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“Aspectos Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente (Parte1)”

“Aspectos Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente (Parte1)”

Semana del 21 al 27 de enero de 2019: Lectura Bíblica: San Juan 14:25-26.Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

   Comentario 1: (14:25, 26). Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Además, el Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

   Jesús parece demorarse con sus discípulos lo más posible. Parece despedirse de ellos una y otra vez; sin embargo, una y otra vez se queda un poco más. Hay un tono de despedida en las palabras, “Os he dicho estas cosas estando con vosotros”. Sin embargo, el Maestro se demora. Cf. 14:31; 15:11; 16:1, 4, 25, 33. Estas cosas, en vista de estando con vosotros, que sin duda es muy general, no se puede restringir a las palabras pronunciadas

   Ahora Jesús distingue (nótese que no presenta un contraste; δε debería traducirse aquí además o y o ahora no pero o más) entre su propia enseñanza durante los días de su humillación, por una parte, y su propia enseñanza por medio del Espíritu en la gloria de su exaltación, por la otra. La idea central de los versículos 25 y 26 se puede sintetizar así:

   “Mientras moraba físicamente con vosotros os he comunicado ciertas enseñanzas que después de mi separación física de vosotros os aclararé más por medio del Espíritu (cf. 1 Co. 2:13). Además, entonces os enseñaré todo lo que necesitáis saber para realizar la obra de testimonio que se os ha asignado”.

   Nótense los nombres dados a la tercera persona de la Trinidad: el Ayudador (παράκλητος); véase sobre 14:16; el Espíritu Santo, santo porque, no sólo está completamente libre de pecado y posee todos los atributos morales en grado infinito—lo cual, desde luego, es verdad también respecto al Padre y el Hijo—, sino también porque él es quien lleva la parte principal en la obra de hacer santos a otros (santificación). También se describe como aquel “a quien el Padre enviará en mi nombre (el de Cristo)”. Cf. Hch. 2:33. El envío del Espíritu Santo y también su obra en la tierra armonizan por completo con el nombre de Cristo, es decir, con su autorrevelación en la esfera de la redención. La comparación entre 14:26, “a quien el Padre enviará en mi nombre”, y 15:26, “a quien yo os enviaré del Padre”, aclara completamente que el envío histórico del Espíritu Santo el día de Pentecostés (véase Hch. 2) se atribuye tanto al Padre como al Hijo. ¿Acaso esta efusión histórica no implica que también la procesión eterna, supra histórica, del Espíritu debe considerarse como una acción en la que cooperan el Padre y el Hijo?

   Nótese que la promesa contiene dos elementos, y que con toda probabilidad el primer todas las cosas (πάντα) abarca más que el segundo. Primero, el Espíritu les enseñará todas las cosas necesarias (no sólo para su propia salvación, sino aquí en concreto, para la obra de testimonio (cf. Mt. 10:10; 1 Jn. 2:27). Esto incluye ciertas cosas que Jesús no había enseñado concretamente durante los días de su humillación, las cuales omitió por una razón muy prudente (véase sobre 16:12). En segundo lugar, el Espíritu les recordará todo lo que él mismo les había dicho. Como ya se indicó, por medio de ambos Jesucristo cumple su oficio profético, primero en la tierra, luego desde el cielo.

   Los dos todas las cosas pueden considerarse como círculos concéntricos, porque también por medio del recuerdo de lo antiguo (“os recordará todo lo que yo os he dicho”), el Espíritu enseñará lo nuevo. Debe tenerse presente que entre el tiempo en que Jesús pronunció estas palabras y el momento en que fue derramado el Espíritu Santo ocurrieron los siguientes sucesos significativos: la crucifixión, resurrección, ascensión, y coronación de Cristo. A la luz de estos grandes acontecimientos la obra del Espíritu Santo de recordar a los discípulos las antiguas enseñanzas de Jesús implicaría naturalmente una nueva enseñanza, o si se prefiere, implicaría una comprensión más profunda de aquello que, cuando se oyó por primera vez, apenas se había entendido. Como prueba ofrecemos los siguientes pasajes: 2:22; 12:16. Incluso entonces, desde luego, la dirección especial del Espíritu fue necesaria para hacerles comprender el significado exacto de las palabras de Cristo a la luz de su expiación y glorificación.

  Comentario 2: Desde el punto de vista de la práctica y la experiencia, la plenitud del Espíritu constituye el aspecto más importante de la doctrina del Espíritu Santo. Es, precisamente, este ministerio el que hace que dicha doctrina sea experimental, cuando básicamente buena parte de ella no tiene carácter experimental. Es mediante la plenitud del Espíritu que se llevan a cabo en nosotros, y a través de nosotros, sus diversos ministerios. Mas, como ocurre con muchos otros aspectos de la doctrina del Espíritu Santo, no siempre se la entiende claramente.

   Es necesario ser lleno del Espíritu a fin de experimentar en toda su amplitud el ministerio que cumple para con el creyente. En otras palabras, es necesario para el crecimiento en la vida espiritual. Todo cristiano está ubicado, según su experiencia y su ritmo de crecimiento, en algún punto de la escala entre la inmadurez y la madurez. La madurez requiere dos cosas: tiempo y control continuado por el Espíritu Santo. De manera que la persona puede ser inmadura, ya sea porque no hace mucho que es cristiana, o porque, a pesar de que ya hace tiempo que es creyente, no está llena del Espíritu y, como consecuencia, no ha crecido en las cosas del Señor. Lo opuesto al hecho de ser dirigido por el Espíritu es el ser dirigido por la carne, o sea la carnalidad. La carnalidad y la espiritualidad son básicamente cuestiones de control o dirección, aun cuando cada una de las vidas así dirigidas o controladas exhibirán, naturalmente, características propias. Pero es la dirección o control y -no las características- lo que hace que se sea camal o espiritual

Lo QUE ES SER LLENO DEL ESPIRITU

   Definición:  La clave para una adecuada definición de lo que es ser lleno del Espíritu se encuentra en Efesios 5: 18: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”. Si bien es cierto que se traza un contraste entre la borrachera y el ser lleno del Espíritu, también se hace una comparación, y es esta comparación la que nos proporciona la clave. La comparación se refiere al control o la dirección. La persona ebria está sometida a la acción del alcohol que ha consumido. Como consecuencia de ello piensa y actúa de maneras que normalmente le resultarían extrañas. De igual modo, la persona que está llena del Espíritu está bajo el control de dicho Espíritu, y también actúa de maneras que no le son naturales. Esto no quiere decir que dichos modos de obrar son descontrolados o anormales, sino que la persona se comporta de un modo distinto al que tenía en su vieja vida. De modo, entonces, que estar lleno del Espíritu significa simplemente estar sometido a la dirección de dicho Espíritu.

Exigencia

En la Palabra de Dios se trata de un requisito para el creyente. En Efesios 5:18 el verbo tiene forma imperativa. Se espera que el cristiano esté lleno del Espíritu, y si no se da el caso, entonces esto se debe considerar pecado, por cuanto equivale a desobedecer un mandamiento de la Palabra.

Descripción

La característica más notable de este fenómeno es que se trata de una experiencia que se repite. En cambio, no es así con el bautismo, la presencia, el ser sellado, ni la regeneración. En este caso, empero, sí lo es. Esto lo demuestra el uso del tiempo presente del imperativo en Efesios 5:18 (lo cual indica una acción continuada), y hay ejemplos de ello en la vida de la iglesia primitiva. Los apóstoles fueron llenos del Espíritu en el día de Pentecostés (Hch. 2:4). El mismo grupo fue lleno nuevamente poco después, al término de la reunión de oración que se hizo como consecuencia del interrogatorio del Sanedrín (Hch. 4:31). El hecho de que se puede repetir la experiencia constituye una bendición, porque si así no fuera, ningún creyente permanecería lleno por mucho tiempo, porque el pecado (o sea la tendencia a que el ego tome el control) interrumpe el dominio del Espíritu.

1er Titulo:

La Regeneración (Tito 3.4-5. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.).

   Comentario: Hasta ahora, con excepción del capítulo acerca de la iluminación del Espíritu, hemos examinado sobre todo al Espíritu Santo en el campo objetivo, es decir, en lo que está fuera del hombre. Hemos estudiado la persona del Espíritu Santo y su obra en la creación, en la gracia común, en la revelación, y en Jesús. En los capítulos siguientes examinaremos la obra subjetiva del Espíritu Santo, es decir, su influencia en la vida del hombre. Su primera acción subjetiva, la regeneración, es de suma importancia para toda persona. Sin ella nadie puede ver el reino de Dios (Jn. 3.3). A fin, pues, de alcanzar felicidad eterna, el hombre debe conocer en su propia vida la acción regeneradora del Espíritu Santo. Para entender con claridad esta gran obra del Espíritu, es necesario ver la necesidad, el medio y los resultados de su influencia regeneradora.

I. La Necesidad

Que el hombre debe experimentar la acción regeneradora del Espíritu Santo para poder ver el reino de Dios, está bien claro. Por sí mismo el hombre nunca puede ir a Dios. Está totalmente corrompido. Su inteligencia, voluntad, y emociones, están del todo corruptas. En cuanto a su inteligencia, el hombre no puede entender a Dios y su reino, ni siquiera cuando se lo explican en la forma más diáfana; porque el pecado ha oscurecido su comprensión y ha hecho que en lo espiritual esté totalmente ciego (como se vio en el capítulo 5). En cuanto a su voluntad, no puede obedecer a Dios, porque ‘todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado’ (Jn. 8.34); y la mente humana ‘es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede’ (Ro. 8.7) Y en cuanto a sus emociones, no puede amar a Dios, ‘por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios’ (Ro. 8.7).

  Se deduce, pues, que el hombre no regenerado es totalmente incapaz de ir a Dios y hacer el bien. ‘ ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas?’ (Jer. 13.23). Claro que no. Es imposible tanto física como naturalmente. Entonces, tampoco el que suele obrar mal puede obrar bien. Esto significa, por tanto, que el hombre natural necesita al Espíritu Santo en su vida para hacer el bien espiritual.

   Además, cuando Jesús dice que el hombre debe nacer de nuevo (Jn. 3.3), presupone que, antes de que esto ocurra, el hombre en lo espiritual es una nulidad. Lo mismo supone Pablo cuando llama al cristiano ‘criaturanueva en Cristo Jesús’ (2 Co. 5.17). Hasta el momento de su nacimiento o creación espiritual el hombre no existe espiritualmente. Y es una contradicción intrínseca hablar de una nulidad engendrando o creando, así también resulta contradictorio hablar del hombre natural, engendrándose y creándose a sí mismo en lo espiritual para poder entrar en el reino de Dios. Si ha de haber nacimiento o creación, lo debe producir una entidad externa al que ha de nacer o ser creado. Debe haber un nacimiento de arriba producido por Dios, y más específicamente, por el Espíritu Santo. También desde este punto de vista es necesaria la acción regeneradora del Espíritu Santo.

   En otros lugares, la Biblia describe al hombre sin el Espíritu Santo como un cadáver, completamente incapaz de hacer nada (Ef. 2.1); o como huesos secos de un esqueleto humano esparcidos por un valle, sin vida en ellos (Ez. 37). En una situación así el único que puede ser de ayuda es Dios, quien puede hacer que una persona viva espiritualmente y de hecho así lo hace (Ef. 2.1). Es evidente que los huesos secos no pueden unirse solos, ni revestirse de carne, ni tampoco procurarse vida. Esto requiere al Espíritu del Señor. Y también es cierto que el cuerpo exánime, del que se habla en Efesios 2.1, no puede contribuir en nada, porque está muerto. Así pues, es una imposibilidad absoluta que el hombre natural sin el Espíritu del Dios vivo se acerque a Dios.

   En lo espiritual está tan muerto como el soldado en el campo de batalla que ha yacido en un sendero durante días. Hacer que ese soldado se levante por sí mismo y se salga del sendero es imposible. Se le puede presentar la mejor argumentación del mundo de por qué no debería yacer ahí, y no se moverá. Se le puede gritar al oído y de nada le servirá. Se puede tratar de zarandearlo o darle patadas, y seguirá sin levantarse del camino. Porque el soldado está muerto. Si ha de moverse, será necesario que Dios entre a su vida y lo restaure, como hizo Jesús con Lázaro, quien ya había empezado a descomponerse (Jn. 11.39).

   Exactamente lo mismo sucede en el campo espiritual, donde por naturaleza el hombre está tan muerto que está espiritualmente putrefacto. Si esa persona está muerta, uno se lo podrá acercar de muchas maneras distintas, pero ni querrá ni podrá responder. Se puede intentar el enfoque de la cucharada de miel o el del vinagre. Se puede tratar de seducirlo con promesas dulces de perdón de sus pecados, paz del alma, y felicidad eterna; o se le puede amenazar con la majestad de Dios, el monte Sinaí, y los castigos del infierno. O se puede uno sentar con él durante horas para mostrarle la lógica del evangelio. Sin embargo, si el Espíritu Santo no le comunica vida espiritual, no puede responder al evangelio más de lo que el soldado muerto lo haría ante el razonamiento de un oficial, o un hombre ciego ante instrucciones impresas, o una persona sorda ante el radio.

   Tampoco sirve de nada el emplear amenazas físicas. Roma nunca ganó un alma para Cristo con el uso del fuego, la espada, el lazo del verdugo, o la cámara de tortura. Uno de los primeros convertidos de David Livingstone fue un cacique africano, Sechele, quien, como Roma, pensó que podía obligar a creer, por la fuerza, a los miembros de su tribu. Por ello sugirió un día a Livingstone, ‘llamaré a mi lugarteniente, y con los látigos de cola de rinoceronte muy pronto conseguiremos que todos crean.’ No cayó en la cuenta de que el hombre natural está muerto, y que los látigos de cola de rinoceronte no pueden obligar a un hombre a creer, sino únicamente el Espíritu Santo. Porque los látigos no pueden tocar el alma, sino sólo la piel del hombre. Como Jesús dijo en cierta ocasión: ‘No temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar’ (Mt. 10.28). Sólo el Espíritu Santo puede tocar el alma del hombre y darle vida espiritual.

   Todas estas razones, pues, muestran la gran necesidad que el hombre tiene de la acción regeneradora del Espíritu Santo en su vida. Es la única fuerza que puede producir una creación nueva y puede hacer que el que está espiritualmente muerto viva, de forma que pueda entrar en el reino de Dios.

II. La Manera

Ahora veamos cómo da vida el Espíritu Santo – cómo regenera. Lo primero que debemos subrayar es que la Biblia nos dice muy poco acerca de cómo regenera el Espíritu. Es algo que Dios ha escogido no revelar. Como dice Pablo, ‘Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios’ (Col. 3.3). Es un secreto la forma cómo Cristo está-unido místicamente con el creyente. No se puede delinearnianalizar esta unión. Se sabe que existe, pero no se puede explicar cómo sucede. Es como la energía atómica, de cuya fuerza devastadora no existen dudas. Un atolón en el Pacífico puede desintegrarse con una sola explosión. Pero explicar el origen último de la fuerza existente en los átomos supera a la capacidad del hombre. Este sólo puede observar los resultados.

   O bien, para emplear la ilustración que Jesús empleó al hablar con Nicodemo: uno oye el viento, se sabe que sopla, se pueden ver las hojas moverse y los árboles doblegarse, se siente en la cara – pero nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. Es invisible. Sin embargo, los resultados son manifiestos. Lo mismo sucede con el Espíritu Santo. Los resultados de su acción regeneradora son obvios, sorprendentes, y evidentes. Pero el definir su operación en el alma del hombre supera a la capacidad del hombre. Una explicación a esto, desde luego, es que tanto el alma del hombre como el Espíritu Santo son espirituales y no materiales. Por consiguiente, la mente humana no los puede discernir. Sin embargo, se pueden decir ciertas cosas que arrojan alguna luz sobre esa acción regeneradora del Espíritu Santo.

   A. En primer lugar, la regeneración ocurre en un instante. No es un proceso lento y gradual, como el crecimiento de una planta al cabo de un período de meses o años. El hombre o es regenerado o no lo es. Como lo indican las metáforas bíblicas utilizadas para describir la regeneración, el cristiano es regenerado en un abrir y cerrar de ojos. Por ejemplo, la creación ocurre en un momento. Un objeto, existe o no existe. No hay una fase intermedia, gradual. Un hombre muerto es resucitado en un abrir y cerrar de ojos. Está muerto o está vivo. No hay etapa intermedia. Un niño se concibe en un momento. O hay vida, o no la hay. La regeneración también es igualmente instantánea.

   B. En segundo lugar, el Espíritu Santo viene a hacer algo en el alma del hombre. No presenta simplemente las verdades del cristianismo a la mente y luego deja que el hombre las acepte o rechace. No se acerca al hombre simplemente en una forma externa, tratando de persuadirlo con toda clase de lógica y razonamientos; sino que penetra las entrañas más íntimas del hombre, en su misma alma, espíritu, o corazón (todos estos términos describen la misma cosa). La regeneración no consiste simplemente en un cambio de acciones, una forma de vida, una renovación de los pensamientos, palabras, y acciones del hombre. En la regeneración el Espíritu Santo toca el espíritu del hombre, el cual es, en sí mismo, la raíz de todas estas acciones. Va a las entretelas – al corazón del hombre, a la entraña íntima – que es la fuente central y constante de todas las actividades del hombre.

   Que el hombre posee un centro de conciencia – un ego, corazón, alma – del cual procede todo su pensamiento y actividad está bien claro en la Biblia. Porque como dice Proverbios 4.23: ‘Porque de él (corazón) mana la vida.’ Y Cristo dijo: ‘Porque de dentro del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen . . . ‘ (Me. 7.21-23). Así pues, el corazón es el centro del ser del hombre y es la fuente de todos sus pensamientos, querer, emociones, y acciones externas de cualquier clase que sean.

   Por ello, si hay que cambiar las acciones y la vida del hombre, se debe cambiar la fuente. Si uno quiere garantizar que salga agua pura de un manantial que está contaminado, no se puede lograr esto cambiando el agua después que ha salido del manantial; es necesario ir al manantial y cambiarlo. Si alguien desea una fruta hermosa, debe ir al árbol que por naturaleza produce fruta hermosa, porque la naturaleza del árbol rige la clase de fruta que produce, sea buena o mala (Le. 6.43-45). Si el fruto que se quiere es uva, la persona no debe ir a una zarza, sino a la planta que tiene la naturaleza de vid. Ahí y sólo ahí encontrará uvas. El hombre también actúa según su naturaleza. Sin el Espíritu Santo su naturaleza está corrompida y sólo produce acciones malas. Para que obre bien no es suficiente que alguien trate de afectarlo superficialmente, en una forma externa, en la periferia, presentándole simplemente la verdad a la mente. El Espíritu debe cambiar la naturaleza del hombre, su corazón, su entraña íntima, su ser más profundo. Cuando el corazón es bueno, entonces todo lo que sale del mismo será bueno (cf. Prov. 4.23). Entonces el hombre puede amar y alabar a Dios, y voluntad para querer agradarlo.

   Por eso las Escrituras nos dicen que Dios abrió el corazón de Lidia cuando escuchaba la predicación de Pablo (Hch. 16). Antes de haber sido regenerada, había escuchado las palabras de Pablo, pero no podía entender. Fue necesario que el Espíritu regenerara su corazón antes de que. pudiera tener fe.

   Ezequiel también nos dice que para que los israelitas pudieran caminar de acuerdo con los mandatos de Dios, debía cambiárseles el corazón. Dios dice que les quitará sus corazones viejos y endurecidos, que no aman ni obedecen a Dios, y que les dará corazones nuevos de carne,’ . . . para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan’ (Ez. 11.20). La naturaleza del corazón gobierna la índole de las acciones externas. Para que los israelitas pudieran caminar en las ordenanzas de Dios, Dios tuvo que darles corazones nuevos.

   Es evidente, por tanto, que, en la regeneración, el Espíritu Santo va a la raíz de todo. En una forma misteriosa, cambia el corazón o alma del hombre.

   C. En tercer lugar, la acción del Espíritu Santo no significa que Él añada algo nuevo al corazón del hombre, o que le dé más espíritu, o facultades nuevas para pensar o creer. No, simplemente cambia su disposición de amor al pecado, por amor a Dios. Cuando Lázaro fue resucitado de entre los muertos, no se le dieron ojos nuevos, oídos nuevos, o manos nuevas. Ya los tenía. Pero necesitaba vida para poder utilizarlos. Por ello Jesús lo revitalizó. En una forma semejante, Dios no da un intelecto nuevo, una voluntad o emociones nuevas a la naturaleza espiritual del hombre que está muerto en el pecado y transgresión. Todos los hombres, a pesar de su depravación, siguen poseyendo estas facultades; el hombre no se ha convertido en un animal sin alma. Pero lo que anda mal es que estas facultades se emplean para propósitos equivocados – para Satanás en vez de para Dios. Lo que hace el Espíritu Santo, por tanto, no es dar al hombre un intelecto, voluntad o emociones, sino hacer que ese intelecto voluntad, y emociones se empleen para Dios en lugar de contra él. Cambia la dirección de su uso.

   D. Adviértase también, en cuarto lugar, que en la regeneración el Espíritu Santo es soberano absoluto. Hace exactamente lo que desea. El hombre no puede frustrar al Espíritu, ni controlar la regeneración en forma alguna, porque la regeneración no está en sus manos. Como dijo Jesús, el Espíritu Santo es como el viento y ‘el viento sopla de donde quiere’ (Jn 3.8). Nadie manda al viento. Nadie puede ordenar a un huracán que sople hacia el mar en vez de hacerlo hacia Florida, o que reduzca su velocidad un poco. Como dijo Jesús, sopla de donde quiere. Del mismo modo, el’ Espíritu Santo regenera donde quiere.

   Esta soberanía completa del Espíritu en la regeneración también se ve en otra ilustración de Jesús, la del nacimiento. En el nacimiento el bebé está completamente inerte. No se hace a sí mismo. Es hecho, nace. Por su parte sólo hay pasividad completa. Obviamente el bebé no hubiera podido decir a sus padres antes de nacer, ‘quiero nacer ahora.’ Lo mismo sucede en el caso del nacimiento espiritual. Lo que no ha nacido todavía no puede decir, ‘Quiero nacer.’ Lo que está muerto espiritualmente no puede decir, ‘quiero vivir.’ Y lo que todavía no ha sido creado nunca puede decir, ‘quiero ser creado.’ Estas son imposibilidades evidentes. Antes bien, como en el caso del bebé, el de la creación o el del hombre muerto, el nacimiento espiritual, la creación, y la vida proceden totalmente de la decisión del Espíritu Santo. Él es quien decide, no el hombre; el hombre está completamente pasivo. El Espíritu Santo es soberano absoluto, y regenera exactamente a quien quiere. En consecuencia, Juan pudo decir que los hijos de Dios ‘no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, no de voluntad de varón, sino de Dios’ (Jn. 1.13).

   Esto, a propósito, muestra el gran error que prevalece hoy día tanto en algunos círculos protestantes ortodoxos, a saber, el error de que la regeneración depende de la fe, y no de Dios; y que para nacer de nuevo el hombre debe primero aceptar a Jesús como Salvador suyo. Un amigo nuestro lo afirma sin equívocos cuando dice: ‘Debemos repudiar el punto de vista de que Dios regenera al hombre antes de que se convenza de pecado, se arrepienta, se convierta, y crea. Este punto de vista hace que Dios determine arbitrariamente la salvación o reprobación de la persona, según su propio placer y voluntad . . . por consiguiente, antes que decir que la convicción, arrepentimiento, conversión, y fe vienen después de la regeneración, sostengamos el orden usual de la Escritura, que coloca a la regeneración como lógicamente dependiente de estas cosas.

   Este predicador ve correctamente que si la regeneración precede1 a la fe, entonces la salvación está enteramente en manos de Dios y se da según su decisión y voluntad soberanas. Esto es precisamente lo que Pablo dice en Efesios 1.3-5, donde escribe que Dios ‘nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha . . . habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos . . . según el puro afecto de su voluntad.’ Si la regeneración no precede a la fe, sino que la sigue y depende de ella, entonces la salvación es de aquel que corre y de aquel que quiere, pero no de Dios, en contradicción directa a Romanos 9.7, que dice exactamente lo contrario. En ese caso Lucas estaría equivocado al decir que Dios abrió primero el corazón de Lidia, quien después creyó. Entonces Jesús estaría errado al afirmar que el Espíritu Santo es como el viento que sopla de donde quiere, y cuando comparó la obra del Espíritu al nacimiento, en el cual el bebé está enteramente pasivo. Entonces el hombre no está muerto en sus pecados y transgresiones porque si puede creer, ya posee vida espiritual. Y, por último, Pablo también estaría en el error cuando dice: ‘Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo’ (1 Co. 12.3).

Nota: (1 Cuando se habla de la regeneración precediendo la fe, no estamos pensando primordialmente de una secuencia de tiempo sino una secuencia causal. Algunas veces las dos ocurren al mismo tiempo. Pero la Biblia enseña inequívocamente, que la salvación es enteramente de gracia – un don de Dios. A la luz de esto, lo que se enfatiza aquí es, aunque la regeneración y la fe ocurren en forma simultánea, la fe depende de la regeneración y no vice versa. La fe precisa la regeneración y no vice versa.)

   Según la Escritura, la fe no precede y causa la regeneración, sino más bien, la regeneración precede y causa la fe. La regeneración es necesaria, para que el hombre pueda hacer siquiera una cosa que sea espiritualmente buena. En la regeneración el hombre está ciento por ciento pasivo, y el Espíritu Santo ciento por ciento activo.

   Así pues, si bien es cierto que es muy poco lo que se puede decir acerca de la manera en que el Espíritu Santo regenera, sí sabemos esto: La regeneración ocurre en forma instantánea, en un abrir y cerrar de ojos. Más aún, el Espíritu Santo hace algo en el alma misma del hombre -en su corazón – y esto a su vez afecta todas sus acciones, ya sean en intención, ya en hecho. El Espíritu, sin embargo, no le da al hombre una nueva naturaleza o nuevas facultades, sino que revitaliza el alma que ya tiene. También actúa en forma soberana e irresistible, en tanto que el hombre está totalmente pasivo. Pero, aunque sabemos todo esto, el proceso total sigue siendo muy misterioso. No podemos ver ni el viento ni al Espíritu Santo.

III. Los Resultados

Si bien no podemos ver el viento, podemos ver sus consecuencias. Podemos ver la fuerza desencadenadora del huracán que arranca, de cuajo, árboles y casas. Del mismo modo, en la regeneración, no sabemos cómo actúa e Espíritu Santo, pero sí es posible ver los resultados, como lo indica la ilustración de Jesús.

   Porque el resultado es que los pecados van a ser borrados. En su lugar habrá virtudes nuevas. Antes había

sido imposible superar el pecado y el odio hacia Dios, y ahora todo es diferente; porque el Espíritu Santo ha injertado nuevas inclinaciones y deseos.

   El manantial amargo se ha cambiado en manantial dulce, de manera que el agua que brota ahora de allí es dulce. El zarzal se ha cambiado en viñedo, de forma que ahora crecen uvas en vez de espinas (Le. 6.43-45). El corazón de piedra ha sido cambiado en corazón de carne, y hay vida. Ha nacido un hombre, ha resucitado un muerto, algo nuevo ha sido creado. El hombre viejo, en principio, desaparece; en su lugar está el hombre nuevo. Jesús lo resume cuando dice que el que es nacido de nuevo ve el reino de Dios. Ha entrado en él. Ha sido sacado del reino de tinieblas para entrar en el reino de luz.

   La acción del Espíritu Santo en la regeneración es de gran consuelo para todos los que se preocupan por los perdidos. Porque sin el Espíritu Santo nadie puede ser salvado. David Livingstone, en uno de sus momentos más tenebrosos, escribió a su casa: ‘El campo que tratamos de cultivar por aquí es difícil, muy difícil . . . si no fuera por la creencia de que el Espíritu Santo, está actuando y actuará por nosotros, renunciaría por desesperación.’El leopardo no puede cambiar sus manchas, ni el etíope su piel. Pero Dios envía a su Espíritu, y su pueblo es convertido en una forma irresistible.

   Una de las razones por las que los cristianos son flojos en el dar testimonio a otros acerca de Cristo es que a menudo no ven resultados. No es que estén necesariamente avergonzados del evangelio de Cristo, sino que a menudo están desalentados. La ausencia de resultados positivos les hace preguntarse si vale la pena. Para poder superar esto, tendremos que implorar mucho más la acción regeneradora del Espíritu Santo. Porque sin él nadie se salvará.

   Jesús dijo antes de su muerte: ‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros . . . cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia, y de juicio’ (Jn. 16.7, 8). Alabemos a Dios por esa acción de convencimiento que lleva a cabo el Espíritu. Hace que el hombre se sienta profundamente incómodo. Su conciencia lo perturbe, se vuelve inquieto. Todo parece que está en contra de él. Sus pecados se le presentan con toda claridad. Su conciencia lo molesta. Llora. Siente aguijonazos en el corazón, al igual que lo sintieron los tres mil sobre los que se derramó el Espíritu Santo en Pentecostés, y como ellos exclama: ‘Varones hermanos, ¿qué haremos?’ (Hch. 2.37). Luego, gracias a este convencimiento, el hombre es llevado a Cristo como al que ha expiado, en forma vicaria, por el pecado. Se arrepiente, cree y es salvo. A través del dolor del convencimiento halla el gozo; a través de la angustia del alma descubre la paz.

   Y la hermosura de todo esto es que el hombre no puede resistir la acción del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo convence, no importa quién sea la persona – lo grande que sea, lo endurecido de su corazón o el pasado que tenga – el hombre se deshace en lágrimas delante del Espíritu, y su corazón queda de tal forma cambiado que tiene que aceptar a Cristo como Salvador. El pecador más empedernido, muerto en sus pecados, no puede resistir nunca – ni en la más mínima forma – el nacer espiritualmente por la acción del Espíritu Santo. Gracias a Dios, tiene que creer.

   Si hay algo que se necesita hoy día es el Espíritu Santo. Si queremos poseer la paz que sobrepasa todo entendimiento, si queremos tener éxito en la trasmisión del mensaje de Cristo, entonces el Espíritu Santo debe entrar en las vidas de los que están espiritualmente muertos. Por consiguiente, pidamos, sobre todo, la influencia regeneradora del Espíritu Santo.

2° Titulo:

La Santificación (2 a los Tesalonicenses 2.13-14. a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia. Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad).

   Comentario: El Espíritu Santo y la Santificación: En el capítulo anterior vimos que, por la regeneración, el Espíritu Santo resucita a los hombres muertos – hombres que están tan muertos espiritualmente como el cuerpo del soldado que ha estado tirado en el campo de batalla por una semana. El Espíritu Santo da a los hombres muertos, vida espiritual, de manera que puedan llevar a cabo acciones buenas, acciones que les resultaban imposibles cuando estaban muertos. Este es un gran milagro.

   Hay una diferencia abismal entre esta vida espiritual y la muerte que la precedió. Sin embargo, es más que evidente que esta vida a menudo es enfermiza. Porque es un hecho que el cristiano sigue pecando. A veces peca tanto que casi parece como si la nueva vida lo hubiera abandonado por completo, y que volviera a estar muerto.

Pero sabemos que no está muerto. Sus debilidades no serán para muerte, no son incurables. Al contrario, estas debilidades irán desapareciendo gradualmente. Entre tanto, sin embargo, no hay duda de que realmente es enfermizo.

   Que la persona nacida de nuevo peca es obvio. Lo atestiguan tanto su propia experiencia como la Escritura.

Todo cristiano está consciente, muy a su pesar, de las fallas pecaminosas de su vida. A veces, incluso, puede sentirse decaído debido al aparente triunfo del pecado en su vida, y quizá exclame con Pablo el convertido, ‘ ¡Miserable de mí!’ (Ro. 7.24). Humildemente percibe la necesidad de la oración que Cristo enseñó a los ya salvos:

Perdónanos nuestros pecados.’ Juan confirma esto cuando señala que si alguien, incluyendo los regenerados, dice que no tiene pecado, se engaña a sí mismo, la verdad no está en él, y hace a Dios mentiroso (1 Jn. 1.8, 10).

   De hecho, la verdad sorprendente es que cuanto más santo y más santificado se encuentra un cristiano, mayor es la conciencia que tiene de su propio pecado. Cuanto más cerca está una persona del Dios santo, tanto más aguda es su percepción del pecado. No sólo sus pecados evidentes lo entristecen más, sino también, los pecados que antes no lo turbaban, porque parecían sin importancia, ahora los ve con claridad. Como Pablo había alcanzado ese grado elevado de santidad y por ello se había vuelto sensible al pecado, se quejaba, ‘¡Miserable de mí!’ Fue exactamente como cuando Isaías tuvo la visión de Jehová, y cuando los serafines exclamaron: ‘Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos,’ que Isaías dijo: ‘ ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios . . .’ (Is. 6.5). Así pues, no hay nadie completamente santo en esta vida, ni siquiera los santos más destacados de Dios. El hombre regenerado sigue pecando; aunque tiene vida, es enfermizo.

   Esto plantea este problema: ¿Cómo puedo superar este pecado? ¿Cómo puedo dominar la ira, el mal genio, el odio, la envidia, los deseos sexuales, y otros males que moran dentro de mí? Todos los cristianos de verdad están preocupados por esto. Buscan el triunfo sobre el pecado en sus vidas. ¿Cómo lo conseguirán?

   La respuesta que da la Biblia a este acuciante y agudo problema se encuentra en el título de este capítulo, ‘El Espíritu Santo y la Santificación.’ El Espíritu eterno de Dios es la fuente de santificación. A fin de aclarar esto en forma total, sin embargo, es necesario, ante todo, analizar dos soluciones que a menudo se han dado a este problema del pecado; ambas no son bíblicas y por consiguiente erróneas. Una consiste en lo siguiente: luche contra el pecado lo más que pueda. Y la otra es diametralmente opuesta: No luche contra el pecado. Si descubrimos el error de estas dos soluciones, entenderemos en forma más precisa cuál es la única solución genuina: la respuesta bíblica.

   La primera respuesta nos manda confiar en nuestra propia fortaleza. Pone la santificación sobre nuestros hombros. Se nos dice que controlemos nuestros deseos pecaminosos por medio de la razón. Se subrayan las ventajas de la virtud y las promesas del evangelio. Se muestra lo razonables que son nuestras obligaciones para con Dios. Se mencionan las consecuencias del pecado tanto para el cuerpo como para el alma, aquí y en la eternidad. Si se sabe lo que es bueno y santo, se añade: sea Señor de su propia vida. Domine todas las tendencias malas, ejercítese en la disciplina, en la voluntad, en los buenos propósitos, y en el dominio propio que está en uno mismo. Siga el ejemplo de un hombre como Benjamín Franklin, quien menciona en su autobiografía cómo se mejoró a sí mismo, efectuando una comprobación diaria de todos sus malos hábitos. Si conocemos lo que es justo, y utilizamos nuestra razón y voluntad, podemos vencer el pecado con nuestra propia fuerza.

   La segunda respuesta que se ha propuesto es diametralmente opuesta a la anterior, y es igualmente errónea.

Si el error de la primera solución fue afirmar que debemos luchar contra el pecado con nuestra propia fuerza, el error de esta segunda solución es creer que no debemos luchar, para nada, en contra del pecado, sino dejar que Cristo lo haga por nosotros. Es la diferencia entre las dos consignas:

‘Hacerlo todo’ y ‘No hacer nada.’

   Ciertos líderes afirman, por ejemplo, que ‘la liberación (del pecado) no se consigue con la lucha y el esfuerzo penoso, con propósitos serios y la auto-negación.’ Si el hombre hace algo para vencer el pecado, el pecado lo vencerá a él. El hombre debe ‘simplemente dar oportunidad a Dios para que El tome posesión completa de su personalidad . . . el Espíritu Santo desea liberar la personalidad,’ pero no puede hacerlo hasta que el hombre se lo permita.

   En Los Estados Unidos de América, Hannah Whitall Smith, en El Secreto del Cristiano para una Vida Feliz, puso de relieve que el cristiano se debe entregar por completo al Señor. Debe poner su vida en manos del Hacedor al igual que la arcilla está en manos del alfarero, y por consiguiente estar pasivo. ‘El alfarero debe desarrollar toda la labor.’ ‘Cuando hemos puesto nuestra vida en manos del Señor el papel que nos corresponde es simplemente ‘permanecer quietos.’ ‘Y debemos recordar esto – que, si nosotros llevamos una carga cualquiera, el Señor no la lleva.’

   Trumbull, en su movimiento ‘Vida Victoriosa’, sugirió la consigna, ‘Abandónese a Dios.’ También dijo, ‘Si no es fácil, no es bueno.’ ‘Cualquier triunfo que uno alcance por esfuerzo propio es una impostura. Si uno tiene que esforzarse por triunfar, no se trata de un triunfo verdadero.’ (1 Aunque este punto de vista, en la opinión del autor, no es bíblico, se debe recordar que los que lo proponen no tienen nada en común con los modernistas que sostienen el error anterior. Por el contrario, aman la infalible Palabra de Dios y el cristianismo sobrenatural, y debería valorarse profundamente el celo que tienen por la santidad.). ‘No debemos tratar de 110 pecar.’ Tales esfuerzos ‘pueden y de hecho así lo hacen impedir el triunfo.’ Cuando el triunfo se alcanza será un ‘triunfo por la libertad y no triunfo por la lucha,’ ‘libertad sin esfuerzo’ de todos ‘los impulsos pecaminosos.’ ‘Por consiguiente, basta de esforzarse. Dejen que Él lo haga todo.’

   A menudo en estos movimientos lo que se subraya es la segunda bendición. Se enseña que, al igual que el hombre recibe a Cristo en la justificación no por obras sino por fe, así también el hombre recibe a Cristo en una

segunda oportunidad en la santificación, por un acto de fe que es distinto y separado de aquel por el cual quedó justificado. Creen que, al igual que en la justificación el cristiano recibe a Cristo de una forma instantánea y completa, así también en la santificación recibe a Cristo de repente, en un abrir y cerrar de ojos, y no gradualmente.

La diferencia consiste en que la primera vez recibe a Cristo como Salvador personal, y en la segunda ocasión como Señor suyo, y El da el triunfo completo sobre todo pecado conocido. Esto es lo que llaman perfección instantánea, completa, por medio de la segunda bendición.

   Estas dos soluciones acerca del triunfo sobre el pecado no son bíblicas. El hombre nunca alcanzará santidad sólo con el más grande esfuerzo personal. Se necesita algo más – ayuda sobrenatural. El hombre tampoco puede conseguir el triunfo simplemente confiando en la ayuda sobrenatural, sin esforzarse con todo lo que hay en él.

Pero el triunfo sobre el pecado sí puede conseguirse con lo que superficialmente podría aparecer como una combinación de estos dos elementos. El secreto de la santidad, según la Biblia, se encuentra en una actividad doble: la acción de Dios en nosotros y nuestra propia acción también. Este es el camino del triunfo para el cristiano.

   Lo primero que se necesita para conseguir triunfar sobre el poder del pecado en nuestras vidas es la acción regeneradora del Espíritu Santo. Como el Espíritu está actuando en nuestra vida, Jesucristo viene a morar en nuestro corazón. Quedamos místicamente unidos a él. No se trata de una unión por medio del recuerdo, ni por medio de algún sentimiento, ni por medio del amor, como podría existir entre dos amigos. Antes bien, en una forma ontológica, Cristo viene a morar en nuestra vida y queda unido a nosotros. La unión es tan real, aunque no idéntica, como la unión de los sarmientos con la vid (Jn. 15.5), o del Hijo con el Padre en la Trinidad (Jn. 17.21), o de la cabeza con el cuerpo (Ef. 4.16, 17). De esta realidad puede decir Pablo: ‘Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí’ (Gá. 2.20).

   Cuando el Espíritu regenera de esta forma, y se establece esa unión con Cristo, entonces le sigue el triunfo sobre el pecado – triunfo que es instantáneo y no gradual. Claro está que no hay una erradicación completa del pecado de la vida del cristiano que vive sobre la tierra; pero sí hay un triunfo que queda garantizado en un momento, de forma que Juan puede escribir, ‘Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo’ (1 Jn. 5.4). Y Pablo puede afirmar enfáticamente, ‘El pecado no se enseñoreará de vosotros’ (Ro. 6.14). El pecado queda derrotado. El pecador triunfa. Claro que seguirá pecando (1 Jn. 1.8), pero será contra su propia voluntad, de forma que ‘ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí’ (Ro. 7.17). A veces puede parecer que ya no hay esperanza y que es más víctima del pecado que triunfador sobre él. Sin embargo, el que ha nacido del Espíritu y se ha unido a Cristo no se puede abandonar al pecado, porque está muerto a él, y el pecado no puede tener poder sobre él. El pecado puede dominarle momentáneamente y de distintas formas, pero en último término quedará completamente erradicado en todas sus posibles formas. Satanás ha recibido un golpe mortal – está condenado. Pero entre tanto sigue luchando aun estando moribundo.

   El triunfo se puede comparar al de la victoria aliada sobre los japoneses en 1945. Se consiguió la victoria. Los japoneses se rindieron. La lucha acabó. Pero incluso después del tratado de paz y de que la gran masa del ejército japonés hubo capitulado, algunos siguieron luchando cuando los americanos trataron de ocupar las islas. Así también, en la vida de todo aquel que está místicamente unido con Cristo Jesús, se ha conseguido el triunfo. Satanás y el pecado han sido derrotados. Ya ha sucedido. Pero sigue habiendo guerra de guerrillas esporádicamente, y en ciertas ocasiones alcanza dimensiones considerables, pero el triunfo se ha conseguido, y es cuestión de tiempo antes de que el último vestigio de oposición (pecado) quede eliminado. En este sentido bíblico, es posible hablar de vida victoriosa (1 Jn. 5.4).

   No es fácil describir la acción santificadora del Espíritu Santo. Es un misterio, al igual que la regeneración, aunque se pueden decir unas cuantas cosas acerca de la misma.

   En primer lugar, la santificación es ante todo la obra del Espíritu. Si bien es verdad, como mencionamos, que la vida espiritual nace del estar místicamente unidos a Jesucristo; y si bien Jesús dijo en Juan 14.23 que no sólo el Espíritu Santo mora en el creyente, sino también el Padre y el Hijo; y si bien sabemos que no se puede dividir la obra de la Trinidad; sin embargo, la Biblia sí indica que la santificación es, principalmente, la obra de la tercera Persona de la Trinidad. Ella es la que regenera (Jn. 3), renueva (Tit. 3.5), santifica (2 Ts. 2.13; 1 P. 1.2), guía (Ro. 8.14), mora dentro del hombre (Jn. 14.17; Ro. 8.9; 1 Co. 3.16), y escribe en el corazón (2 Co. 3.3). Y Pablo dice claramente que ‘si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él’ (Ro. 8.9). Estos pasajes indican que el Espíritu es absolutamente esencial para esta vida victoriosa en Cristo. El que no lo posee no pertenece a Cristo – no participa de su vida. De ahí que, si Cristo ha de santificar al hombre morando en él, debe hacerlo por medio del Espíritu. Cristo y el Padre no moran, y en consecuencia no santifican al hombre en forma directa o inmediata, sino por medio del Espíritu Santo. En resumen, la santificación es principalmente la obra de la tercera Persona de la Trinidad.

   La segunda característica de esta obra santificadora es que el Espíritu, al igual que en la regeneración, toca el corazón mismo o el alma misma del hombre. No se vale simplemente de la persuasión moral, racional, y deja luego que el hombre se santifique o no a sí mismo; sino que, constantemente, toca su naturaleza básica, su vida subconsciente, las entretelas más íntimas de su alma, allí donde el hombre no puede ni cooperar ni resistir. El resultado es que surgen buenas obras, porque el fruto del árbol depende de su naturaleza, y del corazón es que mana la vida (Pr. 4.23).

   Gracias a Dios que, en la santificación, el Espíritu opera en esa esfera subconsciente de nuestra alma donde no podemos resistir. De lo contrario, nunca nos santificaríamos, porque sin el Espíritu siempre resistiríamos.

   En tercer lugar, el Espíritu Santo hace que todo el hombre quede afectado por la santificación. No santifica solamente la voluntad, por ejemplo, de manera que el cristiano se decida a obrar el bien, pero por otra parte no entienda el bien, ni lo ame. Antes bien, santifica a todo el hombre: su voluntad, sus emociones, y su comprensión.

No da una santificación completa en el nuevo nacimiento, sino que es una santificación que afecta a todo el hombre e introduce todo su ser en el camino de la santidad. Es parecido al nacimiento y crecimiento del niño que es creado perfecto. El niño tiene todas sus facultades mentales y corporales, aunque sea pequeño. Tendrá las uñas pequeñas, pero son de hechura perfecta. Posee el número exacto de dedos, orejas, cejas, y órganos internos, aunque éstos no hayan alcanzado un desarrollo completo. De una manera semejante, el Espíritu Santo regenera y santifica a todo el hombre. Puede que el principio sea muy simple, pero queda afectada cada una de las partes del hombre. No se le desarrolla la comprensión espiritual con detrimento de su voluntad, ni su voluntad con detrimento de sus emociones. Va creciendo en cada una de sus partes. Es perfecto en cada una de ellas, pero imperfecto en grado.

   Esta totalidad de la obra del Espíritu se deduce de pasajes como Proverbios 4.23, el cual nos dice que el corazón es el que dirige todas las actividades del hombre y Marcos 7.20-23, donde Jesús enumera las maldades que proceden del corazón. Si la parte más íntima del hombre, su corazón o alma, cambia, entonces todo lo que ella produce quedará también alterado. También se puede ver esto en los distintos lugares de la Biblia que mencionan en forma específica la voluntad, el entendimiento, y las emociones como objeto de santificación.

   Una cuarta característica de la obra del Espíritu en la santificación es lo gradual del proceso. El hombre nunca alcanza perfección instantánea y total en la tierra. Sólo si el hombre rebaja las normas de Dios a la altura de su condición propia de pecado, puede pensar erróneamente que es perfecto. Porque la Biblia da testimonio de que el hombre no queda de repente emancipado del poder del pecado, sino que esta liberación llega después de largas batallas. A veces el proceso es lento, y otras veces es rápido, pero siempre se extiende por un cierto período de tiempo. Como hemos visto, Juan dice que ‘si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros’ (1 Jn. 1.8). Pablo habla constantemente acerca del pecado que hay todavía en el cristiano, y de la lucha incesante con Satanás. Y Pedro no dice, ‘Apoderaos en un brinco de la gracia y conocimiento,’ sino, ‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo’ (2 P. 3.18). Esto indica concretamente que la santificación es un proceso gradual.

   En quinto lugar, vemos, sin embargo, que ese proceso gradual quedará completado en un abrir y cerrar de ojos, en el momento de la muerte. En el cielo, en la presencia del Dios Santo, no habrá pecado; éste habrá sido completamente eliminado (Ap. 21.27). Por consiguiente, cuando el cristiano va al cielo, inmediatamente después de la muerte, como lo indica la Biblia, el proceso de santificación se perfecciona de repente, y en un instante el hombre se vuelve completamente perfecto.

   Esta continua operación del Espíritu Santo por la cual estamos unidos a Cristo es, pues, la condición indispensable para el triunfo sobre el pecado, aunque ese triunfo no sea fácil. La presencia del Espíritu y de Cristo es esencial y básica. No existe otra forma. Sin ellos no se puede conseguir la victoria – ni siquiera parcial. Las resoluciones firmes, los propósitos, los esfuerzos penosos, sin el Espíritu y sin Cristo de nada sirven. Si alguien tratara de conseguir el triunfo de esta manera sería como si una persona tratara de producir manzanas hermosas, rojas, jugosas, pegando semillas o manzanas pequeñas a un árbol, y luego esperando que crezcan. Esta acción externa no produciría ningún fruto. Por el contrario, debe elegir un árbol que esté sano, y que posea la naturaleza del manzano. Una vez hecho esto, y cultivado adecuadamente, ese árbol en forma natural y fácil producirá manzanas buenas. Como Cristo dijo: ‘Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer’ (Jn. 15.5). Así como las ramas están unidas al tronco, y reciben de él la savia y la vitalidad que les hacen producir fruto, así también el cristiano mora en Cristo, y de él y del Espíritu Santo recibe el poder, la vida, y la fortaleza interiores para hacer buenas obras. Y así como es absolutamente imposible que una vid muerta produzca uvas, así también es imposible llegar a la santidad si Cristo y el Espíritu Santo no están dentro de nosotros, dándonos vida. Recibimos de Cristo el poder de triunfar sobre el pecado – poder que no tenemos en nosotros mismos.

   Tratar de triunfar sobre el pecado por medios externos, tales como el ascetismo, la persuasión moral, la disciplina personal, esto es, con nuestras propias fuerzas y sin el Espíritu, como tratar de convertir la planta recién nacida en un roble robusto estirando la corteza, las ramas, y el tronco. No se le puede forzar desde afuera.

   La forma bíblica se puede ilustrar con este mismo roble en primavera. En algunas de sus ramas hay todavía hojas muertas, secas, crispadas, oscuras. Cuando la vida empieza a brotar desde dentro, estas hojas viejas caerán por sí solas, y aparecerán hojas nuevas, verdes; al comienzo pequeñas, pero ya con forma perfecta, las cuales se irán desarrollando hasta alcanzar madurez completa. De igual manera, cuando el Espíritu y Cristo moran en nosotros, nos comunican tal poder y vida que los pecados viejos van cayendo uno por uno, y en su lugar nacen virtudes nuevas – claro que pequeñas – pero que van creciendo en forma gradual y segura.

   Así pues, la santificación no se consigue con externalidades con gran derroche de propósitos y voluntad, aparte de la fuente íntima de poder. Antes bien, por medio del Espíritu Santo y de Jesucristo que reinan dentro de nosotros, hallaremos un poder que no tiene el no cristiano, el mismo poder divino. ‘De su interior,’ dijo Jesús, ‘correrán ríos de agua viva’ (Jn. 7.38). Ahí está el secreto del poder y del triunfo – el camino del éxito.

   Ahora bien, debemos estar sobre aviso en contra de un posible error. Quizá alguien dirá que ya que el triunfo sólo se consigue por medio del Espíritu Santo, debemos de dejárselo todo a Él. No deberíamos esforzarnos en absoluto por derrotar el pecado. Como alguien ha dicho, deberíamos ‘dejárselo todo a Él.’ Deberíamos dejar que Cristo se apodere de nuestra personalidad y limitándonos nosotros a ‘quedarnos quietos.’ ‘No debemos tratar de no pecar,’ porque esto nos conduciría a la derrota. Debemos alcanzar un triunfo sin esfuerzo, permaneciendo absolutamente pasivos.

   Esta enseñanza no es bíblica, y además es peligrosa. Es cierto que sin Cristo y el Espíritu el triunfo no es posible. Deben morar dentro de nosotros. Pero al mismo tiempo, toda la Escritura clama y exige acción de nuestra parte. La obra del Espíritu Santo no hace innecesaria nuestra actividad.

   En la regeneración, el cristiano está totalmente pasivo. Nada puede hacer al respecto. Simplemente nace: no coopera en su propio nacimiento. Al igual que el bebé, el cristiano no contribuye en nada. Pero en la santificación hay un aspecto adicional. El hombre es pasivo y activo a la vez. Claro está que es el Espíritu Santo el que actúa en forma soberana en su vida, en el área subconsciente de la misma, en su corazón, de manera que el hombre está absolutamente pasivo en esta operación. El hombre no controla al Espíritu o a Cristo, sino que la vida de éstos fluye hasta él, prescindiendo de la actividad de este último. El hombre está completamente pasivo en este aspecto de la santificación.

   Pero al mismo tiempo, el hombre está muy activo, no en la recepción de la vida espiritual, sino en la realización de esa vida que el Espíritu Santo le da. No se le trata como al reloj, al que damos cuerda y luego dejamos sobre la mesa para que siga caminando por sí mismo. Porque el hombre posee voluntad, emociones, e intelecto, elementos que el reloj no posee. Cuando el Espíritu Santo santifica al hombre, respeta estas facultades, las utiliza, y hace que entren en acción. En consecuencia, la santificación es una obra pasiva y activa a la vez. Es tanto gracia como deber: gracia por la que el Espíritu se comunica soberanamente a aquellos que lo reciben en forma pasiva, y deber en cuanto que, una vez recibido el Espíritu, los que lo reciben son llamados a la acción.

   Es cierto que no actuamos con nuestro propio poder, sino sólo en tanto en cuanto el Espíritu nos da gratuitamente poder y capacidad para actuar. No es como si el Espíritu actuara parcialmente en nosotros, poniéndonos en movimiento para que hagamos el resto. Antes bien, Dios actúa ciento por ciento en todo lo que hacemos, y nosotros actuamos ciento por ciento en todo lo que hacemos. Porque el Espíritu actúa en nosotros, nosotros podemos actuar. El más mínimo acto ético que realizamos – ya sea resistir a una tentación, hacer algo bueno, o creer en Jesucristo – lo hacemos sólo porque el Espíritu Santo nos capacita para ello. Sin embargo, por muy cierto que esto sea, nuestra obligación solemne es esforzarnos lo más que podamos. No podemos ‘quedarnos quietos,’ ‘dejar que Él lo haga todo,’ y buscar un ‘triunfo sin esfuerzo.’ Lo que la Biblia enseña es que, si no cuesta, no es bueno.

   Si bien el triunfo se logra sólo por medio del Espíritu y de Cristo, sin embargo, la Escritura nos estimula constantemente a que nos unamos a la lucha contra el pecado y el Demonio. Se nos dice: ‘Pelea la buena batalla de la fe’ (1 Ti. 6.12); ‘Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne. (Ef. 6.11, 12); ‘Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios . . . No os conforméis a este siglo, sino transformaos . . . ‘ (Ro. 12.1, 2); ‘Limpiémonos’ (2 Co. 7.1); ‘Por tanto, nosotros también, despojémonos de todo peso . . . y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante’ (He. 12.1); y, ‘Corred de tal manera que lo obtengáis’ (1 Co. 9.24). Se podría seguir la enumeración repetitiva, citando texto tras texto con exhortaciones al cristiano para que se esfuerce en ser perfecto como lo es su Padre celestial. Todos estos pasajes bíblicos señalan el hecho de que el cristiano debe actuar, debe hacer algo. En otras palabras, hay un aspecto muy activo en la santificación.

   Quizá no hay otro pasaje que muestre la relación del aspecto activo con el pasivo en una forma más clara que Filipenses 2.12, 13. Ahí Pablo no dice.: Estad quietos; estad pasivos como lo está la arcilla en manos del alfarero; no hagáis nada, no tratéis, dejad que el Espíritu lo haga todo. Por el contrario, en forma enfática y diáfana dice:

‘Ocupaos.’ ‘Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.’ Esto se refiere al aspecto activo de la santificación, al deber y responsabilidad del hombre. Pablo exhorta a los filipenses a que hagan todos los esfuerzos posibles para santificarse. Los filipenses no pueden responder: dejémoselo a Dios; él lo hará todo; nosotros no haremos nada. Antes bien, Pablo les manda que hagan todo el esfuerzo posible.

   Pero de inmediato sigue el aspecto pasivo, cuando Pablo agrega, ‘Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.’ Sí, ¡ocupaos! Haced todo el esfuerzo que podáis; esforzaos con todo lo que tenéis. Es vuestra responsabilidad. Pero, ¡recordad! que es Dios quien está actuando dentro de vosotros, tanto en el querer como en el hacer por su buena voluntad.

   Esta es la combinación bíblica, y este es el secreto del éxito. Si un aspecto se prescinde del otro, el resultado es el fracaso. Si actuamos sin el Espíritu, nos llenaremos de frustración. Por otra parte, si se lo dejamos todo al Espíritu y no actuamos, también fracasaremos. Pero combinemos el Espíritu con la acción; entonces el triunfo será nuestro. El secreto de una vida santa se encuentra en esta combinación. Con ella el cristiano puede triunfar.

   Sin pretender ser exhaustivo, nos gustaría sugerir tres pasos concretos y prácticos que el cristiano puede dar (solamente con la gracia del Espíritu, desde luego) y que lo ayudarán a acelerar el triunfo final.

   Lo primero es orar pidiendo una presencia más plena del Espíritu Santo y de Cristo en su vida. Si bien es verdad que el Espíritu nos hace orar en fe para pedir su presencia y la de Cristo, es un axioma bíblico que cuanto más buscamos por fe su presencia en nosotros, tanto más vendrán a nuestras vidas. Porque la fe es el medio de apropiarse del Espíritu y de Cristo, lo mismo que la mano es el medio por el cual nos apropiamos del pan físico para nuestros cuerpos. Jesús dijo: ‘El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él’ (Jn. 7.38, 39). Pablo pidió para los efesios, que ‘habite Cristo por la fe en vuestros corazones’ (Ef. 3.17). A los gálatas les dijo que Cristo moraba dentro de él, y que vivía en Cristo por fe (Ga. 2.20). Así pues, la fe es la llave para que Cristo y el Espíritu Santo moren más plenamente en nosotros y, en consecuencia, recibamos poder sobre el pecado. Debemos orar en fe para que el Espíritu more cada vez más en nuestra vida, y lo conseguiremos.

   Debemos recordar que la oración no es simplemente una expresión piadosa de devoción y agradecimiento a

Dios, sino también un medio para alcanzar poder. Se requiere siempre, sin embargo, orar correctamente. Es necesario perseverar, por ejemplo – acudir a Dios una y otra vez con la misma petición. También es esencial acudir a él creyendo y esperando que responderá a nuestra oración, y no simplemente deseando una respuesta, pensando al mismo tiempo que Dios quizá no la conceda. Esto no es fe. La fe se compone de confianza tanto como de conocimiento. No sólo debemos saber que Dios puede darnos una presencia más plena del Espíritu y de Cristo; debemos también confiar en que lo hará. Cuando acudimos a Él con esta expectación y confianza, hallaremos que Dios, quien gusta de otorgar sus dones buenos y santos, nos dará esta presencia más plena. Esto significará, a su vez, que triunfaremos cada vez más sobre el pecado. Lo que debemos hacer pues, en primer lugar, para, triunfar sobre el pecado, es pedir en fe una presencia más plena de Cristo y del Espíritu Santo.

   Un segundo medio muy importante que debemos practicar, si queremos triunfar, es la meditación privada sobre la Palabra de Dios. Excepto cuando se trata de párvulos, el Espíritu Santo no actúa aparte de la Palabra de Dios. Actúa por medio de esa Palabra. ¿Cómo podemos esperar ser santos y hacer la voluntad de Dios si descuidamos los medios de gracia que Dios nos ha dado y leemos pocas veces el único Libro que nos muestra lo que es la santidad? En la Biblia vemos nuestro ejemplo de santidad, Jesucristo. Encontramos instrucciones escritas, ya explícitas ya implícitas, para nuestra vida. Si hemos de conformarnos a la imagen del Hijo, entonces debemos conocer íntimamente lo que la Biblia nos dice de Él. Si hemos de guardar todos los preceptos de Dios, tal como se expresan en cada una de las páginas de la Biblia, entonces hay que leerlos. No podemos esperar perezosamente que el Espíritu nos revele, en forma milagrosa, lo que ya ha revelado. No, nos debemos saturar con esa Palabra, porque el Espíritu actúa por medio de ella. Al alimentarnos de esa Palabra, el Espíritu actuará dentro de nosotros, haciéndonos crecer en santidad. Jesús enseñó claramente que somos santificados por la verdad (Jn. 17.17, 19). Pedro lo confirmó cuando dijo: ‘Desead . . . la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (r P. 2.2). La segunda acción concreta, pues, que nos permitirá triunfar sobre el pecado que queda en nosotros en la meditación personal y esmerada en la Palabra.

   Finalmente, el cristiano que busca una vida más santa será fiel en el culto público. A través de la predicación fiel y autorizada de la Palabra, el Espíritu Santo le hablará, le convencerá de pecado, y le guiará a la santidad. En la administración de los sacramentos, verá también reforzada su fe.

   Supongamos, por ejemplo, que el pastor predica acerca de la santificación, y que algunos de sus feligreses que están debatiéndose con algunos pecados, no han venido a la iglesia sino que se han quedado en casa. Han perdido entonces esta proclamación oficial de la Palabra de Dios acerca de su mismo problema, y en consecuencia no crecerán tanto como hubieran podido hacerlo. El Espíritu Santo actúa por medio de la exposición oficial de la Palabra. Por ello, el cristiano que desea ser santo será diligente en asistir a los servicios de adoración en la iglesia local.

   Por estos senderos nos dirige la Biblia hacia el triunfo sobre el pecado – sobre cualquier pecado que pueda haber en nuestra vida, ya sea la ira, la impaciencia, el odio, la envidia, el deseo sexual, la borrachera, la falta de amor a Dios, o cualquier otro pecado. La santificación es una acción doble. Ante todo, es ciento por ciento la obra de Dios. Debemos experimentar, por medio de su gracia soberana, la presencia del Espíritu Santo. Sin El no podemos hacer absolutamente nada: estamos condenados al fracaso. Con Él lo podemos todo. Poseemos una fuente de poder divino que puede triunfar sobre el pecado.

   En segundo lugar, la santificación se consigue por medio de la acción constante y decidida del hombre. Este debe, por la gracia de Dios, esforzarse lo más posible por alcanzar la perfección.

   Si se unen estos dos elementos – la acción de Dios E ir acción del hombre – el resultado será el triunfo sobre el pecado. Claro que antes de la muerte no se erradicará el pecado completamente. Pero habrá un progreso notorio y concreto hacia la santificación completa, y con la muerte se alcanzará la perfección. Este es el secreto de la vida victoriosa.

3er Titulo:

Libera De La Muerte Y Del Pecado (Romanos 8:2. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.).

   Comentario: Versíc. 2. Porque por medio de Cristo Jesús la ley del Espíritu de vida me ha hecho libre de la ley del pecado y de la muerte.

   Pablo habla de “la ley del Espíritu de vida”. Que el Espíritu Santo es vida en su misma esencia y que también imparte vida, tanto física como espiritual, es bien claro de un gran número de pasajes de la Escritura. La base de esta doctrina puede ya ser hallada probablemente en Gn. 1:1; Sal. 51:11; 104:30. Para referencias más cercanas véanse Jn. 6:63; 2 Co. 3:6; Gá. 6:8; y no olvídese Ro. 8:11. La ley del Espíritu de vida es la operación poderosa y efectiva del Espíritu Santo en los corazones y vidas de los hijos de Dios. Se trata precisamente de lo opuesto a “la ley del pecado y de la muerte”, respecto a la cual véase sobre 7:23, 25. Así como la ley del pecado produce muerte, del mismo modo la ley, o el factor gobernante, del Espíritu de vida produce vida. Cf. Ro. 6:23. Lo hace “por medio de Cristo Jesús”, es decir, en base a los méritos de su expiación y por medio del poder vivificante de la unión con él.

   La pregunta que se impone es esta: Si a lo largo de Ro. 7:14–8:2 Pablo habla de sí mismo como creyente, ¿cómo es que puede decir, por un lado: “Yo soy carnal, vendido como esclavo al pecado … un prisionero” (7:14, 23); y luego por el otro: “Por medio de Cristo Jesús la ley del Espíritu de vida me ha hecho libre de la ley del pecado y de la muerte”? ¿Cómo puede alguien que es esclavo y prisionero ser también una persona libre? ¿No demuestra esta contradicción que hemos interpretado erróneamente Ro. 7:14, 23?

   La respuesta es “¡De ningún modo!” Al contrario, cuando leemos estos pasajes—tanto 7:14, 23 como 8:1, 2— decimos: “¡Qué maravillosa es la Palabra de Dios! ¡Qué verdadero retrato hace de la persona que en realidad soy! Por un lado, soy esclavo, prisionero, porque el pecado tiene un control tal sobre mí que no puedo llevar una vida sin pecado (Jer. 17:9; Mt. 6:12; 1 Jn. 1:8, 10). Pero, por otra parte, soy una persona libre, ya que, aunque Satanás trate con todo su poder y astucia de evitar que yo haga lo bueno—como ser confiar en Dios para mi salvación, invocarle en oración, regocijarme en él, actuar a favor de su causa, etc.—él no puede evitar totalmente que yo lo haga. No puede prevenir completamente que yo experimente la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento.

   Ese sentido de victoria que ya ahora poseo en principio y que poseeré en perfección en el futuro, me sostiene en todas mis luchas. ¡Me regocijo en la libertad que Cristo ha obtenido para mí!” (cf. Gá. 5:1).

   Cuando el que interpreta 7:21–8:2 limita la experiencia cristiana a lo que se encuentra en 7:22, 25a, 8:1, 2, y deja de lado 7:21, 23, 24, 25b, ¿no se asemeja a un músico que trata de tocar una pieza muy difícil en un órgano con un número muy restringido de octavas, o en un arpa con muchas cuerdas rotas?

LAS CONSECUENCIAS DE SER LLENO DEL ESPIRITU

   Cuando somos llenos del Espíritu podemos comprender y valorar por experiencia todos los ministerios del Espíritu. Por ejemplo, aunque el creyente está sellado, regenerado y bautizado y el Espíritu mora en él -ya sea que se dé cuenta de ello o no-tan pronto sea lleno del Espíritu, comenzará a darse cuenta de dichas realidades y a disfrutar de los beneficios de las mismas.

Además de esto, sin embargo, en las Escrituras se vincula el hecho de ser lleno con algunos otros ministerios del Espíritu. Se los puede clasificar adecuadamente como consecuencias directas del disfrute del Espíritu o de su guía y control.

   Un carácter semejante al de Cristo (Gálatas 5:22-23) En Gálatas 5 el fruto del Espíritu está inseparablemente ligado al ser lleno del Espíritu. En dicho capítulo, Pablo hace un contraste entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Afirma que el modo de evitar los deseos de la carne es el de caminar dependiendo del Espíritu, lo cual es condición para ser lleno (v. 16). Luego describe gráficamente los deseos de la carne (vv. 19-20), y los compara con el fruto del Espíritu (vv. 22-23). A menudo se ha señalado que dicho fruto, producto del ser lleno del Espíritu, es un cuadro perfecto de la semejanza a Cristo. Y así es. Por lo tanto, podemos decir que una de las consecuencias del hecho de ser lleno del Espíritu es la manifestación de las características que nos hacen semejantes a Cristo.

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Ryrie


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.