+56 9 5417 6219
contacto@historiaycontingenciaiep.cl

Semana del 08 al 14 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en el arrepentimiento”.

Semana del 08 al 14 de abril: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en el arrepentimiento”.

Semana del 08 al 14 de abril de 2019:   Lectura Bíblica: San Lucas 3:3,4, 7 y 8. Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice: Voz del que clama en el desierto:  Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 

   Comentario: Versíc.3. Y fue por toda la región contigua al Jordán, proclamando bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Se ve claramente en el original que el terrenodonde Juan desarrollaba su actividad incluía la región completa alrededor, es decir, las dosriberas de esta parte—del Jordán, “toda la región contigua al Jordán”.

   “Conversión” indica nada menos que un cambio radical de corazón y mente que lleva a una completa renuncia a la antigua forma de vida. Incluye (a) arrepentimiento, es decir, pesar genuino por el pecado y una sincera resolución de romper con el mal del pecado, y (b) producir frutos (véanse vv. 8, 9).

   Un hombre debe haber experimentado ya una conversión profunda y genuina antes de ser bautizado. Esto se da a entender claramente en vv. 7–14: debía haber un pesar genuino por el pecado y una verdadera determinación de rechazar la maldad del pasado antes que Juan estuviera dispuesto a bautizar a alguien. Pero también es verdad que la conversión verdadera se estimula poderosamente por medio del bautismo. ¿Cómo podría una reflexión sobre el significado del agua lavadora del bautismo, simbolizando y sellando la gracia lavadora y el poder de Dios y su amor perdonador, tener un efecto diferente? Para la persona que recibe el bautismo en ese espíritu, el sello y la señal externa aplicada al cuerpo y la gracia interna aplicada al corazón y la vida van juntas. “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados … y os daré un corazón de carne Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ez. 36:25, 26); “sepultados juntamente con él … por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:4).

   El bautismo como tal no era algo totalmente nuevo. Históricamente el bautismo de prosélitos, es decir, la administración de este rito a aquellos que habían sido convertidos del mundo gentil a la religión judía, era anterior al bautismo como lo administraba Juan. Los judíos consideraban a todos los gentiles como inmundos y por lo tanto los sometían al bautismo cuando eran ganados para el judaísmo. ¡Lo que sí era nuevo y sorprendente para los oyentes de Juan era que se requiriera una transformación fundamental junto con su señal y sello aun a los hijos de Abraham! ¡También ellos eran inmundos! ¡Debían además reconocerlo públicamente!

   Obsérvese que según v. 3 Juan fue por toda la región contigua al Jordán, proclamando— literalmente anunciando a modo de heraldo—la necesidad, aun para los judíos, de “un bautismo de conversión para perdón de pecados”. Uno puede sustituir “predicando” por “proclamando”, siempre que se entienda que predicar o anunciar es algo dinámico, no aburrido; oportuno, no pasado de moda. Es la proclamación sincera de las nuevas dadas por Dios. No es la especulación abstracta de puntos de vista salidos de la reflexión humana. ¿Y qué puede ser más alentador que la proclamación de la conversión para “perdón de pecados”? Tal perdón significa que estos pecados son enviados a un lugar del cual jamás podrán ser recuperados. La gente temerosa de Dios dentro del auditorio de Juan sabía acerca del macho cabrío cargado de pecados que era enviado al desierto para nunca regresar (Lv. 16:20–22). Ellos conocían la promesa de Sal. 103:12, “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”, y ellos debían haber experimentado la verdad de Mi. 7:19, “Y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.

   Versíc. 7–9 Así que (Juan) decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os advirtió a huir (del derramamiento) de la ira venidera? Producid, pues, frutos que muestren conversión; y no comencéis a deciros: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras aquí. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.

   Existe muy poca diferencia entre Lc. 3:7–9 y Mt. 3:7–10. ¿Tenía Lucas delante suyo una copia del Evangelio de Mateo, o usaron ambos evangelistas una fuente común?

   Cuando combinamos la primera frase de Mateo con la correspondiente en Lucas llegamos a la conclusión que grandes multitudes, incluyendo un buen número de fariseos y saduceos, venían para ser bautizados por Juan. Él sabía, sin embargo, que muchos de estos candidatos al bautismo no eran sinceros. Es a la luz de esto que podemos entender una reprensión tan dura como “generación de víboras”. Juan conocía estas serpientes del desierto. Si bien algo pequeñas eran sumamente engañosas. A veces era muy fácil confundirlas con ramas secas. Sin embargo, repentinamente atacaban adhiriéndose a su víctima (Cf. Hch. 28:3). La comparación era apropiada. ¿No es Satanás, aquel mentiroso (Jn. 8:44) llamado también serpiente? (Ap. 12:9; 20:2) ¿No son estas personas sus instrumentos?

   Juan añade: “¿Quién os advirtió a huir (del derramamiento) de la ira venidera?” Con respecto a esto las siguientes ideas merecen atención:

   En primer lugar, esta ira o indignación viene sobre el hombre por naturaleza no regenerado (Ef. 2:3). Esto concierne incluso al presente (Jn. 3:18, 36; Ro. 1:18).

   En segundo lugar, el derramamiento final de esta ira está reservado para el futuro (Ef. 5:6; Col. 3:6; 2 Ts. 1:8, 9; Ap. 14:10).

   En tercer lugar, la manifestación final de la ira (Sof. 1:15; 2:2) tiene relación con la (segunda) venida del Mesías (Mal. 3:2, 3; 4:1, 5).

   En cuarto lugar, sin una conversión genuina el hombre no puede huir de esta ira: ¿quién os advirtió a huir …? Probablemente esto significa, “¿quién os engañó haciéndoos pensar que es posible escapar de Dios y os animó a intentarlo?” Cf. Sal. 139; Jon. 1:3.

   En quinto lugar, parael verdadero penitente existe vía de escape por cierto una: “Producid pues frutos que muestren conversión”. El arrepentimiento, si ha de ser genuino, debe ir acompañado de una vida de frutos. Una confesión de pecados puramente externa jamás será suficiente. Un simple deseo de ser bautizado, como si este rito fuera una porción milagrosa, no tiene valor verdadero. Debe haber aquel cambio interno que se expresa externamente en una conducta que glorifica a Dios, una vida de frutos que manifiesta conversión. Según vv. 10–14 esta vida de frutos debe incluir elementos tales como la generosidad, la equidad, la consideración y el contentamiento; según Mt. 23:23: justicia, misericordia y fe; y de acuerdo con la forma en que Juan el Bautista descriptivamente se dirige a esta gente (“generación de víboras”), debe haber honradez. Acerca del llevar frutos véanse también Mt. 5:20–24; 7:16–19; 12:33; 13:8, 23; 16:6, 11, 12; cap. 23; Lc. 13:6–9; Jn. 15:1–16; Gá. 5:22, 23; Ef. 5:9; Fil. 1:22; 4:17; Col. 1:6; Heb 12:11; 13:15; y Stg. 3:18.

   La lamentable carencia de frutos por parte de los a quienes está hablando es evidente también a partir de las palabras: “y no comencéis a deciros, ‘Tenemos a Abraham por padre’; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras aquí”. La razón por la que esta gente iba rumbo a la condenación tenía su origen en la confianza que habían depositado en su calidad de descendientes de Abraham para lograr la seguridad eterna. Cf. Gá. 3:1–9 y sobre esos versículos. Juan el Bautista estaba plenamente consciente del hecho que descender físicamente de Abraham no garantizaba el ser un verdadero hijo de Abraham. Él sabía también que Dios podía dar hijos a Abraham en forma completamente separada del linaje suyo. El Dios que fue capaz de crear a Adán del polvo de la tierra era también capaz de levantar hijos a Abraham de las piedras a las cuales probablemente Juan señalaba. Probablemente se sugiere en forma simbólica: Él puede cambiar corazones de piedra en corazones obedientes (Ez. 36:26) sin considerar la nacionalidad de estos corazones de piedra.

   En lo que se refería a la salvación, las antiguas distinciones iban desapareciendo gradualmente. Esto no significa que no hubiera distinción en cuanto al orden en que esta salvación estaba siendo proclamada, o en cuanto al orden en que la iglesia estaba siendo reunida. La secuencia histórica, reflejo del plan eterno de Dios, fue sin duda “al judío, primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16; cf. Hch. 13:46; Ro. 3:1, 2; 9:1–5). Pero estaba amaneciendo un nuevo día, un día en que “no habría distinción entre judíos y griegos”. Véanse Mt. 2:1–12; 8:11, 12; 22:1–14; 28:19–20; Hch. 10:34–48; Ro. 9:7, 8; 10:12, 13; 1 Co. 7:19; Gá. 3:7, 16, 17, 29; 4:21–31; 6:15, 16; Ef. 2:14–18; Fil. 3:2, 3; Col. 3:11; y Ap. 7:9, 14, 15.

   En cuanto al impenitente, Juan el Bautista continúa en v. 9: Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles”. El juicio se acerca. El hacha está puesta justo frente de (προς), o, como diríamos, “a” la raíz, con siniestras intenciones, lista a talar los árboles uno tras otro. Por lo tanto, es precisamente ahora el momento oportuno para arrepentirse y creer. En relación con esto véanse también Sal. 95:7, 8; Is. 55:6; Lc. 13:7, 9; 17:32; Jn. 15:6; Ro. 13:11; 2 Co. 6:2; 1 Jn. 2:18; Ap. 1:3.

   Prosiguió: “por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego”. Podría surgir la pregunta, “¿pero estaba realmente tan cercano el día de la manifestación de la ira de Dios Sobre el malvado? ¿No han transcurrido ya varios siglos desde que Juan el Bautista dijo estaspalabras y el Señor aún no ha regresado para consumar su juicio?” Debe tenerse presente lo siguiente:

   En primer lugar, Juan nos recuerda de los profetas del Antiguo Testamento que a veces, al hablar acerca de los últimos días o la era mesiánica, miraban hacia el futuro como si lo hiciera un viajero hacia una cadena montañosa lejana. El supone que la cumbre de una montaña se eleva justamente detrás de la otra, cuando en realidad pueden estar a muchos kilómetros de distancia. Las dos venidas de Cristo son vistas como si fueran una sola. De ahí que leamos, “Saldrá una vara del tronco de Isaí … y herirá la tierra” (Is. 11:1–4). “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos … y el día de venganza de Dios nuestro” (Is. 61:1, 2). “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones … El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová” (Jl. 2:28–31). Cf. Mal 3:1, 2. Esto ha sido llamado “escorzo profético”.

   En segundo lugar, la caída de Jerusalén (70 d.C.) se acercaba peligrosamente y presagió el juicio final.

   En tercer lugar, la impenitencia tiene la tendencia a endurecer a las personas, de modo que a menudo éstas quedan en su presente condición perdida. Sin arrepentimiento genuino, la muerte y el juicio son irrevocables para él y están “a las puertas”.

   En cuarto lugar, “para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”. (2 P. 3:8).

   En quinto lugar, en ningún caso ha sido Juan el único que ha recalcado la inminencia del juicio y/o la necesidad de convertirse inmediatamente. Por lo tanto, si a este respecto encontramos un defecto en Juan el Bautista, tendríamos que censurar también a los salmistas, los profetas, los apóstoles y aún al Señor mismo. Seguramente, ningún creyente verdadero está dispuesto a hacer esto.

   En sexto lugar, todo esto no necesariamente significa que Juan el Bautista mismo vio siempre el presente y el futuro en exacta perspectiva. Véase sobre 7:18s. Sólo significa que el Espíritu Santo le guiaba de modo que, en su predicación, tal como aquí se registra, tenía perfecto derecho a decir lo que dijo.

   El “fuego” en el que son lanzados los árboles sin frutos es obviamente un símbolo del derramamiento final de la ira de Dios sobre el inicuo. Véanse también Mal. 4:1; Mt. 13:40; Jn. 15:6. Jesús habló acerca del “infierno de fuego” (Mt. 5:22, 29; 18:9; Mr. 9:47). Este fuego jamás se apaga (Mt. 3:12; 18:8; Mr. 9:43; Lc. 3:17). El punto en cuestión no es simplemente que haya en la Gehenna un fuego quemando siempre, sino que Dios quema al inicuo con un fuego que nunca se apaga, el fuego que se ha preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 3:12; 25:41). Tras darnos esta muestra más o menos general de la predicación de Juan, Lucas nos relata acerca de tres preguntas formuladas por tres grupos de individuos. Cada grupo quería saber cómo debían mostrar el carácter genuino de su conversión frente a situaciones cotidianas concretas:

   Resumen y Conclusiones: intelectual, emocional, volitivo: De la discusión anterior de nachamshuv y metanoeo somos capaces de discernir la naturaleza del arrepentimiento bíblico. Las Escrituras enseñan que el arrepentimiento comienza con el reconocimiento del pecador de su pecado y su necesidad de perdón. Su comprensión de la ofensiva de su pecado ante un Dios santo, amar a Dios produce en él un gran duelo, dolor, e incluso vergüenza y humillación. Su disgusto consigo mismo y con su maldad rebelde le lleva a repudiar a su maldad, reconociéndolo como idolatría, y que a su vez decididamente se aleja de tales cosas. A medida que se aparta de su antiguo modo de vida, vuelve a confiar fielmente y sirve al único Dios que es digno de su adoración y allí haya el perdón, comienza a buscar su comunión y restauración a Él por la fe. Por último, él no considera esto como el paso final, sino con amor, de corazón, él desea vivir una vida en obediencia a la voluntad revelada de Dios, fortalecido por la obra del Espíritu Santo. La evidencia de su arrepentimiento interior se manifiesta en sus actos externos. El arrepentimiento bíblico, entonces, se puede resumir beneficiosamente en tres componentes: (1) un componente intelectual, (2) un componente emocional, y (3) un componente volitivo.

1er Título

Arrepentimiento intelectual (Nehemías 1:5 al 7). Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo. 

   Comentario: El título “Dios de los cielos” (1:4, 5) se aplica a Jehovah ya en Génesis 24:7, y Jonás, hablando a paganos, también lo usa (Jon. 1:9). Durante el dominio persa los judíos empleaban el título con mayor frecuencia (1:5; 2:4, 20; Esd. 5:12; 6:9, 10; los Papiros de Elefantina), refutando así a los persas que lo atribuían a su dios supremo, Ormuz.

   En 1:5–11 Nehemías resume su oración por Judá; está cargada con expresiones tomadas de las Escrituras, especialmente de Deuteronomio (cf. también 1 Rey. 8:28, 29; 2 Crón. 6:19, 20). Por otro lado, no corresponde en su forma a ninguno de los géneros conocidos de oraciones. Está compuesta de un llamado a Jehovah que enumera sus virtudes (1:5), un ruego a escuchar la oración (1: 6a), una confesión de pecados (1:6b, 7), un ruego a recordar las promesas del pacto (1:8, 9), una alusión a la obra pasada de Jehovah a favor de su pueblo (1:10), otro ruego a escuchar (1:11a) y, al final, la petición concreta (1:11b). En cuanto a su temática, es una oración de arrepentimiento como en 9:6–37; Esdras 9:6–15; Daniel 9:4–19; y el apócrifo Baruc 1:15–3:8.

   Nehemías se dirigía a Jehovah como el Dios supremo, poderoso y leal (1:5; cf. Dan. 9:4). El nombre Jehovah, usado por Nehemías sólo aquí y en 5:13 (ver la exposición de 1:11), subraya la relación de pacto entre Dios e Israel. La enumeración de las virtudes divinas constituía una alabanza y a la vez una confesión de confianza de que Jehovah concedería la petición.

   Dios grande y temible (1:5) es una frase que proviene de Deuteronomio 7:21; 10:17 señala que Jehovah es supremo (el hebreo literalmente dice “el Dios grande”) y hacedor de obras asombrosas que inspiran temor. Tal Dios sería capaz de responder (cf. 4:14).

   La descripción de Dios en el v. 5b proviene de Deuteronomio 7:9. Guardar el pacto significa cumplirlo. Se trata del pacto de Moisés, en el que Jehovah se había comprometido a bendecir a Israel si este cumplía con su parte. En relación con los pactos el vocablo hebreo jésed 2617, comúnmente traducido como misericordia, significa más exactamente “fidelidad, lealtad”. Amar a Jehovah (1:5) no era primordialmente asunto de los sentimientos, sino de gratitud expresada en lealtad y obediencia. Los que aman a Dios guardan sus mandamientos (Juan 15:16, 21, 23, 24; 1 Jn. 5:2, 3).

   Nehemías enmarcaba la mayor parte de su oración entre dos ruegos a que Jehovah le prestara atención (1:6, 11), tema común en las plegarias del Antiguo Testamento (ver 1 Rey. 8:28; 2 Crón. 6:40; Sal. 130:2; Isa. 37:17). Nehemías elevaba su oración de día y de noche (1:6), o sea, constantemente (cf. 1 Tes. 5:17). Aunque casi todos los habitantes de Judá pertenecían a las tribus de Judá, Benjamín y Leví (ver Esd. 1:5), los denominaba los hijos de Israel. Así daba a entender que la comunidad de Judá era la continuación legítima de las doce tribus de Israel y heredera de las promesas de Dios a su pueblo (cf. Esd. 6:17). Si bien no habían sido obedientes a Jehovah (1:6b, 7), ahora los llamaba tus siervos (1:6; ver 1:9–11).

   La confesión de los pecados de Israel (1:6b, 7) tiene paralelos en otras oraciones del período (9:6–37; Esd. 9:6–15; Dan. 9:4–19). Repitiendo “hemos pecado” (traducido hemos cometido la primera vez), Nehemías se solidarizaba con la culpa de Israel (1:6b). La primera persona plural se emplea con el mismo fin en v. 7, Esdras 9:6–15 y Daniel 9:5–16, conforme al modelo de Moisés en Éxodo 34:9. Al incluirse a sí mismo entre los pecadores, Nehemías reconocía que ante Jehovah no hay ningún justo (cf. Dan. 9:20). Sin embargo, hablaba sobre todo de la infidelidad de Judá al pacto mosaico antes del cautiverio babilónico (1:7). La expresión los mandamientos, las leyes y los decretos proviene de Deuteronomio (ver Deut. 6:1), así como tu siervo Moisés (ver Deut. 34:5).

   Habiendo confesado el pecado de Judá, Nehemías no podía basar su petición solamente en el amor y la obediencia del pueblo (cf. v. 5b). Por eso, acudió a otro “mandamiento” del pacto de Moisés: la promesa de restauración (1:8, 9). Al decir mandaste (1:8) insinuaba que Jehovah se había obligado a sí mismo restaurar al pueblo arrepentido.

   Comentario 2: “Intelectualmente” “los seres humanos deben ver el pecado como indeciblemente atroz, la ley divina, como muy perfecta y obligatoria, y a sí mismos como no cumpliendo los requisitos de un Dios santo” (ISBE, 4:136). Esto es evidente, por ejemplo, con Job, que cuando se confrontó a Yahvé confesó: “he declarado lo que no comprendía” (Job 42:3). Una vez que Yahvé le revela su pecado a él, su respuesta fue “Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42:6). Del mismo modo, cuando el profeta Natán reveló al rey David la maldad de sus acciones, David respondió solemnemente admitiendo: “Pequé contra Jehová” (2 S. 12:13), Y diciendo en voz alta por la gracia: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; De acuerdo con la grandeza de tu compasión, borra mis rebeliones” (Salmo 51:1).

Sin embargo, una mera comprensión intelectual de nuestro pecado no es arrepentimiento bíblico. Si su arrepentimiento queda sólo en el ámbito intelectual, se queda corto del arrepentimiento bíblico. Hay una serie de ejemplos en la Biblia de personas que expresan un conocimiento de su pecado y su intención de apartarse de él, pero que no se arrepienten.

   El faraón opresor demostró en repetidas ocasiones su obstinación en relación con permitir dejar ir al pueblo Israel de la opresión en Egipto. Después de la plaga de granizo, sin embargo, parecía haberse arrepentido de su maldad: “Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos.” (Éxodo 9:27). Eso parece bien. Él confesó su pecado y la justicia de Yahvé, y luego repite que él y su pueblo están actuando con malicia. En el versículo siguiente, se compromete a dejarlos ir (Ex 9:28). Sin embargo, “Pero cuando Faraón vio que la lluvia, el granizo y los truenos habían cesado, pecó otra vez, y endureció su corazón, tanto él como sus siervos. Y se endureció el corazón de Faraón y no dejó ir a los hijos de Israel, tal como el SEÑOR había dicho por medio de Moisés.” (Ex. 9 :34-35). Y por lo tanto el ‘Arrepentimiento’ intelectual de Faraón ‘no era arrepentimiento en absoluto.

   Vemos historias similares en el caso del malvado profeta Balaam, que a pesar de que confesó su pecado, y expresó el deseo de obedecer (Números 22:34), sin embargo, es recordado por la Escritura como un maestro del error (Judas 1:11) que amaba el premio de la maldad (2 Pedro 2:15). Recordamos también al impío rey Saúl que rechazó la palabra de Jehová, al no destruir los amalecitas (1 S. 15:26). A pesar de que parecía arrepentirse intelectualmente (1 S. 15:24-25), el Señor no lo recibió, lo cual demuestra que su arrepentimiento no era genuino. El Arrepentimiento, por lo tanto, no es meramente intelectual.

2° Título

Arrepentimiento Emocional (2a a los Corintios 7:8 al 10). Porque, aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. 

   Comentario 1: El arrepentimiento bíblico también requiere que exista un componente emocional. Este es esa tristeza y ese pesar tan bien capturado por nacham. Es la herida del muslo de Efraín (Jer 31:19), la humillación de Job en el muladar (Job 42:6), y un duelo por el propio pecado (Mt. 5:4) que viene para ser restaurado al gozo de la salvación que pertenece al Señor (Sal 51:12). Es la tristeza según Dios que lleva al arrepentimiento y a la vida, a diferencia de un simple dolor mundano que conduce a la muerte (2 Corintios 7:9-10). El caso del gran traidor, Judas, demuestra esto mismo. Al ver que Cristo había sido condenado, “se arrepintió” (Mt 27:3) y devolvió el dinero de sangre a los sacerdotes y los ancianos, y dijo: “Yo he pecado entregando sangre inocente” (Mt 27:4). Aquí hay alguien que había sido afectado emocionalmente hasta el punto de la acción y la confesión, pero el suyo no fue el arrepentimiento bíblico que lleva a la salvación, sino la tristeza del mundo que lleva a la muerte (2 Corintios 7: 10; cf Mt 27:5). Así, mientras el dolor y la respuesta emocional no son el equivalente del arrepentimiento, a menudo puede ser un poderoso impulso a una genuina conversión del pecado (ISBE, 4:136) … En otras palabras, el arrepentimiento no debe confundirse con el dolor, pero a menudo el dolor piadoso será el impulso que nos lleve al arrepentimiento.

   Comentario: Vencido por la emoción, Pablo es incapaz de escribir su carta con serenidad. Escribe en primera persona singular a lo largo de esta sección, para indicar que el asunto que está tratando le afecta profundamente y afecta a su equilibrio emocional. Los dos próximos versículos (8–9) revelan su estado emocional conforme se refiere a la carta intermedia que ha enviado a la iglesia de Corinto. La ruptura gramatical del versículo 8 puede mejorarse con una puntuación, de esta forma se logra una mejor transición al versículo 9.

   Versíc. 8- 9. porque si bien mi carta os causó tristeza, no me pesa. Aunque, en realidad sí me pesó, porque me doy cuenta que mi carta os causó tristeza sólo por un tiempo. Ahora me gozo, no porque hayáis sentido tristeza, sino porque vuestra tristeza os llevó al arrepentimiento. Porque vuestra tristeza ocurrió según la voluntad de Dios, para que ningún daño sufrierais de nuestra parte.

a. «Porque si bien mi carta os causó tristeza, no me pesa». Suponemos que una de las primeras preguntas que Pablo hizo a Tito, sería en relación con la reacción que los corintios tuvieron ante la dolorida carta que les escribió (2:3–4).17 Esa carta ya no existe, de manera que no podemos decir nada sobre su contenido. Pero esperamos que Pablo tratara con tacto un tema en el que uno de los miembros de la congregación de Corinto estaba involucrado. No es remota la posibilidad de que dicha carta tratara de un tema disciplinario (véase el comentario a 2:5–11). Y suponemos que Tito debió asumir el liderazgo en tan delicado asunto.

   El vocabulario de 2:1–7 es semejante al de 7:8–11. En ambos pasajes, la palabra «tristeza» aparece, como verbo, participio o sustantivo. Además, el concepto gozo aparece en el contexto de estos pasajes (2:3; 7:4, 7, 9, 13). Por último, Pablo usa el término consolar, reanimar o afirmar en ambos contextos. La conclusión que podemos sacar es que Pablo vuelve al mismo tema que ya había considerado en el capítulo segundo de esta epístola. Lo que es nuevo en este texto es el énfasis que Pablo hace sobre su pesar. Dice que la carta entristeció a los propios corintios; pero no lamenta su entristecimiento. Para explicar esta anomalía debo hacer algunas observaciones. Primero, Pablo está en un estado emocional que le impide escribir sosegadamente. En segundo lugar, los versículos 8 y 9 deben leerse a la luz de 2:1–4, donde Pablo recalca el hecho de que desea que los corintios sean felices, incluso si para eso tiene que escribirles una carta severa que los entristezca. Quiere que se arrepientan después de que hayan visto su error, y que entonces se gocen. En tercer lugar, en calidad de padre espiritual de ellos, les escribe con dolidas palabras, pero con amor (2:4). Finalmente, por un rato lamentó haberles escrito esta carta, pero esperaba que al final acabaría en gozo. Esto es exactamente lo que pasó, como el propio Tito había confirmado.

b. «Aunque, en realidad sí me pesó, porque me doy cuenta que mi carta os causó tristeza sólo por un tiempo». La primera cláusula es concesiva y tiene su complemento en el versículo 9: «Ahora me gozo». ¿Por qué Pablo lamenta haber escrito la carta triste? Sabía bien que su contenido entristecería a los corintios. Cuando un padre tiene que corregir a un hijo pequeño que está en un error, la corrección duele mucho más al padre que al hijo equivocado. Un padre que toma su papel de padre seriamente, con amor disciplinará a su hijo. Con su conducta cuida de la salud y de la felicidad de su familia, aunque el procedimiento mismo sea doloroso. Lo mismo puede decirse de Pablo, que servía a los corintios como padre espiritual. Su pesar por haberlos disciplinado, sólo duraría hasta que ellos recuperaran el sentido, se arrepintieran y admitieran que se habían equivocado.

   Por medio del repetido uso de la palabra pesar, los escritores del Nuevo Testamento arrojan luz sobre su significado. Puede significar un cambio de mente, como en la parábola de los dos hermanos a quienes se les llamó para trabajar en una viña. Jesús nos cuenta que uno de ellos se negó a ir, pero luego sintió pesar y terminó yendo (Mt. 21:29). Por el contrario, el autor de Hebreos cita el Salmo 110:4 y afirma que Dios hizo un juramento y no cambió de opinión (Heb. 7:21). La palabra también puede significar «arrepentirse». Judas fue poseído por el remordimiento, después de traicionar y entregar a Jesús; su remordimiento, sin embargo, no culminó en el arrepentimiento, sino en el suicidio (Mt. 27:3–5). De modo semejante, los clérigos judíos y los ancianos, que oyeron y vieron a Juan el Bautista, rechazaron el arrepentimiento (Mt. 21:32).22

   Pablo escribe dos veces la palabra pesar en este pasaje. Claramente indica que su pesar era positivo, pues produjo el arrepentimiento de los destinatarios de su carta. Es de notar que Pablo carga sobre sí el pesar que correspondía a sus lectores; sufre con ellos y habla de su propio pesar, no del de ellos. Aun así, el dolor de ellos culminó en el arrepentimiento (v. 9).

   El daño que causó la carta de Pablo, duró poco tiempo. La traducción literal del griego es «durante una hora», que en lenguaje común supone tan poco tiempo, que no se cuenta por horas o días.

   Los placeres del pecado son momentáneos; pero su recompensa son la congoja y la destrucción que lleva a la muerte (cf. Ro. 6:23). Por el contrario, aunque la corrección sea penosa, produce arrepentimiento y perdón. Después, el dolor causado no sólo por la disciplina, sino también por el arrepentimiento, es sustituido por un gozo imperecedero. El salmista dice que Dios no desprecia al corazón contrito y humillado (Sal. 51:17).

c. «Ahora me gozo, no porque hayáis sentido tristeza, sino porque vuestra tristeza os llevó al arrepentimiento». La cláusula «no me pesa» (v. 8a) debe considerarse como un paralelismo con la que dice «Ahora me gozo». Las dos cláusulas están en tiempo presente; pero una es negativa y la otra positiva. Una es la continuación de la otra al decirnos que Pablo no tiene ninguna tristeza y que está lleno de gozo.

   Con las palabras ahora me gozo, Pablo completa la segunda parte de la declaración concesiva, que empezaba con la frase «Aunque, en realidad sí me pesó». ¿Por qué se regocija Pablo? Ahora que Tito ha regresado con las buenas noticias de que los corintios han reaccionado positivamente a su carta, la tristeza ha desaparecido y en su lugar ahora hay gozo.

   A primera vista, parece que Pablo es repetitivo y contradictorio cuando escribe: «No porque hayáis sentido tristeza, sino porque vuestra tristeza …». Nótese, no obstante, que lo que Pablo quiere es acabar con cualquier malentendido. Escribe en voz pasiva: «hayáis sentido tristeza» debido a la carta que escribió. Éste es un hecho que Pablo quiere que se sepa. Pero clarifica sus palabras con la repetición de la frase («sentido tristeza»), y luego añade que su tristeza «los llevó al arrepentimiento». El objetivo final de la severa carta de Pablo era que los corintios se arrepintieran. Esto sólo podía lograrse causándoles dolor con sus palabras correctivas.

   La parábola del hijo pródigo ilustra la privación y el rechazo que un joven judío había sufrido mientras pastoreaba la piara de cerdos de un patrono gentil. Pero estas dificultades causaron que el joven volviera a sus cabales y exclamara: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen comida de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Tengo que volver a mi padre y decirle: Papá he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo; trátame como si fuera uno de tus jornaleros» (Lc. 15:17–19). Aquí tenemos la escena de un verdadero arrepentimiento, que se tornó en gozo abundante, tanto para el padre como para el hijo. La tristeza que tiene su origen en la conciencia de pecado, lleva al genuino arrepentimiento; y éste cambia la voluntad, la inteligencia y las emociones del arrepentido. El arrepentimiento nos aleja del mal y nos vuelve hacia Dios; implica pedirle a Dios que perdone nuestro pecado.

d. «Porque vuestra tristeza ocurrió según la voluntad de Dios». La traducción literal de esta frase del original griego, es confusa debido a su compacta construcción: «Habéis sido entristecidos según Dios». La tristeza de los corintios fue un proceso que se inició cuando leyeron la carta triste. Este proceso los condujo a Dios, porque se dieron cuenta de que lo habían ofendido con su conducta (véase Ro. 8:27; 1 P. 4:6). Por medio de su Palabra, Dios da a conocer su ley a la gente de Corinto y, por su Espíritu los guía al arrepentimiento. Como resultado de éste, los corintios querían hacer la voluntad de Dios en obediencia a su Palabra. Nótese que Pablo proyecta todo el proceso de arrepentimiento usando la frase según la voluntad de Dios.

f. «Para que ningún daño sufrierais de nuestra parte». La razón por la que Dios condujo a los corintios al arrepentimiento, era para que no sufrieran daño espiritual. Era obligación de Pablo escribir una carta dolorida, para advertir a sus destinatarios y expresarles su afecto por ellos (2:4). Si el apóstol no hubiera cumplido con su obligación, hubiese sido el responsable de la degradación espiritual de ellos. Confiaba que Dios usaría la carta para producir contrición en el corazón de los corintios. Sin embargo, Pablo tuvo que soportar un ansioso periodo de espera, antes de saber el impacto y la reacción que causó su escrito. Sabía de sobra que, si sus lectores hubieran reaccionado negativamente, habrían sufrido un daño inmensurable. Cuando Tito regresó con su optimista informe, la ansiedad de Pablo se convirtió en un gozo ilimitado. Entonces supo que los corintios, por su arrepentimiento, no sufrieron perjuicio alguno en ningún sentido. Todo sucedió como se esperaba. Su carta sirvió de bien espiritual a los creyentes de Corinto.

   Versíc. 10. Porque la tristeza que ocurre según la voluntad de Dios, genera arrepentimiento que produce salvación, de lo cual no hay que lamentarse. Pero la tristeza del mundo produce la muerte.

   El contraste en este texto es claro: verdadero arrepentimiento versus remordimiento, y salvación versus muerte. Una de las caras de esta moneda proverbial es positiva y elaborada; la otra es negativa y breve. La disparidad es tan evidente que cualquiera puede notarla.

a. Tristeza que proviene de Dios. «Porque la tristeza que ocurre según la voluntad de Dios, genera arrepentimiento que produce salvación, de la cual no hay que lamentarse». Una vez más, Pablo condensa su enseñanza sobre la ley de Dios, su voluntad y su consejo, en la expresión según Dios (véase los comentarios al versículo 6). Quiere decir que la tristeza por el pecado debe percibirse en el contexto de Dios, que nos da sus mandamientos, nos revela su voluntad y guía a su pueblo a la obediencia.

   La tristeza que Pablo menciona se refiere a la tristeza por el pecado cometido; tal pena puede causar que el pecador arrepentido derrame lágrimas de amargura. Por ejemplo, cuando Pedro negó a Jesús jurando no conocerlo, oyó cantar al gallo. A partir de ese canto, recordó las palabras que Jesús le había dicho, salió fuera y lloró amargamente (Mt. 26:74– 75). Pablo escribe que la tristeza que viene de Dios, produce arrepentimiento; pero en todas sus epístolas usa el término griego metanoia (arrepentimiento) sólo cuatro veces (Ro. 2:4; 2 Co. 7:9, 10; 2 Ti. 2:25). Y el verbo relacionado con este sustantivo, arrepentirse, ocurre sólo una vez en sus cartas (2 Co. 12:21). Aunque los Evangelios Sinópticos registran repetidas veces el sustantivo y el verbo, el Evangelio de Juan y las Epístolas carecen de ambos. Pero Pablo y Juan expresan esta idea con dos sustitutos: el sustantivo fe y el verbo creer. Estas dos palabras ocurren numerosas veces en los escritos de Juan y de Pablo, e indican la acción de un pecador cuando se vuelve a Dios en plena dependencia de él. El Antiguo Testamento enseña que Dios quiere que su pueblo se aparte del pecado y se torne hacia él. Esta enseñanza aparece gráficamente reflejada en la profecía de Ezequiel: «Pero si el malvado se arrepiente de todos los pecados que ha cometido y hace lo que es justo y correcto, ciertamente vivirá» (Ez. 18:21, 27).

   El arrepentimiento lleva a la salvación—dice Pablo—lo cual no es algo de qué lamentarse. Nadie podrá decir nunca que él o ella, hicieron mal al arrepentirse y recibir así la salvación. Salvación significa restauración a la plenitud de vida. Significa volver a estar completo, a vivir en armonía con Dios y su pueblo. Quizás la declaración de Pablo: «arrepentimiento que produce salvación, de lo cual no hay que lamentarse», era un bien conocido axioma de la iglesia primitiva. Es inconsecuente tratar de averiguar si la cláusula no hay que lamentarse está relacionada con arrepentimiento o con salvación. Es evidente que el arrepentimiento genuino desemboca en la salvación, que entonces puede describirse como algo de lo que no hay que lamentarse.

b. Tristeza que proviene del mundo. «Pero la tristeza del mundo produce la muerte». ¡Qué contraste! Ahora sí que vemos lo contrario a la frase que acabamos de leer. La contrición es alejarse del pecado y volverse hacia Dios; pero la tristeza de este mundo es remordimiento que se manifiesta en sentimientos de culpabilidad. Pedro se arrepintió y volvió con los apóstoles, y después se encontró con Jesús (Mt. 26:75; Lc. 24:33–34). Judas estaba lleno de remordimiento, pero volvió a los sumos sacerdotes, que lo rechazaron (Mt. 23:3–5). Pedro fue restaurado y se convirtió en la cabeza de los apóstoles (Jn. 21:15–19). Judas se suicidó y fue condenado a la destrucción (Hch. 1:18–19).

   Los corintios escogieron la vida, arrepintiéndose y volviendo a Dios. Recibieron la salvación plena y gratuita; y su relación con Dios y con Pablo fue restaurada completamente. Cuando un pecador se arrepiente, Jesús dice que los ángeles del cielo se regocijan (Lc. 15:7, 10). Pablo también rebosaba de alegría al saber que el corazón de la gente de Corinto había cambiado. Su carta y la visita de Tito no habían sido en vano. Los corintios habían abandonado sus malos caminos y vueltos sus pasos hacia el Dios vivo, el autor de la salvación. Por eso Pablo no encontraba límites a su gozo cuando Tito le trajo aquellas noticias de la iglesia de Corinto.

3er Título

Rendición de la voluntad a Dios, señal de arrepentimiento verdadero (Job 42:3 al 6). ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza. 

   Comentario 1: Con esta respuesta se llega al clímax del libro: ahora se convierte el silencio de Job en una confesión y en arrepentimiento (40:4–5). No se arrepiente por algún pecado que pudo haber ocasionado su sufrimiento, sino por las necedades que había dicho acerca de su propia bondad y la injusticia de Dios.

    ¿Cómo respondió Job a Jehová? En primer término, reconoció la omnisciencia y la omnipotencia de Dios (v. 2). En segundo lugar, se dio cuenta de su propia temeridad y que verdaderamente no era un “sabio”; al contrario, como un necio, había dicho cosas que no entendía (v. 3). Un verdadero sabio hubiera reconocido sus propias limitaciones y nunca hubiera hablado sin entender el asunto. Después, humildemente pidió que el Señor le hiciera saber las cosas (v. 4; 38:2; 33:31) y finalmente, Job, el orgulloso, se arrepintió (vv. 5, 6).

    Por fin Job miró hacia Dios en vez de mirarse a sí mismo (v. 3). Al hacerlo, se dio cuenta de que su conocimiento anterior de Dios había sido de segunda mano o lo que había oído acerca de él. Lo conocía por medio de la teología tradicional aprendida por medio de maestros, y la tradición no tenía lugar para el sufrimiento de un hombre justo. Ahora, tenía una experiencia personal con Dios: habló personalmente con él y lo había visto (v. 5b).

   La expresión “ver a Dios” no requiere siempre una percepción visual; indica un sentir de la proximidad de la presencia divina. Dios se revela libremente de acuerdo con su voluntad y su propósito; pues no hay una diferencia teológica entre ver a Dios, tener un encuentro con él en una forma visible (Gén. 32:30; Éx. 33:20) y conocerlo personalmente (verlo) en el sentir profético de estar en la proximidad divina. El profeta pudo recibir la palabra divina sin tener una percepción visual de él. Dios habló con Job “desde un torbellino” (38:1), y el texto no indica si era una experiencia de hablar con Dios cara a cara o si era una experiencia de estar en la proximidad de Dios recibiendo la palabra divina en forma profética (38:21–23 y el concepto de Elihú). Lo más importante era la seguridad de que había visto a Dios y la prueba del hecho fue el cambio en su vida. Se dio cuenta de su pecado (su orgullo) y la teología errónea producida por supuestos equivocados. En medio de su dolor, se volcó a Dios y, por medio de una nueva dimensión de fe, encontró la paz que tanto deseaba. Ahora confiaba en la rectitud de Dios y en su plan inescrutable para el mundo; no confiaba más en su propia rectitud sino en la de su Redentor.

   Job se retractó y se arrepintió (v. 6). En hebreo, el verbo traducido “retractar” o “repudiar” (lo dicho) también lleva el sentido de “derretir” o “deshelar” (7:5; Sal. 58:8). Así que Job, al retractarse, indicó que en cuanto a sí mismo se derritió, llegó a ser nada, o simplemente se deshizo completamente. Al confrontar la santidad del Infinito, reconoció lo finito de la humanidad y humildemente se arrepintió.

   El verbo empleado para “arrepentirse” (nacham 5162) no es el común (shuv 7725) que significa “un cambio de dirección en la vida” o un arrepentimiento por iniquidades vergonzosas. El verbo nacham proviene de una raíz que significa “respirar profundamente”, como un respiro profundo de alivio después de haber pasado una crisis difícil en la vida. Es un cambio, o un arrepentimiento, en el sentido de un “alivio” que viene cuando se ha pasado lo incierto o algo temido. Es el respiro de alivio cuando se ha terminado felizmente un examen crucial. Es un respiro de alivio de la ansiedad y el temor cuando un informe médico excluye una enfermedad incurable.

   Por lo tanto, Job se arrepintió no de las acusaciones que le habían hecho sus amigos, sino del orgullo y del esfuerzo de justificarse a sí mismo. Había sido un hombre “íntegro” al comenzar el drama y mantuvo su “rectitud de conducta” durante la lucha.

   Sin embargo, el pecado de Job era el mismo de muchos hombres “buenos” que creen en su propia rectitud e inocencia. Se arrepintió de su desconfianza en la integridad de Dios y por acusarlo de errar al castigarlo. En su deseo de justificarse, comenzó a jugar el papel de Dios. Ahora, se daba cuenta de su pecado y se arrepentía de su arrogancia. No se acercó a Jehovah “como un príncipe” (31:37), sino que derretido reflejó un espíritu totalmente cambiado: “no sea como yo quiero… hágase tu voluntad” (Mat. 26:39c, 42c; Sal. 73:23–28).

   Para Job, era un fuerte “respiro” o “alivio” emocional que significaba una transformación de sí mismo. Al comenzar el drama, al perder su “vida buena”, se sentó en las cenizas (2:8). Sentarse en las cenizas simbolizaba la muerte de su vida anterior. Ahora, arrepentirse

[respirar fuertemente]

“en polvo y ceniza” (v. 6) indicaba la muerte de sí mismo, el hombre viejo.

   Es llamativo que Dios no condenó a Job, y que Job no le pidió a Dios por su vindicación ni por la restauración de su salud. Simplemente encontró su paz en la presencia del Señor, la paz que se ofrece a todos los humildes y pobres del mundo. No servía a Dios por los bienes materiales recibidos. Lo milagroso es que encontró paz por medio de una relación personal con Dios. Al percibir la compasión que Dios tenía por él, pudo

comprender la naturaleza de su pecado; la convicción de su pecado llegó con el entendimiento de la compasión divina.

   Con todo, Job no recibió una respuesta directa a sus preguntas ni pudo contestar las preguntas hechas por Jehová. Sin embargo, se ve en Job la humildad de un hombre fuerte que aceptó el consuelo de la presencia de Dios. Job había pasado por medio de la disciplina hacia la etapa de ser un discípulo de su Señor.

   Comentario 2: El arrepentimiento bíblico auténtico no puede ser separado de la fe salvadora verdadera; ambos van siempre juntos. Aquel que realmente se arrepiente, realmente cree, porque el mismo Espíritu Santo que nos da arrepentimiento de manera que reconocemos nuestra conducta pecaminosa delante de Dios, y que nos da el anhelo de confesar y renunciar a ella con verdadero pesar santo, también volverá nuestros ojos hacia el hermoso Señor que murió en nuestro lugar. La Palabra de Dios revela que el Espíritu Santo nunca separa el arrepentimiento y la fe. Donde encuentras al uno, encuentras la otra en la vida del alma salvada. ¡Alabado sea el nombre de nuestro Dios tres veces santo! ¡Él, que da fe, también da arrepentimiento!

   La fe encuentra en Cristo un Salvador completo. En Cristo encontramos paz porque él hizo las paces por la sangre en su cruz. En Cristo encontramos esperanza, y la esperanza no es avergonzada porque el Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestro corazón. En Cristo encontramos una posición perfecta delante de Dios quien hace a Cristo sabiduría, justicia, santificación y redención para nosotros (1 Cor. 1:30). En Cristo encontramos un refugio perfecto de la ira de Dios contra nuestros pecados porque el juicio de todos nuestros pecados ha caído sobre Cristo (Isa. 53). En Cristo encontramos todo lo que Dios da al pobre pecador arrepentido y que cree; porque sabemos que estamos completos en él, el Salvador de nuestra alma, el Señor Jesucristo.

   El arrepentimiento aparta la vista del yo y la fija en Cristo con fe, y encuentra en él un Salvador suficiente para cada necesidad. Confiemos en él con un arrepentimiento bíblico auténtico. Tal es la necesidad de esta hora.

   Comentario 3. Por último, hay un componente volitivo que implica que la conversión del pecado genuina y necesaria del penitente (cf. shuv). En esto consiste el cambio de mente del pecador, su voluntad y su propósito, que se expresa tan bien en metanoeo. Esto se ilustra por la respuesta de Juan el Bautista a los que le preguntaban cómo debía ser su vida después de que se arrepintieran. Él responde diciendo que un hombre debe dejar de ser codiciosos e indiferentes y comenzar a prestar libremente a su prójimo (Lc 3:11). Él dijo que el recaudador de impuestos debe dejar de exigir más dinero de sus deudores de lo que deberían y que “No exijáis más de lo que se les ha ordenado” (Lc 3:12-13). Él dijo que los soldados ya no robaran ni acusaran falsamente a la gente, sino estar contento con su salario y declarar verazmente (Lc 3:14).

   Además, se ilustra en el caso de Zaqueo, el rico principal recaudador de impuestos que demuestra su arrepentimiento de su extorsión perversa por restituir cuatro veces y donar a los pobres (Lc 19:5-10). Después de que Jesús le dijo que deseaba permanecer en su casa, Zaqueo dijo al Señor: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado” (Lc 19:8). Y Jesús, viendo que su arrepentimiento era genuino, declaró: “Hoy la salvación ha venido a esta casa” (Lc 19:9).

   Es claro, entonces, que la voluntad debe estar involucrada en un arrepentimiento verdadero y bíblico. Sin embargo, aunque tales actos de la voluntad son esenciales para el arrepentimiento bíblico: “Dios no aceptará ningún sustituto externo para el cambio interno necesario. … No es el sacrificio material, sino un cambio espiritual, la exigencia inexorable de Dios” (ISBE,4:136). A pesar de que es necesaria una obediencia voluntaria por parte del pecador arrepentido, no es la simple obediencia en sí lo que es el arrepentimiento. No es como una transacción comercial o un quid pro quo, en el que simplemente lo “hacemos mejor”, esta vez, y Dios recompensa a nuestras buenas obras. Estos actos volitivos vienen de un corazón que ha cambiado. Por lo tanto, Jehová llama Israel para desgarrar el corazón y no sólo sus vestidos (Joel 2:12-13) y a circuncidar sus corazones y no hacer a un lado sus ídolos (Jer 4:1-4).

   Y así es nuestro resumen de la exégesis bíblica del arrepentimiento. Es un giro emocional, afectada del corazón en obediencia del pecado y hacia Dios, lo que equivale a un cambio fundamental de toda la persona: un cambio de mentalidad, de corazón, y deseos.

   La próxima vez, vamos a empezar a buscar la forma de aplicar este conocimiento del arrepentimiento bíblico para el que ya es un cristiano, pero que debido a su pecado continuo tiene que continuamente arrepentirse.

   Definición: Significado de Arrepentimiento: (heb. generalmente nâjam,”sentir pesar [disgusto]”, “estar triste”, “consolarse”; también nôjam, “arrepentirse”, y shûb, “volver[se]”, “retornar”; gr. metanoéÇ, “cambiar de opinión [mente, dirección]”, “sentir remordimiento”, “arrepentirse”, “convertirse”; y metánoia, “cambio de opinión [mente, dirección]”, “arrepentimiento”, “conversión”). 
   Como término teológico es el acto de abandonar el pecado, aceptar el gratuito don de Dios de la salvación e iniciar el compañerismo con Dios. El verdadero arrepentimiento implica un cambio radical en la actitud hacia el pecado y hacia Dios. Es su generosa bondad la que lleva a los hombres al arrepentimiento (Ro. 2:4), operando en ellos “el querer como el hacer” (Fil. 2:13). Está precedido por la convicción del Espíritu Santo que impresiona el corazón del pecador con la infinita justicia de Dios y su condición perdida (cf Is. 6:5; Hch. 2:37).

   A la convicción sigue la contrición, y un reconocimiento interior de nuestra necesidad de la gracia divina, unida a una disposición de permitir que Dios obre su justicia en nuestra vida (cf Sal. 34:18; 51:17; Is. 57:15; 66:2). El arrepentimiento se integra a la conversión y en ésta alcanza su culminación (Hch. 3:19). 
   Arrepentirse se usa también con el matiz no teológico de “cambiar de opinión”, “lamentar”. En este sentido se habla de que Dios se “arrepiente” de algo (Gn. 6:6; 1S. 15:11; Jer. 18:8; etc.). El no cambia su propósito, pero el hombre, como ser moralmente libre, puede revertir el resultado de la intención de Dios. 

Amén para la gloria de Dios

  DESCARGUE AQUÍ ESTUDIO COMPLETO


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.