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Semana del 22 al 28 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la justificación”

Semana del 22 al 28 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la justificación”

Semana del 22 al 28 de abril de 2019


   Lectura Bíblica: Romanos 5, versículos 1 al 5. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 

   Comentario 1: Definición de: Justificación (este es al aporte de libro Estudio de doctrina cristina pagina 228-229)

   La justificación puede definirse como aquel acto ju­dicial por el cual, por amor de Cristo, a quien el peca­dor está unido por la fe, Él declara que el pecador no está más expuesto a la penalidad de la ley, sino que es restaurado al favor divino.

   NOTA 1. — En el Nuevo Testamento la palabra «justificar» no quiere decir «hacer justo», sino «declarar justo». Y la jus­tificación es el estado de uno que es así declarado justo, Ro. 8:10; I Co. 1:30.

  1. Elementos de la justificación

Son dos: la remisión del castigo, y la restauración al favor divino.

  1. La remisión del castigo. La penalidad del peca­do es quitada al pecador a base de lo que Cristo ha he­cho en la cruz.
  2. Restauración al favor divino. El pecador es res­taurado al favor divino sobre la base de la obediencia perfecta de Cristo a la ley de Dios.
  3. Como un acto de amistad restaurada ésta se llama reconciliación, 2 Co. 5:18.
  4. Como un acto incorporándonos a la familia de Dios como hijo, se llama adopción, Jn. 1:12; Ro. 8:15; Gá. 4:5; Ef. 1:5; 1 Jn. 3:2.
  5. Base para la justificación

Ésta no es la obra de la ley, ni el merecimiento hu­mano, Hch. 13:39; Ro. 3:20; Gá. 2:16; sino la sangre de Cristo, Ro. 3:24, 25; Ro. 5:1, 9; Gá. 3:13; 1 P. 2:24.

  • Condiciones para la justificación

La fe, Hch. 13:39; Ro. 3:26; 4:5; 5:1.

   NOTA 2. — No deben confundirse la base y la condición de la justificación. Lo que Cristo ha hecho es la base de la justifica­ción; nuestra fe en Cristo es simplemente el medio por el cual recibimos las bendiciones de esta obra expiatoria. Estas bendi­ciones son: la Paz, Ro. 5:1; la libertad de la condenación, Ro. 8:1; hechos herederos de Dios, Tit. 3:7; salvación de la ira, Ro. 5:9; y la glorificación, Ro. 8:30.

   Comentario del contexto Bíblico: Bajo el título general La justificación por la fe, una exposición (1:16–11:36), Pablo ha demostrado que esta justificación es necesaria y real (1:16–3:31), y a la vez bíblica (cap. 4). En los capítulos 5–8 él demuestra que también es efectiva y fructífera.

   Es claro que en el pensamiento de Pablo los capítulos 5, 6, 7 y 8 forman una unidad. Los frutos de la justificación son expuestos en todos ellos. Además, en su último versículo cada uno de estos cuatro capítulos contiene la frase “por medio de (o en) Jesucristo (o Cristo Jesús) nuestro Señor”.

   Las clases de frutos varían de capítulo en capítulo. Aquí, en 5:1–11, la atención del oyente y/o lector es enfocada primeramente en la paz. En relación con ella se hace mención también de la libertad de acceso, el regocijo y la esperanza, una esperanza que está firmemente anclada y es igual a certeza con respecto a la salvación.

   Por medio del paralelo Adán-Cristo (vv. 12–21) la certeza y especialmente el carácter abundante de la salvación reciben una elucidación adicional.

   Versíc. 1, 2. Por eso, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien también hemos logrado acceso por la fe a esta gracia, en la cual estamos, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios.

   El apóstol ha alcanzado una nueva fase en la exposición de justificación por la fe. El ahora simplemente da por sentado que él mismo, y los destinatarios, han recibido y disfrutan de este maravilloso don. Es desde este hecho, tomado como punto de partida, que la exposición ahora procede.

   Las diversas unidades que componen los versículos 1 y 2 pueden ser agrupadas como siguen:

a. “Por eso, habiendo sido justificados por la fe …”

   Las razones implícitas en este “por eso” se encuentran en los primeros cuatro capítulos; especialmente en 3:21–4:25.

b. “… tenemos paz para con Dios …”

   Respecto al significado del término paz, véase 1:7; 2:10. Como hacen bien claro 5:10, 11, en 5:1 el significado básico de la paz es la reconciliación con Dios por medio de la muerte de su Hijo. Esto comprende la remoción de la ira divina que pesaba sobre el pecador, y la restauración de este último al favor divino.

   El hecho que la paz objetiva aparece aquí en primer plano no significa, sin embargo, que el goce subjetivo de esta gran bendición esté ausente de la mente de Pablo. ¿Cómo podría él pensar en la causa sin considerar el efecto, a saber, la condición de descanso y contentamiento presente en los corazones de los que saben que los pecados del pasado han sido perdonados, que los males del presente están siendo dirigidos para su bien, y que los acontecimientos futuros no pueden causarnos separación del amor de Dios? La mención de esta “paz que sobrepuja todo entendimiento” (Fil. 4:7) hace que la transición al próximo punto sea muy natural

c. “… por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien hemos logrado acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos …”

   Fue la sangre de Cristo, representando todo su sacrificio vicario, la que trajo la reconciliación, y fue su Espíritu el que trajo a los corazones de todos los verdaderos creyentes el aprecio de lo que la redención por medio de la sangre había logrado. Así que ciertamente fue por medio de la persona y obra del Salvador, apropiada por la fe, que se efectuó el acceso a este estado de gracia—esto es, el estado de justificación. Además, el acceso a este estado de gracia implica un acceso confiado al Padre (Ef. 2:8; 3:12) y a su trono de gracia (Heb. 4:16)

   Es “nuestro Señor (Dueño, Amo) Jesús (Salvador) Cristo (Ungido)” quien, habiendo pagado la deuda de su pueblo, los presenta al Padre. Es él quien no solamente “intercede” por ellos (Ro. 8:34) sino que, cosa aún más significativa, “siempre vive para interceder” por ellos (Heb. 7:25). Y si aún su intercesión por ellos durante su estadía en la tierra estaba llena de consuelo (léase Jn. 17), ¿puede su ruego por ellos, ahora que él ha regresado al cielo, investido con los méritos de su cumplida redención, ser menos precioso y efectivo?

d. “… y nos; regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios”.

   Esta “gloria de Dios” indica la maravillosa salvación que Dios tiene reservada para los que ponen su confianza en él. Véanse pasajes tales como los siguientes: Ro. 2:7; 8:18, 30; 1 Co. 15:43; 2 Co. 4:17; Col. 1:27b; 3:4; 2 Ti. 2:10. Para al significado de la palabra griega aquí traducida “regocijemos” véase sobre 2:17.     Sin duda lo que Pablo tiene en mente es: “Nosotros no nos jactamos de nuestros propios logros, como lo hace cierta gente que se considera justa, sino que colocamos toda nuestra confianza en Dios. En él nos regocijamos grandemente”.

   —En Jesucristo, sólida Roca, me sustento; Lo demás es sólo arena, que se lleva el viento. (Edward Mote)

   En realidad, sin embargo, el apóstol no dice: “Nos regocijamos en la gloria de Dios”, sino: “Nos regocijamos en la esperanza de gloria de Dios”. A la luz de Col. 1:27 el significado probable es: “Nos regocijamos grandemente cuando consideramos la sólida base que tiene la expectativa de la bienaventuranza futura”. Cf. C.N.T. sobre Col. 1:27. En principio tenemos esta bienaventuranza aquí y ahora; en perfección, al regreso de Cristo.

   Pablo continúa: Versíc. 3, 4. Y no sólo esto, sino que aún nos regocijamos en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento trae perseverancia; la perseverancia, carácter probado; el carácter probado, esperanza.

   Aquí “en nuestros sufrimientos” significa “en medio de y por causa de” las tribulaciones que experimentamos en la ejecución de la obra del Señor. Cf. Ro. 8:35–39; 1 Co. 4:9–13; 2 Co. 1:4–10; 11:23–30 (la extensa lista); 12:7–10; Gá. 6:17; 2 Ti. 3:11, 12 (en la medida en que este pasaje considera sucesos anteriores).

   ¿Pero cómo era posible que el apóstol se regocijase en sus sufrimientos? ¿Cómo puede el sufrimiento—que aquí probablemente se refiera especialmente a la tribulación por amor a Cristo y al evangelio—ser considerado una bendición? Para una respuesta algo más detallada véase C. N. T. sobre Fil. 1:27, 28. También examínese Heb. 12:5–11 y en el Antiguo Testamento Sal. 119:67, 71; Jer. 31:18.

   A todo esto, añádase 2 Co. 12:7–10. Nótese especialmente el v. 9: “Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.

   En relación con esto se deben tener en consideración dos hechos:

a. La propia debilidad de un creyente afligido sirve, a modo de contraste, para magnificar el poder de Dios.

b. Es exactamente cuando el afligido reconoce su debilidad, pero también que Dios es fuerte y está presto a ayudar, que buscará el auxilio de lo alto. Ya que esta ayuda es suficiente, su fe será fortalecida. Es así que el sufrimiento trae perseverancia.

   Aunque es cierto que la perseverancia (fuerza para soportar, más la persistente aplicación de esta fuerza) es en lo esencial el resultado de la operación del Espíritu Santo en los corazones y vidas de los hijos de Dios, ella implica la acción humana. No es de ningún modo una cualidad pasiva. La persona que la tiene persevera. Se aferra a lo que tiene (Ap. 2:25), es fiel hasta la muerte (Ap. 2:10).142

   La perseverancia produce carácter probado, esto es, el carácter que ha soportado la prueba a la cual fue sujeto.

   Con respecto a esta “prueba”, véase Zac. 13:9: “Los fundiré como se funde la plata y los probaré como se

prueba el oro”. Así como el fuego refinador del orfebre libra al oro y a la plata de las impurezas que en su estado natural se apegan a ellas (cf. Is. 1:25; Mal. 3:3), del mismo modo la resistencia paciente o perseverancia de los hijos de Dios los purifica, esto es, por la operación del Espíritu Santo produce un carácter “probado” un carácter que ha soportado exitosamente la prueba de fuego.

   Es inmediatamente evidente que el conocimiento de parte de ellos de haber superado la prueba, de manera que la aprobación de Dios descansa sobre ellos, fortalecerá su esperanza. El carácter probado trae esperanza. Así en este ejemplo de razonamiento en cadena regresamos a la esperanza mencionada en el versículo 2.

   Versíc. 5. Y esta esperanza no decepciona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

   Nótese esta magistral transición de la fe (v. 1, 2) a la esperanza (vv. 2, 4, 5), al amor (v. 5). Esta es la secuencia que también hallamos encontramos en 1 Co. 13:13. (En 1 Ts. 1:3 la secuencia es fe, amor, esperanza).

   Hay gente sin esperanza (Ef. 2:12; 1 Ts. 4:13). También hay quienes se aferran a esperanzas ilusorias o engañosas (Pr. 11:7; Hch. 16:19). Pero los que han sido justificados por la fe y reconciliados con Dios disfrutan de las clases de esperanza que no decepciona (Sal. 22:5). Su esperanza está firmemente anclada en el amor redentor de Dios. Otro modo de expresar el mismo pensamiento es este: su fe está aferrada al trono de gracia, esto es, a lo que está “dentro del velo” donde Jesús está sentado a la diestra de Dios (Heb. 6:19, 20) Él vive para siempre para interceder por su pueblo (Heb. 7:25).

   Además, el amor de Dios no se raciona con cuentagotas. Por el contrario, por medio del Espíritu Santo ese amor es “derramado” en los corazones de los redimidos; en otras palabras, es provisto libre, abundante, copiosa y profusamente, lo que es cierto de todos los dones de Dios en general (Nm. 20:8, 11; 2 R. 4:1–7; Sal. 91:16; Is. 1:18; 55:1; Ez. 39:29; Jl. 2:28, 29; Zac. 12:10; Mt. 11:27–30; 14:20; 15:37; Lc. 6:38; Jn. 1:16; 3:16; Hch. 2:16–18; 10:45; 14:17; 17:25; Ro. 5:20; 1 Co. 2:9, 10; 2 Co. 4:17; Ef. 1:8; 2:7; Stg. 1:5; Ap. 22:17). “El da y da y vuelve a dar”. Véase C. N. T. sobre Juan 1:16, 17 (“gracia sobre gracia”).

   De hecho, el Espíritu Santo, que es el Dispensador de los dones de Dios, es también él mismo el don de Dios a la iglesia (Jn. 14:16; 15:7).

   En contraposición a la opinión de algunos, debería enfatizarse que la expresión “el amor de Dios” no puede significar “nuestro amor por Dios”. ¿Cómo podría un amor tan completamente inadecuado ser la base de una esperanza que no decepciona? La referencia apunta claramente al propio amor de Dios, como lo testifica el v. 8 Véanse también Ro. 8:35; 2 Co. 13:13.

   En suma, todo está hecha luz sobre el glorioso carácter de la justificación por la fe. Esta acción divina, por la cual el pecador que huye a Dios buscando refugio es declarado justo, es frecuentemente comparada con lo que sucede en una corte. Por ello ha sido llamada una acción forense. Sin duda es eso, pero si se considera su sentido más completo, es mucho más que eso. Nótese el siguiente contraste:

El juez terrenal Dios como juez

a. al hallar al acusado “inocente”, lo absuelve; o si lo encuentra culpable lo sentencia.

a. al hallar al acusado culpable—cosa que siempre sucede—borra su culpa en base a la obra cumplida por el Hijo de Dios, el Portador de Culpa.

b. lo despide de la sala de tribunal y no tiene ningún trato posterior con él.

b. por medio del Espíritu Santo derrama Su amor en su corazón, y lo adopta como hija o hijo propio.

   Pero la comparación debe ser llevada un paso más allá, ya que aun la adopción humana no es en realidad una ilustración adecuada de la adopción divina. En la adopción humana los padres desearían transmitir algo de su propia carácter o espíritu al niño adoptado. A veces esto sucede hasta cierto punto; otras veces nada de ello sucede.

   Pero cuando Dios adopta, él también planta su propio Espíritu en el corazón del adoptado, transformándole a él o ella en su propia imagen (Ro. 8:15)

1er Titulo.

Remisión Del Castigo Y Restauración Al Favor Divino, Elementos De La Justificación. (Salmo 32:1 y 2. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad. — Salmo 130:3-4. JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, Para que seas reverenciado.).

   Comentario: Salmo 32: Vv. 1, 2. El pecado es la causa de nuestra desgracia; pero las transgresiones del creyente verdadero a la ley divina son todas perdonadas puesto que están cubiertas por la expiación. Cristo llevó sus pecados, en consecuencia, no se le imputan. Puesto que se nos imputa la justicia de Cristo, y por haber sido hechos justicia de Dios en Él, no se nos imputa nuestra iniquidad, porque Dios cargó sobre Él el pecado de todos nosotros, y lo hizo ofrenda por el pecado por nosotros. No imputar el pecado es un acto de Dios, porque Él es el Juez. Dios es el que justifica. —Fijaos en el carácter de aquel cuyos pecados son perdonados; es sincero y busca la santificación por el poder del Espíritu Santo. No profesa arrepentirse con la intención de darse el gusto pecando, porque el Señor esté listo para perdonar. No abusa de la doctrina de la libre gracia. Y al hombre cuya iniquidad es perdonada, se le promete toda clase de bendiciones.

   Salmo 130: Vv. 1—4. El único alivio para el alma comprometida en el pecado es apelar sólo a Dios. Muchas cosas se presentan como diversiones, muchas cosas se ofrecen como remedio, pero el alma halla que sólo el Señor puede sanar. Mientras los hombres no sean sensibles a la culpa del pecado y dejen todo de inmediato para acudir a Dios, es inútil que tengan esperanzas de algún alivio. El Espíritu Santo da a esas pobres almas un sentido nuevo de su profunda necesidad, para estimularlas a rogar sinceramente, por la oración de fe, clamando a Dios. Y cuando amen sus almas, cuando estén interesados por la gloria del Señor, no faltarán a su deber. ¿Por qué estas cosas son inciertas para ellos hasta ahora? ¿No es por pereza y desánimo que se contentan con oraciones comunes y rutinarias a Dios? Entonces levantémonos y pongámonos en acción; hay que hacerlo, y el resultado es seguro. —Tenemos que humillarnos ante Dios, como culpables ante sus ojos. Reconozcamos nuestra pecaminosidad; no podemos justificarnos a nosotros mismos ni confesarnos inocentes. Nuestro consuelo inexpresable es que haya perdón de parte de Él porque eso es lo que necesitamos. Jesucristo es el gran Rescate; Él es siempre nuestro Abogado y, por medio de Él, esperamos obtener perdón. En ti hay perdón, no para que se abuse de ti, sino para que seas reverenciado. El temor de Dios suele ser considerado como toda la adoración de Dios. El único motivo y aliento para los pecadores es este: que hay perdón del Señor.

2° Titulo:

La Sangre De Cristo, Único Medio Para La Justificación. (Romanos 3:22 al 26. la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.).

   Comentario: (hay que tomar desde el Versíc. Para mayor comprensión del tema del contexto bíblico): Versíc. 21. Pero ahora, aparte de la ley, una justicia de Dios ha sido revelada, atestiguada por la ley y los profetas…

   Oscura y lúgubre es la condición del hombre. Esta oscuridad y desesperanza es inconmensurable y universal. Lo abarca todo.

   Y entonces, de repente, brilla una luz; la misma luz, que antes había centelleado por un breve momento (1:16, 17), resplandece ahora. Revive la esperanza.

   Esta luz, este rayo de optimismo, no viene desde abajo sino desde arriba. Es “una justicia de Dios”. Es él quien viene al rescate. Es él quien condesciende a salvar a los que se habían hecho totalmente indignos de ser salvados. Y, por ser Dios, él hace esto—¡por supuesto! —sin sacrificar su justicia ni retirar la demanda de la ley. Esta es la luz de su glorioso evangelio. Estúdiense pasajes tales como Is. 9:1 (cf. Mt. 4:16); 49:6b; 58:8; 60:1, 3, 19, 20; Mi. 7:8; Lc. 1:78, 79; 2:32; Jn. 1:9; 8:12; Hch. 13:47; Ef. 5:8, 9; Ap. 22:5.

   Por qué Dios hizo esto es un misterio que nunca llegaremos a entender plenamente. Tal amor es infinito e incomprensible. Véase lo que el apóstol dice respecto al mismo en Ro. 5:6–8, y cómo en 2 Co. 9:15 él derrama su corazón en gratitud y adoración exclamando: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” ¡Lo que sucedió cuando (hablando en términos humanos) en el silencioso receso de la eternidad el Trino Dios decidió librar al hombre del más grande mal y ponerle en posesión del mayor bien, para hacer esto a tal precio (2 Co. 5:21), es un asunto tan maravilloso y sublime que en su epístola a los efesios el apóstol ruega que los lectores (u oyentes), arraigados y fundados en amor, puedan ser fuertes, juntamente con todos los santos, para comprender cual sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo (en todas sus dimensiones) que nunca puede ser captado (3:14–19)! Esto también es un asunto “en el cual los ángeles anhelan mirar” (1 P. 1:12). Es la paradoja más gloriosa que uno pueda imaginar.

   Aquí en Ro. 3:21 Pablo afirma: “Pero ahora”—o sea, en este tiempo presente (v. 26; cf. 5:9), en este momento muy estratégico de la historia de la redención, llamado en Gá. 4:4 la plenitud de los tiempos—“una justicia de Dios ha sido revelada”. Esta justicia entra en rigor “aparte de la ley”, lo que solamente podrá significar que no era y no puede ser obtenida por medio de la obediencia de los hombres a la ley de Dios. Era y es una justicia “aparte de las obras de la ley”. Cf. Ro. 3:28; 4:6–8; Gá. 2:16, 21; 3:10–13; Ef. 2:9; Fil. 3:9; 2 Ti. 1:9; Ti. 3:5.92

   ¿Está presentando Pablo una nueva doctrina, algo nunca antes oído? Por el contrario, él está hablando de “una justicia atestiguada por la ley y los profetas”. El apóstol ya ha citado a Hab. 2:4; véase Ro. 1:17. Si duda él también tiene en mente otros pasajes, tales como Gn. 15:6; Sal. 32:1, 2; véase Ro. 4:3, 7, 8, y. sobre Lucas 1:70.

   Continúa (ahora entramos a nuestro versíc. a estudiar).: 22, 23. A saber, una justicia de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo, (viene) a todos los que ponen en acción la fe—porque no hay distinción, por cuanto todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios—…

   En líneas generales Pablo repite aquí lo que ya ha afirmado en 1:16, 17. No se olvida de su tema. En el pasaje anterior él había dicho: “El evangelio … es (el) poder de Dios para salvación a todo aquel que pone en acción su fe … porque en él se revela una justicia de Dios de fe a fe …” Ahora él añade que el objeto de esta fe es Jesucristo. Cf. Mt. 1:21; Jn. 3:16; 14:6; Hch. 4:12.

   Con gran énfasis el apóstol repite el pensamiento de 1:16b, a saber, que esta justicia es concedida a todos aquellos—y solamente a aquellos—que ponen en acción su fe; o sea, a todos los verdaderos creyentes en Jesucristo.Nada importa que la persona sea rica o pobre, joven o anciana, varón o mujer, educada o no educada, judío ogentil. Todos necesitan esta justicia y solamente pueden obtenerla por medio de fe en el Salvador, en quién y pormedio de quien el Trino Dios se revela.

   No hay distinción. Visto que todos, toda la gente en todo el mundo, han pecado y por lo tanto no alcanzan, o carecen de, la gloria de Dios, nadie debe basar su esperanza de ser aceptado por Dios en su propia bondad. La ley de Dios demanda la perfección y ya nadie es perfecto ante Dios. El apóstol ha explicado esto bastante detalladamente; en primer lugar, con respecto a los gentiles (1:18–32); después con respecto a los judíos (2:1–3:8). Y lo ha resumido en 3:9–21.

   Todas las personas han pecado y no alcanzan—o no están alcanzando—la gloria de Dios. Cuando el hombre transgredió el mandamiento de Dios, él perdió sus anteriores bendiciones, específicamente la aprobación divina que descansaba sobre él, y de allí también la libertad de acceso a Dios. Cf. Gn. 3:8.

   Versíc. 24, 25a.… Siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención (lograda) en Cristo Jesús; a quien Dios designó que fuera, por el derramamiento de su sangre, un sacrificio que aplaca la ira, (efectivo) por medio de la fe.

   Nótese los diversos elementos presentes en este importante pasaje:

   a. siendo justificados.

   Aquí, por vez primera en Romanos, el verbo justificar es usado en un contexto positivo a fines de manifestar la doctrina de la justificación por la fe. Es fácil desviarse aquí al interpretar el pensamiento de Pablo. Si se combinan el comienzo del v. 24 con las palabras finales del v. 23, el resultado es: “… todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia”, etc. ¿Está Pablo realmente diciendo, entonces, que todos los pecadores están siendo justificados, o sea, que están siendo salvados? ¿Se ha transformado Pablo repentinamente en universalista?

   El escritor de este comentario recuerda haber oído a un predicador decir desde el púlpito: “Al final todos serán salvos. Tengo esperanzas aun por el demonio”. Omitiendo esta parte respecto al demonio, ¿estaba este ministro de acuerdo con Pablo?

   Pero esto no puede ser, porque en 1:16, 17 y 3:22 el apóstol insiste en que “la justicia de Dios” es una bendición otorgada a aquellos que ponen en acción su fe, y a nadie más.

   ¿Cuál es la solución? Probablemente esta: cuando en el v. 22a Pablo declara que la justicia de Dios se extiende a todos los que ponen en acción su fe, hay algo así como una interrupción. Es como si alguien (¿quizás un judío?) preguntara: “¿Sólo a éstos, Pablo? ¿No también a nosotros, que, aunque no compartimos tu fe en Jesucristo, hemos tratado con gran esfuerzo de agradar a Dios por medio de nuestro esfuerzo por vivir en armonía con su ley? ¿No somos mejores que otra gente? ¿No hay distinción entre nosotros y los demás?

   La respuesta a esta pregunta parentética—como ya ha sido demostrado—es: “No hay distinción, puesto que todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios” (22b, 23).

   Regresando ahora a la línea principal de su pensamiento: “una justicia de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo (llega) a todos los que ponen en acción la fe” (v. 22a), el apóstol continúa: “siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención (lograda) en Cristo Jesús” (v. 24). No cualquiera, sino solamente aquellos que ponen en acción su fe, los creyentes genuinos, reciben la gran bendición de la justificación.

   Cuando se lo usa, como aquí en Ro. 3:24, en el sentido dominantemente forense, el verbo justificar significa declarar justo; y la justificación puede ser definida como ese misericordioso acto de Dios por el cual, solamente en base a la obra mediadora realizada por Cristo, él declara al pecador justo, y este último acepta este beneficio con un corazón creyente. En defensa de esta definición véanse no sólo el presente contexto (Ro. 3:24–30), sino también 4:3, 5; 5:1, 9; 8:30; Gá. 2:15, 16; 3:8, 11, 24; 5:4; Tit. 3:7. La justificación está en contraste con la condenación. Véase Ro. 8:1, 33, 34.

   La justificación es un asunto de imputación (poner en la cuenta): la culpa del pecador le es imputada a Cristo; la justicia de este último le es imputada al pecador (Gn. 15:6; Sal. 32:1, 2; Is. 53:4–6; Jer. 23:6; Ro. 5:18–19). En tanto que la justificación es un asunto de imputación, la santificación es un asunto de transformación. En la justificación es el Padre quien toma la iniciativa (Ro. 8:33); en la santificación es el Espíritu Santo quien lo hace (2 Ts. 2:13). La primera implica un veredicto “de una vez por todas”, la segunda un proceso que dura toda la vida. Sin embargo, aunque las dos nunca deberían ser identificadas, tampoco deberían ser separadas. Son distintas, pero no separadas.

   b. gratuitamente

   La palabra usada en el original significa “como un regalo”; en otras palabras, sin pago hecho por parte de aquel que lo recibe; sin ningún mérito humano. Véanse 1 Ti. 1:9; Tit. 3:4. Para que el pecador pueda ser declarado justo, ha de ser gratuitamente, ya que, como se ha demostrado anteriormente, si lo medimos por la norma de los requisitos de Dios (Lv. 19:2; Mt. 22:37 y paralelos) el mérito humano es imposible. El hombre no puede ganarse esa bendición grande y básica de la justificación. El sólo la puede aceptar como un don (Is. 55:1).

   c. por su gracia

   Gracia es el amor de Dios dirigido hacia el culpable, así como su misericordia es ese mismo amor dirigido hacia aquellos que sufren. Es fácil entender que “gratuitamente” y “por su gracia” van juntos.

   d. por medio de la redención (lograda) en Cristo Jesús

   La palabra redención (en griego _πολύτρωσις) ocurre diez veces en el Nuevo Testamento (Lc. 21:28; Ro. 3:24; 8:23; 1 Co. 1:30; Ef. 1:7, 14; 4:30; Col. 1:14; Heb. 9:15; 11:13). En aquellos pasajes en que se usa el término, como aquí en Ro. 3:24, en su pleno sentido espiritual, indica la liberación de la culpa, el castigo y el poder del pecado, por medio del pago de un rescate.

   Esta redención fue lograda en, lo que probablemente significa “en relación con”, Jesucristo, el Salvador Ungido. La mayoría de los traductores han adoptado esta traducción o alguna muy similar, a saber “en Cristo Jesús”. Algunos, sin embargo, prefieren “por medio de Cristo Jesús”. El original griego permite cualquiera de las dos. A favor de “en”, o “en relación con”, está el hecho que en los vv. 23, 24 “Dios” es claramente mencionado como el Autor de la redención de los creyentes. No a Jesús sólo sino al Trino Dios se la debe acordar la alabanza y la gloria por la liberación del hombre del pecado y sus consecuencias. Fue lograda o causada en y por medio de Cristo Jesús, o sea, por medio de su sufrimiento y muerte voluntarios en la cruz.

   e. a quién Dios designó que fuera

   Este designio se retrotrae al eterno consejo divino. En ese consejo o decreto Cristo Jesús fue designado para ser Aquel por medio de quien el plan de salvación se cumpliría. Cristo Jesús y su pueblo nunca pueden ser separados. Nótese pasajes paralelos tales como Ef. 1:4, 7, 10, 11.

   f. Por el derramamiento de su sangre, un sacrificio que aplaca la ira, o sacrificio propiciatorio.100

   La sangre representa la vida (Lv. 17:11; Mt. 20:28, cf. 26:28; Jn. 10:11, 15). Las palabras “por el derramamiento de su sangre” se refieren al sacrificio voluntario de la vida de parte del Mesías en lugar de aquellos a quienes vino a salvar. Cf. Is. 53:10–12.

   Aunque es negado constantemente, lo cierto es que la ira de Dios pesa sobre el pecador y debe ser aplacada para que éste pueda ser salvo. Véanse Ro. 1:18; 2:5, 8; 3:5; 5:9; 9:22; Ef. 2:3; 5:6; Col. 3:6; 1 Ts. 1:10; 2:16; 5:9; Ap. 6:16, 17; 11:18; 14:10; 16:19; 19:15.

   Cuando la propiciación es cumplida, la ira de Dios es aplacada. Ro. 3: 25a menciona un sacrificio que aplaca la ira, un sacrificio propiciatorio, a saber, Cristo Jesús mismo. Fue él quien dio—ofreció voluntariamente—su sangre; o sea, su vida; o sea, a sí mismo (1 Ti. 2:6) por sus ovejas, soportando la irade Dios en lugar de ellas, haciendo así que ellas fueran reconciliadas con Dios.

   Hay muchos pasajes que enseñan esta verdad, ya sea en su totalidad o en parte: Is. 53:4–8, 12; Mt. 20:28; 26:28; Mr. 10:45; 14:24; Lc. 22:20; Hch. 20:28; 1 Co. 10:16; 11:25; 2 Co. 5:20, 21; Ef. 1:7; 2:13; Col. 1:20; 1 P. 1:18, 19; 2:24; 1 Jn. 1:7; 5:6; Heb. 9:11, 12, 15, 23–28; Ap. 1:5; 5:9; 7:14; 12:11; 13:8.

   La palabra griega para la cual he elegido el equivalente “sacrificio que aplaca la ira (o sacrificio propiciatorio)” indica en la LXX (traducción griega del Antiguo Testamento) la tapa salpicada de sangre que estaba sobre el arca del pacto. Este es el “propiciatorio” Véanse Ex. 25:17, 18; Lv. 16:2, 23; etc. En total, la palabra aparece más de veinte veces en el Pentateuco, con mayor frecuencia en Éxodo. En la descripción de los muebles del tabernáculo (Heb. 9:1–5) es lógico creer que el v. 5 se refiere de modo similar a esta tapa. Sin embargo, aunque la misma palabra aparece en Ro. 3:25, es comprensible que la mayoría de los traductores—hay algunas excepciones—vacilen en llamar a Cristo Jesús “propiciatorio”, o “tapa propiciatoria”. “Sacrificio que aplaca la ira”, “sacrificio de expiación (NVI), o simplemente “propiciación” (VRV 1960, B Jer) es mejor. Véase también 1 Jn. 2:2; 4:10).

   g. (efectivo) por medio de la fe

   El sacrificio propiciatorio de Cristo no entra en vigor automáticamente. Si una persona desea obtener esta gran bendición—el apartarse de la ira de Dios, el perdón, la aceptación por parte de Dios—debe poner en acción una fe genuina en Cristo, en y por medio de quien el Dios Trino se revela a sí mismo.

   La indispensabilidad de la fe ya ha sido indicada (1:8, 16, 17; 3:22) y volverá a ser enfatizada (3:26, 28, 30; 4:3, etc.). Sin fe nadie puede agradar a Dios (Heb. 11:6) Para ser salva una persona necesita la fe, esa fe que es un don de Dios (Ef. 2:8)

   Nadie ha sido salvado jamás ni alcanzará la celestial gloria eterna por medio de las obias, del esfuerzo humano o de sus logros (3:9–20).

Ni lo que mis manos han obrado

Puede mi culpable alma salvar;

Ni lo que mi pobre carne ha sufrido

Puede mi espíritu sanar.

Ni mis sentimientos ni mis acciones

La paz con Dios me puede dar.

Ni mis lágrimas, suspiros u oraciones

Pueden mi pesada carga soportar.

Tu gracia sóla, Oh Dios,

De tu perdón me puede hablar.

Sólo tu poder, Oh Hijo de Dios,

Puede mi cruel cadena quebrantar.

Sólo tu obra, la genuina,

Sólo tu sangre servirá,

Sólo aquella fuerza que es divina

Con seguridad me sostendrá.

Horacio Bonar

   Como resumen se puede indicar, al fin, que la justificación, según la enseña Pablo, no es de ninguna manera la obra del hombre. Por el contrario, ella es:

a. don de Dios (Ro. 5:15–18)

b. producto de su gracia (3:24; 4:16; 5:15)

c. gratuita (5:16)

d. no por obras (3:20)

e. lo opuesto a la condenación (8:1, 33, 34)

f. lo que priva al hombre de toda causa de jactancia (3:27)

g. apropiada por la fe, siendo esa fe misma un don de Dios (Ef. 2:8)

   Que esta doctrina de la justificación por medio de la fe concuerda con las enseñanzas del Antiguo Testamento es algo que será demostrado en Ro. 4.

   Que la misma está también en armonía con las enseñanzas de Cristo será indicado en un momento (véase el próximo párrafo). Añádase Lc. 18:14.

   Todo lo dicho es contrario a la doctrina de Roma, porque, aunque Roma sin duda enseña que Cristo, por medio de su expiación, aportó la base meritoria para nuestra justificación, también enseña que la causa que predispone su operación debe ser aportada por nosotros mismos; es decir, por medio de nuestra esperanza, fe, amor, contrición, etc.

   “Trento virtualmente hizo que la gracia salvadora dependiera de lo que el penitente hiciera o dejara de hacer, aunque sea en una forma extremadamente refinada … Afirmó que no solamente la gracia sino también las buenas obras contribuían a la justificación”. Además, Spykman indica que “esto contradice directamente la invitación de Cristo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados, y yo os daré descanso’ ” (Mt. 11:28–30).

   Versíc. 25b, 26. (Dios hizo esto) para demostrar su justicia, porque en su paciencia él había tratado los pecados pasados con indulgencia. (Así que lo hizo) para demostrar su justicia en el tiempo presente, para ser justo y ser él quien justifica a la persona que tiene fe en Jesús.

   ¿Cómo sucedió que, según el plan de Dios desde la eternidad, nada podía evitar que Jesús derramara su sangre como sacrificio propiciatorio? La respuesta es esta: sucedió para probar o demostrar que Dios no había sido injusto cuando, en su paciencia (cf. 2:4, y véase también 8:32), él había tratado con indulgencia—había “pasado por alto”, “tolerado”—por un tiempo los pecados de su pueblo cometidos en días pasados, es decir, durante la antigua dispensación. Cuando el Hijo de Dios sufrió y murió, lo hizo para pagar por los pecados de todos los que le habían aceptado o iban a aceptarle por medio de una fe viva; esto es, por todos los creyentes de ambas dispensaciones.

   Los méritos de la cruz se extienden tanto hacia atrás como hacia adelante. Al no permitir que los antiguos pecados permanecieran para siempre impunes, sino que debían ser cargados sobre Cristo (Is. 53:6), Dios demostró que él era, es y siempre será justo. Y dado que él es justo, ¿quién puede negar que él, y solamente él, tiene derecho a ser—y de hecho es—el justificador de todos los que ponen su confianza en Jesús?

   Nótese lo siguiente:

a. Una vez más, cosa que encontramos con frecuencia en Romanos, se nos dice que la maravillosa bendición de la justificación es para aquella persona, él o ella solamente que tiene fe en Jesús.

b. “En Jesús”, Esto debe significar el Jesús de la historia, Aquel que nació en Belén, fue crucificado, resucitó y subió a los cielos. ¡La afirmación que dice que es posible creer en un Cristo que no es el Jesús de la historia del cual las Escrituras dan testimonio es falsa!

3er Titulo:

La Fe En Cristo, Condición Para La Justificación. (San Juan 3: 16-18. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 

   Comentario del contexto Bíblico: 16. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo, el unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

   El infinito amor de Dios se manifestó de una forma infinitamente gloriosa. Este es el tema del texto de oro que se ha hecho tan querido a los hijos de Dios. Este versículo arroja luz sobre los siguientes aspectos de dicho amor: 1. su carácter (de tal manera amó), 2. su autor (Dios), 3. su objeto (el mundo), 4. su don (el Hijo, el unigénito), y 5. su propósito (que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna).

   La conjunción porque establece una relación causal entre este versículo y el anterior. Podríamos parafrasearlo así: el hecho de que sólo por medio de Cristo se puede obtener la vida eterna (véase versículo 15), se ve claramente en que le plugo a Dios conceder este supremo don solamente a los que ponen su confianza en él (versículo 16).

   1. Su carácter.

   La frase “de tal manera”, teniendo en cuenta lo que sigue, debe interpretarse con este significado: en un grado tan infinito y en forma tan trascendentemente gloriosa. Se enfatiza mucho este pensamiento.

   De tal manera amó. El tiempo que se usa en el original (el aoristo ἠγάπησεν) muestra que el amor de Dios en acción, el cual se remonta hasta la eternidad y fructifica en Belén y en el Calvario, se considera como un hecho grande, central y único. Aquel amor era rico y verdadero, lleno de comprensión, ternura y majestad.

   2. Su autor divino.

   De tal manera amó Dios (en el original lleva el artículo: ὁ θεός, tal como en 1:1 donde, como dijimos, se indica al Padre). Para obtener una idea de la deidad, nunca se debe sustraer del concepto popular tantos atributos como sean posibles hasta que literalmente no quede nada. Dios es plenitud de vida y plenitud de amor. Tómense todas las virtudes humanas; eléveselas entonces al infinito, y se percibirá que por muy grande y gloriosa que sea la imagen total que se forme en la mente, no será más que una mera sombra del amor y la vida que existen eternamente en el corazón de aquel cuyo mismo nombre es amor. Y el amor de Dios siempre precede a nuestro amor (1 Jn. 4:9, 10, 19; cf. Ro. 5:8–10), y lo hace posible.

   3. Su objeto.

   El objeto del amor de Dios es el mundo. (Véase 1:10 y la nota 26 en donde se han resumido los diversos significados.) ¿Qué significa exactamente aquí en 3:16 este término? Nuestra respuesta es:

a. Las palabras “todo aquel que en el cree” indican claramente que no se refiere a aves y plantas sino a la humanidad. Cf. también 4:42; 8:12; 1 Jn. 4:14.

b. Aquí, sin embargo, no se entiende a la humanidad como el reino del mal, que está en rebeldía y abierta hostilidad contra Dios y Cristo (significado 6 de la nota 26), ya que Dios no ama el mal.

c. Tal como aquí se usa, el término mundo significa la humanidad que, aunque cargada de pecado, sujeta al juicio, y necesitada de salvación (véase versículo 16b y 17), sigue siendo objeto del cuidado de Dios. La imagen de Dios se refleja todavía, hasta cierto punto, en los hijos de los hombres. La humanidad es como un espejo. Originalmente este espejo era muy hermoso, una obra de arte. Pero, sin ninguna culpa del Hacedor, ha quedado horriblemente manchado. Su creador, no obstante, aún reconoce su propia obra.

d. Teniendo en cuenta el contexto y otros pasajes en que se expresa un pensamiento similar (véase nota 26, significado 5), es probable que en 3:16 esta palabra indique la humanidad caída en un sentido internacional: hombres de toda tribu y nación; no sólo judíos sino también gentiles. Esto concuerda con el pensamiento expresado repetidas veces en el cuarto Evangelio (incluyendo este mismo capítulo) que revela que la ascendencia física no tiene nada que ver con la entrada en el reino de los cielos (1:12, 13; 3:6; 8:31–39.)

   4. Su don.

   “… que dio a su Hijo, el unigénito”. El original dice literalmente: “que, a su Hijo, el unigénito, dio”. Todo el énfasis recae en la asombrosa grandeza del don; por esa razón, en esta cláusula el complemento directo precede al verbo. El verbo dio se debe tomar en el sentido de, dio para morir como ofrenda por el pecado (cf. 15:13; 1 Jn. 3:16; especialmente 1 Jn. 4:10; Ro. 8:32: el dio de Juan es el no escatimó de Pablo). Véase 1:14 para el significado de unigénito. Téngase en cuenta que el artículo que precede a la palabra Hijo se repite delante de unigénito. De este modo tanto el sustantivo como el adjetivo quedan reforzados. Parece como si oyésemos el eco de Génesis 22:2: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas …” El don del Hijo es la culminación del amor de Dios (cf. Mt. 21:33–39).

   5. Su propósito.

   “… para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

   Dios no ha dejado a la humanidad abandonada. Amó al mundo de tal forma que dio a su Hijo, al unigénito, con este propósito: que los que lo reciben con confianza y fe permanentes tengan vida eterna. Aunque el evangelio es anunciado a hombres de toda tribu y nación, no todo el que lo oye cree en el Hijo. Pero todo aquel que cree—sea judío o gentil—tiene vida eterna.

   Las palabras “… no se pierda” no significan simplemente: no pierda la existencia física; ni tampoco quieren decir: no sea aniquilado. Como indica el contexto (versículo 17), la perdición de que habla este versículo se refiere a la condenación divina, completa y eterna, de forma que el condenado queda expulsado de la presencia del Dios de amor y mora eternamente en la presencia de un Dios de ira, estado que, en principio, empieza ahora aquí pero que no alcanza su completa y terrible culminación, tanto para el cuerpo como para el alma, hasta el día de la gran consumación. Obsérvese que perderse es el antónimo de tener vida eterna.

   “… mas tenga vida eterna”. (Sobre el significado de vida véase 1:4). La vida que pertenece al futuro, al reino de la gloria, pasa a ser posesión del creyente aquí y ahora; es decir, en principio. Esta vida es salvación, y se manifiesta en la comunión con Dios en Cristo (17:3); en la participación del amor de Dios (5:42), de su paz (16:33), y de su gozo (17:13). El adjetivo eterna (αἰώνιος) aparece 17 veces en el cuarto Evangelio, y 6 veces en 1 Juan, siempre acompañando al sustantivo vida. Indica, como ya hemos hecho notar, una vida que es diferente en calidad de la vida que caracteriza a esta era presente. Sin embargo, tal como se les usa aquí en 3:16, el nombre y el adjetivo tienen también un sentido cuantitativo: se trata realmente de una vida eterna, que nunca termina.

   Para recibir esa vida eterna se debe creer en el unigénito Hijo de Dios. Pero es importante darse cuenta de que Jesús menciona la necesidad de la regeneración antes de hablar acerca de la fe (cf. 3:3, 5 con 3:12, 14–16). La obra de Dios dentro del alma siempre precede a la obra de Dios en que el alma coopera (véase especialmente 6:44). Y puesto que la fe es, por consiguiente, el don de Dios (no sólo para Pablo, Ef. 2:8, sino también en el cuarto Evangelio), su fruto, la vida eterna, es también el don de Dios (10:28). Dios dio a su Hijo; Dios nos da la fe para aceptar al Hijo; y él nos da la vida eterna como recompensa por el ejercicio de esa fe. ¡A él sea la gloria por siempre jamás!

   Versíc. 17. En estrecha relación con el anterior, el versículo 17 prosigue así: Porque Dios envió a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él.

   Según creían los judíos, cuando el Mesías viniera condenaría a los paganos. El Día del Señor traería castigo para las naciones que habían oprimido a Israel, pero no para Israel.Amós ya había censurado con gran severidad esta interpretación equivocada de las profecías(Am. 5:18–20), pero ellos nunca la abandonaron. Las palabras de Jesús van dirigidas contraeste exclusivismo judío. El versículo 17 indica claramente:

a. que el propósito redentor de Dios no se limita a los judíos, sino que abarca a todo el mundo (hombres de toda tribu y nación, considerados en conjunto).

b. que el objetivo principal de la primera venida de Cristo no era el condenar sino el salvar.

   Es cierto que el verbo que se tradujo por condenar (κρίνῃ de κρίνω) tiene en el original un sentido muy amplio. Nuestra palabra discriminar, que proviene de la misma raíz, nos señala la idea básica: separar. De ésta, a su vez, viene la idea de seleccionar una cosa y no otra; y de ahí, juzgar, decidir. Aunque en este mundo pecador juzgar significa con frecuencia condenar, la palabra empleada en el original también puede tener ese sentido, que se expresaría más exactamente con el término κατακρίνω. El hecho de que aquí, en 3:17, tenga (o al menos se aproxime a) ese significado está demostrado por el antónimo: salvar. La salvación, en el sentido más completo de la palabra (liberación no sólo del castigo sino del mismo pecado, y la dádiva de lavida eterna), era lo que Dios tenía preparado para el mundo al cual envió su Hijo; no condenación sino salvación.

   Esto hace surgir una pregunta: ¿Hemos de decir, entonces, que el propósito de la primera venida de Cristo fue el traer salvación, mientras que el propósito de su segunda venida será el de traer condenación (o juicio, por lo menos)?

   Pero, como el versículo 18 indica, el asunto no es tan simple como parece. Nadie tiene que esperar hasta el día de la gran consumación para recibir su sentencia. En aquel día, por supuesto, sucederá algo muy importante: el veredicto será públicamente proclamado (5:25–29). Pero la decisión en sí misma, que es la base de esta proclamación pública, ya se ha hecho hace mucho tiempo:

   Versíc. 18. El que en él cree, no es condenado (o juzgado); pero el que no cree ya está condenado.

   Jesús divide a todos los que oyen el mensaje de salvación en dos grupos, cada uno de los cuales está representado por un individuo:

(1) El que permanece en Cristo por la fe no es juzgado; esto es, nunca se pronunciará contra él una sentencia de condenación. Desde ahora aparece sin culpabilidad ante los ojos de Dios.

(2) El que rechaza a Cristo y no cree en él como el Hijo unigénito de Dios (sobre este término véase 1:14) no tiene que esperar al juicio final, como si el veredicto se aplazara hasta entonces. Por el hecho mismo de su obstinada incredulidad, ya ha sido condenado, y por lo tanto permanece en ese estado.

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Ryrie.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.