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1933: “El año en que la unidad se quebró definitivamente”.

1933: “El año en que la unidad se quebró definitivamente”.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien….” Romanos 8:28.

La Conferencia de la Iglesia Metodista Pentecostal de ese año se realiza en la Iglesia de Jotabeche N°40. El evento no es recordado de forma muy grata, pues en él detonó un cisma que ya se venía gestando de algunos años atrás, el cual giró en torno a la figura del Superintendente, pastor Willis C. Hoover K.

Un grupo de pastores, motivados por aires nacionalistas, discrepancias en ciertos temas litúrgicos, y sin duda, algunos, ávidos del poder y dirección de la iglesia, fueron llevados a realizar acusaciones infundadas en contra de la figura del pastor Hoover. Estos pastores fueron liderados por el pastor Manuel Umaña Salinas, los cuales finalmente lograron su cometido, quedándose con la dirección eclesial de la asociación, y logrando con esto dividir la iglesia y el movimiento pentecostal chileno. Cabe destacar, que el grupo que propició este ambiente hostil en la naciente iglesia pentecostal chilena, mantuvo de forma arbitraria la persona jurídica adquirida en 1929, como también el nombre de “Iglesia Metodista Pentecostal”, el cual, recordemos, fue dado por el pastor Hoover a los hermanos que salieron de la iglesia de Valparaíso, y después traspasado a los hermanos de Santiago que lo invitaron a ser su pastor y superintendente.

La Revista Fuego de Pentecostés de mayo de 1933 y abril de 1935 tiene una versión temprana por parte de los cercanos a Hoover. En ambos números se mencionan los antecedentes del conflicto, que se recrudecieron en una reunión en la iglesia de Valparaíso, realizada en noviembre de 1932. El objetivo de los artículos aparecidos en los números de las revistas antes mencionadas era “aclarar que la campaña difamadora que se hace en contra de nuestras iglesias no corresponde a la verdad”, lo que indica las desavenencias que ya tenían ambos bandos desde tiempo atrás.

El grupo de pastores y hermanos leales al pastor Hoover describen lo acontecido en la revista,  aún como parte de la Iglesia Pentecostal, pese a que muestran sus desacuerdos en sus procedimientos y en las acusaciones que habían hecho en contra del Superintendente. En primera instancia, se hace alusión a la legitimidad como fundadores de la Iglesia Pentecostal a Willis Hoover y a Víctor Pavez Toro, en virtud a los acontecimientos de 1909 en Valparaíso y Santiago, donde fueron los principales protagonistas; además de recordar la petición que hicieron los grupos de Santiago al misionero norteamericano para que les dirigiera como Superintendente.

Los seguidores del pastor Hoover al parecer respondieron en el artículo de la revista, a una serie de acusaciones y afirmaciones que lanzaron en su contra, en el sentido de que ellos ya no pertenecían a la Iglesia Pentecostal. Fundamentaron su respuesta y pertenencia, sin tener motivo alguno para ello, en base al artículo N° 21 de los Estatutos de la propia denominación, al decir que los miembros de la Asociación pueden dejar de serlo por renuncia, o por separación, acordada a virtud de cargos concretos declarados bastantes por una mayoría de dos tercios en juntas ordinarias o extraordinarias”, concluyendo que lo citado en el artículo 21 nunca había ocurrido, por lo que aún eran legítimos integrantes de la Iglesia.

Las intenciones de defensa fueron más allá, al denunciar distintas irregularidades que se llevaron a cabo tanto en la reunión de Valparaíso en noviembre de 1932, como en la de Santiago en enero de 1933, al señalar que se conformó un bloque con líderes que sólo buscaban dañar al Superintendente Hoover y a sus cercanos, y que incluso antes, ya habían difundido tales afirmaciones en las congregaciones. Dentro de las irregularidades denunciadas se aseveró que el pastor Hoover fue obligado a aceptar que había cometido un pecado, sin evidencia o un juicio adecuado al respecto; además de negarse a atender la petición de la iglesia de Valparaíso de permitirles que Hoover continuara como su pastor. En el fallo de enero de 1933 no respetaron lo acordado meses atrás en Valparaíso y enfatizaron que el bloque actuó con saña en contra del Superintendente.

Manuel Umaña fue acusado de atribuciones que no le competían, entre otras, al convocar a una reunión sin tener facultades para hacerlo. En respuesta a lo anterior, y asumiéndose todavía como parte de la Iglesia Metodista Pentecostal y de la Asociación de los Apoderados de la Iglesia Metodista Pentecostal, ratificaron al pastor Willis Hoover como pastor de la iglesia de Valparaíso y desconocieron los acuerdos tomados en la Conferencia de enero de 1933, principalmente en lo que correspondía al propio Hoover y la iglesia de Valparaíso. Evidenciaron que todo aconteció por ese bloque de miembros que no actuaron acorde a una conducta cristiana, al pasar por alto los propios estatutos de la denominación.

Los conflictos continuaron en los meses posteriores, al grado que no se tenía certeza de lo que iba a ocurrir e incluso “la prolongada situación de incertidumbre en que se mantiene a los miembros de la Iglesia Metodista Pentecostal, diseminados a través del país, con motivo de la división producida” permite observar que no se había llegado a un punto de acuerdo y obligaba a una de las partes a tomar una decisión. Ambas partes se hacían señalamientos, y se difundía en las congregaciones información que por el apasionamiento del tiempo no siempre precisaban el real meollo del conflicto.

Por su parte, el grupo del pastor Manuel Umaña fue más allá de la propia jurisdicción de su Iglesia, al llevar el asunto del Superintendente Hoover a instancias judiciales, primero en un juicio criminal en Valparaíso; para luego trasladarlo al ámbito civil en Santiago, en DONDE SE DESESTIMARON COMPLETAMENTE LOS CARGOS; por último el grupo contrario al pastor Hoover, solicitó su expulsión del país, la cual fue denegada por la Excelentísima Corte Suprema, por una votación contundente de 8 votos contra 2.

Pese a lo anterior, hubo un intento de arreglar las diferencias en la reunión de la Asociación de Apoderados en San Bernardo, el 20 de enero de 1934. La fracción que apoyaba al Superintendente Hoover aseguró que tenía el ánimo por realizar un “acuerdo de unión para trabajar sin tropiezos”, no obstante, la relación era irreparable, tanto que a los miembros que lo reconocieron como Superintendente se les negó la participación en la reunión.

Ya para el año 1935 eran 17 los pastores que apoyaban al Reverendo Hoover, lo que allanó el camino para la organización plena de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Aunque el pastor Hoover inició y organizó a la “nueva” organización, no logró ver la obtención de la personalidad jurídica de esta, pues lamentablemente falleció el 27 de mayo de 1936. Cuatro años más tarde ya se había organizado, consolidado y proliferado, al grado que en la Revista Fuego de Pentecostés, el entonces presidente, Juan Luis Saavedra y con el visto bueno del entonces Superintendente Guillermo Castillo, se publicó un aviso sobre la obtención de dicha personalidad jurídica. Se comunicó en los siguientes términos: “Tenemos el agrado de comunicar a nuestras iglesias, que por Decreto Supremo No. 2424 de 19 de junio del corriente año, el Supremo Gobierno, concedió Personalidad Jurídica a nuestra corporación que se denomina IGLESIA EVANGÉLICA PENTECOSTAL, aprobándose los Estatutos propuestos en nuestra última conferencia anual…”.

A modo de corolario podemos señalar que producto del cisma de 1933 en la Iglesia Metodista Pentecostal, un grupo importante de pastores, congregaciones y templos históricos, permanecen fieles y bajo la dirección del Superintendente Hoover, constituyéndose con el nombre de “IGLESIA EVANGÉLICA PENTECOSTAL”, la cual por el hecho de mantenerse fiel al precursor del pentecostalismo en Chile, atraer a pastores, congregaciones y templos históricos del movimiento, tiene, incluso con exclusión de otras ramas, todo el derecho de retrotraer sus inicios a los acontecimientos del año 1909. Los pastores que fueron fiel al liderazgo del precursor del pentecostalismo en Chile, Reverendo Willis C. Hoover, y que continuaron en la Iglesia Evangélica Pentecostal fueron los siguientes: Víctor Pavez, Guillermo Castillo, Víctor Gatica, Aníbal Vilches, Samuel Urrutia, Juan Durán, Roberto Cornejo, José Toro, Perfecto Vergara, Onofre Becerra, Tomás López, Julio Zumaeta, Carlos Sandoval, Eleodoro Tapia, Marcelino Urrea, Enrique Mourgues y Elías López.

Los pastores que permanecieron en la Iglesia Metodista Pentecostal bajo la dirección del Presbítero Manuel Umaña fueron los siguientes: Oraldo Rojas, Julio Rodríguez, Benjamín Hernández, Manuel Gaete, Germán Varas, Juan Osorio, Luis Pincheira, Pedro Álvarez, Tadeo Fernández, Juan C. Tapia, Patricio Peñailillo, Ramón Yáñez, José Mateluna, Daniel Venegas, Manuel García y Domingo Taucán. Estos tres últimos pastores, en el año 1943, son admitidos de regreso en la Iglesia Evangélica Pentecostal, donde permanecieron hasta su muerte. Cabe destacar que solo dos de estos pastores permanecieron en esta fracción, pues con los años, como ya se dijo, algunos regresan a pedir cobertura a la Iglesia Evangélica Pentecostal, y otros salieron formando nuevas congregaciones.

Nuestra Iglesia desde el principio ha ido conservando una herencia espiritual trasmitida por el metodismo a través del pastor Hoover que la define y distingue de otras tradiciones evangélicas. La devoción y fervor espiritual; el canto congregacional; la música; el disciplinado trabajo evangelizador; las clases, la doctrina y ritual, junto al testimonio personal de cada creyente, son las marcas más distintivas de la personalidad de la Iglesia Evangélica Pentecostal. “Indiscutiblemente, en el último análisis, nuestros principios en su base, son la disciplina y doctrina de la Iglesia Metodista Episcopal; por lo tanto, el eximio Pionero dado a nuestra patria nos participó sus grandes principios adquiridos, que bien podemos estimar que nos identificamos con la misión Metodista Episcopal del siglo pasado”. (Fuego de Pentecostés N°621, mayo de 1981).

A DIOS SEA LA GLORIA.

Autor: Manuel Alveal Vera.

Revisión y Edición: Rodrigo Turra Morales.


Manuel Alveal Vera

Recopilador de información e historia pentecostal. Miembro de la Iglesia Metodista de Chile (Metodista Episcopal). Cuento con una biblioteca y hemeroteca personal.