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“Aspectos Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente” (2a Parte)

“Aspectos Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente” (2a Parte)

Semana del 4 al 10 de febrero de 2019

   Lectura Bíblica: Joel 2:28 y 29. Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. 

   Comentario: Joel 2:26-3:1

   En los versículos 24 y 25 comentamos una frase clave: Yo os restituiré los años que comió la langosta. Se han predicado muchos sermones espiritualizando este pasaje, que puede ser utilizado como una aplicación, ya que afirma un gran principio. Tenemos la misma idea en el libro de Apocalipsis capítulo 21, versículo 5, donde el que estaba sentado en el trono dijo: Yo hago nuevas todas las cosas. Él estaba hablando en este capítulo de la Nueva Jerusalén. Y aquellos que pertenecen a la iglesia, esos pecadores que han confiado en Cristo van a estar allí, lo cual será una experiencia extraordinaria. Él enjugará todas las lágrimas. ¡Qué cambio implicará esa situación! Hay muchas lágrimas en este mundo, así que nos consuela y nos alegra que Dios va a hacer nuevas todas las cosas.

   Comenzando nuestra lectura de hoy, leamos los versículos 26 y 27 de este capítulo 2 de Joel:

“Comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre del Señor, vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado. Conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy el Señor, vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado.”

   Este será el estado de cosas cuando Él esté en medio de Israel, es decir, cuando Cristo venga a la tierra y establezca Su reino. En aquel tiempo habrá un cumplimiento de todas las bendiciones físicas que Dios ha prometido a la nación de Israel. Las bendiciones que encontramos en el Antiguo Testamento eran mayormente bendiciones físicas. Dios había prometido bendecir a la tierra para que los israelitas pudieran tener cosechas abundantes y su ganado se desarrollara y multiplicara. En realidad, parecía que las bendiciones espirituales eran casi secundarias. En contraste con esto, las bendiciones que Dios ha prometido a la iglesia son solamente bendiciones espirituales. Tenemos todas las bendiciones espirituales en Cristo Jesús.

   Aun cuando las bendiciones principales para Israel fueran bendiciones físicas, llegamos ahora a un pasaje que habló de bendiciones espirituales para Israel. Es un pasaje polémico de la Biblia. Así llegamos a un párrafo que hemos titulado

   La promesa del Espíritu Santo

   Al llegar a esta sección es importante recordar que nos encontramos en la profecía de Joel, que comenzó con el relato de una aterradora plaga de langostas, que él comparó con eventos que ocurrirían en un futuro distante, que él llamó el “día del Señor”. Hemos visto que “el día del Señor” comenzará con el período de la tribulación, después del cual Cristo vendrá para establecer Su reino sobre la tierra. En el versículo 27 acabamos de leer que, en aquel tiempo, el Señor estará en medio de ellos. Veamos ahora lo que Él va a hacer. Leamos los versículos 28 al 32 de este capítulo 2 de la profecía de Joel.

   “Después de esto derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día, grande y espantoso, de Jehová. Y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo; porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho el Señor, y entre el resto al cual él habrá llamado.”

   Ahora, hay muchas cosas que podemos decir en cuanto a este pasaje de las Sagradas Escrituras. En primer lugar, quisiéramos mencionar lo que dijo el Dr. Charles Feinberg, que es un destacado erudito hebreo. Él ha escrito varios libros sobre los profetas menores, que han sido de mucha ayuda para nosotros. Él señaló un detalle que no habíamos notado anteriormente y es que en realidad los versículos 28 hasta el 32 forman el capítulo 3 en el texto de la Biblia hebrea. Y nuestro capítulo 3 es el capítulo 4 en el texto original de la Biblia hebrea. El citado especialista destacó que nadie dudaría de que la revelación de la verdad en el capítulo 2, versículos 28 al 32 tuvo la suficiente importancia como para ser incluido originalmente en un capítulo separado.          Para comprender esta profecía, es de la máxima importancia recordar el tiempo del cumplimiento indicado en este pasaje Bíblico, evidente en la frase Después de esto. Joel nos ha estado hablando de la llegada del “día del Señor”. Como primero de los profetas escritores, el presentó ese tema y nos explicó que iba a ocurrir durante ese período. Enfatizó el hecho de que daría comienzo con la oscuridad del período de la gran tribulación, período al cual Jesús mismo asignó tal nombre. Hemos destacado la importancia de la secuencia de los eventos en el libro de Oseas. En el capítulo 3, versículo 5 de esa profecía se escribió lo siguiente: Después volverán los hijos de Israel, buscarán al Señor su Dios, y a David, su rey; y temerán al Señor y a su bondad al fin de los días. (otras versiones finalizan el versículo traduciendo “en los últimos días”). Hemos identificado a los últimos días como aquel período de la gran tribulación que nos introducirá al reino a través de la venida de Cristo a la tierra, que comenzará el reino milenario. Esto nos lleva a concluir que, en este pasaje de Joel, el profeta estaba hablando de un determinado período de tiempo, y que esta profecía será cumplida durante el “día del Señor”, después de la noche del período de la gran tribulación. Entonces Dios derramará Su Espíritu sobre todo ser humano.

   Aunque Joel fue el primero de los profetas que escribieron sus profecías, no fue el único que mencionó el derramamiento del Espíritu Santo. En Isaías capítulo 32, versículo 15, el profeta escribió lo siguiente: hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto. Entonces el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será como un bosque. Él estaba hablando del reino que vendrá sobre la tierra y el derramamiento del Espíritu se refería al reino de Cristo sobre la tierra. Por supuesto, ninguno de los profetas habló sobre la iglesia; todos ellos hablaron de los últimos días refiriéndose a la nación de Israel.

   Ezequiel, en el capítulo 36, comenzando con el versículo 27 dijo: Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. Y continuó diciendo en el versículo 28, Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Ahora, es evidente que el profeta estaba hablando de un determinado pueblo, y de una tierra específica, que era Israel. También se refirió a un período de tiempo concreto en el que Dios derramaría Su Espíritu. Y el profeta Ezequiel también dijo en su capítulo 37, versículo 14, 14Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra. Y sabréis que yo, el Señor, lo dije y lo hice, dice el Señor». Y esto no es todo. En su capítulo 39, versículo 29, el mismo profeta escribió: 29No esconderé más de ellos mi rostro; porque habré derramado de mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice el Señor Dios”».

   Zacarías, uno de los últimos profetas que escribió, y dijo en el capítulo 12, versículo 10: 10» Pero sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de oración. Mirarán hacia mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se afligirán por él como quien se aflige por el primogénito.

   Y en el libro de Joel, que estamos estudiando, el profeta fue escribió: Y todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación. Aquí se destaca una referencia a un lugar geográfico concreto.

   Ahora, surge la pregunta: ¿Qué quiso decir Pedro cuando se refirió a este pasaje Bíblico en el día de Pentecostés? ¿Quiso decir que la profecía de Joel se había cumplido? No, él no dijo tal cosa. Nunca dijo que la profecía fue cumplida en aquel día.

   En el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, ellos comenzaron a hablar a los judíos que habían venido a Jerusalén desde todos los rincones del Imperio Romano. Cada persona escuchó el mensaje en su propio idioma. Aquellos idiomas en que los discípulos anunciaron el mensaje, no fueron idiomas desconocidos. Cada idioma era el idioma nativo, el idioma materno de una o más personas que se reunieron en Jerusalén de todo el Imperio Romano e incluso, de más allá del Imperio.

   Ahora en aquella ocasión muchos creyeron, pero otros comenzaron a burlarse y a decir que los discípulos se habían embriagado con vino nuevo. Entonces, Simón Pedro actuó como portavoz del grupo y respondió ante la acusación que se les había hecho, con las siguientes palabras, que encontramos en los Hechos capítulo 2, versículos 14 y 15, que dicen: 14Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: «Judíos y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras, 15pues estos no están borrachos, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. O sea que Pedro dijo que uno no encontraría gente que se hubiera emborrachado por la mañana.

    Y Pedro continuó diciendo, en el versículo 16: 16Pero esto es lo dicho por el profeta Joel. Observemos que el apóstol no dijo que ese acontecimiento fuera el cumplimiento de lo que el profeta Joel había dicho. Todos los escritores de los Evangelios y el apóstol Pablo se expresaron con claridad cuando escribieron algo referente al cumplimiento de una profecía. No podríamos mencionar todos los pasajes. Por ejemplo, vayamos a Mateo capítulo 2, versículos 17 y 18, que dice: Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos y no quiso ser consolada, porque perecieron. Ese fue un cumplimiento de la profecía que tenía que ver con incidentes relacionados con el nacimiento de Cristo. Continuamos en este pasaje hasta el versículo 23, que dice 23y se estableció en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliera lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno. O si no, vayamos a los Hechos capítulo 13, versículos 32 y 33, donde se registró el sermón del apóstol Pablo en la ciudad de Antioquia de Pisidia, en el cual el apóstol habló sobre de la resurrección de Cristo diciendo: 32»Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, 33la cual Dios nos ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: “Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy”. En estos y en otros pasajes podemos comprobar que la Biblia es muy concreta en el tema del cumplimiento de la profecía.

   Entonces, ¿qué dijo Pedro en los Hechos capítulo 2, versículo 16? Pero esto es lo dicho por el profeta Joel. Pedro no dijo que este evento fue el cumplimiento de lo que Joel había profetizado. Más bien él dijo que esto era como aquello, o similar a lo que había dicho Joel. Si retrocedemos con el pensamiento a aquel día de Pentecostés, seremos conscientes de que Pedro no estaba hablando a no judíos, sino a judíos que conocían el Antiguo Testamento. Eran judíos provenientes de todo el Imperio, que habían venido a Jerusalén para la fiesta; en su viaje habían recorrido enormes distancias porque estaban cumpliendo lo que se requería de ellos en la ley de Moisés. En realidad, Pedro les dijo: “No os burléis, no ridiculicéis esto que está sucediendo. Esto es como aquello que va a tener lugar en el Día del Señor, tal como nos fue explicado por el profeta Joel.”

   Entonces Pedro continuó citando la profecía de Joel, y ahora leemos los Hechos capítulo 2, versículo 17: En los postreros días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre toda carne. Esto ocurrirá en los últimos días. En ese tiempo, el Espíritu de Dios será derramado sobre todo ser humano. ¿Fue esto cumplido en el día de Pentecostés? Difícilmente. Fue experimentado por aquellos enumerados en el capítulo anterior de los Hechos. Y en este capítulo se nos dice que creyeron y se salvaron unas 3.000 personas. Incluso su hubiera habido 300.000 que se salvaran, aun no habría sido un derramamiento del Espíritu sobre todos los seres humanos. Aun así, no habría sido el cumplimiento de la profecía de Joel.

   En realidad, Pedro les estaba diciendo: “No os burléis de lo que está ocurriendo. Deberíais reconocer de vuestra propia Palabra de Dios que Joel dijo que llegaría el día en que Dios derramaría Su Espíritu sobre toda persona. Si el Espíritu está siendo derramado hoy sobre algunas personas, no deberíais estar sorprendidos de que ello ocurra.”

   Y así fue que Pedro continuó citando el resto de la profecía de Joel, en cuanto a lo que tendría lugar. Dicen los versículos 30 y 31 de este capítulo 2 de Joel que estamos estudiando: Haré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día, grande y espantoso, del Señor. ¿Fueron estos eventos espectaculares cumplidos en el día de Pentecostés? Por supuesto que no. No se registraron terremotos, ni cambios en el sol y en la luna, que por otra parte afectarían gravemente a toda la humanidad. Estos eventos sí ocurrirán en lo que Joel llamó el día grande y espantoso del Señor. El día de Pentecostés fue un gran día, pero no fue un día terrible. ¡Fue un día maravilloso!

Estimado oyente, si entendemos el libro de Joel, nunca llegaremos a la conclusión de que Pedro estaba diciendo que la profecía de Joel estaba siendo cumplida en el Día de Pentecostés. Simón Pedro estaba simplemente usando la profecía de Joel como una introducción para responder a aquellos que se estaban burlando.

   Ahora surge la pregunta; ¿Cuál era el tema del mensaje de Simón Pedro? En el día de Pentecostés el tema de aquel sermón del apóstol fue la resurrección del Señor Jesucristo. Cuando llegó al punto de citar un texto, citó el Salmo 16, versículos 8 al 10, que profetizó la resurrección de Cristo. Observemos como la aplicó a Cristo. Dice el texto del mensaje de Pedro en los Hechos capítulo 2, versículos 32 y 33: 32A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. 33Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.

   La conclusión, tanto en el libro de Joel como en el mensaje del apóstol Pedro fue: Y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo. Este es uno de los muchos pasajes Bíblicos que nos impulsa a afirmar que el mayor tiempo de salvación se encuentra aún en el futuro. Creemos que Dios salvará a más personas de la raza humana que las que se perderán. Estamos de acuerdo con el famoso predicador Spurgeon que dijo que él creía que Dios ganaría a más para Su causa que los que se perderían. Cuando Cristo venga la tierra para establecer Su reino se registrará el mayor número de individuos que se vuelvan a Dios que el mundo jamás haya visto. Y también durante el período de la tribulación habrá un gran número de personas que acudirán al Señor, muchas más que las que han creído en El durante la época de la iglesia. La resurrección de Jesucristo, a quien Dios ha convertido en Señor y Cristo fue el tema y argumento alrededor del cual giró todo el sermón del apóstol Pedro.       No estaba enfatizando los fenómenos que sus oyentes habían presenciado. El asunto importante era llegar a conocer a Jesucristo. Estimado oyente, no descuide usted o pierda la oportunidad de llegar a conocer a Cristo. ¿Qué lugar ocupa Él en sus pensamientos, en su vida, en su ministerio?

Así que esta sección de la profecía de Joel es sumamente importante, pero aun aguarda su cumplimiento en el futuro. Y ahora hemos llegado al Joel 3

   Leamos ahora el versículo 1 de este tercer capítulo, que inicia la tercera y última gran división de esta profecía, que hemos titulado Mirando al día del Señor (en un postludio)

“Ciertamente en aquellos días, en aquel tiempo en que haré volver la cautividad de Judá y de Jerusalén”

Dice aquí en aquellos días. ¿Qué días? ¿El día de Pentecostés? No, porque el profeta habló del tiempo señalado en que el Señor restauraría la suerte de Judá y Jerusalén. En el día de Pentecostés Él no los trajo de regreso a su tierra; en realidad, el Señor Jesús invirtió el orden de los acontecimientos cuando dijo, en el primer capítulo de los Hechos, versículo 8, me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra. En vez de traer a los cautivos de regreso a Jerusalén, Cristo, como cabeza de la iglesia, dijo a aquellos que habían nacido espiritualmente de nuevo y formaban parte del cuerpo de los creyentes que llegaran hasta los confines de la tierra proclamando el mensaje de que Él había resucitado de los muertos, diciendo a las personas que Dios era compasivo y misericordioso, y que cualquiera que invocare el nombre del Señor, sería salvo.

   El mensaje del Evangelio parece tan simple que muchas personas inteligentes no lo captan. Es un mensaje extraordinario. Todo lo que usted hace es creer. Debemos decir que no creemos en la salvación por obras —lo cual es obvio— pero creemos en una salvación que funciona. Es importante ver este aspecto. Si usted ha sido salvo, deseará difundir el Evangelio. Si usted no desea hacerlo, estimado oyente, cuestionaríamos su fe —no sus obras—, porque, la fe funciona y se hace realidad en la vida de un verdadero creyente.

(Escuela Bíblica: Siguiendo al Maestro).

1er Titulo:

Fortalecimiento Con Poder En El Hombre Interior (Efesios 3:14-16). Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.

   Comentario: (3:14-16, 17 al 21para mayor comprensión del tema):  La iglesia debe esforzarse por conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento a fin de ser llena de toda la plenitud de Dios. La oración de Pablo a fin de que esta elevada meta sea crecientemente lograda. Doxología

   En el párrafo precedente Pablo ha señalado que la iglesia de judíos y gentiles debe vivir de acuerdo a su alto llamamiento, de modo que la iridiscente sabiduría de Dios pueda ser expuesta a los principados y autoridades en los lugares celestiales. ¿Cómo se logrará este propósito? La respuesta se da en los vv. 14–19, que señalan hacia el Espíritu que imparte el poder y Cristo que mora en el creyente. Ellos capacitarán a los creyentes para lograr una siempre creciente, aunque necesariamente nunca completa, realización del segundo aspecto de su elevada meta, a saber, aprender a conocer el amor de Cristo en todas sus dimensiones a fin de ser llenos de toda la plenitud de Dios.

   Es muy claro el hecho de que el apóstol está aún escribiendo acerca de la iglesia gloriosa. En realidad, nos da una doble descripción del concepto iglesia, llamándola, primero, “toda la familia en el cielo y en la tierra”, y después, “vosotros (creyentes efesios) juntamente con todos los santos”. Igualmente, el hecho de que aquí también, como en los vv. 1–13, Pablo está centrando nuestra atención en la elevada meta, la misma palabra “meta” usada por varios comentaristas, es resultado de las expresiones: “para que seáis capaces de comprender y conocer; … para que seáis llenos”. Y por cierto que nadie puede descalificar al adjetivo elevada como modificativo de meta, puesto que ¿qué propósito sería más elevado que conocer la anchura y longitud y altura y profundidad del amor de Cristo, a fin de ser lleno de toda la plenitud de Dios?

   Puesto que la iglesia en sus propias fuerzas jamás será capaz ni siquiera de hacer el más pequeño avance para conseguir este objetivo, el apóstol hace de esto un tema de ardiente intercesión. Comienza escribiendo, 14, 15. Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre. Es evidente que el apóstol reasume la cláusula que comenzó en 3:1. El significado de las palabras de apertura es en consecuencia el mismo aquí como en el v. 1: Puesto que se han otorgado a gentiles y judíos tan ricas bendiciones—reconciliación con Dios, y reconciliación entre unos y otros, y la erección de un santuario constituido por judíos y gentiles—por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre. En los versículos intermedios 2–13 se ha añadido, no obstante, otro elemento a la primera razón. Pablo dejó en claro que el Señor le había favorecido altamente otorgándole el privilegio de proclamar a los gentiles las buenas nuevas de las insondables riquezas de Cristo, y capacitándole para iluminar las mentes y corazones de todos los hombres con respecto al hecho de que el maravilloso misterio, ahora revelado, está, por parte de muchos, siendo manifestado en un real diario vivir, hecho que sorprende e instruye aun a los ángeles. Es indudable que la actuación de Dios hacia él, Pablo, hombre que en sí mismo es tan indigno, le ha hecho mucho más confiado en la oración. Las bendiciones ya recibidas le han dado valor para pedir cosas aún más grandes. Resumiendo, podemos decir, por tanto, que lo que el apóstol quiere decir cuando aquí en v. 14 escribe, “Por esta razón doblo mis rodillas”, es lo siguiente: Es porque Dios ha manifestado una actitud tan bondadosa hacia vosotros, efesios, y hacia mí, Pablo, que tengo la osadía y confiado acceso al Padre en el cielo.

   El apóstol habla de doblar las rodillas. La posición durante la oración nunca es asunto indiferente. La postura desgarbada del cuerpo al orar es abominación al Señor. Por otro lado, es verdad también que las Escrituras no prescriben en lugar alguno una, y nada más que una, posición correcta. Se indican diferentes posiciones de la cabeza, brazos, manos, rodillas, y del cuerpo en general. Todas ellas son permisibles en cuando simbolizan distintos aspectos de la actitud reverente del adorador, siempre que realmente interpreten los sentimientos de su corazón. En C.N.T. sobre 1 y 2 Timoteo y Tito pp. 121 y 122 se halla una lista de varias posiciones para orar a las cuales las Escrituras hacen referencia. En cuanto a hacerlo de rodillas, además de Ef. 3:14 véase 2 Cr. 6:13, Sal. 95:6; Is. 45:23; Dn. 6:10; Mt. 17:14; Mr. 1:40; Lc. 22:41; Hch. 7:60; 9:40; 20:36; 21:5. Esta postura particular representa humildad, solemnidad, y adoración. Es “al Padre “a quien se presenta esta conmovedora súplica, verdadero modelo de oración intercesora. Sin embargo, debe tenerse presente que la Persona a quien está dirigida es nuestro Padre no solamente en virtud de habernos creado (3:9) sino también de habernos redimido. En realidad, el énfasis cae sobre el aspecto redentor. Es el Padre a quien tanto judíos como gentiles tienen acceso por medio de Cristo, sólo mediante él, en un Espíritu (2:18). En este aspecto redentor o soteriológico él, terminantemente, no es el Padre de todos los hombres.

    Pablo da una descripción adicional del Padre en las siguientes palabras: (doblo mis rodillas) “ante el patéra (Padre) de quien cada o todo o entera (o todos los) patriá en el cielo y en la tierra reciben su nombre”. La semejanza fonética entre patēr (aquí acc. patéra) y patriá es evidentemente un juego de palabras a propósito. Crea un problema de traducción. El otro problema, es si la palabra pāsa que en el original precede a patriá, se ha de traducir “cada” o “toda” o “entera”. Las principales traducciones que se han sugerido son las siguientes:

   (1) cada familia (A.R.V., R.S.V., N.E.B.).Objeción: En un contexto donde el énfasis está puesto desde el principio hasta el fin de la unidad, de cómo judíos y gentiles han llegado a ser un organismo (2:14–22; 3:6; 4:4–6), y siendo un énfasis tan marcado que el tema de toda la epístola es la iglesia gloriosa o la unidad de todos los creyentes en Cristo, es tan dudoso hablar de cada familia como lo sería en 2:21 de hablar de cada varios edificios. Los que, a pesar de todo, adoptan esta traducción se hallan asediados por varias interrogantes como: ¿Cuántas familias tiene Pablo en mente? ¿Constituyen acaso los judíos una familia, y otra los gentiles? ¿Están los ángeles formando una familia de por sí o hemos de pensar en varias familias angélicas: ¿una familia de “principados” y otra familia de “autoridades”, etc.?

   (2) Toda paternidad (Phillips, Bruce). Simpson escribe que “Padre de todas las paternidades” es traducción que tiene base muy sólida.

   Evaluación: Esta traducción tiene cierta atracción; primero, porque el juego de palabras (paronomasia) del original se puede conservar en la traducción, el cual llega a ser, “doblo mis rodillas ante el Padre de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre”, o algo similar; segundo, porque sugiere un hermoso y alentador pensamiento, que es totalmente verdadero en sí, a saber, que, al comparar la paternidad original del Padre celestial, cualquiera otra paternidad existente en el universo es solamente derivada y secundaria, un débil reflejo. Si los padres terrenales aman tan intensamente a sus hijos y les atienden tan generosamente, ¡cuán maravilloso ha de ser el amor y cuidado del Padre celestial! Este pensamiento, a su vez, sienta una excelente base para la confianza de Pablo en que la petición que está por comenzar será concedida.

   Existen, no obstante, dos razones que me impiden adoptar esta traducción: a. nada hay en el contexto que nos haya preparado para discusión del concepto abstracto de paternidad; y b. el significado de paternidad para patriá es ajeno a Lc. 2:4, “José era de la casa y familia de David”; y a Hch. 3:25, “En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra”. Estos son los únicos pasajes del Nuevo Testamento en que ocurre el término patriá. Es evidente que aun cuando no siempre se refiere necesariamente a familia en el sentido estricto de la palabra, aunque también puede indicar un grupo más amplio de personas unidas por un común antecesor, tiene siempre una connotación concreta. a fuentes griegas contemporáneas, tiene también un sentido concreto. 

   (3) La familia entera (N.V.I.: “toda la familia”; nota al pie N.E.B.: “su familia entera”).

   Evaluación: Considero que esta traducción es la correcta. Está totalmente en armonía con el contexto. En realidad, con palabras que difieren muy levemente, el apóstol nos acaba de decir que todos los que creen en Cristo, sean judíos o gentiles, constituyen ahora una casa, sinónimo de una familia. No sólo esto, sino que aun ha mencionado la relación del Padre con su casa o familia. Sus palabras fueron: “porque por medio de él ambos tenemos nuestro acceso en un Espíritu al Padre. Así que no sois más extranjeros y forasteros, sino que sois … miembros de la familia de Dios” (2:18, 19). En pasajes subsecuentes ha vuelto a enfatizar este mismo pensamiento, aunque usando diferentes metáforas (2:20–22; 3:6). Lo hará otra vez en 4:1–6. Fue, en realidad, esta misma circunstancia la que llenó su corazón de gran regocijo.

   La única desventaja que esta traducción tiene es que no muestra la conexión obviamente intencionada entre patēr (Padre) y patriá (familia), semejanza fonética casi imposible de reproducir en español y retener al mismo tiempo el significado de las palabras en el original. Sea que se abandone el intento, en cuyo caso la traducción de NVI o alguna otra similar, es aún la mejor que se ha ofrecido: “El Padre … de quien toda la familia en el cielo y en la tierra toma su nombre”, o bien se mire favorablemente mi solución: “el padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre”, dejo al lector hacer su propia elección. Tal vez alguien podría sugerir alguna forma más adecuada.

   ¿Cuál es el propósito de Pablo al vincular este modificativo a las palabras “el Padre”? Respondo: El probablemente desea indicar que si es verídico que la relación de los creyentes con su Padre celestial es tan estrecha que constituyen una familia, cuyo nombre mismo—es decir, existencia, esencia, carácter—como “la familia del Padre” se deriva de su nombre “Padre”, entonces se puede confiar en este Padre para la provisión de toda necesidad. Véase Mt. 7:11; Lc. 11:13. Este modificativo, por tanto, lejos de ser de poca importancia, proporciona una introducción adecuada para la petición que Pablo ha de presentar. Otro punto que no debe ser pasado por alto, vale decir, que, de acuerdo a la cláusula, “la familia en el cielo y en la tierra”, “la familia del Padre”, es una sola. Hablamos de la iglesia militante en la tierra y la iglesia triunfante en el cielo, pero estas no son dos iglesias. Son una iglesia, una familia. Es en favor de esta iglesia única que Cristo gobierna el universo entero (1:22, 23). Si aun para nosotros que vivimos en tiempos de viajes en jet, transmisiones de onda corta, retransmisiones automáticas de señales por medio de satélites sincronizados de y hacia cualquier lugar del mundo, las distancias parecen esfumarse, de modo que lugares que antaño se consideraban tan alejados ahora han venido a ser vecinos, no debería sernos tan difícil entender que a los ojos de Dios que creó todas las cosas la iglesia de los redimidos en gloria y la iglesia de los redimidos en la tierra constituyen una sola familia. Por cierto, que nada hallamos en las Escrituras que apoye la creencia de que haya contacto directo entre los muertos y los que viven. Existe, no obstante, contacto indirecto (Lc. 15:7). Además, los nombres de todos los creyentes, sea que estos estén aún en la tierra o ya en el cielo, se hallan escritos en un solo libro de vida, y grabados en el pectoral del único Sumo sacerdote. También, el Espíritu, aunque en diferente medida, mora en el corazón de todos los creyentes. Todos tienen un Padre, de quien son hijos por adopción (1:5; To. 8:15; Gá. 4:5). Cristo, aunque es el Hijo por naturaleza, no se avergüenza de reconocer a estos hijos por adopción como sus hermanos (Heb. 2:11). Cada día las alabanzas de la iglesia entera, en los cielos y en la tierra, van dirigidas al mismo Dios Trino.

   El libro de Apocalipsis muestra en forma especial cuan estrechos son los lazos que unen a aquel sector de la iglesia que está en los cielos con la parte que aún está en la tierra. En la iglesia primitiva esta gloriosa verdad no era letra muerta. También en tiempos posteriores hay quienes la han expresado en forma preciosa. Así, por ejemplo, aquella niñita, una de siete hermanos, de los cuales dos habían muerto, estaba en toda la razón cuando, según el famoso poema de Wordsworth, seguía afirmando, “somos siete”. El lector recuerda, sin duda, el final:

“¿Cuántos sois vosotros?” fue lo que yo dije,

“Si en el cielo dos ya están hoy día?”

Presto la pequeña respondióme,

“Oh, mi amo, somos siete todavía”.

“¡Pero si están muertos; esos dos murieron!

¡Sus almas en el cielo están hoy día!”

Era como hablar al viento inútilmente;

La pequeña sostenía firmemente,

Decía, “¡No, somos siete todavía!”

   Cuando recitamos el “Credo apostólico” y llegamos a la línea, “(creo) la comunión de los santos”, habremos fracasado en conceder todo el significado a esta parte de la confesión si no entendemos que estamos confesando que “… os habéis acercado al monte de Sion, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, y a las huestes innumerables de ángeles (categoría diferente de seres pero interesados vitalmente en nuestra salvación), a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en el cielo, y a Dios el juez de todos, y a los espíritus de los justos, hechos ya perfectos” (Heb. 12:22, 23). Habremos fracasado si no apreciamos la memoria de aquellos que en otro tiempo fueron nuestros líderes, reflexionamos en el éxito de sus vidas, e imitamos su fe (Heb. 13:7). Habremos errado el blanco si no tenemos presente y nos confortamos en el hecho de que hoy en día también el Cristo ascendido está en el Espíritu caminando en la tierra en medio de los candeleros (Ap. 1:12, 13); y si no escudriñamos mediante la fe a través de las puertas abiertas del cielo (Ap. 4, 5, 12, 15, 19), y percibimos la unidad con aquellos que han salido de gran tribulación y, habiendo lavado sus ropas en la sangre del Cordero, viven y reinan con Cristo en gloria (Ap. 7:13–17; 20:4).

   En cuanto a la oración intercesora misma, se puede observar su desarrollo hacia un clímax de trascendental importancia. Es, por decirlo así, una escala formada por tres peldaños, una escalera con tres travesaños, por medio de los cuales uno es llevado hasta las mismas alturas de los cielos. Las tres partes de la oración se pueden ver de inmediato, ya que los límites entre ellas están señalados claramente por las palabras “para que” en los vv. 17 y 19.

   16, 17a. Pablo ha introducido esta conmovedora oración trinitaria diciendo, “Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre”, y prosigue, (orando) que conforme a las riquezas de su gloria os conceda ser fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior, para que Cristo habite en vuestros corazones por medio de la fe. Dios es glorioso en todos sus atributos, según se ha indicado. Véase sobre 1:17. Su poder (1:19; 3:7) es infinito; su amor (1:5; 2:4) es grande; su misericordia (1:4) y su gracia (1:2, 6; 2:7, 8) son ricas; su sabiduría (3:10) es iridiscente; etc. Obsérvense especialmente expresiones tales como “las extraordinarias riquezas de su gracia (expresadas) en bondad” (2:7) y compárense “las insondables riquezas de Cristo” (3:8). Nunca es correcto enfatizar un atributo a expensas de otro. Hodge está en lo cierto al declarar, “No se trata de su poder excluyendo su misericordia, ni de su misericordia excluyendo su poder, sino que es todo el conjunto lo que le hace glorioso, el objeto propio de adoración”. Pablo ora, por tanto, que todos los esplendorosos atributos de Dios sean abundantemente aplicados al progreso espiritual de aquellos a quienes escribe. En forma especial pide que Aquel que, según se mostró en 1:19 (cf. 3:7, 20; Col. 1:11), es la fuente misma de poder en sus diversas manifestaciones, conceda a los efesios que, de acuerdo a la medida de la gloria de Dios, sean fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior. Este “hombre interior” no es la parte racional del hombre contrastada con los bajos apetitos de éste. La terminología no es la misma de Platón o de los estoicos. Al contrario, el “hombre interior” es el opuesto al hombre “de afuera” (o: externo). Cf. 2 Co. 4:16. El primero se esconde a la observación pública. El último está a la vista de todos. Es en los corazones de los creyentes donde el principio de la nueva vida se ha implantado por el Espíritu Santo. Véase sobre 3:17. El escritor está orando entonces por lo siguiente, que se ejerza dentro de estos corazones tal influencia directiva que puedan ser fortalecidos más y más con el Espíritu que les ha sido impartido. Véase sobre 1:19; cf. Hch. 1:8. Otra forma de expresar el mismo pensamiento es: “que Cristo more en vuestros corazones por medio de la fe”. Es errónea la idea, bastante popular entre algunos comentaristas, de que primero, por un poco de tiempo, el Espíritu imparte fortaleza a los creyentes, después de los cual llega un momento en que Cristo establece su morada en estos corazones ya fortalecidos. Cristo y el Espíritu no pueden ser separados así. Si los creyentes tienen el Espíritu dentro de sí, entonces tienen a Cristo dentro de sí, lo cual es claro según Romanos 8, 9, 10. “En el Espíritu” es como Cristo mismo habita en el ser interior del creyente. Cf. Gá. 2:20; 3:2. El corazón es la fuente central, tanto de las disposiciones como de los sentimientos y pensamientos (Mt. 15:19; 22:37; Fil. 1:7; 1 Ti. 1:5). De él mana la vida (Pr. 4:23). Este precioso habitar de Cristo es “por medio de la fe”, que equivale a la mano que acepta los dones de Dios. La fe es la total rendición a Dios en Cristo, de modo que se espera todo de Dios y se entrega todo a él. Obra por medio del amor (Gá. 5:6).

   Es provechoso observar que la extensa lista de exhortaciones (4:1–6:7) por medio de las cuales el apóstol va a instar a los efesios a llevar a cabo su salvación (Fil. 2:12) se halla incrustada entre dos referencias de oración; la primera, aquí en 3:14–19, la propia oración de Pablo; la segunda, en 6:18ss, una exhortación a la oración, en cuya relación Pablo recuerda a los efesios que así como él ora por ellos, ellos a su vez, deben orar por él. Es como si el escritor dijese: Sin duda alguna, los creyentes deben esforzarse por alcanzar su meta. Han de esforzarse al máximo. No obstante, deben recordar siempre que aparte del poder del Espíritu Santo—o, diciéndolo en otra forma, sin que Cristo more en ellos—serán absolutamente impotentes. “Con temor y temblor continuad ocupándoos en vuestra salvación; porque Dios es el que está obrando en vosotros tanto el querer como el hacer por su beneplácito” (Fil. 2:12, 13). Y ya que tanto—en un sentido todo—depende de Dios, se sigue que la oración por su poder que imparte fortaleza es de suma importancia.

   El propósito inmediato del fortalecimiento y de la necesidad del morar internamente se declara en palabras que indican, por decirlo así, el segundo peldaño de esta escala de oración: 17b–19a. para que vosotros, estando arraigados y fundados en amor, seáis capaces, firmes, juntamente con todos los santos, de comprender cuál sea la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento. Siendo que la fe obra por el amor, y equivale sin él a nada (1 Co. 13:2), es fácil ver que, si Cristo establece su presencia morando por la fe en el corazón, los creyentes están entonces firmemente arraigados y fundados en amor, un amor para con Dios en Cristo, para con los hermanos y hermanas en el Señor, para con el prójimo, y aun para con los enemigos. Además, este amor, a su vez, es necesario a fin de comprender el amor de Cristo por aquellos que le aman. Y en la medida que se expande la visión de los creyentes en lo relativo a este amor procedente de Cristo, el amor de ellos por él y su habilidad de comprender el amor de él hacia ellos también aumentará, etc. En esta forma se establece en el universo la más bendita y poderosa reacción en cadena. Todo comenzó con el amor de Dios por los efesios en Cristo (1:4, 5; 1 Jn. 4:19). Es como un círculo cerrado, jamás tendrá fin.

   Las palabras, “arraigados y fundados” sugieren una doble metáfora: la de un árbol y la de un edificio. Para asegurar la estabilidad de un árbol se requieren las raíces, las cuales, se extienden en proporción a la extensión de las ramas. Similarmente, un fundamento es necesario, uno que adecuadamente sustente la superestructura. El árbol así firmemente arraigado, que representa a todos los que aman al Señor, florecerá y producirá el fruto correspondiente. Asimismo, el edificio sólidamente fundado continuará creciendo para llegar a ser un templo santo en el Señor, propósito que será cumplido.

   Tal fruto y propósito es “comprender cuál sea la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo”. Siendo que tal comprensión o aprobación96 y conocimiento pueden ser puestos en práctica solamente por aquellos que se hallan arraigados y fundados en amor, es evidente que la referencia no es a una actividad puramente mental. Es un conocimiento experimental, conocimiento del corazón, el que Pablo tiene en mente. Y siendo que el corazón es el alma misma y centro de la vida e influye todas las actividades internas de la vida y las expresiones externas, lo que se indica es una comprensión y conocimiento con todo el ser, esto es, con todas las “facultades” del corazón y la mente. Y por cierto que no se excluye la apropiación mental.

   No debe ser necesario señalar que cuando el apóstol habla de ser capaces (ejerciendo gran fortaleza inherente; véase sobre 1:19) de comprender … y conocer, no piensa en dos sujetos sino en uno, vale decir, el amor de Cristo. Tan grande es ese amor que nadie será jamás capaz de apropiarlo y conocerlo enteramente por sí mismo, es por esto que dice “juntamente con todos los santos”. Los santos se comunicarán unos a otros sus descubrimientos y experiencias con respecto a él, en el espíritu del Sal. 66:16, “¡Venid, escuchad, todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho por mi alma!” Esta actividad de ir conociendo más y más acerca del amor de Cristo comienza aquí en la tierra, y continuará, por supuesto, en la vida venidera. El hecho de que Pablo en esta oración, en particular, no se ha olvidado de la iglesia en el cielo es claro según el versículo 14. El elevado ideal es llegar a conocer a fondo los profundos afectos de Cristo, su ternura autosacrificial, su compasión ardiente, y sus maravillosas manifestaciones. Todo esto está incluido en el amor, pero no lo agota. ¡Pablo ora para que los lectores lo apropien para sí y conozcan este amor en toda su anchura y longitud y altura y profundidad! Aquí, según veo, el expositor debe ponerse en guardia. No debe separar esta expresión, de modo que a cada una de estas dimensiones se les atribuyan distintos significados. Lo que quiere decir es sencillamente esto: Pablo ora para que los efesios (y todos los creyentes a través de los siglos) pongan tanto interés y celo en la consecución de su objetivo que jamás lleguen al punto de decir, “Hemos llegado al final. Ahora ya sabemos todo lo que es necesario conocer acerca del amor de Cristo”. Así como Abraham recibió la invitación de mirar a los cielos y contar las estrellas, a fin de que entendiese que era imposible enumerarlas; y así como hoy día se nos insta por medio de un himno a contar nuestras muchas bendiciones y enumerarlas una por una a fin de que su infinita cantidad aumente nuestra gratitud y asombro, así también el apóstol ora para que los lectores logren concentrarse tan intensamente y en forma tan exhaustiva en la inmensidad y gloria del amor de Cristo que lleguen a la comprensión de que este amor sobrepasa el conocimiento. El corazón y mente finitos nunca podrán llegar a una cabal comprensión o conocimiento del amor infinito. Aun en la vida venidera Dios jamás dirá a sus redimidos, “Ahora yo os he dado a conocer todo lo que se puede decir acerca de este amor. Cierro el libro, porque la última página ha sido leída”. Siempre habrá más y más y aún más que decir. Y esta será la bendición de la vida eterna.

   Esto nos introduce al clímax. Llegamos ahora al final de la escala: 19b. para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios. Véase también sobre 4:13. En otras palabras, el conocimientoya descrito es de carácter transformador: “Empero nosotros, con rostro descubierto,mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma semejanza,de gloria en gloria, así como el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Contemplar la gloria delamor de Cristo significa ser transformado progresivamente en esta imagen. En un sentido,este proceso de transformación cesará en el momento de la muerte. En el instantemismo en que el alma del creyente entre en el cielo, tendrá lugar un gran cambio, y él, queinstantes antes era todavía un pecador, un pecador salvado, ya no será más pecador, sinoque contemplará el rostro de Dios en justicia. Será entonces absolutamente perfecto, totalmenteimpecable, obediente en todos los aspectos a la voluntad del Padre (Mt. 6:10; Ap.21:27). Para “todos los santos” cesará, en el sentido ya indicado, al regreso de Cristo. En otrosentido, no obstante, el proceso de transformación no cesará: el crecimiento, en aspectos talescomo conocimiento, amor, gozo, etc., se prolongará por la eternidad. Tal crecimiento no esinconsistente con la perfección. Aun en la eternidad los creyentes continuarán siendo criaturas;por tanto, finitas. El hombre jamás llega a ser Dios. Dios, sin embargo, permanece porsiempre infinito. Ya en la gloria, en condición de total ausencia de pecado y muerte, los individuosfinitos se hallan en contacto continuo con el Infinito, ¿no es acaso posible que lo finitono haga progreso en los asuntos que ya se han mencionado? Cuando “la plenitud de Dios”—todos aquellos atributos divinos comunicables de los cuales Dios está lleno: amor, sabiduría,conocimiento, bienaventuranza, etc.—es, por decirlo así, vaciado en vasos de limitada capacidad,¿no se aumentará su capacidad?97 Es indudable que los creyentes nunca serán llenoscon la plenitud de Dios en el sentido de que lleguen a ser Dios. Aun los atributos comunicables,en la medida que existen en Dios, son incomunicables. Pero lo que Pablo ha pedido eslos lectores sean llenos hasta toda la plenitud de Dios. La perfección, en otras palabras,también en aquellos asuntos como conocimiento, amor, bienaventuranza, ha de quedarsiempre como la meta; para llegar a ser más y más como Dios, el ideal final. Lo que Pablo estápidiendo, por tanto, con referencia especial, por supuesto, a la iglesia que todavía se halla enla tierra, aunque la respuesta a la oración nunca cesará, no es ninguna cosa extraña, nadanuevo. Es una petición similar a la exhortación de 5:1, 2 “Sed pues imitadores de Dios, comohijos amados, y andad en amor, así como Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros,ofrenda y sacrificio a Dios, en fragante olor”. Y otra vez, “Y fue él quien dio a algunos (ser)apóstoles … a fin de equipar enteramente a los santos para la obra de ministerio … hasta quetodos lleguemos a la unidad de la fe y del claro conocimiento del Hijo de Dios, a la madurez, ala medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (4:11–13). Cf. Col. 2:9, 10.

Doxología:

   Versíc. 20, 21. Cuando el apóstol examina las maravillosas mercedes de Dios hechas efectivasmediante el supremo sacrificio de su amado Hijo, introduciendo en su propia familia a losque en otro tiempo eran hijos de ira y dándoles “la osadía de confiado acceso”, el privilegio decontemplar en todas sus gloriosa dimensiones el amor de Cristo, y la inspiradora tarea deinstruir a los ángeles en los misterios de la calidoscópica sabiduría de Dios, su alma, sumergidaen maravilla, amor y alabanza, expresa la siguiente sublime doxología: Ahora a él que es poderoso para hacer infinitamente más que todo lo que pedimos o imaginamos, conforme al poder que actúa dentro de nosotros, a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones para siempre jamás; Amén. De inmediato se percibe claramenteque esta doxología no sólo es la conclusión adecuada a la oración sino también unaexpresión de gratitud y alabanza muy apropiada por todas las bendiciones tan generosamentederramadas sobre la iglesia, según se ha descrito en todo el contenido precedente de estacarta. Además, es la forma en que Pablo acostumbra dar a conocer su propia firme convicciónde que, aunque en su oración ha pedido mucho, Dios es capaz de conceder aun muchísimomás. Al llegar a este punto el apóstol, habiéndose deleitado en superlativos, habla con mucha firmeza. Literalmente dice, “Ahora a él—esto es, al Dios Trino—que es capaz de hacer todo en forma superabundante, más allá de lo que podamos pedir o imaginar (o: pensar, concebir)”, etc. A fin de apreciar enteramente lo que en estas palabras se implica, se hace necesario observar que el razonamiento de Pablo ha tomado los siguientes pasos: a. Dios es poderoso para hacer todo lo que le pedimos; b. es aún capaz de hacer lo que no nos atrevemos a pedir sino meramente imaginar; c. puede hacer más que esto; d. mucho más; e. muchísimo más. Además, el apóstol agrega de inmediato que no se está refiriendo a cosas abstractas. La omnipotencia revelada por Dios al contestar la oración no es invención de la imaginación, sino que obra en consonancia con (“conforme a”) aquella operación de su poder que está obrando ya “dentro de nosotros”. Nos sacó de las tinieblas introduciéndonos a la luz, transformó a hijos de ira en muy amados hijos e hijas, llevó a cabo la reconciliación entre Dios y el hombre, entre judíos y gentiles. El poder del Dios infinito fue el que se ejerció al levantar a Cristo de entre los muertos, y es el que está ahora operando en nuestra propia, y paralela, resurrección espiritual.

   Por tanto, a Aquel que no necesita esforzarse extremadamente para cumplir nuestros deseos, sino que lo hace fácilmente, “sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús”. En otras palabras, sea rendido a Dios todo homenaje y adoración por el esplendor de sus maravillosos atributos—poder (1:19; 2:20), sabiduría (3:10), misericordia (2:4), amor (2:4), gracia (2:5–8); etc.—manifestados en la iglesia, que es su cuerpo, y en Cristo Jesús, su eminente cabeza. El ardiente deseo del apóstol es que la alabanza perdure por todas las generaciones”. La palabra generación, además de otros significados, posee dos connotaciones especiales que deben ser consideradas en la relación presente: a. la suma total de los contemporáneos (Mt. 17:17); y b. la duración de sus vidas en la tierra, vale decir, el tiempo que transcurre entre el nacimiento de los padres y el de los hijos. En el caso presente, como en v. 5 y más arriba, se refiere a este último sentido cronológico, puesto que la frase “por todas las generaciones” recibe el Re esfuerzo de “para siempre jamás”. La última expresión significa exactamente lo que dice. Se refiere al devenir los instantes desde el pasado al presente y hacia el futuro, continuando sin cesar y sin llegar jamás a un fin. Ha sido curiosamente definido por algunos como indicación de “lo opuesto al tiempo”, “tiempo sin cambiar”, “existencia sin tiempo”, etc. Pero en cuanto a criaturas y sus actividades, la Biblia no enseña en lugar alguno tal existencia sin tiempo. La idea popular, que también se halla en algunos comentarios y en la poesía religiosa, es decir, que al morir—o según otros, al momento del regreso de Cristo—los creyentes entrarán en una existencia sin tiempo, no tiene apoyo en las Escrituras, ni siquiera en Ap. 10:6 interpretado correctamente. Si los creyentes adquieren en la vida venidera un atributo divino “incomunicable”, vale decir, la eternidad ¿por qué no los otros también como por ejemplo la “omnipresencia”? Para más sobre esto véase la página anterior.

    La bendita actividad de la cual los creyentes gustan las primicias aun ahora, pero que será su parte en grandeza superabundante y pura durante su estado intermedio, y aun en forma más acentuada en el día de la gran consumación, es la actividad de la cual el apóstol está profundamente preocupado y por la cual ora intensamente. Esta actividad consiste, por tanto, en lo siguiente: que por siempre jamás los miembros de la familia del Padre atribuirán gloria y honor a su Hacedor-Redentor, cuyo amor, apoyado por su ilimitado poder con que levantó a Cristo de entre los muertos, alzará sus corazones a cada vez más altos planos de inexpresables deleites y reverente gratitud. Al fin, en su condición gloriosa, sus mentes ya no más obscurecidas por el pecado, avanzarán desde una cumbre de descubrimientos espirituales a otra, y luego a la próxima, en una sin fin serie de ascensos. Sus voluntades, liberadas totalmente entonces de las cadenas esclavizantes de la voluntariedad, y vigorizadas con una constante y creciente provisión de poder, hallarán más y más avenidas de gozosa expresión. En resumen, la salvación que se reserva a los hijos de Dios se asemeja a las aguas de salud de la visión de Ezequiel (Ez. 47:1–5), en las cuales, al entrar, nos llegan a los tobillos, luego a las rodillas, más adentro hasta los lomos, y finalmente ya no se pueden pasar sino a nado. Y a causa de este constante progreso en deleite, la respuesta progresiva en alabanza jamás cesa, puesto que

“Cuando hayamos en el cielo diez mil años disfrutado,

Esplendentes como el sol en su brillar,

No nos restan menos días para loar al Dios amado

Que en el punto venturoso al comenzar”.

(John Newton)

   Cuando el Espíritu Santo inspiró a Pablo el prisionero para escribir esta hermosa doxología, el corazón del apóstol fue impulsado por el mismo Espíritu a expresar su profunda aprobación por medio del solemne “Amén”.

Resumen del Capítulo 3

   Pablo dirige ahora su atención a la alta meta de la iglesia. Esta meta tiene dos objetos: a. declarar la sabiduría de Dios (1–3) y b. aprender más y más acerca del amor de Cristo (14–21). Ninguno es posible sin el otro.

   Pablo llega a la idea de la sabiduría de Dios por medio de la contemplación del “misterio” que le había sido revelado a él como a ningún otro. La palabra misterio se usa para indicar una verdad que si no hubiese sido revelada divinamente habría permanecido secreta. En el caso presente y frecuentemente, al usar la palabra misterio, Pablo piensa en el hecho que, de acuerdo al eterno plan de Dios, en relación con la venida del Mesías y el derramamiento del Espíritu, la antigua teocracia judía sería totalmente abolida y en su lugar se levantaría un nuevo organismo en el cual gentiles y judíos ocuparían lugares de perfecta igualdad. Véase el resumen del capítulo 1, N° (7). Pablo dice, “A mí, el menos importante de todos los santos, me fue dada esta gracia: proclamar a los gentiles las buenas nuevas de las insondables riquezas de Cristo, y aclarar a todos cuál es la administración del misterio que por las edades ha estado oculto en Dios, quien creó todas las cosas” (3:8, 9). Al meditar el apóstol en el hecho de que este misterioso organismo, una iglesia congregada de dos grupos antes hostiles, vale decir, judíos y gentiles, se estaba realmente estableciendo, y que el instrumento que Dios estaba usando para lograrlo era nada menos que uno enteramente inverosímil, es decir la cruz, objeto de burla general y ridículo, vio en esto una manifestación de la sabiduría de Dios, vale decir, el maravilloso poder divino para reconciliar aparentes irreconciliables, a fin de llevar a cabo el plan de gracia preparado desde la eternidad. Por inspiración, insta a que esta divina sabiduría sea dada a conocer por medio de la iglesia a todos los ángeles electos en el cielo. Que la iglesia de judíos y gentiles, esforzándose para ser más y más unida, sea un espejo “en el cual los ángeles observen la sorprendente sabiduría de Dios desplegada en una forma antes desconocida para ellos” (Calvino).

   No sólo la sabiduría de Dios es desplegada en la formación de la iglesia del Nuevo Testamento, mas también lo es su amor en Cristo. El apóstol eleva una oración que conmueve por su profundidad de sentimiento, su carácter trinitario y su concentración en el amor de Cristo. Ora para que por medio del Espíritu de Cristo que mora en los creyentes, ellos, esforzándose como si fuesen un solo hombre, puedan penetrar cada vez más profundamente en los misterios del amor transformador de Cristo, a fin de comprender aquel amor en todas sus dimensiones, y entender que es tan rico y maravilloso que jamás podrá ser enteramente conocido.

   El verdadero idealismo que siempre se esfuerza “en ser lleno hasta toda la plenitud de Dios” es a la vez la cosa más práctica de la tierra. Cuanto más los creyentes, “arraigados y fundados en amor” (de otro modo no serían capacitados), hagan un estudio devocional de este amor de Cristo, tanto más serán llenos del ardiente deseo de hablar a todos acerca de él. Así los pecadores serán ganados para Cristo y el Dios Trino será glorificado. Con el pensamiento de la gloria de Dios en su corazón, y expresándolo abiertamente, Pablo cierra este capítulo.

2° Titulo:

La adopción (Romanos 8:14 al 16). Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 

   Comentario: Versíc. 14. Porque todos los que son dirigidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

   La relación entre el v. 13b. y el v. 14b. es clara: nótese la palabra “porque”. En otras palabras, los que están

haciendo morir las vergonzosas obras del cuerpo pueden hacerlo porque ellos, por ser hijos de Dios, son constantemente dirigidos por el Espíritu de Dios.

Siendo dirigidos por el Espíritu

1. Sus beneficiarios

Una ilustración puede ser útil. Que el hecho que se va a relatar realmente haya sucedido o no, no viene al caso.

Cada uno puede formar su propia opinión al respecto. Baste decir que quienes narraron la historia estaban convencidos de su historicidad.

   Esto sucedió en el año 1834 o poco tiempo después. La persecución religiosa estaba desatada en Holanda. Durante uno de esos días, al atardecer, el fiel pastor de la aldea X recibió información que cierto miembro de su congregación, una devota viuda, se encontraba seriamente enferma y apreciaría mucho una visita pastoral.

   El pastor decidió no esperar hasta la mañana siguiente sino salir inmediatamente de a pie. Es sendero desde la casa pastoral hasta la casa de la viuda era de unos tres kilómetros y pasaba por un territorio muy boscoso, donde hombres que desearan cometer un asesinato podían fácilmente ocultarse. Pero el pastor llegó sano y salvo a la casa de la viuda. Su visita fue muy apreciada y fortaleció grandemente a la enferma señora.

   En el viaje de regreso a la casa pastoral … nada sucedió. Aparentemente no hubo emboscada alguna.

   Pasaron algunos años. Y un día dos hombres, que por medio de los fieles esfuerzos de este mismo pastor habían recientemente pasado de las tinieblas a la luz, le dijeron lo siguiente:

“¿Recuerda usted que hace unos años—fue un viernes por la tarde—usted fue a visitar a la viuda que vive en

la casa que está del otro lado de este bosque?” Cuando el pastor contestó que sí, ellos prosiguieron: “¿Quiénes

eran esos dos hombres, que vestidos de brillante armadura que caminaban a cada lado de usted, cuidándolo?” El asombrado pastor contestó: “Yo estaba solo, amigos; estaba completamente solo; ni al ir ni al volver me acompañó nadie”. Los otros dos dijeron entonces: “Esto es muy extraño, porque los vimos muy bien. Nos asustaron, de modo huimos. Y ahora, habiendo sido traídos al conocimiento de Cristo por medio de su ministerio, ¡qué contentos estamos de que fuimos impedidos de llevar a cabo nuestro siniestro plan”.

   Quienes relataron esta historia estaban seguros que este ministro debe haber sido uno de aquellos pocos y muy especiales “santos” de Dios que, guiados por su Espíritu, fueron objetos de una protección divina excepcional.

   Sin embargo, esta opinión, que en ciertos círculos religiosos era bastante popular—si tal es el caso aún ahora es algo que ignoro—no es realmente lo que Pablo tenía en mente cuando escribió Ro. 8:14. La dirección espiritual de la que habla no es de ningún modo un don del Espíritu para unos pocos escogidos. Tiene que ver con todo cristiano. Todo hijo de Dios es dirigido por el Espíritu. Y todo aquel que es dirigido por el Espíritu es un hijo de Dios.

   Los dirigidos por el Espíritu son aquellos a quienes se los describe como los que están en Cristo Jesús (8:1),

los que andan conforme al Espíritu (v. 4), en quienes mora el Espíritu (vv. 9, 11), y que hacen morir las vergonzosas obras del cuerpo (v. 13).

   2. Su naturaleza

   ¿Qué significa, entonces, la dirección del Espíritu Santo? Y notamos que pasamos así de la voz pasiva a la activa. Significa la santificación. Se trata de la influencia constante, efectiva y beneficiosa que el Espíritu Santo ejerce en los corazones y vidas de los hijos de Dios, capacitándolos cada vez más para aplastar el poder del pecado que mora en ellos y para andar libre y alegremente por el camino de los mandamientos de Dios.

   La influencia que el Espíritu Santo ejerce es:

   a. No esporádica sino constante.

   No es introducida en la vida de los hijos de Dios cada tanto, en momentos de gran necesidad o peligro. Por el contrario, es uniforme y constante, como lo indica aun el tiempo del verbo que se usa aquí en 8:14. Los creyentes son dirigidos por el Espíritu.

   b. No es (al menos en su intención primera) protectora sino correctiva.

   En todo el contexto nada se dice respecto a un cuidado de los hijos de Dios que evite que reciban daño personal, ni tampoco de mantenerlos fuera de peligro al viajar. Por otra parte, el contexto que antecede inmediatamente a este pasaje se refiere a hacer morir las vergonzosas obras del cuerpo, haciéndolo “por medio del Espíritu”

   c. No meramente guía, sino que también controla.

   Ser dirigido por el espíritu significa algo más que ser guiado, aunque, por cierto, el Espíritu es también nuestro Guía (Jn. 16:13). Cf. Mt. 15:14; Lc. 6:39; Hch. 8:31. Pero la dirección que el Espíritu proporciona es mucho más que una mera indicación respecto al rumbo a seguir. La idea que nos trae a la mente no es tanto la del guía indio que indicó el paso que permitió el cruce de la cordillera, sino la de la gente que trajo el ciego (de Jericó) a Jesús (Lc. 18:40). Simplemente indicarle el camino a él no le hubiera ayudado. Cuando el Espíritu Santo dirige a los creyentes, él se transforma en la influencia rectora de sus vidas, llevándoles al fin a la gloria.

   d. Por otra parte, él no sofoca o reprime, sino que ayuda y anima.

   Cuando el Espíritu Santo guía al hijo de Dios, la responsabilidad y actividad de este último no es cancelada o reprimida. El ciego de Jericó no fue llevado en andas a Jesús. El caminó por su cuenta. Es precisamente como lo definió Warfield: “Aunque no cabe duda que es el Espíritu Santo el que nos mantiene en la senda y nos lleva al fin a la meta, somos nosotros los que damos cada paso del camino; son nuestros miembros los que se fatigan por el esfuerzo; nuestros corazones los que desfallecen … nuestra fe la que revive nuestra flaqueante energía, nuestra esperanza la que instila nuevo valor en nuestros corazones, mientras nos esforzamos por subir la empinada pendiente”.

   3. Sus frutos

   Estos son tan numerosos que sería imposible mencionarlos a todos. En consecuencia, no intentaremos hacer una lista de todos ellos, ya que esto sería imposible.

   Es precisamente por esta razón que en Gá. 5:22, 23 Pablo, después de decir: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;” continúa y dice: “contra tales cosas no hay ley”. Lo que él quiere decir es: “La lista que he dado es incompleta; por eso digo ‘contra tales cosas’, queriendo decir: contra estos frutos y otros”. Otra descripción que resume estos frutos es sin duda la siguiente: “el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gá. 6:8), porque, ¿quién ha podido dar alguna vez una definición de la vida eterna de la que nada faltase? Un huerto puede contener una amplia variedad de frutales: naranjos, damascos, manzanos, perales, etc. Con todo, cada árbol lleva solamente una clase de fruta. Pero el árbol de la gracia, regado por el Espíritu de vida, lleva todo tipo de fruto espiritual, y aparte de ese Espíritu nunca se ha producido ningún fruto espiritual.

   El fruto en que la epístola de Pablo a los romanos ahora centra nuestra atención es el de la certeza de la salvación, más precisamente, el de la certeza de nuestra adopción como hijos de Dios.

   Versíc. 15, 16. Porque no habéis recibido un espíritu de esclavitud para llenaros otra vez de temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, que nos mueve a exclamar: “¡Abba!”, es decir, “¡Padre!” Este Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Bendita certeza

   Uno podría resumir el significado de este pasaje como sigue: Vosotros, los que sois dirigidos por el Espíritu, no sois esclavos sino hijos. Habiendo sido adoptado como hijos, vosotros, por supuesto, ya no estáis llenos del espíritu de esclavo, el temor. Ya no estáis oprimidos por el miedo como lo estabais cuando todavía vivíais en el

paganismo o en el judaísmo, con su énfasis en todas las reglas que hay que observar para salvarse. Muy al contrario, vosotros habéis recibido el Espíritu Santo, que transforma esclavos en hijos. A ese Espíritu ni siquiera se la ocurriría llenaros otra vez de temor. Ese Espíritu nos llena del sentido de libertad y confianza de modo tal que, al acercarnos a Dios, proferimos esa exclamación de feliz reconocimiento, de dulce respuesta, de abrumadora gratitud y confianza filial: “¡Abba!” (Padre). En realidad, lo que sucede es que ese Espíritu confirma aquello de lo cual nuestras propias almas regeneradas ya testifican, a saber, que nosotros los creyentes somos hijos de Dios, puesto que hemos sido adoptados por él.

   Entre los diversos asuntos respecto a los cuales hay opiniones divergentes se encuentran estos tres:

1. Al mencionar la adopción, ¿qué prácticas de adopción tenía en el trasfondo de su mente el apóstol: (a) las

romanas, o (b) las judías?

   Quienes favorecen la primera alternativa indican que la “adopción” como institución legal ni siquiera existía entre los hebreos y que en todo el Antiguo Testamento la palabra nunca aparece. En el mundo romano, por otra parte, esta costumbre era bastante común. Fue así que en su testamento Julio César nombró a Octavio (llamado más tarde Emperador Augusto) como “hijo y heredero”. Véase sobre Lc. 2:1. En las inscripciones, las palabras “hijo adoptivo” ocurren con gran frecuencia.

   No obstante, conviene tener en mente que (a) el propósito de esta práctica de adopción no era por lo general filantrópico sino egocéntrico: la perpetuación de la tenencia de propiedad y del privilegio político y/o social en la línea de los propios descendientes; y (b) sus beneficiarios eran varones—la adopción legal no se extendía a las mujeres.

   ¡Cuán completamente diferente es el carácter de la adopción según lo registra el Antiguo Testamento! Es que hay testimonios de adopción esencial, aunque no formal o técnica, en ese sagrado documento. ¿Acaso no “adoptó” la hija de Faraón a Moisés (Ex. 2:10), aunque él era solamente (en “términos humanos”) un niño indefenso? ¿Y no crio Mardoqueo a su prima, una joven llamada Ester (Est. 2:7)? Hay también un pasaje del Nuevo Testamento que de modo resumido reproduce la enseñanza del Antiguo Testamento respecto a la adopción—es decir, la adopción divina—y es sin duda el que hallamos en 2 Co. 6:17, 18:

Salid de en medio de ellos

Y apartaos, dice el Señor,

Y no toquéis lo inmundo;

Y yo os recibiré,

Y seré para vosotros por Padre,

Y vosotros me seréis hijos e hijas.

   Nótese con qué belleza refleja este pasaje neotestamentario el sentido de los siguientes pasajes: 2 S. 7:8, 14;

Sal. 27:10; Is. 43:6; y Os. 1:10. Nótese especialmente que tanto Is. 43:6 como 2 Co. 6:17, 18 mencionan a ambos, “hijos e hijas” como objetos del amor adoptivo de ese Dios.

   Es claro, por consiguiente, que cuando en Ro. 8:15 y en Gá. 4:5 Pablo utiliza el término “adopción”, la palabra y la posición legal son tomadas de la práctica romana, pero la esencia viene de la revelación divina en el AntiguoTestamento.

   2. ¿Debe ser interpretada la exclamación “¡Abba!” como expresión del creyente individual al dirigirse a su Dios o como la exclamación colectiva (quizá congregacional o litúrgica) de la iglesia reunida para la adoración?

   Una forma de la palabra Abba, que quiere decir “padre”, era usada originalmente por los niños más pequeños. Más tarde su uso se hizo mucho más generalizado. Se trata precisamente de la misma palabra proferida también por Jesús cuando, en profunda agonía, él descargó su alma ante su Padre celestial en el huerto de Getsemaní (Mr. 14:36). En esta palabra la ternura filial, la confianza y el amor encuentran su expresión combinada.

   Esta era, por supuesto, una palabra muy personal, es decir, una palabra por medio de la cual se expresa la íntima relación espiritual entre el creyente y su Dios. Como tal, ella nos recuerda una frase de un conocido himno:

Y el encanto que hallo en El allí

Con nadie tener podré.

De A solas al muerto de Austin Miles

Trad. Vicente Mendoza

   Hay quienes han criticado este himno y en particular esta frase del mismo. Pienso, sin embargo, que esta crítica es injusta. ¿No es cierto que entre cada creyente y su Dios existe una relación muy personal; o, por decirlo de manera diferente, que Dios, además de amar y cuidar a sus redimidos de un modo colectivo, también entra en una comunión personal única con cada uno de ellos, de tal modo que, movida por el Espíritu Santo (Gá 4:6)? la persona, al derramar su corazón ante Dios, exclama: “Padre”?

   Por supuesto, el uso muy personal de esta palabra en la oración individual, inclusive en el caso del Padre

Nuestro, de ninguna manera excluye la posibilidad de que se la utilice también colectivamente en la congregación reunida para la adoración, tal como nosotros usamos hoy en día el Padrenuestro tanto colectiva como individualmente.

   Por ser un hebreo de hebreos (Fil. 3:5), Pablo debe haber sentido cariño por el idioma hablado por los judíos al regresar de las tierras de su cautiverio, a saber, el arameo, emparentado con el hebreo (cf. Hch. 21:40). A decir verdad, el arameo era un idioma muy importante en aquel entonces, hablado no solamente por los judíos sino por otra gente, aun por muchos que vivían lejos de las fronteras de Palestina. También Jesús habló el arameo y es probable que, en su frecuente enseñanza respecto al Padre, él usase con frecuencia el término Abba. Sus discípulos, en consecuencia, atesoraron el uso de esta palabra. Así que entró en el lenguaje de la iglesia primitiva. Es lógico, entonces, que al escribir a una o más iglesias que en su mayor parte estaban formadas por gente que no era judía, la palabra Abba tuviese que ser traducida por la palabra griega πατήρ (Padre). Es fácil entender que Marcos, al dirigirse a un auditorio grecoparlante, escribiese “¡Abba!”, añadiendo rápidamente la palabra griega para “Padre”; y así lo hizo también Pablo, y probablemente por la misma razón.

   3. ¿Menciona Ro. 8:16 a un testigo o a dos testigos?

   Hay quienes dicen que Pablo en realidad menciona solamente a un testigo, y que por consiguiente la traducción correcta del v. 16 es: “El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. Así, o al menos de esta manera, traducen la Vulgata, Beck, Cranfield y la V. R. V. 1960. El razonamiento a la raíz de esta interpretación es que el verbo que se usa en el original, y que por lo general se traduce dar testimonio juntamente, o testificar a favor de (alguien), puede también significar asegurar y que nuestro espíritu en y por sí mismo no tiene derecho a dar testimonio de que somos hijos de Dios. Para ser justos para con aquellos que tienen esta posición, lo ideal sería que se leyese lo que Cranfield mismo dice en las pp. 402, 403 de su excelente comentario.

   No obstante, lo cierto es que en cada una de las otras ocasiones en que Pablo usa este verbo son dos los que dan testimonio: uno testifica juntamente con el otro. Así en Ro. 2:15 lo que está escrito en el corazón del hombre es un testigo; el otro es la voz de su conciencia. Del mismo modo, en Ro. 9:1 Pablo mismo testifica que la incredulidad de Israel es para él una pesada carga. Su conciencia lo confirma y al hacerlo demuestra ser el segundo testigo. No veo ninguna razón, entonces, para alterar la traducción de Ro. 8:16 que ha sido adoptada, con leves variantes, por la mayoría de los traductores, a saber: “Este Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.

   El modo en que el Espíritu hace esto es algo que Pablo no indica. Según algunos, el Espíritu testifica conjuntamente con nuestra conciencia regenerada ejerciendo una influencia directa sobre el corazón y la mente. Véase Gá. 4:6. Otros insisten en que él obra aplicando la Palabra al corazón y a la mente de los creyentes en forma personal y también a la iglesia como unidad. Véanse Jn. 8:47; 16:13. ¿No podrían ambas posiciones estar en lo cierto?

   En medio de estos debates y diferencias de opinión corremos peligro de olvidarnos de lo maravilloso que es

todo esto. Pensemos en ello:

   a. A costa de la muerte—¡y qué muerte! —de su propio Hijo, Dios decidió salvarnos a nosotros (¿Se han dado cuenta cómo en 8:15 Pablo cambia, como lo hace muchas veces, del vosotros al nosotros?)

   b. Como si esto no fuera suficiente, Dios aun nos adopta, para que seamos sus amados hijos e hijas (8:15).

   c. Su amor infinito y tierno va aún más allá de esto, ya que no sólo nos salva y nos hace sus hijos sino

que también desea que sepamos que estas grandes bendiciones nos han sido otorgadas. Por medio de dos testigos él nos imparte su “bienaventurada certeza” (8:16). ¡Él salva, adopta, asegura! “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios! ¡Y eso es lo que somos!” (1Jn. 3:1).

3er Titulo:

Produce frutos. (Gálatas 5:22-23). Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

   Comentario: Quizás podemos dividir estas nueve hermosas dadivas en tres grupos, incluyendo tres dones cada grupo. Si esto fuese correcto—¡de ninguna manera es seguro! —el primer grupo estaría refiriéndose a las cualidades espirituales más básicas: amor, gozo, paz. El siguiente grupo describiría aquellas virtudes que se manifiestan en las relaciones sociales. Damos por sentado que considera a los creyentes en sus diversos contactos unos con otros y con aquellos que no pertenecen a la comunidad cristiana: paciencia, bondad, benignidad. En el último, grupo, aunque aquí hay considerable espacio para diferir en pensamiento, el primer don podría referirse a la relación de los creyentes para con Dios y su voluntad revelada en la Biblia: fidelidad o lealtad. El segundo probablemente tiene que ver con su contacto con los hombres: mansedumbre. El último, a la relación que cada creyente tiene consigo mismo, esto es, con sus propios deseos y pasiones: dominio propio.

   Colocado a la cabeza del primer grupo está “el más grande de los tres más grandes”, es decir, el amor (1 Co. 13; Ef. 5:2; Col. 3:14). Para esta virtud, véase sobre 5:6 y 5:13 arriba. No sólo Pablo sino Juan también le asigna el primer lugar a esta gracia de la entrega de uno mismo (1 Jn. 3:14; 4:8, 9). Y en la misma forma Pedro (1 P. 4:8). En esto siguen claramente el ejemplo que les dio Cristo (Jn. 13:1, 34; 17:26). Aunque, tal como lo indican estos pasajes, difícilmente sea legítimo limitar estrictamente esta virtud tan básica al “amor por los hermanos”, no obstante, por el otro lado, en el presente contexto (que habla de contiendas, riña y celos, etc., véase también el v. 14) la referencia bien pueda ser especialmente a este afecto mutuo. Cuando el amor está presente, el gozo no puede estar muy lejos. ¿No nos dijo el escritor que el amor es el cumplimiento de la ley? ¿y no trae deleite el hacer lo que la ley de Dios dice? (Sal. 119:16, 24, 35, 47, 70, 174). Además, la verdad de esta afirmación llega a ser aún más clara si se tiene en mente que la capacidad para cumplir con esta ordenanza divina es un don de Dios, siendo un elemento de aquella maravillosa salvación que en su gran amor ha concedido libremente a sus hijos. Además, ya que todas las cosas obran para el bien de quienes aman a Dios (Ro. 8:28), es evidente que los creyentes pueden regocijarse aun en medio de las circunstancias más dolorosas, tal como Pablo mismo probó una y otra vez (Hch. 27:35; 2 Co. 6:10 “como entristecidos, más siempre gozosos”; 12:9; Fil. 1:12, 13; 4:11; 2 Ti. 4:6–8). Además, su gozo no es el del mundo, que es una alegría superficial y que falla en satisfacer las necesidades más profundas del alma, sino que es un “gozo inefable y glorioso” (1 P. 1:8), y un adelanto del gozo radiante que está reservado para los seguidores de Cristo. También la paz es un resultado natural del ejercicio del amor, porque “mucha paz tiene los que aman tu ley” (Sal. 119:165; cf. 29:11; 37:11; 85:8). Esta paz es la serenidad de corazón que es la porción de todos aquellos que, habiendo sido justificados por la fe (Ro. 5:1), anhelan ser instrumentos en las manos de Dios para hacer que otros también puedan compartir esta tranquilidad. Por tanto, el poseedor de la paz llega a ser un hacedor de paces (Mt. 5:9). Además, aquel que está verdaderamente consciente de esta enorme dádiva de la paz que ha recibido de Dios como resultado de la amarga muerte de Cristo en la cruz, hará todo esfuerzo para “preservar— dentro de la comunidad cristiana—la unidad impartida por el Espíritu por medio del vínculo que consiste en la paz” (Ef. 4:3).

   La referencia a la paz es como el eslabón entre el primer y segundo grupo, porque esta virtud a menudo se contrasta con las contiendas entre los hombres, y porque este segundo grupo describe aquellas virtudes que los creyentes manifiestan en sus contactos los unos con los otros y con los demás. La primera dádiva del Espíritu que se menciona en este segundo grupo es la paciencia. Ella caracteriza a la persona que, en relación con quienes le vejan, molestan o se le oponen, ejerce la paciencia. El tal rehúsa someterse a la pasión o a las explosiones de ira. La paciencia o la longanimidad no sólo es un atributo humano, sino también divino, ya que se atribuye tanto a Dios (Ro. 2:4; 9:22) y a Cristo (1 Ti. 1:16) como al hombre (2 Co. 6:6; Ef. 4:2; Col. 3:12; 2 Ti. 4:2). Como atributo humano, es inspirado por la confianza en que Dios cumplirá sus promesas (2 Ti. 4:2, 8; Heb. 6:12). Los gálatas necesitaban mucho que se hiciese énfasis en esta virtud, ya que ellos, como hemos visto, probablemente se estaban dividiendo por las contiendas y un espíritu partidista. Por otra parte, la paciencia es una gran arma en contra de la hostilidad del mundo en su actitud hacia la iglesia. De la mano con esta virtud va la benignidad. La benignidad es suavidad y dulzura. Los primeros cristianos se recomendaban a otros por medio de ella (2 Co. 6:6). Esta dádiva, tal como se ejerce por los creyentes, no es más que un pálido reflejo de la benignidad primordial manifestada por Dios (Ro. 2:4; cf. 11:22). Además, se nos amonesta a ser como él en este respecto (Mt. 5:43–48; Lc. 6:27–38). Los evangelios contienen numerosas ilustraciones de la benignidad que Cristo mostró hacia los pecadores. Para mencionar sólo algunas, véase Mr. 10:13–16; Lc. 7:11–17, 36–50; 8:40–56; 13:10–17; 18:15–17; 23:34; Jn. 8:1–11; 19:25–27. La virtud que completa este grupo es la bondad, que es la excelencia moral y espiritual de toda descripción creada por el Espíritu. En el presente contexto, ya que es mencionada después de la benignidad, se refiera especialmente a la generosidad de corazón y hechos.

   Finalmente, el apóstol menciona las tres gracias que concluyen la lista entera. Primero está la fidelidad. La palabra usada en el original a menudo se traduce correctamente por la palabra fe. Sin embargo, dado que aquí aparece después de “bondad” y “benignidad”, parece ser más correcto “fidelidad”. Su significado es lealtad, fidelidad. Dado que en esta misma carta Pablo se queja de la falta de lealtad hacia él que se hizo evidente en la conducta de muchos de los gálatas (4:16), vemos que era muy apropiado mencionar esta virtud. Con todo, en último análisis no era tanto que faltaba lealtad a él como al evangelio—y entonces, a Dios y a su Palabra—y había estado faltando en una proporción considerable, como es evidente por 1:6–9; 3:1; 5:7. En consecuencia, lo que con toda probabilidad Pablo está recomendando aquí como una dádiva del Espíritu es la fidelidad a Dios y a su voluntad. Con todo, esto no excluye, sino que incluye la fidelidad al semejante. Parecería propio interpretar aquí el próximo punto (esto es, mansedumbre) como la gentileza los unos para con los otros y hacia los demás, especialmente si tenemos en consideración el contexto precedente, el cual habla de las disensiones en sus varias manifestaciones (véase los vv. 20, 21). Cf. 1 Co. 4:21. Esta virtud también nos recuerda a Cristo (Mt. 11:29; 2 Co. 10:1). La mansedumbre es lo opuesto a la vehemencia, la violencia y a las explosiones de ira. La última virtud mencionada por Pablo, la que él está recomendando, es el dominio propio, lo que es una relación de uno consigo mismo. La persona que tiene la bendición de tener esta cualidad posee “el poder de contenerse a sí mismo”, lo que es el significado de la palabra usada en el original. El hecho de que se haya mencionado entre los vicios enumerados (v. 19) la inmoralidad, la impureza y la indecencia, muestra que era necesario mencionar el dominio propio como la virtud opuesta. Por supuesto que aquí se hace referencia a muchas más cosas que sólo al sexo. Quienes verdaderamente ejercen esta virtud fuerzan a todo pensamiento a someterse en obediencia a Cristo (2 Co.10:5).

   Continúa: contra tales cosas no hay ley. Dado que Pablo acaba de completar una lista de virtudes, que son cosas, no gente, es natural interpretar sus palabras como significando: “contra tales cosas—tales virtudes—no hay ley”. La gramática no prohíbe esta construcción. También es evidente que, al igual que los vicios enumerados, esta lista de virtudes es sólo representativa. De ningún modo podemos decir que están incluidas todas las virtudes cristianas. Por tanto, Pablo dice, contra tales …” Cuando dice que contra estas cosas no hay

ley, está animando a cada creyente a manifestar estas cualidades, para que al hacerlo los vicios puedan ser aniquilados.

   El incentivo que necesitamos para exhibir estos excelentes rasgos de carácter fue provisto por Cristo, porque es a causa de la gratitud que sienten hacia él que los creyentes adornan su conducta con ellos. Cristo también dio el ejemplo en cuanto a todos ellos. Y las virtudes mismas junto con el poder para ejercerlas son impartidas por su Espíritu.

   Aunque Pablo ha llamado a las virtudes enumeradas “el fruto del Espíritu”, ahora desvía el énfasis del Espíritu a Cristo. Él puede hacerlo fácilmente debido a que cuando el Espíritu ocupa el corazón, también lo hace Cristo (Ef. 3:16, 17). Cristo y el Espíritu no pueden ser separados. Cristo mismo habita en la vida interior de los creyentes “en el Espíritu” (Ro. 8:9, 10). ¿No fue dado por Cristo el Espíritu (Jn. 15:26; 2 Co. 3:17)? La razón para este cambio de énfasis es que el apóstol va a recordar a los gálatas del hecho de que ellos han crucificado la carne.  

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado. Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.