo tendrá que enfrentar como juez en el día del juicio. Y allí tendrá que oír la sentencia de condenación por haber rechazado la invitación a aceptar la salvación.

   Pedro basa en el Antiguo Testamento su anuncio de la obra limpiadora de Cristo. No menciona la parte exacta, citando capítulo y versículo, pero dice que “todos los profetas dan testimonio de [Cristo]” y han hablado acerca de su amor perdonador. Le dice a Cornelio que el conocimiento que el centurión ha logrado de las Escrituras al reunirse en la sinagoga para adorar es verdadero. Sin duda que los profetas testifican de la persona y obra de Cristo, quien fue el cumplimiento de las promesas mesiánicas.

Consideraciones doctrinales en 10:34–43

   Lucas registra cómo Pedro presenta el evangelio de Cristo a una audiencia gentil. Al hacerlo así, Pedro despliega maña para eliminar cualquier malentendido. Anuncia las buenas nuevas de salvación y relata la historia de la vida, muerte y resurrección de Jesús. También les habla de su propia posición como testigo ocular a quien se le encargó la tarea de proclamar el evangelio. Por último, refiriéndose al Antiguo Testamento, llama a la gente al arrepentimiento y fe.

   Los pastores, evangelistas y misioneros que predican el evangelio semana a semana deben conocer a sus auditorios para que su ministerio sea efectivo. En sus sermones, deben empezar por establecer un vínculo de simpatía con sus oyentes. Cuando se aseguren de su atención, deben ministrar mediante la lectura y explicación de la Palabra de Dios. En cada sermón deben señalar a Cristo Jesús como el autor y el perfeccionador de la fe. En la conclusión de sus predicaciones, deben llamar a los adoradores a poner su fe en Cristo y arrepentirse de sus pecados. Y deben decirles que continuar en una vida de pecado conduce a la perdición, pero que el perdón de los pecados lleva a la vida eterna.

2° Titulo:

El Sincero Arrepentimiento Trae Perdón. Los Hechos 2:37 al 39. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. 

   Comentario: Una reacción genuina: 2:37–41

   Versíc. 37. Cuando oyeron esto se afligieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: “Varones y hermanos, ¿qué haremos?”

   a. “Cuando oyeron esto”. Las palabras de Pedro tocan el corazón de la gente. El sermón les hace recordar su rebeldía para escuchar a Jesús y aceptarle como el Mesías. La acusación de que fueron ellos quienes mataron a Jesús es justificada y traspasa sus conciencias.

   b. “Se afligieron de corazón”. La expresión afligirse de hecho sugiere que sus corazones fueron tocados por el sentido de culpa de manera que se sienten terriblemente perturbados. Los que han recibido la revelación de Dios se dieron cuenta de su culpabilidad. Por tal razón claman: “Varones y hermanos, ¿qué haremos?” El día de Pentecostés ellos ven la evidencia del derramamiento del Espíritu Santo, escuchan la exposición de Pedro, y se dan cuenta de que han pecado contra Dios al haber rechazado a su Hijo. Ahora se acercan a los convertidos en seguidores de Jesús y piden ayuda a los apóstoles.

   c. “Dijeron a Pedro y los otros apóstoles”. Se dirigen a Pedro y a los que estaban con él usando la misma expresión que Pedro había usado para dirigirse a ellos: “Hermanos” (v. 29). Se había establecido un sentimiento mutuo de parentesco espiritual. Con la pregunta: “¿Qué haremos?” están yendo a la fuente misma que provee la necesaria información. Es la misma pregunta que la multitud hizo a Juan el Bautista en el Jordán (Lc. 3:10; véase también Hch. 16:30; 22:10). Esta pregunta implica que ellos no pueden librarse de la culpa y por eso necesitaban ayuda. En respuesta a las palabras de Dios, ellos expresan fe en Jesús e indirectamente suplican a los apóstoles que les guíen a Dios.

   Versículos. 38. Pedro les dijo: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados. Y recibirán el don del Espíritu Santo. 39. Para ustedes es la promesa, y para sus hijos, y para todos los que están lejos; para todos los que el Señor nuestro Dios llame”.

   Observemos los siguientes puntos:

   a. El arrepentimiento. La gente pregunta a Pedro y a los demás apóstoles cómo pueden recibir la remisión de sus pecados y encontrar la salvación. ¿Qué les contesta Pedro? No les hace ningún reproche. En lugar de eso, usa la misma palabra dicha por Juan el Bautista en el Jordán y por Jesús durante su ministerio: “Arrepiéntanse” (véase Mt. 3:2; 4:17). El imperativo arrepiéntanse implica que deben dar las espaldas al mal que han venido perpetrando, desarrollar un profundo aborrecimiento por los pecados pasados, experimentar un giro radical en sus vidas, y seguir las enseñanzas de Jesús.

   El arrepentimiento significa que la mente del hombre cambia completamente, de tal manera que él en forma

consciente se aleja del pecado (3:19).182 El arrepentimiento hace que la persona piense y actúe en armonía con

las enseñanzas de Jesús. El resultado de todo esto es que él rompe con la incredulidad y por fe acepta la Palabra

de Dios.

   b. El bautismo. Pedro continúa y dice: “Bautícese cada uno”. En griego, el imperativo del verbo arrepentirse está en plural; Pedro se dirige a todos aquellos cuyas conciencias les obligan a arrepentirse. Pero el verbo bautizarse está en el singular para enfatizar la naturaleza individual del bautismo. Un cristiano debe ser

bautizado para ser un seguidor de Jesucristo, pero el bautismo es la señal que indica que una persona pertenece al pueblo de Dios.

    Arrepentimiento, bautismo y fe están vinculados teológicamente. Cuando el creyente que se arrepiente es bautizado, está haciendo un pacto de fe. Acepta a Jesucristo como su Señor y Salvador y sabe que a través de la sangre de Cristo sus pecados le son perdonados. De hecho, Pedro instruye a la gente que el bautismo debe ser hecho “en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados”. El perdón de pecados ocurre sólo a través de Cristo como resultado de su muerte y resurrección (véase Ro. 6:1–4). Como el precursor de Jesús, Juan el Bautista predicó el arrepentimiento de los pecados y luego bautizó a la gente que se arrepentía (Mr. 1:4).

   c. El nombre. Pedro afirma que el creyente debe ser bautizado “en el nombre de Cristo Jesús para perdón de sus pecados”. La instrucción pareciera ser contraria a las palabras de la Gran Comisión, en la cual Jesús dice a los apóstoles que bauticen a los creyentes en el nombre del Trino Dios (Mt. 28:19–20). Nótese, primero, que el

término nombre incluye la total revelación respecto a Jesucristo (véase también 8:12; 10:48; 19:5). Es decir, este término apunta a su persona y obra y al pueblo que él redime. En otras palabras, Pedro no está contradiciendo la fórmula bautismal de Jesús; en lugar de ello, está enfatizando la única función y lugar que Jesús tiene en relación con el bautismo y la remisión de los pecados. Luego, usa el nombre doble de Cristo Jesús para indicar que Jesús de Nazaret ciertamente es el Mesías. Así como Jesús cumple las profecías en cuanto a la venida del Mesías, así el bautismo en su nombre es el cumplimiento del bautismo de Juan (véase 19:1–7). El bautismo de Juan fue con agua únicamente, pero el de Jesús es con agua y en el Espíritu Santo (c.f. Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16; Jn. 1:33; Hch. 1:5).

   d. El don. “Y recibirán el don del Espíritu Santo”. En el contexto de la iglesia primitiva, este versículo resultó ser ninguna contradicción con las palabras de Juan el Bautista, quien dijo: “Yo os bautizo a ustedes con agua; pero él [Jesús] los bautizará con el Espíritu Santo” (Mr. 1:8 NVI). En el siglo I, los cristianos vieron el bautismo de Juan como la sombra y el de Jesús como la realidad. Por consiguiente, la persona que había sido bautizada en el nombre de Jesús comprometía su fidelidad a Cristo, particularmente con la confesión Jesús es el Señor (Ro. 10:9; 1 Co. 12:3).183

   ¿Qué es este don del Espíritu? Pedro usa el sustantivo don en singular, no en plural. Por contraste, Pablo escribe a la iglesia de Corinto acerca de los dones del Espíritu Santo, entre los cuales están sabiduría, conocimiento, fe, sanidad, profecía, lenguas, e interpretación (1 Co. 12:8–11, 28–31; 14:1–2). Pero a la gente que estaba presente en Pentecostés Pedro le dice que el creyente bautizado recibirá el don del Espíritu Santo. La expresión don aparece en el pasaje acerca del derramamiento del Espíritu a los samaritanos; Simón el mago trató de comprar este don con dinero (8:20). El término también se encuentra en el relato sobre la visita de Pedro a Cornelio, quien con su casa recibió el don del Espíritu Santo (10:45; véase también 11:17). De estos pasajes, podemos aprender que este don se refiere al poder del Espíritu Santo al morar en la persona. Nótese, sin embargo, que en 2:38–41 Lucas no dice que los convertidos hayan hablado en lenguas (2:4) o que los apóstoles hayan impuesto las manos sobre los convertidos para que recibieran el Espíritu Santo (8:17). Se deduce, en consecuencia, que “hablar en lenguas e imponer las manos no fueron reconocidos como prerrequisitos para recibir el Espíritu”.

   El contexto del relato de Pentecostés indica que el don del Espíritu no depende del bautismo. Las dos cláusulas “bautícese” y “recibirán el don del Espíritu Santo” son afirmaciones separadas. En un estudio detallado de este punto, Ned B. Stonehouse dice: “Se puede llegar confiadamente a la conclusión de que Hechos 2:38 no debe entenderse como una enseñanza acerca de que el don del Espíritu estaba condicionado al bautismo”. Un estudio del bautismo y el don del Espíritu Santo en Hechos revela que ambos están relacionados pero no necesariamente sigue el uno al otro. Por tanto, en el versículo 38 Pedro instruye a la gente a arrepentirse y ser bautizado; luego agrega la promesa (en el tiempo futuro) que “recibirán el don del Espíritu Santo”.

   e. La promesa. En el siguiente versículo (v. 39) Pedro dice a sus oyentes que “la promesa es para ustedes y para sus hijos, para todos los que están lejos, y para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”. ¿Cuál es el significado de la palabra promesa? Lucas, quien recoge las palabras de Pedro, no da detalles. El artículo definido que precede al sustantivo promesa pareciera indicar que Pedro tiene en mente la promesa específica de la venida del Espíritu Santo. La promesa se refiere a la profecía de Joel 2:28–32, la cual tuvo su cumplimiento el día de Pentecostés. Antes de su ascensión, Jesús les dice a los apóstoles: “No salgan de Jerusalén, sino que esperen la promesa que mi Padre ha hecho, acerca de la cual ustedes me oyeron hablar” (1:4; véase también Lc. 24:49). Y el Cristo exaltado derrama el prometido Espíritu Santo que él recibió de Dios el Padre (Hch. 2:33).

   La frase para ustedes y para sus hijos es un eco de la promesa de Dios a Abraham de ser un Dios para él y para sus descendientes por generaciones (Gn. 17:7). Del mismo modo, la promesa del Espíritu Santo va más allá de los judíos y sus hijos que estaban presentes en Jerusalén en Pentecostés. Desde el momento de su llegada, el Espíritu Santo se queda en medio del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. El Espíritu guía a los creyentes a Cristo Jesús y vive en sus corazones, porque sus cuerpos físicos son su templo (1 Co. 6:19).

   “Y para todos los que están lejos, para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”. Pedro y sus hermanos

judíos se consideraban pueblo del pacto con Dios y por ello, los primeros en recibir la bendición de la salvación. Pero a través de la obra de Cristo los gentiles también son incluidos en el pacto de Dios. Pedro mismo llega a darse cuenta del significado de las palabras que él usa en Pentecostés cuando informa a los judíos de Jerusalén acerca de su visita a Cornelio en Cesarea. Concluye allí diciendo: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (11:17). Años más tarde, Pablo escribe a los miembros gentiles de la iglesia acerca de su exclusión del pacto y dice: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13, y véase también v. 17).

   Dos comentarios a modo de conclusión. Primero, el término lejos se refiere tanto a tiempo como a lugar. La promesa de Dios se extiende a través de generaciones hasta el fin del mundo. Alcanza también a las gentes de toda nación, tribu, raza y lengua, dondequiera que estén sobre la faz de la tierra. Las palabras de Pedro están en completa armonía con las que dijo Jesús: “Haced discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). Y segundo, Dios

es soberano al llamar a su pueblo a sí. La salvación se origina en él y él la concede a todos aquellos que él, en su soberana gracia, llamará. Estas palabras de Pedro tienen su contraparte en la profecía de Joel: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (v. 21; Jl. 2:32).

   Versículos. 40. Y con muchas otras palabras testificaba y les exhortaba: “Sálvense de esta perversa generación”. 41. Así que, los que aceptaron su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil personas.

   Hemos llegado a la conclusión del acontecimiento de Pentecostés. Aun cuando Lucas presenta una breve afirmación, nos imaginamos que Pedro continuó hablando después de haber concluido su sermón.

   a. “Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba”, escribe Lucas. Pareciera que los judíos hicieron muchas preguntas relacionadas con el mensaje de Pedro. Aquí se usa la palabra otras que en el idioma griego se pone primero en la frase para enfatizar el sentido. Lucas deja la impresión que Pedro advirtió a los que preguntaban a examinar cuidadosamente las evidencias que les ha presentado. De hecho, el tiempo del verbo exhortaba en griego indica que Pedro una y otra vez instaba a sus oyentes con este ruego: “Sálvense de esta perversa generación”. La solicitud es un eco de una línea en el himno de Moisés, conocido al auditorio debido a que se usaba mucho en los servicios de adoración en la sinagoga:

    Ellos actuaron con corrupción hacia [Dios]; por su vergüenza ya no son más sus hijos, sino una generación torcida y perversa. [Dt. 32:5, traducción libre. Letra bastardilla agregada].

   ¿Cuál es el pueblo de esta generación torcida y perversa? Obviamente, se trata de los líderes religiosos quienes durante el juicio de Jesús incitaron a la multitud a gritar: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Lc. 23:21). Los sacerdotes y los escribas deseaban tener el completo control del pueblo judío. Pero cuando Jesús enseñó las Escrituras con autoridad, ellos se le opusieron abiertamente y al fin llegaron a matarle.

   En una cultura cristianizada no resulta fácil entender la agonía mental de los judíos en Pentecostés cuando decidieron romper con el poder y la autoridad de sus dirigentes espirituales. Por fe, ellos aceptaron a Cristo y adhirieron a sus enseñanzas. Y dieron este paso porque Pedro claramente les dijo que el liderazgo de los sacerdotes y escribas era corrupto (c.f. Fil. 2:15). Insistía en que debían librarse de aquella gente perversa para ser salvos. Al bautizarse, los creyentes judíos externaron su rechazo a la autoridad de la jerarquía religiosa;

siguieron entonces a Jesucristo, y de esta manera se prepararon para enfrentar el odio y el desdén de sus antiguos dirigentes y maestros.

   b. “Así que, los que aceptaron su palabra [de Pedro] fueron bautizados”. El texto indica claramente que no todos los que escucharon las palabras de Pedro creyeron. Pero los que aceptaron su mensaje solicitaron el bautismo. Debido a que este versículo falla en proveer información acerca del modo del bautismo, la edad de las personas que fueron bautizadas, y el lugar donde ocurrieron los bautismos, es preferible no ser dogmáticos al respecto.

   c. “Y se añadieron aquel día como tres mil personas”. Antes de Pentecostés, el número de creyentes alcanzaba a unas 120 personas (1:15), pero a partir del derramamiento del Espíritu Santo el Señor agregó unas tres mil personas, suponemos que hombres y mujeres. Este aumento es asombroso e indudablemente causó una serie de problemas de tipo administrativo, como se hace evidente con el descuido de las viudas que hablaban griego (6:1). El crecimiento de la iglesia continúa imperturbable de manera que se calcule conservadoramente que en Jerusalén antes de la persecución que siguió a la muerte de Esteban (8:1b) había unos 20 mil cristianos.

Consideraciones prácticas en 2:40–41

   En numerosas iglesias se exige de los candidatos a miembros tener un adecuado conocimiento de las Escrituras y una habilidad para articular las doctrinas de la iglesia antes de ser bautizados y aceptados como parte de la iglesia. Concediendo que conocer las Escrituras y la doctrina es deseable para los miembros de las iglesias (de tal modo que sean capaces de responder a preguntas sobre su fe cristiana), debemos hacernos la pregunta si las Escrituras dicen algo acerca de aceptar a los candidatos a miembros. La respuesta tendría que ser afirmativa.

   Comencemos con la así llamada Gran Comisión (Mt. 28:19–20). Literalmente, Jesús dice: “Por tanto, habiendo ido, haced discípulos a todas las naciones al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y al enseñarlas a guardar todas las cosas que les he mandado”. El proceso de hacer discípulos, entonces, es cumplido en dos etapas: primero, bautizando al candidato; y segundo, adoctrinándole.

   Ahora, nótese que Pedro sigue las directivas de Jesús. El sale en el día de Pentecostés, hace discípulos al predicar la Palabra, e inmediatamente bautiza a estos creyentes. Luego, él mismo y los demás apóstoles continúan enseñándoles el evangelio de Cristo (2:42) en forma muy regular. Los judíos que escuchaban a Pedro el día de Pentecostés conocían el Antiguo Testamento, pero no podía esperarse un conocimiento parecido de los gentiles. Richard B. Rackham dice: “Nos sorprende la rapidez con que los gentiles fueron bautizados, como en el caso del carcelero de Filipos, o aun un prosélito como el eunuco etíope”.

   El Nuevo Testamento pareciera indicar que cuando un creyente acepta a Cristo Jesús como su Señor y Salvador después de oír el evangelio, debe recibir la oportunidad para bautizarse. Pero el bautismo debe ser seguido de un diligente y sostenido estudio de las Escrituras por el resto de la vida terrenal.

3er Titulo:

El Perdón Se Alcanza Haciendo Confesión Del Pecado. Salmo 32:5. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

   Comentario: Es muy difícil llevar al hombre pecador a que acepte humildemente la misericordia gratuita, con la confesión total de sus pecados y la condena de sí mismo. Pero el único camino verdadero a la paz de conciencia es confesar nuestros pecados para que sean perdonados; declararlos para ser justificados. Aunque el arrepentimiento y la confesión no merecen el perdón de la transgresión, son necesarios para disfrutar realmente la misericordia que perdona. ¡Y qué lengua podría expresar la felicidad de esa hora cuando el alma, oprimida por el pecado, es capacitada para derramar libremente sus penas ante Dios, y para recibir la misericordia del pacto en Cristo Jesús! — Los que prosperan en oración, deben buscar al Señor cuando, por su providencia, Él los llama a buscarlo y, por su Espíritu, los incita a que lo busquen a Él.—En el tiempo de encontrar, cuando el corazón está ablandado por la tristeza y cargado por la culpa; cuando falla todo refugio humano; cuando no se puede hallar reposo para la mente turbada, entonces Dios aplica el bálsamo sanador por su Espíritu.

4° Titulo:

No Dudemos, Cristo Tiene Potestad Para Perdonar. San Marcos 2:5 al 11. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: ¿Levántate, toma tu lecho y anda?  Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.

   Comentario: Estas cinco personas mostraban una valentía e ingenio digno de admiración. Pero la fe que tenían en Jesús era aún más admirable, ya que de ella emanaba la confianza que tenían en el éxito de su iniciativa. Si la casa donde la multitud se había reunido tenía una escalera exterior, debió ser por ahí que los cuatro subieron al techo con su preciosa carga. Si era la casa adyacente la que tenía la escalera, primero debieron haber subido al techo de aquella casa, para luego cruzar de un terrado al otro. De una forma uotra, lograron colocarse directamente sobre el lugar donde Jesús estaba hablándole a la gente.

   ¡Y ahora cómo traspasar el techo! La cubierta exterior de una casa era generalmente plana. Tenía vigas con travesaños recubiertos con broza, ramas, etc., sobre los cuales se extendía una gruesa capa de barro o arcilla mezclada con paja cortada y amasada a golpes. Este tipo de techo no era difícil de “destechar” (esta es la palabra usada en el original: “ellos destecharon el techo”).

   Después de hacer una abertura en el techo, los cuatro bajaron la camilla sobre la que estaba acostado el paralítico (cf. la forma en que Pablo fue bajado del muro en Damasco, Hch. 9:25; 2 Co. 11:33). La “camilla” era cierto tipo de lecho usado por los pobres, tal vez un colchón delgado relleno con paja. Siendo que eran cuatro los hombres que bajaron la camilla, suponemos que lo hicieron amarrando cordeles en las cuatro esquinas de la cama. Fue así que el enfermo fue puesto justo al frente de Jesús. Bajando su vista, Jesús ve al paciente; y mirando hacia arriba, observó a los cuatro “amigos” que demostraron ser “amigos de verdad”.

   No se dice que desde el techo los cuatro le gritaran alguna cosa a Jesús. Ninguno de los evangelistas nos cuenta tampoco que el hombre enfermo mismo haya dicho algo. En lo que al paralítico concierne, es aún posible que la enfermedad le impidiese hablar. Pero, aunque ninguno de los cinco habló, ¡confiaron! Y esto era lo importante. Su confianza conmovió el corazón mismo del Señor, así que leemos: Versíc. 5. Ahora bien, cuando Jesús vio la fe de ellos, dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. El inferir de esto que Jesús pensó que la causa de su enfermedad eran sus pecados, como se acostumbra a hacer, no tiene asidero alguno, aunque es cierto que entre los judíos era común la creencia de que “si un individuo sufría una gran aflicción, se debía a que era un gran pecador” (Job 4:7; 22:5–10; Lc. 13:4; Jn. 9:2). Con relación a creencias similares entre los no judíos, véase Hch. 28:3, 4. Según lo prueban los evangelios, Jesús combatió este error. Pero en cuanto a este paralítico, lo único que efectivamente sabemos es que el Señor tuvo una gran preocupación por su pecado. Tampoco se informe si el hombre mismo creía que su pecado era la causa de esta enfermedad. Sin embargo, Jesús sabía que los pecados de este hombre le afligían intensamente. El hombre estaba afligido por las muchas formas en que sus actitudes, pensamientos, palabras y hechos habían transgredido la voluntad de Dios. Según Mateo, Jesús se dirige tiernamente a este hombre llamándole hijo. Según los tres evangelistas, Jesús literalmente le dice: “Perdonados son tus pecados”, pues el orden de las palabras en el original hace que todo el énfasis recaiga en el amor perdonador.

   Esta declaración de perdón no sólo fue de inestimable bendición para el paralítico, sino que también fue motivo de felicidad para sus benefactores. Sin duda que ellos se regocijaron en el gozo que él sentía. Aún más, fue una lección para todos los presentes. A todos les quedó claro el hecho de que este Médico estimaba más las bendiciones espirituales que las materiales, y que reclamaba poseer “autoridad”, es decir, el derecho y el poder para sanar no sólo el cuerpo sino también el alma.

   Jesús jamás consideró el pecado con liviandad. Nunca le dijo a alguien, “¿Tienes algún complejo de culpa? Olvídalo”. Al contrario, consideró el pecado como una desviación inexcusable de la santa ley de Dios (Mr. 12:29, 30), como algo que tiene el poder de ahogar el alma (4:19; cf. Jn. 8:34) y como un asunto que tiene que ver con el corazón y no sólo con los hechos externos (Mr. 7:6, 7, 15–23). Pero también ofreció la única solución verdadera. Comprendía muy bien que el consejo “Líbrate de tu complejo de culpa, pues una pequeña crueldad, promiscuidad o infidelidad, no es nada malo”, no soluciona nada, sino que crea más problemas. También sabía que al ser humano le es totalmente imposible librarse del sentido de culpabilidad, pretendiendo compensar sus pecados con buenas obras. Sabía que esta filosofía conduciría únicamente a un trágico fracaso y a una espantosa desesperación. En lugar de esto, Jesús había venido a proclamar y, ante todo, a proveer la sola y única solución para el pecado, es decir, el perdón. Y él mismo puso la base para este por medio de la expiación que hizo por el pecado (10:45; 14:22–24, cf. Jn. 1:29). Por tanto, al decirle al paralítico, “Tus pecados te son perdonados”, no sólo le comunica a este hombre las nuevas del perdón de Dios (como lo hizo Natán al penitente David, cf. 2 Sm. 12:13), sino que con autoridad cancela la deuda del paralítico. El Señor borró sus pecados completamente y para siempre (cf. Sal. 103:12; Is. 1:18; 55:6, 7; Jer. 31:34; Mi. 7:19; Jn. 1:9). Además, tal perdón nunca viene solo. Es siempre “perdón y algo más”. En Cristo, Dios disipa la tenebrosidad del inválido y le abraza con los brazos de su amor protector y adoptivo (cf. Ro. 5:1).

   Versículos: 6. Pero estaban allí sentados algunos de los escribas, que razonaban en sus corazones: 7. “¿Por qué habla así este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios solo?”.

   Un poeta holandés ha llamado a la culpa del hombre “la raíz de todos los problemas humanos”. Un psicólogo británico ha llamado al sentido de sentirse perdonado “la fuerza más curativa del mundo”. ¡Y cuán frecuentemente los especialistas nos informan que muchos pacientes podrían ser dados de alta de las instituciones de enfermedades mentales, si sólo se pudiesen convencer de que su culpa ha sido borrada! Se pensaría, por tanto, que todos aquellos que oyeron a Jesús decir al paralítico, “Hijo, tus pecados te son perdonados” se unirían al regocijo del hombre perdonado. Pero no fue así, pues los escribas habían venido para ver si podían hallar algún error en Jesús. En sus corazones no había lugar para participar en el gozo de este hombre terriblemente afectado, quien en estos momentos escuchaba palabras de aliento y alegría. En forma altamente despectiva, estos enemigos dicen algo decididamente desfavorable. Sin embargo, no lo dicen en voz alta, sino solamente dentro de sus corazones. Pero los corazones son muy importantes. ¿No son la fuente principal de las inclinaciones, como también de los sentimientos y de los pensamientos? ¿No es el corazón del hombre el que muestra el tipo de persona que realmente es? (Véase Mr. 3:5; 6:52; 7:14–23; 8:17; 11:23; 12:30, 33; Ef. 1:18; 3:17; Fil. 1:7; 1 Ti. 1:5. Cf. Pr. 23:7).

   Así que, en sus corazones los escribas dialogan, lanzan y contestan pensamientos. Lo que dicen es esto: “¿Por qué habla así este hombre? ¡Está blasfemando!”. Se arroga para sí prerrogativas que sólo le pertenecen a Dios. Esto lo hace culpable de blasfemia, es decir, de una irreverencia insolente. Roba a Dios la honra que a nadie más pertenece, porque: “¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios solo?”.

   Los escribas tenían razón al considerar la remisión de pecados una prerrogativa divina (Ex. 34:6, 7a; Sal. 103:12; Is. 1:18; 43:25; 44:22; 55:6, 7; Jer. 31:34; Mi. 7:19). Claro que hay un sentido en que nosotros también perdonamos, es decir, cuando de todo corazón decidimos no tomar venganza sino amar al que nos ha ofendido, promover su bienestar y nunca más traer el asunto a la memoria (Mt. 6:12, 15; 18:21; Lc. 6:37; Ef. 4:32; Col. 3:13). Pero básicamente, según se ha descrito, sólo Dios perdona. Sólo él tiene el poder de quitar la culpa y declarar que realmente ha sido borrada. Pero ahora el pensamiento de los escribas llega a una bifurcación que les muestra dos caminos: a. Jesús es lo que por implicación pretende ser, es decir, Dios; o, b. blasfema, en el sentido de que sin derecho pretende para sí los atributos y prerrogativas de la deidad. Los escribas adoptaron la posición b, y así toman la dirección equivocada.

   El contexto que sigue implica que no sólo cometieron este trágico error, sino que lo complementaron razonando más o menos como sigue: “Es fácil decir, ‘Tus pecados te son perdonados’, ya que nadie está en condiciones de probar lo contrario. Nadie puede mirar al corazón de su prójimo o acercarse al trono del Todopoderoso, y descubrir sus decisiones judiciales en cuanto a quien recibe y quien no recibe el perdón. Por otro lado, decir a este hombre, ‘Levántate y anda’ sería mucho más difícil, porque si no se produce la sanidad, lo que es probable, aquí estamos todos para presenciar su vergüenza”. Por tanto, tal como ellos ven el asunto, Jesús es un blasfemo y un impertinente.

   El Maestro deshace estas dos falsas conclusiones por medio de estas palabras: 8. Y al instante Jesús, discerniendo en su espíritu que así razonaban dentro de sí, les dijo: “¿Por qué razonáis así en vuestros corazones? 9. ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: “tus pecados te son perdonados”, o decirle: “¿Levántate, toma tu camilla y anda”? 10. Pero para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados [dijo al paralítico:] 11. “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Jesús percibió lo que estos escribas pensaban. Sus deliberaciones secretas no fuerondesconocidas para Jesús (cf. Mt. 17:25; Jn. 1:47, 48; 2:25; 21:17). Si no hubiese sido Dios,no le hubiera sido posible penetrar tan profundamente en sus corazones y pensamientos secretos(Sal. 139; Heb. 4:13). Jesús los reprende con su pregunta: “¿Por qué razonáis así?”. El“diálogo” de ellos era perverso (cf. Mt. 9:4), porque le acusaban falsamente. Ellos eran losperversos. ¿No habían venido acaso con el propósito de buscar la forma de destruirle (cf. Mr.3:6)? ¡Deberían examinar sus propios corazones!

   En cuanto a qué es más fácil, si decirle al paralítico, “Tus pecados te son perdonados” o “Levántate, toma tu camilla y anda”, ¿no requieren ambas cosas la misma medida de poder omnipotente? Según el razonamiento de los escribas, para que Jesús pudiera probarles su “autoridad” (su derecho y poder) en la esfera de lo espiritual, tenía que obrar un milagro en la esfera de lo físico. ¡Que vean entonces este milagro!

   De modo que, le dice al paralítico: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. La obediencia a esta orden probaría que el humilde pero glorioso “Hijo del hombre” tiene autoridad divina aquí en la tierra. Por tanto, antes que la puerta de la gracia sea cerrada, tiene autoridad para perdonar pecados.

   Marcos usa por primera vez el término “Hijo del hombre”. En total, ocurre catorce veces en este Evangelio: dos veces al comienzo (2:10, 28), siete veces en el medio (8:31, 38; 9:9, 12, 31; 10:33, 45) y cinco veces hacia el final (13:26; 14:21; 14:41 bis; 14:61). Es la forma en que Cristo se designa a sí mismo, encubriendo más que revelando algo de sí mismo. Encubriendoespecialmente para aquellos que no se hallan enteramente familiarizados con el Antiguo Testamento. El uso de esta expresión condujo a la pregunta, “¿Quién, entonces, es este Hijo del hombre?” (Jn. 12:34). La frase caracteriza a Jesús como el que sufre, como aquel que sería traicionado y sacrificado (9:12; 14:21, 41); todo esto en conformidad con el decreto divino, voluntaria y vicariamente (10:45). Su sacrificio voluntario en lugar de su pueblo sería recompensado (8:31; 9:31; 10:33, 34). Después de su muerte se levanta otra vez. Habiendo partido de esta tierra, un día retornará en gloria, sentado a la diestra del Todopoderoso (14:62), cumpliendo la profecía de Dn. 7:13, 14. Tan intrínsecamente glorioso es él, que su gloria se remonta hacia atrás, a través de toda su vida terrenal. En realidad, siempre fue—aun en sus sufrimientos—el glorioso Hijo del hombre. Estando aún en la tierra, tiene el derecho de perdonar pecados (2:10) y es Señor de todo, incluyendo aun el día de reposo (2:28). Mt. 8:20.

   El presente relato muestra con claridad la gloria del Hijo del hombre. Jesús le había ordenado al paralítico que se levantase, etc. Resultado: Versíc. 12. Él se levantó, e inmediatamente tomó su camilla y salió a la vista de todos. El hombre creyó que Aquel que le ordenaba levantarse, tomar su camilla e irse a casa también le capacitaría para obedecer la orden. Así que “ante”—con el significado de “a la vista de”—todos los que miraban, obedeció al instante la triple orden y se fue a casa (¿la que, tal vez, estaba ahí mismo en Capernaúm?). Marcos narra el efecto que la gloriosa transformación que experimentó este hombre produjo en aquellos que oyeron lo que Jesús dijo y que vieron lo que pasó: Todos estaban asombrados y glorificaban a Dios, diciendo, “Jamás habíamos visto cosa semejante”. Marcos nos habla acerca del asombro de la gente. Jamás en su vida habían presenciado algo semejante. De acuerdo a Mateo, la multitud “se maravilló”. Lucas en su relato dice que todos “estaban sobrecogidos de asombro … y llenos de temor”, haciéndoles exclamar, “Hoy hemos visto maravillas”. Los tres Evangelios observan que la gente glorificaba a Dios: “todos” (así Marcos y Lucas) le atribuyen a Dios el honor y esplendor que se le debe. Como ocurre a menudo, este “todos” es muy general y no significa que los escribas burlones y criticones hubiesen de repente experimentado un cambio genuino de corazón y mente. Marcos 2:16, 24; 3:2, 6, 22 deja en claro que hombres de este tipo siguieron hostiles y se endurecieron más y más. No obstante, la respuesta de glorificar a Dios fue lo suficientemente general como para justificar el uso de la palabra “todos”. Y no hay duda de que entre los muchos que le exaltaron estaban algunos en quienes las palabras y obras de Cristo habían producido una impresión permanente y salvadora. Probablemente había otros que en su entusiasmo pronunciaban también palabras de alabanza al Altísimo (cf. Dn. 4:34; 6:26, 27), pero cuyos corazones continuaban sin el nuevo nacimiento (cf. Mr. 7:6).

   Pensamiento: EL PODER DEL PERDON

Texto: San Mateo18:21 21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. 23 por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24 y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25 a éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. 26 entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 27 el señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. 28 pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31 viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. 32 entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? 34 entonces su señor, enojado, les entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. 35 así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.

1. ¿QUÉ ES LA FALTA DE PERDÓN?

a. Es querer cobrar la deuda a toda costa es desear que la persona sufra lo mismo o algo peor que lo que a mí me hizo.

b. Es guardar odio, rencor, resentimiento y deseo de venganza contra alguien.

c. Es una puerta abierta al diablo y a los demonios para destruir nuestra vida espiritual

2. ¿POR QUIENES NOS HERIMOS? Cuando recibimos una ofensa o traición de un ser querido como:
• Un padre que te abandono cuando eras pequeño
• Una madre o un padre que se fue de casa y te dejo con una tía, una abuela o un familiar
• Un hermano que te rechazaba cuando eras pequeño o se burlaba de ti.
• Un pastor o líder que dio mal testimonio
• Un amigo que te traiciono en el trabajo o en la escuela.
• Un esposa o esposo que fue infiel
• Un hijo que no termino la escuela y usa drogas.

3. ¿QUÉ ES PERDONAR?

• Acción y resultado de librar a una persona de una deuda, un castigo o una obligación. Mateo18:32-33
• Perdonamos no solo porque se libera a la persona, sino que nos libera a nosotros.

4. EL PODER QUE TIENE EL PERDON.

a. Perdonar nos acerca a Dios. Mateo 6:14-15: Cuando no perdonas hay una pared que te separa de Dios. Quieres crecer espiritualmente no puedes, cuando perdonas, tienes paz contigo, con Dios y disfrutas la vida.

b. Perdonar sana el alma y restaura relaciones. San Marcos11:25. El alma se enferma cuando guarda resentimiento, cuando perdonamos nuestra alma es sana y tiene vida.

c. Perdonar trae sanidad física. Santiago 5:16 Ilustración: Estudios confirman que las emociones perturbadoras son malas para la salud. Se descubrió que las personas que experimentan ansiedad crónica, prolongados períodos de tristeza y pesimismo, tensión continua u hostilidad, cinismo, debido a una situación de rencor, tenían el doble de riesgo de contraer una enfermedad como : el asma, artritis, dolores de cabeza, úlceras y problemas cardíacos. Esto hace que las emociones perturbadoras sean un factor de riesgo tan dañino como lo son, por ejemplo, el hábito de fumar o el colesterol elevado para los problemas cardíacos, es decir, una importante amenaza a la salud.

d. Perdonar nos ayuda a vivir agradecidos. Lucas 7:37-38;47 Cuando no perdonas tu estas diciendo no hay dinero, cosa o persona que pueda pagar la deuda que tienen contigo. Cuando no perdonamos nuestra razón invalida el sacrificio de Jesús.

e. Perdonar nos mantiene alineados al propósito de Dios. Hebreos 12:15-17

• No hay que vender el llamado porque no nos saludaron o porque alguien hablo mal de uno ¿acaso no vale más el propósito de Dios para tu vida que un mal entendido. Con tu líder o alguna persona?
• Cuando no perdonamos nos alineamos con los planes del infierno porque Satanás vino para matar nuestro llamado. Cuando perdonamos nos alineamos con el cielo: si tu líder se equivoca perdona, si no nos saludan nosotros saludemos. No me dieron regalo de cumpleaños yo si voy a dar.

f. Perdonar nos hace libres. Lucas 4:18 NVI
• Cuando no perdonamos le damos derecho a Satanás y a sus demonios de oprimirnos. Un verdugo es una persona que se encargaba de ejecutar a los condenados a muerte antiguamente y de aplicar los castigos corporales
• Actualmente representan a los demonios: Depresión, la culpa, los vicios droga, alcoholismo, suicidio, ansiedad, enfermedad, pobreza, etc. Al perdonar somos liberados de opresión.

5. Pasos para perdonar:

• Tome la decisión de perdonar con todo tu corazón.
• Haga una lista de las personas que le han herido durante toda su vida y perdónelos.
• Arrepiéntase por guardar esta falta de perdón.
• Exprese su perdón en forma verbal.
• Renuncie a todo espíritu de resentimiento, amargura, odio y falta de perdón.

Conclusión:

El día de hoy toma la decisión de perdonar y dejar toda ofensa en las manos de Dios. Jesús te perdono y quiere sanarte de todas tus heridas, entrégale tu vida haciendo la siguiente oración:

ORACIÓN DEL PECADOR

Señor Jesús reconozco que he pecado y que tú moriste por mí, hoy me arrepiento y te pido perdón. Te entrego mi vida y mi corazón para que seas mi Señor y mi Salvador, amén.

Amén para la gloria de Dios.

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Bibliografía a usar como aporte: Comentario Bíblico Mundo Hispano. Bíblia de referencia Thompson. Libro de Éxodo Pablo R. Andiñach; Comentario de toda la Biblia, de Matthew Henry. Comentario del Nuevo Testamento Simon J. Kistemaker de Los Hechos y San Marcos.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.