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Semana del 15 al 22 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la fe para la conversión”.

Semana del 15 al 22 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la fe para la conversión”.

Semana del 15 al 21 de abril de 2019:   Lectura Bíblica: Hebreos 11:5 y 6. Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios. Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

   Comentario del contexto Bíblico: Tres ejemplos de fe: Abel, Enoc, y Noé 11:4–7

   El contraste entre la fe y la incredulidad queda ejemplificado en las vidas de los antepasados. El escritor presenta el elemento positivo, la fe; pero cuando menciona el nombre de Caín, él introduce un ejemplo de desobediencia e incredulidad.

   Versíc. 4. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que Caín. Por la fe él fue aprobado como hombre justo, al hablar Dios bien de sus ofrendas. Y por la fe él habla todavía, aunque esté muerto.

   El escritor coloca el nombre de Abel, y por implicación el de Adán, a la cabeza de su lista de los santos del Antiguo Testamento. El hijo de Adán, Abel, ocupa un lugar especial en la historia sagrada, ya que aun Jesús mismo la llama justo (Mt. 23:35; Lc. 11:51).

   Acerca de Abel, nótense los siguientes puntos:

   a. Abel presentó un “sacrificio mejor” que su hermano Caín. Como labrador de la tierra, Caín trajo parte de su cosecha. Abel, el pastor, sacrificó la grosura de “algunos de los primogénitos de su rebaño” (Gn. 4:4). ¿Es la palabra mejor (literalmente, “más grande”) una indicación de que los sacrificios de animales le eran más aceptables a Dios que los de los frutos de la tierra? No. No es a las ofrendas que debemos mirar sino a los ofrecedores. El contexto histórico es bastante explícito. En Génesis 4:6–7 leemos: “Entonces el Señor le dijo a Caín, ‘¿Por qué estás enojado? ¿Y por qué está decaído tu semblante? Si haces lo que es bueno, ¿no serás aceptado? Pero si no haces lo que es bueno, el pecado acecha a tu puerta; desea dominarte, pero debes enseñorearte de él’”.

   La versión del versículo 7 en la Septuaginta lee así: “¿No pecaste al ofrecer tu sacrificio correctamente, pero sin dividirlo correctamente?” A lo largo de su epístola el escritor de Hebreos demuestra que él se basa en esta traducción griega del Antiguo Testamento. Pero la elección que el escritor hace de esta versión no es lo que está en consideración ahora. Lo importante es que la actitud de Caín para con Dios era pecaminosa. En efecto, Dios le rogó que se arrepintiese, que cambiase su modo de vivir, y que dominase el pecado. Con todo, el escritor sólo introduce el nombre de Caín por contraste; él está interesado en le fe de Abel. Nótese, por ejemplo, que la expresión por la fe aparece tres veces en este versículo (NVI).

   b. Abel era un “hombre justo”. Él vivió en armonía con Dios y con el hombre y por lo tanto llegó a ser conocido como un hombre justo. No sabemos cómo se comunicaba Dios con Abel. Se puede suponer que, así como Dios le habló directamente a Caín, del mismo modo le habrá hablado a Abel. No hay razón para recurrir a interpretaciones que sostengan que Dios se comunicaba por medio de símbolos tales como el fuego que descendía del cielo para consumir el sacrificio de Abel o cómo el humo que ascendía de su sacrificio. El relato de Génesis no aporta información adicional acerca de qué modo se manifestó que Dios “miraba con favor a Abel y a su ofrenda” (4:4). Dios miró el corazón de Abel y estuvo satisfecho con los motivos del dador. Como dice Pablo: “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7).

   c. Aún después de su muerte, Abel es un testigo constante. El texto (“él habla todavía, aunque esté muerto”) puede ser interpretado como una referencia a la sangre de Abel. Dios le dice a Caín: “La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gn. 4:10; véanse también Mt. 23:35; Lc. 11:51; Heb. 12:24). Pero lo que el escritor de Hebreos enfatiza es el concepto de fe, no la venganza de la sangre de Abel. La dificultad de relacionar la fe con la sangre que ha sido derramada no ha de ser resuelta por una rápida referencia a Apocalipsis 6:10, donde las almas que están bajo el altar claman: “¿Hasta, Señor Soberano, Santo y Verdadero, juzgarás a los habitantes de la tierra y vengarás nuestra sangre?” No es la sangre de Abel, sino la fe de Abel lo que es importante; por consiguiente, la referencia a las almas que están bajo el altar tiene poca importancia. El escritor coloca a Abel ante los lectores como un hombre justo que vivió por la fe (Heb. 10:38). Abel está a la cabeza de la lista de los héroes de la fe del Antiguo Testamento. Aun después de su muerte, su ejemplo alienta a la gente a buscar a Dios, porque éste recompensa a los que ardientemente le buscan. Abel es entonces el padre de los creyentes del tiempo previo a Abraham. Su fe en Dios habla todavía como un testigo constante.

   Versíc. 5. Por la fe Enoc fue tomado de esta vida, de modo que no experimentó la muerte; no pudo ser hallado porque Dios se lo había llevado. Pues antes de ser tomado, él fue aprobado como una persona que agradó a Dios.

   Así como Abel demostró su amor para con Dios, del mismo modo Enoc, miembro de la séptima generación de la familia de Adán (Gn. 5:1–24; Jud. 14), sirvió al Señor. El escritor de Hebreos escogió a Enoc como la próxima persona que serviría como ejemplo de una vida de verdadera dedicación a Dios. El relato de Génesis es bastante breve:

   Cuando Enoc tenía 65 años fue padre de Matusalén. Y después de ser padre de Matusalén, Enoc caminó con Dios 300 años y tuvo otros hijos e hijas. En total, Enoc vivió 365 años. Enoc caminó con Dios; y luego desapareció, porque Dios se lo llevó. (5:21–24)

   En tanto que la información acerca de Abel nos viene en la forma de un relato histórico, los detalles acerca de Enoc están registrados en una genealogía. Aun así, los hechos son suficientemente claros. De las otras personas mencionadas en la genealogía se dice el mismo refrán: “y murió”. Pero “Enoc fue tomado de esta vida, de modo que no experimentó la muerte”. Y el escritor introduce esta oración con la expresión por la fe. A causa de su fe, Enoc no enfrentó la muerte, sino que fue trasladado a la gloria.

   Cuando el escritor dice: “Enoc fue tomado de esta vida”, lo que en realidad hace es repetir la conclusión del relato de Génesis. Esta conclusión se apoya en la cláusula Enoc caminó con Dios, que aparece dos veces en su genealogía. ¿Qué significa la frase caminar con Dios? Significa que la persona vive una vida espiritual en la que le dice todo a Dios (véase Gn. 6:9). Enoc vivió una vida normal, criando hijos e hijas, pero toda su vida se caracterizó por su amor a Dios. Por esta razón Dios lo llevó al cielo.

   Nótese que el escritor usa la frase fue tomado o llevado tres veces. La fe de Enoc fue tan fuerte y su relación con Dios tan estrecha, que se impidió que él muriese. La maldición de la muerte pronunciada sobre Adán y sus descendientes no prevaleció sobre Enoc, porque Dios le transformó. Enoc “fue aprobado como una persona que agradó a Dios”.

   Versíc. 6. Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque cualquiera que viene a él debe creer que existe y que recompensa a los que le buscan con todo ahincó.

   Este texto enseña una verdad espiritual que toca la vida espiritual de todo creyente. Constituye una de las expresiones más elocuentes de fe y oración presentes en la epístola a los hebreos. En comparación, la declaración de Pablo acerca de que “todo lo que no viene de la fe es pecado” (Ro. 14:23) es escueta. En un versículo bellamente estructurado, el escritor de Hebreos comunica el método para complacer a Dios, la necesidad de creer en su existencia y la certeza de la oración contestada.

   a. ¿Como agradamos a Dios? ¡Caminando con él por la fe! Debemos confiar plenamente en Dios y contarle nuestras cosas como a nuestro amigo más querido. “Sin fe es imposible agradar a Dios”. La palabra imposible trae a nuestra mente Hebreos 6:4. Trasmite la idea de que la fe es el ingrediente indispensable para complacer a Dios.

   b. ¿Por qué oramos a Dios? Cuando el creyente ora a Dios, debe creer que Dios existe, Aunque la existencia de Dios sea una verdad establecida para el creyente, con frecuencia sucede que éste pasa por alto a Dios al no orar a él. Dios, sin embargo, desea que el creyente ore continuamente.

   c. ¿Cómo buscamos a Dios en oración? ¡Con fervor, con plena confianza! El pecador recibe perdón; el suplicante, misericordia; y el justo, paz. Dios nos invita a venir a él con plena cereza de que él oirá y contestará las oraciones. “Así que”, dice el escritor, “no descartéis vuestra confianza; será ricamente recompensada” (10:35).

   Las recompensas nunca pueden ser ganadas. En su bondad soberana, Dios concede recompensas no en términos de pago, sino como bendiciones otorgadas a su pueblo. Dios nos concede el don de la vida eterna. “Ninguna acción humana puede de manera alguna igualar esto en valor”. Las recompensas que Dios nos da son gratuitas, porque él es soberano.

   Versíc. 7. Por la fe Noé, al ser advertido acerca de cosas no vistas aún, con santo temor construyó un arca para salvar a su familia. Por su fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe.

   Hubo una persona que demostró su fe en Dios en un mundo de incredulidad, y esa persona fue Noé. En el relato histórico acerca del diluvio, leemos que Dios informó a Noé acerca del inminente diluvio que destruiría toda vida a causa de la gran maldad del hombre. Dios le advirtió a Noé que eliminaría a hombres, animales y pájaros cuando terminase el período de 120 años (Gn. 6:1–7). Noé encontró favor ante los ojos de Dios porque “caminó con Dios” (Gn. 6:8–9). Como sus antepasados, Abel y Enoc, él puso toda su confianza en Dios.

   Dios instruyó a Noé para que construyese un arca de un tamaño específico y adecuado para contener a su familia y a todos los animales y pájaros que Dios quería mantener con vida. También le informó a Noé “acerca de cosas no vistas aún” (véase Heb. 11:1).

   Aunque la Escritura no da ningún relato acerca de las burlas, el hostigamiento y los atrasos que tuvo que sufrir Noé mientras construía su enorme arca, probablemente sobre la tierra seca, podemos estar seguros que él sintió el maltrato de la incredulidad. Las mofas, los vilipendios y el escarnio constituyeron su dieta diaria de oposición.

   Noé se encontraba solo en medio de un mundo hostil. Fuera de sus familiares inmediatos, él no podía contar con el apoyo de nadie. Creer en Dios en medio de creyentes es algo relativamente fácil. Pero no tener a nadie en quien apoyarse excepto en Dios es la verdadera prueba de la fe. Noé creyó, y “con santo temor construyó un arca para salvar a su familia”. Por una parte, él manifestaba una profunda reverencia por Dios; por la otra, estaba aterrado a causa de la inminente destrucción. Él se sentía lleno de un santo temor ante la perspectiva del juicio de Dios sobre el mundo pecador. Porque si él no hubiese creído la advertencia de Dios, no hubiese sentido temor. Su fe le llevó a temer y a construir. Obedientemente él siguió las instrucciones que Dios le dio. Construyó el arca y al hacerlo demostró su firme confianza en Dios. Su fe se transformó en un testimonio que condenó al mundo incrédulo que le rodeaba. La fe de Noé estaba diametralmente opuesta a la incredulidad del mundo.

   La Escritura describe a Noé como un hombre justo (Gn. 6:9). Ezequiel escribe acerca de la posibilidad de que Dios enviase una hambruna contra un país que pecare contra él; de estar Noé, Daniel y Job en dicho país, “ellos sólo podrían salvarse por su justicia” (Ez. 14:14, 20). Y Pedro llama a Noé “predicador de justicia” (2 P. 2:5). El escritor de Hebreos dice que Noé “llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe”. Ningún profeta predicó nunca un mensaje tal de condenación como el que predicó Noé durante un período tan extenso—120 años. Además, Noé predicó a todo el mundo de su tiempo.

   Por su fe Noé heredó el don de la justicia. Su ancestro Abel “fue aprobado como hombre justo” (Heb. 11:4). Noé, sin embargo, llegó a ser poseedor de justicia; es decir, su modo de vivir fue un modelo de justicia siempre opuesto a la incredulidad. Su vida fue un ejemplo constante de obediencia a la voluntad de Dios. Por medio de su vida justa, Noé halló el favor de Dios. Por la fe él agradó a Dios.

Consideraciones prácticas en 11:4–7

   Los héroes de la fe que precedieron a Abraham fueron verdaderos pioneros: Abel, Enoc y Noé. Estos hombres estuvieron virtualmente solos en su lucha de fe; la incredulidad y la desobediencia les rodeaban y no existía una comunidad creyente que los apoyase.

   Consideramos, por ejemplo, a Abel. Su padre y madre habían caído en desobediencia y habían sido echados del Paraíso. Su hermano rehusó escuchar la voz de Dios y se transformó en un siervo del pecado (Gn. 4:7). Abel, por el contrario, deseaba servir a Dios y hacer la voluntad de Dios. Él puso su confianza en el Señor; fue una figura solitaria, un verdadero pionero, un hijo de Dios.

   Sabemos muy poco acerca del mundo en que vivió Enoc. El escritor coloca el nombre de Enoc en una genealogía y se abstiene de dar detalles históricos. Sin embargo, particulariza el rasgo distintivo de Enoc: Enoc caminó con Dios. Todas las otras personas mencionadas en la genealogía (Gn. 5:3–32) carecen de esta descripción. Sólo Enoc es conocido como hombre de fe.

   Finalmente, Noé caminó con Dios (Gn. 6:0). También él se destacó (con su propia familia) como pionero de la fe. El mundo le abandonó, pero él permaneció fiel.

Nótese lo siguiente:

Por su fe Abel pagó con el precio de su vida.

Por su fe Enoc fue tomado de esta vida.

Por la fe Noé salvó la vida de su familia.

1er Titulo:

Fe intelectual Santiago 2:18 al 20 Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?).

   Comentario del contexto Bíblico: Fe, obras y credo 2:18–19:

   Santiago redacta con sumo cuidado su presentación de la fe y las obras. Comienza con una ilustración acerca de un hermano y hermana necesitados (vv. 15–17). Acto seguido, entra en diálogo con una persona que dice que tiene obras y que se adhiere al credo (vv. 18–19). Y finalmente, Santiago presenta pruebas de que en su desarrollo histórico la fe y las acciones siempre van juntas (vv. 20–26).

   Versíc. 18. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe; yo tengo obras”. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por lo que hago. 19. Tú crees que hay un solo Dios. ¡Haces bien! Hasta los demonios lo creen—y tiemblan.

   Dividimos esta sección en tres partes:

   a. Argumento. No debe preocuparnos en este momento si Santiago debate con una persona real o imaginaria. El desarrolla su argumento como sigue:

   Alguien dice: “Tú tienes fe; yo tengo obras”. Esta persona no quiere decir que Santiago tiene fe y ella tiene obras. No, quien habla se refiere a dos personas, una que afirma que tiene fe, pero no tiene obras, y otra que insiste que tiene obras, pero carece de fe. Separa la fe de las obras.

   Supongamos entonces que una persona sólo tiene fe y otra sólo tiene obras. En tal caso, es posible que aquel que dice tener fe llegue a Dios más prestamente que el que sólo tiene obras a su favor. Y por eso, a causa de su fe, se considera superior a la persona que carece de fe, pero tiene obras.

   b. Desafío. Santiago rehúsa aceptar una división entre la fe y las obras. La verdadera fe no puede existir separada de las obras, y las obras aceptables ante los ojos de Dios no pueden ser hechas sin la verdadera fe.

   Santiago le lanza un desafío al que habla: “Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por lo que hago”. Vale decir que Santiago quiere ver qué tipo de fe posee su interlocutor. Si la fe no ha echado raíces en el corazón del entonces dicha fe no llega a ser nada más que palabras huecas—es estéril. Lo contrario es la verdadera fe, la que está inseparablemente unida a obras de amor. Pablo resume este punto brevemente cuando dice: “Lo único que cuenta es la fe que se expresa por medio del amor” (Gá. 5:6).

   El interlocutor de Santiago presenta un argumento adicional; dice que la fe no es necesaria. Aboga por un cristianismo práctico. Argumenta que hacer buenas obras es más importante que creer en una determinada doctrina. No se da cuenta de que esas obras suyas, llamadas “de caridad”, nada tienen en común con las obras de gratitud que se originan en el corazón agradecido de un creyente.

   c. Corrección. Santiago se dirige aquí a todos los que intentan separar la fe de las obras. Los desafía a que le muestren una verdadera fe sin obras, u obras aparte de la fe. Y luego les dice que él les mostrará su fe por medio de su conducta. O sea, que en todo lo que él hace, la fe es el ingrediente principal. Así como un motor produce poder a causa de la corriente eléctrica que fluye en su interior, del mismo modo un cristiano produce buenas obras cuando la verdadera fe le da poder.

   Oímos en esto un eco de aquella enseñanza de Jesús que dice que conocemos al árbol por su fruto; un árbol sin “buen fruto es cortado y tirado al fuego” (Mt. 7:19). Aquellos que hablan, pero no actúan oirán a Jesús decir: “Nunca os conocí. ¡Alejaos de mí, hacedores de maldad!” (v.23). La fe sin obras es muerta.

   En este capítulo, Santiago se refiere a dos clases de fe; la verdadera fe y la fe fingida. La primera clase es característica del verdadero creyente que muestra su fe “por medio de obras hechas en la humildad que viene de la sabiduría” (Stg. 3:13). La segunda clase es una demostración de una ortodoxia muerta que no va más allá de ser una serie de afirmaciones doctrinales que reflejan adecuadamente la enseñanza de las Escrituras. Por ejemplo, los judíos recitan su credo y dicen: “Oye, oh Israel: El Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Dt. 6:4). Pero si la fe no es más que una recitación de las palabras familiares de este credo—aunque estas palabras son totalmente bíblicas—la misma se ha transformado en un frío ejercicio espiritual que nada tiene que ver con una fe que fluye del corazón.

   Santiago llega al quid de su ilustración. Dice: “Tú crees que hay un solo Dios. ¡Haces bien! Hasta los demonios lo creen—y tiemblan.” Pero lo cierto es que ningún ángel caído puede reclamar para sí la salvación en base a esta fe puramente objetiva. De modo similar, el hombre que sólo da su asentimiento intelectual a la verdad de las Escrituras, sin demostrar adhesión al Dios que confiesa, carece de verdadera fe. Su fe, que no es nada más que una pretensión, está muerta. La persona tiene sólo el conocimiento de que Dios es uno y que no tiene verdadera fe en Dios por medio de Jesucristo es peor que los demonios. Los demonios, dice Santiago, lo creen y tiemblan.

   Lo que quiere decir es que aun entre los demonios prevalece la verdad doctrinal. Ellos confesaron el nombre de Cristo durante el ministerio de Jesús (Mr. 1:24; 5:7; Lc. 4:34). Su conocimiento del Hijo de Dios les hizo temblar, pero tal conocimiento no podía salvarlos. El conocimiento sin fe es inútil.

Observaciones adicionales

   La cita. Los traductores difieren acerca del alcance de la frase que va entre comillas en el versículo 18. Los traductores de la Biblia de Jerusalén, por ejemplo, toman el versículo 18 como palabras dichas por el adversario de Santiago: “¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por mis obras mi fe”. El problema gira, por supuesto, alrededor de la interpretación de los pronombres y yo en este versículo. Lamentablemente, los escritos antiguos no exhibían ni puntuación ni comillas, y por consiguiente cada traductor debe llegar a su propia decisión.

   Considérese esta afirmación: “Tú tienes fe; yo tengo obras”. La persona que dice esto, ¿está diciendo: “Tú Santiago, tienes fe; pero yo, por el contrario, ¿tengo obras”? ¿Continúa luego lo que acaba de decir con el desafío: “¿Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por lo que hago”? Difícilmente. Estas dos afirmaciones se contradicen si vienen de la misma persona. Aparentemente, el contraste presente en el versículo 18a—“Tú tienes fe; yo tengo obras”—no se establece tanto entre Santiago y el que habla como entre los conceptos de fe y obras, ejemplificados en una u otra persona. Martin Dibelius llega a la siguiente conclusión: “El punto principal del oponente en el versículo 18a no es la distribución de la fe y de las obras entre “tú” y “yo”, sino más bien en la total separación de la fe y de las obras en general”.

   Por esta razón muchos traductores y expositores han adoptado la lectura ejemplificada en la versión en inglés llamada Good News Bible: “Pero alguien dirá: “una persona tiene fe, la otra tiene acciones”. Esta traducción les quita la ambigüedad a los pronombres yo y , Pero puede objetarse que, si Santiago hubiese querido decir esto, podría haberse expresado mucho más claramente usando los términos el uno y el otro. En vez de hacer eso, Santiago emplea los pronombres personales que encontramos en los versículos 18 y 19.

   Aunque siempre aparecen dificultades en cualquier interpretación que se haga de este pasaje, la sugerencia de que entendamos el versículo 18a en términos de “uno” y “otro” encuentra una aceptación general. Los versículos 18b y 19 son la respuesta que Santiago presenta ante su interlocutor.

   El interlocutor. ¿Quién es este interlocutor? Algunos intérpretes opinan que la persona que dice las palabras del versículo 18a es un cristiano que muestra buena disposición para con Santiago. Es una persona que desea mediar entre dos partes, una de las cuales enfatiza la fe y la otra las obras. “Esta amable persona, que no desea ser demasiado dura con nadie, sugiere que hay un lugar tanto para el hombre que enfatiza la fe como para el que insiste en las obras”. Esto significa que la primera palabra del versículo 18 no puede ser, pero, que es demasiado adversativa. Muchos intérpretes prefieren la afirmación .

   Sin embargo, si consideramos las características de la epístola de Santiago, vamos a tener dificultades en aceptar el argumento de que no es Santiago sino otra persona la que se está dirigiendo a las partes de este conflicto entre la fe y las obras. A todo lo largo de su epístola es Santiago quien entra en debate con sus lectores. Es él quien les habla, loscorrige y los alienta. Y si tenemos en cuenta su referencia al credo: “Oye, oh Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Dt. 6:4), el interlocutor a quien Santiago se dirige debe ser un cristiano judío.

   Finalmente, opino que demostramos buen criterio si nos mantenemos alejados de dogmatismos en un área donde abundan tanto las interpretaciones y las soluciones a los problemas. Por consiguiente, dado que la última palabra no ha sido dicha ni escrita, las explicaciones sólo pueden ser tentativas.

2° Titulo:

La Fe Emocional Identifica Que Jesús Es El Único Salvador (San Juan 4:24 al 29. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?).

   Comentario: Versíc. 24. La necesidad de una adoración realmente espiritual tiene sus raíces en la esencia de Dios: Dios es Espíritu. En el original (πνεῦμα ὁ θεός) el sujeto, Dios, va al final y lleva artículo. El predicado, Espíritu, es la primera palabra de la oración y va sin artículo. (Cf. nuestras observaciones sobre la construcción gramatical de la tercera cláusula de 1:1.) El predicado se pone en primer lugar para hacer resaltar esta verdad: ¡Dios es completamente espiritual en su esencia! ¡No es un dios de piedra, ni un árbol, ni una montaña para que se le tenga que adorar en este o aquel monte; p.ej., el Gerizim! Es un Ser incorpóreo, personal e independiente. Por ello, los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad. Los verdaderos adoradores no sólo adorarán al Padre en Espíritu y en verdad; sino que deben hacerlo así. Jesús pone su deben en contraste con el de la mujer (cf. 4:24 con 4:20). (Véase el comentario del versículo 23 para el significado de “adorar en espíritu y en verdad”.)

   Versíc. 25. Los pensamientos de la mujer se dirigen ahora hacia la venida del Mesías. El profundo conocimiento que el extraño tenía de su vida (4:17, 18; cf. 4:29), y su penetrante discernimiento sobre la esencia de Dios y sobre la verdadera adoración (4:21–24), la hacen pensar en unas tradiciones que, partiendo de Dt. 18:15, 18, habían llegado hasta el pueblo de Samaria. Esto no significa que ella en modo alguno reconociera al Mesías en este forastero. Por supuesto que no, pero lo que había dicho le hizo pensar en el Mesías. Por esto la contestación no nos sorprende: Le dijo la mujer: Sé que Mesías viene, el que es llamado Cristo (esto último es algo que Juan, el escritor, añade teniendo en cuenta a sus lectores de Asia Menor); cuando él venga nos declarará todas las cosas.

   El hecho de que también entre los samaritanos existía una expectación mesiánica (obsérvese que la mujer emplea incluso la palabra Mesías como nombre propio, sin artículo) se ve claramente en este pasaje, en Hch. 8:9, y en Josefo, Antigüedades, XVIII, iv, 1. Sin embargo, la esperanza de esta mujer era vaga en cuanto al tiempo de su cumplimiento: “…cuando él venga”; puede ser mañana, pero también puede ser de aquí a muchos años. Sin embargo, lo que hay que hacer resaltar es esto: ¡ahora tiene esperanza! La mujer empieza a anhelar la venida del Mesías, de aquel que le dirá lo que hay que hacer con su pecaminosa condición; más aún, el que le declarará (cf. 16:13, 14, 15) todas las cosas, no sólo a ella sino también a su pueblo (“nos”).

   Versíc. 26. Y ahora llega el momento supremo de la autorrevelación mesiánica. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. ¡Esta es la mayor de todas las sorpresas! Pero ésta es también laúnica solución a todos sus problemas, y la única respuesta a todas las preguntas que habrotado en el corazón de esta mujer.

   ¿Llegó esta mujer a aceptar a Jesús como Señor? Si es así, ¿por qué no se dice explícitamente? Para contestar a estas preguntas remitimos al lector a lo dicho en 4:7–10.

   Pudiera hacerse, también, otra pregunta: ¿Cómo es que Jesús se le reveló a ella como el Mesías y no a todos los que tuvieron contacto con él? La respuesta es que pareció bien al Padre el ocultar esta gran realidad a los sabios y entendidos, y revelarla a sus hijos predestinados (Mt. 11:25, 26). ¿Corría peligro Jesús por revelar que era el Mesías? Debemos tener en cuenta, en este sentido, que Jesús no obró ningún milagro en Samaria, que nosotros sepamos. Estas señales de poder a veces resultaban en una perversión del concepto del oficio mesiánico (cf. 6:15). Por otra parte, después de una estancia de tan sólo dos días (4:40) prosiguió su viaje hacia Galilea, de modo que no hubo prácticamente tiempo para que la declaración “Yo soy el Mesías” provocara oposición por parte de las autoridades y resultara en una crisis prematura.

   4:27 En ese momento vinieron sus discípulos. Obsérvese: ¡En ese momento! Los discípulos habían terminado sus asuntos en Sicar y regresaron por supuesto al pozo. Jesús acaba de hacer su gran declaración alcanzando el punto culminante de una forma natural y sin violencia. Pero la providencia divina es tal, que en aquel preciso momento llegaron los discípulos—no antes, para no interrumpir la conversación con la mujer, y no después, para que los discípulos no dejaran de presenciar este gran acontecimiento (la condescencia del Señor con esta mujer samaritana), con todas sus consecuencias misioneras. Esto es una manifestación e ilustración gloriosa de la operación de la providencia de Dios para la extensión de su reino.

   Los discípulos llegaron y se maravillaron de que hablaba con una mujer. ¿Acaso no era un rabí? ¿Cómo podía, pues, ignorar aquella regla rabínica que decía: “Nadie hable con una mujer en la calle, no, ¿ni siquiera con su propia mujer?”. Los discípulos estaban recibiendo una lección sobre la verdadera emancipación de la mujer. Aunque les extrañaba muchísimo lo que veían y oían, su reverencia hacia el Maestro era tan grande que ninguno dijo: ¿Qué deseas (de ella)? La contestación, de haberse dado, hubiera sido: Que me dé agua. Ni tampoco le preguntaron: ¿Por qué hablas con ella? Pues la respuesta hubiera sido: Para darle agua viva.

   Versíc. 28. Entonces la mujer dejó su cántaro, y regresó a la ciudad, y dijo a la gente. Las maravillosas nuevas que la mujer acababa de recibir (y que tenía que decir a otros), y la llegada de los discípulos, determinaron que ella regresara a la ciudad. El cántaro lo dejó en el pozo. Con frecuencia se interpreta esto como si quisiera decir que, nerviosa por extraños sucesos que habían ocurrido, se olvidó del cántaro al marchar precipitadamente a dar las noticias a todos. Para muchos el incidente del cántaro de esta mujer es como sigue: a. La mujer llega al pozo con su cántaro para sacar agua. Antes de sacarla, un fatigado viajero—sabemos que era Jesús—le pide de beber. b. La conversación continúa, y ella se interesa tanto que no se acuerda de llenar el cántaro. c. Al oír la gran declaración del forastero, se marcha corriendo, olvidándose del cántaro.

   Sin embargo, la siguiente construcción es más natural, y, también, está más de acuerdo con la traducción correcta de la cláusula que se encuentra entra paréntesis del versículo 9:

   a. La mujer llega al pozo con su cántaro, para sacar agua. Saca el agua, llenando así su cántaro. Un desconocido sentado junto al pozo, a quien ella reconoce como un judío, al ver la vasija llena, le pide de beber.

   b. Sabiendo que los judíos no tienen costumbre de beber de los mismos vasos que los samaritanos, no le ofrece inmediatamente lo que le pide, sino que solicita que le explique su extraña petición. A continuación, se desarrolla una conversación muy interesante y reveladora.

   c. Después de oír la gran declaración del forastero, y estando además completamente convencida de que la verdadera adoración es por completo de naturaleza espiritual, y que por consiguiente no existe ningún impedimento fundamental para que judíos y samaritanos beban de los mismos vasos, la mujer deja a propósito el cántaro junto al pozo para que Jesús beba y para que vea que ha comprendido la lección sobre la naturaleza de la verdadera religión. Más tarde, después de haber conducido una gran multitud de gente al pozo, recuperará el cántaro.

   Debemos recordar, en relación con esto, que 4:28 no dice; olvidó (ἐπελήσατο cf. Fil. 3:13), sino dejó (ἀφῆκεν, aoristo primero activo de indicativo de ἀφίημι) su cántaro. Un poco antes, en este mismo capítulo (4:3), se usó exactamente la misma forma de este verbo: el Señor … dejó (salió de) Judea (ὁ κύριος … ἀφῆκεν τὴν Ιουδαίαν). No se olvidó de Judea, sino que se propuso dejarla (salir de ella). Y aquí ocurre lo mismo: la mujer no se olvidó del cántaro, sino que lo dejó deliberadamente para que Jesús hiciera uso de él.

   Versíc. 29. En Sicar, la mujer reunió una gran muchedumbre y exclamó: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho. Aquí revela la misma sabiduría deFelipe al hablar con Natanael (1:46). Aunque no tenemos razón para dudar de que en sucorazón ya creía que Jesús era el Cristo, la forma de hacer la pregunta es tal que la gentetiene que contestarse a sí mismo: ¿No será éste el Cristo?

3er Titulo:

Rendición De La Voluntad A Dios, Señal De Una Fe Verdadera (Salmo 51: 10 al 13. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación. Y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos. Y los pecadores se convertirán a ti.

   Comentario: Purifícame con hisopo, con la sangre de Cristo aplicada a mi alma mediante una fe viva, como el agua de la purificación se rociaba con un manojo de hisopo. La sangre de Cristo es llamada la sangre rociada, Hebreos 12:24. Si esta sangre de Cristo, que limpia de todo pecado, nos limpia de nuestro pecado, entonces estaremos verdaderamente limpios, Hebreos10:2. Él no pide ser consolado hasta no ser limpiado primeramente; si el pecado, la raíz amarga de la tristeza, es quitado, puede orar con fe: Permíteme tener una paz bien fundamentada, creada por ti, para que se regocijen y se consuelen los huesos quebrantados por la convicción de pecado. Esconde tu rostro de mis pecados; borra de tu libro todas mis iniquidades; bórralas como la nube se borra y la disipan los rayos del sol. —El creyente desea su renovación para santidad tanto como el gozo de su salvación.

   David ve, ahora más que nunca, qué corazón inmundo tiene, y lo lamenta con pesar; pero entiende que no está en su poder enmendarlo y, por tanto, le ruega Dios la creación de un corazón limpio en él. Cuando el pecador siente que este cambio es necesario, y lee la promesa de Dios en ese sentido, empieza a pedirlo. Sabía que había entristecido al Espíritu Santo con su pecado y lo había provocado a alejarse. Esto es lo que él teme más que nada. —Pide que le sean restauradas las consolaciones divinas. Cuando nos damos motivo para dudar de nuestro interés en la salvación, ¿cómo podemos esperar el gozo de ella? Esto lo había debilitado; él ora: Estoy pronto a caer ya sea en pecado o en la desesperación, por tanto, sostenme con tu Espíritu. Tu Espíritu es un Espíritu libre, en sí mismo un Agente libre que obra con libertad. Y mientras más contentos estemos en nuestro deber, más constantes seremos en eso. ¿Qué es esto sino la libertad con que Cristo hace libre a su pueblo, en contraste con el yugo de la esclavitud? Gálatas 5:1. Es el Espíritu de adopción que habla al corazón.

—A quienes tienen a Dios como el Dios de la salvación, Él los librará de la culpa; porque la salvación de la cual Él es Dios, es la salvación del pecado. Por lo tanto, debemos pedirle: Señor, tú eres el Dios de mi salvación, por tanto, líbrame del dominio del pecado. Y cuando se abren los labios, ¿qué deben decir sino alabanzas a Dios por Su misericordia perdonadora?

   Definición: La fe puede definirse como aquel cambio volunta­rio en la mente del pecador por el cual él se vuelve a Dios. Igual que el arrepentimiento, la fe envuelve un cambio de opinión, cambio de sentimientos y cambio de propósito.

   Elementos de la fe

Son tres: (a) Intelectual. Éste es la creencia en la existencia de Dios y en la enseñanza de las escrituras, Jn. 2:22, 23; Stg. 2:19. (b) Emoción. Éste es la fe per­sonal de que Cristo es el único Salvador del pecador; Mt. 13:21; Jn. 5:35; 8:30, 31. (c) Volitivo. Éste concier­ne al acto de la rendición a Cristo y la confianza en Él como Salvador y Señor: Hch. 16:31; Ap. 3:20.

   NOTA. — La fe que no alcanza a afectar la voluntad no es (a «fe salvadora». Todos estos tres elementos se encuentran en He. 11:6. cd 7;

   A palabra volitivo proviene del latín y su traducción está directamente relacionada con el verbo “querer”.   La Real Academia Española (RAE) afirma que volitivo es aquello relacionado con los actos y fenómenos de la voluntad.

   La voluntad, por su parte, es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Por lo tanto, aparece vinculada al libre albedrío y a la libre determinación.

Los tres elementos de la Fe en la conversión:

1. Conocimiento (notitia) – Elemento mental de la fe: Este elemento se refiere al contenido de la fe, los datos o información que el pecador debe saber para poder ser salvo. El pecador no puede ser salvo poniendo su fe en algo falso, aunque sea sincero en su creencia. Es por eso que debe tener conocimiento de quién es Cristo y de su obra en la cruz para salvar a los pecadores. En otras palabras, este elemento tiene que con el objeto de nuestra fe.

2. Asentimiento (assensus) – Elemento emocional de la fe: El segundo elemento de la fe salvífica se conoce como asentimiento. Primero, el pecador escucha el evangelio. Ahora, queda convencido de esa verdad y el corazón responde anhelando a Cristo para remediar su mal.

Berkhof, comentando sobre este tercer elemento, dice que: “… consiste en una confianza personal en Cristo como Señor y Salvador, incluyendo el sometimiento a Cristo del alma que se considera culpable y manchada, y que esta reciba y se apropie a Cristo como la fuente del perdón y de la vida espiritual.

   Los dos primeros elementos son necesarios para la fe salvífica, pero no suficientes. El pecador es perdonado cuando, humillado, viene a Cristo y se apropia de Él con fe penitente (fe y arrepentimiento de pecados son dos caras de la misma moneda).

   La fe genuina envuelve todo lo que somos

   De manera que la fe verdadera envuelve la totalidad del ser (mente, corazón y voluntad) recibiendo todo lo que Cristo es.

   Por supuesto que el pecador no tiene que estar consciente de estos tres elementos para venir a Cristo. Sin embargo, estos componentes están presentes en toda persona que se acerca a Cristo con fe sincera.

   En cierta manera, experimentamos estos tres aspectos en el plano natural en nuestras vidas sin percatarnos de ello.

   Cuando tenemos sed, tenemos conocimiento de que el agua puede remediar nuestro mal (mente/conocimiento). La convicción de nuestro conocimiento despierta nuestras emociones de manera que comenzamos a desear el agua para saciar nuestra sed (corazón/asentimiento) y finalmente vamos al refrigerador y nos apropiamos del agua para remediar el problema (voluntad/confianza). El mismo proceso ocurre cuando tenemos hambre.

   Nuestra hambre y sed espiritual no son saciadas hasta que ejercemos nuestra voluntad para apropiarnos de Cristo.

   Notemos los tres elementos de la fe genuina en los siguientes pasajes: “Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.” (Jn. 6:35)

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final.” (Jn. 6:54)

“El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que, al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.” (Mt. 13:44)

   La salvación depende de Cristo:  Finalmente, recordemos que, aunque la fe verdadera envuelve la totalidad del ser, no debemos pensar que la salvación depende de la calidad de nuestra fe o de nuestra fe en sí misma. Nuestra salvación depende de Cristo y Su obra.

   Para que podamos ser justificados, nuestra fe no tiene que ser fuerte, simplemente tiene que ser real, pues una fe débil puede apropiarse de Cristo quien es poderoso para salvar.

   Una vez que somos justificados por medio de la fe, comenzamos una nueva vida en Cristo en la cual creceremos y, por la gracia de Dios, alcanzaremos progresivamente mayores grados de fe y un arrepentimiento más profundo.

   LOS ELEMENTOS DE LA FE Distinguimos tres elementos en la fe salvadora, a saber: 1.0 El elemento intelectual. Hay un reconocimiento positivo de la verdad revelada en la Palabra de Dios, un discernimiento espiritual que apela al corazón del pecador. Es un conocimiento cierto, basado en las promesas de Dios. Aunque no necesita comprender todas las cosas, debe ser suficiente para dar al creyente alguna idea de las verdades fundamentales del Evangelio. 2. ° El elemento emocional, o sentimiento. Este elemento no se menciona por separado en el catecismo de Heidelberg, porque virtualmente va incluido en el conocimiento de la fe salvadora. Este conocimiento se caracteriza en que proporciona una fuerte convicción de su importancia, y esto es lo que se llama asentimiento. La verdad Se apodera del alma. 3. ° El elemento de la voluntad, o confianza. Este es el que corona la fe salvadora.

Es una confianza personal en Cristo como Salvador y Señor que incluye la rendición a Cristo del alma culpable y manchada, y una plena confianza en El como única fuente de perdón y vida espiritual. El objeto de la fe salvadora es, en el último término, Jesucristo; y en Él se basa toda esperanza de salvación, Juan 3:16; 18:36:6,40; Hech. 10; 43; Rom. 3:22; Gal. 2:16. Esta fe no es de origen humano, sino un don de Dios, 1.a Cor… 12:8-9; Gal. 5:22; Ef. 2:18, pero su ejercicio es un acto humano al cual los hijos de Dios son exhortados reiteradamente, Rom. 10:9; 1.a Cor… 2:5; 5 Col. 1:23; Tim. 1:5; 6-11.

   NECESIDAD DE LA CONVERSIÓN

1. Ezq. 33:11. «Diles, vivo yo, dice el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos: ¿y por qué moriréis, oh casa de Israel»

2. Mat. 18:3. «De cierto os digo, que si no os volviereis y fuereis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos».

3. Hechos 26:27, 28. «¿Crees rey Agripa a los profetas? yo sé que crees. Y Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano».

4. Sant 2:19. «Tú crees que Dios es uno, haces bien, los demonios también creen y tiemblan».

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Ryrie. Sumario De Doctrina Cristiana Por Luís Berkhof


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.