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Semana del 18 al 24 de marzo: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en el llamamiento»

Semana del 18 al 24 de marzo: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en el llamamiento»

Semana del 18 al 24 de marzo de 2019   Lectura Bíblica: 2a a Timoteo 1: 8 al 11. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles.

   Comentario 1: Hay dos llamamientos distintos mencionados en las Escrituras: Primero, General, por medio de la proclamación pública del evangelio: Is. 45:22; 55:6; 65:12; Ex. 33:11; Mt 11:28; 22:3; Mr. 16:15; Jn. 12:32; Ap. 3.20. segundo: Especial, por el llamamiento personal del Espíritu Santo: Lc. 14:22, 23; Ro. 1:7; 8:30; 11:29; 1 Co. 1:23, 24, 26; Fil. 3.14; Ef. 1:18; 1 Ts. 2:12; 2Ts. 2:14; 2 Ti. 1:9; He. 3:1; 2 Pe. 1:10. (Página 226 y 227 del libro Estudio de Doctrina cristina por Dr. George Pardington).

   Comentario del contexto Bíblico: Timoteo debía pensar en Loida, Eunice … y Pablo. Este último pensamiento se enfatiza en esta sección (vv. 8–14) en que el apóstol se refiere a sí mismo en forma específica no menos de diez veces: su disposición de sufrir aflicciones por el evangelio, su designación divina, su confianza en Dios, su firmeza en la doctrina, y su método de proclamar el evangelio (“en fe y amor”). Pablo ha proporcionado el “patrón” o “boceto”. Timoteo debe llenar los detalles. Pero al hacerlo debe ser absolutamente fiel a ese “patrón”. Debe retener todo lo que ha recibido de Pablo. De igual modo, en el día de hoy un ministro debe estar al día en su predicación. En su aplicación debe considerar las condiciones del tiempo actual. Pero la verdad que aplica debe ser la “antigua” doctrina de la Escritura, no algún sustituto “liberal”.

   Esta sección, más o menos extensa, podría dividirse en tres párrafos (vv. 8–11; v. 12; vv. 13, 14). En el primer párrafo, la mención del evangelio, por el cual Pablo sufre aflicciones y por el cual Timoteo debe estar dispuesto a sufrir aflicciones junto con él, lleva al apóstol a introducir su “hermosa digresión” con referencia a la obra de redención: su carácter, su motivación y su resultado. Aquí nos encontramos con una interesante característica de estilo, a saber, la duadiplosis, en la cual se logra que las frases se unan entre sí como tejas que se traslapan, algo más o menos como sigue:

   Después de decir que Timoteo debe sufrir aflicciones por el evangelio según el poder de

DIOS, Pablo continúa:

QUIEN nos salvó

y

nos llamó con VOCACION SANTA

(VOCACION) NO según nuestras obras

sino

según SU GRACIA

QUE nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de la eternidad pero

ahora ha sido manifestada por la aparición

de NUESTRO SALVADOR CRISTO JESUS

QUE por una parte derrotó la muerte

y

por la otra sacó a la luz

la vida y la incorrupción por

EL EVANGELIO

POR EL CUAL fui designado, etc.

   Versíc. 8. Timoteo no tiene una excusa legítima. El don de Dios está en él (v. 7). Así que Pablo continúa: Por lo tanto, no te avergüences del [p 263] testimonio acerca de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo.

   El testimonio de “nuestro Señor” (genitivo objetivo; cf. 1 Ti. 2:6) es, por supuesto, el evangelio como lo indica el paralelismo mismo de la oración compuesta. “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor” es explicado por: “pero en comunión con(migo) sufre aflicciones por el evangelio”. Y cf. Ro. 1:16. En el evangelio encontramos el testimonio acerca de las obras y palabras del Señor (Jn. 15:26, 27). No avergonzarse del evangelio significa estar orgulloso de él.

   Puesto que Pablo está tan íntimamente asociado con el evangelio, no nos sorprende leer: “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí preso suyo”. Pablo no es prisionero de Nerón, aunque pareciera que así fuera, sino “de nuestro Señor”. El apóstol siempre enfatiza ese pensamiento en conexión con la idea de ser prisionero (Ef. 3:1; 4:1; Flm. 1, 9). Ahora bien, la expresión “preso suyo” no solamente significa que Pablo había sido puesto en prisión por la defensa del evangelio “de nuestro Señor”, sino también que todo lo que correspondía a su encarcelación estaba seguro en las manos de Aquel que dispone soberanamente de los destinos.

   Así, Pablo continúa: Sino que en comunión con(migo) sufre aflicciones por el evangelio, según (el) poder de Dios. Timoteo debe estar dispuesto a sufrir maltrato (cf. 2 Ti. 2:3) juntamente con Pablo.Debe estar dispuesto a recibir su parte de persecución; y esto no con su propio poder, lo cual seríaimposible, sino “según (el) poder de Dios”. Este poder es infinito. Capacitará a una persona parasoportar hasta la muerte. Es el poder de aquel Dios:

   Versíc. 9. que nos salvó y nos llamó con vocación santa. El resultado de la operación del poder divino en todos los creyentes (incluyendo a Pablo y a Timoteo) se caracteriza aquí según a. su naturaleza (“que nos salvó”), y b. su propósito (“y nos llamó con vocación santa”). Lo que significa salvado ha sido explicado en detalle en relación con 1 Ti. 1:15; véase el comentario sobre ese pasaje. En resumen, Dios nos ha librado del mayor de todos los males y nos ha puesto en posesión de la mayor de todas las bendiciones. Pero al salvarnos nos hizo receptores del llamamiento eficaz del evangelio. (Véase C.N.T. sobre 2 Ts. 1:11, nota 116), que siempre es “un llamamiento santo”, porque no solamente revela la santidad de Dios, sino que es también un llamamiento claro a la santidad de vida, a una tarea santa, y a una condición de santidad y virtud eterna (Ef. 4:1; Fil. 3:14; 2 Ts. 1:11).

   Ahora bien, en cuanto a su base jurídica y a su glorioso motivo, este llamamiento (y en general, este acto de salvarnos) fue no conforme a nuestras obras, sino según su propósito y gracia. Este es el pensamiento que aparece repetidas veces en las epístolas de Pablo, especialmente en Romanos y Gálatas (Ro. 1:17; 3:20–24, 28; 10:5, 9, 13; 11:6; Gá. 2:16; 3:6, 8, 9–14; 6:14, 15; Ef. 2:9; Tit. 3:5). La salvación no está basada en nuestros logros sino en el propósito soberano de Dios (Ro. 8:28; 9:11; Ef. 1:11), en su plan sabio (no arbitrario), fijo y definido, y por lo tanto, está basada en su gracia o favor soberano. Y si es por gracia, no puede ser por obras. Esto queda en claro a partir de dos consideraciones: a. gracia, en virtud de su misma naturaleza, es algo que nos es dado, y no puede ser ganado por nosotros (aunque, por supuesto, es merecido en favor nuestro); y b. la gracia precede a nuestras obras, porque idealmente ya éramos sus objetos antes que empezaran a transcurrir los tiempos. Por eso Pablo prosigue: que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de la eternidad (literalmente, “antes de los tiempos de los siglos”). El tiempo, como un arroyo de corriente continua, fluye, fluye y fluye. Pero antes que comenzara ya estábamos incluidos en el propósito de la gracia divina.

   Versíc. 10. Esta gracia que nos fue dada, esto es, designada para nosotros (cf. Ef. 1:11) “antes de los tiempos de la eternidad”, ahora nos ha sido revelada claramente. Por eso Pablo continúa: pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús.

   Esa gracia de Dios había estado escondida desde antes de la fundación del mundo y sólo podía ser discernida en forma oscura en la antigua dispensación, pero “ahora ha sido revelada o manifestada”. El verbo manifestar aparece frecuentemente en el evangelio según Juan (véase C.N.T. sobre Juan 21:1, especialmente nota 294). Pablo también la usa varias veces (Ro. 1:19; 1 Co. 4:5; 2 Co. 2:14; 11:6; Col. 4:4; Tit. 1:3). Fue por la epifanía o aparición (empleada en otros lugares para designar la segunda venida, 2 Ts. 2:8; 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1, 8; Tit. 2:13, pero que aquí indica la primera venida), esto es, por el nacimiento del “sol de justicia que en sus alas traerá salvación” (Mal. 4:2; cf. Lc. 1:78, 79; cf. Tit. 2:11), que la gracia de Dios se hizo manifiesta. Nótese el título del Señor: “nuestro Salvador Cristo Jesús”. Cf. Tit. 2:13. Cuando uno piensa en la gracia, naturalmente piensa en nuestro Salvador divinamente ungido por Dios (de donde se le llama Cristo, el Ungido) para la tarea específica de salvar (piénsese en el nombre Jesús: “ciertamente salvará”) su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21). Por medio de toda la primera venida (desde su concepción hasta su coronación) se reveló la gracia de Dios. Lo que Cristo hizo por los pecadores en necesidad de gracia, se resume hermosamente con estas palabras: quien, por una parte, derrotó completamente la muerte, y, por la otra, sacó a la luz la vida y la incorrupción por medio del evangelio.

   En conexión con su primera venida, derrotó completamente, puso fuera de acción, hizo inefectiva (véase C.N.T. sobre 2 Ts. 2:8) la muerte. Como resultado de la expiación de Cristo, ya no existe la muerte eterna para el creyente. La muerte eterna es vencida cada vez más en esta vida y completamente en el momento en que el alma se aparta de su envoltorio físico. Y la muerte física ha perdido su maldición y se ha convertido en ganancia (Jn. 11:26; luego, Fil. 3:7–14; y luego. 1 Co. 15:26, 42–44, 54–57). Eso hizo, por una parte; y por la otra, sacó a la luz (véase C.N.T. sobre Jn. 1:9) la vida y la incorruptibilidad. La sacó a la luz exhibiéndola en su resurrección gloriosa; por, sobre todo, la sacó a la luz por medio de su promesa; por eso, por medio del evangelio. Los dos conceptos, “vida e incorruptibilidad” probablemente constituyen una endíadis; por lo tanto, se refiere a la vida incorruptible, que no muere.

   Esta es la inmortalidad (cf. 1 Ti. 1:17) que se promete en el evangelio a los creyentes. Trasciende por mucho la pura existencia sin fin, o aun, la existencia consciente sin fin. ¡El evangelio de nuestro Salvador Cristo Jesús es mucho mejor que cualquier cosa que Platón haya excogitado!

   Por supuesto, es claro que, aunque aquí y ahora el creyente recibe esta bendición en principio, y en el cielo en mayor plenitud, no la recibe completamente hasta el día de la segunda venida de Cristo. Hasta que llegue ese día, los cuerpos de todos los creyentes estarán todavía sujetos a las leyes de la decadencia y de la muerte. La vida incorruptible, la salvación imperecedera, en el sentido pleno, forma parte del nuevo cielo y la nueva tierra. Es una herencia reservada para nosotros.

   Versíc. 11. Reflexionando en las buenas nuevas que proclaman esta maravillosa bendición que invita a los hombres a recibirla por fe, Pablo continúa: del cual fui designado heraldo, apóstol y maestro. Este es el mismo pensamiento expresado en 1 Ti. 2:7; véase comentario sobre ese pasaje (también sobre 2 Ti. 4:2). Como heraldo, Pablo debe anunciar y proclamar en voz alta ese evangelio. Como apóstol debe decir y hacer solamente lo que le ha sido ordenado decir y hacer. Y como maestro debe impartir instrucción cuidadosa en las cosas pertenecientes a la salvación y a la gloria de Dios, y debe amonestar para que sigan la fe y la obediencia. Para esta triple tarea evangélica, Pablo ha sido designado o comisionado divinamente.

1er Titulo:

En El Llamamiento Por La Proclamación Pública Del Evangelio (San Marcos 16:15. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.).

   Comentario:  En Marcos 16:15-18 leemos: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.”

   Jesús había aparecido a los once, estando ellos sentados a la mesa, y luego de reprocharles por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado, les entregó lo que nosotros conocemos como la Gran Comisión.

   Los discípulos debían predicar el Evangelio a toda criatura en todo el mundo. La meta del Salvador era la evangelización del mundo. Habría dos resultados de la proclamación del evangelio. Algunos creerían de corazón al mensaje del evangelio y serían salvos mientras otros no creerían al mensaje del evangelio y serían condenados.

   Los salvos darían público testimonio de su fe en Jesucristo por medio del bautismo en agua. Es entonces cuando Jesús hace una declaración intrigante. Nos habla de algunas señales que seguirán a los que creen. Para muchos intérpretes, esto significa que estas señales se manifestarán en todos aquellos que creen el mensaje del evangelio.

   Es decir que, si una persona en cualquier época del cristianismo cree el mensaje del evangelio, entonces estará en capacidad de echar fuera demonios, de hablar nuevas lenguas, de tomar en sus manos serpientes, de beber cosas mortíferas sin que les haga daño y de poner sus manos sobre los enfermos para que sanen.

   Respetando a los que así interpretan este pasaje, muchos otros entre los que me encuentro yo, lo interpretamos de una manera totalmente diferente. La frase “los que creen” puede perfectamente también ser traducida como “los que hemos creído” Es decir que Jesús no estaba hablando de los que van a creer en el mensaje del evangelio sino de los que en el momento que Jesús estaba ordenando la gran comisión, ya creían en el mensaje del evangelio.

   En otras palabras, Jesús se estaba refiriendo a los discípulos que estaban con él. Fueron ellos quienes recibieron esa capacidad de manifestar esas señales como prueba de que lo que ellos estaban anunciando era un mensaje que provenía de Dios.

   Las señales mencionadas, echar fuera demonios, hablar nuevas lenguas, tomar en las manos serpientes, beber cosa mortífera sin que les haga daño, y poner las manos sobre los enfermos para que sanen era la manera como Dios confirmó dos cosas importantes.

   Número uno que los discípulos eran enviados de Dios y número dos que el mensaje que proclamaban era un mensaje divino. De esto nos habla Hebreos 2:3-4 que dice: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.”

   El autor de Hebreos está exhortando a no descuidar la salvación tan grande que ofrece Dios al pecador. Esa salvación fue anunciada primeramente por Jesús a sus discípulos. Fueron ellos quienes primero lo oyeron. Luego ellos anunciaron el mensaje de salvación a otros.

   ¿Cómo sabían los otros que esos discípulos de Jesús eran mensajeros de Dios y que su mensaje se originaba en Dios? Dice el texto leído: por las señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. Por tanto, las señales que se menciona en Marcos 16: 17-18 fueron la manera de Dios para confirmar el mensaje que los discípulos estaban anunciando.

   Si Ud. hace una investigación del ministerio de predicación del evangelio que realizaron los discípulos en el primer siglo, notará que echaron fuera demonios, según Hechos 8:7, hablaron nuevas lenguas, según Hechos 2:4-11, tomaron serpientes, según Hechos 28:5, pusieron sus manos sobre enfermos para que se sanen, según Hechos 3:7.

   De lo único que no registra el Nuevo Testamento es que hubieran bebido cosa mortífera sin que les haga daño, aunque no hay por qué dudar de lo que lo haya hecho, solo que no ha quedado registrado en la Biblia. Todo esto se confirma en lo que Marcos 16:20 dice: “Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén”

   ¿Quién es el sujeto de esta declaración? ¿A quién se refiere el pronombre ellos? Pues a los discípulos que estaban ese momento con Jesús. Fueron ellos quienes en obediencia a la Gran Comisión salieron inmediatamente y comenzaron a predicar el evangelio en todas partes.

    Este trabajo fue realizado con la ayuda del Señor quien confirmó la palabra de los discípulos por medio de las señales que tenían capacidad de hacer, es decir sacando demonios, hablando nuevas lenguas, tomando serpientes, bebiendo cosa mortífera sin que les haga daño y poniendo las manos sobre los enfermos para que se sanen.

   Pero Ud. nos consultó también sobre cuál es la aplicación de este pasaje hoy en día. Bueno, al respecto es necesario reconocer que tanto los mensajeros como el mensaje que proclamaban ya fueron autenticados o confirmados en el primer siglo por medio de las señales que Dios les permitió realizar.

   Lo que los discípulos hicieron y dijeron ha sido registrado en el Nuevo Testamento. Ud. y yo, hoy en día, tenemos total certeza de que el mensaje del Nuevo Testamento es la infalible palabra de Dios al hombre, por tanto, hoy en día no hace falta que los proclamadores de este mensaje tengan que manifestar señales sobrenaturales para que la gente sepa que son enviados de Dios y que están proclamando la palabra de Dios.

   La gente, no se va a salvar por ver señales en los que proclaman el evangelio sino por oír, entender y creer en el contenido del evangelio. Sobre esto, permítame señalar lo siguiente. Aun en el tiempo cuando Jesús estaba en la tierra, el mismo Jesús hizo milagros extraordinarios en algunas ciudades, pero nadie en esas ciudades creyó la palabra que Jesús predicó.

   Ponga atención a lo que Jesús dijo sobre esto. Mateo 11:20-24 dice: “Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo a que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto, os digo que, en día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habrían permanecido hasta el día de hoy. Por tanto, os digo que, en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.”

   Corazín, Betsaida y Tiro, tuvieron el privilegio de ver a Jesús haciendo todo tipo de milagros, pero estas ciudades no se arrepintieron de su pecado. Jesús está confrontando esta situación. Los milagros no lograron que la gente se convierta. Esta fue la triste realidad en el pasado y lamentablemente es la triste realidad también en el presente.

   Las manifestaciones sobrenaturales no garantizan que todos los que sean testigos de ellas se arrepientan de sus pecados y encuentren la salvación en Cristo. Así que no nos engañemos pensando que si tan solo los predicadores pudieran hacer descender fuego del cielo como lo hizo Elías, la gente va a venir por millones a recibir a Cristo como Salvador. Puede ser que vengan millones, pero serán millones de curiosos, atraídos por el espectáculo mas totalmente desinteresados en oír, creer y recibir el mensaje del evangelio.

   Estoy seguro que Jesús tenía mucha gente a su alrededor cuando hizo los milagros en Corazín, Betsaida y Tiro, pero todos ellos eran solamente curiosos, solamente interesados en el espectáculo. Ninguno se arrepintió de sus pecados.

2° Titulo:

En El Llamamiento Por Revelación Personal (Los Hechos 2:38 y 39. Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. ▬ Gálatas 1:15 y 16. Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre).

   Comentario 1: (Los Hechos 2:38-39): 38. Pedro les dijo: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados. Y recibirán el don del Espíritu Santo. 39. Para ustedes es la promesa, y para sus hijos, y para todos los que están lejos; para todos los que el Señor nuestro Dios llame”.

   Observemos los siguientes puntos:

a. El arrepentimiento. La gente pregunta a Pedro y a los demás apóstoles cómo pueden recibir la remisión de sus pecados y encontrar la salvación. ¿Qué les contesta Pedro? No les hace ningún reproche. En lugar de eso, usa la misma palabra dicha por Juan el Bautista en el Jordán y por Jesús durante su ministerio: “Arrepiéntanse” (véase Mt. 3:2; 4:17). El imperativo arrepiéntanse implica que deben dar las espaldas al mal que han venido perpetrando, desarrollar un profundo aborrecimiento por los pecados pasados, experimentar un giro radical en sus vidas, y seguir las enseñanzas de Jesús.

    El arrepentimiento significa que la mente del hombre cambia completamente, de tal manera que él en forma consciente se aleja del pecado (3:19).182 El arrepentimiento hace que la persona piense y actúe en armonía con las enseñanzas de Jesús. El resultado de todo esto es que él rompe con la incredulidad y por fe acepta la Palabra de Dios.

b. El bautismo. Pedro continúa y dice: “Bautícese cada uno”. En griego, el imperativo del verbo arrepentirse está en plural; Pedro se dirige a todos aquellos cuyas conciencias les obligan a arrepentirse. Pero el verbo bautizarse está en el singular para enfatizar la naturaleza individual del bautismo. Un cristiano debe serbautizado para ser un seguidor de Jesucristo, pero el bautismo es la señal que indica que una persona pertenece alpueblo de Dios.

   Arrepentimiento, bautismo y fe están vinculados teológicamente. Cuando el creyente que se arrepiente es bautizado, está haciendo un pacto de fe. Acepta a Jesucristo como su Señor y Salvador y sabe que a través de la sangre de Cristo sus pecados le son perdonados. De hecho, Pedro instruye a la gente que el bautismo debe ser hecho “en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados”. El perdón de pecados ocurre sólo a través de Cristo como resultado de su muerte y resurrección (véase Ro. 6:1–4). Como el precursor de Jesús, Juan el Bautista predicó el arrepentimiento de los pecados y luego bautizó a la gente que se arrepentía (Mr. 1:4).

c. El nombre. Pedro afirma que el creyente debe ser bautizado “en el nombre de Cristo Jesús para perdón de sus pecados”. La instrucción pareciera ser contraria a las palabras de la Gran Comisión, en la cual Jesús dice a los apóstoles que bauticen a los creyentes en el nombre del Trino Dios (Mt. 28:19–20). Nótese, primero, que el término nombre incluye la total revelación respecto a Jesucristo (véase también 8:12; 10:48; 19:5). Es decir, este término apunta a su persona y obra y al pueblo que él redime. En otras palabras, Pedro no está contradiciendo la fórmula bautismal de Jesús; en lugar de ello, está enfatizando la única función y lugar que Jesús tiene en relación con el bautismo y la remisión de los pecados. Luego, usa el nombre doble de Cristo Jesús para indicar que Jesús de Nazaret ciertamente es el Mesías. Así como Jesús cumple las profecías en cuanto a la venida del Mesías, así el bautismo en su nombre es el cumplimiento del bautismo de Juan (véase 19:1–7). El bautismo de Juan fue con agua únicamente, pero el de Jesús es con agua y en el Espíritu Santo (c.f. Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16; Jn. 1:33; Hch. 1:5).

d. El don. “Y recibirán el don del Espíritu Santo”. En el contexto de la iglesia primitiva, este versículo resultó ser ninguna contradicción con las palabras de Juan el Bautista, quien dijo: “Yo os bautizo a ustedes con agua; pero él [Jesús] los bautizará con el Espíritu Santo” (Mr. 1:8 NVI). En el siglo I, los cristianos vieron el bautismo de Juan como la sombra y el de Jesús como la realidad. Por consiguiente, la persona que había sido bautizada en el nombre de Jesús comprometía su fidelidad a Cristo, particularmente con la confesión Jesús es el Señor (Ro. 10:9; 1 Co. 12:3).

   ¿Qué es este don del Espíritu? Pedro usa el sustantivo don en singular, no en plural. Por contraste, Pablo escribe a la iglesia de Corinto acerca de los dones del Espíritu Santo, entre los cuales están sabiduría, conocimiento, fe, sanidad, profecía, lenguas, e interpretación (1 Co. 12:8–11, 28–31; 14:1–2). Pero a la gente que estaba presente en Pentecostés Pedro le dice que el creyente bautizado recibirá el don del Espíritu Santo. La expresión don aparece en el pasaje acerca del derramamiento del Espíritu a los samaritanos; Simón el mago trató de comprar este don con dinero (8:20). El término también se encuentra en el relato sobre la visita de Pedro a Cornelio, quien con su casa recibió el don del Espíritu Santo (10:45; véase también 11:17). De estos pasajes, podemos aprender que este don se refiere al poder del Espíritu Santo al morar en la persona. Nótese, sin embargo, que en 2:38–41 Lucas no dice que los convertidos hayan hablado en lenguas (2:4) o que los apóstoles hayan impuesto las manos sobre los convertidos para que recibieran el Espíritu Santo (8:17). Se deduce, en consecuencia, que “hablar en lenguas e imponer las manos no fueron reconocidos como prerrequisitos para recibir el Espíritu”.

   El contexto del relato de Pentecostés indica que el don del Espíritu no depende del bautismo. Las dos cláusulas “bautícese” y “recibirán el don del Espíritu Santo” son afirmaciones separadas. En un estudio detallado de este punto, Ned B. Stonehouse dice: “Se puede llegar confiadamente a la conclusión de que Hechos 2:38 no debe entenderse como una enseñanza acerca de que el don del Espíritu estaba condicionado al bautismo”. Un estudio del bautismo y el don del Espíritu Santo en Hechos revela que ambos están relacionados, pero no necesariamente sigue el uno al otro. Por tanto, en el versículo 38 Pedro instruye a la gente a arrepentirse y ser bautizado; luego agrega la promesa (en el tiempo futuro) que “recibirán el don del Espíritu Santo”.

e. La promesa. En el siguiente versículo (v. 39) Pedro dice a sus oyentes que “la promesa es para ustedes y para sus hijos, para todos los que están lejos, y para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”. ¿Cuál es el significado de la palabra promesa? Lucas, quien recoge las palabras de Pedro, no da detalles. El artículo definido que precede al sustantivo promesa pareciera indicar que Pedro tiene en mente la promesa específica de la venida del Espíritu Santo. La promesa se refiere a la profecía de Joel 2:28–32, la cual tuvo su cumplimiento el día de Pentecostés. Antes de su ascensión, Jesús les dice a los apóstoles: “No salgan de Jerusalén, sino que esperen la promesa que mi Padre ha hecho, acerca de la cual ustedes me oyeron hablar” (1:4; véase también Lc. 24:49). Y el Cristo exaltado derrama el prometido Espíritu Santo que él recibió de Dios el Padre (Hch. 2:33).

   La frase para ustedes y para sus hijos es un eco de la promesa de Dios a Abraham de ser un Dios para él y para sus descendientes por generaciones (Gn. 17:7). Del mismo modo, la promesa del Espíritu Santo va más allá de los judíos y sus hijos que estaban presentes en Jerusalén en Pentecostés. Desde el momento de su llegada, el Espíritu Santo se queda en medio del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. El Espíritu guía a los creyentes a Cristo Jesús y vive en sus corazones, porque sus cuerpos físicos son su templo (1 Co. 6:19).

   “Y para todos los que están lejos, para todos los que el Señor nuestro Dios llamare”. Pedro y sus hermanos judíos se consideraban pueblo del pacto con Dios y por ello, los primeros en recibir la bendición de la salvación. Pero a través de la obra de Cristo los gentiles también son incluidos en el pacto de Dios. Pedro mismo llega a darse cuenta del significado de las palabras que él usa en Pentecostés cuando informa a los judíos de Jerusalén acerca de su visita a Cornelio en Cesarea. Concluye allí diciendo: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (11:17). Años más tarde, Pablo escribe a los miembros gentiles de la iglesia acerca de su exclusión del pacto y dice: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13, y véase también v. 17).

   Dos comentarios a modo de conclusión. Primero, el término lejos se refiere tanto a tiempo como a lugar. La promesa de Dios se extiende a través de generaciones hasta el fin del mundo. Alcanza también a las gentes de toda nación, tribu, raza y lengua, dondequiera que estén sobre la faz de la tierra. Las palabras de Pedro están en completa armonía con las que dijo Jesús: “Haced discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). Y segundo, Dios es soberano al llamar a su pueblo a sí. La salvación se origina en él y él la concede a todos aquellos que él, en su soberana gracia, llamará. Estas palabras de Pedro tienen su contraparte en la profecía de Joel: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (v. 21; Jl. 2:32).

   Comentario 2: (Gálatas 1.15-16). 15, 16a. Con este mismo propósito en mente afirma ahora lo siguiente: Pero cuando le agradó a él, quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí para que predicara su evangelio entre los gentiles.… Aquí secuenta la historia de la conversión de Pablo “desde el lado interior”. Por cierto, también habíaun lado físico o exterior. La conversión de Pablo no era el producto de un mero subjetivismoo de la imaginación. Lo que vio no era alucinación. El realmente contempló al Cristo exaltadocon sus ojos físicos. Verdaderamente escuchó con los oídos físicos la voz del Señor. Pero loexterior y físico nunca hubiera sido suficiente. Lo que Pablo vio y oyó tenía que aplicársele ensu corazón. Y esta es la historia que aquí se cuenta. “Pero cuando le agradó a él … revelar asu Hijo en mí” también podría traducirse, “pero cuando en su beneplácito … reveló a su Hijoen mí”. Aunque, según lo que probablemente sea el mejor texto, el nombre “Dios” no es mencionado,es evidente que Pablo se refiere a él. Cuando el nombre, una actitud o actividad deDios se da a entender claramente, no siempre se le menciona por nombre. Por cierto, al nomencionar su nombre, sino que diciendo sólo “el que” (o como aquí, “a él”, “quien”), se colocatodo el énfasis sobre las obras o atributos benévolos de Dios. Otro notable ejemplo de estetipo de omisión se encuentra en Fil. 1:6: “el que comenzó en vosotros una buena obra”. Las palabras “quien me apartó … y me llamó por su gracia” formanuna combinación en la que tanto el soberano beneplácito de Dios como su maravilloso amorhacia uno que nada merecía se ponen en alto relieve. La expresión “me apartó desde el vientrede mi madre” señala mucho más que la mera providencia divina como se revela enel nacimiento físico de Pablo. Indica que Dios no esperó a que Pablo probara primero su dignidado excelencia antes de nombrarlo para una importante función en su reino. No, Pablo yahabía sido destinado para su misión específica desde su mismo nacimiento, y este destino eraen sí mismo la expresión del plan eterno de Dios (Ef. 1:11). Por lo tanto, el verbo apartó, comoaquí se usa, no significa nada menos que “(me) reservó”, “(me) consagró”, “(me) separó del restode la humanidad”. En forma similar, “me llamó por su gracia” se refiere no sólo al llamamientoeficaz para la salvación a través de la santificación (véase sobre el v. 6), sino tambiénal llamamiento como un apóstol con plena autoridad. Hay aquí una clara referencia a Jer. 1:5“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profetaa las naciones”. Cf. Lc. 1:15. Cuán maravillosamente operó esta gracia en el llamamientode Pablo. Cambió un hombre que respiraba amenazas contra la iglesia en uno que empezó arespirar doxologías cuandoquiera reflexionaba en este maravilloso amor redentor que Dios lehabía mostrado, ¡sí, a él, un hombre tan indigno! ¡Ciertamente, la carrera de Pablo como perseguidorimplacable, y todo lo que mediaba entre su nacimiento y su entrada a esta obra comoun misionero eficaz de Cristo, hizo que la gracia de Dios brillara aún más!

   Se nos dice aquí que el propósito inmediato de esta separación y llamamiento era “revelar a su Hijo en mí”. Revelar, esto es, “quitar las escamas de mis ojos espirituales y de mi corazón, así como fueron quitadas de mis ojos físicos” (Hch. 9:18). Además, Pablo no dice “Jesús” o “Jesucristo”, sino “su Hijo”, porque Dios quería que viese que ese Jesús a quien a través de los discípulos Pablo perseguía, era el unigénito Hijo de Dios, partícipe de la esencia misma de Dios, ¡Dios mismo! Con todo, las palabras “revelar a su Hijo en mí” significan mucho más que simplemente “a mi intelecto”. La frase hace referencia a la gracia iluminadora (“revelar”), que al mismo tiempo es transformadora. Cf. 2 Co. 3:18. Mientras Pablo más se daba cuenta que había estado persiguiendo al mismo Hijo de Dios, y que a pesar de eso este Hijo había tenido misericordia de él, y que en su infinito y tierno amor le había buscado, frenando su curso, para después convertirlo en un embajador entusiasta de los misterios de la gracia, mientras más pensaba en todo esto, ¡mucho más también se llenaba de amor y adoración para con su Cristo! Y mientras más le adoraba, tanto más su propia mente y disposición interna era modelada a la semejanza de su Salvador (cf. Fil. 2:5). ¡En esta forma el Hijo de Dios “fue revelado” en Pablo!

   Ahora bien, así como la separación y el llamamiento tenían comopropósito “revelar a su Hijo en mí”, así también esta revelación (por la cual, como ya lo dijimos, la imagen de Cristo fue grabado en el mismo corazón de Pablo) tenía su propósito: “para que predicara su evangelio entre los gentiles”; literalmente, “para que yo le anunciara a él como buena nueva entre los gentiles”. Es obvio, entonces, que el “llamamiento” o “llamado” no fue sólo para salvación, sino también un llamado definido para el oficio de “apóstol a los gentiles”. En el caso de Pablo no podemos separar estos dos. Uno podría preguntar en conexión con esto, “¿Pero jamás se puede separar el llamamiento a la salvación del llamamiento para una labor en el reino de Dios?” ¿No es verdad que todo aquel que es llamado a la salvación también tiene el deber de “anunciar las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable?” (1 P. 2:9).

   A lo largo de toda su carrera apostólica Pablo permaneció muy consciente del hecho de que, aunque había sido llamado a ser un apóstol a judíos y gentiles (Hch. 9:15; 26:20, 23), con todo, había sido elegido especialmente embajador de Dios a los gentiles (Hch. 13:47; 15:12; 18:6; 22:21; 26:17; 28:28; Ro. 11:13; Gá. 2:2, 8; Ef. 3:1, 6, 8; 1 Ti. 2:7; 2 Ti. 1:11; 4:17). ¿Pero se hizo claro este propósito a Pablo directamente por Cristo mismo o indirectamente por medio de Ananías o algún otro? Ya tocamos de paso este punto en el comentario sobre versículo 1, pero requiere que le demos una respuesta más detallada aquí. Ahora bien, tenemos que reconocer que, en cuanto a la dramática experiencia de Pablo en el camino a Damasco, cualquiera de las dos alternativas tiene sentido. Hasta donde, por así decirlo, Ananías era “la boca” de Cristo, Pablo tenía toda la razón para creer sin sombra de duda que había sido llamado por Cristo y que había recibido su evangelio de él, y “no de hombres”, ni siquiera “por medio de hombres” en el sentido de que de alguna forma podría haber perdido su pureza a través de esta intervención humana. No obstante, si hay que elegir, prefiero tomar la primera alternativa. Según Hch. 26:15–18, cuando Pablo preguntó, “¿Quién eres, Señor?”, el Señor le respondió, “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti; librándote de tu pueblo (judío), y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”. Este relato ciertamente deja la impresión que no sólo las palabras “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”, registradas en las tres narraciones (Hch. 9:5; 22:8; 26:15), sino también el llamamiento al apostolado entre los gentiles ¡vino directamente de los labios de Cristo mismo!Ananías le dijo a Pablo, “serás testigo suyo a todos los hombres de lo que has visto y oído” (Hch. 22:15). ¿No implican estas palabras que Pablo ya había oído muchas cosas de los labios de Cristo? ¿No es probable, entonces, que la narración que tenemos en Hechos 9 y 22 jamás hayan tenido la intención ser un relato exhaustivo de todas las palabras que Jesús dirigió a Pablo?

   A esto se debe agregar la experiencia de Pablo mientras oraba en el templo de Jerusalén, “tres años” después de su conversión, pero mucho antes de escribir a los gálatas. Cuando Pablo entró en un éxtasis, el Señor mismo le dijo, “Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles” (Hch. 22:21).

   Queda establecido, entonces, que el evangelio que Pablo recibió y que su llamamiento a proclamarlo no tenía origen humano, sino divino. Esto se ha visto claramente en conexión con su experiencia antes de su conversión (Gá. 1:13, 14), pero también por su conversión misma, lo que acabamos de ver.

   Versíc. 16b, 17. Esto corre también en cuanto a la experiencia que tuvo el apóstol inmediatamente y poco después de su conversión, ya que sigue, no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo, sino que fui a Arabia; y regresé de nuevo a Damasco. Después de ser llevado de la mano hasta Damasco (Hch. 9:8), Pablo no permitió que nadie impusiera sobre él sus propias ideas. Por cierto, guiado por el Señor, Ananías visitó a Pablo, puso sus manos sobre él, le bautizó y le dijo que sería un testigo a todos los hombres (Hch. 9:10–18; 22:12–16). Pero todo esto se hizo por mandato expreso de Cristo. De hecho, habiendo oído tantas noticias desastrosas respecto a Saulo el perseguidor, Ananías no tenía muchos deseos de cumplir con la orden recibida. Su renuencia tuvo que ser vencida (Hch. 9:13, 14).

   Además, no es nada raro que el Señor le haya dicho a Ananías que hablase con Pablo sobre la misión que más adelante tendría a “todos los hombres”. Después de todo, la experiencia de Pablo había sido tan repentina y había causado un vuelco tan grande en su forma de pensar y un cambio tan completo en sus metas, que era del todo natural y necesario que se discutiera el significado de estas cosas bajo circunstancias mucho más serenas. Ananías, un hombre de corazón compasivo, era la persona apropiada. Pero debido a que el mensaje que este último transmitió no era suyo propio, Pablo tiene toda la razón en omitir aquí en Gálatas toda referencia a este discípulo del Señor y a su misión, ya que de ningún modo afecta el punto que Pablo desea probar, a saber, que tanto su evangelio como su llamamiento a predicarlo vinieron de lo alto, no de lo terreno.

    Habiendo pasado unos días en Damasco, en lugar de ir a Jerusalén para recibir de los otros apóstoles—¡cuya autoridad él reconocía por completo! —alguna instrucción en cuanto al contenido del evangelio, Pablo de inmediato decidió no ir allí. Las palabras “no consulté en seguida con carne y sangre”, no significan “no enseguida, sino más adelante”; por el contrario, quieren decir, “inmediatamente decidí no consultar con carne y sangre”; esto es, decidí no hacer ninguna consulta a meros hombres, hombres débiles, en contraste con el Dios Omnipotente (cf. Mt. 16:17; Heb. 2:14; y véase C.N.T. sobre Ef. 6:12). De modo que Pablo no fue a Jerusalén en ese tiempo. Literalmente escribe, “no me puse a mí mismo sobre aquellos que eran apóstoles antes que yo”, en el sentido de buscar su consejo y aprobación. Sabía muy bien que, habiendo visto al Señor y habiendo recibido de el mismo el evangelio y el llamamiento para proclamarlo, estaba en las mismas condiciones que los otros apóstoles. De modo que, en vez de ir a Jerusalén, fue a ¡Arabia! No nos extrañe que Lucas no mencione este viaje. Ni Lucas ni Pablo están tratando de contar una biografía completa de la vida de Pablo. En cuanto a Lucas, su interés es declarar las grandes cosas que Jesús, desde su morada celestial, sigue haciendo sobre la tierra en el establecimiento de su iglesia (cf. Hch. 1:1), principalmente por la predicación de su Palabra. Ahora bien, dado que Pablo probablemente no llevó a cabo ninguna misión de predicación en la poco poblada región de “Arabia”— probablemente se refiere a la parte norte de la extensa península de Arabia, la parte que se extiende hasta casi los mismos límites de Damasco—no sorprende que Lucas omita la visita de Pablo a esta región desértica. ¡Con toda seguridad, ni el más firme judaizante afirmaría que Pablo recibió su evangelio en Arabia, sea de hombres o mediante ellos! Y, por otra parte, por sí sola surge la idea de que lo que Pablo precisamente necesitaba era apartarse a Arabia para descansar, orar y meditar, para que así su mente, agitada violentamente, tuviera el tiempo y la oportunidad de sopesar las implicaciones de las palabras que el Señor le dirigiera en el momento de aquella inolvidable experiencia. “Y regresé de nuevo a Damasco”, dice Pablo. Notemos que todavía no va a Jerusalén para consultar con los demás apóstoles. Por el contrario, habiendo regresado a Damasco, empieza a predicar a Cristo en toda su plenitud. Y no lo hace en esta o aquella propiedad privada (cf. Hch. 18:7), ni tampoco en una escuela (cf. Hch. 19:9), sino que en seguida en las sinagogas (Hch. 9:20). ¡Qué valor! Nos recuerda el “atrevimiento” que caracterizaba a los otros apóstoles cuando, poco después de la resurrección de Cristo, hablaban al pueblo dentro de los atrios mismos del templo (Hch. 4:1). En ambos casos la falta de temor se debía a la certeza que estos hombres tenían de que ellos habían visto al Señor resucitado, que estaban proclamando su evangelio, y que estaban desempeñando la misión que él mismo les había encomendado.

3er Titulo:

La Santidad, Efecto Posterior Al Llamamiento (1ª de Pedro 1:15 y 16. si no, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.)

   Comentario: Versíc. 15. Más bien, así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan.

   Las palabras más bien introducen el aspecto positivo de este pasaje. Pedro informa a los lectores que Dios los ha llamado “de las tinieblas a su luz maravillosa” (2:9). Ahora son ellos los que han sido saca-dos del mundo; ellos son los escogidos (1:1–2; 2:9). En su amor electivo, Dios llama efectivamente a su pueblo a formar una nación santa (2:9). En suma, el llamamiento y la santidad son causa y efecto.

   Dios llama a su pueblo a ser santo porque él mismo es santo. Entre las características de Dios, como él ha querido revelar, ninguna es más significativa que su santidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan más de su santidad que de cualquier otro atributo de Dios. El adjetivo descriptivo santo revela la pureza absoluta de Dios. Este adjetivo describe el estado y la acción del ser de Dios. Dios es sin pecado, no puede ser influenciado por ello, y en su santidad lo destruye.

   Pedro ahora toma el concepto de la santidad y lo aplica a sus lectores: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”. Dios llama a su pueblo a salir de un mundo de pecado para entrar en una vida de santidad; y espera que cualquier cosa que hagamos, digamos o pensemos sea santa. La confesión diaria del cristiano debe ser:

   Que no haya parte del día o de la noche que de lo sagrado esté exento. —Horacio Bonar

   Cuando Pedro dice: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”, espera que los creyentes sean imitadores de Dios en cuanto a la santidad. En su Sermón del Monte, Jesús presenta un mandamiento similar: “Sed por lo tanto perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48). Y en otra ocasión dice, al predicar: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6:36).

   ¿En qué se basa Pedro cuando exhorta los creyentes a evitar el pecado y esforzarse en la santidad? El abre las Escrituras y apela a la más alta autoridad. Ofrece confirmación de su enseñanza en las palabras dichas por Dios mismo.

   Versíc. 16. “Pues está escrito: “Sean” santos porque yo soy santo”.

   Cuando Jesús fue tentado por Satanás, desarmó al maligno con la fórmula escrito está y citas apropiadas de la Escritura (véase Mt. 4:4, 7, 10). Satanás reconoció la autoridad de la Palabra de Dios, aun hasta el punto de (mal) citarla para su propio propósito. Esa autoridad volvió a Satanás incapaz de hacer caer a Jesús. Por eso la palabra escrita demanda respeto y obediencia.

   Pedro toma esta palabra escrita de Levítico 11:44–45. Apela a Levítico, porque este libro se ocupa del tema de la santidad. Levítico enseña que el pueblo de Dios debe ser santo, porque Dios es santo. En realidad, el adjetivo santo aparece con mayor frecuencia en Levítico que en cualquier otro libro de la Biblia.

   “Sean santos, porque yo soy santo”. Para el creyente, la santidad no termina con el perdón y la limpieza del pecado, sino que comienza con una vida activa de oposición al pecado. El pecador debe luchar por vivir en obediencia a Dios, demostrando así el significado de la palabra santo.

Consideraciones doctrinales acerca de 1:14–16

   En el mundo, la palabra santo se usa más como interjección que como término que evoca reverencia y temor. Pero en los círculos cristianos llamamos a Jerusalén “la ciudad santa”, a las Escrituras “la santa Biblia” y a los sacramentos “santo bautismo” y “santa cena”. Cuando usamos el adjetivo santo o santa para describir algo o alguien, reconocemos una relación directa entre Dios y esa persona o cosa.

   Lo que llamamos santo nosotros dedicamos a Dios, porque lo consideramos puro y, en ciertos casos, hasta perfecto. Pero vacilamos en llamar santa a una persona, porque el pecado ha destruido la perfección, y el ser humano nunca alcanzará la perfección durante su vida en la tierra. Y, sin embargo, la Biblia nos llama santos; es decir, somos hechos santos por medio de Jesucristo (p. ej., Hch. 20:32; 26:18; 1 Co. 6:11; Heb. 10:10). Como santos, recibimos el llamado de Dios a una vida santa (Ef. 4:22–24; Co. 3:9–10; 1 Ts. 5:23–24; 1 Jn. 3:3). Es por eso que, como hijos santificados de Dios, oramos haciendo la siguiente petición: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mt. 6:9).

Amen Para Gloria De Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado. Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.