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“Aspecto Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente (parte IV)”

“Aspecto Generales De La Obra Del Espíritu Santo En El Creyente (parte IV)”

Semana del 18 al 24 de febrero de 2019

   Lectura Bíblica: 1a de Corintios 2:1 al 5. Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

   Comentario: Poder y fe 2:1–5: En esta ocasión, la división de capítulos que vemos en las versiones no es acertada, porque Pablo todavía no ha terminado su discurso sobre la insensatez de la cruz. En esta última parte de su disertación, les recuerda a sus lectores la primera visita que les hizo, cuando les predicó el evangelio. No fue con un discurso persuasivo, sino con el poder del Espíritu Santo. No les llevó nada que no fuese el mensaje del Cristo crucificado, para que su fe estuviese cimentada en el poder de Dios.

   Versíc. 1. Y yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui proclamándoos el testimonio acerca de Dios con elocuencia incomparable o sobresaliente sabiduría.

   Se presume que el verano del año 50 d.C., después de visitar Atenas durante su segundo viaje misionero, Pablo continuó viaje hasta Corinto (Hch. 18:1). Su costumbre era visitar las capitales, para que desde ellas el evangelio se propagase a las zonas rurales de los alrededores. Corinto, capital de Acaya en Grecia central y sur, tenía dos puertos, uno ubicado al sudeste (Cencrea) y otro al norte (Licaonia). Desde estos puertos, los marinos podían llevar las buenas nuevas a otros países y ciudades por todo el Mediterráneo. Corinto estaba ubicado en un lugar que era estratégico para la divulgación del evangelio.

• «Hermanos, cuando fui a vosotros». Pablo había tenido su encuentro con los filósofos de Atenas, donde su mensaje recibió una respuesta desfavorable (Hch. 17:16–34). Esto hizo que llegara muy desanimado a Corinto. Inmediatamente después de su arribo, encontró alojamiento en la casa de Aquila y Priscila, judeocristianos que se dedicaban a la confección de carpas y que ayudaron a Pablo (Hch. 18:2, 3). Como Pablo dice que la familia de Estéfanas fueron los primeros conversos de la provincia de Acaya (16:15), su ponemos que Aquila y Priscila ya eran cristianos. Pablo y sus anfitriones fueron el núcleo de la iglesia cristiana de Corinto. Pablo predicó a los judíos y griegos de la sinagoga local, donde logró persuadir a Ticio Justo, a Crispo, a Gayo y a Estéfanas para que, con sus familias, creyesen en Cristo Jesús. La iglesia en Corinto siguió prosperando y creciendo en número. Cuando Pablo dejó Corinto unos dieciocho meses más tarde, Timoteo y Silas continuaron en la obra de predicar el evangelio. Pablo vuelve a llamar «hermanos» a los corintios. Usa este apelativo general de afecto para llamar la atención de todos los miembros (hombres y mujeres) de esa congregación. Esto nos permite ver que tenía un corazón de pastor, cuando abordaba problemas delicados en la iglesia de Corinto.

• «No fui proclamándoos el testimonio acerca de Dios». Algunos manuscritos griegos registran la palabra testimonio, otros la palabra misterio. El texto griego muestra que las palabras se escribían en forma similar, lo cual puede explicar cómo surgió la diferencia. La evidencia manuscrita que apoya la lectura misterio es antigua pero escasa, mientras que la que apoya testimonio es extensa. Numerosos editores, traductores y maestros del Nuevo Testamento Griego optan por esta última.1 Adoptan esta decisión en base a la evidencia interna, esto es, en base al sentido del contexto en el cual ocurre la palabra (cf. 1:6). Pablo les predicó el evangelio a los corintios. Este evangelio es el testimonio que Dios ha revelado a través de Jesucristo.

   Algunos estudiosos creen que el versículo 7, donde ocurre la palabra misterio, es una explicación del versículo 1. A otros les parece que el versículo 7 influyó en los escribas, lo que los llevó a introducir la palabra en el versículo 1. Lo cierto es que, cuando Pablo fue a Corinto, no presentó un misterio, sino el evangelio de Cristo, que aquí se sintetiza en la expresión testimonio.

   Algunas traducciones españolas leen el testimonio de Dios (NC, VM), pero en inglés otras leen «el testimonio acerca de Dios» (NIV, Cassirer). La diferencia tiene que ver con la forma en que se interpreta el caso genitivo. Si se trata de un genitivo subjetivo, entonces el texto quiere decir que Dios es el autor de este testimonio; si el genitivo es objetivo, entonces la idea es que Pablo predica un testimonio acerca de Dios. Como 1:6 tiene una construcción similar, nos parece que aquí el genitivo es tanto subjetivo como objetivo: Dios es el que origina el testimonio que Pablo proclama y Pablo enseña a los corintios acerca de Dios.

c. «Con elocuencia incomparable o sobresaliente sabiduría». Pablo declara abiertamente que no fue a Corinto con un mensaje entregado con elocuencia y sabiduría sublimes. Sus debates con los epicúreos eruditos y los filósofos estoicos en Atenas no consiguieron ninguna cosa, así que en Corinto predicó el evangelio sin adoptar la pose de un orador o filósofo. Más bien les llevó el mensaje de la salvación en términos sencillos que todos pudieran entender. Esta forma de predicar era poco usual en un contexto helénico, donde se admiraba a los oradores expertos.

   Los sustantivos elocuencia y sabiduría apuntan a las habilidades verbales y a la agudeza mental del orador. Las dos expresiones se refieren a las palabras que salen de la boca de un orador y a los pensamientos que ensamblan palabras para formar oraciones. Claro que con frecuencia Pablo demuestra en su epístola que posee elocuencia y sabiduría. Por esto, en este contexto Pablo no quiere decir que carece de habilidades, sino que apunta a los excesos de filósofos y oradores griegos. El apóstol se niega a usar esos métodos; más bien prefiere predicar con claridad el mensaje de la cruz de Cristo.

   La primera palabra que aparece en el griego es una forma que combina las palabras y yo. Se puede concluir, entonces, que Pablo empieza este versículo con el pronombre yo, afin de acercarse a su audiencia. En el griego, el versículo 1 termina con la palabra Dios,para indicar de esta manera que su intención no es exaltarse a sí mismo, sino encaminar asu audiencia hacia Dios y hacia Jesucristo.

   Versíc. 2. Más bien decidí no saber nada entre vosotros, que no sea a Jesucristo y a este crucificado.

• «Más bien decidí no saber nada». Una lectura superficial del texto podría hacernos creer que Pablo está en contra de lo intelectual. Pero esto es imposible, ya que en Jerusalén había recibido un largo e intensivo entrenamiento académico. Además, Pablo conocía la búsqueda griega del conocimiento y la sabiduría (Hch. 17:17). Con todo, su interés no era enseñarles a los corintios las metodologías que los pensadores atenienses habían adoptado y que los filósofos humanistas habían abrazado. Pablo dice que fue a predicar las buenas nuevas del Cristo crucificado (1:23; Gá. 6:14). Jesucristo lo había elegido para que llevase su nombre delante de judíos y gentiles (Hch. 9:15; 26:16). El Señor no lo había enviado a realizar ninguna otra tarea. Cuando Pablo llegó a Corinto, siguió cumpliendo la responsabilidad que Jesús le había encomendado, a saber, predicar el evangelio de la cruz de Cristo. Era un embajador en el sentido más pleno de la palabra, y como tal no reconocía ninguna otra tarea que no fuese la de proclamar el mensaje de su Señor y Salvador Jesucristo, el Señor crucificado.

• «Entre vosotros». Estas palabras se refieren al año y medio que Pablo se quedó con los corintios, enseñándoles la Palabra de Dios (Hch. 18:11). En un sentido más amplio, la expresión entre vosotros revela la forma de vida de Pablo al predicar el evangelio de lugar en lugar, de sinagoga en sinagoga, de iglesia en iglesia.

c. «Que no sea a Jesucristo y a este crucificado». Ésta es una forma más elaborada de la frase anterior «Cristo crucificado» (1:23). El mensaje de la crucifixión de Cristo parece ser directo y sencillo, y Pablo llamó a judíos y a gentiles a que creyesen en el Cristo crucificado, pero ellos rechazaron el mensaje como algo ofensivo y estúpido. Esto fuerza a Pablo a ir más allá de los detalles históricos de la crucifixión, para enseñar a su auditorio las implicaciones teológicas de este hecho redentor en la historia humana. No sólo enseñó por qué Cristo tenía que morir en la cruz, sino acerca de los beneficios eternos que cada creyente recibe: perdón de pecados, vida eterna y la resurrección del cuerpo.

Consideraciones prácticas en 2:2

   Se espera que cuando se ordena a los ministros del evangelio, éstos dediquen tiempo completo a proclamar y enseñar el evangelio de Cristo. La ordenación significa que Dios los aparta para predicar «sea o no sea oportuno», como dice Pablo en 2 Timoteo 4:2. Los apóstoles dieron el ejemplo, cuando escogieron a siete varones llenos del Espíritu y de sabiduría para que ministrasen a las necesidades materiales de las viudas en Jerusalén (Hch. 6:1–6). De esta forma, los apóstoles pudieron dedicarse a la proclamación de la Palabra y a la oración. Sin embargo, Pablo dedicaba algún tiempo para confeccionar carpas, con lo cual suplía sus necesidades cotidianas. Pero cada vez que tenía lo suficiente para vivir, dedicaba todo su tiempo al ministerio de la Palabra.

   Cuando Cristo llama a alguien a que proclame el evangelio, el tal debe dedicarse completamente a ese ministerio, debe rechazar toda oferta que implique tener que involucrarse en otras áreas de la vida. Ante todo, y sobre todo debe ser un ministro de la Palabra de Dios. En otro tiempo, el predicador colocaría estas iniciales junto a su nombre: V.D.M. (Verbi Domini Minister, esto es, ministro de la Palabra de Dios). Es bueno que todo predicador se repita y aplique a sí mismo la máxima de Pablo: «yo … decidí no saber nada entre vosotros, que no sea a Jesucristo y a este crucificado».

   Versíc. 3. Fui a vosotros en debilidad y en temor y con mucho temblor.

   ¡Qué confesión de los labios de uno de los apóstoles de Cristo! ¡Qué honestidad! ¡Qué humildad! Una vez más (véase el v. 1), Pablo se pone como ejemplo. Desnuda su alma y revela sus pensamientos. No tiene otra cosa que ofrecer que el mensaje de la muerte de Cristo en la cruz. Los judíos primero lo recibieron bien, pero pronto la recepción se tornó en hostilidad. Tuvo que dejar la sinagoga local, para continuar su ministerio en la casa de Ticio Justo. Cuando el desánimo se apoderó de Pablo, Jesús se le apareció en una visión y le dijo que no temiese, que debía seguir predicando, que no debía callar. Jesús le reveló que tenía mucho pueblo en la ciudad de Corinto (Hch. 18:7–11). «Fui a vosotros en debilidad y en temor» (cf. 4:10). De sus otras epístolas, aprendemos que Pablo tuvo que soportar dolencias físicas; con frecuencia sufrió castigos y aflicción (2 Co. 11:23–28; 12:7) y se sabe que durante su visita a los gálatas estuvo enfermo (Gá. 4:13, 14). Suponemos que Pablo no tenía atractivo físico, quizá era de corta estatura (2 Co. 10:10) y con una enfermedad ocular (véase Gá. 4:15; 6:11). A pesar de todo, demostró ser un aguerrido divulgador del evangelio, cuando predicó en las sinagogas y los lugares públicos de Damasco, Jerusalén, Antioquía, Chipre, Asia Menor, Macedonia y Acaya.

   Cuando Pablo escribe que su estadía en Corinto fue «en temor y con mucho temblor», se refiere a los dieciocho meses que se quedó en Corinto. Tenía la ardua tarea de fundar una iglesia en el Corinto cosmopolita. La gente influyente de Corinto consideraba a Pablo una persona sin fuerza, medios ni privilegios. Por causa de su trabajo con carpas, no le tenían respeto, estimándolo poco menos que como a un esclavo. Los judíos maquinaron continuamente contra él hasta que lograron llevarlo a juicio ante el procónsul Galión (Hch. 18:12). Los términos temor y temblor aparecen a menudo en las epístolas de Pablo como expresión de ansiedad.4 El miedo es una fuerza que Satanás usa para debilitar y detener a los siervos de Cristo y para distorsionar su percepción de la realidad. Pablo no entrega detalles, pero confiesa que durante su estadía en Corinto experimentó temor y temblor. Aquí los términos apuntan a las numerosas amenazas sociales y políticas que tuvo que enfrentar.

   Además, también pensamos que Pablo debió tener un temor y temblor innato, porque estaba consciente de sus limitaciones ante la tremenda labor de predicar el evangelio y de fundar una iglesia en Corinto. Sabía que negándose a sí mismo, debía confiar que Dios le daría la fuerza necesaria para llevar a cabo esa tarea.5 Esto queda claro cuando se analiza lo que dice el siguiente versículo.

   Versíc. 4. No entregué mi discurso y mi predicación en palabras persuasivas de sabiduría, sino que en demostración del Espíritu y de poder.

Declaración negativa. Jesús entrega al predicador la exigente tarea y obligación de predicar el evangelio, y ningún predicador debería confiar en que su propia inteligencia y habilidad le dará la victoria. Si lo hace, será como el confiado evangelista que durante un servicio de adoración predicó sin el poder del Espíritu Santo. Lo que consiguió en el púlpito fue un fracaso que lo humilló delante de la congregación. Después del culto, un anciano gobernante le dio un juicioso consejo: «Si hubieras entrado en el púlpito en la forma que lo dejaste, habrías salido del púlpito en la forma que entraste». Cuando el pastor conduce a la congregación en la adoración, debe dejarse guiar por la humildad.

   Pablo afirma que ni su discurso ni su predicación fueron en palabras persuasivas de sabiduría. Repite lo que ya dijo en el versículo anterior (v. 1), sólo que ahora las palabras discurso y predicación adquieren un tono personal por medio del pronombre . Usa estas palabras para referirse al mensaje del evangelio (1:18) y a la predicación. Con todo, Pablo se abstiene de mencionar a los oradores que hablan persuasivamente y que predican en palabras de sabiduría.

   ¿Qué trata Pablo de comunicar? Porque cuando habló delante del rey Agripa (Hch. 26:27, 28) fue capaz de presentar el evangelio en una forma muy persuasiva y con palabras cuidadosamente escogidas. Sin embargo, en este contexto se niega a expresar su mensaje en persuasivas palabras de sabiduría, con lo cual sugiere que su sabiduría no tiene un origen humano, sino que viene de Dios.

Texto. «No … en palabras persuasivas de sabiduría». En esta parte del versículo 4, el texto griego contiene algunas variantes que están ausentes en la mayoría de las traducciones, con excepción de: «palabras persuasivas de humana sabiduría» (RV60, la cursiva es mía, cf. LT, CI). Parece que el adjetivo que hemos presentado en cursiva es una glosa añadida por escribas que querían explicar el concepto de sabiduría. Se trata, entonces, de una lectura secundaria.

   Donde el asunto se les complica a los traductores es con el adjetivo persuasivas, ya que no vuelve a ocurrir en todo el resto de la literatura griega. Parece que fue Pablo el que acuñó esta palabra. Uno de los manuscritos más antiguos, P46, le da su apoyo, y la mayoría de los traductores aceptan el adjetivo.7 Otros eruditos creen que el adjetivo debería traducirse por el sustantivo singular persuasión. Esto va de la mano con sugerir una variante más corta del texto griego, la cual omite el término palabras, lo que resulta en la lectura no … con persuasión de sabiduría.8 Aunque se han dado fuertes argumentos en favor de esta última traducción,la lectura persuasión carece de adecuado apoyo manuscrito. Me parece que la traducción «No … en palabras persuasivas de sabiduría» todavía es la mejor alternativa. No importa qué camino tome el traductor, todavía quedarán algunas dificultades.

Declaración positiva. Ahora viene la afirmación positiva de «sino que en demostración del Espíritu y de poder». Pablo escoge tres palabras claves para exhibir el poder espiritual que está a disposición de los predicadores de la Palabra de Dios. La primera palabra es «demostración», término que las cortes de justicia usaban para referirse a los testimonios. La palabra comunica la idea de que nadie es capaz de refutar las pruebas presentadas.

   La segunda palabra es «Espíritu», la que ahora aparece por primera vez en esta epístola. Los corintios deberían saber que su nacimiento espiritual es la obra del Espíritu Santo (v. 13), que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo (6:19) y que sus dones espirituales son la obra del Espíritu (12:11). Tienen la evidencia en ellos mismos.

   La última palabra es «poder». El Nuevo Testamento asocia fuertemente esta palabra con la persona del Espíritu Santo. Por ejemplo, Jesús dijo a los apóstoles que recibirían poder cuando el Espíritu Santo descendiese sobre ellos en Pentecostés (Hch. 1:8; véase también Lc. 24:49). En una de sus epístolas, Pablo escribe: «Nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts. 1:5). Aunque la expresión poder muchas veces apunta a milagros, aquí su sentido es mucho más amplio. La palabra denota «la mano de Dios que se extiende para actuar con poder y de maneras diversas a través del apóstol».

   Pablo exhorta a los corintios a que abran sus ojos espirituales y que por sí mismos vean que Dios está obrando en su medio a través de su poder y Espíritu. Ellos gozaban de pruebas visibles e irrefutables mediante el poder del evangelio y la presencia del Espíritu Santo.

   Versíc. 5. Para que vuestra fe no esté fundamentada sobre la sabiduría de los hombres, sino sobre el poder de Dios.

   En este último versículo de la presente sección, Pablo expresa cuál es su objetivo al rechazar las palabras persuasivas y la sabiduría sobresaliente. Cuando predicó el evangelio a los corintios, su predicación produjo en ellos fe personal en Dios. Pablo les informa que esta fe no se origina ni se fundamenta en la sabiduría humana. Si la fe tuviera un origen humano, fracasaría y desaparecería completamente. La fe descansa más bien sobre el poder de Dios, el cual protege al creyente y lo fortalece para que pueda perseverar (cf. 1 P. 1:5).

   Dios produce la fe en los corazones de los corintios mediante la predicación del evangelio Cristo. No sólo les ha concedido el don de la fe, sino que ha provocado su conversión. Dios manda a Pablo a que fortalezca esa fe, instruyéndoles en las verdades de la Palabra de Dios. En suma, los corintios deberían saber que la fe no descansa en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

   «La sabiduría de los hombres». Notemos que Pablo usa el plural hombre, para ilustrar que en Corinto hay mucha gente dedicada a entregar su propia agudeza y sabiduría. El discernimiento humano es temporal, defectuoso y sujeto a cambio; la sabiduría de Dios es eterna, perfecta e inmutable. Cuando un creyente pide en fe que Dios le dé sabiduría (Stg. 1:5), experimenta también la obra del poder de Dios y se regocija en la salvación que Dios le ha dado.

Consideraciones prácticas en 2:4

   La Reforma del siglo XVI produjo denominaciones que siempre han promovido que sus ministros tengan una buena educación. Muchas universidades surgieron del deseo que la iglesia tenía de enseñar bien a sus futuros predicadores. Después de que estas escuelas crecieron y se convirtieron en universidades, se mantuvo y todavía continúa la enseñanza teológica mediante escuelas o seminarios teológicos afiliados a estas universidades. El objetivo siempre ha sido equipar a los estudiantes que desean ser pastores, de tal manera que sean capaces de manejar correctamente la Palabra de Dios (véase 2 Ti. 2:15).

    Pablo mismo había pasado por un estudio completo de las Escrituras. En sus epístolas pastorales, exhorta a Timoteo a mantenerse firme en lo que aprendió de él y de otros. Desafía a Timoteo a que predique la Palabra «con mucha paciencia, sin dejar de enseñar», lo mismo que a hacer «los deberes de tu ministerio» (2 Ti. 4:2, 5). A los predicadores se les debe enseñar a producir sermones que sean una fiel exposición de lo que dice la Escritura. Además, los sermones deberían estar libres de ampulosidad y anécdotas que nada tienen que ver con el pasaje bíblico que se discute. Finalmente, los predicadores deberían ser capaces de comunicarse y relacionarse bien con la gente a la que tienen que ministrar la Palabra de Dios.

1er Titulo:

Da Poder Para Comunicar La Verdad Revelada (San Mateo 28:16 al 20. Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén).

   Comentario: 28:16–20 La gran declaración; La gran comisión; el gran consuelo.

   Cf. Mr. 16:14–18; Lc. 24:36–49; Jn. 20:19–23; Hch. 1:9–11

   Para su mayor comprensión hay que tomar el Versíc. 16. Así que los once discípulos se fueron a Galilea,

al monte donde Jesús les había ordenado ir. Nótese “once”. Judas había ido a “su propio lugar” (Hch. 1:25).

Estos once se fueron a Galilea, porque allí es donde Jesús había prometido reunírseles (26:32) y donde las mujeres, por la instrucción del ángel y de Jesús mismo (28:7, 10) les había indicado ir. En las citas anteriores no se hace mención de ningún monte. No sabemos si esto puede explicarse suponiendo que pasajes tales como los ya mencionados—26:32; 28:7, 10 y sus paralelos en Marcos—nos dan un relato abreviado de lo que fue dicho, o si el Salvador resucitado hubo indicado a este monte en alguna de sus otras apariciones.

   Lo que sí sabemos es que fue muy bondadoso de parte del Salvador resucitado encontrarse con sus discípulos en la proximidad de sus casas y donde vivían muchos amigos y creyentes. Este monte debe haber sido un lugar de escenario pintoresco y apacible tranquilidad—lejos del tumulto de las bulliciosas ciudades y aldeas. Sobre todo, un lugar de dulces recuerdos, tanto para Jesús mismo como para quienes le seguían, le traía a la memoria lo que había sucedido antes, tal vez en esta misma cima, tal vez en otras (Mt. 5:1; 14:23; 15:29; 17:1; Mr. 3:13; Jn. 6:3, 15). Fue en un monte que Jesús llamó a sus discípulos; sería también un monte el lugar desde donde se despediría de ellos.

   En las Escrituras se registran alrededor de una docena de apariciones del Cristo resucitado. Es muy posible que la presente aparición a los once coincida con o sea parte de la aparición a “los quinientos hermanos” (1 Co. 15:6), la mayoría de los cuales estaban todavía vivos cuando Pablo escribió 1 Corintios.

   El evento de la ascensión del Señor a los cielos no ocurrió en Galilea sino desde el monte de los Olivos, cerca de Jerusalén. Para aquel relato uno debe dirigirse a Lc. 24:50, 51; y a Hch. 1:4–11. Exceptuando el relato resumido que se encuentra en la discutida porción del Evangelio de Marcos (véase p.ej., Jn. 6:62; 14:2, 12; 16:5, 10, 16, 17, 28; 17:5; 20:17; Ef. 1:20–23; 4:8–10; Fil. 2:9; 1 Ti. 3:16; Heb. 1:3; 2:9; 4:14; 9:24; Ap. 12:5).

   Volviendo a Galilea y al relato de la última aparición de Jesús registrada en el Evangelio de Mateo y que puede haber ocurrido muy poco antes de la ascensión, leemos: 17. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Cuando repentinamente los discípulos vieron a Jesús se postraron delante de él en un acto de adoración. Sin embargo, algunos dudaban. Desde el mismo principio los discípulos habían tenido dificultad para creer que Jesús realmente había resucitado de los muertos (Lc. 24:10, 11). Cuando por fin lo creyeron diez, uno (Tomás) todavía no se convencía. También él llegó a convencerse (Jn. 20:24–28).

   ¿Debemos creer que escasamente antes de la ascensión quedaban unos pocos discípulos que aún no creían el hecho de la resurrección de Cristo? Probablemente que no. Sin duda, todos estaban ya profundamente convencidos de ese hecho. Sin embargo, otro problema era si este hombre, que repentinamente les aparece acá en Galilea, era el Cristo resucitado. ¿Era quizá algún otro?

   Se han ofrecido muchas soluciones respecto a este problema. ¿Podría ser que la más simple sea también la mejor, a saber, que al principio esta misteriosa persona se le aparece a bastante distancia? Luego él se les acerca y la duda desaparece, aunque esto no se dice en tantas palabras. Lo que leemos es: 18. Entonces Jesús se acercó y les habló, diciendo…Jesús avanza para que ellos puedan verle y escucharle mejor. Entonces viene la gran declaración, la gran comisión, y el gran consuelo.

La gran declaración

   Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Cf. Dn. 7:14; Mt. 16:28; 24:30; 26:64.

   Jesús aquí reclama para sí todo el poder y el derecho para ejercerlo. Cuando dice, “me ha sido dada”, naturalmente interpretamos esto como la alusión a un don que él recibió como Mediador resucitado. Uno podría añadir: “como una recompensa por la realización de su obra mediadora, la expiación efectuada”. Pero ¿no hizo él una declaración un tanto parecida mucho antes de su muerte y resurrección? Véase 11:27. No sólo esto, ¿acaso no ejerció también durante los días de su humillación poder sobre todas las enfermedades, incluyendo la lepra, sobre el hambre, demonios, vientos y olas, corazones humanos y aun la muerte? ¿Acaso no demostró esto en muchas ocasiones? Cierto, pero existe una importante diferencia. Antes de su triunfo sobre la muerte el uso de ese don estaba siempre restringido de algún modo. Por ejemplo, debió decir al leproso que no diera a conocer que había sido curado (8:4). Los hombres ciegos a quienes fueron abiertos los ojos reciben una orden parecida (9:30). Él se abstiene de pedir al Padre que envíe legiones de ángeles a rescatarle (26:53). Claro que él mismo no desea esta ayuda, pero la autorrestricción también es restricción. Sí, levanta de la muerte a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naín, y a Lázaro. En el momento de su muerte algunos santos resucitan. Pero, aunque todo esto fue ciertamente asombroso, no es lo mismo que ejercer realmente un poder ilimitado sobre cielo y tierra, haciéndolo proclamar por todas partes sin ninguna restricción, y luego al fin del siglo levantar a todos los muertos y juzgar a todos los hombres. Es la investidura del Cristo resucitado con esta soberanía sin restricciones y universal lo que Jesús ahora reclama para sí y que especialmente dentro de unos pocos días, después de su ascensión al cielo, comienza a ejercer. Ese es el galardón por su obra (Ef. 1:19–23; Fil. 2:9, 10; Ap. 5; etc.).

   ¿Por qué hace Jesús esta declaración? Respuesta: para que cuando ahora comisiona a sus discípulos para proclamar el evangelio a través del mundo, ellos sepan que cada momento, cada día, pueden contar con él. ¿Acaso no es ésta la clara enseñanza de pasajes tan preciosos como Jn. 16:33; Hch. 26:16–18; Fil. 4:13; y Ap.

1:9–20? No sólo esto, sino que todos estos discípulos y aquellos que más tarde les sigan deben exigir que cada uno, en todas las esferas de la vida, reconozca con regocijo a Jesús como “Señor de señores y Rey de reyes”

(Ap. 17:14). “La gran declaración” es por tanto una adecuada introducción a:

La gran comisión

   Versíc. 19, 20a. Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Podríamosdecir que este pasaje es de un significado tan fundamental que debe decirse algo acerca de cada palabra ocombinación de palabras.

“Id”

   Esto se pone en un contraste bastante fuerte con el “no vayáis” de 10:5. Cf. 15:24. Es evidente que el particularismo del período anterior a su resurrección ha dado ahora lugar definitivamente al universalismo. No es que Jesús haya cambiado de opinión. Es muy claro a partir de la historia de los magos no judíos (2:1–12) que vinieron a adorar al Rey recién nacido y de otros pasajes tales como 8:11, 12; 15:28; 21:43; 22:8–10, que la evangelización del mundo estuvo desde el principio mismo incluida en el propósito de Dios. Véase también Jn. 3:16; 10:16. Como se ha señalado, tampoco Mateo tenía en mente algo menos que esto. Pero como fue dicho en conexión con 10:5, “Estaba en el plan de Dios que el evangelismo se propagara entre las naciones desde Jerusalén”. Cf. Hch. 1:8. Por lo tanto, el orden divinamente instituido fue, “al judío, primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16). El momento de hacer preparativos en serio para la propagación del evangelio a través del mundo había llegado ahora.

   “Id” también implica que los discípulos—y esto vale para los hijos de Dios en general—no deben concentrar toda su atención en “venir” a la iglesia. Deben también “ir” para llevar las preciosas noticias a otros.

   Por supuesto, no pueden “ir” a menos que antes hayan “venido” y a menos que se mantengan tanto viniendo como yendo. Ellos no pueden dar a menos que estén dispuestos a recibir.

“Por tanto”

   Esto ya ha sido explicado en conexión con “la gran declaración”. En pocas palabras esto significa: Id, a. porque vuestro Señor así lo ha ordenado; b. porque él ha prometido impartir la fuerza necesaria; y c. porque él es digno del homenaje, y la fe y la obediencia de todo hombre.

“Haced discípulos”

   El original dice literalmente, “Por tanto, habiendo ido, haced discípulos …” En estos casos tanto el participio como el verbo que le sigue puede ser—en el caso presente debe ser— interpretado con fuerza de imperativo. “Haced discípulos” es en sí mismo un imperativo. Es un mandato enérgico, una orden. Pero, ¿qué se quiere decir precisamente con “haced discípulos”? No es exactamente lo mismo que “haced convertidos”, aunque por supuesto lo segundo queda implícito. Véase sobre 3:2; 4:17. El término “haced discípulos” pone algo más de énfasis en el hecho de que tanto la mente como el corazón y la voluntad deben ser ganadas para Dios. Un discípulo es un alumno, un aprendiz. Véase sobre 13:52. También véase sobre 11:29 para las palabras relacionadas.

   Por tanto, los apóstoles deben proclamar la verdad y la voluntad de Dios al mundo. Es necesario que los pecadores sepan acerca de su propia condición perdida, de Dios, de su plan de redención, de su amor, de su ley, etc. Sin embargo, esto no es suficiente. El verdadero discipulado implica mucho más. Un entendimiento puramente mental hasta ahora no ha hecho ningún discípulo. Es parte del cuadro, de hecho, una parte importante, pero sólo una parte. La verdad aprendida debe ser practicada. Debe ser apropiada por el corazón, la mente y la voluntad, para que uno permanezca o continúe en la verdad. Sólo entonces uno es verdaderamente “discípulo” de Cristo (Jn. 8:31).

   No debería otorgarse inmediatamente a cada persona que se presenta como candidato a miembro de una iglesia todos los derechos y privilegios que pertenecen a los miembros. Hay expositores que ponen todo el énfasis en que “la boda estaba llena de invitados” (Mt. 22:10). Ellos olvidan los vv. 11–24.

“De todas las naciones”

   Véase bajo el encabezamiento “Id”.

   “Bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

   El verbo principal es “haced discípulos”. Subordinado a éste será: a. bautizándoles, y b. enseñándoles. En este tipo de construcción gramatical sería completamente equivocado decir que, porque la palabra bautizándoles precede a la palabra enseñándoles, la gente debe ser bautizada antes de ser instruida. Es muy natural que bautizar sea mencionado primero, pues, aunque una persona es bautizada una vez (ordinariamente), continúa siendo instruida a través de toda su vida.

   Los conceptos “bautizar” y “enseñar” son simplemente dos actividades, coordinadas la una con la otra, pero ambas subordinadas a “hacer discípulos”. En otras palabras, por medio de ser bautizada e instruida una persona llega a ser un discípulo, en el entendido, por supuesto, de que este individuo está preparado para el bautismo y dispuesto a apropiarse de la enseñanza. El contexto deja muy claro que Jesús aquí está hablando de aquellos que son lo suficientemente maduros para ser considerados objetos de la predicación. Aquí él no está hablando de niños pequeños.

   A fin de estar preparado para el bautismo se requiere el arrepentimiento (Hch. 2:38, 41). Se requiere “recibir la palabra” (Hch. 2:41). Esto también muestra que el bautismo debe ser precedido por cierta cantidad

de enseñanza.

   El bautismo debe ser en el nombre—nótese el singular: un nombre; por lo tanto, un Dios— del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Un nombre, como se indicó anteriormente—véase sobre 6:9; 7:22; 10:22, 41, 42; 12:21—representa a aquel que lo lleva. Por lo tanto, “siendo bautizados en el nombre de”, significa “siendo llevados a una relación vital con” aquel Uno, considerado tal como él se ha revelado.

   ¿Debemos bautizar “en” o “al” nombre? El debate sobre esto se ha sostenido ya por muchos años. Ahora, puesto que aun en español—al menos en el trato familiar—“en” tiene frecuentemente el sentido de “dentro de”—“niños, entren en la casa”—una decisión sobre este punto no puede ser tan importante como algunos tratan de hacerlo aparecer. Sin embargo, considerando todo, creo que “en” con el sentido de “dentro de” puede justificarse. Ni “en” en el sentido de “dentro de” ni “en” en el sentido de “a” son necesariamente equivocados. Para ambos sentidos podrían presentarse buenos argumentos. Pero cuando decimos “te bautizo en el nombre de”, podría entenderse que se dice “te bautizo por mandato de” o “por la autoridad de”, lo que desde luego no es lo que se ha querido decir. 1 Co. 1:13 parece decir, “¿fuisteis bautizados en—con el sentido de “dentro de”—el nombre de Pablo?” Asimismo, al v.15, “… bautizados en—con el sentido de ‘a’—mi nombre”. Cf. 1Co. 10:2. Y asimismo aquí en Mt. 28:19, “en—con el sentido de ‘a’—el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” tiene buen sentido.

   No es que el rito del bautismo en sí lleve a una persona a una unión vital con el Padre, Hijo y Espíritu Santo.

   Mas, según las Escrituras lo siguiente es cierto: a. la circuncisión era un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe (véase Ro. 4:11 en su contexto); b. el bautismo tomó el lugar de la circuncisión (Col. 2:11, 12); c. por lo tanto, también el bautismo debe considerarse como un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe.

   De acuerdo con esto, cuando por medio de la predicación de la Palabra una persona ha sido llevada de las tinieblas a la luz y confiesa que el Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo es el único objeto de su fe, esperanza y amor, el sacramento del bautismo es el signo y el sello de que Dios el Padre le adopta como su hijo y heredero; que Dios el Hijo lava sus pecados por su preciosa sangre; y que Dios el Espíritu Santo mora en él y le santificará; en realidad impartiéndole aquello que objetivamente ya tiene en Cristo y por fin llevándole de la iglesia militante a la iglesia triunfante.

“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”

   Como ya se ha comentado, este enseñar precede y también sigue al bautismo. La iglesia primitiva insistía en que la persona a quien había sido proclamado el evangelio, antes de ser admitida como miembro debía dar muestra de arrepentimiento genuino y de poseer los conocimientos básicos del cristianismo. “La iglesia primitiva estaba tan interesada en la edificación como en el evangelismo, tanto en la santificación como en la conversión, tanto en el gobierno de la iglesia como en la predicación”.

   Que tal enseñanza no debe cesar cuando una persona ha sido bautizada se entiende de las palabras, “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Considérese:

•. Todos los maravillosos discursos de Cristo

•. Todas sus parábolas; tanto en a. como en b. se incluye gran cantidad de “mandatos” tanto implícitos como

explícitos. Entre ellos están:

•. “Dichos” preciosos, tales como: “Permaneced en mí … que os améis unos a otros … daréis testimonio también” (Jn. 15:4, 12, 27); “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44); “Niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Lc. 9:23).

•. Predicciones específicas y promesas o garantías: “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35); “En el mundo tendréis aflicción, más confiad, yo he vencido al mundo”. Repárese en las instrucciones implícitas para la conducta cristiana.

•. Añádase esto: las lecciones sobre la cruz, la hipocresía, la proclamación del evangelio; sobre la oración, la humildad, la confianza, el espíritu perdonador, la ley.

• ¿Y no está el relato de la permanencia de Cristo sobre la tierra—las narraciones de sus curaciones, viajes, sufrimientos, muerte, resurrección, etc.—lleno de “mandatos” implícitos? “Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”, ¡qué orden! Para los once en primer lugar y para todos los maestros ordenados; pero en un sentido ciertamente también para toda la iglesia, todos sus miembros. Cada miembro verdadero es un testigo.

   En vista del hecho que después de la ascensión de Cristo había cierta indecisión de parte de los líderes cristianos para proclamar el evangelio a los gentiles (véase Hch. 10:14, 28; 11:1–3, 19; Gá. 2:11–13), hay quienes creen que la Gran Comisión es en sí un mito o que la iglesia se olvidó pronto de ella. Ellos sostienen

que, en el libro de Hechos, en las epístolas y en el libro de Apocalipsis no se perciben rastros de su influencia. ¿Cómo se puede estar tan seguro de esto? ¿Acaso no atestiguan los siguientes pasajes a la posible influencia, entre otros factores, de la Gran Comisión? Véanse Hch. 2:38, 39; 3:25; 4:12; 10:45; 11:1, 18; 13:46–49; 14:27;

15:7–11, 12, 13–19; 17:30; 19:10; 21:19, 20a; 22:15, 21; 26:15–20; 28:28; Ro. 1:5, 14–16; 11:32; Gá. 2:9; 3:28; Ef. 3:8, 9; Col. 3:11; 1 Ti. 1:15; Ap. 7:9, 10; 22:17.

El gran consuelo

   20b. Y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo. Cf. Jn. 14:23; Hch. 18:10.

   No hay nada de ambigüedad en cuanto a esta garantía. Ha sido llamada una promesa; es una realidad. Nótese la enfática introducción: “Recordad” o “tomad nota”, “poned mucha atención”, “mirad”. El pronombre “Yo”, incluido en el verbo, es escrito también como una palabra separada y es muy enfática, como si dijera, “Nada menos que yo mismo estoy con vosotros”. “Con vosotros” no solamente “para siempre”, sino “todos los días”, o “día tras día”. Pensad en estos días siguiéndose uno por uno, cada uno con sus aflicciones, problemas y dificultades, pero cada uno acompañado por la promesa, “Mi gracia te es suficiente. No te dejaré ni te abandonaré”. Esto continúa hasta el final o la consumación de la era. Y aun entonces no habrá nada que temer; véase Mt. 25:31–40.

   Al principio, en el medio, y al final del Evangelio de Mateo, Jesucristo garantiza a la iglesia su presencia constante y consoladora:

1:23

“He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: ‘Dios con

nosotros’”.

18:20

“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

28:20

“Y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo”.

2° Titulo:

Inspira Sentimiento De Gratitud. (Efesios 5:18 al 20. No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. 

   Comentario: Una de las más notables manifestaciones de “falta de sensatez” es la borrachera. Su antídoto,

“ser llenos del Espíritu” indica una avenida mucho mejor de verdadero entendimiento. De ahí que existe una doble relación entre los vv 17 y 18. Pablo escribe: 18. Y no os embriaguéis con vino, lo cual está asociado con la vida disoluta, sino sed llenos del Espíritu. Hay tiempos cuando el alborozo del corazón y mente está enteramente dentro de su lugar. Las Escrituras mencionan gritos de gozo (Sal. 5:11; 32:11; 35:27; etc.), plenitud de gozo (Sal. 16:11), nuevas de gran gozo (Lc. 2:10), gozo indecible y lleno de gloria (1 P. 1:8). No obstante, el alborozo impropio cuando la forma de producirlo es también incorrecta. Así que es impropio buscar excitación por medio del excesivo uso del vino. Lo que se prohíbe es el abuso del vino, no su uso (1 Ti. 5:23). Tal abuso era un peligro real en la iglesia primitiva, como ciertamente lo es hoy día, y esto queda demostrado por restricciones como las que siguen: “El obispo debe ser irreprensible … no dado al vino (uno que se detenga junto a su vino)” (1 Ti. 3:3; cf. Tit. 1:7); “Los diáconos asimismo (deben ser) dignos, no … adictos a mucho vino” (1 Ti. 3:8); y “Exigid a las ancianas igualmente (que sean) reverentes en su porte … no esclavas de mucho vino” (Tit. 2:3).

   La intoxicación no es el remedio efectivo para los afanes y preocupaciones de esta vida. La pretendida ayuda que provee no es real. Es el pobre substituto del diablo por el “gozo indecible y lleno de gloria” que Dios provee. Satanás está siempre substituyendo lo malo por lo bueno. ¿No se le ha llamado acaso “el imitador de Dios”? El emborracharse con vino está “asociado con la vida licenciosa” o “conducta disoluta”, “temeridad” (Tit. 1:6; 1 P. 4:4). Caracteriza a la persona que, al continuar así, no puede ser salva. Pero no necesita continuar así. El hijo pródigo de la inolvidable parábola vivió disolutamente (adverbio análogo del nombre disolución o vida disoluta que ocurre aquí en Ef. 5:18). La extravagancia y la falta de sobriedad se hallaban combinadas en su conducta, tal como con toda probabilidad se hallan combinadas en el significado de la palabra “vida disoluta” usada en este pasaje de la carta de Pablo a los efesios. Sin embargo, hubo salvación para él al arrepentirse. Ojalá que todo el que lea esto se sienta alentado (Is. 1:18; Ez. 33:11; 1 Jn. 1:9).

   El remedio real para combatir la pecaminosa embriaguez es el que señala Pablo. A los efesios se les insta buscar una más alta, mucho mejor fuente de regocijo. En vez de emborracharse deben llenarse. En lugar de emborracharse con vino deben ser llenos del Espíritu. Obsérvese el doble contraste. Aunque es verdad que el apóstol hace uso de una palabra, a saber, pneúma, la cual al traducirse puede a veces ser escrita con y otras veces sin mayúscula inicial (es decir, “Espíritu” o “espíritu”), en el caso presente debe escribirse con mayúscula, como lo es muy a menudo. Sin duda alguna Pablo estaba pensando en la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. Como evidencias en apoyo de este punto de vista tenemos: a. la expresión “lleno con” o “lleno de” el pneúma, siendo la referencia al Espíritu Santo, es muy común en las Escrituras (Lc. 1:15, 41, 67; 4:1; Hch. 2:4; 4:8, 31; 6:3; 7:55; 9:17; 13:9); y b. el contraste mismo aquí en 5:18 entre emborracharse con vino y ser lleno del pneúma ocurre también, aunque en forma levemente diferente, en Hch. 2:4, 13, donde la referencia solamente puede ser al Espíritu Santo.

   Además, los antiguos usaban dosis abundantes de vino no sólo para olvidar las preocupaciones y adquirir jovialidad sino también para entrar en comunión con los dioses, y mediante esta comunión recibir conocimiento extático imposible de recibir de otro modo. Tal necedad, que a menudo estaba relacionada con las orgías dionisíacas, es contrastada por el apóstol con el éxtasis sereno y la dulce comunión con Cristo que él mismo estaba experimentando en el Espíritu al escribir esta epístola a los efesios (véase sobre 1:3; 3:20). Lo que entonces dice es lo siguiente: La borrachera no conduce a nada bueno, sino al vicio, ella no os brindará placer legítimo, ni conocimiento útil, ni tranquilidad perfecta. No os ayudará, sino que os perjudicará. Deja un amargo sabor y provoca interminables calamidades (cf. Pr. 23:29–32). Pero a la inversa, el ser llenos con el Espíritu os enriquecerá con los preciados tesoros de gozo permanente, profundo entendimiento, satisfacción interna. Aguzará vuestras facultades para recibir la divina voluntad. Obsérvese el contexto inmediato, v. 17 “Por tanto, no seáis insensatos sino entended cual (es) la voluntad del Señor”. Por tanto, “no os embriaguéis con vino, sino sed llenos del Espíritu”.

   Siendo así llenos con el Espíritu los creyentes no sólo gozarán de esclarecimiento y regocijo, sino que además expresarán jubilosamente su vivificante conocimiento de la voluntad de Dios. Revelarán sus descubrimientos y sentimientos de gratitud. De ahí que Pablo prosigue: 19. hablándoos unos a otros en salmos e himnos y cantos espirituales. El término salmos tiene con toda probabilidad referencia, al menos principalmente, al Salterio del Antiguo Testamento; himnos, principalmente a las alabanzas dadas a Dios y a Cristo en el Nuevo Testamento (v. 14 más arriba, donde Cristo es alabado como la fuente de luz, conteniendo tal vez líneas de uno de estos himnos); y finalmente, cantos espirituales, principalmente a la lírica sagrada tratando temas no directamente relacionados con la alabanza a Dios o a Cristo. Puede existir, sin embargo, cierta superposición en el significado de estos tres términos según el uso que Pablo hace de ellos aquí.

   El punto a recalcar es que los creyentes deben hablarse unos a otros por medio de estos salmos e himnos y cantos espirituales. No se trata de una mera recitación de lo que hayan aprendido de memoria. “¿Hija, sabes tú que tu Redentor vive?” dice el director a la solista. Luego de una respuesta afirmativa él prosiguió, “Entonces cántalo otra vez, pero esta vez haz que lo sintamos”. Así lo hizo ella, y hubieron lágrimas de gozo y acción de gracias en todos los ojos. Continúa: cantando y haciendo melodía de vuestro corazón al Señor. La idea de algunos que en las dos partes de este versículo el apóstol hace referencia a dos clases de canto: a. audible (“hablando”) y b. inaudible (“en la quietud del corazón”), debe ser descartada. Si tal hubiese sido su intención, habría insertado la conjunción y o y también entre las dos partes. Las dos son evidentemente paralelas. La segunda explica y completa la primera: Al reunirse los creyentes, no deben dedicarse a fiestas desordenadas sino a edificarse mutuamente, hablándose el uno al otro en un cantar cristiano, haciéndolo de corazón, a la gloria y honor de su bendito Señor. Deben hacer música con la voz (“cantando”) o en cualquiera forma correcta, sea por medio de voz o instrumento musical (“haciendo melodía”). Cf. Ro. 15:9; 1 Co. 14:15; Stg. 5:13. (Col. 3:16).

   Por medio de salmos, himnos, y canciones espirituales los creyentes manifiestan su gratitud hacia Dios. En este tema Pablo se extiende ahora como sigue: 20. dando gracias siemprepor todas las cosas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo a (nuestro) Dios y Padre.Además, se añadelo siguiente:

Acción de gracias correcta

   1. ¿Qué es?

   Acción de gracias es el reconocimiento agradecido de los beneficios recibidos. Presupone que la persona ocupada en esta actividad reconoce tres cosas: a. que las bendiciones que disfruta le fueron otorgadas, de modo que honradamente no puede atribuirse crédito por ellas; b. que es totalmente indigno de ellas; y c. que son grandes y muchas.

   Pablo ya ha mencionado el dar gracias en este capítulo (5:4). Se refiere a esto vez tras vez en sus epístolas. Lo considera tan importante que desea que los creyentes “sobreabunden en acción de gracias” (Col. 2:7). La gratitud es lo que completa el ciclo por medio del cual las bendiciones derramadas en los corazones y vidas de los creyentes vuelven al Dador en forma de adoración continua, amorosa y espontánea. Seguida correctamente, tal acción de dar gracias es una actitud y acción que el creyente mismo perpetúa, puesto que implica un recuerdo y recuento de bendiciones recibidas. Naturalmente, tal recuento o concentración de la atención sobre las bendiciones hace que éstas resalten más claramente, dando como resultado nuevas acciones de gracias. La expresión de gratitud es por tanto la más feliz respuesta a los favores inmerecidos. Mientras dura, los afanes tienden a desaparecer, las quejas se desvanecen, aumenta el valor para afrontar el futuro, se forman resoluciones virtuosas, se experimenta la paz, y Dios es glorificado.

   2. ¿Cuándo debe tener lugar?

   El apóstol dice, “siempre”. Es propio dar gracias después que la bendición se ha recibido, esto es, cuando la situación que produjo la alarma ha pasado y se ha restaurado la calma, así como los israelitas lo hicieron después de haber cruzado el mar Rojo (Ex. 15); y como el escritor del Salmo 116 lo hizo después que el Señor hubo escuchado su oración; y como lo hará un día la gloriosa multitud en las riberas del mar de cristal (Ap. 15). Es propio también dar gracias en medio de la angustia, como lo hizo Jonás cuando estuvo “en el vientre del pez” (Jon. 2:1, 9). Es aun propio cantar canciones de alabanza y acción de gracias antes que la batalla haya comenzado, como lo ordenó Josafat (2 Cr. 20:21). Los creyentes pueden y debe dar gracias siempre porque no existe ni un solo momento en que no se hallen bajo el ojo atento de Jehová cuyo nombre mismo indica que sus misericordias son inmutables y que jamás fallarán.

   3. ¿Por qué cosas se han de dar gracias?

   Pablo responde, “por todas las cosas”. De ahí que la gratitud debe ser sentida y expresada por bendiciones físicas y espirituales; “ordinarias” y extraordinarias; pasadas, presentes y futuras (las últimas, porque están incluidas en una promesa infalible); por las cosas recibidas y aun por las no recibidas. Debe tenerse constantemente presente que el que, bajo la dirección del Espíritu Santo dio esta exhortación, se hallaba en prisión al escribir este mandamiento. No obstante, a pesar de sus cadenas, mejor dicho, a causa de sus cadenas, dio gracias a Dios (Fil. 1:12–14). Podía gozarse en debilidades, injurias, privaciones, y frustraciones (2 Co. 12:10). Vez tras vez, estando en prisión, Pablo da gracias a Dios y exhorta a sus lectores a ser agradecidos también (Ef. 1:16; 5:4, 20; Fil. 1:3, 12–21; Col. 1:3, 12; 2:4; 3:17; 4:2; Flm. 4). Esto puede parecer muy extraño. Es, sin embargo, enteramente consistente con el resto de las enseñanzas de Pablo, puesto que armoniza maravillosamente con la seguridad que “a los que aman a Dios todas las cosas cooperan a bien” y que “en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” con un amor del cual jamás

seremos separados (Ro. 8:28–39).

   4. ¿Cómo se ha de dar gracias?

   La respuesta es “en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”, puesto que fue él quien ganó todas estas bendiciones para nosotros, de modo que las recibimos “junto con él” (Ro. 8:32). Es también él quien purificará nuestras peticiones y acciones de gracias y, así purificadas, las presentará, junto con su propia intercesión, ante la presencia del Padre.

   5. ¿A quién debe ser ofrecida?

   Se responde: “a (nuestro) Dios y Padre”. Hay quienes jamás dan gracias. Así como el rico insensato de la parábola narrada en Lc. 12:16–21 ellos parecen atribuirse el crédito por todo lo que poseen o han realizado. Hay otros que se sienten obligados al prójimo. Reconocen causas secundarias, pero nunca la Primera Causa (Ro. 1:21). Pero, siendo que los efesios sabían que todas sus bendiciones emanaban constantemente de Dios, el Dios que en Cristo Jesús era su Padre, y dado que también se hallaban conscientes del hecho de que ellos constituían parte de “la familia del Padre” (véase sobre 3:14, 15), de modo que los beneficios que habían recibido, que estaban recibiendo, y que todavía habrían de recibir, procedían de su amor, debían ser capaces de entender lo razonable de la exhortación de que a este Dios y Padre suyo debían atribuir acción de gracias y alabanza constante.

   Habiendo exhortado a los efesios en lo que respecta a sus deberes para con Dios, en forma muy lógica Pablo concluye esta sección exhortándoles con respecto a sus obligaciones el uno para con el otro. Lo hace con palabras que constituyen a la vez una excelente transición hacia los pensamientos que le tendrán ocupado en el próximo párrafo.

   Pablo ha estado instando a los efesios a expresar sus acciones de gracias a Dios mediante salmos, himnos, y cánticos espirituales. Ahora bien, a fin de que esto sea hecho eficazmente dos cosas son necesarias: a. que la acción de gracias y la alabanza sean ofrecidas en forma correcta y a la persona apropiada, y b. que haya armonía entre los que cantan. En un coro cada cantante debe saber su lugar de modo que su voz pueda combinar con la de los otros. En una orquesta no debe haber discordancia. De ahí que Pablo declara: 21. Sometiéndoos unos a otros en reverencia a Cristo.151 Vez tras vez nuestro Señor, cuando estaba en la tierra, enfatizó este mismo pensamiento, es decir, que cada discípulo debía estar dispuesto de ser el más pequeño (Mt. 18:1–4; 20:28) y lavar los pies de los otros discípulos (Jn. 13:1–17). El mismo pensamiento se expresa substancialmente en Ro. 12:10: “en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” y en Fil. 2:3 “no (haciendo) nada por ambición personal o por vanagloria, sino, con una actitud humilde, cada uno estimando al otro como mejor que él mismo”. Cf. 1 P. 5:5. El afecto de los unos para con los otros, la humildad, y el ánimo pronto para cooperar con los otros miembros del cuerpo son las virtudes que se hallan implicadas aquí en Ef. 5:21. El pensamiento del pasaje hace recordar lo que el apóstol había dicho anteriormente en esta misma epístola: “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor, haciendo todo esfuerzo para preservar la unidad impartida por el Espíritu mediante el vínculo (que es) la paz” (4:2, 3). Pablo sabía por la experiencia lo que podría suceder en una iglesia si esta regla se desobedecía (1 Co. 1:11, 12; 3:1–9; 11:17–22; 14:26–33). Por tanto, enfatiza el hecho de que “en reverencia a Cristo”, vale decir, con una consideración consciente de su voluntad claramente revelada, cada miembro del cuerpo debe voluntariamente reconocer los derechos, necesidades, y deseos de los otros. Así los creyentes estarán en condición de presentar un frente unido al mundo, será promovida aquella bendición de una verdadera comunión cristiana, y Dios en Cristo será glorificado.

3er Titulo:

Inspira Sentimiento De Adoración. (San Lucas 10:21. En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó).

   Comentario: Versíc. 21. En aquel tiempo Jesús se regocijó grandemente en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, que has ocultado estas cosas de los (hombres) sabios y entendidos y las has revelado a bebés; sí, Padre, porque tal fue tu beneplácito.

   “En aquel tiempo” aquí indica “el tiempo del regreso de los setenta y dos y el informe que trajeron”. Al mencionar el hecho de que Jesús se regocijó grandemente “en el Espíritu Santo”, Lucas quiere decir que este Espíritu por el cual el Señor fue ungido (4:18) fue la causa y el originador de su gozo y acción de gracias. Como se indicó en la Introducción, I A 5 d, una de las muchas cosas que Lucas y Pablo tienen en común es su énfasis en la doctrina del Espíritu Santo.

   Lleno entonces, del Espíritu Santo y regocijándose por el informe recibido de los setenta y dos, Jesús eleva su corazón y voz a su Padre y dice: “Te alabo Padre,” etc. Jesús no dice “Padre nuestro”, el vocativo que les enseñó a sus discípulos, sino “Padre”, y en v. 22, “Padre mío”, y esto porque Aquel que le había enviado era y es su “Padre” en un sentido único.

   También es completamente apropiado el siguiente título: Señor del cielo y de la tierra. Como tal el Padre es el soberano Gobernador cuyas decisiones no deben ser criticadas.

   Puede ser que se pregunte: “¿Pero ¿cómo podía Jesús alabar al Padre no solamente por revelar a algunos los asuntos tocantes a la salvación, sino aun por ocultarlos de otros? Quizás el contexto proporcione la respuesta, por lo menos en la medida que sea posible una respuesta. Jesús dice: “(Te alabo Padre, … que hayas ocultado estas cosas) de los (hombres) sabios y entendidos. La referencia parece ser a los que “son sabios en su propia opinión” (Ro. 11:25; cf. 12:16). ¿No es él el que resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Stg. 4:6)? Que el Señor está realmente pensando en los engreídos en contraste con los humildes parece desprenderse de las palabras “las has revelado a bebés”.

   En el sentido espiritual “bebés” son los que no tienen confianza en sí mismos sino que están conscientes de su completa dependencia del poder y la misericordia del Padre celestial, en quien han puesto su confianza: “Porque así dice es Alto y Sublime, que habita la eternidad y cuyo nombre es El Santo: Yo habito la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y revivir el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15).

   Es como si el Mediador quisiera quedarse por un momento en este pensamiento consolador, porque con reverencia y adoración prosigue ahora: “Sí, Padre, porque tal fue tu beneplácito”. H. Bavinck dice: “En cierto sentido la caída, el pecado y el castigo eterno están incluidos en el decreto de Dios y son determinados por él. Pero esto es verdad en cierto sentido sólo, y no en el mismo sentido que la gracia y la salvación. Estos son el objeto de su deleite; pero Dios no se deleita en el pecado, ni se agrada en el castigo”.

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado. Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.